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Cuadernos de antropología social

versión On-line ISSN 1850-275X

Cuad. antropol. soc.  n.30 Buenos Aires sept./dic. 2009

 

ARTÍCULOS

Miradas antropológicas de la ciudad: desafíos y nuevos problemas

Mónica Lacarrieu,* María Carman ** y María Florencia Girola***

* Doctora en Ciencias Antropológicas. Facultad de Filosofía y Letras. UBA. Investigadora Independiente del CONICET. Docente del Departamento de Ciencias Antropológicas, Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Docente de la Carrera de Trabajo Social, Facultad de Ciencias Sociales, UBA. Dirección electrónica: mobla@sinectis.com.ar
** Doctora en Ciencias Antropológicas. Investigadora Adjunta del CONICET. Docente de la Carrera de Trabajo Social, Facultad de Ciencias Sociales, UBA. Dirección electrónica: mariacarman@sinectis.com.ar
*** Doctora en Ciencias Antropológicas. Investigadora Asistente del CONICET. Docente del Departamento de Ciencias Antropológicas, Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Docente de la Carrera de Trabajo Social, Facultad de Ciencias Sociales, UBA. Dirección electrónica: fgirola@sinectis.com.ar

¿Por qué a más de un siglo de la institucionalización de nuestra disciplina, los que hemos decidido abocarnos a los estudios antropológicos urbanos debemos continuar "bajo sospecha"? La razón que suele esgrimirse alude al aparente origen disciplinario, cuando la antropología se repartió las "aldeas nativas" en proceso de colonización y la sociología se afincó en las metrópolis occidentales. Ese "pecado de origen" ha permeado el desplazamiento que, siguiendo a Hannerz (1986), más por factores externos que internos a la disciplina,1 el antropólogo ha realizado hacia mediados del siglo XX y llega hasta el día de hoy con una pregunta insistente: ¿qué es lo que diferencia al quehacer del antropólogo en la ciudad con relación al que desarrolla el sociólogo en el mismo contexto? A esta altura, y en coincidencia con diversos especialistas de lo urbano, consideramos que las ciudades del presente son un "problema socialmente producido dentro y mediante un trabajo colectivo de construcción de la realidad social" (Bourdieu y Wacquant, 1995: 178-9), un problema social legitimado no sólo en el campo académico, sino también en los medios, el ámbito político y la sociedad en su conjunto que, como tal, debería exceder la clásica rivalidad que ha enfrentado antropología a sociología, porque lo que ocurre en las ciudades no puede ser estudiado por una única disciplina; el asunto se plantea en torno a la naturaleza y pertinencia del conocimiento antropológico urbano.

Como fuera señalado por De la Pradelle (2000), ningún antropólogo que investiga cuestiones indígenas o problemáticas rurales parece tener que explicar de qué se trata su quehacer y si es pertinente o no en el contexto de nuestra disciplina. Sin embargo, en esta ausencia de pertinencia y/o legitimidad atribuida a la ciudad como problema antropológico, hay mucho de "origen" construido por relación a las problemáticas de interés para los primeros antropólogos —en buena medida resultado del campo científico, aunque también del ámbito gubernamental asociado a los países colonizadores—, pero sobre todo hay mucho más de escasa atención a la perspectiva desde la cual se construye la mirada antropológica. Acordamos con Raúl Nieto (1993) en que la antropología de aquella época estuvo marcada por cierto "urbano-centrismo", pues la mirada antropológica se constituyó en el contexto de las sociedades europeas industriales y en las instituciones a las que pertenecían los primeros investigadores —como lo plantea Imilan (2007: 23), nacida al calor de la "autorreflexividad de Occidente", del mismo modo que las otras ciencias sociales, rápidamente parece alejarse del "centro" del mundo—. Sin embargo, este aspecto, nada menor, sólo contribuyó a los fines de producir la "otredad en el estar allí", completamente escindido del "estar aquí" (Geertz, 1989), lugar negado e invisibilizado en la producción teórica y empírica antropológica. Así como fuera devaluado este lugar desde el cual partían y se desplazaban y al cual con posterioridad llegaban los antropólogos, del mismo modo, fueron relegados los diálogos teórico/empíricos que fluidamente se desarrollaron entre algunos sociólogos de Chicago (como L. Wirth) y el antropólogo conocido por la impostación teórica de la "sociedad folk", nos referimos a Robert Redfield (1978), quien elaboró el "tipo ideal" asociado al ámbito rural desde ese diálogo con los cientistas dedicados a la ciudad moderna/industrial. Las múltiples negaciones llevaron a instituir un punto cero para la antropología urbana vinculado a las migraciones del campo-ciudad y a los procesos de descolonización. Ese punto de partida instituyó, pero no legitimó, como hemos señalado al comienzo de este texto. Y una de las observaciones más frecuentes es que, a pesar del movimiento que llevó desde las "sociedades simples" (las que, sin embargo, no fueron abandonadas) hacia las "sociedades complejas", los antropólogos persistieron, hasta con cierta obstinación, en la "tradición" de la disciplina: es decir, en la búsqueda de comunidades, subculturas, sociedades pequeñas y autocontenidas desde las cuales no sólo fuera posible encuadrar un "otro" extraño y aparentemente distante, sino también fuera probable la delimitación de un campo etnografiable según la idea de totalidad y siguiendo los preceptos del trabajo de campo malinowskiano.

El segundo interrogante que, en consecuencia, nos ha perseguido hasta el presente es ¿cuáles son los objetos/sujetos etnografiables en el contexto urbano?, ¿qué compete a la "ciudad de los antropólogos" (De la Pradelle, 2000) y a "los antropólogos de las ciudades" (Lacarrieu, 2007)? Con el "peso de la tradición" (De la Pradelle, 2000) los estudios antropológicos urbanos se construyeron entre el rastreo y la delimitación de "comunidades", "subculturas" o pequeños "enclaves" en los que se fantaseó, y aún hoy en ocasiones se imagina, es posible encontrar grupos relativamente estables, homogéneos, en situación de co-residencia y caracterizados por relaciones "auténticas". Como han señalado los diferentes autores, esto llevó a generar un "mosaico" de fragmentos, destacados y sobrepuestos al fondo de una ciudad-decorado e inerte (De la Pradelle, 2000). Este patchword facilitó el traslado del ejercicio etnográfico, al mismo tiempo en que colaboró al menos en dos cuestiones: 1) la expansión antropológica por diferentes territorios y grupos sociales habitantes de la ciudad (desde jóvenes hasta migrantes, desde artesanos hasta enfermos en hospitales, desde asentamientos hasta barrios); y 2) la contribución antropológica a la "invención" de la villa, la favela, el asentamiento y del sujeto villero y/o favelado. La búsqueda de un "otro", ahora próximo, o sea asentado "en casa" y la focalización en una suerte de "aldea urbana", supuso por mucho tiempo que todo lo que sucediera en la ciudad era pasible de convertirse en objeto de la antropología urbana. Como ha dicho Hannerz (1986: 13-16), la ciudad se convirtió en escenario —"la ciudad sin cuerpo y sin cuerpos" (Pillai, 1999)—, por ende "la etnicidad y la pobreza, por ejemplo, pueden presentarse en la ciudad, pero no son por definición fenómenos típicos de la ciudad", es decir que hemos estado condicionados por "la confrontación de la mente antropológica con las realidades urbanas". Este asunto refiere al primer punto mencionado más arriba, cuestión que redundó en el dilema acerca de si hacer "antropología en la ciudad" o "antropología de la ciudad". Al parecer la idea de la ciudad como trasfondo de una realidad antropológica flexible y extensible a todo lo que en ella ocurre, se ha transformado; y es por ello que este número se definió como un espacio de discusión acerca de la "antropología de las ciudades". El cambio permitió asumir que hay problemas que son necesariamente urbanos y otros que no lo son, pero con la necesaria condición de que no hay una única ciudad, o una singular forma de hacer ciudad, sino diferentes ciudades resultado de diferentes formas de apropiarse que llevan adelante los sujetos y grupos sociales.

Acotar lo antropológicamente urbano a una serie de "problemas" considerados constitutivos de la ciudad, delimitó temas y los mismos fueron condicionados, según el segundo punto señalado, por territorialidades paradigmáticas de la pobreza urbana (villas, complejos de viviendas populares, barrios pobres), desde las cuales se condicionó la "invención del otro". Desde esta perspectiva, la mirada antropológica persistió en su tradición ligada a la "aldea", el "otro" —legítimamente devaluado en términos de "nativo"— y el trabajo de campo, mientras los estudios urbanos a ser investigados por nuestra disciplina acabaron centrados en entornos y grupos ligados a la denominada "pobreza urbana".2 El Nº 10 de esta revista, dedicado al campo de la antropología urbana, es un buen ejemplo en este sentido: la mayoría de los artículos focalizaron en barrios pobres, barrios de inmigrantes, asentamientos populares, casas tomadas, viviendas de interés social, entre otros. Este asunto —a pesar de que muchos especialistas han discutido este condicionamiento— persiste incluso en las representaciones académicas actuales. Cuando comenzamos a preparar este número, redefinido desde el primer título alusivo a la "antropología de las ciudades", algunos artículos fueron catalogados como "no pertinentes" para este campo de la disciplina: un texto sobre música y ciudad podría, de acuerdo con este criterio, ser desestimado por encuadrar el problema en el género musical, ya sea considerando su pertinencia dentro del campo del arte o bien de las industrias culturales, en síntesis, relegando la producción urbana de la expresión musical y su lugar dentro de la conformación de los sujetos involucrados. Es probable que el texto de Carlos Fortuna sobre "la ciudad de los sonidos" o bien el de María Ana Portal sobre la sacralización del espacio público, puedan dar cuenta de que los objetos y sujetos etnografiables trascienden la "aldea villera" o el "otro pobre" en el marco de la ciudad.

Parafraseando a Néstor García Canclini en el prólogo al libro Antropología Urbana de Amalia Signorelli (1999), este número de Cuadernos de Antropología Social pretende repensar nuestras ciudades, y agregaríamos revisitar los estudios antropológicos dedicados al mundo urbano. Repensar lo urbano desde una mirada antropológica implica desafiar y flexibilizar los límites del "adentro" (la villa o la vivienda) a fin de desencajar el "afuera" reflejo de ese "adentro", o bien de desnaturalizar las fronteras que dividieron taxativamente el mundo de lo privado del público, la casa de la calle, la villa del barrio, entre otros. Este desencaje desafía el potencial de la mirada antropológica puesta a observar lo urbano, toda vez que, al decir de Antonio Arantes (1984), encontramos que estas construcciones espaciales se ven excedidas por "zonas transicionales y liminares", lugares en torno a los cuales nuestro trabajo debe focalizar en la revelación de "la lógica implícita que siguen los actores" (De la Pradelle, 2000).

En este sentido, este número introduce algunas nuevas cuestiones que, no sólo permiten revalorizar el estudio de lo urbano, sino volverlo pertinente en relación con nuevos problemas, sujetos, grupos sociales y lugares. Por un lado, trascendiendo los "enclaves" de la pobreza o los "fragmentos" en que se especula se construyen empírica y teóricamente las ciudades contemporáneas. Por el otro, excediendo espacios y sujetos de la relegación social, y colocando en tensión la producción y reproducción de lo social y de lo cultural —los procesos de negociación y/o disputa que se producen, conducen y reorientan considerando no sólo las políticas públicas ligadas a la ciudad como un espacio solo planificado por los expertos, sino además los sujetos y grupos sociales que generan espacios practicados en base a apropiaciones conflictivas y/o consensuadas—. Dos textos de este dossier dan cuenta de este desafío. El artículo de Setha Low nos plantea revisitar antropológicamente las ciudades, con la mirada puesta en los espacios públicos urbanos, pensando los mismos en el sentido dado por De Certeau (1996), como "espacios practicados" por los sujetos —no sólo residentes— que se apropian y desde allí ponen en discusión el espacio preconcebido desde la planificación. El trabajo de María Ana Portal consigue poner en escena el atravesamiento de problemas que hacen a la producción de los espacios públicos: las nuevas apropiaciones que los sujetos individuales y colectivos hacen de los mismos con recursos que provienen de las creencias religiosas, con las cuales no sólo inscriben huellas sobre el espacio, sino también disputan un nuevo lugar de reconocimiento ciudadano. En una lógica similar, el texto escrito por Alejandro Frigerio y Eva Lamborghini, analiza el lugar disputado por los grupos de afrodescendientes en los espacios públicos del casco histórico de nuestra ciudad, mediante la práctica de las llamadas de tambores. Tanto en el caso de Portal como en el de los últimos autores, en otros tiempos hubieran sido escritos desechados para un dossier ligado a la antropología de las ciudades, y ubicados en campos ligados a la religiosidad popular, a la cultura popular o a la cuestión de la etnicidad, pero en cualquier caso se hubiera desestimado el atravesamiento necesario que se observa con relación a la producción, reproducción y transformación de lo urbano a partir de las apropiaciones conflictivas que los sujetos diversos ponen en juego.

Este número es un espacio de reflexión sobre las ciudades contemporáneas. Pero no sobre las ciudades como entidades abstractas o racionales, sino visualizables en su conformación a partir de procesos políticos, históricos, sociales, culturales y de apropiaciones conflictivas desplegadas en la esfera pública por sujetos y grupos diversos. Luego de más de 11 años en que apareció el número 10 de esta publicación, éste es un nuevo intento por reapropiarnos de una mirada antropológica de lo urbano, con perspectivas diferentes que, a su vez, desafían la "tradición antropológica". Unos breves comentarios sobre los diferentes trabajos incluidos en este dossier, contribuirán en avanzar sobre los desafíos planteados y en exponer los problemas que hoy deben ser tratados en el campo de los estudios antropológicos de lo urbano.

El artículo de Setha Low que abre este número presenta una interesante reflexión sobre los procesos de renovación que afectan a los espacios públicos de las metrópolis latinoamericanas. Focalizando la mirada en la ciudad de San José de Costa Rica, la autora reconstruye los conflictos generados en torno al rediseño del Parque Central y la Plaza de la Cultura, dos ámbitos centrales y emblemáticos de la capital costarricense. El estudio realizado pone de relieve que, con frecuencia, en las transformaciones promovidas en nombre de la recuperación de un espacio público abierto a "todos" subyacen objetivos político-económicos concretos y altamente restrictivos tales como: la atracción de inversiones extranjeras y la valorización inmueble, la difusión de los ideales de urbanidad/civilidad de la clase media y la expulsión de los sectores populares. En este sentido, Low subraya el carácter ideológico y no neutral de las intervenciones urbanas: "Los espacios públicos urbanos que son presentados por los planificadores y administradores como diseñados para el 'bien común', son en verdad diseñados para promover actividades que excluyen a ciertas personas y benefician a otras".

En el original trabajo de Carlos Fortuna, comparece una reflexión sobre los paisajes sonoros de las ciudades. Si bien existe una tradición de estudios sobre las imágenes de la ciudad que se remonta a Kevin Lynch, las ciencias sociales han tendido a marginalizar, por el contrario, la sonoridad como ingrediente cultural de pertinencia social. Si el mirar fue convertido en protocolo metodológico privilegiado de la investigación social, el autor procura restituir aquí cierta geografía de los sonidos . Fortuna parte de la hipótesis de que los paisajes sonoros modernos, más concretamente los de las grandes ciudades, sugieren un estado mental condicionado de forma permanente por el sonido ambiente socialmente vivido. Y el desciframiento de tal paisaje sonoro, cualquiera sea el grado de su resolución acústica, se traduce siempre en un acto de atribución de sentido por parte del habitante de la ciudad.

El artículo de María Ana Portal nos traslada a la ciudad de México con el objetivo de analizar una forma peculiar de apropiación y significación del espacio público que consiste en la instalación, por parte de los habitantes metropolitanos, tanto de altares para vírgenes y santos como de cruces para recordar a sus muertos. "¿Qué significan estos lugares?, ¿por qué se marcan de esa manera?, ¿qué creencias articulan y qué narrativas se construyen en torno a ellos?", se pregunta la autora. La respuesta a estos interrogantes se convierte, simultáneamente, en una revisión teórica del concepto de espacio público y en una sugestiva reflexión sobre la inscripción de la religiosidad popular en el paisaje urbano. Así, la autora reconstruye minuciosamente aquellas estrategias de apropiación —individuales y colectivas— que se traducen en una sacralización simbólica del espacio público y que, mediante la instauración de íconos religiosos, procuran generar lugares de sentido y memoria en una ciudad percibida como caótica, anónima e insegura. En consonancia con los planteos de Setha Low, el análisis de Portal resalta, asimismo, que el espacio público es ante todo un ámbito de tensiones y negociaciones sociales, de usos conflictivos y contradictorios que lo redefinen constantemente.

El trabajo de Juan Manuel Ramírez Sáiz y Patricia Safa Barraza reflexiona sobre ciertos rasgos que poseen las áreas metropolitanas de tres importantes ciudades mexicanas —México DF, Guadalajara y Monterrey—. Combinando la revisión bibliográfica con los resultados obtenidos a lo largo de distintos proyectos de investigación, los autores exploran los significados de cinco tendencias urbanas sumamente significativas: la multiculturalidad, la inequidad, la fragmentación socioespacial, la inseguridad y la confrontación de distintos proyectos urbanos. La consideración profunda de estos términos —con sus alcances y ambigüedades— representa un ejercicio de reflexión que no sólo se refiere a contextos locales específicos, sino que también ilumina las principales dinámicas que caracterizan a las grandes ciudades contemporáneas.

En el trabajo de Alejandro Frigerio y Eva Lamborghini encontramos también una notable aproximación a las prácticas culturales populares, en este caso vinculada a la apropiación de espacios públicos y la generación de nuevas representaciones. Los autores analizan la expansión espacial del candombe —de origen uruguayo— en la ciudad de Buenos Aires, lo cual discute la imagen dominante de dicha ciudad como blanca, moderna y europea. Si esa imagen dominante prescribe qué grupos étnicos y cuáles manifestaciones culturales pueden exhibirse en la ciudad, los candomberos ciertamente desafían dicho orden y proponen un imaginario urbano alternativo , lo cual nos remite nuevamente a las preocupaciones de Segura acerca de la ciudad como un espacio de representación .

Por su parte, el artículo de Héitor Frúgoli Jr. y Jessica Sklair explora los alcances del concepto de gentrification en relación con las mudanzas y permanencias sociales de un barrio del área central de San Pablo. Una de las preocupaciones centrales de este trabajo consiste en remarcar las realidades socioculturales específicas de nuestras ciudades latinoamericanas en las que se encarnan los procesos de gentrification, significativamente distintas del contexto europeo. En el caso abordado del barrio Luz de San Pablo, los nuevos usos estilizados de consumo y placer no reemplazan las distintas ocupaciones del espacio público por parte de sectores populares. Una de las conclusiones más interesantes de esta etnografía paulista es que las intervenciones de rehabilitación urbana emprendidas por el Estado en un barrio degradado de la ciudad no suponen a priori procesos de discriminación contra poblaciones de baja renta.

Por su parte, María Leticia Mazzucchi Ferreira y Roberto Heiden abordan las iniciativas de carácter patrimonial que han sido promovidas por el gobierno municipal de la ciudad brasileña de São Lourenço, con la doble intención de revalorizar la identidad local y dinamizar la economía del lugar. Como bien demuestran los autores, la implementación de políticas públicas de patrimonio supone una invención de la tradición que, en el caso examinado, se tradujo en un rescate del pasado pomerano de la localidad —antes menospreciado—. El artículo analiza los efectos que acciones patrimoniales tales como la exaltación de los pioneros y la reconstrucción de las raíces europeas originales generan entre los habitantes de São Lourenço, poniendo asimismo de relieve la dimensión política que asume todo proceso de recuperación y gerenciamiento de la memoria.

El trabajo de Hernán Morel muestra, por su parte, de qué modo la activación patrimonial del tango en el marco de las políticas oficiales procura el desarrollo estratégico de una economía condicionada por el turismo internacional. En este sentido, las construcciones de autenticidad del tango procuran tanto exacerbar la visibilidad de este género urbano, como asociarlo a una identidad primordial de la ciudad, espectacularizando determinados rasgos "genuinos" de la cultura. Si, para el caso de la "autenticidad" del tango en Buenos Aires, una cierta imagen citadina se constituye como legítima en detrimento de otras, algo similar puede ser señalado en torno al caso de la ciudad de La Plata analizado por Segura. Ramiro Segura se interroga sobre cómo logra estabilizarse la imagen pública de una ciudad. ¿A través de qué operaciones simbólicas, a través de qué complejas mediaciones se cristaliza la imagen dominante de una ciudad?

Notas

1 O en palabras de Imilan (2007: 24), "la ciudad aparece como el reducto final al que terminan arribando los antropólogos en un mundo en que sus aldeas se han vaciado [bajo] el influjo del proceso urbanizador... La presencia en la ciudad sería consecuencia de haber seguido los pasos de sus 'nativos'. De allí, que 'los antropólogos en la ciudad... [parecen estar desubicados o] en el lugar equivocado...'".

2 En diferentes contextos históricos de las ciencias sociales, la noción de "pobreza urbana" fue reemplazada por "marginalidad urbana" y, más recientemente, la denominación se extendió a los sujetos clasificados según índices de pobreza urbana, rotulados como "sectores populares urbanos".

Bibliografía

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