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Acta bioquímica clínica latinoamericana

versión On-line ISSN 1851-6114

Acta bioquím. clín. latinoam. v.41 n.3 La Plata jul./sep. 2007

 

HOMENAJE

 

Reportaje a la Doctora Regina Wikinski*

Dr. Oscar C. Méndez

* Publicado en Diagnóstico Bioquímico y Molecular, N" 5, año 4, 2006.

Esta entrevista, un diálogo entre amigos, tiene una motivación personal: hacer conocer algo más acerca de una mujer admirable, que no sólo se destacó en el campo científico y ocupó cargos jerárquicos dentro de la estructura universitaria, sino, que fue y es, para los que tuvimos el placer de estar junto a ella, el maestro que nos fue revelando el camino.
Nos aconsejó con sabiduría; nos enseñó a modificar un texto, a cómo proceder frente al rechazo de un trabajo científico, a plantear la misión que tiene la Universidad en la sociedad. Y una cosa muy importante, muchas veces olvidada por los profesores, que los alumnos no son meros espectadores y deben ser escuchados con atención.
En una oportunidad una persona muy allegada a mi, me dijo cuando se la presenté: "¡Qué mujer dulce!", frase que comparto, y ahora repito, para dejar bien claro mi admiración por ella.

-Bueno, empecemos con ese paraíso perdido al que siempre volvemos, que es la niñez. Tus padres, tus amigos, en fin, el comienzo de tu historia. ¿Dónde naciste?
-Nací en una clínica ubicada en la calle Alberti, en Capital Federal, pero... mamá había bajado, como se decía entonces, a Buenos Aires para tener el parto aquí. A pesar de ese hecho que obedece a la casualidad, mis padres vivían en Moisés Ville.

-¿Moisés Ville..., dónde queda eso?
-Es una pequeña localidad santafecina cerca de Rafaela; una colonia que impulsó a fundar la tenacidad del Dr. Guillermo Leventhal y el espíritu filantrópico del Barón Mauricio de Hirsch. Eran familias que huían, cansadas de las persecuciones, matanzas y el antisemitismo de la Rusia Zarista. Llegaron al puerto de Buenos Aires a finales del siglo diecinueve, en el vapor Weser. Después de penosas peripecias, entre otras haber sido estafados, se establecieron en lo que hoy es el pueblo de Moisés Ville.
-¿Tus padres fueron inmigrantes?
-No. Papá tenía dos generaciones en el país. Mi bisabuelo paterno vino con los primeros colonos que fundaron el pueblo. Mi mamá llegó de Rusia antes de cumplir un año.

-¿Cómo recordás a tu papá?
-Además de conservar la imagen de un padre bondadoso siento admiración por él por lo que fue dentro de la comunidad. Siempre estaba metido, o en la biblioteca, o en el colegio, o en el hospital público. Fue secretario de la comuna; para que lo puedas entender, era un cargo que lo podemos comparar con el de intendente de una ciudad. Llevó la electricidad al pueblo, fue propulsor de la creación de una escuela técnica. ¡Mirá vos!, a él le convenía una escuela con otra característica, porque de esa forma, nosotras, mi hermana y yo, no teníamos que ir a estudiar a otro lugar. Pero no, papá creyó que para el pueblo era mejor una escuela técnica y así lo hizo.

-Hablame un poco de tu mamá.
-Mamá fue maestra de los primeros grados del colegio del pueblo. Era la hija menor de cinco hermanos. Una mujer culta; leía mucho, igual que papá. Escribía muy bien; hacia los catálogos de autores para que se compraran en una de las dos bibliotecas populares y públicas del pueblo. Como con papá consideraban que el sueldo de él era suficiente, mamá renunció para favorecer a otra persona que necesitaba el cargo.

-Uno debe deducir que el espíritu universalista que vos profesas, te llega por la educación que recibiste de tus padres, y que desde mi punto de vista, lo has practicado en forma maravillosa. Algo que parece haber caído en el olvido: el amor hacia la cosa pública, la res publica. Sigamos con tu mamá.
-Mirá, te voy a contar una pequeña anécdota que me llenó de alegría. En un homenaje al Dr. Levin, al que vos conociste como profesor en la cátedra de Química Biológica, o, en sus frecuentes visitas al centro de estudiantes, un hombre humilde y muy sabio, me tocó hablar. Cuando terminé, se acercaron varias personas que me dijeron con emoción que habían sido alumnos de mamá. Algo que me llenó de orgullo.

Regina calla, algo perturbada por el recuerdo, sus ojos claros se asocian al momento como si buscara rescatar la fidelidad de las imágenes perdidas en la memoria. Cuando el silencio, que habla por nosotros, dijo lo que las palabras no pueden decir, entonces, pregunto:

-¿Recordás a algunos compañeros de tu infancia?
-Sí, me acuerdo de algunos, otros se desvanecen en el recuerdo. Tengo presente a "Bibi ", que luego fue jueza de la Corte de Justicia de la provincia de Córdoba.

-¿Volviste a tu pueblo?
-¡Sí, todos los años!, viajaba al campo que tenía papá; y lo hice hasta que cumplí los dieciocho años, cuando empezó mi vida universitaria.

-¿Cuáles son las imágenes que se acercan cuando evocás aquel lugar?
-Muchos..., el tanque australiano, el bosque de pinos, las vacaciones estivales. ¿Sabés como eran las casas del primer pueblo que hicieron los colonos cuando llegaron a la Argentina?

Regina hace un dibujo. Un cuadrado que representa un lote de tierra; en el centro, la lapicera traza cuatro casas juntas, ordenadas en forma pitagórica, como un número cuadrado. Me mira, hago un gesto de que entiendo y ella deja la lapicera sobre el escritorio.

-¿Y cuándo se mudaron?
-Mis abuelos paternos vivían en Buenos Aires; mi abuelo murió y por esa causa nos vinimos. Yo tenía once años.

-¿Entonces no terminaste la escuela primaria en Moisés Ville?
-No. Terminé mis estudios primarios en la escuela Número 14 Presbítero Alberti, que está ubicada en la calle Sarmiento, entre Uriburu y Pasteur, muy cerca de aquí (estamos en el despacho del primer piso del Hospital de Clínicas, de la Universidad de Buenos Aires). Ese año gané un premio literario que organizaba el colegio. El premio consistía en pronunciar el discurso de despedida del colegio, en representación de los alumnos, en la fiesta de fin de año. Pero mi mamá me convenció de que no lo debía aceptar; me dijo que mi premio fue aquella magnifica despedida que nos hizo el pueblo cuando nos íbamos; señaló que ese premio en realidad le correspondía a una chica de ese colegio. Y yo comprendí que mamá tenía razón.

-¿Dónde cursaste el colegio secundario?
-Fui al Liceo 2, por la tarde; era Normal 4 a la mañana. En la calle Rivadavia, en Caballito. ¡Al lado del parque Rivadavia!, para que te ubiques. En el tercer año se fundó el centro de estudiantes, que tenía o compartía las actividades culturales con los alumnos del colegio Nacional Mariano Moreno, un colegio de varones.

-¿Me equivoco o estuviste entre los fundadores y miembros activos?

Regina ilumina su rostro con una sonrisa y me responde.

-¡Y, sí!, algo hice.

Deja la impresión de que por modestia no quiere abundar en detalles. No insisto y retorno a las preguntas.

-Bueno, ¿qué otras cosas te apasionan además de tu actividad profesional?
-La música. Estudié hasta el segundo año de la facultad; después no tuve tiempo para seguir.

-Sería bueno retornar ahora, ¿no?
-Si, sólo hay un inconveniente... ¡Le regalé el piano inglés a mi nieta Florencia!

Regina ríe con una dulzura que conmueve; a los que la conocen no hay que explicarles que el interlocutor no tiene otra alternativa que acompañar el gesto de ella.

-Pero también tenés pasión por la literatura; se nota en tu lenguaje fluido, preciso.
-Es cierto, he leído, y leo bastante. Mirá, de muy chica leía la Iliada.

Y Regina, con su voz dulce, recuerda las aladas palabras del divino Homero, en una de las posibles traducciones, recita "el velo azafranado de la aurora".
Nos quedamos en silencio disfrutando de la belleza de las palabras del poeta, y por mi parte, la voz de una intérprete cálida y apasionada por la poesía. Por eso no le pregunto si ha hecho poesía; está de más, los caminos del diálogo que estamos transitando hacen innecesario el interrogatorio acerca de su vocación por el arte poético.
El que haya estado cerca de Regina sabe que en su boca habita un nombre muy querido; que lo pronuncia con ternura. Ese nombre es Jaime, su marido, un médico de gran prestigio, con muchos trabajos y premios científicos; algunos los han compartido. Con cierto temor a la respuesta, le pregunto:

-¿Cuándo conociste a Jaime?
-Al finalizar el colegio secundario. A los dieciocho años Jaime entró en mi casa; fue cómico, tuvieron que ausentar a mi papá que sufría por nuestra relación; para él era demasiado prematura. Vivíamos en el mismo edificio. Él en el segundo piso y yo en el primero. Teníamos una clave para saber cuando él llegaba: se ponía a silbar un fragmento de La Walkyria de Wagner. Entonces yo apagaba y encendía la luz para que él comprendiera que había recibido el mensaje. Un día, mi hermana menor, que sabía la clave, creyó que yo no había oído los sonidos de la música, y apresurada, apagó y encendió la luz.

Los dos reímos por el gesto reparador de la hermana al presunto descuido de Regina; y bien podríamos hacer otra lectura: también la hermana de Regina había cometido un gesto amistoso para con Jaime, con el que evidentemente simpatizaba. Cuando la sonrisa se desvanece de nuestras bocas, la vuelvo a interrogar:

-¿Por qué elegiste estudiar en la Facultad de Farmacia y Bioquímica?
-Es difícil contestar la pregunta; como vos sabés, no hay una causa, tal vez podemos señalar algunos antecedentes para justificar la decisión. Me gustaba la biología, la química, la física, y también, la filosofía y la literatura. Una profesora de química era bioquímica y me gustaba como enseñaba la materia. Bueno, puedo agregar que Jaime empezó a estudiar medicina. En fin, muchas razones que desconozco y las dejo a la interpretación de tu lector.

-Regina, ¿a quiénes considerás tus maestros dentro de la profesión?

Regina se queda pensando, con esa prolijidad que deja pausas para reflexionar; y luego dice:

-Marenzi. Sí, Marenzi..., maestro de Jamardo. Trabajé con Novelli también..., poco tiempo..., pero fue muy útil. Profesionalmente recuerdo a una prima biofísica, en la Universidad de Rosario, que yo admiraba. Y el lugar que me abrió las puertas fue la cátedra de Análisis Clínicos, que entonces dirigía el Dr. Banfi. Ahí desarrollé los primeros trabajos de investigación científica.

-Viviste en Venezuela varios años, ¿Cuáles son tus recuerdos de esa estadía?
-Sí, estuve en Venezuela ocho años; aunque volvía todos los años a la Argentina. En algún momento dudé si volvería a radicarme en el país. Son cosas que se te cruzan por la cabeza. Me trataron muy bien, gente maravillosa, estoy muy agradecida a aquella camada de investigadores y autoridades universitarias, pero..., mi lugar era éste (extiende la mano para señalar el lugar, metáfora gestual del país en que vivimos). En Venezuela desarrollé mi tesis, supervisada por el Dr. Santomé, profesor de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de Buenos Aires. Mi papá había estado un mes y medio en Venezuela, y a los quince días de volver a la Argentina, murió, a los setenta y cinco años. Eso apresuró el regreso. Recuerdo dos noticias de un diario de esa época, una, el aviso fúnebre de la muerte de mi papá, y la otra, anunciando el premio de Cardiología que habíamos ganado con los médicos del Hospital y los compañeros del Laboratorio de Lípidos; con esa sombría ironía que marca el destino..., en la misma página.

El rostro de Regina se queda bebiendo el sabor del recuerdo; no quiero interrumpirla. Luego, acerca su bondadosa mirada para invitarme a que continuemos el diálogo.

-Regina, no vamos hablar de los premios, trabajos científicos, distinciones porque abrumaría al posible lector. Tampoco cometería la torpeza de preguntarte cuál fue tu amor intelectual preferido: el Departamento de Bioquímica Clínica o tu actividad en la Facultad como vicedecana primero y luego decana por dos periodos. La pregunta, que no es una pregunta, estaría vinculada a que me des una opinión alrededor de esas dos actividades.
-Estoy orgullosa de las dos. El Departamento tiene más de veinticinco tesis, proyectos de investigación aprobados con calificaciones altas, un número muy importante de publicaciones científicas, las carreras de especialistas, creo que tiene las condiciones necesarias para crear el Instituto de Bioquímica Clínica. Y bueno, en la Facultad fueron muchos los logros, que ocuparía un lugar que no me pertenece, porque fueron muchos los que han colaborado con esa tarea.

Nos quedamos en silencio. Cometí la torpeza, que siempre me persigue, de no llevar un grabador para registrar la conversación; un error que no tiene retorno. Las palabras empiezan a dejar espacios al silencio; los dos nos damos cuenta de lo mezquino del tiempo concedido a la entrevista; quedan demasiados detalles de su vida que podrían interesar al lector; sin embargo, dejo lugar a la prudencia y me preparo para despedirme. He pasado un grato momento conversando con Regina acompañado por esa pasión de los argentinos que es la amistad. Me levanto y beso su mejilla, ella me despide con cariño. Todavía con ese ángel que transmite Regina, antes de abrir la puerta del despacho para salir; me doy vuelta para contemplar el rostro de generosas sonrisas, y le digo:

Gracias Regina