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Cuadernos de historia de España

versión On-line ISSN 1850-2717

Cuad. hist. Esp. v.78 n.1 Buenos Aires ene./dic. 2003

 

Ética y estética de la civilidad barroca. Coacción exterior y gobierno de la imagen en la primera modernidad hispánica

Gabriela Fernanda Canavese

Universidad de Buenos Aires

RESUMEN

El Barroco fue "el" orden social que caracterizó los tres siglos del Antiguo Régimen. El entramado cultural que caracteriza a la civilidad barroca, en la primera modernidad hispana, refuerza el predominio de la estimación del "ser social" o del ser percibido sobre el "ser individual" o el propio ser. En el escenario de la competencia despiadada por demostrar la categoría social, la ostentación se convertirá en el decorado exterior de la existencia. La necesidad, la obsesión y la presión por dar muestras externas del rango social (que también son signos de clase), el ansia de provocar la admiración y el respeto en los demás, de despertar la envidia de los otros y la ambición de superar y eclipsar a todos los rivales (tanto a los "poseedores distinguidos" conocidos como a los "pretendientes pretenciosos" por conocer) signarán la vida cotidiana de los habitantes de la Corte y, en particular, la del estamento nobiliario, principal paradigma, referente y protagonista de este "tenor de vida" que "nobleza obliga".

PALABRAS CLAVE: Civilidad barroca - Modernidad hispana - Nobleza - Apariencia - Ostentación - Representación - Comportamiento - Cotidianidad.

ABSTRACT

The baroque was the social order that characterized the three centuries of the Ancient Regime.

The cultural framework that distinguishes the baroque spirit within the first modern hispanic period, strengthens the idea of the preponderance of the "social being" or the being perceived above the individual or the idea of "being" itself.

As a result of the cruel rivalry to flaunt social category, ostentation will be the external face of existence, the need, obsession and engine to show social lineage, the longing to induce admiration and respect, to arouse envy. And the ambitions to surpass and darken all the rivals (both the well known distinguished owners and the pretentious prospective ones yet unknown) will mark the daily life of the court population and in particular of the nobles, who have the main paradigmatic role of leading life styles, issues and trends.

KEY WORDS: Baroque civility - Modern hispanic period - Nobility - Appearance - Ostentation - Behaviour - Daily life - Sociocultural history.

   La noción de civilidad no constituye una idea conceptual inmutable a lo largo del tiempo, ni siquiera es algo que se pueda definir de forma concisa, dado que su valor y su riqueza semántica son amplísimos. La variedad de sentidos y empleos en los que se inserta la noción de civilidad se torna múltiple y, por momentos, es tan rica como confusa e inaprehensible: puede designar tanto el espacio público de la sociedad de los ciudadanos (opuesta a la barbarie de los que no han sido aún civilizados) como el mundo en el que reinan las virtudes exteriores y mundanas donde ante todo cuenta la apariencia de las maneras de ser.

   Cada definición de la noción de civilidad remite a una estrategia enunciativa que es también una representación de las relaciones sociales y como las formas sociales son otras tantas representaciones codificadas de los rangos, el sentido que primará en la lógica de la cultura barroca es el que prescribe y regula cuáles son las conductas y las relaciones sociales socialmente distintivas.

   La civilidad barroca puede ser entendida como una apariencia posiblemente engañosa, como una cortesía convencional que enmascara y disimula la realidad en un mundo de apariencias engañosas y de reputaciones usurpadas. "Las posibilidades de actuar consistían en ganar la aprobación, la envidia o, por lo menos, la tolerancia de la opinión pública, gracias a la apariencia [...] el individuo no era lo que era, sino lo que aparentaba, o más bien lo que conseguía aparentar. Todo se disponía con ese objeto: el gasto excesivo, la prodigabilidad (por lo menos, en los momentos adecuados, juiciosamente escogidos), la insolencia, la ostentación".(1)

   Tanto la ética como la estética de la civilidad barroca definen el ser por el parecer, la esencia por la apariencia y la ilusión, lo superfluo antes que el decoro, priorizándose la exhibición de los marcadores exteriores de la respetabilidad como la vía de integración en un tejido social que "no admite disidencias ni tolera el espectáculo de los que hieren la fórmula común [porque] la máscara es una convención, el ser de un modo particular, pero sin poder elegir".(2)

   El entramado cultural que caracteriza la época del Barroco refuerza el predominio de la estimación del "ser social" o del ser percibido sobre el "ser individual" o el propio ser. En el escenario de la competencia despiadada por demostrar la categoría social, la ostentación se convertirá en el decorado exterior de la existencia. La necesidad, la obsesión y la presión por dar muestras externas del rango social (que también son signos de clase), el ansia de provocar la admiración y el respeto en los demás, de despertar la envidia de los otros y la ambición de superar y eclipsar a todos los rivales (tanto a los "poseedores distinguidos" conocidos como a los "pretendientes pretenciosos" por conocer) signarán la vida de los habitantes de la Corte y, en particular, la del estamento nobiliario, principal paradigma, referente y protagonista de este "tenor de vida" que "nobleza obliga".

   Este esmero puesto, por casi todos los individuos, en la composición premeditada y provocativa de actitudes reservadas al sector de los distinguidos es compatible con el funcionamiento de una sociedad en la que cada uno está obligado a representar mediante gestos, conductas y apariencias lo que es en su ser social.

   La invención y la inversión deliberada de la identidad y de la personalidad y la simulación de una falsa condición social, exteriorizadas en el cambio de apariencia, conducta y tenor de vida a través de la usurpación, apropiación y ostentación de los símbolos, valores y actitudes que forman parte de los marcadores externos y las manifestaciones objetivas del honor nobiliario, se evidencian en la sociedad española moderna, inscripta en la lógica cultural del Barroco, como comportamientos premeditados de los "individuos sin lugar" que, en busca de estima y aceptación social, confunden y alteran provocativamente los "estados" del orden estamental.(3)

   La usurpación de las formas de tratamiento, deferencia y cortesía, la invocación de falsos títulos nobiliarios, el desempeño fraudulento de cargos y oficios públicos, la anteposición indebida del Don al nombre, la construcción de un pasado de calidad social honorable y la ostentación intencional de los índices externos del honor nobiliario, construyen un entramado de elementos identificativos y dignificadores que obliga a los otros a deducir el rango social a partir de la forma y el ser a partir del parecer.(4)

   La tentación de imitar los usos del estamento dominante, para conseguir el respeto de los demás y el éxito social, tuvo en el espacio urbano su escenario privilegiado ya que es en él en donde la convivencia, el mimetismo y la copia de aquellos modos de conducta cobra caracteres, a veces, casi grotescos. La influencia de la ciudad, y en especial de la Corte, ejerce un poder de atracción inobjetable sobre estos individuos ya que se la considera depositaria y patrocinadora de honores, prebendas, cargos, miradas, estima social y respetabilidad pública:

...mucha gente... se viene a la gustosa vivienda de la Corte,... [porque] aspira juntamente a los acrecentamientos que suele dar la fortuna en las cortes, que son los teatros donde ella representa sus comedias y sus tragedias... La corte se hincha de más gente,... infinidad de personas, y si no digo vagamundas, diré, por lo menos mal ocupadas,... [con] muchos holgazanes, que abrigados a su sombra, cometen muchas insolencias... [y] se encuentran en las plazas y en las calles...(5)

   Si "el Barroco es una cultura urbana, es sobre todo, una cultura de gran ciudad"(6) de una ciudad populosa que no sólo se rige por la ley de la ostentación y del consumo suntuario, para ser reconocido por los otros como miembro del mundo de los distinguidos, sino también por la difusión de una extensa zona de anonimato que le posibilita a estos advenedizos, expertos en el arte de la impostura y de la inversión social, el despliegue de su patrón de conducta desviada al poder moverse explotando la confusión que genera el ir y venir en un ámbito numeroso y bullicioso, "caótico, vital y sugerente"(7) como el urbano.

   En las repúblicas grandes, en las Cortes de los príncipes y monarcas, siempre ha habido hombres sobrados y ociosos, de cuya ociosidad resultan notables daños; y así... siempre se ha procurado instituir leyes y publicar sanciones y pragmáticas, para remediar los daños que acarrean y traen consigo en las Cortes y poblaciones grandes, este género de gente ociosa y vagamunda.(8)

   Llegar a la confusión de un núcleo urbano plagado del tránsito de forasteros que no se conocen es lo más favorable que le puede suceder a este tipo de "simuladores", porque es el comienzo para que se lo llegue a conocer y reconocer como el personaje social que se inventa para recrearse a sí mismo. Al ser un desconocido se borran las referencias personales y las familiares de origen y las noticias de su pasado con ingeniosos y bien montados juegos de palabras y actitudes que inventan una personalidad originaria falseada para hacer "desaparecer" o disimular la verdadera identidad. Para empezar esta nueva vida es requisito indispensable y provechoso callar la patria chica, encubrir los nombres y los oficios de los padres y mudar los propios nombres con prendas ajenas. Es así como anonimato, confusión, invención, simulación, disimulo y desviación se enlazan para darle sentido a este patrón de comportamiento que deriva en marginalidad infractora.

   "El pícaro [...] sigue su camino en dirección a la Corte, sede del poder, de las riquezas, de las ciencias, del lujo y de los placeres [...] En el maremágnum cortesano pululan seres de pintoresca vanidad que han convertido la ficción y el engaño en la única fuente de ingresos [...]".(9) ...En tierra tan ancha como esta,... son muchos los entretenidos y pocos los diferenciados por conocidos... En esta Babilonia de la confusión de la vida de la Corte, de cuatro cosas que se ven, no se han de creer las dos. ¡Qué de galas sin poder traerse, qué de gastos sin poder sustentarse, qué de ostentaciones... sin que se sepa dónde se cría, ni a qué árbol se disfruta aquello que allí se consume...! Todas son apariencias fabulosas, maravillas soñadas, tesoros de duendes, figuras de representantes en comedia... ¡Qué ridículo hombre se encuentra por las calles en traje y hábito, con lenguaje y apariencia... á quien yo con grande inocencia y simplicidad había siempre tenido por hombres de bien, como los veía comer bien y vestir bien...(10)

   La "puesta en escena" que montan estos "forjadores de mentiras" de su supuesta identidad, gracias al usufructo de artimañas sustentadas en el engaño, se presenta como el conjunto de preocupaciones de los contemporáneos en el universo de significación de la época, que van, a manera de castigo, desde la impugnación social hasta la sanción legal por la voluntaria e ilusoria mudanza de estado. "[...] Esa especie de bluff o de usurpación de la identidad social [...] consiste en adelantar el ser mediante el parecer, en apropiarse de las apariencias para tener la realidad [...]".(11)

   La racionalidad de este tipo de comportamiento está signada por la premisa de mostrar la identidad que uno desea que los otros, públicamente, le reconozcan y le admiren. Inscripta en la racionalidad del entramado cultural barroco, la sociedad española moderna vive pendiente de lo que debe o no debe hacerse, de la presión de la competencia por el prestigio, del miedo a la pérdida del mismo y hasta muere inmersa en la misma lógica ya que "la muerte barroca es un espectáculo; es por eso mismo una muerte pública".(12)

   El Barroco fue "el" orden social que caracterizó los tres siglos del Antiguo Régimen.(13) Privilegiar la presentación de un corpus documental "abierto y disperso" que reinvindique la premisa del "cruce de materiales" nos permitirá articular tanto la construcción discursiva del mundo social como la construcción social de los discursos en el intento por comprender las prácticas socioculturales, discursivas y gestuales de la civilidad barroca española a partir de la ostentación intencional de los signos distintivos (externos y visibles) del reconocimiento social. En este sentido la riqueza y diversidad de las fuentes utilizadas responden al objetivo de trabajo que se acaba de explicitar, y van desde arbitrios, avisos,(14) relaciones, diccionarios, literatura de viajeros extranjeros por el territorio español (memorias, recuerdos personales, misiones oficiales, rendimiento de cuentas, cartas, descripciones e informes)(15) hasta actas de Cortes.

1. La evolución histórica de las costumbres en la civilización del comportamiento

   En el campo historiográfico español moderno de los estudios de los símbolos y los rituales cortesanos y su significación civilizatoria en el Antiguo Régimen, actualmente, se entrecruzan la historia y las ciencias sociales (particularmente la antropología y la sociología) en el camino que Norbert Elias ha abordado para configurar el paradigmático modelo francés de la sociedad de corte.(16) El espacio de investigación histórico sociocultural que Elias ha abierto está siendo desarrollado y completado por diversas escuelas historiográficas del ámbito europeo. España no es la excepción ya que la Corte de Madrid puede ser considerada un modelo de la Europa cortesana durante los siglos XVI y XVII y como tal un espacio abierto y sugerente para trabajar de forma distinta la historia sociocultural moderna. El interés por la corte se incrementó académicamente al abrir nuevos horizontes de estudio hasta entonces poco explorados.(17) Desde el punto de vista de la estructura de poder, el análisis de la práctica real del absolutismo y de los instrumentos que sobre el plano operativo la habían hecho posible abre un nuevo camino al estudio de la corte al identificarla con una serie de instituciones en las que residía la soberanía del Estado.(18)

   Estos estudios pormenorizados intentan revertir la imagen decadente, peyorativa (especie de caricatura grotesca) y casi excluyente con la que se identificaba a la Corte y a los cortesanos, en tanto escenario y sujetos pública y frívolamente "entregados" a una reprobable inmoralidad, al lujo y el fasto, al ocio, al gasto ostentoso e inútil, al despilfarro suntuario y a las intrigas y los celos palaciegos. Se revaloriza el papel de la Corte del Antiguo Régimen en tanto centro de un poder político y administrativo real dispensador de poder social y económico y fundamentalmente centro cultural, socializador y civilizatorio formador de hábitos sociales (calculados y racionales) cuyo objetivo es dominar a los otros a partir de la distinción y el distanciamiento que imponen el ceremonial, la etiqueta y las leyes suntuarias.(19) "Por ello resulta, [...] muy interesante la coincidencia de un descubrimiento historiográfico de la Corte como mucho más que un entramado decorativo".(20)

   Este replanteo del estudio histórico sociocultural de la Corte debe seguir y desarrollar aquella línea de investigación que postula la existencia de unas pautas de conducta y de unos códigos de comportamiento específicamente cortesanos que no sólo hacen referencia a la invocación de la etiqueta como barrera social, sino también al "arte de la observación" y de la "manipulación" como elementos imprescindibles para la supervivencia y el éxito social, convirtiendo al cortesano en un perseverante estratega que sabrá nadar sin obstáculos "por el peligroso mar de la Corte".(21) El comportamiento en la Corte no podía ser nunca espontáneo ya que vivir en la Corte y competir en ella exigía un aprendizaje más que pormenorizado. En este sentido "la combinación de estos cuatro componentes (social, ritual, ético y estético) da lugar a lo que puede considerarse un ethos, una forma de ser y de actuar que define en su manera de vestir, de gesticular y de hablar, al grupo aristocrático que habita en la corte".(22)

   El trato social en la Corte y en la sociedad cortesana puede ser, metafóricamente, identificado con un tablero de ajedrez, damero imaginario en el cual los hombres de una sociedad estamentaria son personalmente conscientes de alimentar un proceso permanente de relaciones en cadena y de llevar una vida pública que se despliega en la sociedad del "gran mundo" y que está determinada y regida por la ley del consumo ostentoso.

   La racionalidad cortesana se caracterizará, asimismo, por ciertos rasgos de la conducta que asegurarán el éxito personal. La descripción de cómo corresponde conducirse en ese campo de batalla simbólico que es la corte nos remite a la mención de los aspectos distintivos que no pueden dejar de conocerse y aplicarse para desenvolverse en ella: el arte de observar a los hombres; el arte de la manipulación de los demás; el aprendizaje de las disciplinas que reglamentan la urbanidad y el arte de la contención por medio del control y el gobierno premeditado y calculado de los afectos, las pasiones, las pulsiones y los humores, disimulando los defectos y simulando las virtudes.

   En este tablero social vence quien sabe sacar partido de sus recursos y disponer de las piezas y las baterías necesarias para seguir un plan, quien puede descubrir y desbaratar las maniobras del adversario, capitalizando así los beneficios materiales e inmateriales de poner en evidencia social al contricante. Esta carrera social no está exenta de la promoción y la regresión, de la autoexigencia y la coacción social, del privilegio y del cumplimiento del deber, de la ambición y la envidia; en suma, de la presión y la contrapresión que implica que todos y cada uno estén expuestos a los embates de abajo, de los lados y de arriba. En este sentido "un solo término recoge lo esencial del comportamiento cortesano: influencia. Lo imprescindible para progresar en la corte supone saber colocarse en la situación adecuada para ejercerla, y desde allí, saber hacerlo neutralizando [...] la que pudieran ejercer las facciones contrarias. Todo lo que el cortesano es y hace está en función de este principio de influjo y persuasión cerca del soberano [...] La influencia se puede buscar también en escalones inferiores, o se puede hallar simplemente estando. Contarse entre los cortesanos, aun en un nivel muy secundario, supone participar de una categoría y un prestigio en sí mismos valiosos".(23) Respecto de la posición del rey, su mayor capacidad de acción es evidente, pero al mismo tiempo tampoco el monarca es absolutamente libre ya que no puede escapar a esta lógica social: sólo porque él mismo se somete a la etiqueta es que puede utilizarla como instrumento de dominación sobre los cortesanos.

   "Formas exteriores, referidas al tratamiento o a la etiqueta, integraban parte de los modelos en circulación, con la referencia continua a la corte regia. La cuestión del protocolo en los saludos, en tanto que reconocimiento público del rango, adquirió una importancia social de primer orden, aunque algunos ridiculizaron estas sutilezas como manifestaciones de honra vana."(24) En este contexto se entiende la exacerbada preocupación respecto de las precedencias (quién precede a quién, quién cede el paso a quién, quién saluda a quién, quién se sienta junto a quién...), origen constante de inmumerables conflictos entre cortesanos. Hánles besado las manos los señores, títulos y caballeros; y á los grandes dan silla y tratan de Excelencia, y á los títulos de Señoría y tienen en pie, y los demas estan descubiertos...(25)

   El Estado pasó a tomar en cuenta, tanto como pudo, el control de la apariencia. Las fórmulas de cortesía y tratamiento, invocadas en el marco del arte de vigilar y observar la forma de dirigirse a los demás sólo deben usarse con quien las comprende ...pues... los españoles son tenaces en sus costumbres y puntuales en la observación de ellas no borran ni una jota de la vieja fórmula tanto en las palabras como en las ceremonias de todo lo que se presenta entre ellos....(26) Uno de los males de esta sociedad barroca es la osadía de los que se atreven a aparentar más de lo que les corresponde. Allí radica el origen de la multiplicación de los dones en el trato y de la generalización, trivialización y uso improcedente de los tratamientos, precedencias y cortesías. Un zapatero, apenas ha abandonado su horma y su lezna y se ha puesto su espada y su puñal al costado, apenas si alzará el sombrero a aquel para quien trabajaba un momento antes en su tienda. No se puede hablar al más humilde del populacho sin bostezarle todos los títulos de honor, y entre ellos se tratan de señores caballeros. Cuando un andrajoso pide la limosna, al negársela es preciso hacerle «ex formula» el cumplido de perdone vuestra merced, no tengo dineros, es decir, perdóneme, señor si no tengo dinero o moneda.(27) Por eso se dicen todos caballeros, teniendo poco respeto por los grandes, ni los unos por los otros.(28)

   "El tratamiento reflejaba la posición individual respecto del conjunto y por ello la sensibilidad hacia estas cuestiones era extrema. El uso del don, de señoría, o de excelencia debe ser puesto en relación con un contexto más amplio de signos visibles y comprensibles que conformaban buena parte del ser noble."(29) Las prohibiciones a través de las pragmáticas intentarán que los tratamientos no pierdan valor al extenderse su uso y que no lleven a peleas y afrentas de honor ante el abuso de individuos como éstos:

...los hidalgos de guerra y otros pobres escuderos simulan inmediatamente el nombre de caballeros que imitan, o de veras o de burlas, en sus grandezas, ejercicios, maneras de hablar, cortesía, denuedos, gravedades, brevedad de palabras, atrevimiento, desenvoltura, traues, bullas, ademanes, juegos, largos juramentos a fe de caballero, repetición de parientes nobles, cartas fingidas, acontecimientos a negocios graves, inventar rexesteros, armas que frisen con las mejores de Castilla, y que no pueda haber desafío sobre ellas en fin de tratar con grandes, hablar con grandes y embiar presentes a grandes... Y yo mismo les he oído decir: Soy tan bueno como el conde Tal, o bien: Juro por Dios que soy tan hydalgo que el rey, y aún más que él es medio flamenco, estimándose por lo demás ricos, valientes y excelentes tanto como el orgullo se puede figurar de prerrogativa, todo ello por fantasía, de la que son tan ricos que si todas las otras cosas estuviesen en ellos en proporción, el mundo no les bastaría, como a aquel que lo llevaba como lema con la frase todo es poco.(30)

   En El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas el sociólogo alemán Norbert Elias nos introduce en el problema del comportamiento en la sociedad, a través del análisis de una literatura de la civilidad que describe un sinnúmero de conductas y normas prescriptas, con el fin pedagógico de exponer y enseñar los modales legítimos y no tanto las conductas reales. En la fase cortesano-aristocrática, se pueden y deben observar las diferencias de rango fundamentalmente para "extender alrededor del cuerpo un espacio preservado, para alejarlo de otros cuerpos, para sustraerlo al contacto y a la mirada del prójimo".(31) Es así como "durante tres siglos las normas de la civilidad tuvieron por objetivo someter las espontaneidades y los desórdenes, asegurar una traducción adecuada y legible de la jerarquía de los estados, desarraigar las violencias que desgarraban el espacio social".(32)

   En el transcurso de esta fase, el código de reglas de comportamiento se va haciendo cada vez más estricto en función del mandato social de no herir o despertar repugnancia en los demás con nuestros actos y del imperativo de ganar la consideración que cada uno espera que los otros le tributen. La urbanidad se constituirá en el conjunto de los conocimientos y las prácticas necesarios para sustentar el "saber-vivir" en sociedad, conductas que se sumarán a la observancia de las reglas elementales de un "deber-ser" en sociedad.

   Durante los siglos XVI y XVII se intensifica, en la civilización del comportamiento, la presión social ejercida por las coacciones externas: "las personas se comportaban de acuerdo con las exigencias sociales"(33) no sólo para no resultar poco corteses o inciviles ante sus pares sino para diferenciarse y distinguirse del resto de la sociedad, "sabían aparentar y [dominar] el arte de marcar las diferencias frente a los de arriba y frente a los de abajo".(34) ...Como la conversación ofrece ocasiones para establecer sencillamente diferencias y distinguir de fácil modo clases y rangos distintos, han adoptado la costumbre de tratarse sin aparente ceremonia.(35) Sin embargo los hombres no afectan el ser sueltos de movimientos, y las gentes de calidad mucho menos que los otros. Creo que eso pudiera ser para distinguirse del vulgo...(36)

   Del grupo de conductas que es lícito mantener en público se pasará a las que habrán de sustraerse de la mirada de los demás a partir de "la distribución de las actividades humanas entre lo permitido y lo ilícito, lo manifiesto y lo oculto, lo público y lo íntimo".(37) Es por esto que, siguiendo los cauces del desarrollo social a partir del acceso al poder de las clases medias burguesas, los comportamientos socialmente deseados y sus respectivas prohibiciones, prescripciones y tabúes, aparecerán internalizados en el individuo como el producto de una regulación emocional que conduce a la generación, desde el propio yo, de las coacciones internas que delimitarán los espacios propios de la existencia privada.

   La obra de Elias es un referente paradigmático para el tratamiento del tema porque reviste la particularidad historiográfica de "mostrar, hace ahora medio siglo, que esta imposición multiforme descansaba en las presiones que ejercía el grupo, de arriba abajo, sobre cada individuo, y también, cada vez más, en la incorporación de las reglas sociales por parte de cada cual".(38)

   La trayectoria histórica de la noción de civilidad parece vacilar entre dos definiciones: un modelo que vale para todos y un sistema de connivencias que distingue particularmente a la minoría. "Entre el parecer y el ser, entre lo público y lo íntimo, entre la imitación y el exclusivismo, [...] [se] expresa la instauración pretendida, si no realizada, de obligaciones penosas, siempre pensadas como distintivas y siempre desmentidas como tales".(39)

   Las evoluciones que sufren las costumbres durante toda la Edad Moderna exceden el ámbito exclusivo de la civilidad. En Lo limpio y lo sucio. La higiene del cuerpo desde la Edad Media, su autor, Georges Vigarello, traza una historia de la limpieza corporal a partir del "proceso de la civilización" que caracteriza a las sociedades occidentales entre los siglos XII y XIX.(40) Desde la baja Edad Media y hasta mediados y fines del siglo XVIII la relación del hombre occidental con la limpieza y con el lavado, el baño y el cuerpo describe la misma curva de transformación que hemos visto con respecto a otras costumbres y prácticas socioculturales en El proceso de la civilización... Teniendo en cuenta que cada sociedad elabora y desarrolla una sensibilidad y una percepción particular sobre el cuerpo, su imagen y cuidado, Vigarello nos enfrenta con una historia de la limpieza corporal que pone en juego una historia sociocultural más amplia y compleja.

   En el contexto de una historia sociocultural de la medicina, el gobierno y la regulación del cuerpo, propio y ajeno, individual y colectivo, también se inscribe a partir de la configuración de una socialización centrada en la higiene, la limpieza y el vestido. Los principios que prescriben los tratados médicos de dietética de la baja Edad Media y de la temprana modernidad hispánica son, implícitamente, reguladores del comportamiento individual y social.(41) En ellos se explicitan las recomendaciones que los médicos hacen sobre el régimen de vida a seguir para la prevención de las enfermedades y la conservación de la salud. Una de las sex res non naturales (42) que condiciona la salud y la enfermedad del hombre es el uso de los baños. Entre estas normas básicas, las recomendaciones y prohibiciones acerca del uso de los baños están presentes configurando el concepto de limpieza corporal e higiene privada de la época a partir del uso sociocultural que se le otorgaba al agua. La higiene personal formaba parte de los consejos que había que seguir para lograr un buen estado de salud. Sin embargo, la función higiénica que el baño cumplía no está incluida en lo que hoy entendemos por limpieza corporal y aseo personal completo mediante la utilización de agua para el lavado de la piel y los cabellos.

   En el período que nos ocupa "hay una limpieza corporal, pero ante todo se orienta a los demás, a los testigos. Y se refiere sólo a lo inmediatamente visible. Estos actos arcaicos de la limpieza física se convierten así en un tejido de sociabilidad. Pero su historia muestra primero hasta qué punto, en primer lugar, son las superficies aparentes del cuerpo y la mirada de los demás las que definen el código [...] Los preceptos parecen «límpidos». Basta con mirar".(43) El aseo "en seco" y la apariencia del vestido signan la manera de entender la higiene corporal del período. "Las normas higiénicas de limpieza imperantes por entonces tendían a rechazar el agua e ignorar el cuerpo, centrándose la atención en la ropa y en la vestimenta. Pero esta actitud frente al aseo personal no sólo se adoptaba en función de las prescripciones sanitarias que seguían prevaleciendo en la época, sino que, además, se vio reforzada por el valor social que, desde el Renacimiento, cobró la apariencia".(44)

   En la sociedad cortesana la atención se concentra en la soberanía omnipresente de lo visible: se prescinde del agua para efectuar la limpieza del cuerpo con excepción de las manos, el rostro y el cuello, que son las únicas partes que se muestran. El agua es sinónimo de desequilibrio, en tanto agente nocivo capaz de penetrar por todas partes aprovechándose de la permeabilidad de los poros de la piel y de la exposición de los órganos. Los baños de agua y vapor engendran fisuras y quiebres en el equilibrio de un cuerpo pasivo que deberá "cerrar las puertas" ante la infiltración que conlleva su práctica. El agua perturba, insinúa, excita, agita, provoca temor, amenaza, rompe el equilibrio, penetra y... al invadir el cuerpo deja el camino listo y llano para que germinen muchos peligros. Después del baño, el cuerpo se asemeja a una casa con las puertas y las ventanas abiertas que tanto la peste como la enfermedad atraviesan, transitan, habitan y posteriormente lastiman. "En general, se pensaba que el cuerpo húmedo se mostraba abierto, es decir, vulnerable, mientras que, si estaba seco, se hallaba cerrado, lo que significaba que contaba con mayores defensas."(45)

   Ante esta prevención que se tiene contra el agua se reivindica la práctica de un "aseo seco y activo", prioritariamente, de lo que se ve. Como "la ropa lava" la primera regla de limpieza que hay que observar es la muda regular de la ropa blanca e interior (especie de "esponja" que limpia la suciedad, absorbe la transpiración, quita las impurezas y en el fondo, "lava" sin agua). "La moral de la higiene y de la limpieza se impone como un efecto social en la extensión del blanco civilizador."(46) El aseo personal debe ser seco y se identifica con mudarse, enjugarse, perfumarse y "componerse" (con distintos afeites) las partes visibles del cuerpo. "De la costumbre de enjuagarse se pasó a la de enjugarse, frotarse y perfumarse; de la higiene de la piel a la del vestido; de la exaltación del agua al temor a utilizarla, pues se pensaba en los efectos dañinos para la salud y para el cuidado del cuerpo".(47)

   El vestido y, sobre todo, la ropa blanca, cuya pulcritud ostensible irradia claridad a partir del cuello y de los puños, es el verdadero indicio de la limpieza. La ropa blanca no sólo "lava" sino que hace aparecer en público la limpieza de la persona, dado que ésta equivale a la limpieza de sus ropas. En el juego de las apariencias nada era más racional que distinguirse a través de lo material. Como buen vestido y limpieza no andan con pobreza,(48) la camisa se convertiría en uno de los símbolos, social e higiénico, en donde se manifestaba de forma clara la limpieza o la suciedad de cada cual.(49) Las personas de calidad usan ropa blanca y buena; pero las demás casi nunca, por ser cara y rara, ya que las españolas se envanecen de no aceptarla más que fina...(50) "El mejor ejemplo es el de la ropa blanca, que se muestra como un signo de lo interior [...] pero, al mismo tiempo, ropa interior y encajes hacen que la limpieza equivalga a espectáculo. Lo que primero importa es lo que observa la mirada del otro, es lo que el otro recuerda. Lo que origina el funcionamiento de las estrategias de la ilusión."(51)

   La palabra "limpio" cambia radicalmente de estatuto, como la limpieza es un atributo que distingue y no le pertenece a todos se instituye en "una marca de condición, particular y notable. Es directamente distintiva".(52) La noción de limpieza que se instala, hasta poner en juego todos los recursos del espectáculo, en esta sociedad cortesana que "teatraliza" ademanes, gestos, actitudes y atuendos está regida por las reglas de los tratados de urbanidad. "El lavado en seco se impuso, con lo cual se produjo también una aristocratización de las costumbres, convirtiéndose la apariencia del vestido en símbolo de poder y la blancura de la ropa en signo de distinción."(53)

   El español es de tal modo dado a lo exterior, que padecerá todo lo que sea preciso en privado y en secreto con tal de que no sea excluido de visible fasto que señala por su atavío..., llevan... todo encima en cuanto a adornos visibles de sus personas, en lo que ponen su principal objeto de este mundo... Mas es verdad que todos los españoles, [son] cuidadosos en sus ropas hasta en su afectación... Presumen tanto con los adornos del vestido, que no hay allí hombre de oficio que no lleve el terciopelo en las fiestas; son capaces de ayunar para tener un traje para las fiestas que les haga honor, de suerte que no hay persona mal vestida y que no vaya acomodada de cuellos bien estirados, con ruedos y grandes golas... Nuestros señores, pues, en tal aparato de vestidos, coches, caballos, sillas y séquito de criados, habiendo dado una vuelta por la ciudad, van a tomar el fresco al paseo llamado Prado, lleno de refrescos y de gran recreación. Señores y damas y caballeros se pasean por allí a pie, en coche o sobre caballos, pasando con un hermoso aire con lenta marcha, tanto para saborear el gusto de ese lugar como para ofrecérselo a los demás.(54)

   A partir del siglo XVIII (y aun más del XIX) la sociedad burguesa va gestando una limpieza que escapa a la mirada del otro y al apego a la apariencia. Van emergiendo otras valoraciones que promueven la aparición de una limpieza "interior" más individual, íntima y privada: "Lavarse es, como nunca lo fue, trabajar en lo invisible".(55) "La verdadera transformación, la que produce el desplazamiento definitivo, pertenece al argumento de la salud: lo que importa no es ya la apariencia, sino el vigor [...] Tan simbólica como puede serlo la diferencia entre una aristocracia apegada a las tácticas de la apariencia y una burguesía que inventa ciertos "vigores": un código escénico contra un código de fuerzas".(56) Esta nueva imagen del cuerpo y su cuidado que se teje a partir del siglo XVIII excede el terreno privativo de los buenos modales y de las reglas de la civilidad.

   Nuevamente es Elias quien nos permite interpretar el sentido que describe la curva de la transformación en esta historia de la limpieza corporal que, como hemos visto, no está aislada del proceso que la civilización del comportamiento ha recorrido a lo largo de los siglos: "La limpieza era considerada, todo lo más, como una necesidad social y, en cambio, no aparecía como una necesidad o un hábito individuales, [...] era requerida con el fin de no disgustar a los demás y no porque no hubiera una exigencia interior del instinto individual. [Pero] todo esto ha cambiado. Al haberse aceptado por entero como una necesidad individual, la limpieza personal ha dejado de afectar en absoluto el problema de los modales sociales".(57)

2. Las reglas de la civilidad barroca: el aprendizaje de la apariencia

   ¿Por qué motivos parece que el "rostro sereno y enharinado [del] Arlequín, [es] el rostro del Barroco?".(58) Este interrogante puede contestarse a partir del planteo de la existencia de una teoría del Barroco en tanto reflexión sobre las máscaras que implica reconocer que la esencia de la cultura barroca radica en el ojo, en el mirar cómo nos miran, en el parecer y en el suspender el juego de jugar las conductas espontáneas a descubierto: como "el ser barroco se la juega en la puesta en escena [...], nada emociona más que lo que entra por los ojos [...], el mundo quiere tramoya, apariencia como verdad servida a los ojos".(59)

   La necesidad de aparentar y de existir por la imagen se sustenta en el presupuesto de la utilización de la máscara y del recurso universal del traje para recubrir, a veces, lo verdadero y para que se vea lo falso: fingiendo ser lo que no se es, engañando y trampeando al ojo por medio del arte de la simulación y del disimulo y escamoteando y ocultando lo esencial. Las gentes del vulgo que tienen algún dinero lo gastan con gusto en sus vestidos, y llevan pantalones de terciopelo floreados y el jubón de raso.(60) No es posible ver a un carpintero, un guarnicionero o cualquier otro tendero que no vaya vestido de terciopelo y de raso, como el rey, teniendo una espada, un puñal y una guitarra colgados en su tienda.(61) ¿Quién no creería al oír [estos relatos] que los trajes respondían a esa galantería, y quién no quedaría sorprendido de ver bajo esas riquezas malas capas de la frisa más grosera, que van a golpear hasta los talones sin estar bordadas y que se deshilachan como una especie de franja?(62) En este sentido podemos afirmar que los trajes en tanto "signos convencionales, más o menos codificados, permiten expresar un cierto número de valores y asegurar de ese modo los controles correspondientes. Cada uno debía llevar el vestido acorde con su estado y su rango. Vestirse más ricamente o más pobremente que la clase a la que uno pertenecía era considerado un síntoma de orgullo o una marca de decadencia. Se observa que el vestido tenía una clara finalidad: indicar el lugar del individuo en el seno de un grupo y el lugar de este grupo en la sociedad. Era, pues, un sistema riguroso y apremiante".(63)

   El cuerpo vestido deja de ser concebido como un atavío decorativo para convertirse en "el molde en el que los cuerpos de una época determinada cobran la forma del espíritu de su tiempo".(64) En el plano social el comportamiento no sólo aparece ligado al traje, sino que éste es algo así como el signo visible de cada función social. "En el arte de la observación, el vestido adquiere un valor capital en cuanto que la imagen es la presentación pública del sujeto. La manera del vestir debe atender a las circunstancias de rango, tiempo, cuerpo y edad, y buscar siempre la distinción [...]."(65)

   Las cosas no se conocen tal como son: sólo existen dentro de las imágenes que las exhiben y las "muestran". Sus maneras son artificiosas y muy expresivas...,(66) son estudiadas, llenas de afectación; están convencidos de su propio mérito es mucho, y raras veces hacen justicia cuando se trata del mérito de los demás.(67) Bajo esa aparente gravedad de los españoles, ¡cuán fastuosos son, soberbios, hinchados, [...] arrogantes, altaneros, insoportables!... Desde el más pequeño hasta el más grande, no hay ninguno que no se figure ser cien veces más de lo que es, y que no se encuentre al mirarse al espejo excelentemente guapo. Para los grandes, no se necesita pensar mucho para probarlo: sus acciones son elevadas, se puede notar... por sus nombres, que siempre tienen tres o cuatro, añadiendo el de su madre al suyo propio: su palabra también lo pone de manifiesto... Se les reconoce también por la ceñuda continencia de su persona, por el vestir afectado, por su andar largo, compuesto, mesurado, «paso entonado», «varicatus gressus»; por su ceremoniosa manera de hacerse servir,... y por el séquito y larga cola de criados, sin los que no salen de su casa, comparables, [...] a los burros que no quieren ir adelante si no tienen alguien que siga detrás....(68)

   En este contexto la noción de "civilidad se trueca entonces en pretexto, y de representación legítima se convierte en máscara hipócrita [...] Como todas las condiciones mundanas, la civilidad adorna con la máscara de la cortesía lo que [la mayoría de las veces] no es otra cosa que falsedad y engaño [...] [De esta manera] el concepto de civilidad es situado, en efecto, en el corazón mismo de la tensión entre el parecer y el ser que define la sensibilidad y la etiqueta barrocas. En las antípodas de una concepción que percibe en los comportamientos exteriores una traducción exacta y obligada de las disposiciones del ser, la civilidad del siglo XVII se entiende ante todo como un parecer social. Todos y cada uno deben ser realmente lo que parecen y de este modo ajustar su ser moral a las apariencias exigidas por su estado en el mundo".(69)

   Gobernando entre bastidores, la teatrocracia regula la vida cotidiana y las manifestaciones de la existencia social de los hombres puesto que "todo sistema de poder es un dispositivo destinado a producir efectos, entre ellos los comparables a las ilusiones que suscita la tramoya teatral".(70)

   "La vida social tiene sus máscaras: el protocolo de la corte es el artificio por excelencia; la peluca reemplaza al rostro y la vestimenta al cuerpo."(71) Pero no sólo en el nivel de las prácticas sociales cotidianas se pretende despertar la admiración por medio de la simulación y la apariencia, a través de los mecanismos de poder también se actúa y se representa. En la puesta en escena de las jerarquías sociales el rey se sitúa en el corazón de las representaciones ya que todo remite al soberano: "El absolutismo [monárquico] es una comedia [...] única que fuerza a todos los que en ella intervienen a representar y adoptar poses. Quien no lo hace se sale del papel de su época".(72)

   La solemnidad y la, por momentos, excesiva rigidez protocolar señalan simbólicamente tanto la desigualdad del hábitat cortesano respecto de la sociedad en su conjunto como la desigualdad interna de los rangos de quienes coexisten dentro de este espacio restringido. Los usos protocolares de la Corte española del Antiguo Régimen se extendían tanto a los actos de carácter público (ordinarios y extraordinarios) como a los actos privados e "íntimos" del monarca. Reglamentado y prescripto estaba el desarrollo de ceremonias tales como la entrada de nuevos monarcas y reinas, bautizos de príncipes e infantes, juras de herederos, bodas y funerales, lutos por personas de la propia casa real y de las casas extranjeras, solemnidades religiosas, fiestas y espectáculos, recepción de embajadores, cubrimientos de grandes, audiencias y recepciones. Pero no menos regulados estaban, también, los aspectos más simples de la vida cotidiana, como la comida, el baño, el vestido, la educación, la asistencia a misa, el ocio, el desplazamiento del rey de unas a otras dependencias del palacio, etcétera.(73)

   En estas sociedades visuales todo queda demostrado y todo es puesto a actuar, el poder se va instalando en escena, y el marco espacial de esa dramatización permanente es la ciudad-capital: "¿O será mejor decir la Corte?, [...] la gran reunión, la simbiosis de un chisporroteante juego de artificios, [...] la máscara elegida, el rostro que se quería exhibir".(74) La vida cortesana se instituye en el reino de la ficción, de la mentira y de la doblez en la que el cortesano se ve obligado a gastar una vida falsa, artificiosa e insincera, poniendo trampas en las que los otros caigan para tratar de correr, con la menor cantidad de rivales y oponentes posibles, tras "el afán de privanza, el ansia de dignidades y honores, la avidez de preeminencias y oficios [en] un semillero de discordias y pesadumbres perpetuas"(75) como lo es la Corte.

   Ya sea a través del ejercicio de la coerción o del consenso el poder subordina. "El fasto monárquico, al igual que la retórica, pretende ser demostración y persuasión: piensa que manifestando la grandeza del príncipe mediante la ostentación, el gasto y el ceremonial convencerá de la misma a los que vean sus signos e incluso a cada súbdito. Al suprimir la frontera entre lo público y lo privado el fasto de las realezas absolutas manipula las imágenes del poder público, los monumentos que edifica y los rituales que ordena."(76) Para todo el mundo, desde el soberano hasta el último de los lacayos, la representación significaba no sólo la escenificación del poder, sino además el alarde manifiesto de la omnipotencia sobre los otros.

   Aquí parece privilegiarse "siempre la voluntad de atrapar por medio del espectáculo"(77) a través del fasto, de la producción de imágenes y de la manipulación de los símbolos permitiéndole a la muchedumbre contemplar el espectáculo ceremonial a través de su presencia tanto en el escenario como en la platea de, por ejemplo, las ejecuciones capitales en público, las entradas reales en las ciudades, los nacimientos y los bautismos, los casamientos y los funerales, las festividades religiosas, las mascaradas, los banquetes de los poderosos cuyas sobras (la "tirada") son arrojadas a la multitud, etc. "¿Qué es la fiesta sino la exaltación del instante?, [...] [ya] que además ofrece, puesto que reúne a las multitudes, las mejores ocasiones para lucir las apariencias."(78)

   La fiesta(79) barroca se constituía en una gigantesca máquina retórica perfectamente engrasada y afinada para cumplir con su máximo objetivo "pedagógico": desplegar el arte de la persuación a partir de la sorpresa y de la profusión de lo efímero-visual para incrementar y reforzar el poder absoluto del monarca. A través del gobierno de la imagen el poder publicita su programa socializador: a cada cual lo suyo, "a cada cual su rango y cada cual en su sitio",(80) que cada uno sepa entonces dónde está y a qué atenerse. La promoción y el ascenso social de los individuos es posible, viable y legítima pero... su valor será, precisamente, no aspirar "desordenada y caóticamente" a ser más y mejor que los demás.

   Hay que agregar a eso que no contraen matrimonios desiguales, sino que los hacen siempre con personas de su misma condición. Las mujeres de los togados no van a las casas de las damas de la Corte, y un hombre poseedor de un título se casa siempre con una hija de otro titulado. No se ve como en Francia, a plebeyos ascendidos a la nobleza, por lo que no se arriesgan a tratar familiarmente a gentes que no sean de su condición.(81)

   "En la cultura del Barroco pocas cosas quedan fuera del proscenio, pero en esta concepción del mundo como teatro hay mucho más que un reparto de papeles asignados [...] donde nadie es quien es sino el personaje que le ha tocado ser [...] [porque] el libreto se hace código o norma que repugna improvisación y desvío [...] [y porque] en el Barroco no hay [lugar] para las conductas espontáneas [...] Sucede [que] esta estética de la simulación responde a una ética de la simulación."(82) "«Pasar por», «ser mirado como», «ser estimado»: la civilidad no pertenece (o ya no pertenece) al orden de la verdad, sino al de la reputación. No exhibe por sí misma una identidad íntima, sino que es definida por la mirada y el juicio del otro."(83)

   Tanto las palabras como las acciones y los gestos son índices significativos que en el código del honor se prestan a la interpretación de los otros y permiten el reconocimiento moral y social de la persona y lo son más si se manifiestan y se expresan en presencia de los demás, "testigos" y fieles representantes de la "opinión social". El "qué dirán" o la opinión que los otros tenían sobre un individuo fundamentando su existencia se constituye así en un tribunal cuyos juicios son inapelables, por eso la mentira es, fundamentalmente, deshonrosa cuando es públicamente condenada y socialmente impugnada: ya hemos visto cómo "la opinión de los otros, a veces puesta en escena, hace ley".(84)

   Un hombre que, para la opinión social, no era digno merecedor de la consideración y de la respetabilidad o sólo lo era escasamente, estaba más o menos perdido porque el prestigio no es nada si no se acredita y testifica a través de la observancia de las conductas socialmente prescriptas para cada estado. "Este hecho nos manifiesta, una vez más, la necesidad [...] de cuidar la apariencia, sea ésta personal o familiar, como uno de los medios útiles para mantener el status. Es decir, viviendo de acuerdo a los convencionalismos marcados por la sociedad supone tanto como conseguir el respeto de los hombres que la componen, a la vez conduce a la pérdida de la identidad individual, su anulación o represión."(85) De esta forma "objetivar, es [...] hacer visible, público, conocido por todos, [...] proclamado, frente a todos, ante todo el mundo, [...] todo el mundo es a la vez tomado como testigo y llamado a controlar, a ratificar, a consagrar [porque] tener un nombre o un oficio homologado, reconocido, es existir oficialmente."(86)

   Las actuaciones cotidianas "[...] deben pasar con frecuencia por una severa prueba de aptitud, adaptabilidad, corrección y decoro [...] [por lo tanto cada protagonista debe vigilar] su propia conducta con todo ciudado para no ofrecer a la oposición un punto vulnerable, que pueda ser blanco de críticas directas".(87) Como "los estilos de vida son [...] productos sistemáticos de los habitus [...], la identidad social se define y se afirma en la diferencia."(88) Si resulta vergonzoso para quienes son de noble cuna no guardar ni tener la buena conducta que corresponde a su extracción, lo mismo sucede para quienes no lo son: es la configuración social la que prescribe cuáles son los comportamientos lícitos y proscribe a los que tacha de irregulares, indebidos y disrruptivos. Los buenos vestidos ponen veneración en la persona, haziendo creer al vulgo que es todo aquello que el buen vestido requiere, principalmente que ay ciudades en una policía concertadas, donde el cavallero tiene su trage ya conoscido, y el hidalgo, el ciudadano, el official, y todos andan señalados de tal manera, que uno no osa ponerse el trage ni el hábito de otro. Pero ay ciudades sin orden, donde todos andan tan bien vestidos, que de igualdad no se conoscen, y donde el ruin linage con dos varas de seda encubre su mal, y lo tienen por cavallero...(89)

   Como "las leyes suntuarias son sobre todo leyes discriminatorias, la lucha contra el lujo se instituye en una paradójica manera de reservar el acceso a él: se trata de detener la mezcla social, de determinar las distancias por medio del mismo traje, de congelar por medio de la mirada un conjunto de jerarquías indumentarias".(90)

   En actas de Cortes se encuentran innumerables protestas y quejas acerca de quienes llevan indebidamente ricos atavíos. ...Ya Vuestra Alteza vehe la deshorden que ay en estos rreynos en los atavios y rropas y en tiempo de tanta nesçesidad, porque lo que los vnos trahen quieren traher los otros, y el rreyno se destruye y enpobreçe por cosa tan desmayada y tan sin provecho, suplicamos a Vuestra Alteza mande preveher de manera que se guarden, y executen e pregonen de nuevo las prematicas destos rreynos, que disponen sobre los brocados, dorados, bordados, hilos tirados, telas de oro, y plata e labradas, y en los de la seda mande tener alguna moderacion, como convenga a su servicio e bien de estos rreynos... A esto vos rrespondemos... [y] mandamos que los oficiales e menestrales de manos en estos rreynos no traygan ni puedan traher seda alguna....(91) ...En estos rreynos son muy excessivos y grandes los gastos y daños que reçiben los súbditos..., por la gran deshorden de los trages y vestidos que se vsan, como es notorio, por la mucha maliçia delas gentes y desvelamiento de los oficiales y menestrales de manos, no basta todo lo proveydo por Vuestra Magestad en las Cortes pasadas... porque la premática de los brocados y tela de oro y plata se guarda mal, a lo menos fuera de la corte, suplicamos a Vuestra Magestad de nuevo la mande guardar e poner mayores penas, asy a los que contra la dicha premática vinieren....(92) Es así como los triunfos y las derrotas del individuo se alcanzan en el reino social alrededor de la respetabilidad externa que se funda, casi exclusivamente, en el traje, el tren de vida y la calidad social heredada.(93) "Esto significa que la manifestación del honor [que trasciende y supera al individuo] es casi siempre pública, [ya] que precisa de testigos."(94) Todo el mundo parece correr con desesperación detrás de la apariencia de un aspecto exterior digno "[...] para participar de [ese] gran festín que es la honra social".(95)

   Sin embargo, para el sector nobiliario, la vida en la Corte entrañaba enormes presiones sobre las rentas porque "los factores más importantes que provocaron un nivel anormalmente elevado en el gasto fueron las obligaciones morales impuestas a los nobles por la sociedad para llevar un tenor de vida de acuerdo con su dignidad".(96) Muchos nobles fueron llevados al fasto y al derroche no por propia inclinación, sino forzados por la presión social.

   En tanto "[...] prisioneros de un estado de opinión que les señalaba conductas que, desde el punto de vista práctico, eran nefastas [debían mantener] aunque fuera a costa de penalidades y sacrificios ocultos, un tren de vida carísimo [...]"(97) para no ser tachados como hombres de menos valer. Pero esta economía del gasto ostensible no se puede definir como una conducta irracional porque el gasto que se realiza se encuentra supeditado a un tipo de "cálculo" o "maximización del beneficio" diferente y particular a la actual búsqueda de ganancia. Su objetivo era permitir la producción y la reproducción de las condiciones de existencia y, por qué no, de magnificencia del estamento nobiliario.

   Uno de los principios que rige sobre la ley del gasto y del consumo ostensible es "el qué dirán", por eso el "vivir notablemente" implica vivir para los demás y ante los demás con todos los beneficios y los perjuicios que ello implica. Como la realidad de una posición social sólo es aquélla que la opinión juzga que ella es (a través del reconocimiento de la misma por parte de los otros), la economía aristocrática de la ostentación reglamenta y determina los gastos, no a partir de los ingresos y las necesidades económicas, sino a partir de la categoría que se quiere tener y de las necesidades de la figuración social.

   Para ganar y conservar la estima de los demás no basta con ser poseedores de riqueza y poder, ambos deben ser "exteriorizados" y puestos de manifiesto en público, porque la estima y la acreditación social sólo se otorgan ante la evidencia.

   Los agentes [sociales] se clasifican ellos mismos, se exponen ellos mismos a la clasificación, al elegir, conforme a sus gustos, diferentes atributos, vestimenta, alimentos, bebidas, deportes, amigos [...] que convienen a su posición. Con más exactitud: al elegir, en el espacio de los bienes y de los servicios disponibles, los bienes ocupan una posición homóloga en este espacio a la posición que ocupan en el espacio social. Lo que hace que nada clasifique más a alguien que sus clasificaciones.(98)

   El gasto, en tanto hecho social total, está dotado de múltiples significaciones engarzadas en torno a la necesidad de mostrar y mostrarse ante iguales y subordinados. Sin embargo "[...] mantener un estilo de vida derrochador y semipúblico [...] fue una causa importante de sus dificultades económicas",(99) inconvenientes materiales que se traducirán en la pervivencia de una deuda aristocrática crónica. Son de carácter soberbio, estimándose superiores a todas las naciones extranjeras... Andan con gravedad... Van bien vestidos, calzados delicadamente... Pasan una parte del día paseándose por las plazas, vestidos lo mejor que pueden, mientras se mueren de hambre en sus casas...(100) Son también los menos previsores del mundo... tampoco se preocupan apenas del porvenir y no viven sino al día..., porque están acostumbrados a comer bien hoy y a morirse de hambre mañana...(101) Son más dados al fasto que a ninguna otra cosa.(102) Y es necesario advertir que los españoles, tan sobrios cuando pagan lo que consumen, lo son poco cuando viven a costa de cualquiera. He visto a personas de calidad comer como lobos en un banquete dado por mi prima, y excusaban su hambre con el buen sabor de los guisos condimentados a la francesa.(103) Me ha parecido que les gusta mucho comer bien cuando no es a propia costa. Rara vez se invita y casi siempre comen en la intimidad...(104)

   Tanto el gasto señorial, como por derivación lógica el endeudamiento a que daba lugar para poder sustentarlo (...la necesidad hace todo esto: renegad vos de muchas obligaciones con quien cumplir, y pocas fuerzas [a veces] con que acudir...(105)), tenía sus raíces en los imperativos del aparato de dominación hegemónico al que la aristocracia pertenecía y en el que se legitimaba y se veía obligada a situarse en función tanto de su condición (la "superioridad social" de la que gozaba) como de su papel (la sumisión dependiente a la domesticación política y simbólica del Estado absoluto). "Sólo viviendo en la Corte [centro en el que cada uno rivaliza en el despilfarro], en medio de la sociedad cortesana, podían [los nobles] mantener las distancias frente a todos los demás así como el prestigio sobre los que descansaba su tranquilidad de espíritu, su existencia como miembros de una clase superior, la Society del país."(106)

   En la lógica de la Corte (donde la distinción se refuerza en la dependencia) el gasto suntuario, tanto privado como público, no sólo era una forma obligada de conducta, sino también una auténtica inversión social, ya que el prestigio alcanzado y desplegado a través del mismo podía atraer las mercedes y las dádivas del rey.

   Tanto los gastos de presentación como los de representación eran un deber para con el rey, pero también una manera más de atraer los favores, los beneficios y las miradas del monarca. "El poder económico es, en primer lugar, un poder de poner la necesidad económica a distancia: por eso se afirma universalmente mediante la destrucción de riquezas, el gasto ostentoso, el despilfarro y todas las formas del lujo gratuito."(107) Pero con relación a las damas, es más bien una moda la que siguen que un ahorro que quieran hacer, porque no son ni avaras ni cuidadosas de la ropa, pues las hay que se hacen hacer dos o tres nuevas por semana.(108)

   La nueva consigna es mostrar la calidad, por ejemplo, a partir de las formas de comer y de vestir que están escrupulosamente codificadas y prescriptas para controlar el comportamiento y el consumo público y privado de determinados bienes de prestigio y para impedir tanto la usurpación social de los mismos como el exceso de ostentación y derroche en su patrón de consumo.

   Dícese que desde el miércoles de Ceniza se prohiben todo género de guarniciones de cualquier modo que sean, llanos, así como en los hombres como en las mujeres, para ahorrar de gastos y superfluidades... Grandes pragmáticas se esperan y se discurre se publicarán en breve. Ordénanse a reformas de trajes y de coches; que los oficiales no vistan sedas, y que ninguno que no sea señor o presidente de Consejo lleve más de dos mulas en su coche..., porque no hay hombre, por humilde que sea, ni de más bajo trato, que no ande encochado, porque tiene dinero que es el todopoderoso...(109)

   El dispositivo cultural de la civilidad barroca no sólo recomienda vestir al uso [y] comer a gusto(110) sino con arreglo a la propia calidad de la persona porque calidad es sinónimo de poder.(111) La comida y el vestido pueden ser considerados unos de los tantos vehículos objetivos de la acreditación pública de una ubicación destacada en la jerarquía social en tanto signos de distinción portadores de status para quienes a partir de su consumo pretendan mostar y demostrar la posesión de "grandes estados".

   Los bienes de prestigio constituyen un sistema de símbolos distintivos y de signos visibles que se articulan entre sí para comunicar un doble sentido: transmitir la condición social y evidenciar y reforzar el poder de quienes los consumen. En tanto mercancías especiales (o signos de "adscripción social") el verdadero valor del bien de prestigio no radica sólo en su precio sino en su función para "crear" relaciones y para determinar posiciones sociales. El consumo de este tipo de bienes "no responde a una economía individual de las necesidades sino que es una función social de prestigio y de distribución jerárquica [...] [por eso es preciso que estos objetos sean] producidos e intercambiados (a veces en forma de dilapidación violenta) para que una jerarquía social se manifieste [...] con la intención no sólo de poseer, sino de demostrar cómo se posee bien".(112)

   Comer bien o comer mal, vestir bien o vestir mal, también, son atributos intrínsecos del hombre barroco, tan inherentes e inmutables como su papel social: la correspondencia entre "calidad de la comida y del vestido" y "calidad de la persona" no se considera un simple dato circunstancial relacionado con situaciones de bienestar o necesidad, sino que se postula como una verdad absoluta, y por así decirlo, ontológica.(113)

   La alimentación es uno de los principales distintivos de rango y un procedimiento eficaz, en tanto indicador social, para manifestar la superioridad. "El consumo alimenticio se rodea de «códigos simbólicos» que intervienen tanto como la comodidad o la necesidad, como la cortesía o el sentido lúdico, en la cocina y en la mesa. La alimentación presenta, además, formas específicas a través de las que se manifiestan identidades culturales, aspiraciones o tabúes religiosos. Y, en definitiva, [esto es así porque] los alimentos son bienes de cultura [...]."(114) En este sentido "el mismo banquete en su conjunto y en su trascurrir se transformaba en un espectáculo, en el que los comensales eran a la vez actores y público. Incluso era costumbre, considerada honrosa, que algunas personas fueran invitadas a contemplar cómo celebraban otros el banquete".(115)

   La alimentación era, entonces, un fiel reflejo de las profundas diferencias existentes en la estratificación de los estados sociales en lo referente a la composición de la dieta (prescripta al detalle para cada grupo social), las distintas formas de concebir el hecho alimentario, la distribución jerárquica de los alimentos, los usos y costumbres del comer y los hábitos alimentarios.

   [...] Como la capacidad de comer tiene un límite, para los ricos era necesario pasar de comer mucho a comer bien, en el sentido de comer refinadamente, para utilizar el banquete como signo de distinción social. Comer bien era así comer productos caros, raros, poco comunes [...] Productos preparados de manera laboriosa, complicada [...] Refinamiento era también comer de acuerdo con la moda, con la novedad. La innovación culinaria era un destacado medio de distinción. Otro elemento importante del refinamiento era la variedad, debía haber mucho para poder elegir [...] La libertad de elección también era un lujo.(116)

   El comer puede ser considerado "[...] un acto público, [y] un escaparate que servía para mostrar a la sociedad la superioridad".(117) La mesa es un punto de encuentro que refuerza la socialización, ya que comer solo significaba "marginación social" y el consumo de alimentos en la misma en un hecho social total en sí mismo. Frente a la frugalidad y a la carestía obligada de los estratos inferiores, que entre la subsistencia y la miseria están sumergidos en la lucha cotidiana por la supervivencia, también fueron famosos por su abundancia y exceso los festines y banquetes pantagruélicos de los estratos superiores en tanto símbolos de alarde y magnificencia.(118) Esta arraigada convicción que se asienta en la relación directa entre la cantidad y la calidad de los alimentos y la catalogación social de las personas están en íntima relación con el sistema estamental existente en el que la comida también es utilizada como un motivo de ostentación cuyo objetivo es "[...] demostrar costumbre de comer mucho y bien para no disminuirse a los ojos de los demás".(119) Es así como se puede suscitar la burla de los demás si, perteneciendo al estamento nobiliario, se mezquina y se raciona la comida para uno mismo o para los otros o si se come, desmesuradamente, con glotonería y gula sin guardar las leyes de la templanza.

   En este sentido podemos concluir, afirmando cual sentencia social, que en la civilidad barroca "la actitud corporal, los ademanes, la vestimenta, la expresión del gesto, todo ello es el «comportamiento externo» [...], expresión de la interioridad o de la totalidad del ser humano".(120)

3. Reflexiones finales

   Grandiosidad, pose y teatralidad. A partir de estos tres pilares simbólicos se despliega, cotidianamente, tanto la ética como la estética de la simulacion barroca que nos deslumbra a partir de su juego de espejos. Todo el que actúa está obligado a supervisar su actuación, por eso los espejos ocupaban un lugar destacado en todas partes. Como la teatralidad y la pose piden el espejo, se anula la intimidad a partir del recurso de actuar y "ser visto". Sin embargo "todos querían, además de verse actuar, tener la oportunidad de aplaudirse a sí mismos, y sin un espejo uno apenas puede contemplarse a sí mismo".(121)

   "Como toda conducta personal es un acto público, o se convierte en un acto público, la superficialidad llega a ser la seña de identidad de todo el mundo. El comportamiento general se reduce a formalidades, todo el mundo se contenta con actuar según convencionalismos [...] A la postre el engaño y la mentira son el único resultado. Siendo ásperas e imposibles de malear a placer, la autenticidad y la verdad resultan siempre incómodas [...] Por lo tanto, la verdad es el gran enemigo de la época. En todos los terrenos su lugar lo ocupará la impostura. Ésta es la única lógica posible, la única lógica del momento histórico, por fatal que fuese":(122) la práctica de la regla social primaria de la civilidad barroca, la apariencia, máscara ingeniosa que si bien a la vista tiene un buen parecer... puede engañar en lo intrínseco y sustancial (123) ya que, en tanto exterioridad,... lo que se representa á la vista,... muchas veces suele ser diverso de lo que se ofrece a los ojos.(124)

   El entramado cultural barroco, en tanto teatro del mundo, "señalaba un asiento teatral en todas y cada una de las manifestaciones de la existencia social. [Se expresaba en] la puesta en escena de un juego que muestra los juegos que hacen y deshacen la sociedad; una sociología que no procede por enunciación, sino por demostración mediante el drama".(125)

Notas

1. Ariès, P., "Para una historia de la vida privada", en Ariès, P. y Duby, G. (dirs.), Historia de la vida privada. El proceso de cambio en la sociedad de los siglos XVI-XVII, Tomo 5, Madrid, Taurus, 1992, p. 9.        [ Links ]

2. Castellán, A., Algunas preguntas por lo moderno, Buenos Aires, Tekné, 1986, pp. 145-147.        [ Links ]

3. Ver Canavese, G., "Cuando 'el nombre rige al hombre'. La invención de un pasado y el arte de la impostura en la España moderna", Fundación, III, 2000-2001.        [ Links ]

4. Ibidem.

5. Fernández Navarrete, P., Conservación de Monarquías y Discursos Políticos sobre la Gran Consulta que el Consejo hizo al Señor Rey Don Felipe Tercero, Madrid, Oficina de Don Benito Cano, 1792 (edición con la que se trabajó, colección de Clásicos del Pensamiento Económico Español del Instituto de Estudios Fiscales de Madrid), pp. 211, 215 y 218.        [ Links ]

6. Maravall, J.A., La cultura del Barroco. Análisis de una estructura histórica, Barcelona, Ariel, 1975, p. 244.        [ Links ]

7. Tinoco Rubiales, S., "De Triana al Arenal, una ciudad fluvial", en Martínez Shaw, C. (comp.), Sevilla, siglo XVI. El corazón de las riquezas del mundo, Madrid, Alianza, 1993, p. 49.        [ Links ]

8. Liñán y Verdugo, A., Guía y avisos de forasteros que vienen a la Corte, Madrid, Editora Nacional, 1980, p. 143. En 1620, Antonio Liñán y Verdugo escribió esta Guía y avisos de forasteros que vienen a la Corte, seguida de unas novelas morales y de unos ejemplares escarmientos (o consejos y reglas de prudencia), en la que se prevenía a los que llegaban a la Corte de los riesgos a los que se exponían en la "maravilla de las naciones": Madrid, la "Babilonia española".         [ Links ]

9. Frutos Gómez De Las Cortinas, J., "El antihéroe y su actitud vital (sentido de la novela picaresca)", Cuadernos de Literatura, Tomo VII, Nros. 19-20-21, 1950, pp. 102, 108 y 110.        [ Links ]

10. Liñán y Verdugo, A., op. cit., pp. 73, 74 y 97.

11. Bourdieu, P., La distinción. Criterios y bases sociales del gusto, Madrid, Taurus, 1988, p. 250.        [ Links ]

12. Martínez Gil, F., Muerte y sociedad en la España de los Austrias, Madrid, Siglo XXI, 1993, p. 321. También se recomienda ver García Fernández, M., Los castellanos y la muerte. Religiosidad y comportamientos colectivos en el Antiguo Régimen, Valladolid, Junta de Castilla y León, Consejería de Educación y Cultura, 1996.         [ Links ]         [ Links ]

13. Castellán, A., op. cit., pp. 154-156.

14. El aviso pertenece al género de la "ficción informativa" y tiene un carácter de inmediatez, de pluralidad de temas e interpretación de hechos muy singular. No sólo transmite información de diversa índole, también valora e interpreta conductas, hechos y toma posición ante determinados acontecimientos. "Se trata de una información sesgada e intencional [...] pero útil para reconstruir el imaginario colectivo". Ver Díez Borque, J. M., "Estudio preliminar", en Barrionuevo, J. de, Avisos del Madrid de los Austrias y otras noticias, Madrid, Castalia, 1996, p. 20.        [ Links ]

15. En la polisémica y plural lectura que permite la literatura de viajes abundan testimonios sobre el entramado político del poder, el estado de la Corona, órdenes impartidas en materia de política interior y exterior, visiones de conjunto e impresiones personales sobre las características de la nación, cultura, carácter, idiosincrasia, costumbres, etc., y múltiples aspectos de la vida cotidiana. Cabe precisar que "los libros y los relatos de viaje son una fuente inestimable de datos, pero requieren una metodología propia para ser interpretados, sobre todo si se tiene en cuenta que no fueron escritos en la mayoría de los casos con la finalidad de hacer historia, sino para transmitir las propias impresiones de los itinerantes". Ver Contarini, S., Estado de la monarquía española a principios del siglo XVII, Estudio preliminar de Gil Sanjuán, J., Málaga, Algazara, 2001, p. 13.        [ Links ]

16. Ver Elias, N., La sociedad cortesana, México, Fondo de Cultura Económica, 1982.         [ Links ]

17. Ver la presentación de la obra de Fernández de Córdova Miralles, Á., La Corte de Isabel I. Ritos y ceremonias de una reina (1474-1504), Madrid, Dykinson, 2002, pp. 11-13.        [ Links ]

18. Se recomienda ver Martínez Millán, J. (dir.), La corte de Felipe II, Madrid, Alianza, 1994.        [ Links ]

19. Ver Castro Alfín, D., "La cultura nobiliaria. Corte y civilización", en Iglesias, M.C., Nobleza y sociedad en la España moderna, Oviedo, Nobel, 1996.        [ Links ]

20. Álvarez-Ossorio Alvariño, A., "La Corte: un espacio abierto para la historia social", en Castillo, S. (coord.), La historia social en España. Actualidad y perspectivas, Madrid, Siglo XXI, 1991, p. 251.        [ Links ]

21. Ver Álvarez-Ossorio Alvariño, A., op. cit.

22. Fernández de Córdova Miralles, Á., op. cit., p. 90.

23. Castro Alfín, D., "La cultura nobiliaria...", p. 233.

24. Carrasco Martínez, A., Sangre, honor y privilegio. La nobleza española bajo los Austrias, Barcelona, Ariel, 2000, p. 81.        [ Links ]

25. Cabrera de Córdoba, L., Relaciones de las cosas sucedidas en la Corte de España desde 1599 hasta 1614, Madrid, Imprenta de J. Martín Alegría, 1857, p. 187.        [ Links ]

26. Díez Borque, J.M., La sociedad española y los viajeros del siglo XVII, Madrid, Sociedad General Española de Librería S.A., 1975, p. 172. (cita a Joly, B., Voyage en Espagne, 1603-1604).        [ Links ]

27. Díez Borque, J. M., op. cit, p. 81 (cita a Brunel, A. de, Voyage d'Espagne curieux, historique et politique. Fait en l'année 1655).

28. García Mercadal, J., Viajes por España, Madrid, Alianza, 1972, pp. 231-232 (cita de viajero cuyo nombre se ignora. Obra que se dio a conocer en 1700).         [ Links ]

29. Carrasco Martínez, A., op. cit., p. 81.

30. Díez Borque, J. M., op. cit., pp. 63-64 (cita a Joly, B., Voyage en Espagne, 1603-1604).

31. Ariès, P., "Para una historia de la vida privada"..., p. 11.

32. Chartier, R., Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna, Madrid, Alianza, 1993, p. 246.        [ Links ]

33. Elias, N., El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1993, p. 233.        [ Links ]

34. Elias, N., El proceso de la civilización..., p. 259.

35. Condesa D'Aulnoy, Un viaje por España en 1679, Madrid, Ediciones La Nave, s.d., p. 174.        [ Links ]

36. García Mercadal, J., op. cit., p. 228. (cita de viajero cuyo nombre se ignora. Obra que se dio a conocer en 1700).

37. Chartier, R., "Introducción", en Ariès, P. y Duby, G. (dirs.), op. cit., p. 23.

38. Revel, J., "Los usos de la civilidad", en Ariès, P. y Duby, G. (dirs.), op. cit., p. 184.

39. Chartier, R., Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna..., p. 283.

40. Vigarello toma como marco referencial las hipótesis propuestas por Norbert Elias en El proceso de la civilización.

41. Ver Canavese, G., "Gobernar el cuerpo. La dietética para sanos en los siglos XVI y XVII" en González de Fauve, M. E. (ed.), Ciencia, poder e ideología. El saber y el hacer en la evolución de la medicina española (siglos XIV-XVIII), Buenos Aires, 2001.        [ Links ]

42. Las "seis cosas no naturales" galénicas son aire y ambiente, comida y bebida, trabajo y descanso, sueño y vigilia, excreciones y secreciones y accidentes del ánimo. Aunque necesarias, no constituyen al organismo viviente pero sí lo afectan causándole la salud o la enfermedad.

43. Vigarello, G., Lo limpio y lo sucio. La higiene del cuerpo desde la Edad Media, Madrid, Alianza, 1991, p. 280.        [ Links ]

44. Carmona, J. I., Crónica urbana del malvivir (siglos XIV-XVII). Insalubridad, desamparo y hambre en Sevilla, Sevilla, Universidad de Sevilla, Secretariado de Publicaciones, 2000, p. 38.        [ Links ]

45. Carmona, J. I., op. cit., p. 39.

46. Sánchez Ortiz, A., "El color: símbolo de poder y orden social. Apuntes para una historia de las apariencias en Europa", Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, Historia Moderna, tomo 12, 1999, p. 337.        [ Links ]

47. Carmona, J. I., op. cit., p. 38.

48. Ver Correas, G., Vocabulario de refranes y frases proverbiales y otras fórmulas comunes de la lengua castellana en que van todas las impresas antes y otra gran copia, Madrid, Tip. de la "Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos", Nº 1, 1924.

49. Ver Ruiz Somavilla, M. J., El cuerpo limpio. Análisis de las prácticas higiénicas en la España del mundo moderno, Málaga, Universidad de Málaga, 1993.        [ Links ]

50. García Mercadal. J., Viajes por España, Madrid, Alianza, 1972, p. 190 (cita a Mme. D'Aulnoy, Relation du voyage d'Espagne. Se publica en París en 1691).        [ Links ]

51. Vigarello, G., op. cit., pp. 105-111.

52. Vigarello, G., op. cit., p. 107.

53. Carmona, J. I., op. cit., pp. 38-39.

54. Díez Borque, J. M., op. cit., pp. 59-61-78-124 (cita a Joly, B., Voyage en Espagne, 1603-1604).

55. Vigarello, G., op. cit., p. 253.

56. Vigarello, G., op. cit., p. 284.

57. Elias, N., El proceso de la civilización..., p. 553.

58. Castellán, A., op. cit., p. 135.

59. Sánchez Lora, J.L., "Barroco y simulación: cultura de ojos y apariencias, desengaño de ojos y apariencias", en Chalmeta, P., Checa Cremadas, F. y otros (eds.), Cultura y culturas en la historia, Salamanca, Ediciones Universidad, 1995, pp. 75-80.        [ Links ]

60. García Mercadal, J., op. cit., p. 229 (cita de viajero cuyo nombre se ignora. Obra que se dio a conocer en 1700).

61. Díez Borque, J. M., op. cit., p. 112 (cita a Mme. D'Aulnoy, Relation du voyage d'Espagne. Se publica en París en 1691).

62. García Mercadal, J., op. cit., p. 161 (cita a Muret, J., Lettres ecrites de Madrid en 1666 et 1667).

63. Sánchez Ortiz, A., op. cit., p. 329.

64. Fuchs, E., Historia ilustrada de la moral sexual, Tomo 2: La época galante, Madrid, Alianza, 1985, p. 149.        [ Links ]

65. Fernández de Córdova Miralles, A., op. cit., p. 116.

66. García Mercadal, J., op. cit., p. 229. (cita de viajero cuyo nombre se ignora. Obra que se dio a conocer en el año 1700).

67. Díez Borque, J.M., op. cit., p. 79 (cita a Mme. D'Aulnoy, Relation du voyage d'Espagne. Se publica en París en 1691).

68. Díez Borque, J. M., op. cit., p. 63 (cita a Joly, B., Voyage en Espagne, 1603-1604).

69. Chartier, R., Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna..., p. 261.

70. Balandier, G., El poder en escenas. De la representación del poder al poder de la representación, Barcelona, Paidós, 1994, p. 16.        [ Links ]

71. Burucúa, J. E., "Ángel Castellán: una obra historiográfica centrada en el problema del mundo moderno", Anales de Historia Antigua y Medieval, Nº 29, 1996, p. 192.        [ Links ]

72. Fuchs, E., op. cit., pp. 91-92.

73. La escuela de los Annales fue la pionera en la investigación de todos los aspectos materiales y simbólicos de la vida, metafóricamente hablando, "desde la cuna hasta la sepultura". Sin embargo, desde hace unos pocos años es una de las facetas privilegiada de la investigación histórica. Abundan, al respecto, las publicaciones y los congresos recientes sobre esta temática que intenta sistematizar todos los actos, prácticas y relaciones que hacen a la cotidianidad del sujeto histórico: comer y beber, vestir, amar, disfrutar y holgar, padecer y sanar, envejecer, enfermar y morir, etc. Se recomienda ver Fernández de Córdova Miralles, A., op. cit.

74. Castellán, A., op. cit., pp. 144-145.

75. Frutos Gómez de las Cortinas, J., op. cit., p. 111.

76. Chartier, R., "Introducción" en Ariès, P. y Duby, G. (dirs.), op. cit., p. 166.

77. Castellán, A., op. cit., p. 154.

78. Bennassar, B., Los españoles. Actitudes y mentalidades, desde el siglo XVI al XIX, Madrid, Swan, 1985, p. 162.        [ Links ]

79. Se recomienda ver, a modo de"estado de la cuestión" acerca de la fiesta como objeto de estudio de la historia cultural, Parma, M., "Fiesta y revuelta. La teatralidad política en Valencia a principios de la modernidad", Cuadernos de Historia de España, LXXVII, 2001-2002, pp. 146-150.        [ Links ]

80. Tomás y Valiente, F., El derecho penal de la monarquía absoluta (siglos XVI, XVII, XVIII), Madrid, Tecnos, 1969, p. 65.        [ Links ]

81. Díez Borque, J. M., op. cit., p. 102 (cita a Mme. D'Aulnoy, Relation du voyage d'Espagne).

82. Sánchez Lora, J. L., op. cit., pp. 79, 80 y 82.

83. Chartier, R., Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna..., p. 270.

84. Balandier, G., op. cit., p. 45.

85. Gibello Bravo, V. M., La imagen de la nobleza castellana en la Baja Edad Media, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1999, p. 47.        [ Links ]

86. Bourdieu, P., Cosas dichas, Barcelona, Gedisa, 1996, p. 88.        [ Links ]

87. Goffman, E., La presentación de la persona en la vida cotidiana, Buenos Aires, Amorrortu, 1994, p. 66.        [ Links ]

88. Bourdieu, P., La distinción..., pp. 170-171.

89. Mal Lara, J. de, Philosophía vulgar, Madrid, Fundación José Antonio Castro, 1996, pp. 871- 872.        [ Links ]

90. Vigarello, G., op. cit., pp. 98-99.

91. Cortes de Valladolid de 1523, en Cortes de los antiguos Reinos de León y Castilla, Madrid, Real Academia de la Historia, tomo cuarto, 1882, p. 381.

92. Cortes de Valladolid de 1537, en Cortes de los antiguos Reinos de León y Castilla, Madrid, Real Academia de la Historia, tomo cuarto, 1882, pp. 639-640.

93. Ver Bataillon, M., Pícaros y picaresca, Madrid, Taurus, 1969.

94. Bennassar, B., op. cit., p. 194.

95. Gutiérrez Nieto, J. I., "La estructura castizo-estamental de la sociedad castellana del siglo XVI", Hispania, 125, 1973, p. 546.        [ Links ]

96. Stone, L., La crisis de la aristocracia (1558-1641), Madrid, Alianza, p. 249.        [ Links ]

97. Domínguez Ortíz, A., Las clases privilegiadas en la España del Antiguo Régimen., Madrid, Istmo, 1973, pp. 99, 100 y 118.        [ Links ]

98. Bourdieu, P., Cosas dichas..., pp. 134-135.

99. Stone, L., op. cit., p. 253.

100. Díez Borque, J. M., op. cit., pp. 74-75 (cita a Jouvin, A., Le voyageur d'Europe, ou sont les voyages de France, d'Italie et de Malthe, d'Espagne et de Portugal, 1672).

101. Díez Borque, J. M., op. cit., p. 78 (cita a Bertaut, F., Relation d'un voyage d'Espagne, 1664).

102. García Mercadal, J., op. cit., p. 226 (cita de viajero cuyo nombre se ignora. Obra que se dio a conocer en 1700).

103. Condesa D'Aulnoy, op. cit., p. 158.

104. García Mercadal, J., op. cit., p. 232 (cita de viajero cuyo nombre se ignora. Obra que se dio a conocer en 1700).

105. Liñán y Verdugo, A., op. cit., p. 61.

106. Elias, N., El proceso de la civilización..., p. 480.

107. Bourdieu, P., La distinción..., p. 52.

108. Díez Borque, J. M., op. cit., p. 104 (cita a Mme. D'Aulnoy, Relation du voyage d'Espagne. Se publica en París en 1691).

109. Barrionuevo, J. de, Avisos del Madrid de los Austrias y otras noticias, Madrid, Castalia, 1996, pp. 108 y 293.        [ Links ]

110. Ver Correas, G., op. cit.

111. Ver Montanari, M., El hambre y la abundancia. Historia y cultura de la alimentación en Europa, Barcelona, Crítica, 1993, pp. 87-88.        [ Links ]

112. Baudrillard, J., Crítica a la economía política del signo, México, Siglo XXI, 1995, pp. 2 y 21.        [ Links ]

113. Ver Montanari, M., op. cit.

114. Ladero Quesada, M., "La alimentación en la España medieval. Estado de las investigaciones", Hispania, tomo XLV, 159, 1985, p. 211.        [ Links ]

115. Pérez Samper, M. A., "Fiesta y alimentación en la España moderna: el banquete como imagen festiva de abundancia y refinamiento", Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, Historia Moderna, tomo 10, 1997, p. 61.        [ Links ]

116. Pérez Samper, M. A., op. cit., p. 56.

117. Garcia Marsilla, J. V., La jerarquía en la mesa. Los sistemas alimentarios en la Valencia bajomedieval, Valencia, Centro de Estudios Local, 1993, p. 189.        [ Links ]

118. Se sugiere ver el trabajo de Bau, A. y Canavese, G., "'Si domares el vientre, habitarás el paraíso'. Los desórdenes alimentarios en los regímenes de salud de la primera modernidad hispana", XVII Jornadas de Historia de la Medicina. "Europa y Argentina en la Medicina y en la Ciencia", organizadas por la Sociedad Argentina de Historia de la Medicina de la Asociación Médica Argentina y el Ateneo de Historia de la Medicina de la Universidad de Buenos Aires, 2002, en prensa.        [ Links ]

119. Carlé, M. del C., "Notas para el estudio de la alimentación y el abastecimiento en la baja Edad Media", Cuadernos de Historia de España, LXI-LXII, 1977, p. 339.        [ Links ]

120. Elias, N., El proceso de la civilización..., p. 101.

121. Fuchs, E., op. cit., p. 92.

122. Fuchs, E., op. cit., p. 95.

123. Covarrubias, S. de, Tesoro de la lengua castellana o española, edición preparada por Martín de Riquer, Barcelona, S. A. Horta, 1943, sub voce "apariencia".        [ Links ]

124. Real Academia Española, Diccionario de la lengua castellana, tomo A-D, Madrid, Imprenta de Francisco del Hierro, 1726, sub voce "apariencia".        [ Links ]

125. Balandier, G., op. cit., p. 15.