SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.34 número4Under the southern cross: Stories around Humboldt and Bonpland's trip to the New ContinentMinimum gas flow rate in a countercurrent isothermal gas stripper índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Articulo

Indicadores

  • No hay articulos citadosCitado por SciELO

Links relacionados

  • En proceso de indezaciónCitado por Google
  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO
  • En proceso de indezaciónSimilares en Google

Bookmark


Latin American applied research

versión impresa ISSN 0327-0793

Lat. Am. appl. res. v.34 n.4 Bahía Blanca oct./dic. 2004

 

Humboldt y Colón
A 200 años del retorno de Humboldt de América

P. Gallez

Perú 339, (8000) Bahía Blanca, Argentina
pgallez@surlan.com.ar

(Selección de Paul Gallez)

Con motivo del segundo centenario de la llegada de Alejandro de Humboldt a Sudamérica, presentamos unos extractos del libro Histoire de la Géographie du Nouveau Continent et des progrès de l'Astronomie nautique aux XVe et XVIe siècles, donde Humboldt hace un elogio razonado de la hazaña de Cristóbal Colón y de las circunstancias que la han impulsado.
Esta traducción del francés por Don Luis Navarro y Calvo, fue editada por la Librería de la Viuda de Hernando y Cia, de Madrid, en 1892, con motivo del cuarto centenario del primer viaje trasatlántico oficial.

En la historia de la Geografía todos los hechos aparecen íntimamente relacionados entre sí; y bajo este punto de vista los descubrimientos del siglo XV preséntanse frecuentemente a nuestra imaginación como reminiscencias de las edades anteriores. Si la segunda mitad de dicho siglo es una de las épocas más memorables de la vida de los pueblos occidentales, débese á la conexión que se observa en los esfuerzos, sistemáticamente dirigidos al mismo objeto.
Desde Colæus de Samos, el primer griego que, siguiendo las huellas de los fenicios, pasó más allá de las columnas de Briareo ó de Hércules, hasta la era del infante D. Enrique y de Cristóbal Colón, la serie de los descubrimientos hacia el Oeste fue progresiva y por largo tiempo continua.
Un historiador sagaz descubre, en la larga serie de generaciones que se renuevan, el rastro de ciertas tendencias comunes a los habitantes del litoral mediterráneo, y podría decirse que, desde los tiempos más remotos, tuvieron la mirada fija en el estrecho por donde la cuenca de este mar comunica con el Río Océano. El horizonte huye progresivamente, al parecer, ante la intrepidez de los navegantes. Limitado al principio delante de la Pequeña Syrte, retrocede poco a poco hacia Tartessus y las islas Afortunadas. En la Edad Media esa misma costa de Tartessus, el Potosí del antiguo mundo semítico o fenicio, conviértese en punto de partida para el descubrimiento de América; como gérmenes cuyo crecimiento se sofoca o retarda largo tiempo, y que de pronto se desarrollan por virtud de un conjunto de circunstancias extraordinarias.
Muchas veces no es este concurso en manera alguna accidental. Los hechos que en determinadas épocas de la historia nos revelan inesperado engrandecimiento del poder del género humano, son producto, como en la naturaleza orgánica, de una acción lenta y casi siempre de difícil comprensión. Aparece un mundo nuevo, se descubre un nuevo camino a la India, al llegar el término del plazo durante el cual preparan estos grandes sucesos algunas de las causas generales que influyen simultáneamente en los destinos de los pueblos.
Los descubrimientos marítimos del siglo XV débense al movimiento impreso a la sociedad por el contacto de las civilizaciones árabe y cristiana; débense al adelanto del arte naval, fecundado por las ciencias; a las necesidades siempre crecientes de los productos del mundo oriental; a la experiencia que adquirieron los marinos en lejanas expediciones comercíales o de pesca; al impulso, en fin, del genio de algunos hombres instruídos, audaces y pacientes.
Esta triple cualidad de instrucción, audacia, y prolongada paciencia, debemos encontrarla especialmente en Cristóbal Colón.
Al principio de una nueva era, en el límite incierto en que se confunden la Edad Media y los tiempos modernos, esta gran figura domina el siglo del cual recibió el impulso y al cual, a su vez, dió nueva vida. El descubrimiento de América fué sin duda imprevisto. Colón no buscaba el continente que las conjeturas de Strabón situaban entre las costas de la Iberia y del Asia oriental, en el paralelo de las islas de Rodas; precisamente donde el antiguo mundo tiene más desarrollo, es decir, mayor extensión. Murió sin saber lo que había descubierto, persuadido de que la costa de Veragua formaba parte del Cataï y de la provincia de Mango y de que la gran isla de Cuba era "una tierra firme del principio de las Indias, desde donde se podía volver á España sin atravesar mares (por consecuencia, siguiendo el camino de Este a Oeste)."
Al surcar Colón un mar desconocido pidiendo a los astros la dirección de la ruta por medio del empleo del astrolabio recientemente inventado, buscaba el Asia por la vía del Oeste conforme a un plan preconcebido, no como aventurero que fía su suerte al acaso. Su éxito fué una conquista de la reflexión, y bajo este punto de vista Colón se encuentra muy por encima de los navegantes que acometieron la empresa de doblar el cabo de la extremidad de Africa, siguiendo, por decirlo así, los contornos de un continente de forma piramidal, cuyas costas orientales visitaban los árabes. Sin embargo, no todos los datos de geografía física en que se fundaba lo que acabo de llamar una conquista de la reflexión eran igualmente exactos. El Almirante no sólo estrechaba el Atlántico y la extensión de todos los mares que cubren la superficie del globo, sino reducía también las dimensiones del mismo globo. "El mundo es poco; digo que el mundo no es tan grande como dice el vulgo."
La Gloria de Colón, como la de todos los hombres extraordinarios que por sus escritos o sus actos han agrandado la esfera de la inteligencia, tanto se basa en las condiciones de talento y en la fuerza del carácter cuyo impulso realiza el éxito, como en la poderosa influencia que han ejercido, casi siempre sin saberlo, en los destinos del género humano. Es indudable que en el mundo intelectual y moral los pensamientos creadores han dado casi siempre inesperado movimiento a la marcha de la civilización: al esclarecer súbitamente la inteligencia, la hacen más atrevida; pero sus mayores triunfos han sido efecto especialmente de la acción que el hombre logra ejercer sobre el mundo físico; efecto de esos descubrimientos materiales cuyos prodigiosos resultados sorprenden más los ánimos que las causas que los producen. El engrandecimiento del imperio del hombre sobre el mundo material o las fuerzas de la naturaleza, la gloria de Cristóbal Colón inscrita en los fastos de la geografía, presenta un problema mucho más complejo que las conquistas puramente intelectuales, que el poder creciente del pensamiento debido a Aristóteles y Platón.
Por la índole de mis propios estudios, sorprendióme un mérito, no estimado aún en su verdadero valor, y que contrasta con la falta de ciencia y el desorden de ideas que los citados escritos presentan con sobrada frecuencia. El carácter de los grandes hombres lo forman a la vez la poderosa individualidad, que los eleva sobre el nivel de sus contemporáneos, y el espíritu general de su siglo, representado e influído por ellos. Su fama resiste a cualquier análisis de las condiciones que les dan fisonomía propia, rasgos inefables.
Sólo vamos a examinar lo que más debe admirarse en Colón: la lucidez casi instintiva de su espíritu y la elevación y el temple de su carácter. El vulgo tiene la injusta prevención de atribuir los éxitos de los hombres que se han ilustrado por actos heroicos, o, valiéndome de una frase que especialmente caracteriza la individualidad de Colón, por la realización de un vasto y único proyecto, más bien a la energía del carácter que ejecuta que al pensamiento que concibe y prepara la acción. Seguramente las facultades intelectuales de Colón merecen ser tan admiradas como la energía de su voluntad; pero al destino del género humano corresponde, sin duda, ver preferir la fuerza, y aun los excesos de la fuerza, a los nobles impulsos del pensamiento.
El impetuoso ardimiento de su carácter le hizo dedicarse a la vez a la lectura de los Padres de la Iglesia, de los judíos arabizantes, de los escritos místicos de Gerson y de las obras de los geógrafos antiguos, consultando los extractos de éstos que contienen los Orígenes de Isidoro de Sevilla, y la cosmografía del Cardenal de Ailly.
Lo que más caracteriza a Colón es la penetración y extraordinaria sagacidad con que se hacía cargo de los fenómenos del mundo exterior, y tan notable es como observador de la naturaleza que como intrépido navegante. Al llegar a un mundo nuevo y bajo un nuevo cielo (cometí viaje nuevo al nuevo cielo y mundo, escribe al ama del infante D. Juan, en Noviembre de 1500), nada se oculta a su sagacidad, ni la configuración de las tierras, ni el aspecto de la vegetación, ni las costumbres de los animales, ni la distribución del calor según la influencia de la longitud, ni las corrientes pelágicas, ni las variaciones del magnetismo terrestre.
Y no se limita a la observación de hechos aislados, que también los combina y busca su mutual relación, elevándose algunas veces atrevidamente al descubrimiento de las leyes generales que reaccionan el mundo físico. Esta tendencia a generalizar los hechos observados, es tanto más digna de atención cuanto que antes del fin del siglo XV, y aun me atrevería a decir que casi antes del padre Acosta, no encontramos otro intento de generalización.
Este largo pasaje en que se advierte el estilo franco y sencillo de Colón, pero difuso, contiene el germen de amplias ideas sobre geografía física. Añadiéndole lo que el mismo marino indica en otros escritos, estas miras abarcan: 1.o, la influencia que ejerce la longitud en la declinación de la aguja imantada; 2.o, la inflexión que experimentan las líneas isotermas, siguiendo el trazado de las curvas, desde las costas occidentales de Europa hasta las orientales de América; 3.o, la posición del gran banco de sargazo en la cuenca del Océano Atlántico, y las relaciones de esta posición con el clima de la parte de atmósfera que descansa sobre el Océano; 4.o, la dirección de la corriente general de los mares tropicales; y 5.o, la configuración de las islas y las causas geológicas que, al parecer, han influído en esta configuración en el Mar de las Antillas.

Alexander von Humboldt ha sido considerado con razón como "el segundo descubridor de América". Merece esta distinción por sus innumerables descubrimientos en la geografía del continente, como la inesperada unión fluvial de la cuenca del Orinoco con la del Amazonas, y por sus inmensos relevamientos de la flora hasta entonces ignorada.
Este elogio de Cristóbal Colón por el genial Alexander von Humboldt viene a punto para contrarrestar una nueva tendencia, entre los científicos, en desmerecer el "descubrimiento de América" de Colón, profundizando los estudios sobre las colonizaciones del continente anteriores a nuestra era por fenicios, libios, protosemitas, egipcios, vascos, celtíberos, irlandeses y chinos, como en el libro de Barry Fell "America B.C. Ancient Settlers in the New World", los escritos de Bernardo Graiver y Aldo Ottolenghi, más recientemente los de Jaime Errazuriz y de Rick Sanders o, más modestamente, nuestro "Predescubrimientos de América". Todas estas colonizaciones eran totalmente ignoradas por los europeos en la época de Colón. Hoy se descubren exploraciones y colonizaciones prehistóricas en América, y se sigue buscando "mapas secretos" que pueden haber ayudado a Colón a adquirir su intensa convicción, que le dio la fuerza necesaria para realizar su hazaña.