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Cuadernos de historia de España

versión impresa ISSN 0325-1195

Cuad. hist. Esp. vol.84  Ciudad Autónoma de Buenos Aires ene./dic. 2010

 

ARTÍCULO

Imágenes del castigo divino en un Beato regio

 

Nora M. Gómez
Universidad de Buenos Aires - DIMED

 


Resumen: El castigo divino está fundamentado en la transgresión del pacto moral establecido entre Dios y su pueblo. Todo tipo de castigos atraviesan los textos sagrados de la religión hebrea y la cristiana; ellos fueron representados en imágenes pictóricas que la Iglesia utilizó como mensaje admonitorio para corregir la conducta humana. En el presente estudio se analizan las diferentes fuentes textuales que pudieron influir en la producción de las imágenes punitivas del Beato de Fernando I y Sancha en el reino cristiano de Castilla- León a mediados del siglo XI.

Palabras Clave: Castigo ; Fuentes Lexicales ; Representaciones Iconográficas; Beatos.

Abstract: Divine punishment is based on the transgression of the moral code established between God and his people. All sort of divine punishments appears in the scriptural and sacred texts of the Hebrew and Christian religions. They were represented in pictorial images taht were used by the Christian Church as a warning message to correct human behaviour. This study analyses the different sources that could influence the production of the punitive images of Beato de Frenando I y Sancha in the Christian kingdom of Castilla- León in the nid- eleventh century.

Keywords: Punishment ; Lexical sources ; Iconographical representations ; Beatus.


 

El arte religioso medieval comportó un privilegiado medio de expresión de la doctrina de la Iglesia. Dentro de la amplísima variedad de temas representados en imágenes esculpidas y miniadas, el aspecto punitivo del dogma cristiano conoció un particular desarrollo iconográfico. La creación de la imagen miniada punitiva resultó funcional a la defensa de la ortodoxia cristiana, fue utilizada como factor persuasivo o admonitorio ante el actuar pecaminoso y fue esgrimida como elemento de edificación espiritual y moralizante.La iglesia confió en el poder comunicacional de estas imágenes aleccionadoras: tímpanos esculpidos, pinturas murales o mosaicos parietales expresaron su mensaje en un espacio público y visible a todo público; códices miniados -Biblias, Salterios, Libros de Horas- hicieron lo propio en un ámbito más restringido y privado.

Por lo anteriormente expuesto, estaríamos admitiendo que el arte medieval estaba en función del mensaje que la Iglesia quería transmitir, que la creación artística estaba cercenada por la autoridad eclesiástica secular y regular, por los condicionamientos temáticos de tales comitentes, basados en la autoridad del texto escrito bíblico o teológico. Si bien tales circunstancias existieron, debemos también considerar la incidencia que sobre las imágenes tuvieron la literatura apócrifa, las creencias populares, la pervivencia de leyendas y mitos antiguos o la tradición oral. En este mismo sentido cabe preguntarnos si la imagen artística es sólo deudora de éstas y aquellas fuentes iconográficas, o bien si una vez producida no se transforma en un texto icónico paralelo a los textos lexicales1, con autonomía comunicacional propia, por impacto visual, percepción directa y "revelación" inmediata, concreta y visible ante la imposibilidad de un público iletrado para acceder a los discursos lexicales2.

En este proceso de producción de imágenes no podemos dejar de considerar al artista- artesano medieval, que aun basándose en textos oficializados o extracanónicos, también tuvo en cuenta modelos iconográficos de la Antigüedad pagana, sus propias imágenes mentales y su fantasía creadora. Asimismo, debemos valorar la calidad estética que le imprimió a su obra: la estructura compositiva, la elección de ciertas formas, el uso del color y de materiales preciosos, la personificación de entidades abstractas.

Las razones precedentes nos llevan a concluir que las imágenes creadas por los monjes o laicos medievales no son meras ilustraciones de los textos que pudieron servirle de fuente o estímulo y, más que representarlos, "presentifican" lo que la imagen lingüística o la tradición oral designan nominal o abstractamente; la imagen "presentifica" el espacio en planos o perspectiva y, sobre todo, "presentifica" sincrónica y condensadamente episodios, acciones y personajes. Por lo tanto, acordamos con que "la imagen no traduce (exclusivamente) un texto, sino que escenifica un imaginario conformado por muchos textos y por otras imágenes mentales o materiales"3.

Debemos puntualizar una observación más acerca de la relación texto-imagen: en los códices miniados medievales conviven ambos discursos. En principio, la disposición de las miniaturas en la columna escrita estaba determinada por el texto; podían estar al principio o al final del pasaje, intercaladas o en los márgenes, sin un marco ni un fondo pictórico que las contuviera y las diferenciara del mismo fondo neutro del pergamino. Paulatinamente, las miniaturas ocuparon mayor superficie: la mitad superior o inferior, el folio completo y los dobles folios enfrentados. Este proceso de separación de la imagen del texto se reforzó con el uso del marco ornamental o arquitectónico, con la incorporación de un fondo paisajístico con pretensiones de ilusión tridimensional o un fondo bidimensional y decorativo4. Este aislamiento, esta preponderancia figurativa en el mismo soporte del texto escrito, colaboró efectivamente en la autonomía formal de la imagen y en la gestación de un discurso paralelo al textual: un discurso visual que -sumado a otras fuentes, creencias o tradiciones que estimularon la imaginación del iluminador medieval- puede interpretar, enfatizar, resumir, revelar o manipular el texto escrito. Todo ello redunda en una autonomía comunicacional de la imagen, enfatizada por el impacto visual directo que pudo ejercer en el contemplador del códice iluminado. Frente a la estructura analítico- discursiva del texto escrito y la estructura sintético-figurativa de las imágenes, "éstas nos dicen mucho más que los textos"5.

En el presente estudio nos abocaremos al análisis de las miniaturas de temática punitiva que se despliegan en los folios de un magnífico códice hispano: el Beato de FernandoI y Sancha, copiado por Facundo en 1047 y que, debido a la dedicatoria a los reyes de León y Castilla en el laberinto del folio 7, fue el único de encargo real en la vasta producción de los Beatos6.

El Apocalipsis juanino -último libro de la Bibliay el único de su tipo en ser incorporado al canon oficial- fue redactado a fines del primer siglo de nuestra era y revela una serie de visiones donde prevalece el mensaje del castigo divino a gran parte de la humanidad, al final de los tiempos. Aun teniendo en cuenta que el texto sustenta la promesa escatológica salvífica para los mártires y fieles cristianos, una serie de catástrofes cósmicas, castigos individuales y colectivos, acciones punitivas terrenales y proyecciones de condenación eterna en el infierno ultramundano, reproducen un escenario de penalidades de imposición divina. El aspecto colérico y vengativo de Dios se sobrepone a su faceta misericordiosa. Dicha actitud divina está fuertemente arraigada en la tradición escrituraria hebrea, en la literatura apocalíptica judeocristiana y, aunque más balanceada con el aspecto bondadoso y la gracia redentora de Jesucristo, en los textos novotestamentarios.

Esbozaremos un breve panorama del tema del castigo divino en la tradición escrituraria hebrea, cuyos conceptos fundamentales recoge, adapta y afirma nuestro texto finisecular cristiano.

1. El castigo en los textos canónicos y extracanónicos

Yavé, el único Dios creador del estricto monoteísmo hebreo, instala a la primera pareja humana en el jardín del Edén con abundantes frutos y agua para saciar sus necesidades; también impone una prohibición: no comer los frutos del árbol de la Vida, del árbol de la ciencia del Bien y del Mal. La mediación de la serpiente, como representación de una fuerza del mal adversaria a los mandatos divinos, tienta y seduce a la mujer para transgredir la prohibición divina y comprometer también a Adán7. El castigo fue inmediato y afectó a toda la descendencia humana: la mujer parirá con dolor y estará sometida al marido, el hombre estará esclavizado al trabajo de la tierra8. Ya expulsados del paraíso terrenal y habiendo condenado a su descendencia por su pecado de desobediencia a Dios, el efecto condenatorio se extiende a su primogénito Caín, que comete el primer fratricidio y por lo tanto es maldecido y expulsado por Dios9.

En otro episodio del Génesis se relata el castigo que recibió Cam, uno de los hijos de Noé, porque osó contemplar la desnudez de su padre; por lo tanto su descendencia, el pueblo de Canaán, sería sometida a la esclavitud10. Un capítulo posterior narra la consecuencia punitiva ante la arrogancia y la vanidad de los constructores de la torre de Babel: Yavé ordena la dispersión de los hombres y la confusión de lenguas11.

Estos tres episodios ejemplifican la aplicación del castigo divino con efectos de larga duración, porque queda comprometida toda la descendencia futura. Sin embargo, Yavé también proveyó castigos que implicaron la destrucción o aniquilación completa12. El primer ejemplo parte de un enigmático párrafo del Génesis13 que narra la unión de "los hijos de Dios" con "las hijas de los hombres", cuya descendencia multiplicó la maldad, la violencia y la corrupción en la tierra. El texto no aclara quiénes eran los hijos divinos, tampoco cuál era la interdicción para unirse con las mujeres; no obstante, esa unión y sus frutos provocaron la ira de Dios, que castigó con el diluvio universal14. A mediados del siglo II a.C. este pasaje bíblico fue completamente reelaborado en el primer libro de un compendio de textos denominado el Libro de Enoch15. Allí se relata que un grupo de ángeles observa desde el cielo y desea lujuriosamente a las hijas de los hombres en la tierra; aquéllos deciden apartarse de las funciones que les asignara Yavé en la corte celestial y prometen bajo juramento descender a la tierra dirigidos por diez jefes; consuman la unión y procrean una raza de gigantes devoradores que devastará el mundo. Además de corromper por lujuria, los jefes les enseñan a los hombres a trabajar con metales para hacer armas y les proveen los conocimientos astrológicos; a las mujeres les enseñaron a embellecerse con sombras para los ojos, tinturas de colores, piedras preciosas, y los secretos de las raíces vegetales; es decir que, en un consciente acto de rebeldía, los ángeles-hijos de Dios transgredieron los límites impuestos por Yavé entre lo humano y lo divino, y son los responsables de la introducción del mal en el mundo: por medio de la lujuria y los conocimientos prohibidos la raza humana es corrompida16. Este relato intenta explicar el origen del mal en el mundo, en un claro intento de liberar a Yavé de toda responsabilidad al respecto, en un mundo perfecto creado por él: el acto de rebeldía cósmica semidivina de milenaria data proveyó la justificación17. Asimismo, transfiere la culpabilidad humana (la maldad, la violencia de los hombres expresada en el Génesis) a la angélica. Esta osadía de los "hijos de Dios" comportó la caída de los ángeles rebeldes desde el cielo y el consecuente castigo divino: Yavé ordena a los arcángeles que los aten y encadenen en pozos subterráneos y oscuros hasta el día del gran juicio. A su vez, este relato enoquiano sentó las bases del argumento cristiano de Satán como ángel caído18.

Debemos mencionar también el Apocalipsis de Abraham19 y el Apocalipsis de Moisés20 (c. 70 d. C.) porque asocian los dos relatos que quisieron aportar una respuesta al origen del mal y el pecado en el mundo: un ángel caído tienta a la serpiente diciéndole que es la más sabia de las bestias, que no puede conformarse con comer cizaña, que debe entrar y comer los frutos del paraíso edénico. Satán le dice: "...entremos y hagámoslos expulsar del paraíso, tal como lo estamos nosotros..."; trasvestido en serpiente, Satán vierte el veneno de su iniquidad -"que es la lujuria, la raíz y comienzo de todo mal"21- en el fruto del árbol prohibido. Tienta a Eva a comerlo, le hace jurar por el trono de Dios que convencerá a Adán a hacerlo para ser como Dios. A partir de la ingesta del fruto inoculado de lujuria fue muy difícil disociar el pecado original de la concupiscencia carnal22.

La acción tentadora del ángel caído -el rebelde semidivino, criatura de Dios que transgredió el orden establecido- y la responsabilidad humana -desobedecieron la única prohibición impuesta por Yavé- sentaron las bases de la doctrina del pecado original, que iba a ser puesta a punto por San Agustín.

Retornemos al Génesis. El castigo por aniquilación, que Yavé instrumentó con el diluvio universal, se aplicó también a las ciudades cananeas de Sodoma y Gomorra porque sus habitantes eran grandes pecadores contra Yavé, porque quisieron abusar de los enviados divinos que Lot alojaba en su casa. Yavé las destruye con una lluvia de fuego y azufre23. Lo mismo ocurrirá con Babilonia, que por la codicia y la lujuria de sus habitantes, por esclavizar al pueblo hebreo, merecía la destrucción total y la condena postrera en las honduras del abismo; la ciudad de Tiro, por la multitud de sus delitos y la codicia de su comercio, iba a ser devorada por el fuego y convertida en cenizas; asimismo, la soberbia y el orgullo de Egipto serán la causa de su condena: el exterminio de las tropas del faraón en el mar Rojo, la desolación, la desertificación y la destrucción de sus ciudades24. La justicia divina se muestra implacable ante la primera transgresión humana y también con los enemigos de Israel; no obstante, tiene en cuenta provisiones para sus "elegidos": salvó a Noé y su familia, preservó a Lot y su progenie, condujo a su pueblo a la tierra prometida.

La relación del pueblo hebreo con su Dios estaba concebida y fundamentada por un pacto irrevocable; en principio basado en la fe y obediencia de Abraham hasta que las Tablas de la Ley entregadas a Moisés sentaron las bases de un código ético y judicial25. A partir de allí, todo incumplimiento o desobediencia a la preceptiva divina era considerado un pecado contra Yavé26. El mayor catálogo de sanciones y castigos -así como recompensas y bendiciones para los obedientes- se halla expuesto en Deuteronomio. Los primeros catorce versículos del capítulo 28 están dedicados a las bendiciones que una a una se invierten, se tornan en maldiciones: castigos personales y colectivos, físicos, afectivos, psicológicos27y también la exterminación total.

Todas estas maldiciones caerán sobre ti, te perseguirán y oprimirán hasta que perezcasdel todo, porque no escuchaste la voz de Yavé, tu Dios, ni guardaste sus mandamientosni las leyes que te ordenó (v.46).

El concepto es claro, el estricto monoteísmo hebreo erigía a Dios como el único juez de la conducta humana, afirmaba la creencia en la justicia divina punitiva (y retributiva), inmanente y terrenal, con lo cual se desentendía de la consideración de una justicia trascendental post mortem y de lugares ultramundanos de castigo28.

Con respecto al destino de los muertos, los textos veterotestamentarios mencionan una gran tumba colectiva: el sheol hebreo acogería a los buenos y a los malos, allí no operaba ningún tipo de justicia divina retributiva ni condenatoria. Se pensó en el sheol como tumba subterránea29, como entidad ctónica devoradora30, caracterizado por su insondable profundidad31; también como lugar de reposo y refugio32, como estancia transitoria33 y, fundamentalmente, el sheol en el espacio ultramundano que determinaba la incomunicación con Dios34.

Otros textos manifestaron el descontento ante el incumplimiento de la justicia terrenal divina basada en el férreo sistema deuteronómico; se denunciaba la demora divina en castigar a los que infringían el pacto acordado con Yavé35, se cuestionaba cuál era la conveniencia y el reconocimiento de los que permanecen fieles y obedientes a la preceptiva divina. El libro de Job es el que mejor refleja este disconformismo y el cuestionamiento a la justicia divina. Sus amigos pretenden consolarlo argumentando con la doctrina deuteronómica pero Job -hombre fiel y respetuoso de Dios que es despojado de sus bienes materiales, de sus afectos y castigado por la enfermedad- es implacable: "los proverbios de ustedes son como sentencias de cenizas, y sus argumentos son de barro"36. Job reprocha a Dios la injusticia terrenal y por lo tanto le requiere que implemente algún tipo de recompensa a los justos allende la muerte, con lo cual el redactor del libro está poniendo en tela de juicio la genérica concepción del sheol como destino común para justos y pecadores37. "Job demanda el fin de la neutralidad moral del sheol"38.

La misma queja ante la inoperancia del sistema deuteronómico se denuncia en el Eclesiastés: resulta "vana" la conducta de los justos en la tierra, ya que les sucede "lo que merece la conducta de los malos"39. En este mismo sentido, algunos textos de la literatura profética hebrea ofrecen los primeros indicios de una concepción que será desarrollada en el Nuevo Testamento y la teología medieval: la separación de buenos y malos en el Sheol. En su diatriba contra el rey de Babilonia, Isaías profetiza su destino póstumo: será arrojado a lo más profundo del sheol, junto a los incircuncisos, lejos del lugar de reposo de los reyes justos y rodeado de gusanos40. Ezequiel prevé el mismo destino para Egipto, Asiria, Elam, Masoc y Tubal. Concluimos que en estas profecías se ha intentado aplicar un criterio de justicia divina en el sheol, se lo ha separado en áreas -fosas comunes en la profundidad abisal para los enemigos de Judá y honrosas tumbas para los reyes justos- con lo cual se afirma la creencia en la separación de fieles y gentiles después de la muerte según un criterio moral. No sólo serían separados sino que también se previó su castigo ultramundano: "el gusano que los devorará no morirá, el fuego que los quema no se apagará"41. Este famoso versículo ha sido largamente discutido; por un lado se ha pensado que aludía a lo que acontecía en el valle de Ge-Hinon en las afueras de Jerusalén: allí se sacrificaban niños por el fuego en honor al dios cananeo Moloc, práctica que continuaron algunos reyes de Israel y razón por la cual Yavé lo convertirá en lugar de castigo de los idólatras42. Entonces, los gusanos y el fuego a que aludiera el profeta Isaías tenían un sentido concreto y terrenal (la quemazón de cadáveres y los gusanos que los carcomían)43. Por otro lado, se plantea el carácter eterno de los castigos ultramundanos: los gusanos y el fuego atormentarán incesantemente a los infieles. La eternidad de los castigos ultramundanos constituiría la esencia del infierno cristiano44.

En este paulatino proceso de exigencia de justicia divina ultramundana ante su inoperancia terrenal, debemos recurrir nuevamente al Libro de Enoch. En su segundo viaje visionario45, el patriarca vislumbra una gran montaña cuyo interior está compartimentado en cuatro cavidades profundas que corresponden a cuatro categorías de muertos, clasificadas según la inocencia o la culpabilidad por sus acciones terrenales. Se trata de un lugar ultramundano de espera hasta el juicio final. También visualiza "un valle maldito", profundo y ardiente que, según le informa el arcángel que lo acompaña, está destinado para los que blasfemaron contra el Señor, para quienes el castigo será eterno. Es decir que este relato apocalíptico distingue claramente entre un sheol transitorio y una gehena eterna46.

A modo de conclusión: en los textos veterotestamentarios oficiales y en los extracanónicos del ámbito hebreo, el castigo divino se cierne sobre los enemigos de Israel y sobre los mismos israelitas que se apartaban del código del Deuteronomio.

La justicia divina, inmanente y terrenal, había determinado castigos duraderos en tiempos primigenios (la expulsión del Edén, la confusión de lenguas y la dispersión en Babel afectaron a la descendencia) y castigos aniquiladores (diluvio, destrucción completa de ciudades por el fuego, aniquilamiento personal del desobediente al pacto). Sin embargo, ante la falta de signos de restauración divina para los justos y píos en la tierra se tornó necesaria una exigencia de justicia divina trascendental ultramundana. La literatura profética, sapiencial y apocalíptica, proveyó de una incipiente creencia en los castigos post-mortem; creencia tardía y minoritaria que fructificaría en el cristianismo.

2. El castigo en los primeros escritos cristianos

Los textos novotestamentarios expresan los postulados generales del naciente cristianismo, cuyo objetivo doctrinario era la esperanza en la vida eterna junto a Dios Padre y no la condena de los castigos póstumos. La prédica y las enseñanzas de su Hijo encarnado, su ejemplo de humildad y caridad señalaban al hombre el camino a seguir. Su divino sacrificio hizo posible la redención de la humanidad, su resurrección implicó haber vencido a la muerte, su ascenso a los cielos conformó el ejemplo de la promesa de resurrección general y eterna bendición en el reino celestial47. No obstante, esta posibilidad soteriológica estaba vedada para quienes no creyeran en su acción redentora, para quienes persistieran en acciones pecaminosas.

Las Epístolas (c.50-60 d.C.) de Pablo de Tarso son los primeros testimonios escritos del dogma cristiano. Sus cartas apostólicas estaban dirigidas a las primeras comunidades cristianas, comportaban una finalidad didáctica y parenética en función de su actividad predicadora48. San Pablo afirma, una y otra vez, su convicción en la redención general cristológica, en la reconciliación del género humano con Dios Padre y en la promesa de la resurrección para la vida eterna. Sin embargo, prevé el castigo divino para quienes, paganos o hebreos, rechazaran la oportunidad de redención otorgada gratuitamente por la gracia divina.

En 1 Tesalonicenses puntualiza quiénes serán los destinatarios de la cólera divina: los judíos que se oponían a la prédica de la nueva verdad, los que tenían una vida licenciosa fuera del matrimonio, los "hijos de la noche"49. En 1 Corintios y Gálatas prevé la exclusión del reino de Dios para los que optaban vivir acorde a los imperativos corporales y a la natural tendencia humana al mal -adúlteros, homosexuales, borrachos, ladrones, usureros50.

Estos castigos previstos por Pablo no son de incumbencia terrenal, sino que son considerados en clave escatológica: la Segunda Venida de Cristo implicará la realización del juicio; en esa instancia se evaluará la conducta humana, se juzgará según las obras realizadas en vida51, con lo cual Pablo pone especial énfasis en la responsabilidad humana en la correcta o incorrecta elección. Afirmar la creencia en el juicio postrero en que se premiará a los fieles y justos y se condenará a los infieles e injustos, es afirmar la existencia de la justicia divina trascendental, es dar una respuesta a los requerimientos de Job. Para los que se negaron a recibir la gracia divina y desoyeron la enseñanza evangélica de Jesucristo habrá "reprobación y condenación", "sufrimientos y angustia"52. Esto es todo lo que dice San Pablo con respecto a la condición de los condenados; no menciona lugares ni castigos ultramundanos, sólo ratifica el magno castigo: ser excluido del reino de Dios.

El Evangelio de Juan (c. 90-95 d.C.) presenta mayores afinidades conceptuales con los escritos paulinos que con los Evangelios Sinópticos53. El texto joánico afirma y reitera que el pecado humano consiste en no aceptar la misión de Jesús como redentor que salva: "el que no cree ya se ha condenado"54. Pone en boca del propio Jesús: "¿Quién es pecador? Los que no creyeron en mí"55. Fariseos y paganos impíos que, al desoír el mensaje salvífico, persistieron en la práctica del mal, también se hallaban influidos por "el amo de este mundo": Satán como oponente a la Luz reveladora induce a los hombres a lo propio y por ello devienen pecadores56. Asu vez, en una de las Cartas, Juan advierte acerca de la predicación de los falsos profetas porque hablan en nombre del Anticristo57, la contrafigura del verdadero Mesías y sus apóstoles. El castigo de estos pecadores se prevé para el final de los tiempos, ellos resucitarán para la condena, es decir que serán excluidos del reino celestial donde vivirán eternamente los justos y píos58.

Concluimos que el mensaje de Pablo y Juan se centra en la esperanza salvífica trascendental y por ello mismo se desentienden de un tratamiento minucioso del castigo postrero.

Los Evangelios Sinópticos presentan una notable convergencia en el tratamiento del castigo, las condiciones y el lugar habilitado a tales fines59. La referencia más temprana al lugar de castigos eternos la aporta Marcos: si la mano, el pie o el ojo son ocasión de pecado -robo, deseo lujurioso u otras transgresiones a los Mandamientos- es preferible amputarlos porque:

...es mejor que entres con una sola mano (pie u ojo) a la Vida (eterna), que no conlas dos ir a la gehena... donde el fuego no se apaga... donde el gusano no muere60.

El texto homologa la verdadera Vida con el reino de Dios, la salvación y lo contrapone a la gehena como lugar de condena eterna, con gusanos corrosivos y fuego inextinguible. Como en Pablo y Juan, los pecadores son excluidos del reino (pena de daño) pero aquí se determina que también sufrirán tormentos (pena de sentido)61. El lugar del tormento ya no es el sheol hebreo transitorio, se trata de la gehena punitiva y eterna; el lugar que vislumbrara Enoch y homologable al Tártaro griego.

En el sermón de la montaña Jesús se dirige a los desposeídos socialmente y les promete el reino62, es decir que se plantea una inversión escatológica: la recompensa para los excluidos de este mundo y la exclusión y castigo de los que poseyeron todo en vida63, quienes serán condenados al infierno del fuego. En la parábola del sembrador Jesús les dice a sus discípulos que en el fin del mundo los ángeles segadores recogerán la mala hierba sembrada por el demonio (los malvados) y la arrojarán "...en un horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes"64.

En los Sinópticos el demonio es una fuerza que siembra el mal en el mundo, que toma posesión de los hombres: el demonio como causa del mal y el mundo como reino del diablo ocupan un lugar central en la enseñanza evangélica puesto que la misión salvadora de Jesucristo consistía en una lucha permanente contra el mal personificado en el diablo65. Se prevé su derrota definitiva (y la de sus seguidores) al final de los tiempos.

El fin del mundo, el anuncio de la Segunda Venida y el Gran Juicio son revelados por el mismo Jesús. Los Sinópticos se explayan largamente en los signos que lo precederán66; sólo Mateo describe la gran escena del Juicio Final: el Hijo del Hombre, entronizado y rodeado de ángeles ante la asamblea de todas las naciones, separa a las ovejas y las pone a su derecha (los que se mantuvieron fieles y practicaron la caridad), y a los machos cabríos a su izquierda (los que no ayudaron al prójimo)67. Es decir que los hombres se podrán salvar o condenar de acuerdo con la praxis caritativa; a los de la izquierda les ordena: "Malditos, aléjense de mí, vayan al fuego eterno que ha sido destinado para el diablo y sus ángeles"68.

Recapitulemos: en los Sinópticos son considerados pecadores los que transgreden los Mandamientos, los que no son caritativos, los que permanecen leales al demonio; serán castigados definitiva y eternamente en la gehena caracterizada como un horno de fuego inextinguible y gusanos devoradores que provocarán llanto, desesperación y rechinar de dientes. Se afirma expressis verbis la creencia en el lugar de castigos eternos, postura que asumirán figuras de la talla de Agustín de Hipona, Gregorio Magno y Julián de Toledo y que fundamentarán la doctrina de la Iglesia: el infierno existe y es eterno. La justicia divina inmanente y terrenal del viejo sistema deuteronómico se ha transferido al Otromundo y se concretará al final de los tiempos.

El cristianismo primitivo expresó su fe escatológica en las categorías y formas de la apocalíptica hebrea; sin embargo, los Apocalipsis cristianos difieren de aquéllos por la elaboración cristiana de las tradiciones asumidas. El Apocalipsis atribuido a Juan de Patmos69, fue redactado a fines del siglo I d.C. (c. 95) cuando reinaba el emperador Domiciano, quien había emprendido persecuciones contra los cristianos; por lo tanto, se ha considerado que el libro fue escrito como un llamado a resistir los embates y mantenerse fiel a la espera de la recompensa prometida por Dios. En el mismo sentido, el texto manifiesta la oposición a Roma simbolizada en forma animal y citadina70. Sin embargo, tal intencionalidad ha sido puesta en duda porque, históricamente, no hay evidencias de persecuciones severas en Asia Menor, a cuyas iglesias el redactor envía las cartas71. En todo caso las sugeridas persecuciones a los cristianos por el Imperio son la "fachada visible" de un conflicto radical e invisible: "el conflicto entre Dios y el Diablo"72. Consideramos que el Apocalipsis joánico sobrepasa los fines inmediatos -posibles crisis internas religiosas en las comunidades de Asia Menor o persecuciones imperiales-, que el autor se propuso fortalecer la fe tal como lo hiciera Pablo de Tarso, y que, por ello mismo, la retahíla de imágenes de castigos desencadenados por la apertura de sellos, sonar de trompetas y derramamiento de copas, funcionan como mensajes admonitorios de lo que ocurrirá a la humanidad pecadora por no aceptar el nuevo mensaje cristológico, por permanecer leal al demonio.

El texto no particulariza los pecados que serán penalizados sino que los sintetiza y condensa en el rechazo a la redención general ofrecida por Dios Padre y vehiculizada por su Hijo encarnado. La otrora función redentora -implementada por la prédica y el ejemplo de Jesucristo y ratificada por su muerte para liberar a la humanidad- se ha tornado en vengativa: el Cordero es el encargado de abrir el rollo de siete sellos que desencadenarán todo tipo de castigos devastadores. Esta instancia vengativa contra los infieles se anuncia ya al comienzo del texto en la primera visión teofánica: el Hijo de Hombre se presenta a Juan con "sus ojos como llamas de fuego", "su voz es como estruendo de grandes olas", "de su boca nace una espada de doble filo", también como resucitado y vencedor de la muerte73. Si Cristo, imbuido de poder divino, pudo vencer a la muerte y ascender a los cielos, en su parusía vencerá definitivamente al mal. Vengará a los mártires, quienes resucitarán y reinarán junto a Él por mil años; vengará y premiará a los muertos fieles y justos que habitarán la Nueva Jerusalén donde "ellos serán su pueblo y él mismo será Dioscon- ellos"74. El mayor efecto de la venganza se cernirá sobre los infieles y los agentes del mal: aquellos resucitarán para ser juzgados y condenados, y estos serán derrotados por las fuerzas del bien, ambos serán arrojados al "lago de fuego y azufre"75. El texto, que es riquísimo en descripciones de catástrofes y castigos terrenales, resulta particularmente austero en la descripción del infierno eterno.

Proponemos dejar para más adelante el detallado estudio de las imágenes punitivas textuales y su correlato con las imágenes figurativas para poder completar, ahora, el estudio de los discursos textuales punitivos.

Tal como hemos mencionado, el Apocalipsis y los primeros escritos cristianos oficializados por el canon son extremadamente cautos en la descripción del infierno y sus castigos. Contrapuestos a ellos, otros textos ofrecen un panorama completo del infierno, sus condiciones ambientales, su geografía y los tormentos que en él se aplican. Es el caso del Apocalipsis de Pedro, probablemente redactado en Palestina o Siria hacia el año 135 y muy difundido en Oriente y Occidente durante los siglos IV y V. La topografía infernal presenta peñascos, desfiladeros, pozos y lagos flamígeros, con unos pocos árboles que sirven de horcas, todo envuelto en llamas pero también dentro de una profunda oscuridad. Ángeles atormentadores se ocupan de castigar a los condenados con varillas y látigos incandescentes. La lista de tormentos es extensa y su descripción adopta un tono sádico y violento76. Los blasfemos cuelgan de sus lenguas y se aplican hierros candentes sobre sus ojos; los idólatras bullen en el metal fundido de sus ídolos, los adúlteros son sumergidos en piletas ardientes y aguas fecales. Los asesinos, ubicados en desfiladeros ígneos y acosados por bestias venenosas y gusanos; pájaros carnívoros devoran las entrañas de los desobedientes; los hipócritas, ciegos y enmudecidos, son atados a ruedas incandescentes77. No queremos abundar en más descripciones de tormentos pero la lista es extensa, de hecho el Apocalipsis de Pedro presenta la primera y mayor recensión de castigos póstumos elaborada por el temprano cristianismo. El propio Jesús le pide a Pedro que haga conocer todo lo que ha visto: esta exigencia apunta al tono admonitorio que perseguían estas descripciones del más allá; asimismo, se pretendía inducir a los hombres y mujeres a una conducta justa y piadosa en vida, atemorizándolos ante el espectáculo de los castigos futuros78.

También debemos referirnos al Apocalipsis de Pablo, cuya primera versión podría datar de la segunda mitad del siglo II d. C. Sus numerosas transcripciones -completas o abreviadas entre el siglo III y el XIII- ejercieron enorme influencia en el imaginario infernal; de hecho llegó a transformarse en el prototipo de las visiones y viajes al más allá del período medieval79. Todo tipo de pecadores -hombres, mujeres y representantes del clero secular y regular- son sumergidos en ríos de fuego, en pozos, suspendidos de sus párpados, cabellos o muslos; atormentados por ángeles con instrumentos metálicos y puntiagudos; atacados por enormes gusanos y dragones devoradores80. Separado de esta estancia infernal hay un pozo abismal clausurado por siete sellos donde los condenados alternan entre el fuego y la nieve y son atormentados por un gusano bicéfalo; este sitio está