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Mundo agrario

versión On-line ISSN 1515-5994

Mundo agr. v.4 n.8 La Plata ene./jun. 2004

 

Pulperos rurales: entre la vida privada y la pública

Julián Carrera1

1Centro de Estudios de Historia Americana Colonial. Universidad Nacional de La Plata. E-mail: rcarrera@yahoo.com.ar

Resumen

Este trabajo estudia la vida privada del pulpero rural de la campaña de Buenos Aires y las actividades que desarrolla cuando no se encuentra frente a su negocio. A través del análisis de testamentos e inventarios de pulperos rurales de Buenos Aires de fines del siglo XVIII y principios del XIX el estudio intenta penetrar en la intimidad y en las actividades alternativas que desempeñaban. El trabajo logra comprobar la existencia de un espacio protegido de la intromisión pública. Si bien la frontera que separaba ambos territorios muchas veces aparecía desfigurada, el espacio privado ha sido conquistado en mayor o menor medida por el pulpero rural. Con ello este artículo cuestiona la visión de rusticidad general que envolvía a la vida en la campaña y ubica a los pulperos dentro de los sectores medios que poblaban la campaña.

Palabras clave

Pulperos – vida privada – vida rural – testamentos - inventarios

Abstract

This article studies the private life of rural pulpero in the countryside of Buenos Aires and the activities developed when he is out of his store. Through the analysis of testaments and inventorys of rural pulperos of Buenos Aires of late XVIII century and early XIX century the study attempt to penetrate in the privacy and alternatives activities. The work proves the existence of a space protected from the public intrusion. If is true that the frontier between private and public spaces often is widespread, the privacy has been conquered more an less for many rural pulperos. In this way the article place in doubt the image of general rusticity which involved rural life and place the pulperos inside the meddle classis of countryside population.

Key words.

Pulperos – private life – rural life - testaments - inventorys

1. Introducción

   Durante los años noventa se ha ido avanzando a paso firme sobre el mundo de los pulperos y pulperías tanto de la ciudad como de la campiña de Buenos Aires. Si bien la mirada sobre estos pequeños comercios no es nueva, la novedad de los últimos años está determinada por la imagen más compleja que se brinda. Los trabajos tradicionales entre los cuales se encuentran autores como Richard Slatta (1982) y Rodríguez Molas (1961 y 1968) presentan a las pulperías y sus dueños envueltos en una burbuja de rusticidad y precariedad extrema. La suciedad y la escasez son habitantes perpetuos de este espacio y se manifiestan tanto dentro de la pulpería propiamente dicha como en la vivienda del pulpero. Los trabajos dirigidos por Carlos Mayo (2000) se han encargado de echar por tierra esta imagen tradicional de la pulpería al abordar el estudio con nuevas fuentes. Testamentos, libros de cuentas, registro de alcabalas, etc., permiten iluminar con mayor precisión las características de estos pequeños comercios y sus propietarios o administradores. Este nuevo enfoque no sólo enriquece la descripción del pulpero sino también establece diferencias entre unos y otros.
   Los trabajos tanto historiográficos como literarios dedicados al estudio de las pulperías y los pulperos, o aquellos que hacen un breve comentario acerca de ellos, orientan su principal interés hacia el rol desempeñado por estos pequeños comercios tanto en la ciudad como en la campaña. Analizan el pequeño comercio al menudeo tanto desde el punto de vista comercial, la pulpería como centro de abastecimiento de alimentos, vestuario, herramientas y demás efectos para los sectores sociales medios y bajos como desde el punto de vista social, es decir la pulpería como centro de reunión para la conversación, dispersión y entretenimiento. La figura del pulpero ha sido presentada con características muy disímiles, tipificado tanto como un sujeto inescrupuloso aliado de la codicia y la usura, integrante de una red de comercio ilícito, despreciado por el grueso de su clientela, así como erigido en un personaje pintoresco, socio de la simpatía guiado por principios altruistas.(1)
   Más allá de las diferencias que puedan encontrarse en todos estos trabajos (que no son menores por cierto), todos tienen un enfoque analítico similar, este se dirige en forma unívoca hacia el universo público de la pulpería. Se preocupan tanto por lo que sucede dentro de ella, la interacción social entre sus clientes y la relación de estos con el pulpero, como por la visión que se tiene desde afuera, la importancia como institución que tiene o no en la vida cotidiana de cualquier persona. El pulpero siempre aparece como un personaje público cuyas cualidades están determinadas por el lugar que ocupa detrás del mostrador y no por sus características personales. Es precisamente en este punto donde creo que no se ha echado suficiente luz para desnudar definitivamente la figura de este atractivo personaje.
   La intención de este trabajo está destinada a penetrar en la intimidad del pulpero rural. Es decir, su modo de vida y las actividades que desarrolla cuando muda su ropaje de pequeño comerciante. La composición de su hogar, que en muchos casos se encontraba junto a su negocio o formaba parte de él, el mobiliario, su vestuario y demás elementos que nos den una idea de las costumbres del pulpero en los momentos en que se alejaba del bullicio de la clientela y abandonaba el mostrador. No sólo se pondrá atención en la intimidad (si es que existía) propiamente dicha, puertas hacia adentro, sino también en los otros tipos de actividades que desempeñaban. Principalmente ocupaciones económicas no relacionadas estrictamente con la pulpería como el alquiler de inmuebles en el caso de la ciudad así como la cría de ganado, la producción de trigo o el cultivo de huertas en el contexto rural. Por último se intentará una aproximación al tipo de prácticas sociales que desarrollaban estos pequeños comerciantes descubriendo los lugares que frecuentaban y sus quehaceres en los ratos libres.
   Las fuentes consultadas para desandar el mundo privado del pulpero son las testamentarias de fines del siglo XVIII y principios del XIX. Aquí podemos ilustrarnos sobre diversas cuestiones, por un lado averiguar la riqueza del titular del documento y todo lo relacionado a su negocio, es decir los aspectos públicos del individuo. Por otra parte podemos atravesar sin demasiada dificultad los muros que resguardaban su intimidad, la composición de su hogar, su mobiliario, su vestuario y algunas otras particularidades como pueden ser un libro o un crucifijo que nos den una idea del modo de vida y las inquietudes que motivaban al pulpero.(2)
   Como sabemos, el Buenos Aires colonial tardío era una tierra plagada de comerciantes, esta era una actividad que generaba gran movilidad social que se puede comprobar por la gran amplitud y desigualdad del sector. Los grandes comerciantes se encontraban dentro de las esferas más encumbradas de la sociedad virreinal codeándose con los altos funcionarios y militares. Todos ellos se sentían atraídos por la ropa elegante, los muebles y las joyas, tales elementos simbolizaban el prestigio social. Ahora bien, dentro de este abultado grupo de comerciantes ¿qué ubicación encontraban los pulperos en la pirámide?. Según Socolow (1991) los pulperos urbanos equiparaban su posición social con la de los mercachifles, es decir que orbitaban por la esfera más pobre y menos prestigiosa del comercio. Pero esta situación no determinaba que fuera imposible encontrar las vías de ascenso social, algunos pulperos lograron amasar una fortuna considerable que los alejaba de la condición de mercachifle “andrajoso” (Slatta, 1982). Por supuesto que estos eran los menos, aún más teniendo en cuenta la enorme cantidad de colegas que existían. Pero la mirada sobre los más prósperos pulperos nos interesa para iluminar el estilo de vida deseado por todos o la gran mayoría. En todos los niveles se tenía como objeto de deseo a quien estaba inmediatamente por encima en la escala social. Así como los comerciantes ambulantes pretendían alcanzar el nivel de los minoristas, éstos a su vez tenían como protagonistas de sus sueños a los mayoristas. No sólo hablamos de lograr alcanzar los mismos niveles de ingreso, sino que es una meta mucho más amplia que implica llegar a abrazar un estilo de vida similar al de los propietarios de la cima de la pirámide social. Este objetivo implica acceder a un tipo de vivienda y un consumo refinado que comprende desde el mobiliario del hogar, el vestuario, hasta los esclavos, uno de los principales símbolos de pertenencia social.
   Ahora bien, en este trabajo no pretendemos constatar cual fue el éxito que tuvieron los pulperos en la agitada movilidad social, ni tampoco comparar su estilo de vida con el de los comerciantes superiores. El objetivo es presentar las características del universo privado del pulpero rural que a primera vista parece tarea difícil por la influencia permanente que ejerce el espacio público de la pulpería. Antes de comenzar sería necesario aclarar que entre los mismos pulperos existía cierta heterogeneidad. Como ya dejamos entrever, los pulperos no constituían un sector “químicamente puro”, la considerable distancia que existía entre la riqueza de unos y otros diseñaba estilos de vida disímiles. Esta característica tal vez sea un poco fastidiosa para el historiador perseguidor de generalidades, así y todo, intentaré sin dejar de remarcar las diferencias, presentar los elementos comunes entre sí.

2. Número de pulperías

   Antes de adentrarnos en la intimidad del pulpero es necesario establecer sintéticamente cual era la importancia de los pulperos dentro de la campaña bonaerense. Por un lado, a través del rol que cumplían sus negocios dentro del espacio rural y por otro de la cantidad de pequeños comercios instalados en la pampa bonaerense. Estos dos aspectos nos ayudarán a determinar la influencia que ejercían sobre la población rural.
   En otro estudio realizado sobre la cantidad de pulperías diseminadas por la campaña a fines del siglo XVIII se comprueba el mismo grado de competencia en la campaña que en la ciudad. El trabajo dirigido por Carlos Mayo constata que la ciudad de Buenos Aires contaba con uno de los porcentajes más altos de pulperías por habitante en toda la América Española. En la década de 1780 la cantidad de pulperías en la campaña superaban largamente la centena llegando al año de 1790 a 140 aproximadamente (Carrera, 2000). Por supuesto que este número puede ser aún mucho mayor debido a que no todos estos pequeños comercios pudieron ser registrados, la evasión fiscal es la principal razón de ello. Es necesario aclarar que dentro de ese número se encuentran incluidas las pulperías volantes formadas por un comerciante recorriendo la campaña con una carreta o carretilla transportando algunos productos en busca de clientes. Pero el porcentaje de éstos particulares comerciantes no va más allá de un 15% sobre el total de los pulperos registrados. Por sus características este tipo de pulperos no van a ser tratados en este trabajo por el desconocimiento de su lugar de residencia (si es que tenía) y en consecuencia por la dificultad de reconstruir su modo de vida más allá de su actividad pública. Ahora bien, teniendo en cuenta la cantidad de población hacia fines del siglo XVIII (casi 13mil personas según el censo de 1778) encontramos un promedio aproximado de una pulpería cada 108 habitantes lo cual echa por tierra nuevamente a aquella imagen tradicional que describe una pulpería solitaria aislada entre miles y miles de leguas de campaña. Esto ya había empezado a ser desacreditado por Jorge Gelman al describir la alta competencia que existía entre estos pequeños comerciantes:

“Aquí está planteado un problema básico de todo el sistema de comercialización en la campaña rioplatense: la abundancia de pulperos imponía límites ineludibles a la explotación mercantil de campesinos y peones por la propia posibilidad de elegir entre unos u otros mercaderes a la hora comprar o incluso endeudarse” (Gelman, 1993).

   Juan Carlos Garavaglia (1994) en su estudio sobre la circulación de productos pecuarios en la campaña de Buenos Aires comprueba que las pulperías eran uno de los elementos centrales en el tejido económico y social. Allí se habla de un número aproximado de 450 pulperías en la campaña bonaerense hacia 1814. La cantidad y dispersión de pulperías conformaban una red de comercialización capilar que llegaba hasta los puestos fronterizos más inhóspitos. Los pulperos fueron personajes importantes dentro de la circulación del principal producto de la campaña: los cueros. Muchos de ellos conformaban un nexo entre los pequeños y medianos productores rurales y los grandes comerciantes exportadores.
   Con esto concluimos en que el pulpero podía llegar a ser un personaje influyente de la campaña, conocido por buena parte de sus habitantes quienes debieron ser en su gran mayoría clientes o socios de alguno de estos pequeños comerciantes.

3. El espacio público de la pulpería

   Otro de los aspectos que debemos mencionar es el ambiente interior del pequeño comercio. Aquí era el lugar donde se desarrollaba por un lado la compra venta de mercaderías y por otro el encuentro social. Su origen responde a la demanda de la población, no sólo material, sino también la de sus deseos y necesidades más elementales como el ocio y la comunicación. Su función ya fue descrita por otros autores: “La pulpería desempeñó diversas funciones, entre las que recordamos la de taberna, proveeduría, bolsa de trabajo o agencia de colocaciones, fuente de noticia de los acontecimientos humanos o políticos más destacados del pago, casino...” (Bossio, 1972:57)
   En efecto, la sala de la pulpería constituía el lugar de reunión casi exclusivo de la campaña aparte de la iglesia, allí circulaban las noticias, los “chismes”, se cultivaba la amistad y se “limaban” diferencias cuchillo mediante. Es importante conocer este espacio para introducirnos en la vida privada del pulpero, esto implicaría explorar el contexto en el cual se movía la mayor parte del tiempo. En este sentido es importante remarcar que la vivienda del pulpero estaba ubicada en la mayoría de los casos junto a su negocio, formando parte de la misma estructura edilicia. Muchas veces la separación de los ambientes público y el privado estaba determinada por una simple cortina, la cual no parece ofrecer una resistencia adecuada ante la intromisión de lo público. Es decir que el pulpero vivía constantemente sobre la línea divisoria que separaba su faceta pública de su costado más íntimo.
   Los nuevos trabajos que tratan la pulpería rural ya han cuestionado la imagen de un lugar andrajoso, centro de despacho de bebidas alcohólicas, de juego y prostitución. Por supuesto que estos elementos existían pero describir este espacio sólo a través de ellos sería pecar por serias omisiones (Virgili, 2000).
   Buena parte de las pulperías funcionaban en un rancho, paredes de adobe, pisos de tierra apisonada o de ladrillo cocido y madera componían en general los ambientes de la pulpería tanto la sala principal como la trastienda. Por supuesto que había diferencias entre unas y otras, los pulperos más acaudalados podían presumir de tener un negocio en una casa de pared francesa, con cuartos y habitaciones con marcos y puertas. Los estantes abarrotados de productos son comunes a todos los negocios, botellas, frascos, barriles y costales custodiaban las espaldas de todos los pulperos. La “mítica” reja que los aislaba de la clientela por cuestiones de seguridad existe en buena medida sólo en el terreno de la ficción. Estos barrotes de seguridad no aparecen en los inventarios con la misma frecuencia que en la literatura o en la historiografía que confía demasiados en ella. Este es el caso de Jorge Bossio quien sostiene que en el campo, donde escaseaba la vigilancia comenzó a imponerse la reja a principios del siglo XIX como instrumento de protección de la vida del pulpero (Bossio, 1972:25). Suena irrisorio pensar que una simple reja va a salvar a un pobre individuo aislado en medio de la pampa acosado por una clientela hostil. Más allá de esto el estudio de los inventarios no ha demostrado una presencia significativa de la reja. El mostrador era por lo tanto la línea divisoria exclusiva entre comerciante y cliente. Este podía ser de madera, adobe o de ladrillo, a veces una simple tabla. Encima de él aparecía siempre una balanza de cruz o romana y por debajo se ubicaban cajas y cajones. La vidriera para exhibir productos no estaba ausente en la campaña, por supuesto que no es común debido a su valor pero su presencia combate la rusticidad con la que fue descrita la pulpería durante mucho tiempo (Mayo, 1996).
   La mercadería se caracteriza por su enorme variedad, bebidas, alimentos, vestimenta, herramientas, calzado, medicinas, etc. En el trabajo dirigido por Mayo sobre pulperos urbanos se encuentra un análisis de sólo nueve inventarios de pulperías rurales donde aparecen 145 productos diferentes. Otra vez la complejidad socava a la imagen tradicional que caracterizaba a la pulpería como despacho de aguardiente acompañada de unos pocos productos. La carne estaba muy lejos de ser el alimento exclusivo de consumo alimenticio como creía Rodríguez Molas. El pan marginado en buena medida por este y otros autores aparece con la misma frecuencia que el vino y el aguardiente, esto lo denuncia la presencia casi inmutable del horno para el uso tanto privado como público del pulpero. También aparecen pescados, quesos y galletas entre la yerba, el tabaco y el azúcar de distinto tipo. Así como había gran variedad de alimentos también habitaban las estanterías los pantalones, los chalecos, los ponchos y las camisas para vestir a la población rural. Además de alimentar y vestir a la gente, la pulpería le ofrecía artículos para el hogar como vajilla, cubiertos, peines, cuchillos, etc., instrumentos de trabajo y de montar también se ofrecían a la venta. Es decir que estos pequeños comercios abarcaban casi la totalidad del consumo en la campaña con lo cual deberían tener una gran influencia en la vida de cualquier poblador rural. Lo dicho convertiría al pulpero en un personaje público por excelencia. Esto se confirma aún más al presentar a la pulpería no sólo como el centro exclusivo de abastecimiento de la campaña sino también como uno de los principales centros de diversión y entretenimiento de la pampa. El juego de naipes, la cancha de bochas y los acordes de la guitarra eran algunos de los focos de atracción que magnetizaban las zonas circundantes a la pulpería.

4. La familia y el hogar del pulpero

   Y si de vida privada vamos a hablar debemos posar nuestra mirada sobre la familia. Ya se ha mencionado en otros trabajos el alto porcentaje de pulperos casados. Aquí se calcula que un 70% de los pulperos cultivaba la vida matrimonial en la campaña aclarando que en las zonas fronterizas este porcentaje disminuía (Virgili, 2000:105). En efecto, el matrimonio es una práctica extendida en la sociedad rioplatense, no sólo es estimulado por la iglesia sino también por la gran aceptación social que conlleva. El estar casado implica seguir las “buenas costumbres” que designa la moralidad cristiana. Pero la demostración de afecto hacia la esposa y los hijos que se repite en las fuentes, refleja, a mi entender, el verdadero amor hacia la familia más allá de la obligación social y moral que esta implica. Este es el caso de Matilde Olivera quien tuvo siete hijos y manifiesta gran afecto y plena confianza hacia su marido.(3) En general todos los pulperos tenían un mínimo de tres hijos, muchos de los cuales colaboraban en la actividad de sus padres. Mónica Martínez de las Conchas es el único caso que encontramos de una pulpera sin hijos(4) y declara tener una sobrina a su cargo lo que tal vez nos indique la imposibilidad de tener sus propios niños.
   Comenzaremos a hablar del escenario exclusivo de la privacidad: el hogar. Generalmente, como ya anticipamos, estaba adherido a la pulpería, la gran mayoría de las viviendas la conformaban una sala, una pequeña cocina y aposento. Adobe y paja son los típicos materiales de construcción, no son comunes los ladrillos ni las tejas. A la luz de nuestros tiempos sería extraño en el patrimonio de una persona darle algún valor a una puerta o una ventana con sus herrajes, pues no sucede lo mismo en tiempos tardocoloniales ni tampoco décadas adelante. En la mayoría de los testamentos el rubro carpintería aparece separado del resto y se detalla con el mismo grado de minuciosidad. Esto nos conduce a pensar que no era común tener puertas y ventanas en todas las aberturas de la casa ya que para lograrlo se debía tener el suficiente resto económico. En la casa de un pulpero de Lobos se precisa la existencia de dos puertas en la trastienda con sus herrajes, otra chica en el dormitorio, una ventana en el dormitorio con su respectivo herraje, una puerta y una ventana en el rancho y una puerta en la cocina.(5) A simple vista describir esto nos parece algo excesivamente cotidiano que fastidiaría sólo el hecho de tener que mencionarlo, pero si lo hacemos es para remarcar lo contrario. Los objetos de carpintería descritos más arriba no aparecen en todos los casos y lo comprobamos al encontrar viviendas con similar número de ambientes con apenas una o dos puertas. Estas últimas tienen una importancia decisiva en la separación de ambientes dentro de una vivienda cuya presencia o no implica un mayor o menor grado de privacidad dentro del hogar. Sobre esta cuestión cabría conjeturar que las personas con posibilidades de acceder cómodamente a los artículos de carpintería podían profundizar el grado de privacidad dentro de su hogar. En la maravillosa obra dirigida por George Duby y Philip Ariès (1988) sobre la historia de la vida privada se nos instruye en este aspecto. Allí se sugiere que cuanto mayor espacio hay en la casa, se construye otro espacio, es decir que no sólo se produce un cambio cuantitativo sino también cualitativo. Este tipo de cambio profundizaría la privacidad del individuo ya separada de su familia. De esto se desprende que la posibilidad de ganar mayor privacidad depende en gran parte de los recursos económicos para ampliar el hogar. En el trabajo dirigido por Mayo sobre la vida en la frontera se arguye que los pulperos además de los estancieros eran los únicos que invertían en el mejoramiento de su casa y equipamiento (Mayo, 2000). La imagen tradicional sobre la vida rural rioplatense brindada por la visión impresionista de los viajeros teñía de promiscuidad al hogar común, sin diferenciaciones de espacio ni separaciones concretas, amontonados todos sus moradores en el mismo lugar . Por supuesto que esta imagen no es del todo falsa pero la presencia recurrente de espacios diversos con puertas y llaves refuta en buena medida aquella visión.
   Podríamos afirmar a primera vista que los pocos ambientes, la precariedad del mobiliario (entendido sólo como los muebles) dominado por la madera, la escasez de utillaje y vestimenta eran un patrón común entre la mayoría de los pulperos en la campaña. Los muebles que conformaban el espacio privado no iban más allá de una mesa, un catre, algunas sillas y un baúl polifuncional. La cantidad de camas y sillas es muy variable, las segundas van desde cinco o seis a doce o más, suelen ser rústicas, de paja, cuero y madera aunque aparecen también ¡sillas inglesas en plena campaña!, las camas son de cuero y madera y van en general desde una a cuatro. La longevidad de estos elementos nos empuja a pensar que jamás eran renovados y perduraban en el tiempo hasta su total inutilidad. Todo artículo que era nuevo está precisamente aclarado en las fuentes y no se destaca por su frecuencia. Todo esto nos da una idea del valor que adquiría cada objeto por más ordinario que pareciera. Por supuesto que esta sencilla descripción adolece de excesiva generalidad, algunos inventarios denuncian la existencia de otro tipo de objetos los cuales revelan otra clase de hábitos hogareños. Francisco Lozano en los pagos de Magdalena, Juan de Mata y Mariano Serna de Arrecifes tenían en sus viviendas un escritorio a parte de las mesas comunes,(6) quizás allí se sentaran en algunos ratos libres a leer o escribir, prácticas en principio no muy habituales en la campaña. El biombo también aparece ocasionalmente diseñando el interior del hogar, conjeturo que este elemento podía ser usado tanto para cubrirse ante la muda de ropa como para la separación de ambientes. Los barriles de agua con o sin tapa encuentran su lugar en algunas salas para combatir la sed de sus moradores y para servir a la cocina.(7) Con respecto a la iluminación encontramos otros objetos poco frecuentes, Matilde Olivera en las conchas tenía un farol en su sala(8) y Felipe Miguens Contaba con una linterna.(9)
   Por supuesto que los pulperos más encumbrados podían acercarse al mobiliario refinado de la elite pero estos pertenecían a una minoría. Francisco Lozano, por ejemplo, formaba parte de ese grupo selecto y se podía jactar de contar en su sala con una preciada mesa de pino y otra de cedro embutida.(10) El utillaje de los hogares estaba más diversificado que el mobiliario. Advertimos rápidamente la “invasión” del campo en el hogar. Esto lo inferimos por la presencia inalterable de instrumentos manuales para trabajar sobre todo la tierra: arados, asadas, palas; hachas, instrumentos de montura, estribos, etc. No hace falta mencionar la omnipresencia del mate, sí cabría mencionar la diferencia entre los mismos, los hay de madera, de cuero, o de plata no sólo varía el material sino la cantidad, algunos se conforman con un solo mate mientras que otros presumen de tener más de dos o tres. Como se deja ver la heterogeneidad sigue prevaleciendo en la calidad y cantidad de los objetos. También los candeleros son moradores permanentes de los hogares, varían desde los más rústicos a los más refinados provenientes de Inglaterra. Sábanas, colchones, almohadas, alfombras y cortinas aparecen con menos frecuencia tal vez por ser elementos más prescindibles o menos accesibles.(11) Pero su presencia nos permite ver un interés en el confort, los colchones y las sábanas contribuyen a mejorar la calidad del descanso que lejos está en este caso de ser precario. Las cortinas además de combatir la entrada de luz, nos sugieren un interés en la privacidad, en evitar las miradas desde “afuera”. Las tinajas comparten el status del mate y los candeleros ya que aparecen en todos los casos y siempre con varios ejemplares por hogar.
   Si pasamos a la cocina advertimos cierta escasez, ollas, platos, fuentes de loza o metal, mortero, asador y carretilla de agua habitan este espacio. También puede aparecer un tímido horno de amasar, algunos pocillos de café y chocolate, un cernidor y alguna sartén. El tenedor podríamos decir que brilla por su ausencia, lo incluimos en la categoría de cubiertos pero esta no aparece con frecuencia en los inventarios y se menciona por separado a los cuchillos que tampoco aparecen en gran número. La cocina de Felipe Miguens tal vez represente el patrón común, allí tenía seis platos, cuatro pocillos, una sartén, un mortero, dos fuentes, un mate, una olla y algunos jarritos y botellas.(12) Este pulpero de las conchas no podría jactarse por la riqueza de su cocina pero tampoco podría rezongar por precariedad. Todos los utensilios de plata están debidamente mencionados de manera tal de ser destacados del resto. La imagen tradicional encuentra a la rústica población rural alejada de los metales preciosos, sin embargo no es extraño encontrarlos en los hogares de campiña con relativa frecuencia. Las cocinas más pobladas de los pulperos encumbrados tienen alacena y decoran sus estanterías con cuatro o cinco fuentes de loza, una tetera con sus tazas, una docena de platos y varias ollas. Este puede ser el caso de Juan de Mata que reúne en su concurrida cocina tres ollas, cuatro fuentes, trece platos, seis cuchillos de mesa, seis pocillos de café y tres de chocolate, un hacha, un cernidor, cinco cubiertos de plata y dos mates del mismo metal.(13)
   Para terminar con el inventario del hogar no estaría demás subrayar las marcadas ausencias. Como objetos outsiders encontramos un longevo revolver de un pulpero de Las Conchas,(14) un espejo con marco de jacarandá y un par de relojes descompuestos, estos últimos pertenecientes a Francisco Lozano pulpero-estanciero.(15) Nos parecen sumamente significativos estos objetos por el hecho de estar relacionados por un lado al tiempo y por el otro al interés en el aspecto personal. La ausencia del espejo nos advierte del escaso conocimiento que tenían de su propia imagen ya sea por desinterés o por no poder acceder al artículo. Tal vez como alternativa utilizaran la superficie del agua de algún recipiente o de algún metal. Por otro lado la pobre presencia del reloj nos presenta una conciencia del tiempo, muy distanciada de la actual, estaba determinada ya sea por el campanario de alguna iglesia en el caso de encontrarse el pulpero cerca de alguna de ellas o por el recorrido del sol. Es sabido que el nivel de instrucción de la mayoría de los pulperos no era muy elevado. La ausencia de libros es común, sólo en dos inventarios encontramos mencionado un “librillo” perteneciente uno de ellos a una propietaria de pulpería de Pilar(16) y el otro a un pulpero de Arrecifes. El mencionado Felipe Miguens contaba con un juego de damas y otro de bochas seguramente para el entretenimiento de sus clientes y el propio.
   La presencia de la religión en el hogar también se advierte. Matilde Olivera, la esposa de un pulpero de Las Conchas tenía en su hogar una imagen de piedra de la Concepción además de tener entre sus objetos más preciados un rosario de oro.(17) Francisco Álvarez, dueño de pulpería de Areco tenía una cruz de oro enriqueciendo su hogar;(18) Felipe Miguens declaró tener un crucifijo de estaño; Juan López, pulpero de Arrecifes, tenía un cuadro de Nuestra Señora del Rosario con su libro,(19) Juan de Silva otro pequeño comerciante de Arrecifes tenía un nicho con una “imagen de Jesús en la Cruz”.(20) La mención reiterada de este tipo de objetos, de alto contenido simbólico, nos permite ingresar no sin dificultad en el territorio más oscuro y espinoso de las mentalidades. La vocación religiosa de los pulperos queda reflejada no sólo con la propiedad de estos objetos simbólicos sino también con la vinculación que tenían a distintas instituciones religiosas de las cuales hablaremos más adelante.

5. El guardarropas

   Mencionamos más arriba que la vestimenta era uno de los principales símbolos de status social. Ahora bien ¿cuál era el vestuario de nuestros pequeños comerciantes?, ¿se acercaba al de los grandes comerciantes o al de los pobladores más rústicos?, ¿era rico en calidad y cantidad?, el estudio de los inventarios también nos permite ingresar al armario (si es que tenían) o al baúl del pulpero y describir su aspecto, del cual como ya dijimos no parecían tener demasiada conciencia. “La figura del pulpero no era, como es de suponer, nada pulcra; en un medio tosco, la suya no desentonaba con la de los parroquianos” (Bossio, 1972:62).
   Veamos ahora hasta que punto esta afirmación se acerca a la realidad. El patrón común de la indumentaria es la sencillez. El estudio sobre el pulpero urbano nos dice que su guardarropa tenía en general un pantalón, un par de calzones, varias chaquetas, algún chaleco, dos o tres camisas, medias, un par de tiradores, un sombrero y un capote. En la campaña el guardarropa solía ser un poco menos “generoso”. En efecto, en general encontramos una solo unidad de cada prenda, el poncho sea tal vez lo único que lo diferencia de su par urbano. Richard Slatta describe al pulpero rural con una apariencia rústica, desaseado, usando el tradicional chiripá en lugar de pantalones (Slatta, 1982). Esta imagen distorsionada por los ojos de los viajeros debería ser matizada. La escasez no implica que no tuvieran interés en mejorar la calidad y cantidad de su vestuario. Sombreros, capotes forrados, zapatos y camisas no dejan de aparecer en los baúles como las joyas más preciadas para los pulperos. Este es el caso, por ejemplo de Juan de Silva quien vestía capa y capote de paño, calzones de terciopelo y sombrero,(21) Juan de Mata reunía hasta tres pantalones y tres ponchos sumados a las medias (prenda extraña en esas latitudes), levita, chaqueta y capa de paño, chaleco y un par de botas. Felipe Miguens junto a sus dos chalecos, una chaqueta, un capote sin forro y un par de camisas y sombreros contaba con unas soberbias espuelas de plata. Con respecto a la estética femenina, se dice que en la ciudad era más pobre y escasa que la de los hombres. Polleras, enaguas y corpiños de escaso valor vestían a las pulperas o esposas de pulperos. Mónica de la Cruz Martínez de las Conchas lejos se encontraba de un guardarropas miserable, tenía cuatro polleras, cinco batas, cuatro mantas, un rebozo, dos camisas, tres corpiños, dos pañuelos, un par de hebillas de plata y zarcillos de oro.(22) Nos advierten que los vestidos adornados y la seda estaba completamente ausentes en sus guardarropas. Cabría pensar que la vestimenta femenina en el contexto rural fuera igual o peor que en la ciudad debido a que estos productos circulaban aquí con mayor abundancia. Sin embargo, nos sorprendemos al encontrar en las Conchas un vestido de raso negro y medias de seda. Este nos invita a pensar que estos artículos, suntuarios para estos sectores, no eran una meta imposible de alcanzar. También nos sorprendemos con la “intromisión” de un abanico y una pañoleta de punto que terminan de vestir a la “coqueta” Matilde Olivera. Por supuesto que este tipo de prendas nos son las más frecuentes, el común de las mujeres de campaña estaban envueltas en la sencillez. Pero la presencia de estos artículos en la campaña ya quedó comprobada en los estudios destinados a iluminar los inventarios de las pulperías (Mayo, 1996 y 2000). Aquí averiguamos que los objetos de consumo más refinados, lejos de estar ausentes en las estanterías se encontraban hasta en los establecimientos más remotos. Esto nos permite conjeturar, con algún asidero, que los pulperos y sus esposas se encontraban entre los principales consumidores de aquellos productos. Las joyas y alhajas de oro y plata a primera vista parecerían estar vedadas para las señoras de los pulperos, no es común encontrar artículos de lujo de uso personal. Sin embargo, como ya aclaramos el oro y la plata solían entrometerse con cierta frecuencia en los hogares de los pulperos: aros, cadenillas, bombillas, cubiertos, candeleros, espuelas, estribos, cuchillos, chafalonías, crucifijos y cruces de oro y plata aparecen en varios de los inventarios escrutados como si fueran un objeto más del escenario cotidiano habitado por pulperas y pulperos. Con esta descripción creemos haber cuestionado seriamente aquella afirmación que vincula el aspecto del pulpero con la tosquedad del medio.

6. Los esclavos

   Para terminar de explorar el patrimonio de los pulperos dentro del hogar nos queda mencionar la participación de los esclavos.. Todas las familias encumbradas de la sociedad virreinal, entre las cuales se incluyen muchos comerciantes, contaban con varios esclavos como si fueran sus más preciadas alhajas. Hasta no hace mucho se creía que los esclavos conformaban parte del patrimonio suntuario, no porque fueron exclusivos de las clases acomodadas sino porque constituían un bien de prestigio. Esto conducía a creer que la población esclava se concentraba fundamentalmente en la zona urbana debido a que allí se encontraban los sectores pudientes en tiempos coloniales y primeras décadas independientes. En las últimas décadas nuevos estudios han encontrado una extendida presencia de esclavos en la campaña conformando uno de los principales recursos de mano de obra (Garavaglia y Moreno, 1993). Garavaglia (1999) sostiene que hacia 1810 la esclavitud parece tener un primerísimo plano en la estructura de las relaciones productivas llegando a superar el número de peones libres. Entre 1750 y 1815 se calcula un promedio de tres esclavos compartiendo un rancho humilde. En cuanto a su valor, se llegó a la conclusión de que los esclavos son el segundo rubro en el valor de los bienes de estancia.
   Los pulperos no estaban exentos del interés por los esclavos y no es extraño encontrar negros y mulatos inmiscuidos en su patrimonio. En la ciudad el promedio de esclavos por pulpero parece ser mayor que en la campaña, alcanzaba a uno por pulpero, aunque no es extraño que aparezca un dueño de cinco o seis mulatos. Estos últimos generalmente manejaban un patrimonio que iba mucho más allá de una pulpería como pueden ser bienes inmobiliarios o propiedades rurales. De todos los casos analizados en la campaña sólo figuran nueve propietarios de esclavos, dos de ellos son excepcionales, el caso Francisco Lozano que reunía un total de ocho esclavos por el valor de 1450 pesos, una suma mucho mayor al valor promedio de una pulpería. Otro caso es el de Francisco Ayala de Areco que alcanzaba la sorprendente cifra de diez esclavos por los cuales no tenía mucho que envidiar de los grandes comerciantes porteños. Juan López en Arrecifes tenía esclavos por un valor de 1.008 pesos, Francisco Muñoz de las Conchas mucho más modesto tuvo que vender los dos esclavos que tenía por los gastos que le ocasionaban. Esto último fortalece la idea del esclavo como objeto simbólico. Su ausencia dentro de los pequeños comerciantes nos sugiere que no era sencillo no sólo acceder a su propiedad sino también mantenerla. Sin embargo, con los datos obtenidos podemos sostener nuevamente que el acceso a bienes suntuarios no estaba del todo vedado a estos supuestos sectores de bajos recursos.

7. Puertas hacia afuera

   Si salimos por un momento del hogar del pulpero encontraremos cierta heterogeneidad entre uno y otro, algunos de los inventarios consultados nos presentan a un pulpero propietario de ganado vacuno y ovino, tierras, trigo y frutales con los cuales, al parecer, desarrolla un negocio paralelo al de pulpero. Este es el caso de Fernando Navarro de las conchas quien tenía un patrimonio total de 4248 pesos. Este conjunto de bienes lo conformaban novillos, caballos, ovejas, lecheras, corderos y trigo. Sus bienes inmobiliarios lo integraban un terreno en San Fernando y una quinta con 200 plantas de durazno, membrillo y naranjos. Huelga decir que este es un caso excepcional, la mayoría de los pulperos no reunían en un solo patrimonio todos estos bienes, pero sí algunos de ellos se repiten por separado. La quinta con frutales aparece con frecuencia, esta actividad no es exclusiva del campo, también puede encontrarse en los terrenos urbanos, tal vez con menores dimensiones. Felipe Miguens de las Conchas y José Cebey tenían en su casa un terreno con frutales: parra, manzano y durazno, lo que no podemos afirmar con certeza es si aprovechaba estos recursos para comercializarlos o simplemente eran para el uso personal. La propiedad de ganado también aparece con frecuencia, este es el caso de Francisca Ayala y Don Antonio Gallardo, matrimonio pulpero de Morón, contaban entre sus bienes, 96 bueyes, 4 novillos, catorce vacas lecheras, 18 vaquillonas, 6 yeguas, 18 caballos, 5 redomones y cuatro potrillos.(23)
   En otro estudio realizado sobre el número de pulperías rurales encontramos en el año 1787 sobre un total de 103 establecimientos, 17 pertenecientes a una estancia(24). Esto no quiere decir necesariamente que el pulpero sea el propietario de la estancia, muchas veces era tan sólo un dependiente del estanciero. Pero el pulpero estanciero aparece en las fuentes con alguna frecuencia. Juan de Silva y José Vicente González eran dueños de estancia, el primero contaba con 240 cabezas de ganado repartidas entre mulas equinos y bueyes; la estancia del segundo duplicaba en valor a su pulpería,(25) Juana López además de 600 plantas de durazno tenía 700 cabezas de ganado,(26) Francisco Lozano era propietario de una estancia de media legua de fondo y 1500 varas de frente reuniendo en ella cabezas vacunas y ovinas con algunos caballos.(27) Aquellos que no alcanzaban tamaño patrimonio en ganado se conformaban con algunas mulas tahoneras. La presencia de estos animales y de varios tipos de herramientas nos permite conjeturar sobre las actividades u oficios que practicaban muchos pulperos en la campaña. Aparecen con frecuencia en los inventarios herramientas para el oficio de zapatero, herrero, carpintero o panadero. Juan López en Arrecifes además de cinco mulas tahoneras tenía herramientas para herrería y zapatería; Francisco Muñoz en las Conchas tenía varias maderas y palos viejos junto a herramientas de albañilería, herrería y carpintería.(28) Como se puede comprobar, estos últimos oficios que en principio son propios de la ciudad, también aparecen en la campaña. Tal vez, en muchos casos estos oficios fueran la actividad originaria del pulpero que luego se volcó hacia el comercio. Como la mayoría de los pulperos no eran oriundos del lugar, al principio no era extraño que se ocuparan en otras actividades como la de labrador hasta poder instalar su propio negocio. Pero este cambio de rumbo no implica necesariamente el abandono total de la actividad precedente. Una de las diferencias sustanciales entre el pulpero de ciudad y el de campaña era el negocio inmobiliario, esta práctica estaba muy desarrollada en el Buenos Aires colonial pues brindaba jugosa rentabilidad. Los pulperos que amasaban algún capital de inversión no quedaron al margen de esta práctica y destinaron su dinero a la compra de cuartos para alquiler.(29) En la campaña el negocio de alquiler también existía pero no tanto en el rubro de inmuebles sino en el de carretas. La propiedad de estos vehículos también incluía a los pulperos, en la mayoría de los casos para uso personal, Francisco Lozano y de Juan de mata contaban con una sola carreta, pero Francisca Ayala, por ejemplo, pulpera en Morón además de contar con un terreno en la ciudad de Buenos Aires tenía cinco carretas de leña.(30) Podríamos aventurar que en estos casos algunas carretas fueron aprovechadas como objeto de alquiler. También encontramos un caso en donde el pulpero Fernando Navarro alquila la pulpería de otro a ocho pesos mensuales.(31) En el trabajo de Jorge Gelman que analiza las actividades de los pulperos rurales de la Banda Oriental aparece una figura de comerciante usurero. El pulpero utilizaba mecanismos de endeudamiento con los labradores a quienes “adelantaba productos y plata antes de la cosecha, quedando ésta comprometida antes de ser levantada”(Gelman, 1993:107-108). Con este mecanismo el campesino se veía forzado a vender a precios ínfimos su cosecha quedando en muchos casos endeudado al final de la misma. Algunos pulperos al acaparar la producción generaba el encarecimiento de los productos de consumo corriente al retener el grano y esperar el alza de precios. También se menciona la participación del pulpero en el comercio de cueros, siendo un intermediario entre el productor y el gran exportador. La intromisión del pulpero dentro del comercio de granos y de cueros lo convertía aun más en un personaje importante en la campaña para los sectores medios y bajos (Garavaglia, 1994). 

8. El culto religioso

   No es nuevo decir que la religión desempeñaba un papel protagónico en la sociedad colonial. La activa participación en el culto también estaba muy bien vista y es por ello que en todos los niveles sociales se hacía un esfuerzo para invertir tiempo y dinero en la religión. La expansión de cofradías y hermandades era moneda corriente en tiempos tardocoloniales. La afiliación religiosa a Terceras Ordenes era una práctica extendida, según el estudio realizado sobre pulperos de la ciudad de Buenos Aires, el 54% de los pulperos pertenecía a una de estas instituciones, siendo la orden franciscana la más concurrida (Mayo, 1996). La participación religiosa queda reflejada en las fuentes al mencionar los deseos del difunto a la hora de ser enterrado y las donaciones que este destinó al culto. Juan de Mata de Salto dona veinte pesos a la orden de Luján para la recomposición de la iglesia del Santo; Felipe Miguens en las conchas fue enterrado con el hábito de la orden de la merced; Mónica Martínez con pulpería en Pilar debe dos pesos a la hermandad de la Ánimas y pide que su cuerpo sea amortajado con el hábito de Ntra. Señora de Santo Domingo; El pulpero Francisco Álvarez ruega ser sepultado en la iglesia de San Antonio; Sebastián Morales de Quilmes invirtió el dinero necesario para que se le realizaran cinco misas luego de su muerte. Todas estas peticiones finales, sumadas a los objetos vinculados a la fe cristiana encontrados en sus hogares, nos permiten ingresar en las mentalidades de estos comerciantes menores. La religión modelaba en buena medida su imaginario y les imprimía un deber no sólo moral sino también material hacia ella. La inversión en nuevas capillas también era habitual entre los grandes comerciantes y no estaba ausente en los deseos de los pulperos, pero sus recursos económicos hacían difícil la participación en esta práctica. No encontramos pulperos integrando el clero debido seguramente no sólo a sus bajos recursos sino a su insignificante prestigio social.

9. Palabras finales

   Detrás de las estanterías pobladas de botellas y frascos, alejado de los iletrados acordes y las ebrias miradas, en definitiva más allá de la trastienda que aun formaba parte de la pulpería se encontraba un espacio protegido de la intromisión pública. Si bien la frontera que separaba ambos territorios muchas veces aparecía desfigurada, representada en algunos casos por una vulnerable cortina, el espacio privado ha sido conquistado en mayor o menor medida por el pulpero rural.
   El hacinamiento, la promiscuidad y la precariedad han sido los principales escultores de la imagen tradicional de la vida en la campaña. Esta visión ya hace un tiempo a empezado a resquebrajarse con los aportes hechos por Carlos Mayo y sus colaboradores que han intentado esquivar la seducción del impresionismo de los relatos de viajeros. La exploración del estilo de vida de los pulperos se convierte en una de las principales armas para combatir aquella visión de rusticidad general que envolvía a la vida en la campaña. Podríamos ubicar a estos pequeños comerciantes como los fieles representantes de los sectores medios que poblaban la campaña, conformando un grupo que a pesar de su heterogeneidad intentaba alejarse de la precariedad reinante. Esto lo han logrado al conquistar en muchos casos una vivienda relativamente confortable, con divisiones internas debidamente separadas, un mobiliario acorde, no desbordante de elegancia pero sí suficiente para la comodidad en el hogar, un vestuario sencillo pero no harapiento. La vinculación a instituciones religiosas estaba muy bien vista y era una costumbre en los sectores altos, los pulperos no estuvieron ausentes en estos hábitos lo que implica algún grado de parentesco con aquellos en sus prácticas sociales. La propiedad en esclavos en algunos casos también los relaciona con el estilo de vida de la elite.
   La supuesta barbarie de la campaña se va desvaneciendo al encontrar hábitos y costumbres similares entre su contexto y el ámbito urbano que no son propios de un modo semisalvaje de vivir.

Notas

(1) Para analizar las distintas imágenes construidas del pulpero puede ver: Kinsbruner, 1987; Rodríguez Molas, 1968 y 1982; Slatta, 1982; Bossio, 1972; Gillespie, 1986 y Gelman, 1993.

(2) Se han relevado un total de 22 inventarios de pulperos de campaña de fines del siglo XVIII y principios del XIX. A este análisis se le agregarán los nueve casos de pulperos rurales estudiados en Carrera, 2000.

(3) Archivo General de la Nación, sucesiones nº 7273 (En adelante AGN-S)

(4) AGN-S nº 6778

(5) AGN-S, nº 6500

(6) AGN-S, nº 6778, 4842 y 6503.

(7) AGN-S, nº 6781 y 6778.

(8) AGN-S, nº 7273

(9) AGN-S, nº 6781

(10) AGN-S, nº 6503

(11) AGN-S, nº 7273 y 6781

(12) AGN-S, nº 6781

(13) AGN-S, nº 6778

(14) AGN-S, nº 7206

(15) AGN-S, nº 6778

(16) AGN-S, nº 6775

(17) AGN-S, nº 7273

(18) AGN-S, nº 3862

(19) AGN-S, nº 6780

(20) AGN-S, nº 8413

(21) AGN-S, nº 8413

(22) AGN-S, nº 6778

(23) AGN-S, nº 3474

(24) Ver Apéndice 2, cuadro nº 12 en Mayo, 2000:224.

(25) AGN-S, nº 6221

(26) AGN-S, nº 6780

(27) AGN-S, nº 6503

(28) AGN-S, nº 6781.

(29) Ver “La Pulpería como  empresa” en Mayo, 1996:25-42.

(30) AGN-S, nº 3474

(31) AGN-S, nº 7206

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