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Cuadernos de historia de España

versión On-line ISSN 1850-2717

Cuad. hist. Esp. v.80  Buenos Aires ene./dic. 2006

 

Bernardos Sanz, José Ubaldo, Trigo castellano y abasto madrileño. Los arrieros y comerciantes segovianos en la Edad Moderna, Madrid, Junta de León y Castilla. Consejería de Educación y Cultura, 2003, 232 páginas.

Mariana Zapatero

    El punto de partida de esta obra es el estudio de los arrieros de Sangarcía y Etreros, dos pequeños pueblos segovianos dedicados a abastecer de trigo a Madrid, siendo su principal destino la Corte, por lo cual su negocio se vio frecuentemente intervenido por las altas instituciones monárquicas.
   La importancia de las actividades de transporte y comercio ejemplificadas a través de este caso investigado, en el marco del mercado castellano y de las relaciones con la Villa y Corte, le permitieron al autor analizar tanto las condiciones del mercado interior como la evolución y diversificación de la estructura productiva de los pueblos durante un período de tiempo prolongado.
   El autor es un investigador especializado en la historia económica madrileña -participó en el grupo de estudios sobre Madrid dirigido por Santos Madrazo y en el Equipo Madrid de Estudios Históricos perteneciente a la Universidad Autónoma de Madrid- y ha orientado sus estudios específicamente hacia temas de abastecimiento y distribución de productos básicos, los cuales le permitieron recopilar la información y experiencia necesaria para completar este libro.
   Esta obra está organizada en tres partes, en las cuales quedan claramente identificados los elementos básicos del estudio: los arrieros segovianos de Sangarcía y Etreros, el trigo y Madrid, a partir de los cuales se define un análisis económico sólidamente argumentado.
   La primera parte abarca a partir de 1561, año en que la Corte se instala en Madrid, hasta 1630. Dos son los temas desarrollados en el primer capítulo, con la intención de evaluar las condiciones históricas previas a la transformación: cuál fue la evolución del mercado madrileño a partir de la instalación de la Corte en aquella ciudad y cuáles fueron las características del desarrollo de la economía en la Meseta Norte. Se trata de un zona que llega en esta época a un excedente sin una demanda suficiente como contrapartida y de una ciudad con problemas de aprovisionamiento por la incapacidad de su producción.
   El segundo capítulo se refiere a los rasgos históricos de Sangarcía y Etreros destacándose como crucial el período 1570-1630 por considerarlo el momento de surgimiento de la actividad de tráfico de trigo y cuya explicación se centra en una coyuntura económica: crecimiento de Madrid-inestabilidad del abastecimiento-oferta/demanda de granos en Castilla la Vieja.
   La segunda parte se orienta al análisis de los importantes cambios generales ocurridos entre la crisis de 1630 y la creación de la Junta de Abasto en 1743; este análisis se ordena desde tres perspectivas: desde la oferta, desde la demanda y desde los intermediarios segovianos.
   De forma detallada, trata los factores principales que se desarrollan y desembocan en la crisis agraria de 1630-1632, destacándose uno de ellos que fue el abastecimiento de cereal ya que: 1) había fallado el sistema de coerción; 2) resultó ineficaz la política de compras urgentes, y 3) fueron insuficientes las adquisiciones extraordinarias de la junta del Pósito.
   Esta sucesión de fallidos explica que las autoridades hayan tendido a un mayor control y el autor se explaya en el significado de este cambio político y sus consecuencias.
   El último capítulo de esta segunda sección abarca un período temporal de exactamente un siglo; se refiere a la consolidación y crecimiento de la actividad de estos pueblos ocurrida entre 1640 y 1740. Será denominado el siglo de los harineros, pues el negocio no era únicamente de transporte; además de arrieros, eran comerciantes que compraban y vendían el trigo sobre todo molido.
A largo del cuarto capítulo se desarrolla esta temática observando las bases y distintas fases de la evolución de la actividad y los distintos agentes que actuaban.
   Hacia 1740 comienza una nueva transformación porque el abastecimiento madrileño cerraría un ciclo y, con él, los arrieros segovianos. La razón de tal cambio sería el uso extensivo de las piedras de moliendas en las panaderías. No obstante, estos prósperos segovianos demostrarán su capacidad de adaptación ante la adversidad, y continuarán con su negocio, ahora centrado más en el comercio del cereal.
   Desde el capítulo 5 al 10, se desarrolla la tercera y última sección del libro, en la cual el autor propone realizar un corte en el siglo XVIII para observar cuáles fueron los efectos de dicha actividad desplegada en Sangarcía y Etreros, para concluir explicando el desarrollo de estos pueblos hasta el siglo XIX.
   Si bien los dos pueblos son bien observados, el autor hace hincapié en Sangarcía dado que sus registros denotan una actividad más intensa en relación a Etreros. Se analizan la cantidad de recuas de arrieros, las cifras del censo de Campoflorido de 1713, el movimiento migratorio, la tierra y su estructura agraria.
   El autor entiende que frente al modelo de un grupo privilegiado con su poder basado en la tierra y que implicaba el estancamiento para los productores directos, la arriería significó una alternativa para los habitantes de Sangarcía con la cual evitaban una parte de las servidumbres feudales. Precisamente esta variable, en primer lugar, los distinguió del resto de la campiña donde la actividad agraria siguió siendo predominante, y en segundo lugar, les dio un perfil distinto que se manifestó a través de su evolución demográfica, las características de su estructura socioprofesional, y aun hasta el urbanismo y las viviendas de estos pueblos fueron un factor diferencial.
   El capítulo seis esta dedicado a las reformas del siglo XVIII con el crecimiento agrario castellano, cómo se llega a una intervención sobre el sistema de abastecimiento de la capital y sus consecuencias en el negocio de los trajineros segovianos.
   Al igual que en siglos anteriores, las crisis manifiestan los problemas de aprovisionamiento de los productos básicos, pues la cuestión no es tanto la compra, sino disponer de alimentos en el momento y al valor adecuado. En este período se recurre a la creación de la Junta de Abastos en mayo de 1743, que en definitiva concluirá implementando una política intervencionista en el abasto madrileño, ya que queda bajo su supervisión el suministro de carne, pescado, velas, aceite, tocino y el Pósito, y con ello, el pan.
   Durante su intervención, la Junta de Abastos se detuvo en todas las fases del proceso y el transporte se convirtió en uno de los principales puntos de la provisión de víveres. Sobre la capacidad de Sangarcía y Etreros como intermediarios notables en la provisión madrileña trata extensamente el capítulo séptimo, aunque se hace notar la doble actividad de estos arrieros. Se ocupaban en los portes durante los meses de verano hasta comienzos del otoño, garantizando el abastecimiento de la Corte, objeto de la mayor parte de su tráfico; posteriormente, aprovechando las redes y los operadores comerciales ya conocidos, operaban ellos mismos como comerciantes de trigo.
   Si bien no es posible observar sus métodos y evaluar su participación en el mercado madrileño por falta de documentación al respecto, se demuestra que estos hombres han logrado continuar con sus negocios a pesar de la coyuntura político-económica; así al finalizar la Junta de Abastos, estos pueblos se convertirán en el más importante centro de comercio cerealista hacia la Corte tras la liberalización de 1765.
   Las disposiciones sobre libre comercio de cereal de 1765 generó una organización nueva de los mecanismos de abastecimiento de pan en la capital, al redefinir el funcionamiento de la circulación y el mercado. Esta pragmática, su aplicación y sus problemas son considerados en el capítulo octavo, a través de los distintos períodos que evolucionan hacia el lapso catastrófico de 1808-1812.
   En las dos últimas secciones se desarrolla esta evolución en Sangarcía. Es decir, los arrieros-comerciantes de Sangarcía aprovecharon su capital material sumado a su conocimiento y dominio del mercado que los llevaría a vivir la "edad de oro" de su actividad; se diversificaron y prosperaron en sus negocios, ascendieron socialmente y hasta alcanzaron cierta notoriedad en la comarca.
Sin embargo, este cenit tuvo su opuesto en 1811, cuando la decadencia económica fue general, producto del desmoronamiento de la arriería. Si bien hubo causas inmediatas, tales como el hambre, epidemias, guerra, crisis agraria, que dan razón de esta decadencia, el autor realiza un análisis de determinadas estructuras demográficas y productivas que manifestaban condiciones débiles con anterioridad.
   Al igual que en otras tierras segovianas, el perfil económico de Sangarcía y Etreros acabará transformándose al producirse la ruralización de su actividad.
   Así se presenta una historia económica local en una perspectiva de estudio de largo plazo y en el marco de la historia política-económica castellana moderna. El presente trabajo constituye un aporte de interés para la historia económica y social del medio rural castellano-leonés entre los siglos XVI y XIX.