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Temas medievales

versión On-line ISSN 1850-2628

Temas Mediev. v.13 n.1 Buenos Aires ene./dic. 2005

 

RESEÑAS BIBLIOGRÁFICAS

HEERS, Jacques, Les négriers en terres d'Islam.  La première traite des noirs, VIIe-XVIe siècle, Mesnil-sur-l'Estrée, Perrin, 2003 (313 pp.)

   Comienza el autor evocando los millones de vidas de africanos que, a lo largo de los siglos, fueron condenadas a la esclavitud y reflexiona acerca de la distorsión historiográfica que, mientras ha multiplicado los estudios sobre la trata europea y atlántica, dejó de lado hasta fines del siglo XX los referidos a ésta en el ámbito musulmán donde, no obstante, se practicó ininterrumpidamente hasta tiempos contemporáneos.  En efecto, la esclavitud en el Islam fue un hecho real, más allá de las discusiones sobre las prescripciones coránicas al respecto, sujetas a diversas interpretaciones.  Se trata acá de una cuestión metodológica que Heers ha defendido siempre con vehemencia: la necesidad de estudiar la práctica y no sólo la normativa cuyo valor, sin duda, es importante, pero que ha estado y está sujeta a muy diversas lecturas y a un grado variable de acatamiento. 
   Con este planteo y justificación iniciales, el autor ofrece un estudio atento a relatos de viajeros, comerciantes, geógrafos, cronistas e historiadores, a la cartografía e iconografía, así como una completa bibliografía en la que están presentes los autores más recientes, varios de ellos de origen africano.
   El libro está organizado en cinco capítulos respectivamente dedicados a las fuentes de la esclavitud blanca (cap. 1) y de la negra (cap. 2), a las modalidades que asume el tráfico (cap. 3) y las actitudes ante los esclavos negros (cap. 4) y de éstos, ante su condición (cap. 5).
   En el capítulo primero y más breve se traza un panorama de la gran fuente de aprovisionamiento de esclavos (en este caso, blancos), la guerra, entre los siglos en que se extiende el estudio -VII al XVI-.  Este planteo pone en evidencia el procedimiento seguido a lo largo de la obra, de comparar permanentemente las situaciones producidas en cada ámbito y momento, a fin de destacar las diferencias y semejanzas.
   El capítulo 2, "La chasse à l'homme chez les noirs", examina la modalidad adoptada por la guerra santa en el Africa, donde los musulmanes limitaron sus conquistas a Egipto y al norte del continente con expediciones muy acotadas al interior, destinadas a conseguir esclavos.  De ellas, retienen la atención las lanzadas desde Egipto hacia el llamado "reino del preste Juan" (Nubia, Abisinia) y desde las cabezas de puente establecidas muy tempranamente por los árabes de Hedjaz y el Yemen sobre la costa africana del Mar Rojo; mucho más tarde, en el siglo XVI, se produjeron las grandes ofensivas turcas contra Abisinia.  Un apartado especial está dedicado a las guerras con fundamentación religiosa, que no sólo son las calificadas como "cruzada" o "guerra santa" sino también las llamadas "guerras justas", cuya memoria entronca con la historia hebrea y greco-romana, antecedentes de las emprendidas por cristianos y musulmanes y en las que las acusaciones (verdaderas o no) de disidencia religiosa, proporcionaron el pretexto para matar y tomar cautivos a los vencidos calificados de heréticos.  Profundizando en el tema religioso Jacques Heers analiza los rasgos de la difusión del islamismo en el Africa negra para poner en evidencia el papel desempeñado en este proceso por los hombres de ciencia y de negocios, comerciantes, ante los jefes de estado cuya conversión impulsó -con mayor o menor fortuna- la de sus respectivos pueblos.  Las peregrinaciones de los reyes negros a la Meca constituyeron uno de los aspectos de esas conversiones, generando un acercamiento de reinos hasta entonces poco y nada conocidos en El Cairo o en La Meca y, aunque suscitaron la codicia por las riquezas de éstos, no dejaron de abrir paso a un vínculo religioso más estrecho a través de la llegada de especialistas  en la ley islámica.  No obstante, el paganismo no desapareció del Africa negra y constituyó otro de los pretextos para enviar expediciones destinadas a la caza de cautivos para abastecer los requerimientos de los mercados.
   En el capítulo 3, "Aventures et trafics", Jacques Heers pone de relieve el estrecho vínculo -a menudo pasado por alto por los historiadores- entre el tráfico del oro senegalés ("el oro del Sudán" de los autores medievales) y el de esclavos, tan imbricados ambos que es imposible decir cuál de ellos fue el primero, cuál incitó las mayores empresas y provocó mayor flujo de riqueza.  Se trata de mercados que estuvieron "siempre en manos de los mismos pueblos, dirigidos por los señores de algunos oasis del desierto y de algunas ciudades del Sudán" (p. 71): los musulmanes bereberes o arábigo-bereberes, asociados a los soberanos de los países africanos, islamizados o no, pronto participaron de ese comercio de oro y esclavos, anticipándose seis o siete siglos a los portugueses.  Subraya empero el autor las diferencias entre esos dos comercios tan ligados: el tráfico silencioso frente a las guerras y, además, el limitado espacio de explotación e intercambio relativo al oro frente al extenso territorio involucrado en la cacería y tráfico de esclavos "en todos los países allende el Sahara, del Atlántico hacia el este, sin excepción" (p. 81).  Los mercaderes, las ciudades vinculadas al desdichado tráfico, las rutas caravaneras y marítimas cobran una dimensión muy próxima merced al relato de viajeros y las crónicas pero también a los restos numismáticos y al estudio de los vestigios arqueológicos.  Los mapas (cuatro) incluidos al final del volumen, facilitan al lector no especialista la ubicación de los lugares mencionados.
   En el capítulo 4, "L'homme de couleur mal aimé.  Le mépris", se comprueban sistemáticamente los alcances de la deshumanización de estos seres convertidos en objeto del tráfico, muertos por millares antes de llegar al mercado de las grandes ciudades donde eran inspeccionados como ganado por los interesados en su adquisición.  La procedencia y modo en que habían sido capturados contaba tanto como su edad y sexo, pues el buen conocedor no ignoraba la buena o mala fama de los oriundos de cada lugar y situación, cuáles eran las mujeres preferidas como objetos de lujo y los hombres destinados a ser eunucos de corte.  La existencia de guías para orientar a los compradores marca otra de las diferencias con Occidente, que sólo las conoció para las especias o las materias textiles.
   Se delinea así "la imagen del negro" construida en el espacio islámico en dos etapas distintas.  La primera, próxima a la muerte del profeta, fue elaborada en base a textos antiguos -como el de Ptolomeo- y en una época en que el hombre negro aún no había sido objeto del mal trato sino que, por el contrario, estaba plenamente incorporado a la sociedad islámica. Fue una imagen positiva, integradora.  Más tarde, cuando se introdujo ampliamente la esclavitud negra, la imagen que se diseña es la de seres de ínfima condición, destinados en paz como en guerra a las tareas más despreciadas.  Los aportes de los geógrafos y de los historiadores, estereotipados y fantásticos, no contribuyeron a mejorar esa visión, los testimonios de los viajeros -incluso el de alguno tan prestigioso como Ibn Battuta- exhiben parejo desinterés por los africanos.  Todos responden a una misma convicción racista que veía la esclavitud como el destino normal de esos pueblos. 
   El punto de vista de los africanos involucrados en el proceso se pondera en el capítulo 5, "Les noirs, heureux de leur sort?".  El desarrollo de este tema es el más complejo, sin duda, pues a la diversidad de situaciones agrégase la falta de testimonios directos emanados de los protagonistas: ningún esclavo negro ha dejado el relato de su vida ni se ha dirigido a sus hermanos de raza.  Tampoco ha existido un movimiento fuerte de opinión -destaca Heers- que simpatizase con su destino.  Las referencias provienen, pues, de terceros a menudo involucrados en los sucesos y que, por lo general, tratan sólo incidentalmente del tema.  En el planteo teórico, el autor critica las opiniones vertidas por algunos historiadores, sociólogos y etnólogos que han asimilado la esclavitud de los negros con la servidumbre europea de la Edad Media y con la suerte de los domésticos y obreros del siglo XIX, olvidando o menospreciando el problema fundamental del desarraigo.  Pasa luego a examinar las situaciones concretas: los esclavos y esclavas de lujo de las cortes y harenes, los que integraron masivamente los ejércitos desde Bagdad a Marruecos y los que eran destinados a trabajar en minas y grandes dominios.  La revuelta fue una posibilidad siempre latente que solía materializarse, protagonizándola en el espacio urbano los ejércitos y, en el rural, los zendjs de los pantanosos dominios mesopotámicos: la más grave de estos últimos acabó con ese tipo de explotación agraria en el siglo IX.  "No se trató sólo del rechazo a una miseria intolerable o de malestar social" -escibe Heers respecto de ella- sino también de la grave crisis política que había sumido a Bagdad en la anarquía.  "Reducir esta revuelta a una toma de armas contra los impíos o a una guerra de clases es [...] dar una imagen muy incompleta", habida cuenta que su líder fue un hombre blanco, libre, jefe político ambicioso que se proponía abatir la dinastía (pp. 230-231).
   En  la "Conclusion", el autor retoma el planteo de la "Introducción" sobre la imbricación entre las posiciones historiográficas e ideológicas y la dependencia de posturas pretendidamente  imparciales.  En síntesis, el profesor Heers ha escrito un libro de atractiva lectura, donde el pasado enlaza con los problemas del presente, en una perspectiva histórico-etnográfica, alejado de soluciones trilladas para buscar la exposición de los hechos con espíritu crítico y que, distanciado de los silencios cómplices, procura una visión generalizadora y realista del tema.

Raquel Homet