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Circe de clásicos y modernos

versión On-line ISSN 1851-1724

Circe clás. mod.  n.10 Santa Rosa 2005- 2006

 

Los diez primeros años de Circe

Carlos A. Ronchi March

Profesor honorario Filología Griega (UBA)
Academia Argentina de Letras

Con verdadera alegría y satisfacción propia celebro los diez años de publicación consecutiva de la revista Circe, órgano del grupo de estudiosos reunidos en torno del Instituto de Estudios Clásicos que funciona en la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de La Pampa. Asimismo me complace en sumo grado que la directora de dicho Instituto sea la profesora Dora Battistón, sobresaliente y talentosa alumna mía en el curso de Filología Griega que he dictado durante cuatro décadas en la Universidad de Buenos Aires. La revista Circe, a su vez, es dirigida por la doctora Marta Alesso, a quien también habría deseado como alumna en vista de su acribía para el estudio de los textos, su actividad incesante y su perspicacia como investigadora.

Esta enumeración de títulos y cargos tiene un propósito. Como cofundador de la Asociación Argentina de Estudios Clásicos (AADEC), he asistido con explicable atención a las vicisitudes de la revista que la representa, Argos, que lleva ya publicados veintisiete números en Buenos Aires. Lejos de pretender un cotejo entre ambas revistas, que como es obvio no tendría sentido, deseo señalar que varios directores y colaboradores de esta última han sido alumnos que recogieron con inteligente afán las enseñanzas y métodos que, a partir aproximadamente de 1950 hemos procurado transmitir durante innumerables cursos. Los dos únicos profesores de lenguas clásicas que poco antes de esa fecha tuvimos oportunidad de perfeccionarnos en Europa con maestros de fama internacional: el eminente y añorado latinista y amigo Gerardo H. Pagés, en París, bajo la guía principal de Ernout y Marouzeau, y paralelamente, en Florencia, quien esto escribe ("le moi est haïssâble", dice Pascal, pero esta vez acaso necesario), bajo la dirección de Giorgio Pasquali, de Giacomo Devoto y de Émile Benveniste, este último como visitante.

Pero volvamos a Circe. Después de lo dicho, todos nos preguntamos: ¿cómo es posible que a tal distancia de la centralizadora ciudad de Buenos Aires, que es como decir de los recursos bibliográficos sobre la antigüedad clásica reunidos por muchas generaciones de estudiosos, haya podido surgir esta publicación admirable —hay otras en el interior del país sobre las que no abro juicio ahora—, calificada con el número l por el CAICYT (CONICET) y Latindex con sus artículos registrados ya universalmente por L'Année Philologique? "Hoy me parece unmilagro lo que hemos logrado", me escribía hace un tiempo la directora del Instituto, Dora Battistón. Yo no lo creo un milagro, sino la consecuencia de una gran pasión, de un prolongado y fervoroso acto de amor por la antigüedad griega y latina y por sus proyecciones en el mundo contemporáneo. Parece imposible no pensar en la parábola del grano de mostaza, el más pequeño de todos según el Evangelio de San Marcos, que una vez sembrado se eleva y echa grandes ramas, hasta el punto de que las aves del cielo puedan habitar bajo su sombra.

Así lo deseo yo para la revista Circe al cumplirse los primeros diez años de su nacimiento.