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Medicina (Buenos Aires)

versión On-line ISSN 1669-9106

Medicina (B. Aires) v.66 n.6 Buenos Aires nov./dic. 2006

 

La lectura

La lectura nace de un particular instinto del hombre, el instinto del lenguaje: la habilidad de comunicarse con precisión entre los miembros de la especie. El lenguaje es un instinto, una habilidad innata, natural1. No se aprende a hablar. Se adquiere, se aprende o se crea, un idioma. "No se puede aprender sin la capacidad innata de aprender. Lo innato no puede expresarse sin la experiencia"2. Al lenguaje hablado siguió la escritura, signos que permiten conservar y trasmitir las ideas, y con la escritura la interpretación de esos signos: la lectura. La escritura y la lectura se aprenden. También se pueden leer e interpretar otros signos: la naturaleza y sus variaciones temporales, la posición de los astros, la conducta o las huellas de los animales, la expresión de las emociones, etc.3.

Pero entre los que aprenden a leer hay unos que leen más que otros. En los extremos hay lectores voraces y omnívoros y hay lectores inapetentes, ocasionales, urgidos por la necesidad. ¿En qué radica la diferencia? ¿Por qué consideramos una especie de virtud a la lectura? ¿Por qué pensamos que el exceso es dañino?¿Por qué algunos califican a la lectura como un vicio impune? ¿Por qué se dice que leímos más que vivimos, o que leyeron más que vivieron? ¿Por qué esta contradicción entre leer y vivir?
Tal vez los lectores voraces y omnívoros son curiosos insaciables y los lectores ocasionales sólo utilitarios. Tal vez la lectura, la mera información, es exceso dañino y vicio impune si no se transforma en conocimiento y el conocimiento en acción. La lectura y la vida no se excluyen, leyendo sobre las ajenas agrandamos las nuestras. La lectura es parte de nuestra vida. La naturaleza nos provee de curiosidad, en distintas dosis según los individuos, hay exagerados que sostienen que algunos tienen el gen de la novedad. La curiosidad nos hace leer los signos de la naturaleza, las conductas de hombres y otros animales y también, lo escrito.
Appleyard, un pedagogo jesuita, sostiene que los lectores juegan distintos papeles en la lectura de acuerdo a la etapa de la vida en que se encuentren, se refiere específicamente a la literatura de ficción. En la edad pre-escolar la lectura es un juego, escuchamos los cuentos que nos leen. En la edad escolar la lectura, activa ya, nos transforma, siquiera momentáneamente, en héroes o heroínas, nos interesan las aventuras y la información. En la adolescencia somos pensadores que buscamos el significado de la vida, valores, imágenes ideales, modelos. Nos interesan las novelas, nos comprometemos o identificamos con sus personajes, juzgamos la verdad de sus ideas y sus maneras de vivir. Cuando adultos somos críticos y más que los hechos nos importa la interpretación de los hechos. Finalmente terminamos siendo lectores pragmáticos; la lectura es un escape, sirve para juzgar la verdad de nuestra experiencia, es un desafío a nuevas experiencias vicarias, nos reconfortamos con imágenes de sabiduría, con registros de experiencias humanas4. Agregamos, de lectores de novelas o ficciones pasamos gradualmente a ser lectores de historia, biografías, ensayos, filosofía, y, como todos los lectores somos escritores en potencia, prestamos atención a la retórica, al estilo.
¿Para qué leer? La lectura rinde tantos beneficios como la curiosidad y la observación. La lectura multiplica la experiencia propia con la experiencia ajena. Vemos más cuando más sabemos, percibimos detalles que antes pasamos por alto, percibimos similitudes y diferencias. Los árboles dejan de ser pinos y "los otros", los yuyos dejan de ser "los yuyos", ganamos el placer del reconocimiento. Bertrand Russell en su ensayo titulado "Useless" knowledge sostiene que aprender curiosidades hace menos desagradables a las cosas desagradables y más agradables las agradables. Desde que supo la historia del durazno y la etimología de la palabra apricot (damasco para nosotros), los duraznos y los damascos le parecieron más dulces5.
La lectura establece una relación; haber leído el mismo libro es una grata complicidad. También es un fiel medidor del paso del tiempo: un mismo libro releído después de años parece otro, el lector es otro, el libro es el mismo.
¿Es la lectura el vicio impune? No tan impune, tiene sus castigos. A propósito de nuestras preguntas vienen las observaciones que hizo Antonio Carrizo, locutor, periodista, entrevistador de la radio y la televisión y voraz lector, en un diálogo televisado del mes de julio de 2006. Señaló Carrizo –la cita es de memoria– vicios favorecidos por la lectura: el autismo, porque aísla al lector del medio y de las personas y se recluye en el libro; la petulancia, porque el lector cree saber mucho; la humillación, del lector, y los demás, porque otro lo ha hecho y escrito antes, y bien. La humillación genera apatía y nihilismo ¿para qué hacer si ya todo está hecho y escrito? Finalmente, la lectura no da sabiduría, algunos pueden tenerla sin haber leído nunca.
No insistiremos sobre la importancia que tiene la literatura médica o técnica para los médicos, es obvia. Sin embargo, hay que leer algo más que literatura profesional.
Cuando los médicos caemos al bando de los enfermos aprendemos lo que es una mala relación cuando los médicos no nos escuchan, no entienden lo que nos pasa y rápidamente indican análisis, tomografías, o alguna otra técnica diagnóstica, a veces inadecuadas y caras, para respuestas que pudieran haberse obtenido en el interrogatorio. El interrogatorio es primordial en el diagnóstico, y la oportunidad para establecer una buena relación entre el médico y el paciente. Recordamos una historia clínica que comenzaba diciendo: " No se efectúa el interrogatorio porque el enfermo es analfabeto". Parece una caricatura, pero no lo es. Para remediar estos males sirve la literatura no médica. Nuestro mundo cotidiano es muy reducido, leyendo multiplicamos el conocimiento de los otros, nos enteramos de cómo piensan, se expresan y actúan quienes no son como nosotros o cómo pensaron y actuaron quienes no están más con nosotros. En muchas escuelas de medicina la literatura es una materia del currículo, añadir otra tal vez no sea la solución. En todas las materias: anatomía, biología celular, patología o medicina interna se puede introducir literatura, historia, geografía, y poesía. Los docentes pueden explorar y cultivar ese terreno.
Cuando los médicos deben trasmitir lo que han visto, han hecho, piensan o aprendieron, necesitan escribir. Desde el resumen de una historia clínica a un artículo para una revista. Desde estudiantes debemos aprender a escribir, porque se exige nuestra expresión por escrito, y para aprender a escribir nada mejor que leer, y leer verdadera literatura6.
¿Qué leer? Lo que nos guste, no importa el género, importa variar. El periódico, bien; sólo el periódico, no. Ciencia-ficción, bien; siempre ciencia-ficción, no. El New England Journal of Medicine, sí; sólo esa revista, no. Up to Date sí; sólo Up to Date, no. Educar el gusto, contrastar, comparar y criticar. Transformar la información en conocimiento y el conocimiento en acción. No leer por obligación, excepto cuando se debe, y tratar de conciliar el deber con el placer.
¿Cómo y dónde? No importa el soporte. No se contraponen la pantalla de la computadora (o de la palm o del e-book) y el papel del libro o la revista. Tampoco la privacidad y la biblioteca pública. Importa la lectura y, mucho más, la reflexión, la crítica y la acción que sigue a la lectura. No confundamos información con conocimiento7, 8.
Para terminar repetimos unas estrofas de un soneto de Quevedo (Musa II, 109)9 y una frase. Aquí van las estrofas del soneto:

Retirado en la paz de estos desiertos,
Con pocos, pero doctos, libros juntos,
Vivo en conversación con los difuntos
Y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
O enmiendan o secundan mis asuntos,
Y en músicos callados contrapuntos
Al sueño de la vida hablan despiertos.

Una frase sintetiza todo lo dicho: "Leemos para saber que no estamos solos"10.

Juan Antonio Barcat

E-mail: jabarcat@yahoo.com.ar

1. Pinker S. The language instinct. New York: Morrow, 1994. (Hay traducción castellana, Alianza)
2. Ridley M. Nature via nurture. Genes, experience, and what makes us human. New York: Harper Collins, 2003. Epilogue: Homo stramineus: The straw man. p 277-80. (Hay traducción castellana: Qué nos hace humanos, Taurus).
3. Manguel A. A history of reading. London: Flamingo, 1997. (Hay traducción castellana, Emecé).
4. Appleyard JA (SJ). Becoming a reader. The experience of fiction from childhood to adulthood (1991). Cambridge: Cambridge UP, 1994.
5. Russell B. "Useless" knowledge. In: Let the people think. A selection of essays. London: Watts & Co., 1941. p 80-91.
6. Day RA. Como escribir y publicar trabajos científicos, 2da. Edición española. Washington DC: OPS/OMS. Publicación Científica N° 558, 1996. Capítulo 30 (Resumen Personalizado), p175-7. (Traducción de Miguel Sáenz de How to Write & Publish a Scientific Paper, 4th edition. Phoenix, AZ: The Oryx Press, 1994).
7. Millán JA. La lectura y la sociedad del conocimiento. En: http://jamillan.com/lecsoco.htm; consultado el 25-5-06.
8. Bunge M. Información + evaluación = conocimiento. Pliegos de Yuste 2003; N° 1. En: http://www.fundacion yuste.org/acciones/pliegos/contenidos.asp?id=23; consultado el 25-5-06.
9. Quevedo y Villegas F de. Tomado de Borges JL. Francisco de Quevedo. Prosa y verso. Prólogos. Buenos  Aires: Torres Agüero, 1975. p 123.
10. Nicholson, William (Play and screen play): "We read to know we are not alone". Richard Attenborough. Shadow-lands (1993), (La tierra de sombras). Film biográfico sobre C.S. Lewis.

Sitios de interés para médicos interesados:
a) THE LITERATURE & MEDICINE GROUP. En: http://www.uhmc.sunysb.edu/prevmed/mns/faculty/cfb/litmed/; consultado el 16-9-06.
b) Panace@. En: http://www.medtrad.org/panacea.htm; consultado el 16-9-06.