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Revista argentina de sociología

versión On-line ISSN 1669-3248

Rev. argent. sociol. v.6 n.10 Buenos Aires mayo/jun. 2008

 

¿Por qué los viejos? Reflexiones desde una etnografía de la vejez

María Rosa Martínez, María Gabriela Morgante y Carolina Remorini

Facultad de Ciencias Naturales Universidad Nacional de La Plata

mrmart@netverk.com.ar
María Rosa Martínez. Antropóloga. Profesora Asociada de la Cátedra Etnografía II y Profesora Adjunta de la Cátedra Etnografía I. Facultad de Ciencias Naturales, Universidad Nacional de La Plata. Profesional Principal CONICET.

maceri@fullzero.com.ar
María Gabriela Morgante. Antropóloga. Profesora Adjunta de la Cátedra Etnografía II. Facultad de Ciencias Naturales, Universidad Nacional de La Plata.

cremorini@yahoo.com.ar
Carolina Remorini. Antropóloga. Jefa de Trabajos Prácticos de la Cátedra Etnografía I. Facultad de Ciencias Naturales, Universidad Nacional de La Plata.

Abstract

Esta comunicación tiene por objetivo dar cuenta, desde una perspectiva etnográfica, del modo en que distintos grupos humanos o diversos sectores de una sociedad construyen diferentes imágenes, representaciones e ideas respecto de los "viejos". En particular, nos proponemos reflexionar acerca de tres tópicos: la diversidad cultural de los conceptos de viejo y vejez; la interrelación entre la construcción simbólica de estas nociones y las particulares experiencias del envejecer, y algunas reflexiones del quehacer vinculado a una Etnografía de la vejez. Un acercamiento etnográfico a "las vejeces" debe conjugar las conceptualizaciones biológica y sociocultural de la edad. Conjuntamente, el análisis del tema puede enriquecerse con un abordaje articulado en dos dimensiones: el modo en que culturalmente se caracteriza el colectivo "viejos" en cada sociedad o grupo social y la manera en que los sujetos experimentan cambios psicofísicos y sociales derivados de esta etapa de la vida. Por último, el trabajo con envejecientes requiere incorporar una observación sobre la perspectiva del investigador. En este sentido, concluiremos que el tema de la vejez nos remite desde las sociedades tradicionales al escenario de nuestra propia sociedad, en la búsqueda de respuestas más adecuadas a lo que se plantea como problemáticas del envejecimiento.

Palabras clave: Etnografía de la vejez; Edad; Variabilidad intra e intercultural; Grupos étnicos; Envejecimiento.

This paper explores the ways in which different human groups or social sectors create diverse images, representations, and ideas about "old people". From an ethnographic perspective, the article discussed three topics: cultural diversity in notions of old and aging; the interrelation between the symbolic construction of these notions and the personal experience of aging; and finally, ideas related to the ethnography of aging. An ethnographic approach to "old age" should combine biological and sociocultural ideas about age. Accordingly, the analysis may be compounded by a two-dimensional approach: the way in which every society or social group culturally characterizes the collective "old people", and the way in which the subjects experience the psychophysical and social changes typical of old age. Finally, working with aging people should include a discussion of the researcher’s perspective. Thus, in searching the most suitable answers to the problem of aging, the subject of age takes us from traditional societies to the actual scenario of our own society.

Keywords: Ethnography of Aging; Age; Intra and Inter-cultural Diversity; Ethnic groups; Aging.

Presentación

Este trabajo tiene por objetivo dar cuenta, desde una perspectiva etnográfica, del modo en que distintos grupos humanos o diversos sectores de una sociedad construyen diferentes imágenes, representaciones e ideas respecto del "viejo", o más precisamente de los "viejos". En particular, nos proponemos reflexionar acerca de tres tópicos: la diversidad cultural en los conceptos de viejo y vejez, la interrelación entre la construcción simbólica de estas nociones y las particulares experiencias del envejecer y algunas consideraciones sobre el quehacer vinculado a una Etnografía de la vejez.
Acompañando la emergencia tardía de una Cultura de la vejez y de la irrupción de los ancianos como un colectivo específico (Fericgla, 2002), la Etnografía no abunda en investigaciones con foco en los viejos. En general, las referencias sobre el tema se deducen de las caracterizaciones de las pautas de organización familiar y sociopolítica, o bien a partir de diversas concepciones respecto de las etapas del ciclo vital. Resulta necesario destacar que un acercamiento etnográfico a "las vejeces" debe conjugar una conceptualización biológica de la edad -dado que no podemos desestimar los cambios psicofísicos que se experimentan durante las últimas etapas de la vida- con una conceptualización sociocultural de la edad, en tanto éste permite dar cuenta de una conjunción de factores que incluyen: la longevidad en un momento y en un lugar dados; la función que la sociedad atribuye a las personas de acuerdo con esa longevidad, y el conjunto de actitudes y conductas sociales que se consideran adecuadas para una determinada edad cronológica (Alba, 1992; Huenchuán Navarro, 2005).
Junto a ello, el acercamiento etnográfico al tema de la vejez puede enriquecerse con un abordaje en dos dimensiones. La primera se refiere a la
"construcción social del viejo" o al modo en que culturalmente se caracteriza el colectivo "viejos" en cada sociedad o grupo social. La segunda dimensión se relaciona con la manera en que los sujetos envejecientes experimentan cambios psicofísicos y sociales derivados de esta etapa de la vida. De la articulación entre ambas resultará el modo en que se expresa el ser viejo, en cada momento y lugar.
Por último, a la luz de las consideraciones sobre la práctica etnográfica durante el último medio siglo -donde se propone un trabajo reflexivo en torno al "otro" devenido en objeto de estudio, así como a la particular situación del etnógrafo que lo estudia-, el trabajo con envejecientes requiere incorporar una observación sobre la perspectiva del investigador. Este último excepcionalmente está ubicado en la misma situación etaria de los sujetos estudiados. Al respecto, nos planteamos los siguientes interrogantes: ¿Por qué los viejos? ¿Es esta una preocupación que surge y acompaña al investigador en una etapa de la vida a la que se acerca o transita, o tiene que ver con ciertos problemas que se manifiestan en la propia sociedad y para los que buscamos referencias en otras sociedades que, a priori, suponemos diferentes de nuestro estilo de vida1? Tal vez ambas preocupaciones se entrelazan y dan sentido a esta indagación con el propósito de buscar respuestas más adecuadas a lo que se plantea como problemáticas del envejecimiento. En este sentido nos proponemos avanzar en las siguientes páginas.

Las etnografías de la vejez

La propuesta de trabajar sobre una Etnografía de la vejez tiene su inicio en la labor docente a cargo de las Cátedras de Etnografía I y Etnografía II2. A lo largo de los cursos, y teniendo en cuenta los contenidos de cada una de estas asignaturas, hemos trabajado en la selección y actualización bibliográficas sobre algunos temas de interés -producto de nuestras investigaciones- que no estaban contemplados inicialmente en los programas.
Como resultado de ello, advertimos la potencialidad de analizar comparativamente la producción etnográfica disponible, tanto desde el punto de vista de la diversidad cultural y geográfica como desde una perspectiva diacrónica. Durante este proceso, observamos que mientras la producción etnográfica es fecunda en algunos temas, ha permanecido casi indiferente ante otros. La vejez es uno de ellos.
Articulando esta preocupación que emerge desde el trabajo docente con nuestras respectivas investigaciones, hemos comenzado a analizar algunas cuestiones relativas al envejecimiento en contextos socioculturales y ambientales acotados: la región noroeste (zonas valliserrana3 y Puna4) y la región noreste (grupos Mbyá-Guaraní5) de nuestro país.
En este trabajo utilizaremos, como ejemplos para reflexionar sobre las cuestiones antes mencionadas, tanto descripciones provenientes de fuentes etnográficas que analizamos en las clases como aquellas resultantes de nuestro trabajo en terreno.
Un recorrido sobre algunas obras etnográficas respecto de las mal llamadas sociedades primitivas nos permitirá acercarnos a la consideración de la vejez, el envejecer, los viejos y las relaciones que mantienen con otras generaciones. Lejos de pensar estas formas de vida como imperfectas o ideales, analizaremos las etnografías de distintos autores que observaron in situ las formas de vida de diversas sociedades, teniendo en cuenta que ellas resultan de recortes tan arbitrarios como el que realizamos nosotras al seleccionar las referencias a la vejez que presentamos aquí. Es importante considerar el período histórico de esas descripciones, las perspectivas de los etnógrafos al momento de dar cuenta sobre estas realidades y las preocupaciones que, desde distintas aproximaciones, marcaron este quehacer.

En particular, las llamadas "etnografías clásicas" suelen responder a una perspectiva androcéntrica y, como tales, destacan a los viejos varones desatendiendo los roles y posiciones de las mujeres en cada sociedad. Más recientemente, esta lectura se amplía, incorporando las cuestiones de género en relación con la consideración de las edades. Si bien la variable género es altamente significativa para la caracterización de la vejez, en esta presentación no nos detendremos en un análisis pormenorizado de esta interrelación. Asimismo, la condición de género de las autoras no debe desestimarse, en la medida en que también sesga el análisis que presentaremos a continuación.

Vejeces positivas y negativas: una reconsideración

Asociado a un concepto de productividad en el amplio sentido del término, las sociedades muestran hacia sus viejos ciertas actitudes que se cargan de carácter positivo y/o negativo, según los casos. En relación con ello, una primera limitación del uso de estas categorías, en términos dicotómicos, nos pone en riesgo de considerar que la valoración de la vejez es el resultado de una o pocas causas que se ponderan en el mismo sentido. Sin embargo, la vejez como etapa vital es producto de una serie de factores interrelacionados, que adquieren valor diferencial de acuerdo con el contexto. Por esta razón debemos superar estas dicotomías y enmarcar cada experiencia en términos de pluralidad. En este sentido, el concepto de viejo es producto de la representación más o menos positiva que formula cada sociedad en función de sus valores y del modelo que establece para hombres y mujeres.
Al respecto, Fericgla (2002) propone una clasificación esquemática que incluye tres modelos que asocian la productividad económica y la vejez en contextos socioculturales diversos:

1. Sociedades cazadoras-recolectoras que integran a los ancianos en tanto ellos no signifiquen una amenaza para la subsistencia grupal.
2. Sociedades agricultoras, horticultoras o ganaderas de naturaleza gerontocrática en tanto los viejos gozan de prestigio económico, político y religioso.
3. Sociedades industriales y post-industriales, donde los viejos se constituyen en un grupo aislado que recibe asistencia del resto en la medida en que no amenaza el bienestar de los otros.

Algunos ejemplos etnográficos que presentaremos a continuación nos permitirán aportar elementos para la consideración del modelo antes mencionado.

a) Sociedades cazadoras-recolectoras:
inuit, san, Pies Negros, yámana, tobas y Mbyá-Guaraní

Posiblemente, uno de los ejemplos más difundidos respecto del papel que desempeñan los viejos entre los cazadores-recolectores es el de los esquimales del Ártico norteamericano (inuit). La práctica del infanticidio y el abandono de los ancianos constituyen mecanismos tradicionales para el control demográfico. Sin embargo, Alonso de la Fuente realiza un interesante análisis vinculando la celebración ritual de la fiesta de las vejigas6 con el mito que da origen a ese ritual, que permite un acercamiento distinto a la noción del viejo en esta sociedad. Parte del mito sostiene:

"...Al día siguiente, mientras el hombre reflexionaba a solas fuera del iglú, dos ancianos aparecieron ante él (y) entonaron una canción:

Tengo que usar los codos como bastones; alzar los omóplatos hacia el cuello; Se me cansan las piernas; pero mi espíritu se niega a envejecer.

...Por la mañana, nada más (al) aparecer el sol, los dos ancianos hicieron acto de presencia: uno ascendió hasta el techo del iglú y agitó el respiradero de humo para que todos vieran que estaba amaneciendo, mientras que el otro comenzó a imitar el torpe movimiento de las focas. Entonces, el anciano del respiradero gritó que era hora de partir. El esposo, simple espectador hasta ese momento, acompañó al anciano que imitaba a las focas y por un agujero en el hielo arrojó todas las vejigas infladas. Antes de partir definitivamente, los ancianos le dijeron al hombre que tendría muchos hijos y que repitiera todo lo que durante estos cinco días había visto cuando llegara el invierno. De este modo se ganaría el respeto de los espíritus y tendría una gran caza en la siguiente estación" (Alonso de la Fuente, 2004: 28).

Los san o bosquimanos g/wi, cazadores-recolectores del desierto del Kalahari, poseen una denominación general, g//onhwena, para nombrar a las personas mayores o viejas. Consideran que éstas son las responsables de la transmisión de los conocimientos que poseen los jóvenes, pero su veneración no se extiende más allá de su muerte física que, según Silberbauer, coincide con su muerte social. De acuerdo con el autor, esta muerte es atribuida a alguna debilidad endógena de cada individuo, entre la que incluye los "achaques de la ancianidad", entendida como resultado del "paso inevitable de los años". La calidad de persona de más edad, dentro de la organización social de bandas de los g/wi, está asociada a los derechos de uso del territorio. Sin embrago, el autor menciona: "Al parecer, la ‘propiedad’ se transmitía a los miembros adultos (aunque no a los más ancianos) destacados desde antiguo..." (Silberbauer, 1981: 174).
En lo relativo a las relaciones intergeneracionales, el autor establece una diferencia en las relaciones de los jóvenes con sus padres y con sus abuelos. Con los últimos, éstas son relativamente libres de las restricciones impuestas a las relaciones padre-hijo. Las mismas se desarrollan en el ámbito del "hogar" de los g/wi, compuesto por el matrimonio, las hijas solteras y los hijos prepúberes, aunque ocasionalmente se amplía "...con la presencia de los ancianos padres de uno o ambos cónyuges. Aunque las generaciones de más edad ocupan albergues separados, el alimento, la leña y otros artículos son de uso común..." (Silberbauer, 1981: 193).
El envejecimiento entre los Pies Negros, cazadores de bisontes de las praderas norteamericanas, es descrito en los siguientes términos:

"Había varias formas de enseñar y adiestrar a los niños. Los hombres les enseñaban... que una larga vida no era deseable; que los ancianos tenían un vida dura, se les daba el peor lugar de la tienda y a menudo estaban desatendidos; que cuando el campamento se trasladaba sufrían a causa del frío; que su vista era débil, de forma que no podían ver lejos; que perdían los dientes y no podían masticar los alimentos. Tan sólo miseria e incomodidades aguardan a los viejos. Era mucho mejor morir en batalla, luchando con bravura cuando el cuerpo es todavía fuerte y está en su plenitud, cuando la vista es aguda, los dientes sanos y el pelo todavía negro y largo" (Grinnell, 1996: 31-32).

Por su parte, la asociación entre la vejez y la adquisición de alguna especialidad es bien conocida en muchas culturas. Entre los yámana, grupos fueguinos sudamericanos, Gusinde menciona que la edad del hechicero es sólo condición parcial para constituirse como tal. Al respecto sostiene:

"...resulta que más de un hombre anciano se tiene a sí mismo con mayor o menor convicción como un hechicero, pero con esto aún no está dicho que cada uno de ellos sea considerado por la comunidad y por sus vecinos como hechicero auténtico, porque para ello es condición ineludible una vocación que se dio a conocer en los años mozos..." (Gusinde, 1980: 1362).

Entre los cazadores tobas del Gran Chaco sudamericano la práctica de la hechicería no es exclusiva de los viejos. Sin embargo,

"los hechiceros ancianos gozan naturalmente de un prestigio superior al de sus colegas más jóvenes. Como buenos colegas, los chamanes están celosos mutuamente y a veces tratan de perjudicarse: cuando, soñando, un hechicero cree matar a otro, es señal de que es más poderoso que su rival" (Metraux, 1973).

Por último, en la sociedad Mbyá-Guaraní se utilizan los términos Karai y Kuña Karai ("señor" y "señora") para referir a las personas adultas. No obstante, la aplicación de este término se extiende a los individuos ancianos (hombres y mujeres) con conocimientos y experiencia en el dominio terapéutico. Estos individuos gozan de prestigio en virtud de su saber acerca de los remedios del monte, así como de las oraciones y cantos que acompañan toda curación. Asimismo, se denomina Karai Opyguã a los líderes espirituales de la comunidad, quienes solo pueden desempeñar esta función al llegar a viejos.
El término karai, de acuerdo con el contexto, alude a madurez, espiritualidad, sabiduría y poder, atributos que habilitan a quienes los poseen -hombres o mujeres- a realizar tareas indelegables a los jóvenes. Al respecto, entre los Mbyá las expectativas en torno al rol de los ancianos/as están en estrecha vinculación con sus conocimientos y habilidades terapéuticas y religiosas. Por ejemplo, las mujeres ancianas -kuña karai- son consultadas frecuentemente frente a situaciones de enfermedad, en ocasión del parto y son quienes aconsejan a las madres sobre el cuidado de los niños.
Finalmente, Tuja es el término que designa a un adulto (masculino), por lo general de más de cincuenta años, llamado también "anciano" o "viejo" en español. El término equivalente para las mujeres es Guaymi. Otras designaciones marcan una gradación entre estas categorías: Tuja mbyte y Guaymi mbyte -medio viejo y medio vieja-; Tuja i y Guaymi i -viejito y viejita-; y Tuja ima y Guaymi ima -el más viejo y la más vieja-.
Los niños y los jóvenes se dirigen también a los "viejitos" -sin importar la relación genealógica- como che ramoi o che jary i, es decir, "mi abuelo/mi abuela".
Se mencionan restricciones en el desarrollo de las actividades de subsistencia, sobre todo las que requieren mayor esfuerzo físico. Los tujai o tuja ima quedan exentos del trabajo fuera de la comunidad. Sólo algunos trabajan todavía en las chacras y ocasionalmente van al monte a cazar, a buscar recursos vegetales para la confección de artesanías y/o plantas medicinales que crecen en lugares de fácil acceso. Al respecto, los "nuevos" (adolescentes o adultos jóvenes) gozan de fuerza física, vitalidad y energía para desarrollar actividades que los "viejos" ya no están en condiciones de hacer. Cuando éstos no pueden autoabastecerse completamente, requieren del apoyo de los "nuevos" para su subsistencia. En este sentido, la solidaridad y la reciprocidad hacia los ancianos constituyen una pauta generalizada, lo que se vincularía tal vez con el protagonismo que adquieren en determinadas instancias de la crianza, socialización y cuidado de la salud de los miembros de la comunidad, no sólo de los niños (Martínez et ál., 2002 y 2006; Remorini, 2004, 2005 y 2006).
Por otra parte, los jóvenes y adultos destacan la competencia y habilidad de los ancianos en el manejo de tecnologías tradicionales. En este contexto, el uso de términos como "abuelos", "antiguos", "baqueanos", remarca la experiencia acumulada por las generaciones precedentes. Es por ello que a los ancianos "hay que escuchar y obedecer" en la resolución de problemas inherentes a la vida diaria. Al respecto, nuestra indagación sobre las actividades de subsistencia muestra distintas modalidades de participación de los ancianos en la economía grupal. Por ejemplo, en la caza, a cargo de los hombres, los ancianos cumplen un rol importante en la confección de las trampas, en la elección del lugar adecuado donde colocarlas y en su control periódico. Por ultimo, más allá del ámbito doméstico, los ancianos desempeñan diferentes roles: consejeros, pai u opyguã, curadores, parteras (Martínez et ál., 2002).

b) Sociedades agricultoras, horticultoras y ganaderas:
nuer, zuñi, massim, samoanos y puneños

Las sociedades ganaderas del África oriental se caracterizan por la existencia de categorías etarias, o grupos de edades, en relación con la adquisición de habilidades y destrezas con las que contribuirán económica y políticamente al grupo en su conjunto. Allí, los miembros del grupo de edad más antiguo cargan con la responsabilidad de preparar a los más jóvenes en su paso progresivo por las distintas clases y algunos en particular desempeñan el liderazgo político y/o militar. La consideración de esta sucesión de edades constituye, desde la perspectiva de Evans-Pritchard, un ejemplo de una conceptualización estructural del tiempo, distinta de la mirada occidental. Por tal razón, explica el autor, los nuer perciben la sucesión de generaciones desde una perspectiva cíclica que les permite posicionar relativamente a los sujetos conforme el paso del tiempo. En este esquema, ser viejo genera cierta solidaridad entre pares y por parte de los otros, difusamente percibida desde una mirada lineal del paso del tiempo. "Se espera que los miembros de un grupo muestren respeto a los miembros de grupos de mayor edad, y la deferencia hacia ellos puede verse en las discusiones, en las ceremonias, en el reparto de comida, etcétera" (Evans-Pritchard, 1977: 276).
Al igual que lo mencionáramos en el caso de las sociedades cazadoras-recolectoras, el paso de los años se vincula a la adquisición de habilidades propias de los especialistas. En este sentido, incluimos la consideración de las sociedades médicas entre los agricultores zuñi del sudoeste norteamericano. La pertenencia a estas sociedades es el resultado de un proceso de aprendizaje acumulativo relativo a la cura de enfermedades a través del empleo de técnicas secretas. En este camino, "los doctores son las órdenes más altas de todas (las sociedades médicas), aquellas ‘cuyos caminos están concluidos’ los (sujetos) que aspiran a este grado deben permanecer durante años a los pies de los que ya saben" (Benedict, 1989: 83).
Desde el punto de vista de la organización sociopolítica podemos mencionar el caso de las jefaturas entre los agricultores massim del Pacífico occidental, bien conocidos por los trabajos de Bronislaw Malinowski. El autor introduce la combinación de la autoridad conferida por la edad con aquella otorgada por la pertenencia clánica, que le permite caracterizar a la jefatura como una comunidad plutocrática:

"En todas las comunidades trobriandesas hay un hombre investido de la máxima autoridad, aunque a menudo eso no signifique demasiado. En muchos casos, esta autoridad no representa más que el primus inter pares del grupo de los ancianos del poblado, que deliberan juntos sobre todos los problemas importantes y toman decisiones de común acuerdo. Por lo tanto, este jefe de aldea no suele ser sino el maestro de ceremonias tribales y un portavoz, cuando se necesita alguno, de cara al interior o al exterior de la tribu. Pero la posición del jefe adquiere mucha más importancia cuando se trata de una persona de alto rango... A menos que sea demasiado viejo, el jefe participa en las danzas e incluso en los juegos, y desde luego los preside" (Malinowski, 2001: 135-140).

Por otra parte, las descripciones de Margaret Mead sobre la adolescencia entre los samoanos occidentales brindan ricas apreciaciones sobre los viejos en esta sociedad. Dice la autora:

"Un hombre raramente alcanza su primer título antes de los treinta años, a menudo no antes de los cuarenta... si vive más allá de la madurez, que se alcanza a los cincuenta y cinco o sesenta años, se le retira el título y se concede a otro, recibiendo de él un ‘pequeño nombre de matai7’... Estos viejos quedan en sus casas, las guardan mientras los otros se internan rumbo a las plantaciones, vigilan a los niños, trenzan cinet y dan consejos, o con una final y perversa afirmación de autoridad dejan de darlos. Un joven jefe que había recibido el título de su padre en vida de éste, se quejó diciendo ‘...no tengo un viejo que me ayude. No había viejos en la casa que se sentaran conmigo al atardecer y llenaran mis oídos con las cosas de los tiempos pasados. Un joven matai debe tener siempre un viejo a su lado que, aunque sea sordo y no alcance a oír todas sus preguntas, pueda no obstante contarle muchas cosas’... Las mujeres viejas que son comadronas o médicos continúan su profesión, pero rara vez de manera furtiva y privada... Una vez pasada la menopausia y libre de embarazos, la mujer orienta de nuevo su atención hacia el arduo trabajo en las plantaciones. La tarea más agobiadora de la aldea es realizada por mujeres de cuarenta y cinco a cincuenta y cinco años. Luego, a medida que se aproxima a la ancianidad, se dedican a ejecutar hábilmente los quehaceres de la casa, a tejer y a fabricar tapa... El acto ceremonial de quemar nuez de vela para obtener tintura negra está en manos de las mujeres muy viejas. Y también éstas habitualmente ejercen más poder dentro de la casa que los viejos. Los hombres gobiernan en parte por la autoridad que les confieren los títulos, pero sus esposas y hermanas gobiernan por la fuerza de la personalidad y el conocimiento de la naturaleza humana... Su prestigio no sufre merma alguna, excepto en lo inherente a una pérdida completa de sus facultades. El sentimiento familiar subsiste hasta la muerte, los individuos muy ancianos se sientan al sol y hablan suavemente, prescindiendo del tabú o del sexo" (Mead, 1984: 182-184).

Nuestras investigaciones en el Departamento de Molinos (Salta) nos permiten reconocer que los ancianos y adultos mayores constituyen un sector relevante del grupo doméstico. Se destaca su amplia experiencia en el desarrollo de actividades agrícola-ganaderas, así como su pericia en la manufactura de textiles y otros productos típicos de la región. En muchos casos, la ausencia por diferentes circunstancias de los hombres -esposos e hijos- conduce a las mujeres a la realización de tareas productivas al interior de la unidad doméstica o en las fincas, cosecha, marcación de animales, artesanías.
Los ancianos y las ancianas que no acceden a los beneficios de pensiones y/o jubilaciones continúan realizando actividades que desempeñaron desde jóvenes, a pesar de limitaciones físicas o del deterioro de su salud al ser muchos de ellos portadores de conocidas enfermedades endémicas (Chagas- Mazza). Estos ancianos viven en fincas o son propietarios de pequeñas parcelas de tierra o bien en el pueblo, solos o compartiendo la vivienda con algunos de sus hijos o nietos. En la unidad doméstica, el aporte económico de los viejos
es limitado, destacándose como valores heredables: la seguridad emocional, la compañía y la experiencia que resulta de sus interacciones en distintos ámbitos, acumulada durante sus trayectorias de vida. Al respecto, es altamente frecuente que la crianza de los niños esté a cargo de los abuelos, quienes constituyen el referente de jóvenes y niños, ya sea en los casos en que los padres están ausentes como en los que conviven las tres generaciones. La estrecha relación en el ámbito doméstico entre dos generaciones alternas podría ser una de las razones por las que los ancianos son respetados y sus juicios y consejos considerados en la toma de decisiones. Desde la perspectiva de los ancianos, la convivencia con sus nietos constituiría una forma de estar activos: hay por quién pensar, para quién trabajar. Es así que muchos de los nietos y/o hijos aportan a las necesidades de los ancianos y reconocen la obligación moral de esta compensación (Crivos y Martínez, 2006).
Por último, incorporaremos la referencia a la figura de los viejos en el marco de las comunidades puneñas, cuya tradicional economía fundamentalmente ganadera hoy se combina con otras fuentes de ingreso. Esto genera una reorganización de las unidades familiares y una redefinición del rol de los mayores:

"La unidad productiva del puneño la constituye la familia extensa matrifocal. La presencia familiar en las unidades co-residenciales es variable a lo largo del ciclo anual y está íntimamente vinculada a la importancia que conserva la cría de animales para cada familia. Cada una de estas unidades está integrada generalmente por tres generaciones, organizadas en torno a la figura femenina...; la tercera generación es la de los mayores, que también alternan su vida entre los puestos o bien se asientan definitivamente en la casa principal, dedicándose al mantenimiento de la misma y al cuidado de los menores" (Morgante, 2003: 38).

Por esta razón, para el caso de las mujeres suelen incorporarse las denominaciones de "mama grande" y "mama chica", referidas la primera a la abuela -encargada principalmente del cuidado permanente de los niños- y la última a la madre biológica. Esta relación se ve fortalecida por la carga que adquieren los mayores, quienes, como "abuelos", son considerados próximos significativa y nominalmente con los "anteabuelos" que vivieron en el tiempo mítico (Morgante, 2000, 2001b y 2002a).
El siguiente cuadro intenta sintetizar algunos aspectos presentados precedentemente:

Cuadro

Algunas consideraciones resultantes del análisis comparativo de los casos presentados nos conducen a reflexionar respecto de las conceptualizaciones biológica y sociocultural de la edad. En este sentido, encontramos un conjunto de ejemplos en los cuales las alusiones a la incapacidad y/o al deterioro físico se corresponden con actitudes y conductas sociales asociadas a funciones sociopolíticas de diversa naturaleza. En muchas ocasiones, los viejos son los portadores del "saber mítico"8, de la norma justificada que rige el orden social, que acredita su mención como antiguos, abuelitos, viejitos, "anteabuelos". Las sociedades esquimal, san, samoano, Mbyá y puneña ejemplifican esta situación. Esta supremacía en el saber confiere a los ancianos un papel fundamental en el plano educativo, dado que transmiten a los más jóvenes la historia del grupo y las reglas sociales de las que son depositarios. De esta manera, actúan como verdaderos eslabones en las relaciones intergeneracionales, adquiriendo matices complementarios con el tipo de lazos que se establecen entre los jóvenes y la generación de sus padres (como ocurre entre los massim o los zuñi). Esta actitud dadora tiene su contraprestación: los mayores, con una función distinta o nula en la procura del sustento propio (y ocasionalmente segregados espacial y/o económicamente), reciben la solidaridad de quienes permanecen económicamente activos, como se menciona en los ejemplos Mbyá, nuer y san.
En otros casos, las actitudes y las conductas sociales asociadas a los mayores se relacionan con un estado de superación, donde ciertos dones y/o cualidades se potencian con la suma de los años. La alusión del camino concluido mencionada entre los zuñi, el carácter de hechicero yamaná o toba y el liderazgo religioso guaraní son representativos de ello. Sin embargo, en algunos casos la diferencia de competencias entre generaciones adquiere un carácter conflictivo, como sucede entre los guerreros y los viejos Pies Negros o entre los hechiceros tobas de distintas edades.
Una mención particular debe realizarse en aquel caso en que la consideración de la edad se cruza con la variable de género. Es especialmente interesante observar que, mientras que la condición de viejo varón coloca a los samoanos por fuera de la esfera productiva y política, la mujer permanece económicamente activa en tanto es vieja y se posiciona en una condición política diferencial cuando alcanza la condición de anciana.
En los ejemplos citados se observa diversidad respecto de la figura del viejo. Ello nos conduce a realizar una crítica a la excesiva simplificación y, consecuentemente, a ligeras generalizaciones, al atribuir una valoración necesariamente positiva a la figura del viejo para las sociedades "simples". Asimismo, hemos observado la limitación de considerar sólo la productividad de los ancianos en términos económicos y la pertenencia a un tipo de economía como organizadores del modelo de vejez socialmente admitido.
Del análisis de los casos presentados podemos plantearnos algunos interrogantes: ¿La solidaridad etaria observada entre los nuer es, en todos los casos, solidaridad positiva? ¿La tensión entre el conocimiento óptimo, pero no exclusivo, de la medicina entre los viejos doctores zuñi o entre los viejos hechiceros chaqueños no despierta una segregación generacional que puede revertir la imagen necesariamente positiva de esos mayores? ¿Qué ocurre cuando el poderoso jefe massim es, como lo sugiere Malinowski, "demasiado viejo"? Para avanzar en la respuesta a estos y otros interrogantes es necesario, en el análisis
etnográfico de la vejez, considerar la variabilidad intracultural. Esta perspectiva nos permite establecer si en estas sociedades los sujetos, al llegar a la vejez, siempre alcanzan una posición de "privilegio" y, en consecuencia, se la puede caracterizar como una etapa deseable. Por ello debemos estar atentos a las generalizaciones respecto de valorizaciones, positivas o negativas, que opacan la pluralidad de alternativas del ser viejo o vieja en diferentes contextos.

c) Sociedades industriales y post-industriales

Centrados ahora en el tercer tipo propuesto por Fericgla, y por oposición a las anteriores consideraciones, la vejez suele alcanzar una ponderación negativa si nos referimos a las sociedades industriales y post-industriales. En muchos casos se percibe al viejo como una "amenaza" que atenta contra el bienestar de las otras generaciones y lo transforma en una "carga social" para ellas. En estas sociedades los viejos se constituyen en un grupo aislado, que recibe asistencia del resto en la medida en que no altera el bienestar de los otros. En este caso, al "recibir asistencia" se los ubica en condición de demandantes. No obstante, muchas veces, en estas sociedades, los viejos y viejas pueden ofrecer ayuda, colaboración y sostén a las generaciones más jóvenes, siempre que su condición física y psíquica lo permita. El rol de "abuelo/a" y las actividades que los mayores realizan en relación con la crianza y la educación de los nietos no debe desestimarse. En la actualidad, los hombres y mujeres jóvenes en muchas ocasiones dependen de esta asistencia de los ancianos de la familia cuando ellos no pueden hacerse cargo de sus hijos (principalmente por las demandas de su actividad laboral fuera del hogar). Sin embargo, suele verse y acentuarse el carácter de demandantes más que de oferentes.
El aumento de la longevidad hace posible que un individuo adulto pueda conocer e interactuar en el presente con una mayor cantidad de ancestros que en épocas pasadas. Los niños de hoy tienen más abuelos que sus padres. A la inversa, el número de parientes colaterales ha disminuido significativamente por un conjunto de factores entre los que se encuentran las bajas tasas de nupcialidad y de natalidad, en especial en los países desarrollados. Esta extensión temporal de la vida conlleva algunas consecuencias. Como lo ilustra Bohannan (1996: 34):

"Aprender a ser viejo es una difícil lección cultural en la sociedad española urbana. Supone renunciar a mucha cultura y muchas actividades. Nuestra lengua ni siquiera tiene términos adecuados para describir a las personas ancianas que se mantienen saludables, activas y creativas. Recurrimos a denominarlas ‘jóvenes de espíritu’, y les decimos que no aparentan la edad que tienen. Estar sano, ser activo y creativo no tiene una correlación biológica con la juventud; nuestra cultura efectúa esta correlación porque hasta ahora no ha creado otros medios para pensar y expresar estas ideas".

Asociada a una idea de decadencia, de ocaso, la vejez, lejos de desearse o ponderarse, se previene. De este modo, no se procura desarrollar capacidades propias de una etapa de la vida sino desalentarla, en cuanto es negativamente considerada (soledad, incapacidad, vulnerabilidad, pérdidas, etc.). Este modelo occidental de viejo y de vejez -acompañado de una segregación etaria basada en el rechazo de alcanzar tal condición- contribuye a aumentar una imagen de los viejos demandante, como carga económica. Al respecto, De Lima y Sívoli (2005) expresan:

"Los criterios de productividad industrial, propios del funcionalismo, nutren tanto la actitud del medio social hacia el viejo, la vejez y el envejecimiento como las políticas de Estado. Nos encontramos, entonces, ante la realidad de una vejez visualizada como disfunción social, del anciano como un ser con ‘funciones sociales desgastadas’...".

En relación con ello, el psicólogo R. Iacoub sostiene:

"La ciencia está destruyendo el prejuicio hacia los mayores, a partir de la preocupación de los países del primer mundo sobre el manejo de la mano de obra envejecida. Nada parece indicar claramente qué significa haber envejecido en cada rol laboral. Indudablemente, no significa lo mismo ser futbolista o bailarín de ballet que investigador o docente universitario a la hora de pensar la noción de edad y sus implicancias en el desarrollo de cada tarea... Los ejemplos de discriminación por edad en los marcos de trabajo se presentan tanto en los chistes o burlas hacia la presunta incapacidad de los mayores, como en las actitudes cotidianas que revelan que se piensa más a la persona en vistas a su jubilación que a su desarrollo laboral, lo que genera, en la práctica, que no se los reentrene ni se les enseñen nuevas tareas. Los estereotipos negativos acerca de las personas mayores influyen en el retiro temprano de sus trabajos a pesar de estar en buen estado físico y mental y, para quienes continúan trabajando, ejercen una influencia negativa en las expectativas de desempeño laboral" (Diario Clarín, 5 de abril de 2006).

En la actualidad, el primer tipo de sociedades que hemos considerado -aquellas denominadas simples- no están ajenas a un intenso contacto con el mundo occidental. Esto implica considerar las diferencias inter e intraculturales en el marco del proceso de globalización, lo que exige mirar a esas sociedades tradicionales en sus respectivos procesos de cambio. Hoy, en muchas sociedades africanas, la profunda transformación del contexto tradicional -que incluye la urbanización, la escolarización y el desarrollo de una tradición escrita, las migraciones e hibridaciones, la implantación de nuevas religiones y el establecimiento de nuevos valores- exige pensar a los viejos y al envejecimiento en el marco de estos cambios:

"Una serie de acontecimientos en la historia reciente han permitido a los jóvenes suplantar a sus mayores. La colonización, el advenimiento de las religiones reveladas, la generalización de la economía de mercado y del trabajo asalariado han hecho que el individuo prevalezca sobre el clan y han desbaratado las estructuras tradicionales. Pero los factores decisivos de la emancipación de los jóvenes han sido la escolarización y la urbanización... Pero hay que hacer dos reparos. Por un lado, persiste la desigualdad entre los sexos. Las mujeres, incluso en las ciudades, siguen sometidas a la voluntad de los hombres de su familia. Por otro, la persistencia de una tasa de escolarización y de urbanización modestas, el desempleo y la pobreza mantienen a la gran mayoría de los jóvenes africanos en una situación de dependencia frente al grupo. La pregunta de si van a ser capaces de tomar el relevo de sus padres se plantea hoy con dramatismo" (Bop, 1999).

Este fenómeno no es exclusivo de las sociedades africanas, ya que nuestras investigaciones nos han permitido registrar estas situaciones de cambio.
En el caso de la sociedad Mbyá, las actividades económicas, hoy diversificadas y transformadas por la tecnología disponible, continúan fuertemente ancladas en los recursos naturales que el medio provee. Es por ello que los ancianos, quienes se consideran expertos en el conocimiento del ambiente y del manejo de tecnologías tradicionales, continúan siendo fuente de información e importantes referentes.
Las abuelas y los abuelos, si bien representan cierta continuidad entre las generaciones de los ancestros, no son tratados como meros reservorios de la tradición inmemorial, cuya utilidad en el presente sea cuestionada. Por el contrario, son consultados porque ofrecen respuestas relevantes a problemas del presente, basadas en un marco de referencia que conecta a los jóvenes con las sucesivas generaciones de "viejos" que llegan hasta "los antiguos". En este sentido, su saber y vasta experiencia son recuperados y valorados por las generaciones jóvenes como fuente y baluarte de su identidad cultural y como fundamento y guía para la construcción de proyectos de vida futura. Tanto en la búsqueda de reconocimiento de sus derechos como poblaciones originarias como en los avatares cotidianos de la lucha por la subsistencia, los ancianos adquieren un creciente rol protagónico, contrariando el alcance y sentido de
la vejez en las consideraciones de nuestra sociedad acerca de esta etapa de la vida (Crivos y Martínez, 2006).
Esta valoración de los ancianos conduce a que ser viejo no sea un estigma sino que, por el contrario, alcanzar esta etapa de la vida ofrezca la posibilidad de ocupar un espacio privilegiado en la trama social (Martínez et ál., 2002 y 2006). Como señala Traphagan (2003: 127), es frecuente que en las sociedades indígenas y rurales, a diferencia de lo que sucede en las sociedades industriales, las mujeres ancianas sean consideradas como proveedoras de cuidado más que como receptoras de cuidado "...particularly, as they enter into middle and old age, woman often become caretakers of the collective well-being of the family...". Es decir, en ellas recae la responsabilidad del cuidado del bienestar de las generaciones más recientes, en virtud del manejo de conocimientos que no están al alcance de éstas. Asimismo, esta responsabilidad que asumen las ancianas está muy influenciada por el rol tradicional de la mujer en este tipo de sociedades (Remorini, 2006).

Hacia una Etnografía de la vejez en la práctica docente

Como parte de nuestra actividad docente en las asignaturas de la Carrera de Antropología, hemos trabajado desde el año 2000 en la extensión universitaria a través del Programa de Educación Permanente para Adultos Mayores (PEPAM)9. En este marco, y desde la mirada holística y comparativa que aporta la Etnografía con relación a la vejez en diferentes contextos socioculturales, nuestra propuesta se centró en la lectura y discusión de textos etnográficos. La enseñanza de la Etnografía ofrece la posibilidad de describir y analizar otras sociedades, lo que conlleva a la comparación con "nuestra sociedad". En el caso particular de su enseñanza entre adultos mayores, se reveló como una vía particularmente interesante para el análisis de los diversos espacios de interacción -a nivel intra e intergeneracional-, en el marco de contextos socio-culturales específicos. De este modo, este seminario promovió la revisión de estereotipos asociados a los viejos, a la luz del conocimiento etnográfico. A través de ello, los adultos mayores expresaron sus perspectivas sobre roles y relaciones sociales en los contextos en que participan.
La reflexión acerca del papel de los viejos en sociedades consideradas distantes de la propia, social y culturalmente, permitió reconocer situaciones en las cuales las personas mayores no sólo continúan siendo productivas, con
trariamente al difundido estereotipo de clase o sector pasivo, sino que además son consideradas actores capaces de aportar a la comunidad a la que pertenecen algo de lo que las generaciones más jóvenes no disponen (Alba, 1992).
El camino que conduce desde la reflexión sobre cómo vemos, sentimos y pensamos a los "otros" culturales, a la exploración sobre cómo asumimos y valoramos a aquellos que conforman nuestro entorno social más inmediato, contribuyó a generar perspectivas más comprensivas respecto de la diversidad a diferentes niveles. Esto es, pensar la alteridad no sólo asociada a otras culturas sino al interior de la propia, e incluso dentro de la misma familia (Morgante et ál., 2007).
Para finalizar, retomamos el interrogante que dio origen y título a este trabajo: ¿Por qué los viejos? Seguramente la posibilidad de avanzar en el camino de una Etnografía de la vejez proporcionará nuevos datos para la comprensión de las vejeces lejanas y próximas, como parte de un proyecto que aporte a la continua redefinición de nuestra condición humana.

Notas

1. En este sentido, no podemos dejar de mencionar una forma de concebir el trabajo etnográfico que el propio Mauss (1991) dejó establecido en su producción. En palabras de Augé y Collyen (2006): "...la antropología sobrepasa su definición misma en términos de objetos y métodos para desembocar en un auténtico proyecto intelectual. A través de la confrontación de modelos, de esquemas culturales, de horizontes de pensamiento, a través de su comparación, su discusión, la idea es examinar una condición humana en perpetua redefinición" (el subrayado es nuestro).

2. Carrera de Antropología de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo (Universidad Nacional de La Plata).

3. María Rosa Martínez realiza investigaciones etnográficas profundizando en aspectos relativos a los procesos de salud-enfermedad, particularmente acerca de la transmisión de conocimientos y prácticas referidos a recursos terapéuticos, atendiendo a cuestiones de género y edad en población rural del Valle Calchaquí, Salta, y aborígenes Mbyá-Guaraní de Misiones, Argentina (ver bibliografía).

4. María Gabriela Morgante ha realizado su trabajo de tesis doctoral sobre la cosmología y el chamanismo en la Puna jujeña y ha considerado la relevancia de las distintas etapas del ciclo vital en relación con la visión de mundo de estas comunidades (ver bibliografía).

5. Carolina Remorini investiga sobre las representaciones y prácticas en torno al curso vital en comunidades Mbyá-Guaraní de la provincia de Misiones (Argentina). Si bien el foco de su investigación son las primeras etapas de la vida, en particular los procesos de crecimiento, desarrollo y salud-enfermedad, su abordaje metodológico se basa en la observación y el registro etnográfico de las prácticas de cuidado y crianza realizadas por diferentes actores sociales. En este marco, cobra relevancia la consideración del papel de los ancianos en estas prácticas y la importancia de sus conocimientos y experiencias, no sólo para acompañar y orientar acerca de la crianza de los niños sino también para la continuidad del modo de vida Mbyá (ver bibliografía).

6. La celebración consiste en inflar y colgar las vejigas de los animales cazados en la casa comunal de los hombres, simbolizando el regreso figurativo a la vida insuflándoles aire. Finalmente son devueltas al mar para ayudar a los espíritus a regresar a su hogar en el océano, donde renacerán y podrán ser de nuevo cazadas.

7. Jefe clánico.

8. Según el antropólogo francés Louis Vincent Thomas, consiste en confiscar el saber fundamental e impartirlo según intervalos debidamente calculados y en una dosificación precisa, por medio de una lengua rica en símbolos y en resonancias altamente afectivas (Puijalon y Trincaz, 1999).

9. Este programa depende de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata.

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Aceptado: 17 de marzo de 2008.