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Temas medievales

versão On-line ISSN 1850-2628

Temas mediev. v.17  Buenos Aires jan./dez. 2009

 

PENSAMIENTO Y POLÍTICA EN EL MUNDO MEDIEVAL

Noticias bizantinas en España.
El caso de San Isidoro de Sevilla*

José Marín R.
(Pontificia Universidad Católica del Valparaíso, Chile)

Resumen: San Isidoro de Sevilla, en su Chronicon, nos informa acerca de las invasiones eslavas en los Balcanes, en época del emperador Heraclio, cuestión que nos ha llevado a preguntarnos acerca del cómo pudo el Hispalense informarse acerca de un hecho que no sólo ocurría muy lejos de su tierra sino que, además, las fuentes bizantinas apenas registran. ¿Pudo el obispo haber tenido fuentes de información fidedignas de lo que entonces sucedía en Oriente? Creemos que sí y una breve revisión de las relaciones visigodo-bizantinas nos puede aclarar esta cuestión, indicándonos qué tipo de informantes se pueden identificar y cómo san Isidoro pudo recibir noticias de ellos.

Palabras Clave: San Isidoro;  Chronicon;  Eslavos;  Grecia;  Heraclio

Sommaire: Dans son Chronicon, Saint Isidore fait allusion aux invasions slaves dans les pays balkaniques, à l'époque de l'empereur Héracle. Cette circonstance nous a mené à nous interroger sur les moyens mis en oeuvre par l'historien pour se documenter sur un fait qui, non seulement s'était produit dans une région très éloignée de son propre pays, mais qui est à peine enregistré par les sources byzantines. Nous croyons que l'évêque put avoir eu des sources d'information fiables sur ce qui se passait alors en Orient. Une brève revision des rapports entre les Wisigoths et Byzance peut éclaircir cette question en nous indiquant quelle sorte d'informants il est possible d'identifier et par quelles voies Isidore put en recevoir des nouvelles.

Mots-Clé: Saint Isidore ; Chronicon ; Slaves ; Grèce ; Héracle

Summary: In his Chronicon, St Isidore of Seville reports the invasion of the Balkans by Slavs in times of the emperor Heraclius. This fact has led us to pose ourselves the question about how it was possible that this Spanish author could be informed of events taking place not only far from Spain, but which are scarcely mentioned in the Byzantine sources. Was it possible that the bishop received trustworthy information of events then taking place in the East? The author of the article believes that this was indeed the case and a short analysis of the Visigothic-Byzantine relations can answer this question, as well as who could be transmitters of such information and how St Isidore was able to come by it.

Key Words: St. Isidore ; Chronicon ; Slavs ; Greece ; Heraclius

Un análisis detallado del Chronicon de san Isidoro de Sevilla (c. 560- 636) nos permite concluir que su noticia acerca de que los eslavos quitaron Grecia a los romanos, es confiable y que lo que el Hispalense nos dice es que, entre 590 y 620, ávaros primero y eslavos después, ocuparon gradualmente una parte importante de Grecia. Entendido de esta manera, el pasaje en cuestión adquiere gran relevancia, ya que se trataría del único documento -anterior y de una redacción completamente independiente- que, de manera explícita, corrobora parte de la información entregada por la Crónica de Monemvasía, específicamente aquélla que tiene relación con los doscientos dieciocho años de permanencia de los bárbaros en Grecia1. Queda, empero, un problema por resolver respecto del Chronicon: qué grado de veracidad se puede conceder a san Isidoro. En efecto, ya que se encuentra tan alejado del lugar de los hechos, ¿hasta qué punto podemos confiar en sus palabras? Ello nos lleva a preguntarnos acerca de cómo pudo el Hispalense informarse sobre un hecho al que sólo se refiere una crónica bizantina y que, por añadidura, es tardía. ¿Pudo el obispo haber tenido fuentes de información fidedignas de lo que entonces sucedía en Oriente? Creemos que sí y una breve revisión de las relaciones visigodobizantinas nos puede aclarar esta cuestión.

Relaciones entre el reino godo y Bizancio

Es muy probable que, para el imperio bizantino, los dominios de Spania -nombre que recibían los territorios conquistados en la Península Ibérica- no hayan revestido nunca gran relevancia, excepto por su situación geopolítica, que se explica por el dominio del estrecho de Gibraltar, clave para la proyección atlántica de la navegación mediterránea2. En efecto, Spania ocupó territorialmente una posición marginal -aunque clave en la navegación mediterránea- y, desde el punto de vista cronológico se trató de una región que no pudo sostenerse sino por poco más de setenta años. Así, las fuentes bizantinas dicen muy poco acerca de Hispania3 y la documentación visigoda, algo mayor, no es, muchas veces, suficientemente clara. Ya hace algún tiempo Luis A. García Moreno advertía que "la principal dificultad con que se enfrenta todo estudio sobre la dominación bizantina en la península, es la escasez de documentos"4, diagnóstico compartido, más recientemente, por Pablo C. Díaz5. A pesar de todo, y aunque los estudios acerca de las relaciones entre el reino visigodo de Toledo y Bizancio no son demasiado abundantes -aparte, claro está, de las obligadas referencias en los manuales generales-, hoy en día se conoce bastante bien la historia de la Hispania bizantina aunque la valoración del influjo oriental en territorio peninsular es una cuestión que puede considerarse todavía abierta6.
No deja de ser interesante destacar que, en un período relativamente corto, los estudios acerca de las relaciones entre Bizancio y España en la Antigüedad tardía, adquirieron carta de ciudadanía. En efecto, entre las grandes líneas de investigación de la historiografía hispana, no aparecía hacia 1990 el problema bizantino como un campo particular de estudio, al menos siguiendo los postulados generales de un conocido trabajo de Luis A. García Moreno7. No obstante, algunos años más tarde nos encontramos con que "los contactos entre la Península y Bizancio, pese a lo marginal de la presencia justinianea en época visigoda, no sólo siguen suscitando interés sino que se apuntan tesis y valoraciones nuevas sobre el análisis e interpretación de fuentes y restos arqueológicos"8.
Entre los estudios que llamaríamos "clásicos", se cuentan los de P. Goubert (1944-1946) y H. Schlunk (1945), trabajos que podríamos considerar "pioneros" en el tema y que plantearon los problemas centrales de las relaciones godo-bizantinas. Mientras el primero centró su interés en temas políticos y administrativos, el segundo se aventuró más bien en el estudio de las influencias culturales del imperio de Oriente sobre el reino hispano visigodo. Más de dos décadas hay que esperar para encontrarnos con la obra de E. A. Thompson (1969), quien dedicó un extenso apéndice de su libro al tema, un capítulo bien documentado que examina, particularmente, la cuestión política y administrativa. No se puede pasar por alto, en esta breve enumeración, un trabajo de L. A. García Moreno de 1973, ya citado, en el cual su autor, aparte de presentar un adecuado estado de la cuestión, analiza el problema militar y defensivo de Spania.
Sin duda, el aporte más significativo y contundente en esta materia corresponde a las investigaciones de Margarita Vallejo quien, desde los años noventa del siglo pasado, ha publicado varios trabajos en los que se abordan prácticamente todas las aristas que plantea esta temática. A su completa tesis doctoral publicada en 1993, se pueden agregar algunos artículos que tienen relación con tópicos bastante precisos, como es el caso, por ejemplo, de la inscripción de Comencíolo (1996-1997), que nos interesa particularmente, pero también se ha preocupado en los últimos años de temas que se vinculan, entre otras cosas, con la religión, el exilio o la frontera. De la misma época datan también los estudios de J. M. Hoppe (1993), quien aborda el tema artístico, y de A. Prego de Lis (2000), acerca de la inscripción de Cartagena, quienes nos demuestran justamente la intensidad del renovado interés de los últimos quince años en el estudio de un tema que, por largo tiempo, quedó aparentemente semiabandonado.
Mención aparte merece el libro de Francisco Presedo acerca de la España bizantina, escrito y aprobado como tesis doctoral en 1954 pero que no fue publicado sino hasta el año 2003. Es un trabajo erudito y completo aunque, lamentablemente, no fue puesto al día al momento de publicarlo, de modo que no se recogen los aportes más recientes de la historiografía en la materia. Con todo, es preciso reconocer que Presedo vislumbró con claridad varios de los problemas que muchos investigadores -aparentemente desconociendo su obra- retomaron y replantearon décadas más tarde. Presedo es otro precursor, pues, pero que se mantuvo en el silencio por largo tiempo. Recientemente apareció una interesante publicación colectiva dirigida por Inmaculada Pérez Martín y Pedro Bádenas de la Peña (2004), quienes reunieron un selecto grupo de investigadores en torno al tema de las relaciones entre Bizancio y la península Ibérica, abarcando un amplio arco temporal. Pablo Díaz, Darío Bernal, Javier Arce y la mencionada Margarita Vallejo colaboraron con interesantes trabajos que arrojan nueva luz sobre viejos problemas.
En nuestro caso, nos interesa indagar en algunos tópicos de las relaciones entre el reino visigodo de Toledo y el imperio bizantino, entre mediados del siglo VI y comienzos del VII, especialmente en el ámbito cultural, con el fin de establecer posibles vías a partir de las cuales san Isidoro de Sevilla pudo conocer lo que contemporáneamente ocurría en el Mediterráneo oriental. No pretendemos, pues, realizar un estudio exhaustivo de aquellas relaciones de influencia -tarea de la cual nos exime el estado actual de las investigaciones-, pero sí detenernos en algunos detalles significativos, sin perder de vista nuestro objetivo.

Visigodos y bizantinos frente a frente

Desde el año 552 y hasta el 625, el imperio bizantino mantuvo una fuerte presencia -especialmente militar- en el sur y levante de la Península Ibérica, región que se integró al Imperio como provincia con el nombre de Spania9. Sólo hacia 585-590 el reino visigodo de Toledo, en época de Leovigildo (568-586) y Recaredo (586-601), fue capaz de detener, al menos, las aspiraciones expansionistas que habían llevado a los ejércitos bizantinos a ocupar importantes posiciones en la península10; finalmente, en el siglo VII, gracias a los esfuerzos de los reyes Sisebuto (612-621) y Suintila (621-651), los bizantinos fueron obligados a retirarse definitivamente de Hispania11.
A mediados del siglo VI, la Península Ibérica se encontraba convulsionada por la guerra civil, entre el rey Agila (549-554) y el rebelde Atanagildo (554-568). Este último, que se hallaba en posición de debilidad, habría recurrido a Constantinopla en busca de ayuda militar12, decisión que a la larga debió lamentar. En ese entonces, Justiniano el Grande estaba ocupado en recuperar para el imperio sus antiguos territorios occidentales, proceso que conocemos como la Reconquista. Para Constantinopla no existió "la caída del Imperio Romano en 476", como rezan los manuales de historia sino que, en dicho año, lo que aconteció, en rigor, fue que se perdieron las provincias occidentales en manos de los bárbaros. Éstos, en la perspectiva de los romanos, ocupaban ilegítimamente un territorio que le pertenecía a Roma. Así, el imperio no renunciaba a sus derechos y pretensiones en Occidente y Justiniano se encargaría de la tarea de actualizar el ecumenismo romano.
Los ejércitos imperiales habían desembarcado en África y en Italia, cayendo en su poder los reinos ostrogodo y vándalo y, en ambos casos, el expansionismo bizantino se vio favorecido por rencillas políticas y guerras de sucesión13. La petición visigoda, haya sido o no obra de Atanagildo, no podía llegar entonces en mejor momento: para Justiniano era una oportunidad única y, todavía más, prácticamente regalada14; sólo era necesario resolver la cuestión italiana, para contar con suficientes tropas y responder al llamado del atribulado rebelde. Así, se envió un primer contingente al mando del anciano general Liberio15, probablemente con la idea de consolidar más tarde la conquista16; sin embargo, ésta se limitó sólo a una pequeña parte de la Península Ibérica -unas pocas ciudades conectadas entre sí en el levante y sur peninsular17-. La inestable situación en Italia y África, así como los problemas en la frontera oriental y la peste que azotó el imperio, impidieron a Justiniano disponer de los miles de soldados que habría necesitado para conquistar todo el reino visigodo18.
Frente a Bizancio, la población visigoda sostuvo una actitud ambigua: si, por un lado, se advierte desde el comienzo una posición hostil hacia el invasor, por el otro lado es posible percibir el enorme influjo del Imperio sobre el mundo godo ibérico. Ambas posturas pueden parecer paradójicas pero no son contradictorias, pues se resuelven en planos distintos.
Aunque Atanagildo pudo triunfar sobre Agila presumiblemente gracias a la cooperación bizantina, los visigodos se dieron cuenta muy pronto de que las intenciones de Justiniano eran crear una avanzada para luego lanzarse a la conquista de todo el reino. El temor fue lo que llevó en definitiva a la deposición de Agila, pues hasta sus más cercanos pudieron percatarse de que, divididos, serían presa más fácil para Justiniano. Así, desde el momento en que los bizantinos desembarcaron en la península, se intentó expulsarlos19. En efecto, desde Atanagildo hasta Suintila, los visigodos no dejaron de combatir a los bizantinos20.

Algunos estudiosos llegaron a suponer que los habitantes del reino visigodo, especialmente la aristocracia hispanorromana, vieron con agrado la llegada de los ejércitos imperiales. Tal idea descansa, sobre todo, en una cuestión de índole religiosa21 pero nada nos permite asegurar que la población católica peninsular se haya sentido especialmente identificada con los recién llegados, ni es posible entender el problema como una lucha de los ortodoxos contra los arrianos22. Es más, para muchos de ellos el Oriente bizantino era una verdadera cuna de la herejía23, de modo que, en ese plano, también es posible encontrar una actitud hostil hacia el invasor -como veremos más adelante en el caso del propio san Isidoro de Sevilla-, toda vez que en la época de Justiniano se desató la querella religiosa conocida como la cuestión de los "Tres Capítulos"24, que conmovió la cristiandad de la época.
En fin, es preciso reconocer que, a pesar del rechazo, se estaba produciendo -incluso con anterioridad- una paulatina bizantinización de la monarquía goda, que desde entonces se vio acentuada25: "a la invasión guerrera había precedido la penetración pacífica"26.
La influencia de Bizancio sobre los godos se dio de diversas maneras, en distintos niveles y con mayor o menor intensidad, según el caso, ya sea que se tratara del comercio, la vida política o el ámbito cultural e intelectual.

La realeza goda

La influencia del Oriente griego en la Península Ibérica se hizo sentir a lo largo de toda la segunda mitad del siglo VI y las primeras décadas de la centuria siguiente -de manera directa algunas veces y otras indirectamente-. Pero fue entre los años 568 y 601, que corresponden a los reinados del arriano Leovigildo (568-586) y del católico Recaredo (586-601), cuando ella se manifestó de manera más visible y poderosa.
Para la monarquía goda, que buscaba la centralización del poder y la unidad del reino, el imperio bizantino fue admirado como un modelo digno de imitar27. Leovigildo, primer rey con un claro programa político -según F. Presedo, culminación del genio político visigodo28-, y que combatió a los bizantinos en Málaga (570) y Medina-Sidonia (571)29, no pudo, por otro lado, sino sucumbir ante el modelo estatal bizantino, al que intentó emular deliberadamente en diversos aspectos30.
Leovigildo adoptó en su corte usos de Oriente y, según parece, sentía gran aprecio por la pompa bizantina. Con el fin de diferenciarse del resto de la nobleza, este rey fue el primero en adoptar los regalia imperiales como símbolos del poder regio32. Así, se presentó ante los suyos vistiendo ropaje real y sentándose en un trono, tal como nos informa san Isidoro de Sevilla33. Al respecto, advirtió de manera reciente Javier Arce, es preciso destacar que no necesariamente se 31trata de una innovación de Leovigildo -aunque el Hispalense se la atribuya como una forma de expresar su admiración por su reinado 34- y bien puede tratarse de la adopción de los rasgos propios de un emperador tardorromano35 que, en cualquier caso, son los que, a la sazón, se encontraban vigentes en Constantinopla36.
En las monedas acuñadas en su época -las primeras datan de los años 575 a 57737- y que imitan las de Justino I y Justiniano el Grande, el rey aparece ataviado con diadema y paludamentum al estilo imperial, a la vez que claramente identificado por su nombre y no ya el del emperador38, como había sido la costumbre hasta ese momento y que implicaba el reconocimiento de la superioridad teórica del Imperio39. Las monedas de Leovigildo pueden ser vistas no sólo como un fenómeno de carácter económico sino también de naturaleza ideológica, ya que manifiestan claramente su vocación de independencia frente a Bizancio40. "Acuña sueldos -resume acertadamente F. Presedo- primero como imitación, después emancipándose de la réplica servil"41.
Por otra parte, la adopción del título de Flavius por Recaredo, tal como aparece en las actas del tercer concilio toledano42, o la institución de los césares corregentes, o la búsqueda de la unidad religiosa, o la actividad edilicia o el trabajo legislativo43, dan cuenta también del influjo bizantino.Sin duda, uno de los elementos más representativos de la política mimética de Leovigildo fue la fundación de la ciudad de Recópolis44, cuyo nombre es una curiosa mezcla de un prefijo, que parece honrar a su hijo, y un sufijo que evoca el mundo greco bizantino45. "Esto último -explica R. Collins en una interesante reflexión que nos parece del caso citar-, que es una interpretación de Juan de Biclara, puede ser una racionalización y no tiene mucho sentido desde un punto de vista lingüístico. Recaredópolis habría sido perfectamente viable ya que todos los demás ejemplos clásicos y de finales de la Antigüedad en los que se dedica la ciudad a una persona indican que se debería haber utilizado el nombre completo (...). Tampoco es fácil explicar por qué Leovigildo quiso honrar a su segundo hijo en vez de al mayor, que era Hermenegildo. En vez de esto, se podría sugerir que lo que intentaba decir era Rex-opolis, 'la ciudad del rey'..."46. En cualquier caso, tal interpretación refuerza aún más lo que intentamos señalar, esto es, la exaltación de la realeza goda en clara imitación del imperio de Oriente. Todavía a comienzos del siglo VII el impulso imitativo estaba vigente, como lo demuestra el caso de Sisebuto y la inauguración de la basílica dedicada a Santa Leocadia, el año 61847, parte de un conjunto arquitectónico palatino en Toledo.
En fin, en el período que nos interesa, la realeza goda imitó consciente y deliberadamente usos de Oriente, proceso que nos permite hablar no sólo de una bizantinización sino, más claramente, de una verdadera imperialización de la monarquía goda, como ha señalado con acierto Luis A. García Moreno48.

Viajeros

Independientemente del tema político-ideológico, durante el siglo VI y parte del VII, hubo una estrecha relación hispano-bizantina a través del comercio, del trasiego del clero y de la correspondencia49, de modo que -a pesar de que las noticias que han llegado hasta nosotros sean a veces escasas y parcas-, podemos suponer un intercambio relativamente intenso y fluido entre uno y otro extremo del Mediterráneo50.
Recordemos, en primer lugar, a Juan de Biclara, quien permaneció, durante su juventud, algunos años en Constantinopla, estudiando y perfeccionando sus conocimientos de cultura griega y latina, tal como nos informa su biógrafo, san Isidoro51. La capital imperial, a la sazón, era no sólo una urbe poderosa sino también un centro cultural del más alto nivel, cuya fama se había extendido por las costas del Mediterráneo. Hasta allá, pues, fue enviado, aparentemente por el abad del monasterio agaliense52, el adolescente Juan para profundizar sus estudios, asunto que le retuvo en Constantinopla por largo tiempo.
Lo que sabemos de la vida del Biclarense -aparte de mínimos datos que nos entrega en su obra-, se lo debemos a la pluma de san Isidoro de Sevilla, quien incluyó al cronista entre los "varones ilustres" de su época. Si bien el Hispalense menciona el viaje, han llegado hasta nosotros dos tradiciones manuscritas distintas53, que difieren en cuanto al tiempo que Juan estuvo en la capital del imperio, de lo que se ha seguido una ya antigua controversia historiográfica. Así, para algunos historiadores, el cronista estuvo diecisiete años en Constantinopla54 mientras que, para otros, su estadía fue tan sólo de siete años55.
Julio Campos, analizando los pocos datos biográficos de que disponemos, concluye que el viaje de Juan a la capital del imperio bizantino abarcaría el período que media entre los años 558 y 57556, opinión que a priori parece bastante plausible pero que actualmente no se puede sostener. En efecto, la confusión, en algunos manuscritos, de septimo demum anno, con seguridad el texto original, con septimo decimo anno, es lo que ha generado tal tesis57. Así, el Biclarense habría estado en Constantinopla entre 570-571 y 577-57858. No fue ése, ciertamente, el único ejemplo de un peninsular que viajó al Oriente bizantino, como veremos enseguida.
Liciniano, obispo de Carthago Spartaria y contemporáneo del papa san Gregorio Magno (590-602), murió en Constantinopla aparentemente envenenado, según noticias que nos transmite san Isidoro de Sevilla en su De Viris Illustribus59. Quizá el más conspicuo viajero que encontramos entre el clero peninsular sea Leandro de Sevilla (c. 534-600), hermano mayor de san Isidoro, contemporáneo de los dos personajes recién mencionados y que, entre los años 579 y 586, realizó un viaje a la capital del imperio60. Su periplo estuvo relacionado con la rebelión del príncipe Hermenegildo († 585) y la necesidad de apoyo militar bizantino61; por cierto, la ayuda de Oriente no fue la esperada y, según Gregorio de Tours (539- 590), el rebelde fue traicionado por los griegos62. En Constantinopla, Leandro conoció a san Gregorio Magno63, entonces apocrisiario pontificio en la corte imperial, quien le dedicó su Expositio in Librum Job64. Durante su estancia en la ciudad imperial, seguramente Leandro pudo beneficiarse de los contactos y amistades del futuro Papa65 y establecer relaciones con la intelectualidad de la época informándose de primera mano de los hechos que, por aquel entonces, aquejaban el imperio -entre ellos, el problema ávaro-eslavo en los Balcanes-. Juan IV el Ayunador (582-595), patriarca de Constantinopla, le dedicó uno de sus escritos, lo que demostraría su familiaridad con el ambiente constantinopolitano, como también sugiere la posibilidad de que el obispo hispalense conociese el griego -o al menos, podemos presumir que podía leerlo66-. No es descabellado suponer que, de regreso en su tierra, Leandro podría haber llevado libros con información de carácter histórico, que el hermano menor pudo consultar; asimismo, no es difícil imaginarse al joven san Isidoro, a poco de recibir a su hermano tras el largo viaje, interrogándolo acerca de lo que, a la sazón, ocurría en Oriente.
Ya sea por vía escrita u oral, por intermedio de su hermano o de otros viajeros de la época, entonces, el santo hispalense podía estar relativamente bien informado de los hechos que conmovían el Mediterráneo oriental, integrando en su Crónica tales noticias.
Por otra parte, en el año 619, en la catedral de la ciudad, se celebró el segundo concilio de Sevilla, convocado por san Isidoro para tratar problemas relativos a competencias de límites entre diócesis, disciplina eclesiástica y asuntos de índole dogmática. Para nosotros, el concilio en cuestión reviste importancia porque, en su canon XII, se comenta el caso de un obispo sirio, hereje, citado a comparecer ante los obispos, donde se le convenció de abjurar de la herejía y aceptar el credo niceno67. Aunque no está muy claro el motivo del viaje del mentado obispo68, podría tratarse de un súbdito del imperio que buscaba refugio en posesiones bizantinas de Occidente, huyendo de la inestabilidad provocada por la expansión de Cosroes II, quien entonces controlaba territorios sirios, palestinos y egipcios69. Lo que sí está claro es el hecho de que -aun tratándose de una noticia bastante excepcional- podemos suponer que el caso del obispo sirio puede ser ilustrativo respecto, primero, del contacto más o menos fluido con Oriente y, segundo, de la posible existencia en Sevilla misma, de una colonia de orientales lo suficientemente numerosa, argumenta J. Fontaine, como para atraer a un prelado de rango episcopal70. Cabe también la posibilidad de que el obispo haya llegado al reino visigodo desde la zona que estaba bajo control bizantino71; "los pocos indicios sobre la permeabilidad de dicha frontera dan a entender que la gente y la información circulaban con relativa libertad"72.
No deja de ser sugerente notar que san Isidoro incorporó las noticias acerca de eslavos y persas justamente hacia el año 620, información que bien pudo haber recabado del mencionado prelado que, dada su investidura, seguramente conocía bien los problemas que en esos años aquejaban el imperio.

La conexión africana y el caso de Mérida

Contemporáneamente con la vida de san Isidoro de Sevilla, la Hispania meridional fue un mundo abierto al Mediterráneo, situación que no variará de manera sustancial sino hasta la invasión islámica y la caída de Cartago en sus manos en el año 69873.
Es muy posible que el obispo sirio, aquél del segundo concilio de Sevilla cuyo caso recién comentamos, haya llegado hasta la Península Ibérica después de hacer una escala en Cartago, como era lo usual en la época74. En efecto, una vía importante a considerar, en el momento de ponderar las relaciones entre el Occidente hispanogodo y el Oriente grecobizantino, es la de las relaciones con el mundo norteafricano. Ya sea por las guerras bizantino-vándalas, o por la inestabilidad provocada por las tribus bereberes, o el comercio o las persecuciones religiosas, lo cierto es que Cartago fue un centro receptor y difusor de influencias, desde el Mediterráneo oriental y hacia el occidental, un verdadero puente entre uno y otro mundo.
La inestabilidad provocada en el norte de África por las guerras de sucesión de los vándalos, primero, y por las guerras bizantino-vándalas después, así como también por la incapacidad del imperio para consolidar la paz en la región, explican el movimiento migratorio hacia Hispania en la época que nos ocupa75.
Hacia el año 570, huyendo de la "violencia de los bárbaros" -esto es, la insurrección de tribus moras-, el monje africano Donato se embarcó hacia Hispania, instalándose en el levante ibérico, donde fundó el monasterio servitano76. Según el relato de Ildefonso de Toledo, Donato iba acompañado de setenta monjes y llevaba, además, una gran cantidad de manuscritos; es decir, se trató de una verdadera traslación de su monasterio77. Como se deduce a partir de la precisión que hace Ildefonso de Toledo acerca de dichos manuscritos, no se trata sólo de un movimiento demográfico sino que involucra intercambios culturales. Probablemente el abad Nanctus78, que arribó a Mérida en época del rey Leovigildo, también procedente de África, haya abandonado su tierra natal por los mismos motivos que Donato79.
Los dos casos mencionados son ejemplo de un movimiento que, con toda seguridad, debió ser bastante más amplio80. Nihil novum sub sole: hacía mucho tiempo ya que existían fluidas relaciones entre la Península Ibérica y África y, a través de ésta, como decíamos, con el oriente del Mediterráneo. No deja de ser interesante subrayar que el objetivo de los monjes haya sido el reino visigodo y no la Spaniabizantina, lo que podría explicarse por la persecución religiosa desatada en la época de Justiniano a causa de los "Tres capítulos" -que llevó al exilio a muchos religiosos que, entre otros lugares, habrían buscado refugio en Hispania81-.
Otra razón que explica que tales inmigrantes hayan preferido el suelo peninsular como una nueva patria es la existencia de comunidades de extranjeros -griegos y sirios entre ellos- en las sociedades urbanas del sur y el levante ibéricos82. Ciudades como Santarem, Mérida, Sevilla o Córdoba, a través de grandes y frecuentadas vías fluviales, u otros centros urbanos costeros, como Málaga o Cartagena, recibían permanentemente influencias desde el Mediterráneo tardoantiguo, que luego podían irradiar luego al resto de la Península.
El caso de Mérida, como se desprende de las Vitas Sanctorum Patrum Emeritensium, es emblemático al respecto, ya que mantuvo un activo intercambio con el oriente del Mediterráneo, tanto en el ámbito comercial como en el cultural. Las Vidas de los Santos Padres de Mérida, redactadas hacia el 630 pero que recogen acontecimientos de los años 560 a 600 aproximadamente, nos informan que la llegada de comerciantes bizantinos -los transmarini negotiatores de las leyes visigodas o negotiatores graecos de las Vidas83- no era rara84. Los comerciantes arribaban a la ciudad remontando el río Guadiana y, aunque no está claro qué productos compraban y vendían85, la seda tiene que haber figurado entre ellos. Las Vidas nos informan que Masona (571-606), obispo de Mérida, al ir a celebrar la misa de Pascua, se hacía acompañar de numerosos niños ataviados -como el obispo- con túnicas de seda86, y esta finísima tela, en aquel tiempo, no llegaría
sino de Bizancio87. Podemos suponer igualmente que, entre los diversos productos, destinados o no al comercio pero sí al intercambio, se contaban también manuscritos88; la circulación de las obras fue notable en el siglo VII y, normalmente, los viajeros cargaban copias que, más tarde, los scriptoria difundían por toda la península89.
Además, las Vidas nos informan acerca de Paulo (c. 530-c. 560), natione graecus, de profesión médico y que arribó a Mérida desde el Oriente90, llegando a ser obispo de la ciudad, cátedra en la que fue sucedido por su sobrino Fidel (c. 560-c. 571). Éste, según se cuenta en las Vidas, llegó hasta la ciudad en compañía de comerciantes griegos provenientes de la tierra natal de Paulo, quienes hicieron la visita acostumbrada al obispo, y entonces Paulo, después de interrogarlo acerca de su origen y parentela, pudo reconocer en el joven a su sobrino91.
Los casos citados más arriba (Nanctus y Donato, Paulo y Fidel, los comerciantes griegos), nos hablan de numerosos contactos con Oriente a través de viajeros que, remontando los ríos llegaban hasta Mérida -verdadero "foco de bizantinismo", según F. Presedo92-, siguiendo el curso del río Guadiana, a Córdoba y Sevilla remontando el Guadalquivir, o a Zaragoza siguiendo la ruta del Ebro93. Ello demuestra que las vías comerciales eran también, como siempre, vías de difusión cultural94. Las relaciones intelectuales del reino visigodo con el África y el oriente bizantinos explican no sólo el auge cultural del reino a fines del siglo VI y comienzos del VII sino también prerrenacimientos literarios en la periferia del reino de Toledo. Cada navegante, además, podía constituirse en una rica fuente de información acerca de la situación política y económica del Mediterráneo oriental.
Es preciso recordar que la noticia de la caída de Cartago y derrota de los vándalos por los bizantinos, se conoció en el reino visigodo gracias a un navegante africano, cuyo navío abandonó el puerto el día mismo de la ocupación95. No se trata de un hecho aislado, pues ya Hidacio (c. 395-c. 470) en el siglo anterior registró, que en Hispania, en 456, se supo de la derrota del pueblo de los lazas en manos del emperador Marciano (450- 457), gracias a unas naves procedentes de Oriente y que habían llegado a Sevilla96. La excepcionalidad de estos casos radica en que nos quedó un testimonio escrito, pero deben haber sido muchas las informaciones que se transmitían por vía oral, por lo que un hispanogodo bien conectado podía estar al tanto de lo que contemporáneamente acontecía en el Mediterráneo.
Ahora bien, los testimonios relativos a Mérida son aplicables al caso de Sevilla97, en particular, y de la Bética, en general, la que, como apunta J. Fontaine, fue desde antiguo una verdadera encrucijada de civilizaciones98. A pesar de la escasez de documentación, los contactos económicos y culturales de la España meridional, con seguridad, fueron en el siglo VII tan intensos -o tal vez más- que en la centuria anterior99.
En efecto, Sevilla, desde antiguo, fue una ciudad con vocación de puerto de descargue y trasvase de mercancías, de activo intercambio, una encrucijada de culturas100, como ya se dijo, donde en medio de la agitación comercial, se arremolinaban los curiosos ávidos de detalles y rumores acerca del vasto mundo que se abría más allá del Guadalquivir. La Sevilla de san Isidoro era una "zona fronteriza" de la cultura occidental, con todo lo que supone dicha situación para el fronterizo en cuanto a posibilidades de intercambio101. Hispania, todavía en época de san Isidoro, manifiesta su vocación norteafricana y oriental, de donde recibía su inspiración cultural102.

Comencíolo

La ocupación bizantina de parte del sur y este de la Península Ibérica no de