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Archivos argentinos de pediatría

versión On-line ISSN 1668-3501

Arch. argent. pediatr. v.108 n.2 Buenos Aires mar./abr. 2010

 

EDITORIAL

El exceso de información y sus evidentes riesgos en la educación médica actual

Information overload and its perceived risks in current medical education

Marcados cambios se observan en la profesión médica, muchos de ellos no venturosos a mi juicio, en especial los que producen desvíos de los principios fundamentales de la medicina que se basan primordialmente en la ayuda y en el cuidado de los pacientes, por encima de cualquier otro interés. Entre las características que debe tener un buen médico para cumplir con esas primordiales cualidades, me voy a referir en estas líneas sólo a unos pocos aspectos que se relacionan con la información y adquisición de conocimientos necesarios para brindar un apropiado cuidado de los pacientes.
Por supuesto, la formación en medicina abarca mucho más de lo que comentaré, y necesariamente se introduce en los preceptos éticos, filosóficos y humanísticos, absolutamente esenciales y que rigen nuestra profesión, pero que no abordaremos en esta oportunidad.
Tradicionalmente, la medicina se aprendía al lado del enfermo siguiendo el ejemplo de los maestros, y eso fue y sigue siendo algo muy bueno y necesario, aunque es de notar que cada vez hay menos maestros. No obstante, la complejidad creciente de la medicina obliga a complementar esa forma de aprendizaje con la lectura de libros y más recientemente de publicaciones en revistas científicas, que hoy en día parece predominar. Esto último no creo que sea lo más adecuado y, aunque desconozco el impacto que pueda tener en la educación médica, sigo pensando que el buen libro es irreemplazable.
A mi entender, la tecnología actual, que motiva exagerada fascinación y deslumbramiento, provoca, como producto de su propio éxito, un acceso demasiado fácil a una inmensa información, mucho mayor de la que necesitamos para ser buenos médicos. Esto es uno de los mayores problemas de hoy en la educación médica. Gran parte de esa desproporcionada información es inútil e irrelevante y por lo tanto es posible que más que ayudar confunda, principalmente a los médicos jóvenes. Es difícil saber en qué creer, cómo interpretar lo que se lee, qué asimilar, qué ignorar y en especial cómo discernir lo que es importante, de lo que no lo es (por supuesto, para los pacientes). Creo que no es más información lo que necesitamos sino mayor tolerancia a la incertidumbre no a la ignorancia. Uno de los mayores riesgos es que lleguemos –tal vez ya hemos llegado– a una situación donde aquellos médicos que sólo tengan una copiosa y nueva información supongan que también saben mucho, cuando lo más posible es que sea justamente lo contrario. El Dr. Murray Enkin, profesor emérito de la Universidad McMaster en Canadá, cita en un interesante artículo reciente referido a la ignorancia en las diferentes etapas de la formación médica, una frase de uno de sus maestros, el Dr. Will Rogers, que dice así: “No son las cosas que desconozco lo que me preocupa, sino las cosas que conozco". También Enkin se refiere a un antiguo y muy sabio proverbio italiano: “El que sabe que sabe, no sabe, el que sabe que no sabe, sabe".
Asimismo, un evidente y potencialmente grave riesgo que deriva de lo que comentamos es aprender mal, que tal vez es peor que no aprender ya que después es difícil “volver hacia atrás". Esto podría producir la engañosa creencia que la información que se recibe persistirá durante mucho tiempo, algunos suponen que para siempre. Alvin Toffler ejemplificó bien dicha situación con esta frase: “Los analfabetos del siglo XXI, no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino más bien aquellos que no puedan aprender a desaprender lo aprendido y volver a aprender".
Sin duda que el exceso de nueva información, inevitablemente mal procesada por la rapidez y facilidad con que se la consigue y como se la evalúa, es perjudicial y no ayuda a la adquisición de conocimientos. ¿Cómo podemos abordar esta situación? No hay recetas mágicas; creo que algo razonable es inculcar a los estudiantes de medicina y a los médicos jóvenes, que lo más conveniente es la lectura de libros. En ellos los conceptos sobre el conocimiento están más asentados y han pasado un filtro o tamiz que permite transmitir sólo lo que tiene solidez científica. Es común encontrar en los libros que tal o cual cosa no se sabe o no se conoce bien y esa sola frase es un ejemplo de humildad y aceptación de la incertidumbre, ambas cualidades que los médicos deben cultivar desde las primeras etapas en la profesión.
Asimismo, es necesario transmitirles que eviten caer en la tentación de creer en lo que fácilmente consiguen a través de Internet y que se acostumbren a realizar una adecuada calificación de los artículos que leen, en especial aquellos referidos a procedimientos diagnósticos o terapéuticos. Esto les permitirá procesar la información, separar lo necesario de lo superfluo y elegir lo que verdaderamente es importante y no sólo lo que es “estadísticamente significativo" ya que muchos resultados lo son pero no tienen ningún significado valioso y por lo tanto son intrascendentes. Debemos inculcar, como bien lo dice el Dr. Alberto Agrest, una “medicina basada en la importancia" y no sólo la que está basada en la evidencia, muy en boga en estos años y que encandila a muchos profesionales, pero que debe ser utilizada muy prudentemente y complementaria a otras formas del conocimiento, como ser la experiencia. Es imprescindible que el médico sea estimulado a desarrollar un espíritu crítico que le permita ser lo suficientemente escéptico con la nueva información que recibe y con los conceptos que se presentan como de una verdad irrefutable, pero no tienen apoyo científico sólido. Esto le ayudará a tomar decisiones y a saber lo que debe hacer, pero muy en especial lo que no debe hacer. Como nos solía decir con frecuencia el Dr. Gianantonio, nuestro siempre presente maestro, “no todo lo que se puede hacer, se debe hacer".
Para lograr avances en la educación médica hay una gran responsabilidad en la tarea y compromiso de profesionales que tienen un real interés en el tema. Ellos adquirieron a través de años ejerciendo la profesión un quehacer que les permite valorizar las mejores fuentes del conocimiento, que son las que enseñan lo que es útil, y asimismo, pueden transmitir los métodos de aprendizaje más eficientes, aun los tradicionales hoy injustamente devaluados. Como señalara el gran escritor mejicano Carlos Fuentes en una conferencia, “las generaciones mayores tenemos la obligación de llevar a los jóvenes las novedades del pasado".
No será una tarea nada sencilla modificar los hábitos arraigados que cada vez se generalizan más en las nuevas generaciones. Será necesario seguir inculcando a través del ejemplo, un elemento siempre imprescindible, la necesidad de evaluar cuidadosamente la información que tan masivamente se recibe. Asimismo, los médicos debemos tener presente en todo momento que en la ciencia el deslumbramiento por lo nuevo tiene “patas cortas" ya que lo que hoy parece cierto, mañana se comprueba que no lo es.
Finalizo recordando esa memorable frase del poeta T. S. Elliot, que mantiene una asombrosa actualidad y que creo nos ayudará a reflexionar; “¿Dónde está la sabiduría que perdimos por el conocimiento?, ¿dónde está el conocimiento que perdimos por la información?"

José M. Ceriani Cernadas
Editor