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Revista de la Unión Matemática Argentina

versión On-line ISSN 1669-9637

Rev. Unión Mat. Argent. v.48 n.1 Bahía Blanca ene./jun. 2007

 

Carlos Segovia Fernández

El día 3 de abril de 2007 murió el matemático Carlos Segovia, de gran actuación en los medios universitarios de nuestro país y de otros centros científicos del exterior.

Argentino por opción, había nacido el 7 de diciembre de 1937 en Valencia, España, hijo de padre andaluz y de madre gallega, lo que determinó el apodo gentilicio que habría de llevar en nuestro país al que llegó siendo muy pequeño con su madre y un hermano mayor.

Comenzaré por sus logros oficiales, los que se relacionan con su actividad académica: desde 1988 era Investigador Superior del Conicet, y a partir de 1991, por espacio de varios años, fue director del Instituto Argentino de Matemática. En 1996 fue designado Profesor Regular Titular Plenario del Departamento de Matemática de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires. En 1993 le fue otorgado el Diploma al Mérito de la Fundación Konex, y en 1995 el Award in Mathematics de la Academia de Ciencias del Tercer Mundo.

Fue autor o coautor de casi 50 trabajos originales, todos ellos en revistas de máxima importancia en la especialidad: Studia Mathematica, Transactions de la American Mathematical Society, Journal of Mathematics and Mechanics, Journal of Functional Analysis, Proceedings de la American Mathematical Society, Advances in Mathematics y Arkiv för Matematik, entre otras que sería pesado seguir enumerando.

Sus trabajos sobre la función de área de Lusin (algunos en colaboración con R. Wheeden) han tenido aplicación al estudio de las funciones analíticas de varias variables complejas, al estudio de la integración fraccionaria (en relación con los pesos de Muckenhaupt) y al estudio de la integral de Cauchy sobre curvas lipschitzianas. Sus trabajos en colaboración con R. Macías sobre espacios homogéneos han renovado el interés en el estudio de los espacios de Hardy y sus aplicaciones.

En los años que siguieron, en fructífera colaboración con Eleonor Harboure, Roberto Macías y José Luis Torrea, comenzó a trabajar en el Análisis Armónico de funciones con valores vectoriales, cuya exploración había iniciado el español Rubio de Francia.

A partir del año 1995 Segovia se interesa por el desarrollo del Análisis Armónico Gaussiano, de gran utilidad en el estudio de las soluciones de ecuaciones diferenciales estocásticas por su relación con el caos de Wiener. En particular, estimaciones independientes de la dimensión conducen al estudio de espacios de Sobolev que permiten un tratamiento matemático de la suavidad natural de las soluciones.

En el Análisis Armónico Gaussiano realizó importantes avances, demostrando que para las funciones de Laguerre algunos operadores clásicos, como el operador maximal de la ecuación del calor (asociado al operador de Laguerre) y las transformadas de Riesz, no están acotados en todos los espacios aunque existe un intervalo óptimo alrededor de para el cual están acotados.

Segovia fue un brillante organizador. Su curriculum deja constancia de los 40 cargos que ejerció con admirable eficacia, entre ellos el ya mencionado de Director del IAM, Decano de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (1982) y Rector de la Universidad de Buenos Aires (1982-1983). Destaco el último —el de Rector— porque fue causa de amargura en sus últimos años: al llegar a la edad jubilatoria, sus adversarios políticos en la Universidad, poseídos por el fervor que suele acompañar a los cambios de régimen, impidieron que se le nombrara profesor emérito, título al que era acreedor por su trayectoria docente y su labor científica que nunca abandonó con la excusa de los cargos ejercidos.

Segovia ha sido prueba de que las convicciones personales son compatibles con el respeto a las personas con distintas creencias: jamás incurrió en juicio o acción injusta deliberada por motivo de fe o preferencia de partido. Por el contrario, mantuvo escrupulosamente en este aspecto la tradición de prescindencia que nos legaron los más destacados pioneros de la Matemática en nuestro país.

Segovia ingresó a la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires en 1956, pero no para estudiar Matemáticas, sino Química. Manuel Sadosky tiene el mérito de haber advertido su talento matemático y de haberle dado el impulso para obtener una beca y desviarse hacia una carrera de futuro incierto, como se pensaba con razón en aquellos años.

La imagen que guardo de Segovia en aquel tiempo es la de un joven con cara de adolescente pulcro, de flequillo castaño que debía alisar frecuentemente con la uña del pulgar para no empolvarlo de tiza. Aspecto juvenil que conservó durante muchos años. La tiza, el borrador y el infaltable cigarrillo son los objetos que mejor lo evocan. Era un fumador intenso y siguió siéndolo durante toda su vida.

En 1959 la Facultad de Ciencias Exactas funcionaba en lo que hoy llaman Manzana de las Luces, en un edificio de cuatro pisos muy altos con aulas distribuidas en galerías en torno a un patio central. En una de esas aulas, un grupo de alumnos del curso de Análisis Matemático discutíamos un problema frente al pizarrón mientras un joven desconocido se había colado en el grupo sin ser advertido y seguía con interés la discusión. En cierto momento el desconocido tomó la tiza y comenzó a hablar; y todos, espontáneamente, lo escuchamos con atención, porque el aplomo con que explicaba imponía acatamiento. Después supe que el intruso era un estudiante muy destacado y se llamaba Carlos Segovia

Dirigido por Alberto González Domínguez, el Departamento de Matemática contaba con un admirable plantel de profesores: Luis Santaló, Orlando Villamayor, Rafael Panzone, Agnes Benedek, Oscar Varsavsky, Enzo Gentile, el mismo Sadosky, y un maestro: Mischa Cotlar. A lo que habría que agregar una pléyade de ilustres profesores visitantes: Antoni Zygmund, Alberto Calderón, Guido Weiss, Jean Dieudonné, Jean Pierre Kahane, Laurent Schwartz y Stanislaw Lojasiewicz, entre otros que nos visitaron en distintas épocas.

En ese ambiente se desarrolló una camada de jóvenes sobresalientes a la que perteneció Segovia, que Santaló llamó la generación del 61: Héctor Fattorini, Miguel Herrera, Beatriz Margolis, Ricardo Niremberg, Víctor Pereyra, Horacio Porta, Néstor Riviere, Cora Sadosky (hija), Fausto Toranzos y el mismo Segovia.

Al terminar sus estudios de licenciatura (1961), Segovia fue designado Jefe de Trabajos Prácticos, cargo en el que se desempeñó hasta su traslado a la Universidad de Chicago, donde trabajó entre 1964 y 1966 en la preparación de su tesis de doctorado bajo la dirección de Alberto Calderón, en uso de una beca externa del CONICET.

Terminada su tesis en Chicago, fue designado “Instructor” en la Universidad de Princeton, donde permaneció hasta 1969. Entre 1970 y 1974 trabajó con entusiasmo en las universidades de Buenos Aires y La Plata.

Sin embargo, hacia el final del último período se vivió en nuestro país el tiempo de la “Reconstrucción Nacional” que terminó, como era de prever, en una destrucción de gran magnitud. Por esa época decide irse del país para instalarse con su familia en Brasil; más precisamente en la Universidad Estadual de Campinas, estado de San Pablo, donde trabajó entre 1975 y 1979.

En los años siguientes mantuvo una estrecha relación de colaboración y amistad con matemáticos argentinos y españoles que fue creciendo a lo largo del tiempo, reforzada por frecuentes viajes de unos y otros para concretar planes de trabajo. La obra que ellos desarrollaron, tanto individualmente como en equipo, es citada con frecuencia en los trabajos de otros matemáticos.

El deterioro físico y el fin suelen ser tristes, y lo han sido marcadamente así en el caso de Segovia. Sin embargo consiguió sobreponerse a muchas adversidades de un modo admirable y continuar trabajando en Matemáticas, que es lo que más ansiaba, hasta el final de su vida. Durante su último año fijó su lugar de trabajo en el IAM, que le brindó una atmósfera estimulante, y viajó a Santa Fe, a Córdoba y a España para continuar trabajando en colaboración con sus amigos.

Segovia era dueño de una memoria colosal que le permitía clasificar y almacenar con precisión toda clase de datos. Cultivaba el arte de la conversación, que consiste, sobre todo, en saber escuchar. Le agradaba matizar sus puntos de vista con ejemplos y semejanzas y fino sentido del humor, deleitándose en esa actividad tanto como deleitaba a su auditorio. Con esas cualidades distintivas fue un conversador eximio e infatigable.

Con la muerte de Segovia el país ha perdido un científico notable en una de las áreas más importantes de la Matemática, de la que fue un destacado investigador.