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Temas medievales

versión On-line ISSN 1850-2628

Temas Mediev. v.16  Buenos Aires ene./dic. 2008

 

NOTAS CRÍTICAS

Mac Donald, Margaret Y., Las mujeres en el cristianismo primitivo y la opinión pagana. El poder de la mujer histérica, Estella, Verbo Divino, 2004,  327 pp.

Margaret MacDonald, profesora de la Universidad St. Francis Xavier, Canadá, se especializa en temáticas relacionadas con el cristianismo primitivo, fundamentalmente con las cartas de Pablo. En su tesis doctoral referida a las iglesias paulinas, realiza un exhaustivo análisis de los escritos de Pablo, en tanto su último libro se ocupa de los colosenses y los efesios.
El cristianismo ha recibido, durante el siglo XX, numerosas contribuciones por parte de estudiosos religiosos y laicos; las investigaciones han complementado las perspectivas teológicas incorporando la historia del cristianismo y de la Iglesia en una renovación científica. Los principales aportes con respecto a los primeros años de la cristiandad corresponden a nuevos documentos, apócrifos y auténticos, que reconstruyen el mundo religioso primitivo. En el libro Las mujeres en el cristianismo primitivo y la opinión pagana. El poder de la mujer histérica se examina el mundo de las mujeres cristianas de los primeros dos siglos posteriores al nacimiento de Jesús, a través de la opinión pagana y de las respuestas sucesivas que contrapuso la Iglesia. La autora propone "que estudiemos los testimonios literarios de observadores no cristianos sobre la Iglesia vinculándolos con textos de la misma Iglesia en los que se recogen las impresiones que, sobre ella, tienen los de fuera. De esta forma podemos obtener una visión de conjunto del tema, descubriendo la importancia de las mujeres en las opiniones que mantenían sobre la Iglesia tanto los círculos de élite como los otros sectores de la sociedad, que formaban el noventa y nueve por ciento restante de la población, sectores de los que provenían virtualmente todos los cristianos primitivos" (p. 17).
El libro consta de cinco partes: una introducción donde expone la metodología del trabajo y preanuncia los futuros encuentros con el texto, tres capítulos que amplían los razonamientos efectuados y una conclusión general. Al final se adosa una bibliografía extensa y un índice temático.
Desde la introducción, donde se aclaran las pautas con las cuales trabajará, la autora reconoce las dificultades que se presentan en un estudio que requiere el análisis de documentación bíblica. Comienza determinando la significación de "mujer histérica", adjetivo dado por Celso a la mujer de su época. Este término, traducido del griego de esta manera, aludía a un tipo de comportamiento desordenado de la mujer y, por consiguiente, a su carácter desconcertante. Considera que se ve una actitud ambivalente de la mujer romana, "la tendencia existente en la Antigüedad que presentaba a las mujeres como susceptibles de locura religiosa, como inclinadas al exceso en las actividades religiosas y, sin embargo, como sospechosamente dotadas para las actividades de tipo religioso" (p. 149). Todo esto inmerso en la sociedad mediterránea, con valores culturales greco-romanos que merecen una profundización intelectual que ayude a comprender el contexto en el que se realizaron los escritos. Otro aspecto importante es la opinión pública, a la que la autora caracteriza como la opinión que tenían los que miraban hacia la Iglesia desde afuera; a este respecto ella dice que "De un modo general, he querido ilustrar en este libro la importancia del tema de la visibilidad femenina en la relación entre la Iglesia primitiva y la sociedad greco-romana. He querido poner de relieve los aspectos de la vida de las mujeres cristianas primitivas que han llamado la atención de los observadores externos y me he fijado en la manera en que esa atención puede haber estado vinculada con las crecientes tensiones entre Iglesia y sociedad a medida que discurría el siglo II" (p. 16-17).
Para alcanzar una comprensión cabal del tema, recurre al aporte de otras disciplinas: la antropología y la sociología. Luego de advertir los reparos que tiene con estas interpretaciones y de anunciar que su trabajo es eminentemente histórico, explica los modelos que utiliza: el síndrome honor-vergüenza y la dicotomía entre "hombre-ámbito público y mujer-ámbito privado, y la distinción entre autoridad y poder".  Estos conceptos son empleados por los investigadores bíblicos, dado que constituyen los valores centrales del mundo mediterráneo y la Biblia. Citando al antropólogo Gilmore afirma que: "honor y vergüenza son valores morales recíprocos que expresan la integración primordial de un individuo en el 'grupo'. Reflejan, cada uno a su manera, la forma en que se confiere la estima pública sobre una persona y la sensibilidad ante la opinión pública de la que depende esa estima [...] la opinión pública define la reputación de cada uno [...] lo que parece más representativo en las descripciones de la sociedad mediterránea es la relación que esos valores (de honor-vergüenza) tienen con la sexualidad y con las distinciones de género..." (pp. 41-42). El honor se vincula con los hombres y la vergüenza con las mujeres y el honor masculino se relaciona directamente con el comportamiento femenino: las mujeres mediterráneas son valoradas por su castidad, es decir, su conducta sexual, un valor inmaterial. Para proteger a las mujeres se tiende a resguardarlas y, por ello, a asegurar su espacio, que quedará circunscripto al privado, resultando así dos esferas separadas por una división sexualizada. La casa, espacio femenino por excelencia, era preferida también por el cristianismo primitivo y será el cruce entre la vida privada y la pública cuando las mujeres cristianas se casen con no creyentes.  El otro modelo esgrimido diferencia el poder como "habilidad para obtener obediencia" y la autoridad como "el reconocimiento de un derecho" (p. 57). A partir de esto, se busca en los textos todas las posibilidades de ejercicio del poder que tenían las mujeres cristianas primitivas.
La primera parte se llama "Reacción pagana ante las mujeres cristianas primitivas en el siglo II a.C.". En estas páginas despliega las opiniones que diferentes autores paganos —como Plinio, Frontón, Lucio Apuleyo, Luciano de Samosata, Galeno de Pérgamo y Celso— expresan en relación con la mujer. Las primeras conclusiones aluden a que "la conducta de las mujeres cristianas primitivas era interpretada en relación con las imágenes idealizadas de la mujer en la sociedad greco-romana y la forma en que esa interpretación afectaba sus vidas" (p. 148) La opinión externa refleja una visión semejante tanto para las mujeres cristianas como para las mujeres de otras religiones, es decir, había un concepto estereotipado.
"Celibato, mujeres y respuestas de la Iglesia primitiva a la opinión pública" es el título de la segunda parte, donde analiza cómo aquellas opiniones originadas fuera de la Iglesia generaron una preocupación en su seno que la obligó a defender su respetabilidad social y responder a la opinión pública. En este caso, se examina preferentemente el celibato femenino desde las lecturas de Pablo, las cartas pastorales de Timoteo y Los hechos de Pablo y Tecla, un texto que narra los viajes del apóstol con su discípula. Claramente se observa una transformación en el mensaje a las mujeres célibes que va desde un apoyo resuelto —y, por consiguiente, un enfrentamiento con la sociedad greco-romana que consideraba que la mujer debía ser en su vida esposa, madre y ama de casa— hasta una adecuación a las costumbres vigentes y una restricción al celibato para lograr una opinión favorable en quienes miraban al cristianismo desde afuera. La primera posición la tiene Pablo y, la segunda, las cartas pastorales y señalan un cambio en la opinión pública que deriva en una vuelta a los tradicionales valores mediterráneos.
La autora pretende descubrir cuán importantes eran las mujeres para el cristianismo primitivo, y nos adelanta que ellas tenían un significado simbólico que expresaba una identidad comunitaria: el celibato mantenía a la Iglesia separada del mundo. Las mujeres  estaban vinculadas al mantenimiento de fronteras.
La tercera parte se denomina "Matrimonio, mujeres y respuestas de la Iglesia primitiva a la opinión pública". Enfatiza la situación de las mujeres casadas y ,fundamentalmente, de aquéllas que lo habían hecho con no creyentes.  Las fuentes observadas fueron las de Pablo, Justino e Ignacio de Antioquía. El tema de los casamientos mixtos llevó a numerosas discusiones dentro de la Iglesia en estos tiempos; la mujer se hallaba en una situación peligrosa debido a que una esposa romana debía ser fiel a su esposo en todo sentido, incluido el religioso, puesto que debía seguir sus creencias. Vivía una 'doble vida' inevitable pero también estaba el peligro de su visibilidad y, por ello, se recomendaba gran prudencia. Pablo aprueba estos matrimonios ya que ve su potencial sentido de evangelización: los esposos podrían ser convertidos al cristianismo y también toda su familia, inclusive los esclavos y comerciantes que se acercaran a la casa. Éste es el poder de la mujer cristiana: la posibilidad de conversión de una gran cantidad de individuos.
La mujer actuaba como mediadora entre ámbitos distintos, en una posición que no era estática sino que transformaba la materia de un reino en sustancias propias para el otro. "Lejos de ser una aspecto insignificante de la historia de la Iglesia primitiva, el uso del cuerpo de la mujer como símbolo para la Iglesia constituye un elemento importante de la identidad del cristianismo primitivo: ese uso sirve para marcar las fronteras entre la comunidad sagrada y el mundo... La vida en la sociedad mediterránea antigua exigía que esa mujer reconstruyera continuamente la armonía de la casa. La vida en la Iglesia, que bien podía reunirse en su casa, exigía que ella reconstruyera continuamente la armonía de la Iglesia, la novia de Cristo" (p. 248).
La lectura requiere atención constante, principalmente cuando se analizan los pasajes documentales, algunos de los cuales son reproducidos. Las conclusiones se alcanzan luego de un examen minucioso y una consulta profunda a la bibliografía correspondiente. En algunas ocasiones, la exégesis de los párrafos sugeridos llega a resultados desconcertantes y difíciles de seguir. El análisis de las fuentes es exhaustivo, con una argumentación compleja que aborda la revisión de los términos principales en griego —incluso con una traducción alternativa que considera adecuada a su razonamiento— y un encadenamiento con otros autores antiguos y contemporáneos que, paso a paso, llevan a una sucesión de deducciones y conclusiones. En cada momento que la autora considera conveniente expone sus dudas, las dificultades que presentan las diferentes interpretaciones y textos, el acuerdo y desacuerdo con los autores que cita, repitiendo permanentemente  ciertas premisas. Muchas de las oraciones tienen un carácter hipotético, en las que se dejan entrever ciertas reservas y la confirmación de que no todo está dicho en la interpretación de documentos tan difíciles como los cristianos primitivos. 
En síntesis, el aporte de Margaret MacDonald resulta de gran interés. La convergencia entre los elementos antropológicos, sociológicos y el entramado histórico,permite alcanzar una historia novedosa de las mujeres. La temática original analiza el mundo antiguo a la luz de sus propios valores, los cuales son aportados por los trabajos actuales que realiza la antropología en las sociedades mediterráneas modernas, cuyos resultados se aplican en la obra. La bibliografía, completa y profunda, es una puesta al día de lo existente hasta 1996, año de la primera edición del texto. La mayoría de las obras citadas son norteamericanas, las menos inglesas y casi nulas de otros países. Es interesante señalar a este respecto los tópicos puntuales de los trabajos citados pertenecientes a Estados Unidos y relativos a la Biblia, los autores cristianos y los nuevos textos aparecidos en el Mar Muerto y la denominada biblioteca del Hag Hammadi.

María Luján Díaz Duckwen