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Medicina (Buenos Aires)

versión On-line ISSN 1669-9106

Medicina (B. Aires) v.65 n.3 Buenos Aires mayo/jun. 2005

 

Aquiles J. Roncoroni (1923-2005)

      En general estos recordatorios son biografías de exaltación de la personalidad científica y humana apropiadas para un homenaje póstumo en el que el homenajeado, ya sordo, está libre de demostrar su soberbia rechazando el homenaje o de demostrar la arrogancia de creer que lo merece. Tampoco es oportuno narrar una biografía al estilo de las tardías, en las que todo el énfasis está puesto en los defectos de los personajes para demostrar que no merecían admiración o que simplemente eran seres humanos que oscilaban entre las torres de las nobles aspiraciones y el abismo de las obscuras emociones que condicionaban su conducta íntima.
     
Del Dr. Roncoroni sólo trataré de imaginar sus propósitos y describir su lucha, su destino es ahora pasado y la conjunción de propósitos y lucha constituyeron su vida.
     
En un ambiente científico, debiéramos decir reconocer su genoma y observar su adaptación darwiniana.
     
La elección de su nombre marcó su destino. Fue bautizado como Aquiles, personaje antiguo de la mitología griega que debe su celebridad a la Ilíada que no narra la conquista de Troya sino las andanzas de un Aquiles por momentos colérico; nuestro Aquiles no era colérico pero sí severo y sarcástico con sus colegas pero siempre afectuoso con discípulos y pacientes.
     
El destino de Roncoroni debía ser colérico y heroico como su personaje pero sólo fue heroico. No le conocí en su infancia, pero como el personaje mitológico agradecido al centauro Querón, experto en medicina, en algún momento de ella o de su adolescencia decidió elegir la carrera de medicina.
     
Le conocí en el tercer año de la carrera. Mientras yo estaba en una comisión especial del Instituto de Fisiología, Roncoroni, que había sufrido la muerte de su padre y debía ocuparse de los bienes familiares, no tenía tiempo para pertenecer a aquella Comisión Especial aunque le correspondía. Su inquietud sin embargo lo llevó a  intentar ayudar al Dr. Stoppani en su trabajo experimental en el mismo Instituto. Al cabo de varios meses de trabajar sin que el Dr. Stoppani le dijera qué estaban haciendo dejó esta labor. Pero quedó reafirmada su vocación de investigar.Roncoroni demostró en esa época su voluntad de ser reclutado en las fuerzas de la investigación en las que aun permaneció hasta su muerte tras más de 60 años.
      Roncoroni ingresó a la Facultad de Medicina hace casi 65 años cuando en el mundo se enfrentaban la cultura humanística y la cultura científica. En la guerra este enfrentamiento  tenía carácter de tragedia. En la medicina este enfrentamiento se traducía por la necesidad de introducir los principios científicos de las materias básicas en la estructura humanística de las materias clínicas. En nuestro país un pequeño grupo de hombres, Lanari, Taquini, Royer, Pavlovsky y Carrea se empeñaron en el entendimiento de estas dos culturas, y Roncoroni se enroló en este esfuerzo de dar a la clínica las herramientas de la ciencia sin perder las cualidades tradicionales de afecto y respeto que a él lo hicieron tan querible entre sus pacientes y sus discípulos.
     
La Facultad de Medicina, de Ciencias Médicas en esa época, sufrió las mismas convulsiones que agitaban al país entero. El Instituto de Fisiología se desintegró y  el Dr. Roncoroni  comenzó a trabajar en áreas de investigación experimental en un centro de oftalmología y compartíamos nuestra formación médica como practicantes del Hospital de Clínicas.
     
Desde el año 1945 hasta el año 1961 compartimos nuestro trabajo y una estrecha amistad. Separados nuestros caminos desde entonces, seguimos compartiendo los mismos ideales de una universidad que supere su condición de simple concesionaria de información para alcanzar un nivel de productora de conocimientos. También debo confesar que disentimos muchas veces en cómo lograr ese objetivo. Disenso que para mí ha sido muy enriquecedor e inolvidable.
      Roncoroni, estudiante, se graduó con medalla de oro y cuando terminó su practicantado en el Hospital de Clínicas fue a trabajar al Instituto Modelo del Hospital Rawson como jefe de patología funcional. Lo atraía el laboratorio, el Dr. Stoppani no había conseguido disuadirlo con su silencio. Su amor al laboratorio ha trascendido su vida científica hasta alcanzar su vida íntima pues contrajo matrimonio con la Dra. Elvira Roehr que era la jefa de su laboratorio.
     
En 1950 el Dr. Roncoroni hace el curso de tisiología en el Hospital Muñiz y allí conoce al Dr. Alfredo Lanari y un día que aún está vívido en mi memoria vuelve alborozado a un consultorio que compartíamos y me dice que ha encontrado lo que tanto buscábamos, alguien que nos dirigiera en los trabajos experimentales. Fuimos a ver al Dr. Lanari a los pocos días para pedirle que nos dejara trabajar en su laboratorio. Le expusimos el objetivo de nuestro trabajo, aclarar qué era lo que desencadenaba las manifestaciones de la insuficiencia cardíaca. El backward failure que era la interpretación tradicional, o el forward failure que asomaba como moda. Teníamos que aprender muchas técnicas y de eso se encargaría el Dr. Alfredo Patalano para las pruebas de función renal y la técnica del laboratorio de gases. Mientras tanto, trabajábamos con el Dr. Lanari en un proyecto de embolia pulmonar experimental. Nos convertimos así en los ratones del Hospital Muñiz. Por su miopía, el Dr. Roncoroni se ganó el apodo de “ratón ciego”.
     
En 1950 el Profesor José W. Tobías lo nombra Jefe de Fisiopatología del Instituto Modelo de Clínica Médica del Hospital Rawson en el que completa su formación en técnicas de laboratorio, repartiendo su tarea entre el Instituto Modelo por la mañana y el Laboratorio Experimental del Hospital Muñiz por la tarde.
     
En 1952 Roncoroni viajó a Estados Unidos para trabajar en el laboratorio de Comroe en Filadelfia. La Universidad de Pennsylvania era muy prestigiosa y el laboratorio de Comroe era seguramente el más importante de fisiología respiratoria en el mundo. El núcleo de investigadores tenía una formación básica en matemáticas y física que le permitía manejar con solvencia los modelos físicos de la mecánica  de la ventilación y los fisicoquímicos del intercambio gaseoso. Ya de regreso a la Argentina, en 1953 se incorporó al Centro de Investigaciones Cardiológicas del Dr. Taquini para aplicar los conocimientos adquiridos en el laboratorio de Comroe. El servicio del Dr. Taquini era entonces casi el único refugio científico de la Facultad de Medicina de Buenos Aires y allí el Dr. Roncoroni siguió su tarea incansable de investigador en el campo de la fisiología respiratoria.
     
Tras la revolución Libertadora en 1955 sumó sus esfuerzos para la recuperación científica de la Facultad de Medicina de Buenos Aires pero pronto el azote de la epidemia de poliomielitis con la tragedia de la afectación respiratoria de esa enfermedad exigió conocimientos de fisiología respiratoria que nadie poseía en el nivel del Dr. Roncoroni. Vinieron al país especialistas en asistencia respiratoria de todo el mundo y el Dr. Roncoroni se convirtió en su interlocutor más válido. Pasó la epidemia, pero su secuela de un alto número de pacientes con incapacidad respiratoria residual determinó la creación de un centro de rehabilitación respiratoria que se ubicó en el Instituto María Ferrer y afortunadamente se designó como director al Dr. Roncoroni.
     
El Centro de Rehabilitación Respiratoria se convirtió en un centro de excelencia donde ciencia, afecto y solidaridad alcanzaban excelsa conjunción. Debe reconocerse que en todo el mundo la poliomielitis movilizaba enormes recursos económicos solidarios; el Ferrer también los obtuvo merecidamente y el Dr. Roncoroni supo manejar estos recursos con sabiduría y prudencia.
     
Los años de los gobiernos de Aramburu y de Frondizi, esos mismos años de creación del Conicet bajo la dirección de Houssay fueron años gloriosos para el Ferrer. La labor de Roncoroni como administrador, organizador, investigador y cuidado de pacientes era incansable, fructífera y ejemplar. Nacía con él la especialidad de cuidados intensivos, que hoy se conoce como terapia intensiva, se valorizaba la trascendencia del control de la respiración durante las anestesias y los anestesistas concurrían al Ferrer a aprender las técnicas más perfeccionadas. El Ferrer bajo la dirección del Dr. Roncoroni se convirtió en el sitio obligado para referencia de los pacientes con tétanos, crisis paralíticas en la miastenia grave o con síndromes de Guillain Barré que fallecían en otros hospitales por falta de una asistencia respiratoria adecuada.
     
Habría que sumar a esto hacer posible cirugía torácica en pacientes con reservas respiratorias limitadas, y el tratamiento más apropiado de la insuficiencia cardíaca secundaria a enfermedades pulmonares.
     
En nuestro país la terapia intensiva nació en el Ferrer y cuando se creó la Sociedad de Terapia Intensiva el Dr. Roncoroni, merecidamente fue su primer presidente.
     
En 1958 viajó a Francia como becario del Comité de Cooperación Técnica del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia para trabajar en el Laboratorio del Dr. Jean Jacques Pocidalo en el Hospital Claude Bernard de París completando su formación en fisiología respiratoria y en la utilización de los distintos aparatos de ventilación mecánica.
     
En 1966 fue elegido Presidente de la Sociedad Argentina de Investigación Clínica.
     
Jubilado el Dr. Lanari en el Instituto de Investigaciones Médicas, el Dr. Roncoroni ganó por concurso la dirección del mismo y la cátedra de Medicina que allí funcionaba. Creo que Roncoroni suponía que sería más fácil entenderse con los decanos de la Facultad que con ministros y secretarios del ministerio. Quizás le fue peor.
     
En los últimos años, nuevamente un enfrentamiento de dos culturas. La cultura científico-humanística enfrenta a la cultura de la renta o de la codicia. Roncoroni ha sentido profundamente este enfrentamiento, ha visto peligrar el matrimonio de la ciencia con el humanismo por la seducción o la violación de la ciencia por parte de la codicia. Quienes han sido actores, no sólo testigos, de ese enorme logro de entendimiento entre la ciencia y el humanismo, no pueden dejar de expresar su dolor ante la situación actual.
     
El abandono del hospital público y mayor abandono aún del hospital público universitario conmovió los sentimientos de solidaridad y excelencia que guiaban su vocación y su gestión. Las manifestaciones públicas del Dr. Roncoroni se convirtieron en verdaderos gritos de dolor ante la desidia, la ignorancia o la incompetencia de las autoridades que han manejado la universidad y la salud pública.
     
Creo que el Dr. Roncoroni ha creado incomodidad en muchos sectores, pero también creo que casi todos nosotros provocaríamos la misma o mayor incomodidad si tuviéramos el coraje de decir siempre lo que pensamos.
     
El Dr. Roncoroni representó una cabal personalidad universitaria: asistencial, como referente de enfermedades pulmonares complejas, docente en su cátedra y en todas las sociedades que se honraron con su presencia en congresos científicos en todo el país y en el extranjero, como investigador con una producción científica publicada y premiada y con formación de discípulos destacados en el país y en el extranjero y como humanista en sus artículos y cartas de lectores en La Nación referidos a la situación universitarias, al hospital público y al problema de las drogas adictivas.
     
Todos recordaremos a Roncoroni como un luchador incansable con un espíritu juvenil que lo hacía ser hasta imprudente en la lucha por causas justas. Con Roncoroni se podía disentir en los métodos de solución de los problemas pero no podía dejar de reconocerse que sus causas eran justas y trascendentes. Lo extrañaremos.

Alberto Agrest

e-mail: aagrest@arnet.com.ar