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Cuadernos de historia de España

versión On-line ISSN 1850-2717

Cuad. hist. Esp. v.80  Buenos Aires ene./dic. 2006

 

"Agua que cura, agua que alimenta". La dietética para sanos y el uso del agua en la sociedad española bajomedieval y moderna

Andrea María Bau y Gabriela Fernanda Canavese

Universidad de Buenos Aires

Y aunque el agua no aproueche por alimento, a lo menos les sera vtil por medicamento...(1)

RESUMEN
Mantener el equilibrio, corporal, anímico y conductual, era imprescindible para conseguir un buen estado de salud, pero hay factores y elementos que pueden influir en la misma y es necesario tener en cuenta. Ellos son las "sex res non naturales", externas o ajenas al hombre (aire y ambiente, comida y bebida, trabajo y descanso, sueño y vigilia, excreciones y secreciones y accidentes del ánimo), que condicionan tanto la salud como la enfermedad del sujeto.
Nuestro interés se focalizará en una de las "seis cosas no naturales galénicas": el acto de beber. A diferencia del impulso a comer, que es caliente y seco, el impulso a beber es frío y húmedo, razón por la cual se calma con diferentes calidades de agua. En este marco la bebida era considerada bien como pura bebida, como alimento o como simple medicamento. Desde el punto de vista de la salud individual y de la medicina el agua tiene un carácter dual en tanto elemento que "alimenta" y que "cura". Abordaremos la problemática del consumo y la administración de agua a partir del análisis de los beneficios concretos que la misma le reporta al ser humano en materia de salud: el agua que se "ingiere" y el agua que "sana".

PALABRAS CLAVE: Salud - Enfermedad - Acto de beber - Agua - Dietética para sanos - Prevenir - Curar - Alimentar.

ABSTRACT
In order to be healthy it was essential to maintain a bodily balance as well as a spiritual and a behavioural one. But there are factors and elements that might influence health and must be taken into account. They are the "sex res non naturales", outer factors like environment, food and beverage, work and rest, sleep and vigil, excretion and features of temperament- which influence health and sickness.
Our focus will be on one of the "six non natural medical things": the act of drinking. While the impulse of eating is hot and dry, the impulse of drinking is cold and wet. This is why the drive to drink is satisfied with different qualities of water. Liquids can be considered as mere beverages, as food or as medicine. From the point of view of individual health and of medicine, water has a double character as an element that feeds and as an element that heals at the same time. We will analyze the problem of the drinking and administration of water through the analysis of the benefits that water brings to human beings in terms of health: water that is drunk and water that heals.

KEY WORDS: Health - Sickness - Drinking - Water- Dietary for healthy people - Prevention - Healing - Feeding.

1. Introducción

   Sobre la base de la búsqueda y el análisis de un corpus documental y bibliográfico heterogéneo nuestra investigación gira en torno de la reconstrucción de la vida cotidiana de individuos y grupos a partir de la mirada de sus contemporáneos.
   Nuestro trabajo se inscribe en el marco teórico de la historia sociocultural de la medicina, aplicada al estudio de los gestos, los comportamientos y los discursos de los sujetos y de los actores colectivos en la España bajomedieval y de la primera modernidad. En líneas generales podemos afirmar que las distintas conductas y modos de comportamiento que analizamos se insertan en el marco de la dietética ya que existen relaciones estrechas y complejas entre la salud física y espiritual del hombre.(2)
   Los consejos y principios que recomiendan los tratados médicos de la época que nos ocupa son, implícitamente, reguladores del comportamiento individual y social ya que desde sus orígenes esta rama de la medicina (en su doble faceta, dietética "para sanos" y dietética "para enfermos") era considerada como la terapeútica que el médico tenía al alcance para ordenar y regular la vida completa del doliente. "En la tradición de los clásicos, griegos y romanos, y en la de los árabes el término dieta servía para denominar el régimen general de vida que se mandaba guardar y observar tanto a los enfermos y convalecientes como a los sanos. Durante el Medioevo los médicos hacían una clara diferencia entre el régimen de los enfermos y de los sanos".(3)
   La dietética es la base y el fundamento de toda norma de salud constituyendo, a la vez, un procedimiento preventivo de la enfermedad o un medio eficaz para la curación de una dolencia. Esta doble vertiente, tratamiento y prevención, estructuró la práctica de la dietética medieval registrada en un tipo particular de fuente, los regimina sanitatis. Estos regímenes y avisos de sanidad responden a los siguientes criterios organizativos: las recomendaciones generales para la conservación de la salud; las prescripciones específicas que se le hacen a cada persona concreta; las normas higiénicas dedicadas a un aspecto puntual del quehacer cotidiano; las pautas a seguir por el enfermo como eje del tratamiento médico indicado y los consejos que toda persona debe conocer para evitar contraer enfermedades. Sobre este eje rector la dietética despliega dos acciones mancomunadas: el prevenir y el curar.
   La herencia árabe, también, se hace presente en la concepción antropológica de la "recta vida", de esta manera "[...] el equilibrio que conduce a la vida plena depende tanto de factores corporales como conductuales [...]"(4) mientras que la impronta cristiana deja su huella en la rigurosa observancia de la templanza, la regla que ordena con moderación y prudencia el acto cotidiano de vivir. "El concepto de salud será entendido como el producto de la vinculación del cuerpo con el espíritu, de manera que la compostura moral y ética será la responsable directa de la salud".(5)
   En la dietética se consideran todos los aspectos que conducen a que los hombres alcancen una larga y saludable vida. "El régimen, que es todo un arte de vivir, ha de establecer la medida: lo que es útil es lo que está adentro de la justa medida y no lo que sobrepasa o lo que adolece".(6)
   Mantener el equilibrio, corporal, anímico y conductual, era imprescindible para conseguir un buen estado de salud, pero hay factores y elementos que pueden influir en la misma y es necesario tener en cuenta. Ellos son las sex res non naturales, externas o ajenas al hombre (aire y ambiente, comida y bebida, trabajo y descanso, sueño y vigilia, excreciones y secreciones y accidentes del ánimo), que condicionan tanto la salud como la enfermedad del sujeto. En este sentido "[...] las normas dietéticas no se han limitado sólo a buscar y conservar la salud física, también apuntan a la normativización de los hábitos y las costumbres de la conducta del hombre a partir del ejercicio explícito de un control social del propio cuerpo".(7)
   En esta oportunidad, nuestro interés se focalizará en una de las "seis cosas no naturales galénicas" enunciadas: el acto de beber. A diferencia del impulso a comer, que es caliente y seco, el impulso a beber es frío y húmedo, razón por la cual se calma con diferentes calidades de agua. En este marco el agua era considerada bien como pura bebida, como alimento o como simple medicamento.
   Desde el punto de vista de la salud individual y de la medicina el agua tiene un carácter dual en tanto elemento que "alimenta" y que "cura". Abordaremos la problemática del consumo y la administración de agua a partir del análisis de los beneficios concretos que la misma le reporta al ser humano en materia de salud: el agua que se "ingiere" y el agua que "sana".

2. Aproximación historiográfica

   El relevamiento y la lectura pormenorizada de los tratados de medicina clásicos, griegos y romanos, y árabes y cristianos medievales, le atribuyen al agua las siguientes funciones primarias: para beber, para la higiene y para curar. En este tríptico se basará nuestra "puesta a punto historiográfica" sobre el tema que nos ocupa.
   "Asegurarse el abastecimiento de este producto, en buenas condiciones de salubridad, cantidad y accesibilidad ha provocado siempre graves preocupaciones [...] El agua es un elemento de carácter ambivalente, en el sentido de que siendo imprescindible para que la vida exista, es también un peligro que amenaza a la sociedad y sus intereses".(8) En este marco se inserta la problemática en torno de las condiciones higiénicas y de salubridad en que se desarrolló la vida de los contemporáneos. La descripción de las condiciones de vida en las ciudades bajomedievales y de la temprana modernidad pertenecen al ámbito específico de la higiene pública.(9) La atención de los trabajos recientes sobre este tópico se concentra no sólo en el estudio detallado del abastecimiento de agua sino en la vinculación existente entre el tema del agua y la salubridad. La mayoría de las investigaciones sobre la temática de la higiene urbana se sustentan, tanto en el occidente europeo como en España, en la documentación municipal, sobre todo en ordenanzas y actas capitulares.
   Desde una perspectiva sanitaria los problemas del agua no eran exclusivamente de sequía o de carencia de este recurso vital, más bien se relacionaban con las calidades y cualidades del agua que se consumía y se desechaba. La sociedad de la época fue consciente y conocedora de los problemas que le causaban a la vida cotidiana las basuras, los desechos y los malos olores, relacionados estrechamente en más de una oportunidad con el origen, la propagación, el rebrote y el agravamiento de epidemias, pestes y enfermedades.
   La redacción de distintos tratados y relaciones, por parte de los profesionales de la medicina, intentaba aconsejar a colegas y pacientes acerca de medidas conducentes tanto a la prevención como a la curación de estas dolencias. La mayoría de los autores coincide en prescribir como un asunto prioritario el abandono de la zona apestada. Una de las posibles causas del mal reside en la contaminación del aire y del agua, vehículos transmisores del flagelo que provocan serias alteraciones en el equilibrio de los humores corporales.(10)
   Las batallas libradas contra la peste nos muestran una imagen temible y atemorizante: "El cuerpo está compuesto de envolturas permeables. Sus superficies se dejan penetrar por el agua y por el aire, fronteras que son así más indecisas frente a un mal cuyos soportes materiales son invisibles [...] El cuerpo más amenazado debía ser el más poroso".(11)
   La proliferación de los desperdicios y desechos industriales no sólo era inherente al desarrollo de las actividades económicas de las urbes sino también a los residuos procedentes de los hogares particulares que conllevan la acumulación de los detritos y orinas de hombres y animales, las aguas sucias y caldos de las cocinas, del fregado y lavado de la casa y del aseo de los propios cuerpos. Sin lugar a duda uno de los problemas más significativos de las ciudades de la época fue el de las "aguas continuas", es decir, el de las aguas residuales provenientes de las viviendas particulares. Una de las modalidades más comunes de evacuación consistía en tirar las aguas sucias de los bacines, las usadas en las ollas de cocina o para lavar la ropa, en los pozos negros, caños y sumideros o, simplemente, a la calle, las fuentes y los pilares al grito de "¡Agua va!".
   Es posible establecer una triple distinción en torno de esta problemática ambiental que involucra tanto a las industrias y los oficios como a los quehaceres domésticos y actos cotidianos: la existencia de desechos que afectaban al medio ambiente enturbiando el aire de la ciudad; restos sólidos que se acumulaban en las calles y espacios públicos y que emanaban fuertes olores y residuos que iban a parar a las aguas ocasionando la contaminación fluvial de los ríos y arroyos de donde la población se proveía para beber y dar de beber a los animales. Numerosas ordenanzas municipales de la época prohíben este tipo de prácticas con una clara actitud concientizadora en la búsqueda de ciudades más limpias, sanas y habitables.(12)
   Ya inmersos en el ámbito específico de la higiene privada, la historia de la limpieza corporal atravesó por distintas y complejas facetas.
   En líneas generales, desde la Baja Edad Media hasta el siglo XVIII se mantuvo un abierto rechazo a la utilización del agua para el aseo del cuerpo y la limpieza directa de la piel. Ambas conductas están acompañadas por el abandono de la costumbre de tomar los baños de inmersión tanto en los espacios públicos como en los recintos privados. Para explicar este fenómeno sociocultural es necesario recurrir a la enumeración de distintas causas: por un lado, su prohibición pública y su restricción privada por los rasgos de supuesta inmoralidad, relajación, promiscuidad y transgresión que conlleva esta práctica más lúdica y festiva que higiénica y por el otro, el temor paralizante que genera el contagio de determinadas enfermedades, por ejemplo las pestes, y las muertes repentinas.
   En este sentido negativo, los baños eran nocivos para la salud corporal y espiritual, siendo contrarios a la observancia de la moral y las buenas costumbres socialmente preestablecidas: "El erotismo del baño tiene mayor importancia que el lavado. El agua, como medio de «agitaciones» físicas, atrae al bañista más que el acto de limpieza. El juego, finalmente, y aun más la voluptuosidad, tienen aquí mayor importancia que el estado de la piel".(13) Incluso los propios médicos consideraban que el agua que penetra por los poros de la piel favorecía el acto de contraer, transmitir y propagar enfermedades, en especial las temibles pestilencias. "Los factores que desempeñan un papel real en tal desaparición tienen por lo menos una doble lógica: intolerancia progresiva del entorno urbano hacia un lugar que se concibe como algo turbulento, violento y corruptor, y temor que despierta una fragilidad del cuerpo a través de una concepción imaginaria de las aberturas y los flujos peligrosos".(14) En el ámbito de Europa occidental, desde la terrible Peste Negra de 1348, la mayoría de los baños cerraron o fueron clausurados, desde ese momento "[...] el agua cayó en desgracia".(15)
   Dentro del espacio ibérico debemos sumar otro factor de raíz religiosa y hasta de tinte racista: el rechazo a los baños se debe a que los musulmanes se caracterizaban por su práctica cotidiana, por lo tanto un "buen cristiano" se diferenciaba y distinguía de ellos al no acudir a los baños públicos ni practicar el hábito de la ablución en forma privada. (16)
   Sin embargo para el hombre medieval el fenómeno del servicio público de baños de agua caliente y de vapor estuvo muy difundido por los núcleos hispano-cristianos de la Península Ibérica, amalgamando la tradición termal romana con los usos y las costumbres higiénicas musulmanas. "Estamos aquí ante una cultura balneoterápica realmente extensa, de la que la Alta Edad Media nos brinda importantes testimonios. Fueron tan sólo las infecciones masivas junto con la sífilis, como también la pasión puritana [...], los factores que terminaron con esa cultura corporal verdaderamente omnivalente. En el ámbito de las culturas superiores orientales, ya muy temprano la balneoterapia llegó a ser un factor cultural-sociológico de primer orden, que en sus aspectos higiénicos ha seguido siendo un campo parcial de la medicina. Las medidas higiénicas de la cultura balneológica árabe se fundamentan en razones rituales, del mismo modo que el Medioevo occidental consideró casi siempre la limpieza corporal como símbolo de pureza espiritual".(17)
   Las "casas de baños" jugaron un papel significativo en las ciudades españolas de los siglos XII al XIV. "Sus edificios fueron un elemento imprescindible en la configuración y funcionamiento de los núcleos urbanos medievales [...] Los baños sirvieron de atractivo repoblador, junto con los demás servicios que la ciudad ofertaba [...] Sin duda, los baños artificiales de agua caliente suponían un prestigio para la ciudad, a la que imprimían un mayor carácter urbano. Difícilmente podría entenderse una ciudad medieval sin un servicio de baños públicos".(18)
   La cultura del baño, la higiene y el aseo personal no sólo se asocia, espacialmente, con las "casas de baños" como lugares de reunión social, lúdica, hedonista o amatoria sino también con la práctica de la ablución en los ríos, durante la época estival, o con el acto de remojarse en sus propias casas, castillos y palacios en tinas, bañeras y palanganas.
   En el primer sentido, los baños no sólo se relacionaban, estructuralmente, con la configuración arquitectónica del paisaje urbano sino también con el devenir de la vida cotidiana. "Como lugares públicos no cabe duda de que servirían de punto de encuentro social. Baste recordar que se localizaban en los lugares más estratégicos, comerciales y transitados de las ciudades, tanto dentro como fuera de ellas. Los baños comparten emplazamiento con otras dotaciones y servicios de gran concurrencia social, como mezquitas, sinagogas, iglesias, vías y puertas de entrada/salida, molinos, hornos, fuentes, pozos, plazas, mercados, tiendas y bazares. En torno a los lugares mencionados, giraría gran parte de la vida social de aquellos años".(19) Retomando el segundo aspecto anteriormente mencionado el "baño privado" consistió en un hábito cotidiano inherente y natural a cualquier clase social.
   Desde la baja Edad Media y hasta fines del siglo XVIII la relación vincular del hombre y la sociedad occidental con la limpieza y, en particular, con el lavado, el baño y el cuerpo mostró diferentes costumbres y prácticas socioculturales respecto del ejercicio y la concepción de esta "quinta cosa no natural" galénica.
La higiene personal también formó parte de las normas dietéticas que había que cuidar y regular para lograr un óptimo estado de salud.(20) "La higiene corporal hay pues que entenderla, en el marco teórico de la medicina, como el conjunto de prácticas destinadas a favorecer la eliminación de sustancias desde el interior del cuerpo hacia el exterior. Según la doctrina médica, el cuerpo se encontraba en permanente estado de eliminación de sustancias, para lo cual se valía de los poros cutáneos, de manera que la idea de «cuerpo limpio» estaba basada en la expulsión, al exterior del mismo, de las denominadas superfluidades, lo que constituiría, en el sentido más estricto del término, la higiene corporal".(21)
   Sin embargo "habría que resaltar que en el conjunto de todas estas normas dietéticas o de higiene no estaba incluida la limpieza corporal tal como la entendemos en nuestros días [...] Las únicas sugerencias y consejos que el médico daba sobre esta cuestión aparecían [...] [sólo cuando se trataba] la evacuación mediante el baño".(22)
   La literatura médica de la época demostraba un explícito recelo por la inmersión en el agua y por la práctica desmesurada y mal administrada del baño. Los médicos, con un sesgo de contradicción en su prescripción, recomiendan y desaconsejan los baños según las especificidades de cada sujeto y situación. En los tratados médicos los baños tienen distintos efectos que describen una marcada polarización respecto de su uso estableciendo tantas indicaciones como contraindicaciones, generales y particulares, identificables en un tipo concreto de baño(23) o en la situación del bañista.(24) Sólo a modo de ejemplo se pueden explicitar algunas de las recomendaciones básicas que se debían tener en cuenta antes de tomar un baño de agua fría:

... y el que vuiere de entrar en tal vaño ha de ser vn hombre de buen regimiento en su comida, y no deue estar alterado del dia o de la noche de antes, ni ha de estar triste sino alegre, no deue ser viejo ni muchacho, a lo menos no abaxe de catorze años... En fin para que no dañe deue de ser de veynte y cinco años de cuerpo bien fornido y carnoso, y deuese vañar en tiempo de estio en dia muy calido que no sea ventoso, y en la hora del dia mas caliente que es el medio dia. Y no deue despues del acto uenereo, ni despues de trabajo, ni despues de vomitos, ni despues de se auer purgado...(25)

   Recordemos que en los baños públicos árabes en el tabulario se exhibían, de manera contrapuesta y gráfica, todas las ventajas y desventajas de la práctica del baño.(26) "El agua es sinónimo de desequilibrio, en tanto agente nocivo capaz de penetrar por todas partes aprovechándose de la permeabilidad de los poros de la piel y de la exposición de los órganos. Los baños de agua y vapor engendran fisuras y quiebres en el equilibrio de un cuerpo pasivo que deberá «cerrar las puertas» ante la infiltración que conlleva su práctica".(27)
   El cuerpo húmedo se mostraba abierto y vulnerable, mientras que si se mantenía seco se hallaba cerrado y protegido, contando con mayores y mejores defensas. Desde esta perspectiva es factible expresar que "[...] en sí mismos los baños constituían un foco de contaminación del agua, ya que las aguas sucias de los baños eran desaguadas a los ríos y, en unos momentos en los que una de las preocupaciones era no contaminar las aguas ni el aire, el abandono del uso de los baños debió de constituir un alivio para los responsables de las ciudades [...] También es posible que las autoridades eclesiásticas, en muchos casos las dueñas de los baños públicos, aprovechasen estos planteamientos médicos de carácter preventivo ante las pestilencias, para apoyarse en una corriente de pensamiento que no veía los baños como establecimientos higiénicos, sino como la representación de un mundo de placer y lúdico y por tanto de transgresión de las normas morales y sociales".(28)
   El abandono sistemático de los baños de inmersión será reemplazado por la práctica de un "aseo seco" parcial, prioritariamente, de lo que se ve: las extremidades (en particular las manos), el rostro, el cabello y el cuello. De ahora en más el aseo personal se concentrará en mudarse regularmente la "segunda piel", es decir la ropa blanca e interior, enjugarse, perfumarse, frotarse y componerse con distintos afeites(29) las partes visibles del cuerpo. "La suciedad se producía en su interior, a través de los poros saldría, y, esa era la suciedad que se debía eliminar; el concepto de limpieza higiénica abarcaba dos pasos; el primero, la expulsión de lo nocivo del cuerpo, y, el segundo, su eliminación de la superficie corporal, o, lo que sería lo mismo, la limpieza externa de la suciedad interna. La salud del cuerpo, el equilibrio de la naturaleza, se obtendría al ejecutar esta actividad".(30)
   Hasta bien entrado el siglo XVII, el "lavado en seco" se impuso junto con la premisa de considerar que el cambio diario de la ropa blanca también "lava": la camisa connotará y denotará, simbólicamente, el status de limpieza o suciedad de cada sujeto. "Si llevar camisa era un símbolo de distinción, darla a lavar también lo era; la camisa y el resto de la ropa interior, al tener la misión de estar en íntimo contacto con el cuerpo para recoger su suciedad, se había transformado en vehículo de la suciedad corporal interna y, en consecuencia, un objeto del que se debía evitar cualquier contagio".(31)
   En este sentido el aseo en seco y la apariencia del vestido signan la manera de entender la higiene corporal del período. "De hecho, en sus orígenes la ropa interior permanecía oculta bajo otras prendas. Pero a partir de los siglos XV-XVI empezó a asomar al exterior, insinuándose alrededor del cuello y en los puños [...], en la unión de las mangas (en esa época a menudo desmontables) a la sisa, o en los acuchillados de los vestidos que dejaban ver la capa inferior. Su blancura era un indicador visible de la limpieza de la persona que la llevaba puesta. No es una coincidencia que en el transcurso de los siglos XVI-XVII los cuellos y los puños se complicaran muchísimo transformándose en una especie de escaparate: escaparate de limpieza pero también, inevitablemente, de lujo y refinamiento con todos sus encajes, tiras bordadas y festones".(32)
   En la sociedad cortesana la atención se concentraba, casi indiscutiblemente, en la soberanía omnipresente de lo visible:(33) "El «acto higiénico» quedaba limitado a las zonas corporales que el vestido dejaba al descubierto".(34)
   Ya inmersos en el siglo XVIII "[...] cuando entre 1740 y 1750, el agua -primero caliente, luego fría- vuelve de manera espectacular a las técnicas de limpieza, seguramente se convierte en indicio de nuevas distinciones sociales, pero al mismo tiempo forma parte de una nueva imagen del cuerpo que excede también el terreno de los buenos modales: la higiene rehabilita la intimidad corporal y legitima la búsqueda de una utilización mejor de los recursos orgánicos. Se incluye en la medicina y luego en la escuela, y pronto llega a ser el dispositivo de una nueva forma de control colectivo de los comportamientos".(35)
   A partir de los siglos XVIII y XIX la naciente sociedad burguesa irá promoviendo un nuevo concepto de limpieza que escapará a la hegemonía de la mirada del otro y al apego mundano a la apariencia: "[...] la limpieza pertenece ahora al manual del médico más que al manual de la urbanidad. Es menos una connotación de adorno que una connotación de salud y se refiere al régimen de los humores, a la disponibilidad de los miembros, al estado directamente físico del cuerpo. Se trata ya de un trabajo del «interior » más que sólo de la superficie [...] Sea como fuere, el texto higiénico une ahora más comúnmente baño y limpieza, agua y piel [...] La utilización del agua se ha convertido en algo más «funcional»".(36) Entre las minorías se impondrá como costumbre la moda del baño, en especial del baño con agua fría, que más que limpiarlo tonificaba, fortalecía y energizaba el cuerpo.

3. Características ideales del agua que se consume

   Tal como lo adelantamos en la introducción del trabajo, los tratados que conforman nuestro corpus documental abordan el estudio del elemento del agua con variadas perspectivas de acuerdo al objetivo temático de cada discurso prescriptivo.
   Los tratadistas Luis Lobera de Ávila y Alfonso de Chirino insisten en que el agua pura para beber es aquella que no tiene color, sabor ni olor y otorgan mucha importancia al lugar donde la corriente de agua se gesta y a las condiciones del terreno.
   El agua de las fuentes es la preferida y debe nacer en lugares bien altos, que miren al este. Deben ser fuentes de agua continuas, de piedras claras y que no mermen durante el verano.(37) Como lo expresa el saber popular hecho refrán el agua que corre, nunca mal coge porque el correr y el movimiento aumentan el calor innato del agua y evitan el pudrimiento y la corrupción. El agua "potable" para el consumo no debe permanecer detenida, debe ser cálida en invierno y fría en verano, clara y limpia, no debe tener olor ni sabor y debe estar descubierta para que el viento la agite, el sol la cueza cálidamente y las estrellas la purifiquen.
   Lobera de Ávila reconoce en el Vanquete que mejor es el agua pluvial "[...] bien conservada, cogida en los tiempos de su election".(38)
   En cuanto al terreno, Simón López, enfermero del siglo XVII, afirma que "[...] si la tierra es gredosa, el agua será delgada más no sera abundante ni tendra buen gusto [...], el agua que naciere cerca de los arboles no es buena porque recive accidentalmente la virtud de las rayzes de los arboles [...] el agua que se hallare en el yesso es salobre y, por esto, malissima para beuer".(39) Por el contrario [...] el agua que se hallare entre arena gruesa, áspera y roja, abra copia de ella y de buen sabor y firme.(40) Este autor coincide con los conceptos vertidos por Lobera de Ávila y evoca el pensamiento de Galeno y el adagio popular según el cual "agua buena, sin color, olor ni sabor y que la bea el sol".
   En muchas oportunidades se nota que el agua de los pozos, los estanques, los lagos y las lagunas es dura y gruesa, se corrompe con facilidad y lleva mezclada tierra, arena y hierbas, por lo tanto es nociva para el consumo y se la ha de cocer ya que el cocimiento mejora el agua mala como asevera el decir popular: "agua cocida, alarga la vida". Además se recomienda colarla y hasta filtrarla utilizando una vasija de cerámica o un recipiente de piedra.
   López también explica que, aunque las aguas "crudas" comprenden las de ríos, las de fuentes y las de cisternas, sólo las de fuentes son las más apreciadas por la medicina por cumplir con la calidad de ser insípidas, incoloras e inodoras. El agua de los ríos suele recoger las inmundicias que a ellos se arrojan haciendo imposible que pueda beberse. Esta cita ilustra el caso de la ciudad de Sevilla durante el siglo XVI pero bien puede hacerse extensible a la situación ambiental de otra urbe castellana de la época: "[...] el pueblo sencillo apenas si tenía acceso a esta agua fina y casi medicinal (por su calidad) procedente de excelentes manantiales, teniendo que contentarse con utilizar para su sustento el agua dura, salobre y llena de impurezas que tomaba del río [...]".(41)
   Sin embargo, López coincide en los conceptos vertidos con Lobera al señalar que el agua de las fuentes no puede ser conservada por mucho tiempo como sí la de los ríos. Y afirma cómo las aguas de algunas fuentes, aunque no son aptas para beber por no cumplir con la tríada de requisitos imprescindible, poseen sin embargo cualidades que las hacen beneficiosas para fines medicinales.(42)
   En definitiva, ya sea para el consumo o para la higiene personal, el agua se podía mejorar y corregir. Los consejos de los dietistas prescriben hervirla, echarle vinagre y ventilarla varias veces cambiándola de recipientes.
   En torno al consumo de agua también preocupa a los teóricos el momento del día en que sea ingerida y la temperatura de la misma. Las posturas a veces difieren entre los tratadistas. En general desaconsejan el agua en ayunas -aunque Simón López reconoce que el agua caliente en ayunas sirve para hacer cámara y aliviar superfluidades del estómago- (43) en tanto Chirino la desaconseja totalmente incluso después de comer hasta que esté realizada la digestión y prescribe que la cantidad no debe ser abundante.(44) El agua debe ser bebida en la mesa, con moderación y fría, pero no enfriada a la nieve(45) ya que la ingesta de la bebida frigidísima puede dañar el organismo porque altera, repentinamente, la armonía de la naturaleza humana.
   Simón López admite la costumbre de tomar agua fría, natural o enfriada artificialmente con nieve y bebida durante las comidas. Considera que dos o tres tragos luego de la comida son beneficiosos para una buena digestión y "[...] no deja subir humos al celebro". (46) En cuanto a la temperatura, considera que el agua que no está fría puede ser nauseativa, hinchar el vientre, destruir el apetito y puede causar vómitos, catarros y esputos de sangre. La bebida debe ser fría, en su justa medida, para promover la restauración de lo que se pierde en nuestros cuerpos y para conservar la humedad que prevalece en ellos.

4. El agua que alimenta

   "La función fisiológica de la bebida era triple: mezclar los alimentos en el estómago; restaurar la humedad del organismo y transportar el alimento digerido o «quilo» a todos los miembros."(47)
   La necesidad imperiosa de beber, aunque movimiento natural del hombre, es objeto de reflexión en los tratados y devela la recurrente preocupación existente en los teóricos.
   Bernardino Montaña de Monserrate, en el Libro de la Anathomia del hombre, define la sed como "[...] apetito de cosa bebida que refresca y humedece el estomago"(48) y distingue el hambre y la sed naturales que "[...] proceden de causa intrinseca y natural al cuerpo sin que para ello concurra causa ninguna accidental fuera de naturaleza [...] y propias passiones del estomago ordenadas de naturaleza para el bien y la conservacion de la vida".(49) Por el contrario puntualiza que el hambre y la sed contrarias a la naturaleza son "[...] aquella que proceden de alguna causa accidental contraria de naturaleza".(50)
También Chirino aconseja advertir qué tipo de sed se sufre, para discernir la mentirosa de la auténtica: "E si la set se pudiere quitar con granada agra o con melon o con cerrajas con vinagre en yunas, mejor es que con agua. E si agua oviere de ser, antes del comer o después, conviene que no sea con sed mentirosa"(51) y para corroborar qué tipo de sed se padece "[...] se conocera sufriendo algunt poco la sed e si siempre crece es verdadera e conviene beuer, e si esperando amengua es mentirosa sed".(52)
   Simón López le dedica un capítulo especial a este tópico en donde define a la sed como "[...] uno de los afectos más penosos e insufribles de uencer que ay, por lo qual, se han visto, y io lo experimentado, lastimosos fines, assi a enfermos como a sanos"(53) y se refiere a cómo el ímpetu incontrolable por beber ha provocado que algunos "[...] han bevido, unos, sanguijuelas; otros, arañas; aquéllos, tinta o lexía, o vinagre y éstos, orines o arrope, o agua de solimán y otras que ay donde está la muerte escondida".(54)
   Los textos mencionan las "botixas o botixones" o cántaros que al no estar convenientemente cerrados eran de fácil contaminación, por lo cual López sugiere la utilización de vasos de vidrios para dar de beber a los enfermos y cuidar siempre mantener los recipientes bien cerrados. Para mantener el agua en óptimas condiciones se aconsejaba conservarla en recipientes nuevos, limpios y especiales que fuesen de barro, madera o hierro. Asimismo advierte a los sanos que anden con prudencia al beber de ríos o de fuentes o al poner la boca en "[...] caños de metal porque, assi en esto como en lo que se ha dicho arriua, ay grande peligro y io e bisto por estas causas algunas desgracias y fatales fines [...]".(55)
   En síntesis, podemos afirmar que los dietistas relevados distinguían con claridad dos clases de sed: la natural o verdadera y la innatural, falsa o fingida. Dice Lobera de Ávila: "quando tuuiere alguno sed de mucho beuer, es sed mendosa, el remedio es no beuer, que con esto en breue se quitara [...]".(56)
Sólo se recomienda ingerir líquido, bebiendo con moderación, cuando se presenta la primera porque surge del calentamiento efectuado en la entrada del estómago después de la primera digestión, sintiéndose en la boca del estómago y saciándose sólo si se bebe agua. La segunda se siente en la garganta, en la boca o en el paladar como efecto de la sequedad causada por el polvo, el ejercicio desmesurado, el calor y la sequedad del aire, la embriaguez o la ingesta de alimentos picantes. Este tipo de sed se satisface haciendo gárgaras con vino apenas aguado, masticando y luego escupiendo un trozo de fruta fresca, tomando un poco de zumo o enjuagándose la boca.(57)
   En líneas generales los dietistas recomiendan no beber agua durante las comidas ni inmediatamente después de ellas porque se creía que su consumo imposibilitaba la digestión de los alimentos ingeridos ya que éstos permanecían flotando en el líquido y no podían ser absorbidos. También se aconsejaba no beberla en ayunas ni con el estómago vacío porque se la consideraba nociva tanto para el estómago como para el hígado.
   En contraposición algunas de las fuentes relevadas denotan una clara conciencia y preocupación de los teóricos por la problemática contraria de la deshidratación y sus nefastas consecuencias para el individuo que la padece.
Respecto de esta temática en el Vanquete de nobles caballeros Lobera de Ávila amonesta al lector diciendo: "A los niños, en verano principalmente, no les dejen passar sed porque no se sequen, maxime a los de complexion colerica [...]".(58)
   En el Anecdotario histórico de Valladolid Anastasio Rojo Vega se refiere a los altos índices de mortalidad infantil, una de cuyas causas era la deshidratación, por muchos obviada, que sufrían los pequeños: "Alguien hizo circular la teoría de que los niños de pecho no podían tomar otra cosa que leche de su madre o ama de cría. Cualquier cosa diferente, incluso el agua, decían se transformaba en sus estómagos en un terrible y mortal veneno. De modo que se les llenaba de dijes y amuletos contra toda clase de enfermedades posibles y contra el mal de ojo [...] Llegaba el verano y los pobres niños tenían la boca como un estropajo, como una úlcera. En pocas horas adelgazaban, la gente decía que una bruja les había mirado mal, que les había echado mal de ojo y les estaba secando. ¡Claro que el pobre crío se estaba secando!, pero no era por culpa de la bruja, sino por la deshidratación".(59)
   Respalda el testimonio anteriormente citado una fuente clave sobre el ámbito específico de la medicina infantil, escrita por Cristóbal Pérez de Herrera en Valladolid hacia el año 1604, la Defensa de las criaturas de tierna edad. El autor exhorta acaloradamente a los lectores, e incluso a las autoridades, a no negarle agua a los niños buscando con su discurso una toma de conciencia generalizada sobre la necesidad de ello y los riesgos para la salud que la deshidratación provoca:

Y es cosa tan sin duda, conuenir mucho el dar agua a las criaturas que maman, desde luego, y acostumbrarlas a ello, por lo que padecen de dolor y afliccion, con la cruel sed, por no saber pedirlo, ni quexarse, de que mueren sin duda muchos, que la experiencia desto ha enseñado, y hecho, que en muchos lugares fuera destos Reynos manden los que los gouiernan por muy antigua costumbre, que los que velan los pueblos, quando a bozes de noche auisan que se rescaten de incendios y de otras cosas, aduiertan tambien entre ellas, que den de beuer a las criaturas, que perecen de sed, sin saberlo pedir.(60)

   Pérez de Herrera sugiere la paulatina incorporación del buen hábito del consumo del agua y sugiere administrarla de acuerdo a la tierna edad de cada criatura:

Y si sera bien (como parece ser cosa acertada) a los que maman tan solamente imponerles, en que beuan vn poquito de agua, y a los que maman y comen, darles algo mas [...] Y qve a los niños recien nacidos, que maman solamente, sera bien enseñarlos a beuer y humedecerse, conforme a su terneza, mojando en agua la punta de vn pañuelo, para que la chupen y a los de algo mas edad, darsela en vna cucharita algo mas, y yr aumentandolos el agua conforme en la edad fueren creciendo, se prueua con estas razones.(61)

   Al respecto son varias las razones o motivaciones que Pérez de Herrera argumenta para sostener la imperiosa necesidad de dar agua a los niños y no dejarlos morir de sed:

• la complexión caliente propia de los niños y el excesivo abrigo con que se los protege:

[...] el mucho abrigo de mantillas y pañales, lumbres y sahumerios, que con tanta ansia las madres cuydadosas les ponen, y principalmente si estan enfermos de sarampion, o viruelas, que en tal caso con vna agonia e ignorante piedad los arropan de forma que los assan viuos, de manera que solo esto algunas vezes les causa la muerte, crecentandoles mucho las calenturas, pues con ellas y el grande abrigo, assi de ropa, como del ayre que con braseros y sahumerios alteran y calientan, sin darles gota de agua que les humedezca, aliuie y refresque, contrariandose a las calidades calientes y secas de las causas referidas, es muy cierto el ahogarse faltandoles la respiracion causada del ayre fresco que les da vida, como a todos los animales haze.(62)

• la dulzura propia de la leche que maman que aumenta la sensación de sed de las criaturas:

La Segunda y mas fuerte razon es, que la dulc'ura de la leche les causa sed a las criaturas que maman, pues fuera de la experiencia que se tiene, que tras lo dulce se apetece mucho la beuida de agua, por ser todo lo dulce caliente, aunque con moderacion [...].(63)

• la calidad de la leche que no siempre es óptima:

[...] tambien aumenta esto, y lo pide mucho mas, si la leche, por no tener muy entera salud el ama, como en las mas acontece, o por passiones y afectos del alma, o por no ser de buena complexion, y mal orden de mantenimiento, o por otras causas tuuiesse mezcla de humores colericos, y mucha copia dellos, o melancolicos, o salados, por adustion, o por mezcla, causaria mayor sed, por faltarle a la leche las calidades que la hazen mas templada, que es lo que modera la mucha sed que padecerian los niños, a no ser ella templada en sus calidades.(64)

• los condimentos con que se sazonan las viandas:

y porque tambien por los errores que se comenten en sazonar las comidas, de mucha sal, o miel, o especias, se ha de excitar mayor sed forçosamente.(65)

• las fiebres y calenturas que a veces sufren los niños y que naturalmente acrecientan la necesidad de bebida:

Y que a los que mamando y comiendo tuuieren calentura, se les aya de dar mas beuida, que a los demas referidos, [...] a todos los que tuuieren calentura, les conuiene mantenimiento humido: y añade, que principalmente a los niños.(66)

   Pero, además, Pérez de Herrera atiende a la función digestiva del agua que es fundamental para el buen procesamiento de los alimentos. Al respecto explicita que

[...] sera forçosa la beuida de agua, para el cocimiento del estomago, y para la distribucion del mantenimiento al higado [...] pues el principal oficio de la beuida de agua, es guiar el mantenimiento por ellas.(67)

   Nuestro especialista en infantes refuerza lo anteriormente dicho de esta manera:

Y es cosa sin duda, que a los que maman y comen juntamente, se les ha de dar mas cantidad de agua. Lo vno, porque con ella se ayuda mejor a hazer el cocimiento en el estomago: y porque con la beuida se distribuye mejor el mantenimiento por las venas, pues el agua es guiadora del, sin ser de alimento alguno.(68)

5. El agua que cura

   Múltiples son las formas en las que el agua es utilizada desde el punto de vista terapéutico. Intentaremos una clasificación de ella a partir del análisis de los documentos relevados.
   El agua aparece como un elemento vital y básico ligado a la higiene y la consecuente prevención de enfermedades por lo cual los teóricos insisten en su habitual uso. El agua limpia y clara arrastra consigo aquello que es indeseable, por ello las diferentes partes del cuerpo exigen ser lavadas en profundidad: las manos, el rostro y los ojos con agua fría.(69)
   En el Vanquete,(70) se exhorta a una profunda limpieza de los ojos lo cual requiere sumergirlos en agua fría clara y abrirlos para que la limpieza sea profunda: "[...] la causa es, porque cada cosa, se ha de conseruar, con su semejante. Y porque los ojos son frios de natura, como dize Galeno".(71) Para Lobera la limpieza matinal incluye el lavado de la boca y las limosidades de los dientes para evitar el hedor del aliento y la corrupción de las piezas dentales.
   Chirino, también, insiste en la importancia de lavar por la mañana, después de dormir y después de comer, la boca "por manera que finque limpia de la vianda"(72) con agua fría, en este último caso también admite los buches con vino(73) y recomienda "E el lauar las piernas e traer las suelas de los pies conuiene en todo tiempo vna vegada en el mes con agua caliente e cunple para el regimiento de sanidat".(74) En el Vanquete, Lobera sugiere evitar, en la medida de lo posible, el uso de agua caliente para higienizarse las manos después de comer porque podría causar la aparición de lombrices en el vientre.(75)
   Sin embargo, los hábitos de aseo enunciados se corresponden, casi exclusivamente, con la vida cotidiana de los sectores sociales dominantes ya que "para proceder al lavado debe existir agua en casa y ello no es la norma en las casas pobres, carentes de criadas que acudan a las fuentes o a los pozos y faltos de recursos para pagar un aguador. La limpieza de los dientes se hace con la propia orina, en una costumbre inveterada de España".(76) Siguiendo el planteo del concepto previo, podemos afirmar "que el agua que se consume en el domicilio familiar marca las diferencias sociales. Y estas diferencias vienen también señaladas por la posibilidad de tener el agua más o menos cerca de la vivienda".(77)
   El Directorio de Enfermeros insiste en la necesidad de enjuagar con agua fría la boca del enfermo a fin de lavarla de suciedades antes de administrar jarabes.(78)
Todos estos discursos denotan la conciencia de los teóricos con respecto a la relación entre agua-higiene-prevención. El agua es el elemento que limpia por supremacía y arrastra consigo lo indeseable. Es pues un aliado esencial en la tarea preventiva del médico.
También el agua es en sí misma un paliativo que cura y en tanto elemento único sirve como ingrediente básico ante ciertas situaciones y momentos de la enfermedad. Por ejemplo, Simón López utiliza un recurso casi primitivo como es arrojar en el rostro y cabeza del enfermo, de forma sorpresiva, una escudilla de agua fría para detener la pérdida de sangre por la nariz(79) aunque se advierte que el procedimiento es efectuado con prudencia pues "[...] si el enfermo está muy ebacuado y es delicado o pusilánime, con el susto que resulta del agua le podrá matar, por lo qual, es menester mucho recato para hacer esto o dejarlo hacer [...]".(80)
   Pérez de Herrera también se refiere a la importancia de darle agua a los enfermos, en especial si son niños:

Y en vna ciudad destos Reynos me han dicho, que se acostumbra assi mismo auisarlo. Doy fin a estas dos dudas, diziendo, que assi como dela practica antigua de la Medicina grossera, se ha reformado este abuso, que tenian en estos Reynos los Medicos de cincuenta años atras, que aora nos parece ridicula, como era dar caldos de lentejas a todos los enfermos, siendo de tan melancolico y mal nutrimento ellas: y tambien vn codillo de carnero, y caldo sin sal el dia de purga, que era otra peor: y a los que tenian calenturas, prohibirles el comer hueuos frescos, diziendo, que ellos y las lechugas eran todo sangre, siendo esto de tan bueno y loable sustento: y el no darles vna gota de agua en la enfermedad, ni dia de purga, que aora con tanta sobra y felicidad vsamos (los quales no ha muchos años que tenian tambien otro grande abuso y descuydo, como era beuer en los Caniculares muy caliente, y sin el regalo tan prouechoso de la nieue, de que nosotros vsamos aora, y traemos tan de lexos para sanos y enfermos) tambien parece justo, [...].(81)

   El agua actúa, asimismo, como un elemento básico en la preparación de infinidad de preparaciones medicamentosas.
La simple ingestión del agua puede tener fines curativos. Muchas veces la temperatura variará como cuando Chirino se refiere a las virtudes del agua caliente(82) o tibia mezclada con aceite anta la necesidad de provocar vómitos en el enfermo.(83)
   El agua puede ser cocida y mezclada con diversos ingredientes. El agua cocida con canela serviría para las dolencias estomacales; el agua hervida con regaliz actuaría en el caso de dificultades urinarias,(84) los tragos de agua caliente en cocción de cominos o alcarauea son un efectivo remedio para el hipo(85) y la cocción de agua con esparto crudo bebida por la mañana sirve para expulsar la placenta, la criatura muerta o bien para provocar el nacimiento.(86)
   En la Instrucción de enfermeros, su autor prescribe las siguientes recomendaciones: para las cámaras se suele dar agua cocida con palo de China o también agua fresca; (87) a los que sufren de perlesía se les ha de dar aguamiel tibia y luego agua cocida simple de zarza, palo de China o de canela (se recomienda echarle al cocimiento unas hojas de salvia o hacer el aguamiel con la misma salvia);(88) a los hidrópicos se les administra agua cocida con canela o palo de China, y en verano con culantrillo, doradilla o agrimonia;(89) a los que sufren dolor de costado se les hace beber agua cocida con ciruelas pasas y cebada o regaliz;(90) a los enfermos de viruelas o sarampión se les puede dar agua cocida con lentejas o cebada pero nunca fría con nieve porque es nociva;(91) a los aquejados por la "tericia" se les administra agua fresca o cocida con ruibarbo(92) mientras que a los que no pueden orinar se les sugiere beber agua cocida con canela y escorzonera o palo de la China o agua "embebida" con vino blanco.(93)
   Simón López sugiere el agua cocida con anís tostado primero o con canela para las ventosidades. El agua cocida con cebada o escorzonera es favorable para las fiebres agudas y pasiones coléricas.(94)
   En otros casos el agua sirve como paliativo en tanto se remojan en ella determinadas sustancias. Núñez de Coria recomienda las semillas de membrillo remojadas en agua caliente como un efectivo remedio contra la tos.
   Pero no sólo con hierbas y diversos productos de origen vegetal puede ser cocida el agua para conseguir fines terapéuticos. También se puede cocinar con metales nobles que la convierten en una valiosa aliada para la salud del enfermo. Así, Simón López se refiere al agua dorada y azerada. La primera se logra mediante la cocción en ella, de forma repetida, de un doblón de oro, tras lo cual dejándose enfriar servirá como bebida efectiva en casos de gota y melancolía. El agua azerada, que se logra mediante la cocción de azero en el agua, tras varias horas de cocción serviría para la disentería y las cámaras. (95) Para esta última dolencia Andrés Fernández recomienda el siguiente procedimiento:

A los de camaras siempre se les ha de dar acerada, y almazigada, poniendo siempre vnas brasas con almaziga, dentro de vn cantaro o tinaja cubierta, de manera que no eche el humo fuera, por espacio de vn quarto de hora, y despues quitar las brasas y poner el agua dentro y, meterle dentro del azero tres, o quatro vezes, según fuere la vasija, y según la doctrina de vn muy graue doctor [...].(96)

   Pérez de Herrera, también, se refiere al agua que sirve para aliviar algunas fiebres, incluso sugiere mezclarla con algunos ingredientes:

Y aunque el agua no aproueche por alimento, a lo menos les sera vtil por medicamento [...] Y si Alguno dixere, que teniendo la criatura camaras con la calentura, no se le ha de dar agua, por causa dellas, que se le aumentaran: se le responde, que ay caso, en que podra la beuida ser curacion dellas, como quando son colericas, porque el agua se opone a la causa con su frialdad y humidad, y con esto mesmo obtunde el calor mordaz dela calentura. Y si son de otro jaez, se puede ordenar tal que tenga facultad astringente, que le cure las camaras, siendo la beuida vn julepe rosado, hecho con agua dorada, o azerada. Y si junto con las camaras estuuiere ahito, y fuerende crudezas, mezclarse con la beuida vn poco de canela,o simiente de hinojo: y assi no se aumentaran, mas antes se ayudaran a cozer las crudezas.(97)

   En relación con los adultos que sufren calenturas y fiebres se recomienda darles de beber abundante agua fresca porque el doliente suele desvariar por la elevada temperatura y no se acuerda de solicitar agua para saciar su necesidad de beber. Sin embargo en la Instrucción de enfermeros, se explicita, minuciosamente, siguiendo los preceptos de la dietética, el cómo, cuándo y cuánto debe beber el enfermo asistido:

Vno de los remedios mas importantes a la salud de los enfermos, es procurar el enfermero saber, como se les ha de dar el agua, porque tanto daño le puede hazer en quitarsela demasiado, como en darsela demasiada: y assi ha de auer en esto mucha prudencia, y para acertarlo, mejor es preguntarlo todas las vezes que pueda a los Medicos, aunque no se puede estar siempre atado a su regla [...].(98)

   Los médicos aconsejan ser moderados en la administración de agua a los dolientes, ya que, aunque es un elemento cargado de virtudes, ciertas enfermedades exigen moderar su ingestión: "Aduiertese que [...] se ha de considerar la edad, la templanza, y la costumbre, junto con la cantidad de comida, con que se ha de proporcionar la beuida". (99) De allí que Simón López exija el cumplimiento del siguiente consejo: "Y, assi, el enfermero no tiene licencia para dar agua a los enfermos si no es a sus horas de comer y cenar".(100)
   López admite, al igual que Andrés Fernández, la necesidad de ser más generosos en cuanto a la administración de agua durante la primavera y el estío(101) y limitar la cantidad en otoño y en invierno.(102) Afirma, sin embargo, que se debe ser un poco más flexible en este aspecto como muestran ciertos ejemplos que él presenta y hace recaer la decisión final en el médico, el único autorizado fehacientemente a administrar o no más o menos agua. Al respecto cita el caso de un delirante que

[...] reparó que todos dormían y, biendo la suya, se lebantó, cogio una manta de la cama que le siruio de capa y saliose por entre ello sin ser sentido y fuese a un río que no estaba lexos de su casa y, allo beuio a su placer y tan a sazon, según el estado de la enfermedad, que sano dentro de muy pocos días.(103)

Este exemplo está bien de mucha enseñanza para enfermeros o assistentes que niegan el agua a los enfermos quando combiene y se la conceden quando no les ha de hacer prouecho y, para no faltar en lo uno ni exceder en lo otro, sera siempre acertado que pregunte al Médico lo que ha de hacer, que saben las horas y tiempos en que se ha de dar y quitar el agua [...].(104)

   El Directorio de enfermeros sugiere procedimientos alternativos para aliviar la sed del enfermo: verdolagas remojadas en agua fresca que el enfermo pueda meterlas, sacarlas y mascarlas sin tragar; pencas de la yerua puntera (o siempreviva) o de las azederas que sirven para que el enfermo se las ponga en la boca y se refresque; rebanadas de frutas (pepinos, sandías, peros agrios) colocadas encima de la lengua. Lo más interesante es una "quenta grande de christal hechada en agua fria y metiendola y sacandola muchas veces en la boca y en el agua fria, para lo qual ha de aver dos escudillas de agua, una para que se refresque y otra para que se laue quando sale de la boca".(105) También la administración de "hisopillos de zaracatona y de pepitas de membrillos",(106) aunque hay ciertos reparos en su uso porque podrían ser venenosos.
   La riqueza temática del corpus documental relevado y analizado también describe una gran cantidad de procedimientos en los que interviene el uso del agua con sentido medicinal.
   La destilación es un accionar recurrente en la medicina de la época.(107) Núñez de Coria utiliza las destilaciones de agua caliente de forma permanente y durante media hora sobre la cabeza del niño que sufra de tos. Chirino sugiere, para aliviar el dolor proveniente de la gota, el agua en que se hayan cocido cominos y prescribe destilar agua caliente y con esponja sobre la zona dolorida.(108)
   Los lavativos corporales son sugeridos por algunos manuales, como cuando Chirino aconseja para "Los que son mucho cansados de camino o de otro grant trauajo corporal, conuiéneles lauar las piernas e los brazos con agua caliente en que aya cozido manzanilla e maluariscos e eneldo o qualquier desto. E luego duerma".(109)
   Las friegas también sueles ser efectivas. Chirino recomienda en caso de sangrado de la nariz las friegas en la frente y las sienes con agua rosada y agua común utilizando un paño de lino para aplicarla.(110) Simón López sugiere la colocación repetida de lienzos de agua fría en los pechos o los testículos según sea el sexo del doliente.(111)
   Los enxugos suelen ser sugeridos para aquellos enfermos con patologías muy agudas, cuya boca se reseca al punto de perder el apetito. Simón López se refiere a estos lavatorios o enjuages bucales que limpian la lengua. Andrés Fernández prescribe para los casos de calenturas maliciosas auxiliar a los enfermos humedeciéndoles la lengua con enjuagues de agua fresca echando unas gotas de vinagre y a veces de leche, también se les debe raspar o raer la lengua con una caña para que no se seque y aplicar hisopillos de zaragatona o pepitas de membrillo.(112) Para la práctica de este procedimiento, en general, se sugiere el agua tibia sola aunque se admiten agregados de azúcar, miel, leche, un poco de vinagre o unas gotas de vino tinto o vinagre. Advierte Simón López que en "[...] el enxuagatorio de agua y vino no se permite el que pasen algunos tragos". (113) En caso de pérdida de sangre por la nariz, los buches de agua bien fría sirven para restañar la sangre que corre.(114)
   La embrocación es otro procedimiento que consiste en verter lentamente un líquido sobre una parte enferma, pero no se emplea fuerza alguna para facilitar la absorción o penetración del mismo.
   Las fomentaciones o fomentos son aplicaciones de líquidos en diferentes partes del cuerpo con el objeto de que permanezcan en ellas por más o menos tiempo. Se hacen en general con infusiones, cocimientos, entre otros recursos.
   En los textos también se mencionan algunos de los recipientes y/o utensilios que se utilizan para administrar el agua como recurso higiénico, paliativo o curativo. Los que aparecen con mayor frecuencia son la almofia, que es una jofaina o vasija en forma de taza grande y poco profunda destinada para lavarse el rostro y las manos, y el hisopillo, muñequilla que se empapa en agua o en otro líquido y con la cual se humedece la boca, la lengua o la garganta de los enfermos.

6. Reflexiones finales

   En el marco de la dietética, en su doble vertiente de aplicación, para sanos y enfermos, el consumo y la administración del agua en tanto recurso vital adquiere una particular resignificación que permite considerarla no sólo como bebida sino también como alimento y medicamento. A lo largo de nuestro estudio hemos comprobado que desde el punto de vista de la salud individual y de la medicina el agua tiene un carácter dual en tanto elemento que "alimenta" y que "cura".
   El agua, considerada por los griegos uno de los cuatro elementos imprescindibles para la vida, es necesaria no sólo para conservar la salud sino también para curar algunas enfermedades y para mitigar la mayoría de las dolencias que aquejaron y aquejan al hombre.

Notas

1 PÉREZ DE HERRERA, C., Texto y Concordancias de la Defensa de las criatvuras de tierna edad (Valladolid, 1604), Nueva York, Hispanic Seminary of Medieval Studies, 2004, fs. 44v-45r.        [ Links ]

2 Ver BAU, A. y CANAVESE, G., "Pasiones del ánima, pasiones del cuerpo", Fundación, VI, 2002-2003.        [ Links ]

3 BAU, A. y CANAVESE, G., op. cit., p. 295.

4 BAU, A. y CANAVESE, G., op. cit., p. 297.

5 BAU, A. y CANAVESE, G., op. cit., p. 311.

6 CANAVESE, G., "Gobernar el cuerpo. La dietética para sanos en los siglos XVI y XVII", en GONZÁLEZ DE FAUVE, M. E. (ed.), Ciencia, poder e ideología. El saber y el hacer en la evolución de la medicina española (siglos XIV-XVIII), Buenos Aires, 2001, p. 217.        [ Links ]

7 CANAVESE, G., op. cit., p. 207.

8 VAL VALDIVIESO, M. I. del (coord.), Usos sociales del agua en las ciudades hispánicas de la Edad Media, Universidad de Valladolid, Secretariado de Publicaciones e Intercambio Editorial, 2002, pp. 7 y 14.        [ Links ]

9 Se ocupan de esta temática: CARLÉ, Mª del C., "¿Ecología en el siglo XV?", Cuadernos de Historia de España, LXXV, 1998-1999; CÓRDOBA DE LA LLAVE, R., "Higiene urbana y doméstica en las poblaciones castellanas del siglo XV", en Vida cotidiana en la España medieval, Actas del VI Curso de Cultura Medieval celebrado en Aguilar de Campóo (Valencia) del 26 al 30 de septiembre de 1994, Madrid, Polifemo, 1998; CARMONA, J. I., Crónica urbana del malvivir (siglos XIV-XVII), Insalubridad, desamparo y hambre en Sevilla, Universidad de Sevilla, Secretariado de Publicaciones, 2000; VAL VALDIVIESO, M. I. Del (coord.), op. cit.; SANTO TOMÁS PÉREZ, M., Los baños públicos en Valladolid. Agua, higiene y salud en el Valladolid medieval, Ayuntamiento de Valladolid y Aguas de Valladolid, 2002.        [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]

10 Ver GONZÁLEZ DE FAUVE, M. E. y FORTEZA, P. de, "Notas para un estudio de la peste bubónica en la España bajomedieval y de fines del siglo XVI", en GONZÁLEZ DE FAUVE, M. E. (coord.), Medicina y sociedad: curar y sanar en la España de los siglos XIII al XVI, Buenos Aires, 1996, y CARMONA, J. I., op. cit.        [ Links ]

11 VIGARELLO, G., Lo limpio y lo sucio. La higiene del cuerpo desde la Edad Media, Madrid, Alianza, 1991, pp. 22, 23 y 28.        [ Links ]

12 Ver CÓRDOBA DE LA LLAVE, R., op. cit. y VAL VALDIVIESO, M. I. del, op. cit.

13 VIGARELLO, G., op. cit., p. 281.

14 VIGARELLO, G., op. cit., p. 52.

15 SARTI, R., Vida en familia. Casa, comida y vestido en la Europa moderna, Barcelona, Crítica, 2003, p. 250.        [ Links ]

16 Ver CARMONA, J. I., op. cit. y RUIZ SOMAVILLA, M. J., "Los valores sociales, religiosos y morales en las respuestas higiénicas de los siglos XVI y XVII: el problema de los baños", Dynamis, vol. 12, 1992.        [ Links ]

17 SCHIPPERGES, H., La medicina árabe en el Medioevo latino, Toledo, Secretaría de Publicaciones de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, 1989, p. 79.        [ Links ]

18 ALEGRÍA SUESCUN, D., "Baños urbanos del patrimonio real en Navara (siglos XII-XIV)", en VAL VALDIVIESO, M. I. Del (coord.), op. cit., pp. 360-361.

19 ALEGRÍA SUESCUN, D., op. cit., p. 361.

20 Ver CANAVESE, G., "Ética y estética de la civilidad barroca. Coacción exterior y gobierno de la imagen en la primera modernidad hipánica", Cuadernos de Historia de España, LXXVIII, 2003-2004, pp. 175- 178.        [ Links ]

21 RUIZ SOMAVILLA, M. J., El cuerpo limpio. Análisis de las prácticas higiénicas en la España del mundo moderno, Málaga, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Málaga, 1993, p. 76.        [ Links ]

22 CARMONA, J. I., op. cit., p. 33.

23 Una clasificación de los baños permite hablar de: Solium (baños que se aplican en una parte específica del cuerpo utilizando el agua a distintas temperaturas, desde muy caliente a fría), Estupha (baño de vapor o seco, también llamado del aire) y Pyria (baño ígneo de tipo terapéutico para conseguir la desecación del cuerpo). Ver SANTO TOMÁS PÉREZ, M., op. cit.

24 Para profundizar en esta ostensible dualidad se recomienda ver CRUZ CRUZ, J., Dietética medieval, Huesca, La Val de Onsera, 1997; CARMONA, J. I., op. cit; SANTO TOMÁS PÉREZ, M., op. cit.        [ Links ]

25 NUÑEZ DE CORIA, F., Tractado del vso de las mugeres, Medina del Campo, 1586, en HERRERA, M. T. y GONZÁLEZ DE FAUVE, M. E. (dir.), Textos y concordancias del Corpus Médico Español, Madison, 1997, f. 19r.        [ Links ]

26 Ver SCHIPPERGES, H., op. cit.

27 CANAVESE, G., op. cit., p. 176.

28 SANTO TOMÁS PÉREZ, M., op. cit., p. 98.

29 Este miedo al agua puso de moda la utilización de polvos, perfumes y distintos productos de cosmética. Se recomienda ver la introducción al Manual de mugeres en el qual se contienen muchas y diversas reçetas muy buenas, estudio, edición y notas de MARTÍNEZ CRESPO, A., Salamanca, Ediciones de la Universidad de Salamanca, 1995. Este manuscrito español que se encuentra en la Biblioteca Palatina de Parma, en Italia, es un tratado práctico y doméstico que reúne numerosas recetas de medicina, cocina y cosmética que pasaban de generación en generación, de madres a hijas. Una gran responsabilidad femenina consistía en cuidar la salud en el espacio doméstico. Pero, asegurada la salud era también, importante preocuparse por la belleza. Ver al respecto PÉREZ SAMPER, M. A., "Los recetarios de mujeres y para mujeres. Sobre la conservación y transmisión de los saberes domésticos en la época moderna", Cuadernos de Historia Moderna "Sobre la mujer en el Antiguo Régimen: de la cocina a los tribunales", 19, Universidad Complutense, Servicio de Publicaciones, 1997.        [ Links ]         [ Links ]

30 RUIZ SOMAVILLA, M. J., op. cit., p. 83.

31 RUIZ SOMAVILLA, M. J., op. cit., p. 129.

32 SARTI, R., op. cit., pp. 252-253.

33 Ver CANAVESE, G., op. cit., p. 176.

34 RUIZ SOMAVILLA, M. J., op. cit., p. 86.

35 REVEL, J., "Los usos de la civilidad", en ARIÈS, P. y DUBY, G., Historia de la vida privada, t. 5, Madrid, Taurus, 1989, p. 190.         [ Links ]

36 VIGARELLO, G., op. cit., pp. 178, 202 y 203.

37 Ver LOBERA DE ÁVILA, L., Vanquete de Nobles Cavalleros, en LÓPEZ PIÑERO, J. M., El Vanquete de Nobles Cavalleros (1530) de Luis Lobera de Ávila y la higiene individual del siglo XVI, Madrid, Ministerio de Sanidad y Consumo, 1991, cap. XIII, y Libro de las enfermedades de los niños, cap. XIII, 1551; CHIRINO, A. de, Menor daño de la medicina, Salamanca, edición de M. T. Herrera, 1973, cap. XVIII, p. 26.        [ Links ]         [ Links ]

38 LOBERA DE ÁVILA, L., Vanquete de nobles caballeros..., cap. XIII, p. 47.

39 LÓPEZ, S., Directorio de enfermeros, edición a cargo de GARCÍA MARTÍNEZ, A. C., GARCÍA MARTÍNEZ, M. J., y VALLE RACERO, J. I., Madrid, Síntesis, 1997, cap. 140, p. 331.        [ Links ]

40 LÓPEZ, S., op. cit., cap. 140, p. 331.

41 CARMONA, J. I., op. cit., p. 71.

42 Ver LÓPEZ, S., op. cit., cap. 138.

43 Ver LÓPEZ, S., op. cit., cap. 141.

44 Ver CHIRINO, A. DE, op. cit., cap. XVIII, y LOBERA DE ÁVILA, L., Libro de las enfermedades de los niños..., cap. VII.

45 Ver LOBERA DE ÁVILA, L., Vanquete de nobles caballeros..., cap. VII.

46 Ver LÓPEZ, S., op. cit., cap. 141.

47 CRUZ CRUZ, J., op. cit., p. 118.

48 MONTAÑA DE MONSERRATE, B., Libro de la Anathomia del hombre, Valladolid, 1551, en HERRERA, M. T. y GONZÁLEZ DE FAUVE, M. E. (dir.), Textos y Concordancias del Corpus Médico Español, Madison, 1997, f. 113r.        [ Links ]

49 MONTAÑA DE MONSERRATE, B., op. cit., f. 113r.

50 MONTAÑA DE MONSERRATE, B., op. cit., f. 113r.

51 CHIRINO, A. DE, op. cit., cap. XVIII, p. 26.

52 CHIRINO, A. DE, op. cit., cap. XVIII, p. 26.

53 LÓPEZ, S., op. cit., cap. 143, pp. 338-339.

54 LÓPEZ, S., op. cit., cap. 143, pp. 338-339.

55 LÓPEZ, S., op. cit., cap. 143, pp. 338-339.

56 Ver LOBERA DE ÁVILA, L., Vanquete de nobles caballeros..., cap. VII.

57 Ver CRUZ CRUZ, J., op. cit.

58 Ver LOBERA DE ÁVILA, L., Vanquete de nobles caballeros..., cap. VII.

59 ROJO VEGA, A., Anecdotario histórico de Valladolid, Valladolid, Secretariado de Publicaciones e Intercambio Científico de la Universidad de Valladolid, 1997, pp. 177 y 178.         [ Links ]

60 PÉREZ DE HERRERA, C., op. cit., f. 48.

61 Id., f. 39v.

62 Id., f. 41r.

63 Id., f. 42r.

64 Id., f. 42r.

65 Id., f. 47v.

66 Id., f. 43v.

67 Id., f. 43r.

68 Id., f. 47v.

69 Ver LÓPEZ, S., op. cit., cap. 141. En tanto medicamento portador por naturaleza de las cualidades fría y húmeda, el agua puede emplearse a la temperatura ambiente o enfriada, natural o artificialmente. López insiste en el debido cuidado que se le debe prestar a la temperatura del agua que se utiliza con fines terapéuticos: fría para las fiebres y templada y caliente para curar los vómitos. También se recomienda ver PUERTO, J., La leyenda verde. Naturaleza, sanidad y ciencia en la corte de Felipe II (1527-1598), Junta de Castilla y León, Consejería de Educación y Cultura, 2003, p. 203.        [ Links ]

70 Ver LOBERA DE ÁVILA, L., Vanquete de nobles caballeros..., cap. I.

71 LOBERA DE ÁVILA, L., Vanquete de nobles caballeros...., cap. I, pp. 19 y 20.

72 Ver CHIRINO, A. DE, op. cit., cap. V.

73 Ver CHIRINO, A. DE, op. cit., cap. V, f. 20v.

74 CHIRINO, A. DE, op. cit., cap. XII, f. 23r.

75 Ver LOBERA DE ÁVILA, L., Vanquete de nobles caballeros..., cap. 1.

76 ROJO VEGA, A., Enfermos y sanadores en la Castilla del siglo XVI, Valladolid, Secretaría de Publicaciones, Universidad de Valladolid, 1993, p. 78.        [ Links ]

77 VAL VALDIVIESO, M. I. del, "Agua y organización social del espacio urbano", en VAL VALDIVIESO, M. I. DEL (coord.), op. cit., pp. 34-35.

78 Ver LÓPEZ, S., op. cit., cap. 34.

79 Id., cap. 109.

80 Id., cap. 109.

81 PÉREZ DE HERRERA, C., op. cit., fs. 49v y 50r.

82 Ver CHIRINO, A. DE, op. cit., f. 40r.

83 Id., f. 65v.

84 Ver LOBERA DE ÁVILA, L., Libro de las enfermedades de los niños..., cap. XIII.

85 Ver CHIRINO, A. DE, op. cit., cap. XXIX,f. 144v.

86 Id., , f. 191v.

87 FERNÁNDEZ, A., Instrvuccion de enfermeros para aplicar los remedios a todo genero de enfermedades, y acudir a muchos accidentes que soureuienen en ausencia de los Medicos, Madrid, Imprenta Real, 1625, p. 138. Este tratado fue escrito por los Hermanos de la Congregación del Hermano Bernardino de Obregón en el Hospital General de Madrid y corregido y enmendado por el Hermano Andrés Fernández, en ese entonces Hermano Mayor de la Congregación y del Hospital General. Describe útiles y necesarios consejos y avisos tanto para enfermeros, médicos y cirujanos.        [ Links ]

88 Ver FERNÁNDEZ, A., op. cit., pp. 139-140.

89 Id., p. 139.

90 Id., p. 137.

91 Id., p. 137.

92 Id., p. 136.

93 Id., p. 103.

94 Ver LÓPEZ, S., op. cit., cap. 142.

95 Id., cap. 146.

96 FERNÁNDEZ, A., op. cit., pp. 137-138.

97 PÉREZ DE HERRERA, C., op. cit., fs. 44v-45r.

98 FERNÁNDEZ, A., op. cit., p. 133.

99 Id., p. 136.

100 Ver LÓPEZ, S., op. cit., cap. 144.

101 Ver FERNÁNDEZ, A., op. cit., p. 135.

102 Id., pp. 134-135.

103 LÓPEZ, S., op. cit., pp. 223-224.

104 Id., pp. 223-224.

105 Id., cap. 62.

106 Id., cap. 62.

107 Ver ROJO VEGA, A., Enfermos y sanadores..., p. 72. Se recuerda que las aguas destiladas pueden tener uso medicinal y de belleza.

108 Ver CHIRINO, A. DE, op. cit., cap. XLI, f. 178v.

109 Id., cap. XII, f. 22v.

110 Id., f. 74v.

111 Ver LÓPEZ, S., op. cit., cap. 109.

112 Ver FERNÁNDEZ, A., op. cit., p. 131.

113 LÓPEZ, S., op. cit., cap. 141, p. 333.

114 Id., cap. 109.