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Medicina (Buenos Aires)

versión impresa ISSN 0025-7680

Medicina (B. Aires) vol.70 no.6 Ciudad Autónoma de Buenos Aires nov./dic. 2010

 

EDITORIAL

Recordando a Alfredo Lanari1

1A propósito del centenario del nacimiento de Alfredo Lanari, recordatorio leído en la Academia Nacional de Medicina el 19 de octubre de 2010.

Este es un recordatorio, lo que nosotros recordamos y lo que deseamos que se recuerde en el ámbito médico. Quizás sea un recordatorio muy personal.
¿Qué decir de quien fuera para mí un característico modelo a imitar? Lanari fue modelo imitable para todos los que le conocimos como discípulos y como amigos, en la medicina, en el deporte o en los diálogos sobre literatura o sobre filosofía. Lo que él sabía de medicina queríamos saberlo, la pasión por saber queríamos compartirla, los idiomas que hablaba queríamos hablar, admirábamos su saber y su hacer. Se trataba de un universitario cabal en sus inquietudes, en sus conocimientos, en sus discursos y en sus realizaciones.
Lanari fue en la década del 40 lo que comenzaba a exigirse de los investigadores médicos: ser hombres del mundo, en formación y en producción científica.
Lanari era un hombre de las eras de asombro, la asombrosa era de la pasión por saber de la antigua Grecia, de la pasión por la cultura del Renacimiento, de la pasión por la naturaleza del romanticismo, de la pasión por la verdad de la era científica y por la solidaridad que debió ser de siempre. Afortunadamente no se sumó a esta abstrusa era de la figuración y de la codicia, ambas tan seductoras como despreciables. Un verdadero ejemplo a seguir.
Nacido en Mar del Plata, criado en Buenos Aires, enamorado de Villa La Angostura y de Corrientes, graduado de médico en Buenos Aires y perfeccionado en Boston como Research Fellow del Servicio de Fisiología de Cannon, en Munich como Médico Asistente del Servicio del Profesor Schittenhelm, trabajando en Denver, Colorado, como Jefe de Fisiopatología Cardiopulmonar, y en Guayaquil, Ecuador, como Asesor de la WHO (OMS) en fisiopatología cardiopulmonar.
En cada lugar dejó rastros de su personalidad con anécdotas que hacían la delicia de los que lo escuchábamos. En cada lugar hizo amigos de toda la vida, Luco de Chile y Rosemblueth de México, Braun Menéndez, Leloir, Orías, Fasciolo, Lewis, Caeiro, Pavlovsky, Taquini, y muchos otros en nuestro país.
Lanari recibió el premio Luis Güemes por su trabajo sobre miotonías en 1942 y el Premio Ovidio Bolo sobre homo y auto injertos de pulmón en perros y el Premio Bunge Born en 1971 y los Premios Konex, en 1983 el de Platino y en 1993 el de Honor.
De la vida no médica de Lanari cabe recordar sus logros como deportista: campeón de golf en Mar del Plata, rugbier seleccionado para jugar en Inglaterra con el equipo de CUBA, excelente esquiador y un nadador incansable en las aguas frías del Nahuel Huapi que le valió el apodo de “cetáceo”.
De su vida médica cabría considerar dos períodos, uno antes del Instituto de Investigaciones Médicas y otro ya en éste como Director y Profesor Full Time y como Investigador Superior del CONICET.
Antes fue en el Instituto de Fisiología de Houssay con Orías, antes fue en la Cátedra de Mariano Castex con Del Castillo, con Battro, con Braun Menéndez, con Leloir y con Alfredo Pavlovsky, antes fue en la Universidad de Munich y en el Instituto de Fisiología de Cannon en la Universidad de Harvard con Rosenblueth y Luco, antes fue también en la Cátedra de Tisiología del Hospital Muñiz con Raúl Vaccarezza y con Oscar C. Croxatto y Alfredo Patalano, antes fue Guayaquil y la Universidad de Colorado en Denver.
Después fue, ya Profesor Full Time de Clínica Médica, el primer Profesor Full Time de una materia clínica en nuestro país y finalmente fue Director del Instituto de Investigaciones Médicas e Investigador Superior del CONICET.
Lanari había demostrado sus dotes de investigador y sus dotes docentes, sus inquietudes asistenciales y sus inquietudes universitarias, era el momento de mancomunar una asistencia médica y una investigación clínica de excelencia. Esto no lo podía hacer solo, pero su personalidad humana y científica lo convirtieron en un attractor, un foco de atracción en el caos de nuestra universidad, como lo habían sido Houssay, Braun Menéndez y Leloir.

Investigadores clínicos dispersos por esa diáspora científica que provocó el peronismo volvían para encontrar en el Instituto un refugio creativo. Lanari ofrecía dos alternativas claras: hacer el esfuerzo de ser el mejor en su tema o hacer el doble de ese esfuerzo. La exigencia de Lanari era el esfuerzo, consigo mismo y con los demás, siempre ese desafío de ser mejor. Ese era el Plan A y el Plan B. Quizás era para él más importante el esfuerzo que el resultado, los resultados eran demasiado dependientes del azar; quizás por eso releía tantas veces Guerra y Paz de Tolstoy, novela ejemplar del azar dominando el curso de la historia.
Lanari embarcó al Instituto en una suerte de misión a cumplir, ofrecer la mejor y más actualizada asistencia, realizar investigación que pudiera publicarse en las mejores revistas médicas del mundo y enseñar lo que sabíamos con información exhaustiva y experiencia personal. Un servicio de patología riguroso y una biblioteca bien provista y accesible se convirtieron en un control permanente de nuestros resultados y de nuestras opiniones. Los ateneos y las reuniones científicas en la Sociedad Argentina de Investigación Clínica (SAIC) se convertían en verdaderos juicios públicos en busca de la verdad. Duelos en los Ateneos, temor que se desnudara nuestra ignorancia en la SAIC.
Cuando los recursos económicos comenzaron a hacerse escasos el refugio fue la docencia con la “Escuelita” ¿Porqué no enseñar anatomía con los cirujanos y especialistas en imágenes, histología y patología con nuestros patólogos, fisiología y farmacología con nuestros especialistas? Y así se hizo, el resultado fue un éxito y como es característico de nuestro país, por ser un éxito y ser mejor, el Decano resolvió interrumpir la experiencia. Otra vez el peronismo y las fuerzas armadas que compartían su matriz autoritaria y el desprecio por los límites éticos consiguieron sumergir al país en la mediocridad y el resentimiento.
Lanari se jubiló como Profesor, era su obligación hacerlo por edad y se jubiló también como Director del Instituto lo cual no estaba obligado a hacer. Esto ocurrió sólo un par de días antes del golpe de estado de marzo del 76. Las razones fueron su hartazgo con el peronismo. Las consecuencias fueron probablemente beneficiosas para él, se liberó así del riesgo que hubiera representado su desacuerdo con las autoridades.
Antes del Instituto, Lanari fue fundador en 1940 de la revista Medicina (Buenos Aires) que todavía existe y goza de buena salud, fue parte fundamental del grupo fundador de la Sociedad Argentina de Investigación Clínica y, ya en el Instituto, fue su segundo Presidente.
Antes del Instituto, Lanari había publicado 80 trabajos de investigación y en el Instituto 33 hasta su incorporación a la Academia en 1972. Siguió publicando hasta su jubilación, en 1976, y hasta su muerte en 1985. Debe destacarse que en todos ellos trabajó personalmente, eligió los temas, empleó su manualidad, analizó los resultados, analizó la bibliografía y depuró las discusiones. Nunca aprovechó su condición de Director o Jefe para figurar en trabajos que no realizara personalmente.
Ahí están los trabajos sobre fisiopatología neuromuscular, sobre fisiopatología cardiopulmonar, sobre injertos vasculares, sobre fisiopatología renal, insuficiencia renal aguda, insuficiencia renal crónica e injerto renal, para convertir al Instituto de Investigaciones Médicas en un centro de referencia para las diálisis y los trabajos sobre fibrosis retroperitoneal que inspiraron una línea de investigación que aún sigue su hija Claudia.
Nada de todo esto consiguió distraerlo de sus preocupaciones universitarias y sociales, la necesidad inexcusable de investigación en la Universidad y la necesidad de un compromiso ético en la profesión médica fueron motivo de múltiples editoriales y conferencias que fueron vehículo de sus ideas, el Instituto de Investigaciones Médicas fue el vehículo de sus realizaciones.
Tras 35 años de acompañarlo, hasta su lecho de muerte hace 25 años, debo decir que Alfredo Lanari, “Pipo”, ha sido y sigue siendo una figura vigente en sus ideas y recordado con admiración y afecto por todos los que le conocimos, sus amigos, sus discípulos, sus alumnos y sus familiares que hoy asisten a este pequeño homenaje de la Academia Nacional de Medicina.
Lanari, como no podía ser de otro modo, falleció en el Instituto de Investigaciones Médicas, no podía soportar vivir su muerte y pidió que lo durmieran, no el sueño como simulacro de muerte sino como la muerte misma. Espero haber representado dignamente a los Académicos, familiares, amigos y discípulos de Lanari.

Alberto Agrest

e-mail: aagrest@arnet.com.ar