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Cuadernos de historia de España

versión On-line ISSN 1850-2717

Cuad. hist. Esp. v.81  Buenos Aires ene./dic. 2007

 

Sanz Camañes, Porfirio, Las ciudades en la América Hispana. Siglos XVI al XVIII, Madrid, Sílex, 2004, 453 páginas.

Soledad Gómez Navarro

   Se trata del volumen seis de la colección "Claves Históricas" dirigida por el profesor Manuel Bustos. Su autor, el historiador modernista Porfirio Sanz, enfrenta un tema de otra área historiográfica. Concreta así el deseable encuentro entre disciplinas, y, sobre todo, integra la historia de Europa Moderna con la historia de América. Sustentado en un prólogo, siete medulosos capítulos y una bibliografía comentada, este trabajo es, sin duda, indispensable para la historia urbana, ya que se nutre de y sirve a la geografía, la demografía histórica, la historia económica, la historia social, la historia política, institucional y la historia cultural.
   Dos son los ejes básicos de esta afirmación: su definición y su producción. En efecto, en cuanto al primero, y como ha revelado Olivier Zunz, la oposición de la ciudad al campo, su interdependencia y la evolución profunda de sus relaciones desde hace dos siglos han suscitado una seria reflexión sobre el papel de la ciudad en la historia. Debemos tener en cuenta la incidencia sobre el tema de tres escuelas historiográficas. La primera, calificada como "tradicional", agrupa un vasto conjunto de trabajos sobre la vida política, la corte, las instituciones -simbolizadas por los edificios- y la vida comercial. Esta historia, que pone el acento en el tiempo corto, contrasta con la historia lenta del campo, las costumbres ancestrales y los retornos cíclicos.
   La segunda escuela, que mantiene lazos estrechos con la economía y la geografía, cuenta con trabajos sobre las redes urbanas, la regionalización en torno a los centros económicos y, sobre todo, acerca de los mecanismos de intercambio entre lo urbano y lo rural, el dominio de la burguesía de las ciudades sobre el campo, como preconizaba Marx. Aportaciones recientes han matizado estos conceptos mostrando también la dependencia de la ciudad del pasado en relación con la población y la producción agraria; e incluso, a la inversa, ha quedado parcialmente caduca la vieja distinción entre lo rural y lo urbano, como mostraron las investigaciones de Jean Gottman sobre la costa oriental norteamericana, a la que calificaba de "megalópolis" para definir la "revolución de la utilización del suelo" en la región que va de la Nueva Inglaterra a Virginia, donde las zonas urbanas, suburbanas y rurales se integran en un mismo espacio económico y social.
   Finalmente, un tercer tipo de trabajos sobre la evolución de las formas urbanas han planteado el trastorno de la relación ciudad-campo y los problemas contemporáneos de planificación. Serían las amplias síntesis de Lewis Mumford para definir las grandes eras técnicas de la evolución urbana y para conceptualizar la ciudad en términos espaciales.
   Lo importante, sin embargo, es que, influidos en diversos grados por esas tres tradiciones, los historiadores de los últimos veinte años han estudiado no sólo el fenómeno de urbanización, sino también lo que enseña el marco urbano de la actividad humana. Han tratado la ciudad no como un simple marco de la vida, sino también como un entorno capaz de influir sobre las fuerzas sociales en juego, como muestra "Histoire et urbanisation", número especial al respecto de Annales ESC, XXIV, 4, 1970.
   En lo que concierne a la producción historiográfica, con sus propias peculiaridades obviamente, y sobre todo desde la innegable dimensión del espacio analizado, el libro de Porfirio Sanz sigue la estela de diversos trabajos: del Center for Urban History, de Leicester, bajo la dirección de Peter Clark; de la obra colectiva dirigida en 1981 por Georges Duby, reflejo de los resultados de tres lustros de monografías de historia urbana, y en donde el análisis demográfico urbano se integra con el estudio económico y de los recursos específicos de cada ciudad, con la sociografía de los estratos urbanos, la fiscalidad y el ejercicio del poder municipal (trabajos de Alvar Ezquerra, Bernardo Ares y Molas Ribalta; o de Bernardo Ares y Martínez Ruiz); de la mayoría de los estudios de historia urbana realizados en España con posterioridad a la gran monografía de Bartolomé Bennassar sobre el Valladolid del Siglo de Oro; del trabajo de David Ringrose sobre el Madrid de sus primeros tres siglos de capitalidad; y de los estudios más ambiciosos del marco provincial (Fernández Albaladejo, García Sanz, Pegerto Saavedra) o regional (P. Vilar).
   A todas esas expectativas e intereses responde la obra de Porfirio Sanz. El autor pretende familiarizar al lector no especializado con la complejidad y la riqueza del mundo urbano en la América hispana durante la Modernidad -descubrimiento, conquista y colonización-. La fundación de ciudades superó con creces el voluntarismo inicial de los españoles, que poblaron con inusitada y asombrosa rapidez el mapa americano. La ciudad actuó, pues, como agente multirracial y multicultural. En ella se dieron cita los poderosos en todos los órdenes (el virrey, el obispo, el cabildo) y, en sus aledaños, los pueblos de indios. En los centros urbanos se levantaron templos y palacios, se organizaron fiestas y cortejos espectaculares, emergieron los colegios, academias y universidades; se desarrolló, en suma, todo un fenómeno desde el que se afirmó la colonización española.
   Para alcanzar aquel claro objetivo, el profesor Sanz estudia a fondo una amplia y variada gama de fuentes primarias editadas, secundarias y bibliográficas. Su tratamiento audaz e inteligente plantea y consigue en los siete apartados y sus correspondientes epígrafes los siguientes resultados.
   El capítulo primero, sobre todo teórico, presenta el análisis del fenómeno urbano americano relativo a definición, tipología y características; los ordenamientos, la planificación urbanística, las funciones de la ciudad colonial y, a los efectos de la llamada aculturación urbana, dirigida básicamente a la colonización y el control del territorio. Termina con el examen de Tenochtitlan y Cuzco, dos ejemplos de ciudades prehispánicas de indudable importancia.
   Centrado después en "otras" ciudades, las imaginarias, y tomando como incentivo o guía de búsqueda de éstas el mito, repara en la atracción ejercida en los europeos de la época por islas fantásticas como las Antilia, Ofir, Tarsis y Cíbolas, o por las noticias de inmensas riquezas y animales exóticos. Describe los Dorados, los reales y los falsos, que, aunque fuera sobre la base de la ficción, también impulsaron la urbanización de América. Los ojos de los cronistas, viajeros, conquistadores y de quienes en sus cartografías dibujaron el nuevo territorio y paisaje, acercan las imágenes de las ciudades americanas. Esta mirada se completa y complementa con la de la lectura crítica y recelosa hacia la colonización española en América con la que se cierra el segundo capítulo.
   El tercer capítulo explora el aspecto político de la urbe. Le da encarnadura el análisis de: los gobiernos ciudadanos, desplegados en nuevas instituciones y leyes; las oligarquías de poder, las ordenanzas municipales y la organización concejil; las ciudades del poder, Méjico y Lima y sus respectivas cortes virreinales, alter ego de la corte de Madrid. Otro tipo de ciudad, la de Dios, expresada en las instituciones eclesiásticas creadas al efecto y al abrigo y sombra del Real Patronato de las Indias -conventos, iglesias, parroquias, oratorios, capillas...-; los pueblos de indios y las reducciones jesuíticas, singular y particular apuesta de la Compañía por la colonización basada en la separación de los indios de las castas; y el imprescindible control ciudadano e ideológico mediante el establecimiento del Santo Oficio de la Inquisición con sendos tribunales en aquellas dos capitales virreinales.
   Toca después el turno a la ciudad como agente multirracial y de transculturación entre la población autóctona y la española y viceversa -número, composición y niveles sociales tanto en el ámbito urbano como en el rural-; la emigración a las Indias; la ciudad blanca como reproducción estamental de la hispana, si bien a través de la genuina institución social de la Encomienda; el fenómeno del mestizaje y el criollismo y su caracterización social y sociológica, pivotada siempre en torno a la castellana institución del mayorazgo; la ciudad india y sus peculiaridades; y la esclavitud negra. Todo ello perfila lo que el autor denomina "una ciudad de ciudades".
   La perspectiva económica llega en el exhaustivo capítulo quinto, donde, tras investigar la necesidad primaria de la defensa imperial del territorio mediante una política práctica de fortificaciones, presenta una tipología y caracterización de distintas ciudades por su ocupación primordial. En las ciudades mineras fue efectivamente la minería lo que impulsó la rápida ocupación del territorio y lo que se desplegó en producción y conversión en numerario y amonedación. La actividad portuaria tuvo una decisiva función como generadora de ciudades muy definidas por sus aspectos económicos, estructuras sociales, aparato institucional y elementos culturales; esto queda ejemplificado en el puerto, mercado y bastión que fue la ciudad de La Habana. También se caracterizan las ciudades de la Carrera de Indias -Sevilla, por razones obvias, pero también Acapulco o Portobelo-. Las ciudades de frontera resultaban imprescindibles por la permeabilidad e interacción con las poblaciones de alrededor si se quería asegurar el territorio que se conquistaba; esta necesidad también propició el desarrollo de toda una tratadística militar, de arquitectura e ingeniería en Indias, a la que, por eso mismo, se presta la debida atención. Las ciudades fortaleza también desempeñaron un significativo papel, al responder a las nuevas necesidades que fue planteando la colonización; su símbolo podría ser Cartagena de Indias o El Callao.
   Los dos últimos capítulos abordan lo que podríamos considerar los aspectos culturales de la urbanización. El sexto, claramente, con su presentación de la labor de difusión del conocimiento artístico y científico que se planteó desde las ciudades, a través de academias, sociedades literarias, imprentas y universidades. Como indica el autor, las ciudades de las artes -arquitectura y artes plásticas, en lo religioso y lo civil, alentadas las primeras por la Iglesia, y las civiles, por el impulso decidido ejercido por mecenas, autoridades civiles y religiosas. También analiza algunos temas de la vida cotidiana como las fiestas, el ocio, y su reglamentación, los ritos, las tradiciones y el culto a los muertos, especialmente en la población indígena, y la utilización frecuente de todo ello por el poder.
   El séptimo y último capítulo trata de la Ilustración pero como Reformismo -reformismo borbónico de Carlos III. Por eso analiza: la transformación de la ciudad en su trama urbana, infraestructura y arquitectura según los nuevos gustos; el nuevo Estado militar; las fundamentales reformas que, con su apertura de puertos hispanos hacia América, darán un nuevo dinamismo al comercio americano; la teoría y práctica del pensamiento ilustrado que, con el proyectismo, critica el viejo y caduco sistema del monopolio; la creación de las nuevas ciudades ilustradas hacia el norte y hacia las zonas más extremas del sur; y, en el contexto de la política internacional hispano-inglesa, la constitución de nuevas fronteras también hacia ambos extremos -Luisiana, Yucatán, La Plata, Buenos Aires y Montevideo-.
   Tras todo lo expuesto son claras la relevancia y significación historiográficas de esta contribución a la historia urbana americana y a su divulgación, como el mismo autor indica en su introducción, tarea también necesaria y que nos permite comprender mejor la inextricable imbricación Europa-América, eslabón insoslayable de la Modernidad, fundamental para la explicación del Antiguo Régimen occidental.
   Si bien el autor privilegia los cinco primeros capítulos, es de destacar la distribución lógica de los contenidos; un ejercicio de exhaustividad y rigor en la información y en su tratamiento. Por consiguiente, un capítulo a modo de conclusión o recapitulación final, un glosario de términos, índices y algún mapa más, podrían haber profundizado aun más el análisis de las relaciones campo-ciudad, colonias entre sí y colonias-metrópoli, repercusión europea de la colonización hispana, y la relación cultura oficial-cultura popular. Hubiera sido interesante prestar mayor atención a los posibles fenómenos de sincretismo cultural, impacto del cristianismo en la cultura indígena, relaciones Iglesia-Estado en América, cultura material y vida cotidiana, cultura funeraria católica y a las posibles diferencias en la cultura funeraria entre las distintas tribus, al mundo femenino en la aventura americana, y al éxito o fracaso de la Ilustración americana y su posible incidencia en el fenómeno independentista. Tal vez hubiera sido más efectivo alterar el orden de los dos últimos capítulos, y distinguir entre fuentes e historiografía en la bibliografía comentada. Sin embargo, estas observaciones no impiden afirmar que disponemos de un buen recurso para conocer mejor el mundo colonial hispano, a través del fenómeno urbano. No sólo se alcanza una espléndida síntesis, como desea el autor en su introducción, sino también una verdadera aportación, incluso desde el punto de vista metodológico, lo cual no es fácil ni frecuente, al ofrecer a partir del análisis de la ciudad todo un modelo de análisis historiográfico.