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Estudios y perspectivas en turismo

versión On-line ISSN 1851-1732

Estud. perspect. tur. v.19 n.2 Ciudad Autónoma de Buenos Aires mar./abr. 2010

 

DOCUMENTOS DE BASE

Turismo y memoria. Reflexiones teórico metodológicas sobre el Espacio para la Memoria - Buenos Aires, Argentina

Cecilia Palacios*

Universidad de Buenos Aires
CONICET - Argentina

* Licenciada en Ciencias de la Comunicación (Universidad de Buenos Aires, Argentina) y  Maestranda en Comunicación y Cultura (Universidad de Buenos Aires, Argentina). Becaria Conicet Tipo I. Investigadora de Apoyo del Proyecto UBACyT F-110 "Lugares y políticas de memoria. Acontecimientos, sujetos e instituciones (1955 - 2007)" (Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires). E-mail: ceciliapalacios@gmail.com

Resumen: Se procura acercar algunas reflexiones en torno a la relación entre políticas de memoria y turismo; en particular, cuando los lugares de memoria son construidos como atracciones turísticas. Este vínculo entre turismo y memoria social, cuando ésta es convertida en producto turístico, merece ser problematizado desde distintas ópticas y posiciones. Considerando a la construcción de la memoria como un proceso de comunicación que se enmarca y desarrolla al interior de múltiples instituciones sociales, es que se invita a pensar de qué forma el actual Espacio para la Memoria, en la ciudad de Buenos Aires, podría o no ser pensado como un sitio de interés turístico de la ciudad.

PALABRAS CLAVE: Políticas de memoria; Construcción de memoria social; Lugares de memoria turísticos.

Abstract: Tourism and Memory: Theoretical - Methodological Insights on the Space for Memory of the City of Buenos Aires , Argentina. The aim of this article is to provide some insights on the relationship between memory policies and tourism; mainly when places of memory are considered tourist attractions. This bond between tourism and social memory when the latter is turned into a tourist product--, deserves to be discussed from different angles and points of view. Considering that the construction of memory is a communicational process which develops within multiple social institutions, this article proposes to reflect about the way the Space for Memory (Espacio para la Memoria), of the city of Buenos Aires could be considered - or not- as a place of tourist interest.

KEY WORDS: Memory policies; Construction of social memory; Tourist places of memory.

INTRODUCCIÓN

En los últimos anos, se ha asistido a una expansión importante de los escritos académicos sobre el turismo, abordándolo desde distintos campos. Buena parte de esta bibliografía proviene de la geografía y el urbanismo (Bertoncello, 2006; Silveira, 1995) lo que explica la marcada tendencia a focalizar en cuestiones relativas a patrimonio, calidad de vida, desarrollo sustentable y medio ambiente en relación con la actividad turística. Por otra parte, organizaciones de carácter internacional, como la OMT (Organización Mundial del Turismo) han realizado esfuerzos por sistematizar conceptos inherentes a la disciplina, por lo general de forma fuertemente descriptiva y empírica (contabilización de entradas/salidas, detección de focos de emisión/recepción de turistas, etc.). De acuerdo con la definición de la Organización Mundial del Turismo, por ejemplo, "el turismo comprende las actividades que realizan las personas durante sus viajes y estancias en lugares distintos el de su entorno habitual, por un período de tiempo consecutivo inferior a un ano con fines de ocio, por negocios y otros" (OMT, 1998: 44).

A su vez, no es menos cierto que las Ciencias Sociales han usualmente menoscabado el análisis del turismo en virtud de considerarlo una actividad relacionada con el ocio como sinónimo de "tiempo no-útil" -y, por ende, improductivo (Lash y Urry, 1997; Hiernaux Nicolas, 2000). Este tipo de enfoque, centrado en la "producción" y en el cariz "industrial" de la actividad, ha tendido a olvidar algunos aspectos esenciales del turismo en tanto fenómeno social complejo, atravesado por múltiples contradicciones y, desde luego, ha debilitado la posibilidad de enriquecer el análisis desde otras aristas que no sean la económica o material.

En lo que atane a los estudios sobre la memoria, han venido desarrollándose a ritmo sostenido en el campo específico de las Ciencias Sociales, sobre todo desde de la finalización de la Segunda Guerra. Como complemento, a partir de los traumáticos acontecimientos político-institucionales ocurridos en América Latina durante la década de 1970 y los procesos de descolonización del Tercer Mundo, aumentó de forma significativa la cantidad de estudios y escritos académicos sobre el tema. En una línea de pensamiento cercana al Nietzsche (2006) de la Segunda Consideración Intempestiva, muchos autores arguyen contra el exceso, tanto de historia como de memoria, que conduce a "obsesiones memorialistas" (Huyssen, 2002), "reificaciones del pasado" (Traverso, 2007), a una "cultura de la memoria", e incluso se ha planteado la cuestión en términos de "abusos de la memoria" (Todorov, 1995). Desde una dirección antagónica, se ha fomentado la necesidad de un recuerdo excesivo, de una "memoria ejercida hasta el extremo" (Vattimo, 1998) frente a lo que se presentaría como "terror al olvido" (Yerushalmi, 1998).

El presente trabajo intentará reflexionar en torno a ambas cuestiones: el turismo y la memoria, tomando como caso de estudio al Espacio para la Memoria de la ciudad de Buenos Aires, lugar de memoria paradigmático por excelencia de la ciudad y sobre el cual hasta el momento no se ha problematizado en torno a su posible construcción y funcionamiento como atractivo turístico.

MEMORIA Y COMUNICACIÓN, O LA CONSTRUCCIÓN DE LA MEMORIA

Se partirá de considerar a la construcción de la memoria como un proceso de comunicación lo que demanda, entre otras cosas, tomar distancia de aquellas posturas que entienden a la comunicación como mera difusión de información (y por lo tanto afirman la necesidad de transmitir la memoria hacia generaciones venideras, suponiendo una suerte de esquema funcionalista de emisor-mensaje-receptor), así como también de las que excluyen de los procesos comunicacionales sus dimensiones conflictivas, polisémicas, heterodoxas. Por el contrario, todo proceso comunicativo involucra rupturas e inestabilidades que le son inherentes, constitutivas. El ámbito de lo simbólico es el lugar de lucha por excelencia; el signo, como afirma Voloshinov, es la "arena de la lucha de clases" (Voloshinov, 1976). Estas disputas de poder por la asignación continua de sentidos conducen a entender que no existe una clausura semiótica, que hay siempre un "exceso de sentido de lo social" (Laclau y Mouffe, 1987: 128) que hace imposible fijar un sentido unívoco, fijo e invariable. Es por ello que toda lectura es siempre múltiple, está permanentemente abierta y, así, estalla en significaciones polisémicas. De este modo, se afirmará, pues, que la construcción de memoria social es, fundamentalmente, un proceso comunicacional.

La memoria de un pueblo es siempre múltiple y heterodoxa: se encuentra atravesada por la lógica de las contradicciones, las superposiciones, las lagunas de sentido, las luchas de poder en torno a los sentidos que ella suscita. En sintonía con el planteo de Pierre Nora, "la memoria, por naturaleza, es afectiva, emotiva, abierta a todas las transformaciones, inconsciente de sus sucesivas transformaciones, vulnerable a toda manipulación, susceptible de permanecer latente durante largos períodos y de bruscos despertares. La memoria es siempre un fenómeno colectivo, aunque sea psicológicamente vivida como individual" (Nora, 2006).

LA DIMENSIÓN COMUNICACIONAL DE LAS POLÍTICAS DE MEMORIA

Si se desea analizar la relación entre memoria y turismo no se debe perder de vista que los procesos comunicacionales que intervienen en la construcción de la memoria social no pueden ser pensados por fuera del Estado que, a través del diseno e implementación de diversas políticas de memoria, construye, promueve y fomenta lugares de memoria como atractivos turísticos. Un lugar de memoria puede ser descrito esquemáticamente como un "topos" o núcleo que condensa diferentes representaciones sobre la memoria; es decir que es "una realidad completamente simbólica" (Nora, 1998: 19). Por ende, su estudio y análisis supone la tarea de "desentranar su verdad simbólica más allá de su realidad histórica" (Nora, 1998: 19). De esta forma, se pueden considerar como "lugares de memoria" tanto a monumentos, edificios o memoriales, como a emblemas, aniversarios, divisas En palabras del propio Nora: "la gama de objetos posibles es, de hecho, infinita" (Nora, 1998: 20). En Buenos Aires, en el caso que nos ocupa, el ex Centro Clandestino de Detención y Exterminio (en adelante CCDyE) ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), actualmente transformado en Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos, constituye acaso el más emblemático de los lugares de memoria de la ciudad por la convergencia de diversos factores: sus múltiples connotaciones simbólicas, su dimensión física y espacial, la envergadura que tuvo como ex CCDyE, el lugar que la ex ESMA ocupa en el imaginario social, etc. (Durante la última dictadura militar, la ESMA fue uno de los centros clandestinos de detención de mayor envergadura del país, por el que pasaron detenidas alrededor de 5000 personas, la mayoría de las cuales continúan aún hoy desaparecidas).

A los fines de aclarar el estatuto conceptual de las políticas de memoria, ciertamente existen varios enfoques para abordarlas. Una primera aproximación consiste en considerarlas como "relaciones de fuerza y sentido en torno de la simbolización del pasado, el ordenamiento del presente y la orientación a futuro" (Besse, 2007: 293). Otra las entiende como acciones institucionales concretas que se traducen en el diseno, desarrollo e implementación de planes, programas y proyectos (Besse, 2007). Una tercera, que acaso engloba a las anteriores, es la sugerida por Rabotnikof:

"Con políticas de la memoria nos referimos estrictamente [ ...] a las formas de gestionar o de lidiar con ese pasado, a través de procedimientos de a) justicia retroactiva, b) instauración de conmemoraciones, de fechas y lugares, c) apropiaciones simbólicas de distinto tipo. Pero también con el término políticas de la memoria debería hacerse referencia las "grandes ofertas de sentido temporal", o a las narrativas más generales que ofrecen interpretaciones globales sobre ese pasado dentro de ciertos marcos institucionales" (Rabotnikof, 2007: 14).

La decisión de marcar el territorio con signos de memoria supone, desde luego, la confrontación y negociación entre diversos proyectos de rememoración / conmemoración del pasado y, en este sentido, el espacio urbano se convierte en terreno de lucha por el poder. Como explican Jelin y Langland "el monumento se ha transformado en un lugar de combate y pugna de significados" (Jelin y Langland, 2003: 10). Los múltiples sentidos asignados a los lugares no se hallan determinados de una vez y para siempre: por el contrario, son precarios, inestables, porosos, abiertos constantemente a nuevas apropiaciones y resignificaciones. La dimensión simbólica de las políticas de memoria abre, desde luego, la posibilidad de considerarlas como inmersas en procesos de construcción de sentido; es decir, de procesos comunicacionales (Verón, 1993).

Si se toma por ejemplo el caso del Espacio para la Memoria se observa cómo el Estado decide, promueve, avala y ejecuta políticas de memoria. Dicho Espacio ha sido disenado para ser "centro de debate social, cultural y político y de transmisión de la memoria y la promoción de los derechos humanos", según consta en la página Web y en la folletería que se entrega cuando se realiza una visita guiada al sitio. Tanto su forma de gestión, administración y funcionamiento están previamente delineados y definidos por políticas específicas, orientadas según determinados fines (en este caso: transmitir la memoria, promover los derechos humanos...). Desde luego que los usos que tendrá este Espacio en el futuro no están aún definidos y se encuentran en pleno proceso de debate entre quienes se encargan de gestionarlo (el Estado nacional, el Estado municipal, y diversos organismos de Derechos Humanos). Sin embargo, se puede afirmar que se trata de un lugar de memoria que, si bien aún no se promociona como atractivo turístico de la ciudad, sí es visita obligada para cualquier delegación oficial extranjera que arriba a Buenos Aires. Incluso posee una dirección propia en Internet (dependiente de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación), en la que se pueden solicitar visitas guiadas, realizar consultas, acercar propuestas. Por otra parte, los recorridos guiados que se ofrecen allí están diagramados como cualquier otro tour en donde las visitas recorren el lugar (que está senalizado para tal fin), toman fotografías, realizan preguntas a la guía, recogen folletos, etc.

EL TURISMO, LAS CIUDADES-MERCANCÍAS Y LA ESTETIZACIÓN DEL PASADO

Como ha sido anticipado, el turismo es tanto manifestación social como cultural, y su análisis debe remitirse, por ende, al campo de lo simbólico y la significación (García Canclini, 2004; Burns, 1999; Lash y Urry, 1997). De esta forma, merece ser entendido como un fenómeno sociocultural que se compone de dos dimensiones, una material y, otra, no-material o simbólica (Fainstein y Gladstone, 1999). Puede afirmarse, entonces, como proponen Lash y Urry, que "el turista consume servicios y experiencias que él convierte en signos: hace un trabajo de transformación semiótica" (Lash y Urry, 1997: 33).

Por otra parte, si es posible analizar a las ciudades en tanto objetos culturales (Lash, 1993), se observa de qué forma, en el marco de lo que podría llamarse "época posmoderna", las urbes van tomando un cariz cada más estético en el sentido de que a partir de la utilización de estrategias de marketing van construyéndose en ciudades-mercancías que compiten entre sí por su participación en el mercado.

Al hablar de "posmodernidad", se supone que ciertos esquemas interpretativos y cognoscitivos de la modernidad están siendo, de a poco, modificados, y que ya no operan con tanta precisión a la hora de comprender las dinámicas de las sociedades post-industriales. A pesar de que pueda trazarse la distancia entre estos términos, no se debe olvidar, desde luego, que ambos paradigmas constituyen modelos que sirven a los fines teórico-analíticos. Los puntos de encuentro y divergencia entre el paradigma moderno y el posmoderno pueden ser hallados en múltiples ámbitos: una lectura posible radica en considerar que estas diferencias se estructuran a partir de la acentuación de ciertos rasgos antes que de la aparición de tendencias radicalmente nuevas (Barman, 1999). En calidad de mercancías, entonces, las ciudades se intercambian, se ofrecen, se exponen a ser consumidas (Metan, 2001; Lash y Urry, 1997; Urry, 1996).

En el caso del turismo, esto se evidencia claramente ya que los destinos deben enfrentarse unos a otros con el fin de atraer cantidades mayores de visitantes y, en consecuencia, generar ganancias más significativas, promover el consumo o conquistar más inversiones (Urry, 1996). Esta suerte de marketing urbanístico o management urbano (Meethan, 2001) ha traído como consecuencia, por ejemplo, que hasta una ciudad como Buenos Aires creara su propio logotipo (podría afirmarse que inventó su propia marca comercial) con el fin de poder "estetizar" sus atributos como parte de una estrategia de venta de la ciudad en tanto mercancía, tornándose ella misma producto ofrecido, intercambiable y competitivo al interior del mercado turístico. Como explica Meethan "los elementos estéticos intangibles se vuelven mercantilizados en pos del crecimiento económico y el patrimonio; el ambiente urbano se trasformó en un valor agregado para atraer inversiones" (Meethan, 2001: 23).

En este contexto, se asiste a un proceso en el que las ciudades "estetizan" su pasado, resignifican partes de la ciudad acentuando ciertos rasgos pintorescos, creando nuevos atributos, remodelando cuestiones arquitectónicas / edilicias, entre otras acciones. ¿Podría pensarse en la posibilidad de políticas de memoria que supusieran, en parte, cierta estetización de los lugares de memoria que se promuevan como turísticos?

En la actualidad resulta casi imposible analizar fenómenos sociales que no estén atravesados por la lógica mercantilista, por la "estructura racional de la Economía" (Weber, 2003: 121) o estén ajenos al funcionamiento del dinero como principal "medida de todas las cosas" (Simmel 1977: 648). Por lo tanto, desde el momento en que la memoria social se convierte en "mercancía turística" para ser ofrecida, intercambiada y vendida al mercado, cualquier análisis que intente dar cuenta de la relación entre turismo y políticas de memoria, debe tener como punto de partida esta consideración, que no atane únicamente a la memoria, sino que, desde luego, impregna todas las facetas de la vida capitalista, en la que las mercancías (y el dinero como principal de todas ellas) adquieren una relevancia de envergadura, se ubican en el centro del análisis, y es difícil encontrar fenómenos que se hallen exentos de estar regidos  por la dinámica mercantil.

La pregunta que surge, entonces, es qué ocurre cuando la memoria social convertida en producto se ofrece al interior de un mercado (el turístico, en este caso) como un bien intercambiable, como parte de una estrategia de venta y/o promoción de un destino en particular: qué sucede cuando el propio Estado, por medio de diversas políticas de memoria formuladas explícita o implícitamente, es quien construye los atractivos turísticos de la ciudad a partir de la inclusión/exclusión de lugares de memoria, de modo que éstos se tornan no sólo en sitios que han de salvaguardar la memoria social (Nora, 1984; Yerushalmi 1988) al interior de una comunidad o grupo social, sino que se los resignifica para que adquieran el estatuto de bienes de cambio. ¿Qué tipo de decisiones se involucran en esta dinámica? ¿Qué forma de concebir a la memoria permite convertirla en un bien mercantil, ofrecido como cualquier otro en el mercado del turismo? Interesa, por lo tanto, indagar los procesos a partir de los cuales esta memoria se institucionaliza, se oficializa, se construye como atracción turística que ha de ser capaz de promocionar (de vender) determinado destino en función de sus propiedades más "competitivas".

¿APOCALÍPTICOS O INTEGRADOS?

Aun aceptando de antemano, entonces, que los lugares de memoria sean consumidos como objetos turísticos, esta circunstancia en sí misma no agotaría completamente el análisis. Se podría sugerir que si la mercantilización de la memoria es posible, no es porque la industria turística ha intervenido, sino que se explica en virtud de que las condiciones de mercantilización de los objetos culturales ya estaban dadas desde antes. Pocos fenómenos sociales se pueden analizar por fuera del sistema económico de intercambio mercantil. De esta forma, el problema se desplaza no tanto a senalar de modo condenatorio una posible mercantilización de los lugares de memoria devenidos en atracciones turísticas, sino a reflexionar en torno a qué sentidos se abren a partir de esta coyuntura y para ello será preciso recorrer, aunque de forma muy esquemática, desde qué perspectivas han sido analizados ciertos procesos que remiten a la relación entre memoria y recuerdo, memoria y olvido.

Como se anticipara al comienzo, durante los anos subsiguientes al trauma provocado en Europa tras la Segunda Guerra Mundial proliferaron numerosos estudios y análisis sobre la memoria en sus diversas manifestaciones (colectiva, social, urbana, individual, etc.). Debido a esto, la mayoría de las reflexiones en torno a esta temática tienen como insoslayable telón de fondo, como "referente último" (Wacjman, 2000) al genocidio perpetrado por la Alemania nazi.

En la perspectiva de Vattimo, existe una "función positiva del exceso de memoria" (Vattimo 1998) que implicaría aceptar de antemano las consecuencias de la mercantilización de la cultura en la vida social contemporánea. Una vez asumida esta situación, arguye a favor de la construcción de una heterotopía que implique creación ligada al recuerdo excesivo; una suerte de creatividad saturada por todas las posibilidades de recuerdo: "la superación de la enfermedad histórica parece posible a través de una extremización de la enfermedad misma" (Vattimo 1998: 89). Un nuevo panorama se abriría, entonces, a una "multiplicidad consciente" ligada al constante recuerdo, a la perpetua y extrema memoria.

Yerushalmi, por su parte, dirige su crítica hacia la historiografía cuando ésta intenta suplir al trabajo de la memoria colectiva. El autor sostiene que ambos dominios gozan de autonomías propias, y que no deben ni pueden confundirse o superponerse en sus funciones. Como propuesta de acción, invita a la acumulación creciente de material histórico, a la recopilación obsesiva datos, al flujo continuo del recuerdo, en virtud de que "no estamos en condiciones de trazar la línea divisoria entre lo ´excesivo´ y lo ´demasiado escaso´ de la investigación histórica" (Yerushalmi, 1998: 25). Consiste, si se quiere, en una propuesta menos radical que la de Vattimo: podría ser interpretada como una medida de extrema precaución ante la imposibilidad de trazar fronteras entre lo mucho y lo poco.

Como contrapartida a estas posturas, Todorov plantea la necesidad de definir cuál sería la finalidad explícita de estas consignas en pos del continuo recuerdo: "estos llamamientos a la memoria no poseen en sí mismos legitimidad alguna mientras no sea precisado con qué fin se pretende utilizarlos" (Todorov, 1995: 50). El autor parte de considerar que la representación del pasado es constitutiva no sólo de la identidad individual sino también de la colectiva: el papel que el pasado debe desempenar en el presente tiene que ver con los diversos usos que se hagan de la memoria. Al respecto, puede haber un uso literal o ejemplar de la misma. El primero de estos usos supone que los acontecimientos son preservados en su literalidad y, por lo tanto, una utilización semejante conduce a que dicho acontecimiento no pueda trascenderse a sí mismo. Esta intransitividad lo hace estar sometido al pasado, sin conseguir superarlo. Por el contrario, cuando se hace un uso ejemplar de la memoria, los acontecimientos se constituyen en modelos (o ejemplos) que posibilitan el análisis y la comprensión de situaciones presentes, con lo cual el pasado ya no se halla subsumido al tiempo presente sino que le sirve a éste como guía de acción, como exemplum del que se puede aprender o extraer lecciones.

Huyssen, por su parte, sostiene que desde la década de 1970 viene forjándose una "cultura de la memoria" (Huyssen, 2002) unida, sobre todo, a la industria cultural occidental, los medios de comunicación y las nuevas tecnologías. El miedo al olvido se explica, según el autor, por una nostalgia generalizada, por el hecho de que "el pasado es evocado para proveer aquello que no logró brindar el futuro en los imaginarios previos del siglo XX" (Huyssen, 2002: 7). Coincide, en términos generales, con la propuesta de Todorov, en tanto invita a" hacer el esfuerzo de distinguir los pasados utilizables de aquellos descartables. Se requiere discernimiento y recuerdo productivo [ ...] " (Huyssen, 2002: 40).

Finalmente, Traverso se manifiesta abiertamente crítico hacia la "obsesión conmemorativa" (Traverso 2007) de las sociedades contemporáneas, en donde la memoria es convertida en una suerte de "religión civil". Desde su perspectiva, las razones para este paroxismo memorialista deben encontrarse en la creciente atomización de las sociedades contemporáneas y la consecuente fragmentación de la experiencia. Esta situación trae aparejada, además, una mengua creciente de pensamiento crítico y contextual.

Podría conjeturarse (si bien un desarrollo exhaustivo excedería los límites del presente trabajo) que las diferentes posiciones mantenidas por los diversos autores se explicarían, entre otras múltiples causas, por divergencias en la forma de concebir cómo se construye, la memoria desde la comunicación.

A MODO DE CIERRE

A lo largo de este artículo se ha sostenido que resulta casi indispensable partir de aceptar que la "turistificación" de lugares de memoria se relaciona de modo insoslayable con la mercantilización de los objetos culturales en la sociedad contemporánea. Más aún: este proceso se ve reforzado por la tendencia a la estetización de las ciudades (incluso de sus pasados) como parte de estrategias de marketing o management urbano que hace de las metrópolis objetos-mercancías que compiten entre sí por su participación en el mercado, dinámica que es central para el funcionamiento del turismo en tanto actividad que necesita "vender" destinos en función de las cualidades más rentables y atractivas de cada uno de ellos.

También se ha afirmado que es el Estado quien, a través del diseno e implementación de determinadas políticas de memoria, construye, fomenta y promueve ciertos lugares de memoria como atracciones turísticas, promocionándolos a través del empleo de diversos medios (folletería turística, información en Internet, diagramación de recorridos / tours especializados, etc.). En el caso del Espacio para la Memoria, estas políticas de memoria no son reconocidas, aún como políticas de turismo. Sin embargo, dicho Espacio se encuentra en la actualidad diagramado de forma tal que cuenta con aproximadamente 500 visitas al mes, según el testimonio de una de las guías. Dichas visitas deben ser solicitadas de antemano y se realizan en grupos de 30 a 50 personas. Esto es interesante, pues las políticas de memoria, a su vez, se encuentran siempre inmersas en un universo simbólico que supone heterodoxias, confrontaciones y luchas de poder por la asignación de sentidos. Se senalaba, así, la dimensión simbólica (constitutiva) de estas políticas, lo que admite considerarlas, a su vez, como procesos de producción de sentido. Si bien aún no se podría afirmar que un lugar como el Espacio para la Memoria constituya actualmente un atractivo turístico "oficial" de la ciudad de Buenos Aires, no existen, por el momento, razones para no creer que vaya de a poco conformándose en tal.

El interés radica, entonces, en analizar algunos de los procesos que intervienen en la institucionalización / oficialización de la memoria social que se cristaliza en políticas de memoria explícitas o implícitas. Para ello, en primer lugar, se retomaron diversas propuestas, algunas de ellas antagónicas entre sí, que permitieron un acercamiento a la problemática de la memoria, a fin de intentar comprender de qué forma ésta puede ser pensada desde el presente, y cuáles serían algunas de las alternativas para su estudio y abordaje teórico-metodológico.

De modo complementario, se sostuvo que la memoria social pertenece al ámbito de lo afectivo, lo emocional, lo disruptivo. Asimismo, se intentó problematizar qué ocurre cuando se la institucionaliza en planes, programas, proyectos, de modo que hasta pareciera advertirse cierto sentido oficial que le ha sido asignado, que se le ha quedado adherido. Sin embargo, ¿es esto acaso posible? ?Podría imaginarse la posibilidad de una memoria única, pulida de conflictos, limada de asperezas, ajena a las luchas de poder por sus múltiples (e infinitos) sentidos?

Desde luego que si se parte de considerar al ámbito de las políticas de memoria como el de la producción de significaciones, entonces se debería, desde luego, responder negativamente el anterior interrogante. Si bien existen "patrones de lectura preferentes" (Hall 1980) que conducen a realizar determinadas elecciones en la asignación de sentidos, no es menos cierto que, como se afirmaba al comienzo, la clausura semiótica nunca se completa, y, por lo tanto, la pugna por la asignación de (variados y hasta antagónicos) significados se mantiene como una constante en todos los fenómenos sociales. Así, la naturaleza disruptiva de la memoria la hace resistir la encapsulación dentro de un sentido único y permanente.

Por qué no pensar que los lugares de memoria devenidos en atracciones turísticas no son más que una de las múltiples formas en que la memoria social puede hacer estallar sus siempre inestables sentidos. Reducir a la actividad turística a un mero hecho mercantil empobrece el análisis, lo vuelve estéril. Si, por el contrario, se comprende que el turismo es también una actividad que remite al universo de lo simbólico, de la resignificación, se puede comenzar a pensar en la posibilidad de construcción de sentidos, en la asignación de significados, en la heterodoxia de lo social. Los lugares de memoria que se construyen como turísticos pueden intervenir en la pugna de sentidos, en múltiples direcciones. Si se toma como ejemplo a la ciudad de Buenos Aires, el propio concepto de lugar de memoria no se restringe, desde luego, al caso del Espacio para la Memoria: resulta lo suficientemente amplio como para poder pensar tanto en fechas (el 16 de junio de 1955 o el 24 de marzo del 1976), consignas ("Nunca Más"), parques públicos (la Plaza de Mayo, el Parque de la Memoria), ex centros clandestinos de detención (el Garage Olimpo, Automotores Orletti) ciertas figuras históricas (Las Madres, Los Desaparecidos).

De hecho, si analizar la relación entre turismo y memoria resulta aquí y ahora pertinente, quizás ello se deba a que esta última se encuentra operando sobre nuestro presente, trae al pasado aquí y ahora para que  sea pensado críticamente. Estos apuntes que se han esbozado hasta el momento hacen posible, en esta instancia, dejar abiertas ciertas líneas de investigación y desarrollo futuro para el abordaje de la relación entre turismo y memoria. Ha habido, seguramente, más interrogantes que lugares firmes donde pisar: en el hallazgo de esta falta de certezas absolutas o verdades incuestionables descansa, acaso, el propósito último del presente trabajo.

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Recibido el 22 de septiembre de 2009
Correcciones recibidas el 19 de octubre de 2009
Aceptado el 25 de octubre de 2009
Arbitrado anónimamente