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Temas medievales

versión On-line ISSN 1850-2628

Temas Mediev. v.13 n.1 Buenos Aires ene./dic. 2005

 

EJE TEMÁTICO: Poder y Sociedad en la Edad Media

Crisis política y formas de conflictividad en Andalucía durante el reinado de Enrique IV

Andrea Mariana Navarro1

1Universidad Nacional de Tucumán

Resumen: A lo largo del reinado de Enrique IV, las ciudades andaluzas resistieron los avances de las oligarquías y de la nobleza que amenazaban sus derecho jurisdiccionales. Ellas enfrentaron la injerencia del poder real y de los representantes de la corona, que limitaban su autonomía, alternando su obediencia y dividiendo sus lealtades al monarca y a los candidatos al trono durante la crisis política. Asimismo, se vieron insertas en las luchas de bando-linajes, que utilizaron la problemática dinástica para consolidar sus posesiones patrimoniales y sus ideas de gobierno. A través de las distintas formas de conflictividad, las fuentes cronísticas demuestran hasta qué punto la nobleza y los grupos dominantes, vinculados por el parentesco o enfrentados en sus intereses, condicionaron el orden público y determinaron las relaciones con la monarquía.

Palabras Clave: Enrique IV - Andalucía - crisis política - conflictividad

Summary: Political Crisis and Different Kinds of Conflict in Andalusia during the Reign of Henry IV. During the reign of Henry IV the Andalusian towns resisted the advances of oligarchical and noble groups which thwarted the towns' right to jurisdiction. The towns also countered interferences by the king and his representatives which limited their freedom, with obedience and loyalty swaying between the king and the other candidates to the throne during the political crisis. At the same time they  became involved in the dynastic-factional disputes by making use of dynastic problems in order to enlarge their patrimony and to strengthen their ideas of government. The analysis of the different kinds of conflicts registered in the contemporary sources, shows to what point the nobility and other power groups, either because they were linked by bonds of kinship or because of their conflicting interests, conditioned public order and were a determining factor in their relations with the King.

Key Words: Henry IV - Andalusia - political crisis - conflicts

Résumé: Crise politique et formes de conflits en Andalousie pendant le  règne d'Henri IV. Pendant tout le règne d'Henri IV de Castille, les villes andalouses résistèrent aux avances des oligarchies et de la noblesse qui menaçaient leurs droits juridictionnels. Elles affrontèrent l'ingérence du pouvoir royal et des représentants de la couronne qui limitaient leur autonomie en faisant alterner leur obéissance et en divisant leur loyauté entre le monarque et les candidats au trône pendant la crise politique. De la même manière, elles se virent plongées dans les luttes des partis-lignages qui utilisèrent les problèmes dynastiques pour consolider leurs possessions patrimoniales et leurs idées de gouvernement. Au travers des diverses formes de conflit, les chroniques montrent jusqu'à quel point  la noblesse et les groupes dominants, liés par la parenté ou rivaux en raison de leurs intérêts, purent conditionner l'ordre public et déterminèrent les relations avec la monarchie.

Monts-Clé: Henri IV - Andalousie - crise politique - conflit

   La tendencia del reinado de Enrique IV hacia un modelo de gobierno absolutista llevó aparejado el reacomodamiento de la posición de las distintas fuerzas sociales y políticas con respecto al ejercicio del poder y condujo a una larga confrontación que dio lugar a una profunda crisis[1]. El propósito de este trabajo se centra en el análisis de las facetas que adquirió este proceso en Andalucía y de las distintas formas de conflictividad que presentó en la región. A través de esa conflictividad, la nobleza y las ciudades plantearon los rasgos esenciales que debían definir las relaciones del rey con los reinos [2].
   Las crónicas que se escribieron sobre este reinado tuvieron un papel de primer orden al aportar diversas referencias y noticias sobre los enfrentamientos de bando-linajes entre sí y con la monarquía para mantener o aumentar el control político. Asimismo, estos textos nos hablan de las oposiciones urbanas contra representantes de la autoridad real (corregidores) y las resistencias contra las señorializaciones, así como argumentaciones ideológicas -de carácter teológico y jurídico- sobre los problemas políticos. Por esta razón, hemos considerado las diferentes perspectivas que ofrecen las obras de Diego Enríquez del Castillo, Alfonso de Palencia, Lorenzo Galíndez de Carvajal y Mosén Diego de Valera, autores que -en algunos casos al percibir un salario o quitación de los reyes- tenían una finalidad propagandística o, por el contrario, representaban la línea contra-partidaria y crítica[3]. Esta producción historiográfica tuvo mucho de parcialidad porque puso a la historia al servicio de objetivos políticos concretos: afirmar la legitimidad o cuestionar aspectos del gobierno, convirtiéndose en medio de expresión útil para promover actitudes de adhesión o de rechazo hacia las pretensiones y fundamentos del poder monárquico[4].

1. La enajenación de villas y lugares de realengo y las resistencias antiseñoriales

   La pérdida progresiva del papel de las Cortes como órgano fiscalizador de la política real[5] se puso de manifiesto en la escasa efectividad de las demandas ciudadanas y en los continuos requerimientos que planteaban la ilegitimidad de las roturaciones, las usurpaciones de tierras comunales sin licencia y  las mercedes y donaciones de villas y lugares a favor de titulares de señoríos. El gran interés que revistieron estas cuestiones para las ciudades andaluzas, tanto al inicio como al final del reinado, se evidencia en los cuadernos de petición, donde se reflejaron las reacciones que suscitó entre los procuradores el incumplimiento del pacto de Valladolid promulgado en 1442 por Juan II, por el cual el rey se comprometía a conservar los territorios en el realengo[6].
   Las crónicas también contemplan esta situación y presentan diversos ejemplos en los que la prohibición de las señorializaciones quedaba, en muchos casos, en letra muerta. Algunos de los movimientos que se registran en Andalucía en 1458 surgieron como reacción a las cartas de merced, gracia y donación de Enrique IV al condestable Miguel Lucas de Iranzo, de dos villas de Baeza -Linares y Baños, con sus castillos, fortalezas, tierras, jurisdicciones, justicia civil y criminal, alta y baja, rentas, pechos y derechos y otras cosas pertenecientes al señorío- y a la concesión a Pedro Girón de la villa de Fregenal, integrada a Sevilla. En ambos casos, las villas, apoyadas por las ciudades, impidieron que el traspaso se hiciera efectivo[7]:

Y como el Condestable don Miguel Lucas enviase a tomar posesión de las dichas villas, falló en ellas tan gran resistencia, que no pudo aver señorío dellas. De lo cual el rey ovo muy grande enojo, e mandó yr cierta gente de armas para tomar las dichas villas, en defensa de las quales la ciudad de Baeza se puso de tal manera, no solamente defendiéndolas por las armas, mas mostrando los privilegios que tenían de los reyes pasados, confirmados por él con grandes firmeças y juramentos, en tal guisa, que el rey ovo de dejar aquella empresa. Y así el Condestable don Miguel Lucas quedó sin aquellos lugares. Y en ese año acaeció que don Pedro Girón, maestre de Calatrava, demandó al rey la villa de Frexenal, ques de la cibdad de Sevilla la defendió tan ásperamente, que el maestre no la pudo auer     

   Las crónicas y las cartas reales indican que estas situaciones motivaron que el rey revocara a la nobleza la toma de posesión de estos señoríos y sostienen una extensa justificación basada en el pro común de la ciudad, en el respeto a sus antiguos fueros y privilegios y en el propósito de preservar su patrimonio, manteniéndolas en el realengo.
   Otro ejemplo que muestra la expansión del proceso de señorialización en Andalucía es el de las sucesivas concesiones de las villas de Fuenteovejuna y Bélmez: la primera oposición (1453) contra el beneficiario, el maestre de Alcántara D. Gutierre de Sotomayor fue dirigida por los señores de Cabra y Aguilar, alguacil y alcalde mayor del concejo de Córdoba. En la segunda (1460) contra Pedro Girón, la ciudad resistió durante cuatro años el mandato de Enrique IV -dirigido a alcaldes, alguacil, regidores, caballeros, escuderos y hombres buenos del concejo y a sus vecinos para que recibieran como señor al maestre de Calatrava-, sin poder impedir la enajenación[8]:

No encontró D. Enrique otro recurso que apelar al menoscabo de la jurisdicción de Córdoba, ya disminuída en tiempo de Juan II por la corruptora tiranía de D. Alvaro de Luna, quien para contar siempre con el favor y ayuda del maestre de Alcántara, D. Gutierre de Sotomayor, había conseguido que el Rey le diese la Puebla de Alcocer y otras villas del señorío de Toledo; además de Belalcázar, Hinojosa, Fuenteovejuna y Bélmez, pertenecientes a Córdoba. Estando ya en posesión de todas el maestre de Alcántara, recuperó las dos últimas el esfuerzo de Pedro de Aguilar al frente de las milicias cordobesas; pero luego, faltas de amparo de sus naturales protectores, no le fue difícil a Don Pedro poseelas, separándolas de la jurisdicción de Córdoba y agregándolas perpetuamente al Maestrazgo...

   En los casos que hemos considerado, las resistencias de los grandes concejos andaluces aludieron a la defensa del patrimonio regio, probablemente como una fórmula que buscaba atraer al común y el apoyo de la monarquía. Es evidente que el proceso de señorialización ponía en juego los derechos que poseían las ciudades sobre los lugares y villas que formaban parte esencial de su jurisdicción, ya sea por su ubicación en el espacio comarcal, por el elevado número de sus habitantes o por su importancia económica y fiscal. Sin embargo, si bien estos movimientos expresaron una clara identificación con el bien común, las oligarquías urbanas fueron quienes demostraron mayor interés en impedir tales cambios de jurisdicción ya que, de esta manera, estaban protegiendo sus propiedades agrícolas y sus negocios ganaderos asentados en el término o en las villas de la ciudad. Por otra parte, las oposiciones tenían como fundamento evitar que el poder que ejercían tradicionalmente quedara mediatizado por el de la alta nobleza, que pertenecía  al ámbito  extra-regional. Estas razones explican porqué los concejos de las ciudades respaldaron las resistencias antiseñoriales con la intención de preservar sus rentas y el dominio político.

2. Las características del intervencionismo regio y sus efectos en los concejos urbanos

   La intervención de Enrique IV en los concejos representa otro de los asuntos tratados en el conjunto de demandas de los cuadernos de Cortes y actas capitulares de las ciudades. Desde 1445 -en que gran parte de la región (Ecija y obispado de Jaén: Jaén, Baeza, Ubeda y Andújar) quedó comprendida en el principado- Enrique IV continuó la línea política seguida por Juan II y la afianzó al establecer de forma más directa el control sobre las ciudades a través del nombramiento de oficiales regios. En toda la región, la generalización del corregimiento respondió a la necesidad de un arbitraje externo para resolver diversos problemas locales, por ejemplo, pleitos por adehesamientos, pérdidas de bienes comunales y usurpaciones efectuadas por antiguos linajes en perjuicio de los concejos, corregir la gestión administrativa de regidores y someterlos a pesquisa y poner término a las contiendas y escándalos de bando-linajes[9]. En consecuencia, los ejemplos de desgobierno y los desórdenes ocasionados por la influencia desmedida de grupos dirigentes, fueron razones  determinantes para que los reyes justificaran el envío de estos funcionarios utilizando la fórmula: "por ser cumplidero a nuestro servicio e la execución de nuestra justicia e la pas e sosiego de la cibdad y su tierra".
   Sin embargo, no siempre los corregidores se presentaban como agentes responsables de garantizar la observancia de las leyes y la justicia. Tanto las crónicas como las actas capitulares muestran diversos testimonios en que estos propósitos no se cumplían. En varias ciudades, esta figura era impopular; algunas quejas se basaban en que no contribuían a resolver los desórdenes sino que los fomentaban. Por ejemplo, Alfonso de Palencia expuso algunas críticas sobre su actuación[10]:

No sería empresa fácil la narración de otros abusos semejantes, cometidos así en provisión del gobierno de las ciudades, como en la seguridad de los pueblos y en la observancia de las leyes. Resuelto D. Enrique a romper con toda honradez, con tal de agenciar riquezas para sus favoritos, repartió por las ciudades ciertas autoridades con título de corregidores, y que mejor debieron llamarse mercaderes de corrupción

   También Mosén Diego de Valera, en una carta dirigida al rey en 1462, realiza valoraciones negativas acerca de los corregidores y las oposiciones que generó su designación[11]:

... y dizen, como los corregidores son hordenados para fazer justicia y dar a cada uno lo que es suyo, que los más de los que oy tales oficios ejercen son hombres imprudentes, escandalosos, robadores y cohechadores, y tales que vuestra justicia públicamente venden por dinero, sin temor de Dios ni vuestro. Y aún lo que más blasfeman es que en algunas ciudades e villas de vuestros reynos, vos los mandaís poner no los aviendo menester ni seyendo por ellos demandados, lo qual es contra las leyes de vuestros regnos

   Las crónicas presentan opiniones generalizadas contra los corregidores y   vinculan las tensiones que se producían con situaciones concretas: en Ubeda, por ejemplo, los corregidores exigieron derechos sin licencia (alquiler de casa y ropa de cama), lo que llevó a Enrique IV a prohibirles, en 1458, que tomaran ropas, posada y otras prendas de los vecinos de la ciudad. Asimismo, resultan significativas las quejas y protestas de 1463 de los pecheros de Sevilla, acerca del intento de  poner tributo especial sobre la carne y el pescado por parte del corregidor Pedro Manrique y que determinó su expulsión. Además de la mala gestión y de los abusos de autoridad que señalan las noticias, las reacciones contra estos funcionarios de la Corona se debían a las dificultades que ocasionaba al erario de las ciudades costear su elevado salario pues recibían -en concepto de paga y mantenimiento- una suma considerable que se obtenía de los propios y rentas o mediante el sistema de repartimientos o derramas entre sus vecinos. En este sentido, existen ejemplos sobre discordias por salarios entre corregidores y regidores, como consta en las demandas presentadas a Enrique IV por el concejo de Jerez de la Frontera[12]:

...fue mandada dar cierta quitación de cada día a los tales corregidores, la qual les fuese pagada de los propios desta cibdad, e por defecto dellas, las tales quitaciones fuesen repartydas por derramas  por esta cibdad, según que más completamente  por las cartas de los dichos corregimientos se contiene. E algunos de los dichos corregidores veyendo que no podían ser pagados de los dichos propios, se llegaron a poner alguna ympusición de que pudiesen ser pagados, por no echar la dicha derrama, por ser más prouechoso e más sin escándalo del pueblo. E por que tal ympusición no se podía pagar toda la quitación de los dichos corregidores se cumplía de pagar a los dichos propios, en tal manera que no podían nin pudieren ser pagadas las quitaciones que nos, los dichos regidores e jurados, ovimos de aver con los dichos oficios.

   Por otro lado, las oposiciones se producían porque su designación era cada vez menos excepcional y más regular, sin límite de tiempo. En las Cortes, los procuradores cuestionaron la extensión de su gestión y exigieron la concurrencia de especiales circunstancias que justificasen su presencia en las ciudades, tal como lo establecían las leyes promulgadas por Juan II. Estas mismas razones expusieron en 1465 los vecinos y moradores de Carmona, reunidos en la iglesia de San Salvador[13]: "que ellos no quieren corregidor ni lo han menester pues que todos son e siempre fueron al servicio del rey nuestro señor". Cabe señalar que es posible que los comportamientos contra los representantes de la Corona manifestaran la oposición al intervencionismo de Enrique IV como así también fueran expresión de los linajes, que veían recortadas sus competencias en los oficios concejiles.

3. La crisis política: propaganda y legitimación en las crónicas de Enrique IV

   El comienzo del reinado de Enrique IV parecía, según las crónicas, "prometedor" en lo que se refiere al desarrollo de la política externa y castellana. Sin embargo, tales consideraciones contrastan notablemente con el complejo panorama político de los últimos diez años del reinado, que se desarrolló en el marco del debilitamiento en el ejercicio continuo y eficaz del poder real por las resistencias de la nobleza y de las ciudades.
   Los cronistas han centrado su atención en los intereses nobiliarios que se plasmaron en el desarrollo de este conflicto contra Enrique IV: la defensa de los privilegios de los Grandes -amenazados por una cadena de nuevas promociones y ascensos de la nobleza de segundo orden-, las acusaciones por tener en su corte y palacio a infieles enemigos de la religión católica y a cristianos cuya fe era sospechosa, las críticas por el nombramiento de oficiales que daban lugar a injusticias, los cuestionamientos por malversación de los fondos provenientes de las bulas de Cruzada y los disentimientos  por la forma en que se llevaba a cabo la guerra de Granada -situación trascendente para las ciudades andaluzas pues suponía, además de las cargas militares, el establecimiento de contribuciones considerablemente gravosas (repartos y sisas) tanto para la población pechera como para los concejos de frontera-.
   Las obras que estudiamos dan cuenta también de los importantes debates ideológicos que se produjeron en este contexto y la influencia decisiva de los Grandes del reino en la opinión pública.  La oposición al modelo de monarquía autoritaria que se estaba desarrollando se reflejó en la exposición de las discordancias que existían entre la administración de justicia y el respeto a las leyes del reino y las acciones políticas del rey. Dichas concepciones,  sirvieron de base a la nobleza para sostener la deposición real en 1465 y proclamar a don Alfonso en la llamada Farsa de Avila; esta manifestación alcanzó particular relieve en el contexto de crisis, al convertirse en el medio a través del cual la nobleza sintetizó y exteriorizó sus argumentaciones jurídicas[14]:

... y para que llegase la noticia de todos los pueblos y para la eterna memoria del hecho, levantóse cerca de los muros de Avila en un llano espacioso un cadalso a manera de edificio de madera abierto en derredor, para que todos los circundantes pudieran ver lo que en la parte más alta se hacía. Colocóse allí luego una estatua del rey D. Enrique, sentado en su trono; subieron inmediatamente los Grandes, y delante de la estatua se leyeron las súplicas y representaciones que tantas veces y tan en vano se habían elevado a la Majestad Real los oprimidos, añadiéronse las acusaciones de la obstinación con que se aumentaban los gravámenes de los pueblos y de la corrupción cada vez más escandalosa, y se vino a decretar la sentencia de destronamiento y la extrema necesidad a que obedecían los que iban a ejecutarlo. Al punto el arzobispo de Toledo quitó a la estatua la corona; el marqués le arrancó de la mano derecha el cetro; el conde de Placencia la espada; despojáronla de todas las demás insignias reales el maestre de Alcántara y los condes de Benavente y de Paredes, y empujándola con los pies, la arrojaron al suelo desde aquella altura, entre los sollozos de los presentes que parecían llorar la muerte desastrada del destronado. Acto continuo subió al solio el príncipe don Alfonso, y se revistió de aquellas insignias con aplauso de la muchedumbre que entre el estruendo de los clarines le aclamaron por rey y le prestó acatamiento.

   Con la descripción de la representación del destronamiento, los cronistas indicaron  los aspectos formales de una teatralidad con significación didáctico-política para comunicar a todos los súbditos que Enrique IV carecía de poder con la pérdida de todos los atributos de la realeza: la dignidad real simbolizada en la corona, la administración de justicia representada por el cetro, la defensa del reino y la gobernación, sintetizados en el estoque y el bastón, respectivamente. 
   La obra de Diego Enríquez del Castillo, capellán de Enrique IV, cronista oficial y miembro del Consejo Real, denota un objetivo claramente propagandístico pues el autor presenta al monarca con las características que configuran al buen gobernante, resalta las imágenes que lo definen como rey clemente y pacificador, alcanzando así estas cualidades mayor resonancia al poner en práctica los medios para restablecer el orden público en el contexto de la crisis política. Gran parte de las reflexiones expuestas a través de sus propios discursos están dirigidas especialmente a la nobleza, "deudora de grandes beneficios" -a quien Enrique IV acrecentó su honra y prestigio a través de la concesión de honores y señoríos- y fundamentalmente al partido antienrriqueño, representado por el marqués de Villena, Juan Pacheco y el maestre de Calatrava, Pedro Girón.  Además, la introducción de piezas oratorias de otros personajes tenían como fin invalidar cualquier argumento que pudiese justificar su sublevación y se expresaban como partidarias de los fundamentos teológicos en los que se apoya su concepto de monarquía. De esta manera, el origen divino del poder real, piedra angular en los argumentos ideológicos utilizados por este cronista para avalar la legitimidad, aparece reafirmado a lo largo del texto en diversos documentos y exhortaciones que transcribe, por ejemplo en la carta del pontífice Paulo II[15]:   

Otro breve para los caballeros y perlados que estavan rrevelados contra el rrey en que les mandava, so pena de anatema, que conociendo sus culpas del feo herror que avían cometido contra su señor y rrey natural, se tornasen luego a su obediencia y se apartasen del cisma que avían puesto y seguían injustamente poniendo nombre de rrey al que no lo era, ni ellos se lo podían dar, ny tampoco su poder bastava, ni tenía abtoridad para quitar de rrey de Castilla y León. Por tanto que él como vicario de Jesucristo les ponía perpetuo sylencio y mandava que no llamasen rrey al príncipe don Alfonso ni por tal le obedesciesen salvo solamente al rrey don Enrique, legítimo, verdadero, subcesor de Castilla y de León, amonestado los que, si así lo hiziesen, los avría por hijos obedientes de los mandamientos apostólicos, y si en lo contrario, endurecido permaneciesen, que aviéndolos por cismáticos, procedería contra ellos como contra enemigos de la unión cristiana del rreyno y como disypadores del bien común de la rrepública y cabsadores de omecidios.

   Según esta declaración, que expone el punto de vista de la Iglesia, los súbditos estaban obligados al servicio y a la obediencia y, en consecuencia, su incumplimiento se juzga como pecado y grave delito.
   Alfonso de Palencia, historiador y literato, se desempeñó como cronista y secretario de latín de Enrique IV hasta 1465. Su obra difiere considerablemente de la anterior, pues representa la facción opuesta al rey[16]; por consiguiente, construye la imagen de Enrique IV resaltando los vicios y defectos en sus costumbres y cualidades personales, que se proyectaron en su gobierno. Según el autor, su reinado -como el de otros reyes de la historia castellana- ofrecía ejemplos de injusticias, corrupción, licencias, excesos de poder y gobierno tiránico y estos hechos tenían una importancia decisiva como argumento de justificación para definir su posición acerca de la legitimidad monárquica[17]:

...las memorias antiguas demostraban suficientemente cómo primero fueron elegidos por la nobleza y por aclamación del pueblo los reyes de León y Castilla; lo cual estaba canónicamente sancionado  por antiguas autoridades, a causa de estar exenta la corona de ambos reinos en lo temporal de la jurisdicción de Roma. También existían algunos casos de reyes depuestos por causas mucho menos graves, como la apatía, el descuido y la apariencia de tiranía, y hasta por la prodigalidad, como sucedió al emperador don Alfonso, que a pesar de no tener igual en todas las buenas enseñanzas y de haber sido sublimado al solio Imperial por lo ilustre de su nombre, puso a los Grandes de su reino en la precisión de privarle del cetro y de elegir a su hijo, a causa de sus larguezas, superiores a recursos del tesoro. Mas reciente aún se ofrecía el ejemplo del rey D. Pedro, viviendo el cual se llamó rey D. Enrique su hermano...

   En su crónica se contemplan dos tipos de argumentaciones: las de contenido religioso y jurídico. Así se muestra hasta qué punto, en las concepciones políticas de los grupos ciudadanos, se concedía importancia a la religión como una dimensión de lo político y, al plantear esta estrecha relación, apela a la intervención del Papa para juzgar la discordancia que existía entre la idea de rey cristiano y el propio poder real. A través de la imagen negativa de Enrique IV como rey-juez, resalta la desaprobación de la actuación regia por el incumplimiento en el respeto de las leyes (fueros, derechos de las ciudades y costumbres del reino). A través de la imagen del rey tirano, ponía de relieve que el abuso del poder afectaba de múltiples formas a todos los súbditos: a los cristianos, a los pecheros, a los que ejercían funciones militares en la frontera y a los intereses ciudadanos[18]:

Al modo que Sevilla, aunque con distintos términos, todas las ciudades partidarias de D. Alfonso enviaron al romano Pontífice sus cartas, explicándole las causas del cambio de gobierno... Por tal causa, se juzga necesario exponer sumariamente a la consideración de Vuestra Beatitud los infortunios que a esta ciudad se Sevilla han hecho sufrir la tiranía y violencia del destronado D. Enrique... Azote de Dios fue verdaderamente D. Enrique, tan enemigo de la fe como apasionado de los moros, pues supo convertir los bienes que estaba obligado a procurar a sus pueblos, la gloria y la justicia, en abominables males, en escándalo y en violentísima tiranía. No consintió que se infiriese en menor daño a los moros, pero los causó innumerables a los soldados: pidió sus sufragios a la iglesia, y esta nunca tuvo más encarnizado enemigo: exigió dinero para combatir a los infieles, y despojó así de sus bienes a los cristianos para hacer opulentos a los sarracenos... e infundió terror a los fieles con todo género de ofensas, infortunios, ultrajes y desdichas... No reconociendo otra ley  que la de su capricho, abolió todas las de sus progenitores; declaró nulas las constituciones de los pueblos, sancionadas por legítimos poderes... Quebrantando ya este gran destructor de los pueblos católicos... al que el ejército juzga merecedor de su desamparo, a quien la cristiandad toda debe perseguir hasta el exterminio, porque desde los tiempos más remotos no ha podido encontrarse más encarnizado enemigo de la justicia, debe esta congratularse, regocijarse la libertad, alegrarse los hombres por el restablecimiento de las leyes equitativas y de las puras constituciones de los fieles, como se alegra y regocija  esta ciudad de Sevilla... cual se reconocerá obligada  a dar gracias infinitas  a la Santa Sede si emplea, como es deber suyo, la autoridad apostólica para destruir a este principal enemigo de la probidad y de la fe... se digne conceder conveniente ayuda a los que la necesitan...

   La crónica de Enrique IV, escrita por Lorenzo Galíndez de Carvajal, fue encomendada por los Reyes Católicos. Este autor compara y contrapone los aspectos más significativos del reinado de aquéllos con el de Enrique IV para resaltar que, superada la crisis política, Isabel y Fernando representaban el modelo ideal de monarquía, garantía para los privilegios individuales y colectivos, para la estabilidad y orden social y para el correcto funcionamiento de las instituciones. Ofrece ejemplos suficientemente ilustrativos -a semejanza de Alfonso de Palencia- para demostrar que la dignidad real podía perderse y,  por lo tanto, ni la realeza consagrada por herencia, ni el origen divino eran fuentes exclusivas de legitimidad, sino que la virtud  y el ejercicio del buen gobierno se presentan como fundamentos de la conservación del poder real[19]. Por otra parte, el autor considera que la larga tiranía del rey era la causa de la destrucción del reino y de la cosa pública.
   Durante el reinado de Isabel I, Diego de Valera, maestresala y del Consejo Real, escribió su Memorial de diversas hazañas, obra en que recoge diversas valoraciones sobre el origen de este conflicto[20]:

...la primera porque para la gobernación de tan grandes cosas como lo son los fechos tocantes a la guerra y gouernación destos reynos, de todos se fiziese poco mención, y si alguna parece fazerse, no se recibe conseyo de quien se devía; la segunda, la forma que tenéis  en el dar de las dignidades, así eclesiásticas como seglares, que dicen, señor que las dais a hombres indignos, no mirando servicios, virtudes, linajes, ciencias ni otra cosa alguna, salvo por sola voluntad, y lo que es peor , es que se afirma que las days por dinero, lo qual tanta infamia sea a vuestra persona real, a vuestro claro juizio asaz debe ser manifiesto; tercera por el grande apartamiento vuestro, no queriendo oyr a los que con grande necesidad ante vuestra Alteza venían; quanto por ser todos comúnmente mal juzgados de lo que vuestros libros han, quinta y no menos principal, que todos los pueblos a vos sujetos reclaman a Dios, demandando justicia, como no la hallan en la tierra.
Los Grandes del reino que en Avila estaban con el príncipe don Alonso determinaron de deponer al rey don Enrique de la Corona e çetro real, e para lo poner en obra eran diversas opiniones , porque algunos dezían que devía ser llamado e se le devía hazer proçeso contra él; otros dezían que debía ser acusado antel Santo Padre de herege e de otros graves crímenes e delitos, que se podrían ligeramente contra él provar. La segunda opinión fue reprobada por los que conocían las costumbres de los romanos pontífices cerca de los quales valen mucho el gran poder e las dádivas de quien quiera que darlas pudiese, e temían que si el caso se difiriese, el poder del rey don Enrique se acrecentaría, por el gran tesoro que tenía, e las fuerças del prínçipe don Alonso e de los que lo seguían no solamente se adelgazaron e apocarían, más totalmente se perderían, por la mengua del dinero. Por lo qual ninguna cosa les pareçía más conveniente, ni que más sabiamente se pudiese fazer, que la privaçión del tirano, la qual falleçía vigor de coraçón, e prudencia, e esfuerço, e todas las otras habilidades que a buen príncipe convienen; e ninguna otra cosa la quedaba salvo nombre de rey, el qual quitado, él era del todo perdido

   Con motivo de la Farsa de Avila, se produjo en Castilla un importante debate  sobre cómo debería ser la relación entre el rey y los reinos y sobre una cuestión esencial, la competencia que cabía a los súbditos para deponer monarcas inicuos. Se adoptaron posiciones bien diferentes, que traducen dos formas de concebir la monarquía: la de aquéllos que consideran  que la institución real debía evolucionar hacia el poderío real absoluto y la de los que estimaban que poner límites a esta aspiración era una necesidad[21]. Estas reflexiones no carecieron de implicancias políticas afectaron por un lado a la forma en que el rey debía ejercer su poder y, por otro, a la actitud de los súbditos hacia el monarca. En cualquier caso, ya se trate de propaganda pro-monárquica o contra-propaganda, los cronistas ponen de manifiesto que las divisiones que generó este conflicto fueron causa de grandes males y ruina para los reinos.
   Como cronista oficial, Diego Enríquez del Castillo se considera juez de la fama y pregonero de la honra de la monarquía; por ello hace fundamentalmente referencia al influjo negativo de un sector de la nobleza[22] sin escatimar largos párrafos dedicados a la crítica profunda de sus actitudes de traición, deslealtad, osadía e infamia, para hacer extensa relación de las múltiples adversidades que afectaron a los reinos. En cambio, Alfonso de Palencia centra su crítica en la moralización del rey y la realeza; señala ante todo que el mal gobierno tiene un papel capital en la grave confusión y en los tumultos que afectan a los reinos pero también esboza su percepción acerca de que el desequilibrio planteado por el debilitamiento del rey y el fortalecimiento de la alta nobleza podían conducir a los abusos, competencias de poder y a la anarquía[23]: "la noticia del destronamiento de D. Enrique y de la exaltación a la Corona de don Alfonso arrastró principalmente a todos los pueblos de Castilla y León a levantamientos y nueva perturbaciones. Aquel repentino rumor aterró a unos, dio a otros más audacia, y los que ya antes habían empezado a despreciar a D. Enrique, no dilataban un momento en reconocer a don Alfonso... enfriaba el regocijo público el odio al marqués, de quien temían todos los que por lo pasado juzgaban del porvenir que abusaría de la nueva situación con su tiranía natural". También Diego de Valera se refiere a que esta situación.
   "A unos hizo más temerosos y a otros más osados"[24]. Para Galíndez de Carvajal, los graves excesos, crímenes, delitos, incumplimiento de la justicia, defectos y grandes yerros cometidos por el rey "fueron causa de la dispusición  y la extrema necesidad en que todo el reino estava para hacer la dicha dispusición  la qual hazían con grande pessar y mucho contra su voluntad".  Según el autor, la crónica de este reinado tiene un objetivo didáctico, pues compara la función de la historia con la del espejo cuyo fin era:"...poner delante de los ojos del entendimiento lo malo y lo bueno de los pasados, para los que por venir, lo bueno lo imiten  y de lo malo se aparten... con este intento tiene en sí esta crónica muchas doctrinas  para los reyes y para los súbditos, con exemplos de los varios casos  y formas que el rey y sus privados acontecieron..."[25].

4. Las ciudades andaluzas en la guerra civil (1464-1468)

   La crisis política de Castilla tuvo especiales connotaciones en Andalucía pues, a partir de 1464, Enrique IV careció prácticamente de  poder efectivo en la región. Los tres reinos más importantes de Andalucía (Sevilla, Córdoba y Jaén) se convirtieron en centros de interés del rey, que buscó allí colaboradores leales -Iranzo, Cuevas y Carvajales- y de las confederaciones nobiliarias, que atrajeron a los principales linajes urbanos a la facción representada por Juan Pacheco y Pedro Girón.
   Las crónicas se refieren a la magnitud que alcanzó el apartamiento de las ciudades de la órbita monárquica y relacionan este deservicio con el crecimiento del poder de la alta nobleza. Su preeminencia se fue consolidando y acrecentando a lo largo del siglo XV en virtud del desempeño de importantes funciones militares en la frontera granadina, del ejercicio de determinadas atribuciones  de gobierno con proyección regional, la concesión de mercedes reales y juros, la adquisición de nuevos dominios señoriales y ampliación de los que ya poseían, la diversificación de sus fuentes de riqueza por medio de su participación en actividades agrícola-ganaderas, manufactureras y comerciales -que redundaron en el mejoramiento considerable de sus rentas- y el establecimiento de articulaciones asociativas con los principales linajes urbanos. Fundamentalmente el complejo juego de vínculos interpersonales le permitió reunir clientelas entre el patriciado urbano y capitalizar sus lealtades en beneficio de intereses concretos[26]:

Sugeto a las órdenes del Maestre había estado casi desde la infancia D. Alonso de Aguilar, corregidor de Córdoba. Obedecíale Ecija, a voluntad del comendador de Cazalla, Diego de Castillo, a quien el mismo Pedro Girón había dado la tenencia de la ciudad. Los sevillanos aunque honrraban mucho al duque de Medina Sidonia y al conde de Arcos, le seguían en aquella guerra. También tenía su devoción Jerez y Carmona, a excepción del gobernador de dos de las tres fortalezas que defienden esta villa. No lejos de Jaén, contaba con Baeza, y a pesar de la parentela con Beltrán de la Cueva, reconocía su jurisdicción Ubeda

   Pedro Girón había obtenido de Enrique IV diversas mercedes en las ciudades y tierras andaluzas que formaban parte del Infantado, además de alcaldías mayores en Ecija, el alguacilazgo de Baeza, escribanías de rentas en Jaén, importes de portazgos en Ubeda, Baeza, Jaén y Andújar, el almojarifazgo de Jaén y los impuestos sobre el comercio fronterizo (diezmo y medio diezmo). Esta distribución de su poder económico le sirvió para formar una clientela y crear amistades, así por ejemplo,  Galíndez de Carvajal señala que Ubeda y Baeza favorecían al maestre de Calatrava "a causa que los principales de aquellas ciudades vivían con él, ansí que en aquella provincia  ninguno quedava que a su querer no estuviese"[27]. La vertebración entre estas dos fuerzas políticas determinó, según los cronistas, las relaciones de las ciudades con la monarquía[28]: "A Sevilla siguió Carmona y poco más tarde Jerez, Córdoba se declaró en el mismo día por D. Alfonso. Ecija siguió el ejemplo de estas ciudades. Tan sólo se manifestaron contrarios en Andalucía al fausto suceso Jaén y Andújar defendidas por el condestable Miguel Lucas y de los magnates, el conde de Cabra y Martín Alonso de Montemayor".
   Ningún autor habla de las vicisitudes de las ciudades sin evocar las facciones políticas y las luchas entre bando-linajes, sin embargo dejan entrever que, a diferencia de la alta nobleza, éstos tuvieron objetivos menos ideológicos y programáticos porque la crisis política representó la ocasión para dirimir antiguas contiendas. Enrique IV contribuyó en cierta forma a potenciar esta competencia con la introducción del principio de privatización del poder a favor de los linajes, al convertir los oficios públicos en merced haciéndolos vitalicios -gracias a la concesión de privilegios y juros de heredad- o aprobando las renuncias a favor de un heredero. Dicha situación incidió de manera significativa en la vida urbana, pues estas prácticas se transformaron en uno de los medios más efectivos para la autorregulación de los mecanismos de control del acceso y distribución del poder.
   Acerca de esta funcionalidad política de los bando-linajes, las fuentes muestran la limitada autonomía de los oficios del concejo, pues era el ámbito donde se materializaban  divisiones que tenían su origen en la existencia de un sistema consolidado de solidaridades verticales y horizontales[29]. El orden público de las ciudades andaluzas quedaba, por lo tanto, condicionado por la existencia o no de equilibrios basados en principios binarios: en Sevilla, Enrique de Guzmán, duque de Medina Sidonia y conde de Niebla dominó la ciudad y las fortalezas de Aroche, Fregenal, Aracena, Lebrija, Alanís, Alcantarilla y Villanueva del Camino, disputó el poder y expulsó a su adversario Rodrigo Ponce de León, conde de Arcos y marqués de Cádiz, que se hizo fuerte en Alcalá de Guadaira, Jerez de la Frontera y controló la fortaleza de Constantina. Los autores señalan, a propósito de la influencia ejercida por ambos linajes[30], que "...los caballeros y oficiales siguieron lo que estos señores comenzaron".
   Ecija se encontró bajo la autoridad de Fabrique Manrique y su yerno Luis Portocarrero, cercanos a don Alfonso de Aguilar; en Carmona, frey Luis de Godoy, allegado de Pacheco, se apoderó además de dos de los tres alcázares de la villa. En Córdoba, la  fuerza política de don Alfonso de Aguilar se debió a la incorporación de importantes partidarios, quienes desempeñaban funciones en el gobierno de la ciudad: Martín Fernández de Córdoba, alcalde de los Donceles, Luis Méndez de Sotomayor, señor de El Carpio y alcalde de justicia, Luis Portocarrero que tenía la alcaldía mayor y veintiún lanzas de acostamiento y los señores de Palma del Río. La lucha entre los bando-linajes tuvo como resultado el apartamiento del término del control directo de la ciudad. Todos los cargos, la tenencia de fortalezas, edificios y hasta el  campanario de la catedral pasaron a manos del señor de Aguilar que expulsó a sus rivales[31]: "En Córdoba don Alonso de Aguilar era muy amado por la antigüedad de su linaje  junto del amor que a el príncipe don Alonso el pueblo avía y el odio y malquerencia al rey, cuyas partes seguía el conde de Cabra con muchos de su parcialidad, los quales fueron echados de la ciudad y quedaron en ella  don Alonso de Aguilar y Martín Hernández de Córdoba alcaide de los Donceles, y Luis Méndez de Sotomayor, que estos siguieron al príncipe don Alonso".
   Ubeda y Baeza fueron el campo de acción de pequeños linajes nobles que dominaban los concejos de las ciudades y se disputaban el poder reanudando antiguas rivalidades: en el primer caso, entre Cuevas  -que controlaron las regidurías de la ciudad- y Molinas -aliados con don Alfonso y Pedro Girón-  que dominaron el alcázar y algunas fortificaciones y, en el segundo, entre Benavides (que se hicieron partidarios de don Alfonso) y Carvajales (que siguieron a Enrique IV).
   Los ejemplos que hemos reseñado muestran que el poder urbano se identificaba con familias y linajes, nudo de referencia de los conflictos en Andalucía[32]. Ellos se convirtieron en centro de atención para los cronistas, que compararon sus enfrentamientos como si se tratara de  luchas entre moros y cristianos. Dicha expresión es bastante elocuente, demuestra las connotaciones de la guerra civil y el sistema de representaciones a través del cual se identificaban los bandos. Asimismo, las crónicas ponen en evidencia destierros, expediciones de castigo entre ciudades rivales, discordias, venganzas, daños, robos,  ocupación de castillos, torres, fortalezas y lugares y puertas de las ciudades[33]. Destacan que cada bando-linaje trató de conservar o tomar la totalidad del poder excluyendo a la otras fuerzas políticas y señalan que ningún compromiso ni forma de colaboración entre los partidos era posible.
   Las características de estas guerras privadas en Sevilla se encuentran reflejadas en Lorenzo Galíndez de Carvajal[34]: "la comunidad y gente del duque robaron mas de mill y quinientas casas de los parientes y aficionados del marqués; y ansi el duque quedó en Sevilla, de los cual se siguieron infinitos daños y males, no solamente en aquella ciudad mas en toda la comarca". Más allá de las  posiciones partidistas y de las intencionalidades para utilizar ciertos términos que reflejen las acciones y comportamientos de los grupos que integraban los bando-linajes, todos los enfrentamientos constituían, desde el punto de vista jurídico, delitos por sí mismos. Por ejemplo, valoraciones negativas sobre la influencia que ejercieron los linajes sobre parentelas consanguíneas o artificiales (allegados, protegidos y acostados) se encuentran también en los comentarios sobre los enfrentamientos entre los Medina Sidonia y los Arcos en Sevilla, pues Alfonso de Palencia describe a la Casa del marqués de Cádiz como[35]: "...cuartel general de homicidas, rufianes y sicarios con objeto de que la ciudad, viéndose continuamente molestada por aquellas turbas de malhechores que la infestaban, reconociese cuan incapaz era el duque don Enrique  para salir a la defensa de los oprimidos". Según Diego Enríquez del Castillo, situaciones similares experimentó la ciudad de Córdoba bajo el dominio de la nobleza[36]: "cada vno de los oviese tomado algunos lugares de la cibdad de Cordova y esto viesen dellos como de vasallos solariegos". La estabilidad se logró a partir de 1476 cuando el concejo dispuso la prohibición de bandos y confederaciones entre nobles y caballeros y estableció como sanción, en caso de incumplimiento, la expulsión de la ciudad por seis meses.
   Los distintos procedimientos seguidos por Enrique IV y el llamado Alfonso XII para captar  lealtades consistieron en una serie de mercedes y franquicias  de todo tipo de pechos, en la concesión de títulos nobiliarios a las ciudades y en beneficios dispensados a los linajes que, en muchos casos, redundaron en el crecimiento desproporcionado de las regidurías, en actuaciones desordenadas y desgobierno de los concejos. La inestabilidad política explica el escaso número de reuniones de Cortes y la débil representación de las ciudades. Por ejemplo, desde 1465 dejaron de asistir los procuradores de Andalucía y esta situación se mantuvo hasta el fallecimiento de don Alfonso, lo que prueba hasta qué punto había llegado la pérdida de influencia de Enrique IV en la región. Las repercusiones de la guerra civil también se evidenciaron en las relaciones fiscales de la Corona con las ciudades: la multiplicación del número de cecas en manos de la nobleza dio lugar a la confusión monetaria que perjudicó, sobre todo, a los consumidores y al mercado interno por el progresivo aumento de precios. Asimismo, las luchas de bandos afectaron sensiblemente los ingresos reales, fundamentalmente provocó problemas para su recaudación, dieron lugar a usurpaciones de rentas -alcabalas, tercias reales, pedidos y monedas y, sobre todo, las que provenían del almojarifazgo de Sevilla-.
   Con la muerte de Pedro Girón y del infante don Alfonso, mejoraron las posiciones de los enriqueños pero este hecho fue sólo temporal porque el conflicto alcanzó nuevas dimensiones y hubo nuevas divisiones entre los partidarios por la sucesión de Isabel y de Juana. A partir de 1469 se inicia una nueva fase en las relaciones nobleza-monarquía-ciudades: el rey buscó la pacificación de los reinos a través de continuas visitas a Andalucía y de la reconciliación con los distintos linajes para afianzar sus relaciones, mantener y potenciar lealtades. Sin embargo, las crónicas se refieren a las dificultades de Enrique IV para restablecer su autoridad en la región debido al dominio de la nobleza[37]: "el rey sintió el mal propósito de los caballeros del Andaluzía, que no davan lugar  ni consentían que las ciudades  donde ellos vivían obedeciesen ni fuesen a dalle reverencia". El emplazamiento dirigido por el rey a los Grandes señores para que acudan a prestar obediencia en 1468 también es un ejemplo del dominio político ejercido por la nobleza[38]:

Don Enrique.... A los duques, condes e otros cavalleros de mis regnos que avedes estado apartados de mi servicio e obediencia. Ya sabedes e devedes saber cómo después del fallecimiento de mi hermano, que Dios aya, Yo mandé dar mis cartas, en las quales se contenía que, deseando el bien, pas e sosiego de mis regnos, a mí plasía de perdonar e reconciliar  amí todos los prelados e cavalleros de mis regnos que se avían subtraydo de mi obediencia, e faciéndome  la seguridad e fidelidad que me devían commo a su rey e señor. E como quier que las dichas mis cartas fueron publicadas e notorias por estos mis regnos, e algunos de vos, los dichos duques, condes e cavalleros, no avedes venido ami faser la dicha obediencia e por ello yo podría proceder contra vosotros en contra vuestros bienes. E agora sabed que la muy ilustre princesa, donna Isabel, mi muy cara e muy amada hermana, se vino para mí e yo la juré e mandé jurar por princesa e primogénita destos mis regnos después de mis días, e a ella me suplicó que a mí pluguiese de reconciliar amí a los dichos duques, condes e cavalleros que fasta aquí no avían venido faser la dicha obediencia. E a suplicación suya, amí plogo de lo faser, con tanto que fasta cierto término que por mí fuese señalado, los dichos duques e condes e cavalleros viniesen e enviasen a darma (sic) la dicha obidiencia, e a los que tengan cibdades e villas e fortalezas mías o con su fama me están rebeladas, me las oviesen de entregar e entregaren.  Porque vos mando que, del día que esta mi carta fuer leyda e notificada e publicada con trompetas en la mi corte e fuera a fixa en lugar público della, fasta XV días primeros siguientes, los de allende los puertos e los de Andalusía y del reino de Murcia fasta treinta días primeros siguientes, vengades por vuestras personas o enbiedes por vuestros procuradores con vuestros poderes bastantes, a darme la dicha obidiencia e jurar de me obedecer e seguir e servir commo a vuestro rey e señor natural.E los que tenedes cibdades e villas e fortalezas de mi corona real e por vuestra cabsa o favior me están rebeladas, me las dexedes e me las entreguedes e fagades dexar e entregar libremente dentro de los dichos términos, so pena de caher por ello en mal caso, e de confiscación de todos vuestros bienes e tierras e vasallos e villas e fortalezas e oficios e mercedes que de mí tengades, en qualquier manera. E vosotros, fasiendo e compliendo todo lo susodicho  dentro en los dichos términos, vos remito e perdono todos e qualesquier casos en que por dicha cabsa ayades incurrido, del caso menor fasta  el mayor inclusive, e vos restituyo vuestras famas e estados, bien e complidamente, asy commo si las cosas susodichas no ovieran pasado

   Esta situación de dominio político ejercido por la nobleza llevó a los cronistas a hablar de verdaderas señorializaciones de las ciudades por parte de los dos partidos. Por ello, en el documento se refleja que la vía del perdón y el compromiso de concordia constituían, para el rey, un medio imprescindible para recuperar las ciudades y villas en Andalucía.

Conclusiones

   Hemos analizado algunos problemas políticos que se produjeron en Andalucía en dos circunstancias diferentes y en realidades dispares del reinado de Enrique IV, en tiempos de paz y en el marco de la guerra civil. Los casos que hemos tratado presentan, en la región, rasgos comunes con otros territorios de la corona de Castilla. Las fuentes narrativas demuestran que la conflictividad era un hecho cotidiano en las ciudades, ésta no era ajena a las instituciones y a la vida pública y se revitalizaba en las coyunturas políticas; sin embargo, se puede advertir que, en el período que estudiamos, tuvieron cierta especificidad, pues consideramos que Andalucía estaba fundamentalmente determinada por el peso de los linajes nobiliarios y vinculada a la trama de relaciones con los grupos dominantes (ricos hombres, infanzones, caballeros y funcionarios del concejo), a sus bases económico-patrimoniales, a sus estrategias políticas, así como al complicado sistema de obligaciones mutuas, adhesiones personales, fidelidades, dependencias efectivas y nominales que se formalizaban mediante pactos y juramentos de pleito-homenaje.
   Los relatos cronísticos dan cuenta de las diversas formas de conflicto, emplean diferentes términos para denominarlas, para establecer y valorar su importancia: discordias, escándalos, alteraciones, movimientos y levantamientos. Además, revelan el interés de los autores por reflejar el papel que desempeñaron los distintas fuerzas sociales y políticas y por marcar cómo afectaban a los reinos y al poder monárquico.
   Buena parte de los conflictos urbanos tenía su origen en la señorialización sufrida por los concejos a causa de la política regia, basada en el otorgamiento de mercedes y donaciones de lugares, villas y tierras a linajes nobiliarios y en los continuos avances sobre la jurisdicción de las ciudades por medio de las apropiaciones ilegales. En estos casos, los pleitos contra las oligarquías se resolvieron, por lo general, a favor de las ciudades, mientras las resistencias contra las disposiciones reales y contra la alta nobleza por enajenar territorios de realengo se plantearon con escasa efectividad en las Cortes. En ellas, el argumento clave para limitar la potestad que le confería a Enrique IV el poder absoluto fue la invocación de respeto al derecho consuetudinario (fueros) y privilegios consolidados en el tiempo y la defensa de intereses colectivos, económicos, fiscales y políticos de las ciudades y del patrimonio regio. Las sublevaciones y alzamientos, en cambio, tuvieron mayor peso y se multiplicaron en Jaén, Córdoba y Sevilla hasta el final del reinado, al punto que las Cortes de Ocaña (1469) solicitaron al rey autorizar y legalizar estos movimientos que expresaban esencialmente la voluntad de permanecer en el realengo.
   Otro avance del poder real sobre la autonomía de los concejos se produjo mediante la implantación del corregimiento pero, en este caso, la Corona actuó como árbitro mediador, como fuerza política de apoyo y, especialmente, como factor de estabilidad y de equilibrio para garantizar la paz  y resolver conflictos protagonizados por los grupos dirigentes. No obstante, las tensiones políticas y las demandas ciudadanas que provenían de la oligarquía y de los vecinos pecheros se produjeron contra el intervencionismo real y contra la gestión de los representantes de la Corona.
   Durante la crisis política, la oposición al modelo de monarquía absoluta se desarrolló en el plano de los debates ideológicos y se plasmó en el deservicio, deslealtad y resistencia de las ciudades y la nobleza. Las discusiones giraron en torno a los fundamentos del poder monárquico, a su legitimidad y a cómo debía ser la relación con los reinos. Ya sea que los autores pusieran el acento en que el origen del conflicto residía en el mal gobierno o en la deslealtad y deservicio de los súbditos, las crónicas tenían como fin narrar hechos políticos para transmitir experiencias que contuvieran enseñanzas y doctrinas sobre la administración del gobierno, la vida cívica y presentaran reflexiones sobre los comportamientos y actitudes de reyes y súbditos. Por lo tanto, los hechos del conflicto no fueron percibidos como simples episodios. Por el contrario, tenían gran peso en la psicología colectiva pues los autores denuncian que la guerra civil constituía un espacio para los delitos y la delincuencia y advierten sobre el peligro de la anarquía -que deja a las ciudades arruinadas y libradas a las pasiones de los bando-linajes capaces de anudar lazos suprafamiliares y clientelares, de competir por el poder, de ostentar sus fuerzas desencadenando disturbios, guerras privadas, protagonizando discordias y venganzas-.

Notas

[1]  El ejercicio del poderío real absoluto, la crisis de legitimidad que llevó a la deposición (en 1465) y a la guerra civil (hasta 1468) y las disputas por la sucesión  al trono entre Juana "la Beltraneja" e Isabel entre 1468 y 1474, constituyeron el eje principal de los problemas políticos  de la Corona de Castilla durante el reinado de Enrique IV. 

[2] Las propuestas de análisis de la conflictividad urbana han tenido aportaciones desde ámbitos muy dispares y desde perspectivas muy diferentes: la historia política, la historia de las instituciones, la historia local, la antropología social. El estudio de las estructuras económicas y de los antagonismos de clase, la señorialización  y las directrices nobiliarias impuestas al estado monárquico han sido abordados en el marco de la construcción del Estado moderno en base al fortalecimiento de la autoridad real. En esta temática se encuadran los estudios de J. Rodríguez Molina, "Movimientos sociales en Andalucía durante la Baja Edad Media. Notas para su estudio", Cuadernos de Estudios Medievales y Ciencias y Técnicas Historiográficas, XVI (1991); J. VALDEON BARUQUE, Los conflictos sociales en el Reino de Castilla en los siglos XIV y XV, Madrid, Siglo XXI, 1975; E. CABRERA MUÑOZ "Violencia urbana y crisis política en Andalucía durante el s. XV", en Violencia urbana y conflictividad en la sociedad de la España bajomedieval VI. Seminario de Historia Medieval. Aragón en la Edad Media, Zaragoza, 1995; A. Esteban RECIO, Las ciudades castellanas en tiempos de Enrique IV. Estructura social y conflictos, Valladolid, 1985.              [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]

[3]  Diego Enríquez del Castillo, Crónica de Enrique IV, BAE, Madrid, 1953; Alfonso de Palencia, Crónica de Enrique IV, BAE, t. I, II y III, Madrid, 1975; Lorenzo Galíndez de Carvajal, Crónica de Enrique IV (edición y estudio de J. Torres Fontes), Murcia, CSIC, 1946; Mosén Diego de Valera, Memorial de diversas hazañas. Crónica de Enrique IV (edición y estudio de José Mata Carriazo), Madrid, 1941. En los últimos años, los medievalistas han visto, en la propaganda, uno de los temas de la nueva orientación historiográfica de la historia política, la llamada Nueva Historia Política. Por ello, creemos importante marcar cómo se desarrolló este proceso de comunicación en las crónicas, cuáles eran los valores, normas y creencias que formaban las ideologías y qué mensajes dirigían los autores para influir en opiniones y comportamientos. Interesantes reflexiones sobre esta temática se encuentran en trabajos entre los que se destacan las contribuciones de la antropología histórica, la historia de las mentalidades y la sociología política: Ana I. CARRASCO MACHADO, "Aproximación al problema de la conciencia propagandística en algunos escritores políticos del siglo XV", En la España Medieval,21 (1998); A. DEYERMOND, "La ideología del Estado Moderno en la literatura española del s. XV", en Adeline RUCQUOI (ed.), Realidad e imágenes del poder, Valladolid, 1999; A. MACKAY, "Ritual and propaganda in fiteenth-Century Castile", Past and Present, 107 (1985); J. M. NIETO SORIA, "Propaganda política y poder real en la Castilla Trastámara: una perspectiva de análisis", Anuario de Estudios Medievales, 25/2 (1995).                 [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]

[4] También encontramos buenos exponentes de las manifestaciones de este conflicto político en documentación cancilleresca, cuadernos de Cortes, cartas de confederaciones nobiliarias, poemas y textos cancioneriles y en la tradición de los espejos de príncipes.

[5] En el siglo XV, sólo eran diecisiete las ciudades que participaban en las reuniones de Cortes, generalmente convocadas para votar subsidios y servicios extraordinarios: Burgos, León, Zamora, Toro, Avila, Segovia, Soria, Salamanca, Valladolid, Madrid, Cuenca, Guadalajara, Toledo y, de Andalucía, Murcia y las tres capitales de reinos (Sevilla, Córdoba y Jaén).  Véase OLIVERA SERRANO, Las Cortes de Castilla y León y la crisis del reino (1445-1474), Burgos, 1986.           [ Links ]

[6] Para considerar la importancia que adquirió el proceso de señorialización en Andalucía, hemos tomado como punto de referencia los estudios comparativos de Antonio Collantes de Terán Sánchez, que nos ilustra acerca de las tendencias que siguieron los dominios territoriales y jurisdiccionales de la nobleza laica y eclesiástica en esta región. La expansión de los señoríos se produjo de manera más acentuada a partir de Enrique II hasta el reinado de Enrique IV. El reinado de los Reyes Católicos marca, en cambio, una etapa de detención de este proceso. Con Enrique II, los señoríos representaban 37,3% del territorio frente al 62% del realengo, crecieron progresivamente en el reinado de Enrique IV pasando al 48,8% y 51% respectivamente. Frente al estancamiento o decadencia de los señoríos de las Ordenes Militares y la nobleza eclesiástica, los de la nobleza laica aumentaron considerablemente, sobre todo en los reinos de Sevilla y Córdoba y, en menor medida, en Jaén. La proyección social, política y económica de los grandes linajes y sus señoríos ha sido objeto de estudio de E. CABRERA MUÑOZ, "Tierras realengas y tierras de señorío en Córdoba a fines de la Edad Media. Distribución geográfica y niveles de población", Actas del I Congreso de Andalucía, Andalucía Medieval, 1976; Antonio COLLANTES DE TERAN SANCHEZ, "Los señoríos andaluces. Análisis de su evolución territorial en la Edad Media", Historia, Instituciones, Documentos (en adelante, HID), 6 (1979); Miguel Angel LADERO QUESADA, Los señores de Andalucía. Investigación sobre nobles y señoríos en los siglos XIII a XV, Universidad de Cádiz, 1998; P. PORRAS ARBOLEDAS, "El legado de la Edad Media: el régimen señorial en el reino de Jaén (s. XV al XVIII), En la España Medieval, IV (1984); M. GONZALEZ JIMENEZ, "Aportación al estudio de los señoríos andaluces: el caso de Carmona", Homenaje a Carriazo, Sevilla, 1973, vol. III. Sobre resistencias a las señorializaciones y el estudio de las distintas acciones legales para dirimir derechos jurisdiccionales como pleitos y apelaciones, ver María Isabel del VAL VALDIVIESO "Resistencia al dominio señorial al final del reinado de Enrique IV", Hispania, XXIV (1974); E. CABRERA MUÑOZ, "Usurpaciones en la sierra cordobesa durante los siglos XIV y XV", Actas del I Congreso de Historia de Andalucía, II, pp. 33-34; "Oposición de las ciudades al régimen señorial: el caso de Córdoba frente a los Sotomayor de Belalcázar", HID, 1 (1973); "Violencia urbana y crisis política en Andalucía durante el siglos XV", en Violencia y conflictividad...  y "Problemática de los conflictos antiseñoriales en la España del sur durante los siglos XIV y XV", en Señorío y feudalismo en la Península Ibérica, Zaragoza, 1993, vol. II; Ma. A. CARMONA RUIZ, Usurpaciones de tierras y derechos comunales en Sevilla y su Tierra durante el siglo XV, Madrid, 1995.            [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]

[7]  Valera, op. cit., cap. XIV, p. 51. La crónica de Lorenzo Galíndez de Carvajal presenta similitudes en los comentarios vertidos sobre estos hechos, cap. 28, p. 34.  

[8] Palencia, op. cit., cap. II, p. 126.

[9]  Las principales intervenciones de Enrique IV en las ciudades andaluzas se realizaron con el fin de conciliar a los pleiteantes, apaciguar conflictos e imponer un arbitraje, ya sea por medio de funcionarios como a través de la presencia directa del monarca. Así se constata la existencia de numerosos delegados regios como los pesquisidores, encargados especialmente de fiscalizar la actuación de los oficios de la justicia local y los asistentes que ayudaban a la resolución de problemas en los concejos e informaban sobre diversos asuntos de la ciudad. Desde el reinado de Enrique IV, existen noticias de la presencia de corregidores en Sevilla en 1459, en Jerez de la Frontera en 1462, 1464 y entre 1471 y 1477, en Ubeda en 1460 y 1465 y en Córdoba desde 1462 hasta 1473. Las crónicas presentan algunos ejemplos de los desórdenes políticos que promovieron el nombramiento de corregidores. En 1452 se nombró corregidor en Ecija a Alfonso de Almaraz y luego a Pedro de Cuéllar por las repercusiones que tuvo, en esta ciudad, el movimiento anticonverso dirigido por Pero Sarmiento en 1449 en Toledo. Acompañaron a esta medida constantes prohibiciones de ligas, confederaciones y juramentos que obligaban a sus miembros a prestarse ayuda para enfrentarse a bandos contrarios y órdenes de encarcelamiento en casos de escándalos, "roídos y bollicios".  En 1454, la intervención real en Sevilla sirvió para dar estabilidad temporal a los alborotos producidos como consecuencia de las disputas entre el arzobispo de Santiago, Alfonso de Fonseca "el viejo" y su sobrino: "...llegó a noticias del rey como la ciudad de Sevilla estava muy alterada para se perder, porque el nuevo arçobispo  della y la comunidad del a una parte y los caballeros y el otro arçobispo viejo con mucha clerecía de la otra, se habían puesto en armas a causa que el arçobispo nuevo no obedecía los breves del Papa, que dezía ser subrepticios y ganados con falsa relación, y estava rebelado y apoderado en los lugares fuertes de la iglesia mayor y casa arçobispal que tenía encastillada, donde se defendía... En este cometido llegó el rey, que a la nueva desta había venido, y mandó al doctor Diego Sánchez del Castillo, su oidor  y de su consejo que fiziese la pesquisa, y hecha verdadera o falsa, como en semejantes alteraciones de pueblos suele acontescer, hallóse que no solamente querían hazer aquella crueldad e insulto, mas que ejecutada se avían de alzar con la ciudad y hazella exenta del dominio real, que tomarían las galeras que estaban en las atarazanas, harían guerra por mar y se defenderían por tierra, para desde allí adelante no ser súbditos al rey ni conscer señor" -GALINDEZ de CARVAJAL, op. cit., cap. LI, pp. 201-203. Este conflicto tuvo también, para Enríquez del Castillo, importantes consecuencias políticas,  no sólo porque alcanzó gran adhesión popular sino porque tenía aspiraciones de autogobierno. En Ubeda, Enrique IV intercedió para lograr que caballeros, escuderos y regidores de los bandos rivales de la ciudad firmaran una concordia a través de la cual se determinó el reparto de fortalezas y torres entre Cuevas y Molinas; asimismo, el rey los convocó a la Corte para comprometerlos a permanecer a su servicio, prohibió el uso de armas entre los partidarios de una y otra facción y restableció el orden público nombrando un asistente.        

[10] PALENCIA, op. cit., cap. II, p. 126.

[11] VALERA, op. cit., cap. XX, p. 73.

[12] A. COLLANTES DE TERAN SANCHEZ, "Ciudades y villas andaluzas: variedad impositiva y diversidad ante el hecho fiscal", Finanzas y fiscalidad municipal. V Congreso de Estudios Medievales, León, 1997, pp. 489-490. En cambio, en Jaén, el cronista de Hechos del Condestable Miguel Lucas de Iranzo, Pedro de Escavias considera que uno de sus méritos consistió en establecer una serie de reformas en el concejo y en preservar a la ciudad de las divisiones de bandos. De esta manera, contribuyó al orden público y a librarla de los corregidores "...verdaderamente se puede decir, y esto no se puede negar, que por el dicho señor Condestable aver estado en Jaén, escusó al rey nuestro señor de tener un capitán con  cien mil maravedíes de salario e otros doscientos mill que robara, como algunas veces se solía facer e mill posadas embargadas de huéspedes, y tomada la ropa y paja", pp. 121-122. La crónica resalta que las medidas adoptadas por Miguel Lucas de Iranzo en distintos campos (reforma militar, administración de justicia, preservación del orden) habían resultado eficaces y, por lo tanto, Jaén no necesitaba la presencia de un corregidor porque su autoridad se ejercía en servicio del rey, en pro, bien y honra de la ciudad -Hechos del Condestable Miguel Lucas de Iranzo (ed. de Juan de Mata Carriazo), Madrid, 1941.            [ Links ]

[13] Manuel GONZALEZ JIMENEZ, El Concejo de Carmona a fines de la Edad Media (1464-1523), Sevilla, 1973 (Actas capitulares de la ciudad, p. 57).         [ Links ]

[14] PALENCIA, op. cit, libro VII, cap VIII, p. 168.

[15] ENRIQUEZ del CASTILLO, op. cit., p. 295.

[16] Es conocida la polémica que mantuvieron Alfonso de Palencia y Diego Enríquez del Castillo. El primero deslegitima la pretendida verdad a la que apelan los cronistas partidarios del rey. Algunos pasajes de sus críticas son bastante ilustrativos y permiten considerar que sus crónicas forman parte de una dialéctica propaganda-contrapropaganda: "No faltaron sin embargo, historiadores sobornados  a quienes llamamos cronistas, que pretendían dejar descritas en imperecederos monumentos literarios tantas insignes hazañas; ensalzaban con el mayor descaro lo vituperaba, recomendaban el sistema de pelear en haz desordenada, llamándole habilidad y noble anhelo de combatir, y como ningún hecho glorioso ocurría, registraban algunos tan insignificantes... sobre todo enaltecían el arrojo del rey, considerándole superior al de Alejandro" -PALENCIA, op. cit., t. I, p. 72-. "Sobrada y no muy comprensible sería la explicación de los hechos  menos importantes que por aquellos mismos días se intentaron en daño al estado. Todo escritor veraz podrá aún aumentarlos seguramente; pero el que disminuya o disimule algo de los que quedan referidos o de los que han de narrarse, con razón debe ser considerado como engañoso" -ibidem, t. I, p. 113-.  

[17] PALENCIA, op. cit., p. 167. véase las similitudes con las crónicas de GALINDEZ de CARVAJAL, op. cit., cap. LXV, p. 236 y ENRIQUEZ de VALERA, op. cit., cap. XXVIII, pp. 97-98.

[18]  Idem, libro VII, cap. IX, pp. 169-170

[19]  Estas concepciones del rey y de la realeza como modelos de virtud tuvieron  gran desarrollo en la literatura política de la época. Por ejemplo, don Rodrigo Alfonso, conde de Benavente se interesó por "enseñar" a don Alfonso, a la manera de los Espejos de Príncipes, qué pautas debía seguir en el ejercicio del gobierno y, con este fin, encargó a Pedro de Chinchilla su Exhortación o información de buena e sana doctrina (1467). En los veintiún capítulos en que se divide la obra, se refleja la intención de mostrar, desde el punto de vista de la nobleza, cuál era el ideal de príncipe, presentándolo como contraimagen de Enrique IV. Considera que caridad, prudencia, justicia, fortaleza, templanza, magnificencia, humildad, mansedumbre y las virtudes morales contribuían indudablemente a mantener la paz y el bienestar en los reinos.    

[20] VALERA, op. cit., cap. XX, pp. 72-73 y  cap. XXVIII, pp. 97-98.

[21]  La confederación nobiliaria reconocía el poderío real absoluto pero dentro de ciertos límites. Es indudable que éste era un matiz de relevancia para ambos partidos pues, desde la proclamación de don Alfonso como rey de Castilla, la utilización de esta expresión, frecuentemente empleada por Enrique IV, se redujo considerablemente en los documentos de la cancillería del rey-infante. 

[22] Además de las crónicas, existen para este período otras aportaciones literarias, entre las cuales se destaca la poesía de protesta como las Coplas de Mingo Revulgo (1464) atribuida al franciscano Fray Iñigo de Mendoza, que contiene también mensajes de denuncia y alegatos contra la nobleza

[23] PALENCIA, op. cit., libro VII, cap. IX, p. 168.

[24] VALERA, op. cit., cap. XXIX, pp. 33-34.

[25] GALINDEZ de CARVAJAL, op. cit., p. 34.

[26] PALENCIA, op. cit., cap. III, p. 183.

[27] GALINDEZ de CARVAJAL, op. cit., p. 254.

[28] PALENCIA, op. cit., cap. IX, p. 169. Las relaciones de poder de las ciudades se han estudiado tanto con respecto al poder real como al señorial. En este sentido, las líneas de investigación han partido de la consideración de los concejos como sistemas urbanos insertos en un juego de relaciones entre espacios y poderes mucho más amplios. Este enfoque se encuentra en trabajos de Paulino IRADIEL, "Formas del poder y de organización de las sociedades en las ciudades castellanas de la Baja Edad Media", en Estructuras y formas de poder en la Historia, Salamanca, 1991; M. A. LADERO QUESADA, Monarquía y ciudades de realengo en Castilla, siglos XII-XVI", Anuario de Estudios Medievales, 24 (1994); Paulina RUFO YSERN, "Poder real y municipios en Andalucía (1475-1480), Anuario de Estudios Medievales, 19 (1989); L. SUAREZ FERNANDEZ, Nobleza y monarquía. Puntos de vista sobre la historia castellana del s. XV, Valladolid, 1959.            [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]

[29] El papel de los bando-linajes y su incidencia en las ciudades ha sido tratado por José María MONSALVO ANTON, "Parentesco y sistema concejil. Observaciones sobre la funcionalidad política de los linajes urbanos en Castilla y León", Hispania LIII/3, nº 185 (1993); M. LUCIEN-CLARE, "La guerre entre factions ou clintels dans la crónica de Miguel Lucas de Iranzo", en Bandos y querellas  dinásticas en España al final de la Edad Media. Cuadernos de la Biblioteca Española, I (1991); M. A LADERO QUESADA, "Linajes, bandos y parcialidades en la vida política de las ciudades castellanas (s. XIV y XV), en Bandos y querellas...; D. C. MORALES MUÑIZ, "Las confederaciones nobiliarias en Castilla durante la guerra civil de 1465", Anuario de Estudios Medievales 18, (1988); Ma. C. QUINTANILLA RASO, "Les confederations de nobles et los bandos dans le royaume de Castille au bas Moyen-age. L´exemple de Cordoue", Journal of Medieval History,16 (1990); J. RODRÍGUEZ MOLINA, "Bandos en ciudades del alto Guadalquivir s. XV-XVI. Repercusiones", VI Coloquio Internacional de Historia Medieval Andaluza, Estepona, 1989; L. SUAREZ FERNANDEZ, "Gestación de partidos políticos castellanos en el siglo XV", en Bandos y querellas...; I. del VAL VALDIVIESO, "Los bandos nobiliarios durante el reinado de Enrique IV", Hispania, 130 (1975).             [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]

[30] GALINDEZ de CARVAJAL, op. cit., p. 241.

[31] Ibidem, cap. XLIV, p. 237.

[32] El bando es una forma de agrupación familiar, social con dimensiones políticas que se identifica con la propia lucha o parcialidad y por ello alude a un tipo de conflicto urbano. La palabra se emplea como acepción de conflicto o aparece en las fuentes como sinónimo de discordia, o bien vinculado al "roydo y bolliçio".

[33] En Sevilla, los enfrentamientos entre Rodrigo Ponce de León y Enrique de Guzmán causaron graves daños a la ciudad. Las fuentes municipales han puesto de relieve  que se vio afectado el servicio de barcos y puentes,  las comunicaciones, el comercio y el abastecimiento porque los asaltos de la armada del marqués de Cádiz impidieron el paso de ganados, personas y mercancías. Las rentas fueron embargadas o cayeron notablemente ya que se hizo difícil la recaudación. Por ejemplo, las tomas del marqués se produjeron en los términos de Alcalá de Guadaira, Villanueva del Camino, Constantina, Alanís, Matrera y Jerez de la Frontera, mientras las del duque se produjeron sobre las rentas y alcabalas de Figueroa, Aroche, El Pedroso, Cazalla de la Sierra, Almadén, Cartagena y Sevilla. También hacen referencia a los problemas que tuvieron los vecinos de la ciudad con el agua porque el desvío del caudal realizado por los habitantes de Guadaira impedía el trabajo de molienda.  Por otra parte, la ocupación de torres, iglesias, plazas y calles de la ciudad en manos de las Casas principales es emblemática del despliegue de su poder efectivo. En Córdoba, las tomas de villas se prolongaron  hasta 1478, en algunos casos las señorializaciones obtuvieron luego su aprobación y legalización por parte del rey. Carmona también ofrece un ejemplo ilustrativo, rodeada de señoríos del arzobispado de Sevilla, de Ordenes Militares, de los Ponce de León, de los Téllez de Girón, de los Portocarrero, de los Arias de Saavedra y los Velasco. La ciudad tuvo que afrontar numerosos pleitos por los avances nobiliarios a costa de sus términos. 

[34] GALINDEZ de CARVAJAL, op. cit., p. 411.

[35] PALENCIA, op. cit., t. II, p. 14.

[36] ENRIQUEZ del CASTILLO, op. cit., cap. CXXIX, p. 154.

[37] Ibidem, cap. 128, p. 134.

[38] Emplazamiento dirigido por el rey a los Grandes señores, J. M. NIETO SORIA Orígenes de la Monarquía Hispánica. Propaganda y legitimación (ca. 1400-1520),  Madrid, 1999, p. 437.        [ Links ]