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Cuadernos de historia de España

versión On-line ISSN 1850-2717

Cuad. hist. Esp. v.81  Buenos Aires ene./dic. 2007

 

Kallendorf, Hilaire, Exorcism and Its Texts: Subjectivity in Early Modern Literature of England and Spain, Toronto, University of Toronto Press, 2003, 327 páginas.

Constanza Cavallero

    El objetivo principal del libro de Hilaire Kallendorf, investigadora estadounidense de destacado desempeño en el Departamento de estudios hispánicos de la Universidad de Texas, consiste en demostrar, apoyándose en un corpus de fuentes exclusivamente literarias, la ambivalencia de sentimientos que reinaba en torno a las representaciones de la posesión diabólica en España e Inglaterra durante los siglos XVI y XVII. La autora sostiene que los diversos géneros literarios reflejan actitudes variadas y polivalentes frente a la intrusión de los demonios en el cuerpo, presentando una idea del diablo y de su incidencia en el mundo sumamente maleable.
   La posesión demoníaca resulta un problema clave en la modernidad temprana en tanto fuerza externa que atenta contra la noción de "yo individual" (selfhood), cardinal a partir del período renacentista. Los demonios, al irrumpir en el cuerpo del hombre, ponen en peligro su autonomía e identidad, limitan su voluntad y dominan sus sentidos. Sin embargo, en ciertos casos la posesión será considerada, por el contrario, una vía posible de acrecentamiento de las capacidades y habilidades humanas. Una atención mayor a los diferentes géneros literarios demostrará la adaptabilidad de este topos a una amplia gama de propósitos, respuestas de la audiencia, paradigmas culturales y estructuras de creencias.
   Kallendorf emprende un trabajo en principio comparativo porque considera enriquecedor el cotejo entre legislación, liturgia y actitud general hacia el exorcismo en un país católico, en el cual éste estaba sancionado y era efectivo, por un lado, y un país protestante, cuya Iglesia carecía de un modo oficial de lidiar con la posesión demoníaca, por el otro. El contraste entre España e Inglaterra, no obstante, no se percibirá a lo largo del libro con suficiente nitidez. Aunque la autora recurre continuamente a obras literarias de ambas procedencias, escritas entre los años 1550 y 1700, la oposición entre países pasará a un plano secundario frente al análisis y diferenciación entre géneros literarios, que será también el criterio adoptado para la división en capítulos. La autora recoge aquellos géneros que incorporan escenas de exorcismo o lenguaje demonológico y selecciona obras en las que el demonio se hace presente a través de las acciones que induce en los hombres.
   Kallendorf discutirá explícitamente con el "new historicism", escuela posmoderna que niega que los pensadores de la modernidad temprana hayan creído en la posibilidad literal de la posesión demoníaca. Aunque puedan haberla considerado fraudulenta y convertido en objeto de sátira en ciertos casos, la autora sostiene que los autores tempranomodernos creían en la potencia y eficacia de los exorcismos practicados bajo la égida de la autoridad eclesiástica. Principalmente en el auto sacramental, la tragedia y la novela, Kallendorf demostrará que el enfoque neohistoricista falla, que la simple ficcionalización no es lo que resulta atrayente y significativo. Para los cristianos, negar la posesión diabólica era semejante a negar la presencia de Dios en la Eucaristía: sin prueba de la existencia del diablo, no podía haber prueba de la existencia de Dios (Nullus Deus sine diabolo).
   El libro busca hallar una tercera vía entre el ideal estructuralista y el neo-historicista en la literatura, confiando en que ambas posturas pueden complementarse si reconocen adecuadamente sus virtudes y debilidades. Rescata la atención que el enfoque estructuralista presta al ritual religioso y a la estética propia de cada género literario, perspectiva que terminará predominando a lo largo del trabajo y, respecto del enfoque posmoderno, intenta incluir su visión historizada y más comprometida.
   El objetivo de Kallendorf es establecer una "morfología del exorcismo" o una "gramática de la posesión" en base a cómo éstos aparecen en la literatura, para lo cual cree necesario recuperar los aportes de un estructuralismo actualmente desvalorizado. Parte de la idea de que el exorcismo es una forma de pensamiento mítico o sacralizado, un 'mito' en el sentido técnico descrito por Paul Ricoeur, y retoma el método de análisis de Lévi- Strauss, que desglosa el contenido del mito en sus puntos principales ('mitemas') y estudia las posibilidades de combinación de estos últimos, es decir, las variantes del mito. Kallendorf denomina a las unidades constitutivas 'teologemas', concepto que toma de Greimas en reemplazo de la noción de 'mitemas' de Lévi-Strauss, para remarcar su contenido teológico. Sostiene que las variantes del exorcismo se manifiestan en cada género literario, puesto que no todos incluyen ni enfatizan los mismos teologemas. Por otro lado, recupera de Vladimir Propp el uso de ciertas categorías que éste utilizó para estudiar los cuentos maravillosos y las aplica al discurso exorcista en la literatura: funciones (poseer, exorcizar, confesar, bendecir), personajes típicos (poseído, exorcista, falso poseído, espectador crédulo, demonio, etc.) y elementos caracterizadores (agua bendita, cruz, sal, látigos, retorcimiento corporal, rechinar de dientes, ojos desorbitados). Adopta también de Propp la idea de que estas categorías (que Kallendorf unifica bajo el término 'teologemas') sufren cambios cada vez que se reelabora el relato (reducción, expansión, contaminación, atenuación, sustitución, etc.).
   Al emprender el análisis género por género, la autora seleccionará y enfatizará aquellos teologemas que cuajen mejor en cada uno de ellos, entre los once que enumera: 1) la entrada del demonio en el cuerpo, en general ligado con procesos del cuerpo y recurrente en los géneros de humor; 2) los síntomas de posesión, en su mayoría volcados a la literatura a partir de casos reales relatados en panfletos circulantes; 3) la poliglosia demoníaca (uno de los elementos de la posesión que puede verse como positivo); 4) el 'coach'; 5) el exorcista, que según el género literario puede ser el verdadero sanador u objeto de burla; 6) el engaño de los amantes, que suele aparecer unido a la identificación del exorcismo con la locura del amor (nuevamente, algo potencialmente deseable); 7) el falso exorcismo; 8) la atadura del cuerpo del poseso (práctica del ritual exorcista que enfatiza la violencia corporal); 9) los llamados 'props': reliquias, agua bendita y otros accesorios que aparecen sobre todo en el exorcismo católico (aunque las obras inglesas suelen incluirlas como burla a las "supersticiones" de los papistas); 10) el exorcismo exitoso; 11) el exorcismo del cuerpo político (utilización del poseso como metáfora de una enfermedad social). La relación entre estos once teologemas y los distintos géneros literarios es sintetizada en un cuadro, al principio del libro, que exhibe gráficamente las distintas combinaciones posibles.
   Al analizar el drama cómico, todos los teologemas se hacen presentes desde la teatralidad hilarante y son descritos con mayor atención analizando el modo en que cada uno aparece en obras particulares de autores como Alonso de la Vega, Ruggle, Jonson, Shakespeare, Middleton, Timoneda o Zamora. Con todo, el teologema que emerge como principal en este género es el exorcismo como sinécdoque de la curación del cuerpo político. El cuerpo del rey, individuo por excelencia, es el que mejor encarna estos episodios, ya que, aunque la posesión o el exorcismo se juegan a nivel individual, el lazo con lo social se construye fácilmente. La dignidad real no termina dañada en ningún caso, pero la metáfora puede ayudar a alivianar sucesiones reales, a representar alegóricamente la cura de enfermedades sociales o a sublimar miedos, intereses y esperanzas comunes.
   En el género picaresco y la sátira emerge como elemento sobresaliente la posesión demoníaca en tanto vía de acceso al conocimiento sobrehumano, que llega a asimilarse, incluso, con el furor poético propio de los artistas. Se percibe aquí una faceta positiva de la usurpación diabólica del cuerpo humano, nacida de la afirmación real de teólogos y exorcistas de que los demonios poseían una increíble capacidad de conocimiento. En España tanto como en Inglaterra se prohibía interrogarlos y los manuales de exorcismo de la época advertían acerca de los peligros que corrían aquellos que preguntaban lo indebido a demonios embusteros. El Discurso del alguacil endemoniado de Quevedo, no obstante, es una sátira que sostiene que éstos pueden también decir verdades y que son una fuente de sabiduría que debe poder usufructuarse. Este intento por suprimir un modelo que ahoga la verdad se relaciona con el contexto de publicación de la obra misma, que fue censurada en un primer momento por sus críticas a la Iglesia y la Inquisición.
   El entremés, por un lado, y el auto sacramental, por el otro, muestran tanto la tensión existente entre escepticismo y creencia como su posible reconciliación. En el primero, el teologema llamado 'Lovers' ruse', es decir, la pretensión por parte de los amantes de estar poseídos por demonios cuando lo están por el amor, asimila cómicamente uno y otro tipo de "locura". En el drama hagiográfico, la posesión es objeto de un tratamiento más serio, como instrumento que pone a prueba el poder y la heroicidad del santo. Se destacan, en este caso, el teologema de la entrada del demonio al cuerpo y el del exorcismo exitoso. Kallendorf subraya que, en una misma época e inclusive en un mismo autor (como en Cervantes y en Lope de Vega), la cuestión puede ser tratada en forma burlesca o no según el género y, lo que es más sorprendente, persiguiendo un mismo fin: en este caso su humanización. Contracaras de una misma postura ambivalente, por lo tanto, entremés y auto sacramental buscan hacer más aprehensibles a la intuición humana la posesión y el exorcismo.
   En lo que respecta a la tragedia, Kallendorf destaca como característica peculiar la ausencia o el fracaso del exorcismo. Con un exorcismo errado o ausente, necesariamente el topos de la posesión se ve modificado de tres formas posibles: o se manifiesta como una catarsis en sentido neo-aristotélico (como en el caso de King Lear), como un salvoconducto para explicar una situación inexplicable (como un asesinato, por ejemplo, como en Othello o Macbeth), o como un recurso posible, entre otros, para comprender algún fenómeno en donde no es posible hallar una respuesta certera (como en el caso de Hamlet). Resulta infructuoso interrogarse si Shakespeare realmente creía o no en la posibilidad de la posesión, pero lo que sí intenta demostrar Kallendorf, oponiéndose a la interpretación neohistoricista de Greenblatt, es que la cuestión resulta mucho más que un simple espectáculo o un atrayente recurso de estilo en las obras shakesperianas.
   Para analizar la novela, la autora se basa en el Quijote. Nota que el discurso demoníaco es utilizado en esta ocasión como una forma posible, entre otras, de dotar de verosimilitud la locura del Quijote y de reforzar la autonomía del personaje. La novedad se encuentra en que el protagonista actúa como autoexorcista, es decir, poseso y exorcista son en él uno solo. Cervantes contribuye, de este modo, paralelamente al nacimiento de la autonomía del sujeto tanto como al nacimiento de la novela como género. La posesión es una forma posible, no la única, de leer la locura del Quijote. Sin embargo, no es una simple metáfora, puesto que el personaje, por momentos, cree realmente estar habitado por demonios. Tan novedoso resulta el autoexorcismo que la autora no logra hallar un manual de exorcismo que lo mencione en la época (aparecerá tan sólo seis décadas más tarde). En este caso, excepcionalmente, la literatura habría anticipado más que reflejado un elemento del pensamiento demonológico.
   El libro concluye que ni Dios ni Satán pueden ser totalmente removidos de la Edad Moderna temprana. Alienta, por lo tanto, a dejar de lado la actual visión secularizante en el análisis de las obras literarias de la época. La literatura estaba influida por las prescripciones oficiales sobre lo maravilloso cristiano legítimo y, en consecuencia, cada género respondía a ellas dentro de sus propios límites. La literatura española se preocupó más que la inglesa por incluir lo maravilloso dentro del marco de lo verosímil. De todos modos, no hay que olvidar que lo maravilloso y lo realmente creíble no eran en absoluto excluyentes en los siglos XVI y XVII.
   Aunque la autora reconoce que la categoría de 'posesión demoníaca' debe ser problematizada tanto como los teologemas establecidos para analizarla a través de fuentes literarias (sobre todo porque la posesión era un fenómeno fácilmente confundible con otros como la melancolía, el éxtasis, el entusiasmo, el genio creador o la epilepsia), Kallendorf propone extender el método empleado en su libro a otros temas como la brujería, las apariciones o las profecías. Sugiere, además, repetir el esfuerzo por hallar una mixtura equilibrada entre historicidad y reconocimiento de las estructuras propias de la literatura.
   Cabe reconocer, finalmente, que el libro es meritorio por demostrar la elasticidad de la terminología del exorcismo a través de numerosas obras de distintos autores y géneros. La efectividad de este registro lingüístico para adaptarse no sólo a episodios de posesión sino a representaciones convincentes de fenómenos tan variados como la locura, el asesinato o el enamoramiento, nos permite vislumbrar en la creencia en los demonios una maleabilidad tal que le permitía hacerse presente en las distintas esferas de la realidad y una ambivalencia que posibilitaba acoger en su interior las tensiones propias de la mentalidad del hombre tempranomoderno.