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Medicina (Buenos Aires)

versión On-line ISSN 1669-9106

Medicina (B. Aires) v.65 n.3 Buenos Aires mayo/jun. 2005

 

Enfermedad y contagio en la Grecia clásica

      Hipócrates, que vivió en la segunda mitad del siglo V a.C., fue un racionalista y su obra aparece como una ruptura con la tradición de la medicina sacerdotal de los asclepíades. Fue también un observador minucioso y objetivo del hombre enfermo y es considerado como el padre de la medicina1. ¿Cómo no advirtió el contagio de persona a persona?. Era inevitable que la mirada ingenua y la descripción honesta de síntomas y signos y la dieta y otros escasos recursos terapéuticos representaran un enfoque empirista (del griego enpeiro, en prueba) pero la síntesis de dato y razón no siempre se acopla bien. Y aunque quizá haya sido el primer empirista de la historia de la medicina, el concepto naturalista y secular del hombre enfermo debió confrontar la idea racionalista de que  la salud es el resultado del equilibrio de los humores –sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra– y que la alteración de ese equilibrio produce enfermedad. La noción de humor está emparentada con la noción de los elementos del mundo del siciliano Empédocles de Agrigento: fuego, tierra, agua y aire, de cuya mezcla y proporción se constituyen y explican todas las cosas. En la idea de enfermedad era fundamental la causa endógena, aunque los traumas de la violencia, la alimentación, el clima y el territorio podían influir indirectamente en el equilibrio de los humores y la salud. El contagio de persona a persona no tenía lugar en este esquema racional2. El racionalismo seguiría su camino tortuoso y el empirismo se limitaría a una interesante descripción de síntomas.
     
Además, la enfermedad prevalente que tuvieron que tratar los médicos griegos fue el paludismo que era endémico en Grecia y en el que no existe trasmisión de persona a persona (contagio significa contacto en latín).
     
No crea el lector que el racionalismo apareció con Hipócrates; fue creado por un grupo de filósofos jonios y su historia comienza con Tales, Anaximandro y Anaxímenes que intentaron explicar la esencia del mundo como agua, el indefinible apeiron o el aire. Se los llama fisiólogos –estudiosos de la naturaleza– aunque les cabría mejor el nombre de cosmólogos3.
     
Pero no fue Hipócrates el primero en aplicar el racionalismo a la medicina sino Alcmeón de Crotona que vivió casi un siglo antes y era presuntamente pitagórico4. Alcmeón también concibió una visión naturalista y secular de la enfermedad. Definió a la salud como isonomía, equilibrio de las fuerzas, dynamys, del cuerpo, fuerzas que identificaba en las cualidades opuestas de lo frío y lo cálido, de lo húmedo y lo seco, de lo dulce y lo amargo, mientras que la enfermedad era una monarchia o predominio de alguna de esas cualidades sobre las demás. Existe un evidente paralelismo con la teoría humoral de los hipocráticos.
     
Otra particularidad de Alcmeón era su dualismo, la concepción del hombre como cuerpo y alma, tomada más tarde por Platón en el Fedón5:
     
“El alma es inmortal y posee esta cualidad, lo mismo que los cuerpos celestes, por estar siempre en movimiento circular. Y ciertamente, los cuerpos celestes son inmortales y eternos porque describen un movimiento circular continuo.
     
“Los hombres, sin embargo, son mortales porque son incapaces de juntar el principio con el fin. En ellos existe un alma que les permite realizar el movimiento del cuerpo pero no ejecutar un movimiento circular continuo”.
     
No se sabe si Alcmeón practicó la medicina. Fue el primero en identificar al cerebro como asiento de la inteligencia y el pensamiento y en distinguir entre el entendimiento y la percepción. Creía que los órganos de los sentidos estaban conectados al cerebro por conductos y descubrió, extrayendo el ojo de un animal, el nervio óptico. Distinguió las venas de las arterias y discutió ampliamente temas como el sueño, la muerte y el desarrollo embrionario. Esto significa que, a diferencia de Hipócrates, Alcmeón hizo experimentos. Conocemos estos aspectos de su actividad por los textos de Aristóteles, Platón y Filolao, que recogieron varios fragmentos de su libro Peri physios, considerado el primer libro de medicina, lamentablemente perdido6.
     
La síntesis de la concepción pitagórica de las cualidades opuestas de las cosas con la idea de los elementos de Empédocles dio lugar a la concepción humoral de los hipocráticos. Este naturalismo racionalista fue una clara superación de la medicina mágico-religiosa. Mas del racionalismo a la ciencia hay un único y difícil escalón, la verificación empírica y observacional o experimental, de las proposiciones racionales, que establece la validez de lo que se afirma o su falsedad. Se necesitó un par de milenios para alcanzar esta concepción epistemológica, que se llamó empiriocriticismo en el siglo XIX y formó parte del positivismo, y que después de Popper se suele denominar método hipotético-deductivo7.
     
Tanto Hipócrates como antes Alcmeón debieron concluir que la enfermedad no era castigo divino, perfidia de un daimón o malicia de un hechicero8. La pregunta se repite ¿cómo no se observó el contagio?
     
Hipócrates sí observó y describió síntomas de enfermos en los que hoy se reconocen una laringitis, quizá difteria, catarros, neumonía, pleuresía, diversas fiebres: continua, intermitente cuartana y terciana, mal de costado –apendicitis o colecistitis– disentería, tisis, apoplejía, tétanos... Pero no creía que existieran enfermedades sino enfermos. ¿cómo explicaba las pestilencias o epidemias?: Un número considerable de personas enfermas en una región definida y la enfermedad que se reproduce en nuevos sujetos durante cierto tiempo....
     
En Epidemias y en Aires, aguas y lugares Hipócrates recurrió al concepto de miasmas. La medicina antigua o prehipocrática consideraba los miasmas, en griego mancha, como pecado o culpa contra los dioses que imponían la enfermedad-castigo. La medicina hipocrática hizo de los miasmas el producto indeseable y nocivo que surge de las entrañas de la tierra como emanación del suelo, o causada por la descomposición y putrefacción de restos vegetales, animales y hombres muertos, hálito cargado de hedor patógeno que se expande por el aire9. Hipócrates reconoció que para que un gran número de personas fuera afectado por el mismo mal, la causa debe ser algo común a todos los afectados y ¿qué cosa hay más común y compartida que el aire que se respira?. Pues el aire transportaba los miasmas, la impureza o contaminación que causa el desequilibrio de los humores, es decir, la enfermedad. Parece perfectamente racional10.
     
Sorano, del siglo II, autor de una biografía de Hipócrates que estudiosos posteriores desechan por considerarla una hagiografía, dice que Hipócrates libró a Atenas de la peste haciendo encender fogatas, lo que parecería coherente con la idea de los malos aires. Obviamente Sorano se informó mal y no leyó Las guerras del Peloponeso de Tucídides11. Lo que nos inclina a narrar algunos presuntos episodios de la supuesta Vida de Hipócrates. Cuenta Sorano que hallándose Hipócrates en Macedonia adonde había sido llamado por el rey porque el príncipe Pérdicas padecía de tisis, corrigió el diagnóstico por el de mal de amor, pues el príncipe se había enamorado de la bella amante de su padre. La historia tuvo un final casi feliz –aunque cruel– porque el que murió fue el viejo rey y Pérdicas recobró la salud junto con la amante de su padre. Hallándose en Macedonia Hipócrates recibió una embajada de Iliria, aproximadamente la actual Albania, que le rogaba acompañarlos a su tierra para tratar una pestilencia. Después de inquirir acerca del clima y de los vientos, Hipócrates se negó a viajar porque Iliria era un país bárbaro –tan bárbaro y semigriego como Macedonia donde se encontraba– y arguyó que se debía a sus discípulos y a su patria (Hipócrates era natural de Cos, ciudad jónica en una isla junto al Asia Menor de donde había huido acusado de incendiar los archivos en los que se guardaban escritos médicos de Cnido, una escuela médica rival; un sueño profético le ordenó irse a vivir a Tesalia, (¿cuál era la patria griega de algunos griegos?). La misma historia se cuenta acerca de una delegación enviada a Macedonia por Artajerjes, Rey de Reyes de los persas, que le enviaba presentes y el mismo requerimiento de asistir a los persas de otra epidemia. Artajejes le prometía honores y riquezas. Pero después de informarse de los vientos, los persas recibieron la misma respuesta que los ilirios, amén de que Persia había librado recientemente una guerra con los griegos.
     
Es obvio que Hipócrates no previno la peste de Atenas y que con su compañía itinerante de discípulos y parientes nunca se alejó demasiado de Tesalia. Cierto es también que los conceptos de la patología humoral no admitían el contagio de persona a persona, salvo por el aire y los miasmas. Pero ¿por qué arriesgarse? Hipócrates parece haber estado siempre lejos de las pestilencias que enfermaban a multitudes12.
     
Hipócrates no evitó la Peste de Atenas y Tucídides relata minuciosamente lo que allí había acontecido en el segundo libro de Las Guerras del Peloponeso. Tucídides13 había nacido en la época de la 80° Olimpíada en Atenas, alrededor del año 460 a.C. y, por lo tanto, tenía la misma edad que Hipócrates. De estirpe patricia, descendía de la familia reinante en Tracia; su padre, Olorus, llevaba el nombre de algunos de los reyes tracios. Había sido, dice Hobbes, discípulo de Sócrates y Pericles y estaba emparentado con Milcíades y Cimón. No era médico y por lo tanto, según algunos no daba el justo valor a los términos técnicos de la medicina (Galeno lo llama lego, idiotais), y en su relato, aunque parece imparcial, se abstiene de mencionar ciertos hechos como la relación de Pericles con la hetaira Aspacia, el juicio a Aspacia por impiedad y el haberla defendido ante el tribunal; tampoco menciona la muerte de los dos hijos de su legítima mujer ni la propia muerte de Pericles en el segundo brote epidémico. Ninguna de estas omisiones le restan credibilidad; Tucídides era un historiador extraordinario, claro y simple, y un soldado que se mantuvo fiel a Atenas en todas las vicisitudes de su vida. Contrajo la enfermedad y se recuperó.
     
La Guerra del Peloponeso comenzó en el 431 y duró hasta el 404 a.C.; Pericles fue testigo de sus comienzos; en el 424 llegó a general. Los bandos eran la liga Delia y la liga del Peloponeso, y los contrincantes principales Atenas y Esparta, aunque Corinto, aliada de Esparta, pareció al principio encabezar las acciones contra Atenas. Pericles había establecido la estrategia ateniense, que pareció prevalecer el primer año de la guerra.
     
En el año 430 Atenas fue sitiada y la población entera del Atica quedó confinada dentro del recinto de la ciudad amurallada; y estalló la peste. No es mi intención detallar el llamado síndrome de Tucídides ni discutir los posibles diagnósticos de la enfermedad, que son numerosos y van de la peste neumónica al Ebola redivivo en el lejano pasado. Se han discutido en Reuniones Clínico-Patológicas del Centro Médico de la Universidad de Duke, se han escrito innumerables trabajos y se ha dicho que más tinta fue vertida tratando de diagnosticar la enfermedad que sangre en la misma guerra14.
     
Los candidatos más propuestos, fuera de la mayormente descartada peste, fueron sarampión, tifus, ergotismo e influenza complicada con síndrome de shock tóxico. Prefiero utilizar las mismas palabras de Tucídides para responder a la pregunta de Charles Lichtenthaeler formulada en 1: Generius, 1962; 19:83-8: “¿Creía Tucídides en el contagio de la “peste” de Atenas?”15.
     
“...[No] guardamos el recuerdo de una epidemia más violenta y mortal que ésta. Los médicos trataban por primera vez una enfermedad que desconocían, y eran impotentes. Era entre ellos que la mortalidad era más elevada (47)... Les dejo a otros, médicos o profanos, la tarea de proponer una explicación valedera de los orígenes del mal y de las causas capaces de provocar tales perturbaciones en el organismo (47)... Cuando presas del miedo la gente rehusaba acercarse unos a otros, incluso a sus familiares... los enfermos parecían abandonados de todos (51)... Pero los que nos mostrábamos más compasivos con los desdichados moribundos o sufrientes, éramos los mismos que habíamos logrado sobrevivir a la prueba de la enfermedad, pues sabiendo por experiencia de lo que se trataba, nos sentíamos en adelante al abrigo del peligro. En efecto, el mal no golpeaba dos veces al mismo hombre, o al menos, la recaída no era mortal. Así los recuperados recibíamos las congratulaciones de los otros, y la alegría era tan grande en ese momento y tan expresiva, que llegábamos a creer, como en un ensueño, que no sucumbiríamos jamás a otra enfermedad (51)”16.
     
No sólo se describe el contagio (trasmisión de la enfermedad por contacto) sino también la inmunidad que adquirían los que se recuperaban. ¿Creía Tucídides en el contagio...? Seguramente. La enfermedad afectó a los sitiados y a ninguno de los sitiadores. La cuarta parte de la población de Atenas sucumbió.
     
En el 424 a.C. los beocios dirigidos por el general espartano Brasidas derrotaron en la batalla de Delión al general ateniense Tucídides. Brasidas capturó la ciudad de Anfípolis y Tucídides fue desterrado de Atenas; Cleón parece haber sido el gestor del destierro porque temía que la popularidad de Tucídides le arrebatara el gobierno de la agobiada Atenas. (Cleón y Brasidas murieron dos años después en la batalla por reconquistar Anfípolis). Tucídides se estableció en Tracia donde la familia tenía posesiones y la participación en las minas de oro.
     
Habría comenzado a escribir su Historia en el año 431 a.C.; había sido un testigo presencial o mantenía relaciones estrechas con muchos de los protagonistas. Estuvo desterrado 20 años y regresó a Atenas en el 405, después de la capitulación ante los espartanos. Murió en el año 401 dejando el libro inconcluso; éste se publicó en el 395 a.C. Tucídides no tenía prejuicios racionalistas, describía lo que veía y creía en el derecho del más fuerte y del más hábil17.
     
¿Persistió en la medicina la idea ateniense del contagio? Eso es otra historia.

Samuel Finkielman
director@lanari.fmed.uba.ar

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