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Medicina (Buenos Aires)

versión impresa ISSN 0025-7680

Medicina (B. Aires) vol.71 no.2 Ciudad Autónoma de Buenos Aires mar./abr. 2011

 

EDITORIAL

Fuga de cerebros
Los que se fueron ... y los que volvieron

Si bien la ciencia es universal,
los científicos tienen patria y
por ella deben trabajar.
Bernardo A. Houssay (1887-1971)

 

Curioseando en la librería de mi barrio, encontré un libro1 cuyo título en grandes letras me llamó poderosamente la atención, Los que se fueron, Testimonios de argentinos en el exterior, publicado por EMECE en 1995. Los autores, Ana Barón, Mario del Carril y Albino Gómez, son tres corresponsales que han vivido casi la mitad de sus vidas en el exterior en contacto asiduo con las colonias de argentinos en el mundo. Ellos entrevistaron a 36 argentinos en sus países de exilio: 14 en EE.UU., 7 en España, 6 en Francia, 6 en Suecia, 2 en Canadá y 1 en Inglaterra. Reúnen así reportajes a individuos destacados en diversos campos de la ciencia y la cultura -investigadores, médicos, abocados, filósofos, artistas, escritores, arquitectos etc.- quienes, según los autores "ofrecen una radiografía reveladora de la Argentina. Entre la nostalgia apasionada y la crítica severa, sus testimonios resultan una suerte de espejo que refleja un perfil distinto de nuestro país". En el Epílogo concluyen que "más allá de las motivaciones estrictamente 'personales y subjetivas', las razones ´objetivas´ que explican por qué tantos argentinos se fueron del país, varían de acuerdo a las épocas y no siempre coinciden con las razones que determinan por qué no vuelven al país ni por qué se siguen yendo. La restauración de la democracia en 1983 puso fin al exilio político argentino. Los compatriotas que se habían visto obligados a emigrar por razones políticas, pudieron decidir libremente si querían volver o quedarse en el exterior. Muchos volvieron, pero la gran mayoría permaneció afuera".
De las entrevistas, cuatro me resultaron particularmente interesantes por tratarse de investigadores de renombre cuyos trabajos me son particularmente conocidos; se trata de Mario Bunge, César Milstein, Adolfo De Bold y Jorge Ferrer. Me ocuparé de cada uno de ellos.
A Mario Bunge no lo conozco personalmente pero sí por correspondencia y principalmente por sus múltiples libros. En el epigrama que encabeza la entrevista se lee "...tenía 43 años y quemé las naves. Alquilé el departamento, liquidé todo y dije: aquí no vuelvo". Estamos hablando de 1963. Mario Bunge es un físico y filósofo de la ciencia, hoy renombrado en la Universidad de McGill en Montreal, Canadá, como lo atestigua su obra Treatise on Basic Philosophy en siete tomos. También escribe libros de divulgación y suele venir a la Argentina a dar conferencias característicamente "controversial" -en sus propias palabras. Es hipercrítico de su país de origen y le gusta posar de enfant terrible y decir todo lo que le pasa por la cabeza. Yo diría que es un excéntrico, como lo son por otra parte todos los investigadores con auténtica vocación. Se fue de la Argentina con mucho enojo y ha triunfado en el Canadá, pero es posible que en el gélido ambiente anglosajón añore a veces la indisciplinada creatividad latina que ha hecho que la investigación en nuestro país siga creciendo al son de la globalización -a pesar de que no lo quiere reconocer.
A César Milstein tuve el placer de conocerlo y de dialogar largamente con él después de recibir el Premio Nobel en 1984. Conozco bien el valor de los anticuerpos monoclonales -su invento- lo que por otra parte fue objeto de un Editorial en esta revista2. La entrevista que recoge el libro se encabeza con
un epigrama muy apropiado referido a 1961: "... si yo me quedaba en Inglaterra, iba estar trabajando solo. En ese momento me sentí ambicioso y quería tener un grupo, y en el Malbrán había gente buena. Entonces volví. Volver a la Argentina me convenía." Pero ¡Como tantas relaciones humanas, las de los investigadores distan de ser fáciles! Y Milstein después de la intervención del Instituto Malbrán se tuvo que ir de vuelta a Inglaterra, como él explica con detalle en dicha entrevista. ¡Y triunfó en Inglaterra hasta ganar un Premio Nobel que nos adjudicamos!
Es apropiado mencionar lo que escribió Andrés Stoppani, director de tesis de Milstein, en ocasión del otorgamiento del Premio Nobel3:
"Parece razonable concluir que la realización de un descubrimiento científico de gran trascendencia no requiere una profunda especialización sino inteligencia creadora, habilidad técnica y buena formación, cualidades que Milstein posee en grado sumo. Si a todo eso se agrega un medio estimulante, es fácil comprender su éxito. Otro factor decisivo ha sido, sin duda, la vocación por la ciencia, llevada al extremo del sacrificio personal. En este sentido vale recordar que cuando Milstein se acercó a la Cátedra de Química Biológica de la Facultad de Medicina para realizar su tesis de química, lo único que pidió fue un tema y un lugar de trabajo. Por último, "el episodio Malbrán". Si es cierto que los designios del Señor son inescrutables, un optimista podría pensar que la voluntad divina quiso en 1963 poner a Milstein en el camino del Premio Nobel. Pero según opiniones más realistas, los acontecimientos humanos dependen de causas terrenales, a veces difíciles de explicar en términos racionales (o éticos). Por desgracia, la historia del Instituto Malbrán es, en ese sentido, un ejemplo poco edificante. Cualesquiera hayan sido las razones que determinaron la renuncia de Milstein al Malbrán y su partida, lo cierto es que la Argentina perdió a un científico".
¡Qué más decir!
Adolfo De Bold es oriundo de Paraná y se recibió de bioquímico en la Universidad Nacional de Córdoba, al igual que su esposa. En sus palabras, "No nos fuimos de la Argentina como emigrantes. Originalmente, en 1963, vinimos al Canadá por un año o dos, para ver cómo se investigaba acá, y encontramos un ambiente tan propicio para la investigación que nos quedamos, ya casi toda una vida. Tengo cinco hijos canadienses". Adolfo es el descubridor del factor natriurético atrial u "hormona del corazón", que juega un papel importante en la hipertensión, y es Director del Instituto de Cardiología de la Universidad de Ottawa, le ha ido muy bien. En el 2000, al celebrar los 60 años de nuestra revista, Adolfo fue uno de nuestros invitados al Simposio Internacional en la Academia Nacional de Medicina. Su conferencia4 versó sobre "Competitividad en ciencia, hoy, mañana y siempre". Considera que "la investigación biomédica en un Canadá socioliberal, con una fuerza de trabajo altamente capacitada y una alta competitividad académica, conlleva a un alto costo emocional para individuos cuyos subsidios no se renuevan y que simplemente quedan fuera del sistema. ... El sistema de trabajo a alta presión favorece a las sociedades en las que los placeres cotidianos son de relativo menor tenor e importancia y la concentración en el trabajo es muy alta". ¿Al reconocer lo frío del ambiente canadiense, no será que Adolfo añora la contraparte, vale decir, el ambiente latino indisciplinado pero creativo de su país de origen?
Jorge Ferrer se considera discípulo mío. Se recibió de médico en la Universidad Nacional de Córdoba y en 1959 vino a hacer investigación con nosotros en la Sección Leucemia Experimental del Instituto de Investigaciones Hematológicas de la Academia Nacional de Medicina. Fue un eficiente colaborador y como tal se lo recomendé a Enrico Mihich en 1962 durante mi visita a Roswell Park Cancer Institute in Buffalo. Allí se fue Jorge con un contrato de dos años. Luego se fue con Henry Kaplan a Stanford University en Palo Alto, donde lo visité en 1966: allí me dijo "todo lo que hice hasta ahora y aun aquí, lo podría haber hecho en su laboratorio" (¡el mejor de los piropos!). Siempre fue tentado de volver pero nunca volvió. En 1969 se hizo cargo del Comparative Leukemia and Retrovirus Unit in New Bolton Center, University of Pennsylvania, donde caracterizó el virus de la leucemia bovina (BLV) como modelo animal
del HTLV (human T cell leukemia virus). Le fue muy bien y ha ayudado a investigadores argentinos que trabajan en su tema; me consta que sigue añorando su país, del cual se ha vuelto hipercrítico.
Jorge Ferrer es uno de los sesenta investigadores -30 varones y 30 mujeres- que se formaron alrededor mío en la Sección Leucemia Experimental en los últimos 54 años. ¿Cuáles fueron sus destinos? De ellos, 14 (23%) emigraron: 10 a EE.UU., 3 a París, 1 a Estocolmo. De los 60 investigadores, siete se destacan en la Universidad de Buenos Aires y uno en Salta y la mayoría de los demás siguen en tareas de investigación.
Bernardo Houssay, al crear la Carrera del Investigador del CONICET (Consejo Nacional de Investigación Científica y Técnica) daba importancia a Becas Externas como parte de la formación del investigador. Esas becas son por un año, renovable a dos, y no más. Se considera que el primer año uno se va acostumbrando, el segundo se va perfeccionando y familiarizando con el ambiente, y pronto recibe ofrecimientos para quedarse: nuestros candidatos son muy creativos y en una infraestructura organizada y disciplinada se destacan rápidamente. Muchos caen en la tentación y se quedan. Pero en el tiempo de Houssay, no era fácil quedarse. Así lo contó Eduardo Charreau5 al hacerse cargo de la Presidencia del CONICET:
"Hace más de 35 años, al finalizar mi posgrado externo y con el entusiasmo de la juventud, había decidido aceptar el cargo de profesor en la Facultad de Medicina de Harvard, para lo cual tenía que cambiar de visa. No había evaluado un imponderable: quien debía autorizar tal cambio era el propio Houssay y para él, si bien la ciencia es universal, los científicos tienen patria y por ella deben trabajar. Se me otorgó un mes para resolver los problemas familiares y retornar al Instituto. Mirando retrospectivamente el pasado, no me arrepiento de haberlo hecho. ... Siento que esta introducción a un nuevo capítulo de mi historia no hace más que reforzar mi admiración por el firme propósito de Houssay de hacer todo lo posible para retener a sus investigadores e insistir en que trabajaran full-time para el bien del país.
La Argentina no puede tener el desatino de perder o desaprovechar ni uno solo de sus recursos formados, ni los jóvenes que son nuestra esperanza, nuestro futuro; ni aquellos que a pesar del color de sus cabellos y la severidad de sus rostros, siempre tienen veinte años para la acción o para el consejo y que por decisión de vida se quedaron aquí, para construir, luchando en muchos casos contra la indiferencia y escasos recursos".
No hay duda que hay que hacer todo lo posible para retener o repatriar nuestros investigadores que son los que deben formar las nuevas generaciones. En ese sentido, el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva implementa R@ices (Red de Argentinos Investigadores y Científicos en el exterior) que apoya la reinserción de investigadores, con eficiencia ya que se repatriaron más de 500 investigadores.
Como corolario, considero que mi propio caso es en cierto sentido una contraparte de esta fuga de cerebros. Yo vine con una beca canadiense en 1942, a los 22 años, me enamoré de Buenos Aires y luego de un argentino con quien me casé con un doble condicionamiento, el mío, que nunca trabara mi trabajo, y el suyo, que sea siempre en la Argentina6. Ambas condiciones se cumplieron.

Christiane Dosne Pasqualini

Academia Nacional de Medicina
e-mail: chdosne@hotmail.com

1. Barón A, del Carril M, Gómez A. Por qué se fueron. Buenos Aires: Emecé, 1995, 432 pp        [ Links ]

2. Pasqualini CD. Entretelones del invento de los anticuerpos monoclonales 2008; 68: 475-7.         [ Links ]

3. Stoppani AOM. Premio Nobel en Medicina 1984. 1985; 45: 77-8.         [ Links ]

4. De Bold A. Competitividad en ciencia. Hoy, mañana y siempre. Medicina (Buenos Aires) 2000; 60: 99-106.         [ Links ]

5. Charreau EH. Discurso del Dr. Charreau al asumir la presidencia del CONICET. Medicina (Buenos Aires) 2002; 62: 197-201.         [ Links ]

6. Pasqualini CD. Quise lo que hice. Autobiografía de una investigadora científica. Buenos Aires: Leviatán, 2007, 414 pp        [ Links ]