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Temas medievales

versión On-line ISSN 1850-2628

Temas mediev. v.17  Buenos Aires ene./dic. 2009

 

VARIA

Sobre la Vita de Cristina de Markyate (continuación)

Nilda Guglielmi
(CONICET – Universidad de Buenos Aires)

Resumen: Continuamos en estas páginas la traducción de la Vita de Cristina de Markyate realizada sobre la versión latina editada por C. H. Talbot, The Life of Christina of Markyate. A twelfth century recluse, Oxford, Clarendon Press, 1959. La traducción que ofrecemos ha sido confrontada con la traducción al inglés realizada por el citado autor. Hemos tomado las notas de la misma edición, limitándolas a la identificación de personas y lugares. El mencionado texto ha comenzado a publicarse en el tomo 15-16 de Temas medievales, pp. 11-47.

Palabras Clave: Hagiografía; Mujeres; Cristina de Markyate; Vita.

Sommaire: Nous poursuivons dans ces pages la traduction de la Vita de Christine de Markyate faite sur la version latine éditée par C. H. Talbot, The Life of Christina of Markyate. A twelfth century recluse, Oxford, Clarendon Press, 1959. La traduction que nous offrons a été confrontée avec la traduction à l'anglais faite par cet auteur. Nous avons pris les notes de la même édition, tout en les limitant à l'identification de personnes et de lieux. Le texte en question a commencé à être publié dans le tome 15-16 de Temas medievales, pp. 11-47.

Mots-clé: Hagiographie; Femmes; Christine de Markyate; Vita.

Summary: In the following pages we continue the translation of Christina of Markyate's Vita. For the purpose we used the Latin version edited by C. H. Talbot, The Life of Christina of Markyate. A twelfth century recluse, Oxford, Clarendon Press, 1959. Our translation has been examined side by side with the English translation by C. H. Talbot. We have also used the footnotes of his edition, but only those that helped us in identifying persons and places. The first part of the translation of the Vita has been published in volume 15-16 of Temas Medievales, pp. 11-47.

Key Words: Hagiography; Women; Christina of Markyate; Vita.

Continuamos en estas páginas la traducción de la Vita de Cristina de Markyate realizada sobre la versión latina editada por C. H. Talbot, The Life of Christina of Markyate. A twelfth century recluse, Oxford, Clarendon Press, 1959. La traducción que ofrecemos ha sido confrontada con la traducción al inglés realizada por el citado autor. Hemos tomado las notas de la misma edición, limitándolas a la identificación de personas y lugares. El mencionado texto ha comenzado a publicarse en el tomo 15-16 de Temas medievales, pp. 11-47.

Acerca de la virgen santa Teodora que también es llamada Cristina (continuación)

20. Una razón fue la característica de esta familia: insistir hasta el final en cualquier cosa que hubiera comenzado –fuera buena o mala– excepto cuando el éxito resultara imposible. Mientras que perseverar en el bien se considera una virtud, perseverar en el mal es obra de maldad. Otra razón era que Cristina se destacaba tanto por su integridad moral como por su gracia y belleza, al punto que todos la consideraban como la de mayor mérito entre las demás mujeres. Además, ella era tan inteligente, tan prudente en [todos] los asuntos, tan eficiente en llevar adelante sus planes que si hubiera dirigido todo su pensamiento a cuestiones mundanas no sólo hubiera podido aumentar la fortuna y los honores propios sino también los de su familia y de todos sus parientes. A esto se puede agregar el hecho de que sus padres esperaban que ella pudiera tener hijos que se le asemejaran en carácter. Así, tan convencidos estaban de estas ventajas que les molestaba su vida de virgen. Porque si ella permanecía casta por amor de Cristo, temían que podrían perderla así como todo aquello que esperaban ganar a través de ella. No pensaban sino en los bienes del mundo considerando que si alguien carecía de los mismos y sólo buscase las cosas invisibles, se arruinaría. Pero nosotros vimos transformarse las cosas de manera diferente. Porque [Cristina] abandonó el mundo y se entregó como esposa a Cristo, el Señor, no defraudando su [propio] deseo [Salmos 7, 30]. Mientras que ellos, a posteriori, fueron abandonados por el mundo y tuvieron que refugiarse junto [a su hija] –a quien habían expulsado– encontrando así tanto la salvación de sus almas como la de sus cuerpos. En este aspecto Cristina destruyó las esperanzas de sus parientes...
21. Pero volvamos al curso de nuestra historia. Mientras Autti estaba aconsejándose secretamente con sus amigos sobre cómo acercarse al obispo, Cristina se preguntaba qué significaban estas reuniones secretas y, siendo suspicaz, según las costumbres de las mujeres, temía todo. Entretanto, mientras meditaba cómo oponerse a las conspiraciones que podrían realizarse contra ella, pensó cómo podría obstruir el camino que ellos tomarían. Envió a dos personas de gran autoridad: al mencionado Sueno, el canónigo y al capellán de su padre para que pidieran a su esposo que la liberara. Entre otras cosas, le recordó el pronunciamiento del obispo. Y le rogó que no luchara en vano contra [esta sentencia] puesto que había sido dada por tan importante autoridad. Cuando ambos hubieron agregado sus persuasivas palabras al mensaje de Cristina, Burthred, impulsado por el ejemplo precedente del obispo, replicó: "Si como vosotros decís – y vosotros sois los lugartenientes de Cristo– mi esposa no pide esto para casar con otro hombre sino para cumplir su voto a Cristo, entonces yo la absuelvo y de mi pecunia liberalmente la doto, de tal manera que si quiere entrar en un monasterio, podrá ser admitida sin dificultad". Ellos le dijeron: "Has hablado de manera prudente y piadosamente. Y para eliminar toda duda acerca del acuerdo de tu esposa acepta nuestra palabra que su virginidad permanecerá intacta. Por el momento, que tu substancia permanezca íntegramente para tí pero si liberas a tu mujer de este compromiso hazlo ahora ante nosotros como si ella no estuviera ausente sino presente". Y él así lo hizo. Cuando esto llegó a oídos de Autti y Beatriz los poseyó una increíble furia y profirieron insultos por su liberación tanto contra los intercesores como contra [Cristina], quien había impulsado este asunto. Juraron que un acuerdo semejante no podía ni debía ser válido porque esto había sido hecho sin su consentimiento. Y obligaron a Burthred a cambiar de opinión pero no sin gran esfuerzo. Luego de esto, hostigado, lo enviaron ante el obispo con el decano y otras personas mencionadas más arriba. Hablaron poco pero entregaron mucho dinero [al obispo], sobornándolo, inclinando fácilmente su corazón a su voluntad. Mas Cristina no conocía esto.
22. Poco después, por orden del obispo, Burthred y la virgen comparecieron ante [el obispo]. Cuando Burthred hubo presentado su caso, el obispo dijo: "Decídete, Cristina". Y ella, ignorando que él había sido corrompido y colocando su confianza en su precedente juicio replicó: "¿Qué parecer puede ser mejor para mí que el de Dios y el tuyo, muy sagrado padre?" "Esta es la respuesta correcta", dijo el obispo. Y la entregó a los calumniadores. Entonces ella fue enviada, una vez más, a la casa paterna. Y cuando Burthred se sentó ante ella, la insultó y se ufanó de que ella lo había llevado ante dos obispos, el de Durham y el de Lincoln y que no tenía intención de ser llevado ante un tercero. Ella suplicó y dijo: "Yo pido a Dios que este último juicio sea tan verdadero como el primero fue falso. ¿Por qué tú te jactas de haber tenido éxito cuando, con la ayuda de Dios, yo nunca he sido tuya y nunca lo seré, aunque me cortes en pedazos. Dime, Burthred, si tú esperas que Dios tenga piedad de tí: ¿si otro me tomara y me alejara de tí y se casara conmigo, que harías?" Él replicó: "Yo no lo toleraría mientras viviera. Inclusive lo mataría con mis propias manos si no hubiera otra manera de conservarte". Luego que él dijera esto, ella respondió: "Guárdate de tomar para tí a la esposa de Cristo, no sea que, en Su ira, te mate. Y luego de decir esto, se levantó para irse. El entonces la tomó por el manto para retenerla. Ella se movió mientras se alejaba, desprendió el manto del cuello y lo abandonó, como otro José [Gén., 39.12] en sus manos y escapó rápidamente a su cuarto privado.
23. Entonces su padre, grandemente airado, la despojó de todos sus indumentos, a excepción de su camisa y tomó las llaves que había puesto bajo su guarda. Decidió expulsarla esa noche, desnuda, de su casa. Autti era muy rico y siempre había confiado a Cristina su plata y oro y todos los tesoros que poseía. Turbado por la ira, teniendo las llaves en su mano, dijo a la doncella, despojada de sus vestiduras pero adornada con las gemas de la virtud: "Vete, tan pronto como puedas. Si tú quieres tener a Cristo, síguelo desnuda". Y él la hubiese expulsado esa misma noche si no hubiese estado allí un huésped que intercedió por ella. Pero [la joven], por su parte, prefirió irse aun desnuda y de noche, con tal que se le diera la libertad de servir a Cristo. Por lo que, apenas amanecido, abandonó la casa sin prevenir a nadie. Pero tan pronto como Autti conoció esto se apresuró [a ir] detrás de ella y la trajo contra su voluntad. Desde ese día, su madre, Beatriz, con el permiso de Dios pero con la instigación del demonio, desató toda su furia sobre su propia hija, no omitiendo ningún género de maldad
que ella pensara que pudiera perjudicar su integridad. Antes de esto, ella se había mostrado dura con Cristina pero, desde entonces, la persiguió con inusitada crueldad, a veces abiertamente, en ocasiones, en secreto. Inclusive juró que no le importaba quién desflorara a su hija con tal que, de alguna manera, dicha desfloración pudiera tener lugar. De ahí en más, ella gastó mucho dinero en viejas que hicieron pociones de amor y encantamientos para enloquecerla con deseos impuros. Pero aun sus pociones más potentes no surtieron efecto. Una judía intentó perjudicar a Cristina con encantamientos más poderosos que el resto. Ella entró en la casa de Autti y vio a la virgen que pasaba. Entonces le dijo a su madre, Beatriz: "Trabajamos en vano. Yo puedo ver dos fantasmas, como si fueran dos personas, vestidos de blanco, que la acompañan todo el tiempo y la protegen de todos los asaltos. Considero que, para vosotros, es mejor desistir que gastar el tiempo en vano". Pero Beatriz, en su obstinación, persistía en su maldad y como ella no podía quebrantar la voluntad de su hija, trató de lograr satisfacción en los oprobiosos sufrimientos que le infligía. En cierto momento, en un impulso, la sacó de un banquete, fuera de la mirada de los huéspedes, le arrancó los cabellos y la golpeó hasta el cansancio. Luego la llevó nuevamente –lacerada como estaba– a la presencia de quienes festejaban, presentándola como objeto de escarnio, dejando en su espalda tales cardenales, debido a los golpes, que no desaparecieron durante toda su vida.
24. En medio de esas angustias, Cristo quiso confortar a su esposa, darle consuelo a través de Su sagrada Madre. Esto ocurrió así. Una noche, mientras ella estaba durmiendo, le pareció que había sido llevada –con algunas otras mujeres– a un hermosísimo templo. En el altar se encontraba un hombre vestido con los ornamentos sacerdotales como si se preparara a celebrar misa. Éste se volvió e hizo señas a Cristina para que se acercara a él. Y cuando ella se acercó temblando, le ofreció un ramo de las más hermosas hojas y flores diciendo: "Recibe esto, querida, y ofrécelo a tu Señora". Al mismo tiempo señaló a una señora semejante a una emperatriz, sentada en una tribuna no lejos del altar. Con una genuflexión, Cristina ofreció el ramo a la señora que lo recibió de sus manos. Por su parte, la señora tomó una ramita y se la ofreció a Cristina diciendo: "Cuida esto por mí". Y luego le preguntó: "¿Cómo estás?" Ella dijo: "Mal, señora, ellos me han ridiculizado [Jer., 20,7] y me apremian por todos lados [Luc. 19, 43]. No hay suerte similar a la mía en lo relativo a dolores. Por lo que ni de día ni de noche puedo dejar de llorar ni de sollozar". "No temas", dijo. "Vete ahora, yo te libraré de sus manos… [Salmos, 30,16] y te llevaré a la claridad del día".
Así ella se retiró, llena de alegría, llevando en su mano derecha la pequeña rama de flores. Y he aquí que mientras descendía, Burthred permaneció postrado sobre el piso con la cara hacia la tierra y envuelto en una capa negra. Al ver que ella pasaba, extendió su mano y la retuvo. Pero [Cristina], tomando y apretando contra sí sus vestimentas –que eran blanquísimas y muy amplias– pasó sin ser tocada por él. Y tan pronto como ella escapó de él, [Burthred] la siguió con ojos torvos, gimiendo horriblemente, mientras mostraba su ira golpeando su cabeza con repetidos golpes en el piso.
25. Entretanto, la virgen miró hacia adelante y vio una cámara, elevada y tranquila a la que sólo podía llegarse por una serie de escalones, de difícil ascenso. Cristina tenía gran deseo de llegar hasta allí pero hesitó en razón de la dificultad. Inmediatamente, la reina –a quien hacía poco había visto– la ayudó y ella pudo llegar a la alta cámara. Una vez allí, mientras gozaba de la belleza del lugar, he aquí que la mencionada reina llegó y reclinó su cabeza en su regazo como si quisiera descansar pero con la cara vuelta hacia afuera. Esta posición de su cara se constituyó en fuente de inquietud para Cristina y no osando hablar, decía en su corazón: "¡Oh!, si me fuera permitido contemplar tu rostro". E inmediatamente la emperatriz volvió su cara hacia ella y dijo con gran afabilidad: "Tú puedes mirarme ahora y luego, cuando tú y Judith vayan a mi cuarto, podrás mirarme a saciedad". Luego de esta visión, ella despertó y encontró su almohada mojada con lágrimas. De tal manera, se convenció que, así como las lágrimas que había vertido en sueños habían sido reales, igualmente lo eran los demás hechos que ella había soñado. Desde ese momento, tú podías ver que ella estaba completamente cambiada. El inmenso gozo que sentía ante el pensamiento de su libertad, era propalado por la alegría de su rostro.
26. Entretanto, ella buscó y encontró una oportunidad de hablar con Sueno, partícipe de su secreto, pues no podía dejar de hacerle conocer [lo relativo a] esta nueva fuente de alegría. Ella le contó en detalle la visión. Luego Sueno relató esto a su prior Fredeberto. Entonces Fredeberto, llamando a Autti, le dijo: "Oye mi consejo y no resistas el juicio de Dios. No des a Cristina más penas sino respétala como esposa de Cristo porque si lo que yo he oído es verdad, todos aquellos que intenten perjudicarla de cualquier manera u oponerse a ella, pierden su tiempo". Y le explicó el motivo. Cuando Autti oyó esto, se sintió más perturbado que nunca como también todos lo que lo rodeaban. Pero los miembros de su casa una vez que despertaba su ira –como he dicho– no estaban dispuestos a desistir por motivo alguno. Al ver esto, la Virgen de las Vírgenes apareció una vez más a Cristina. Y ocurrió de esta manera. La doncella de Cristo se vio a sí misma serena e, inesperadamente, la reina de los cielos se presentó ante ella. Y mientras Cristina estaba mirando la belleza de su rostro y la contemplaba con gran afecto, Ella le dijo: "¿Por qué tú me miras con tanta insistencia? Yo soy la más grande de las mujeres. ¿Quieres saber cuán grande? Desde aquí para mí es fácil tocar la cima del cielo con la mano. Y debes saber que yo te he elegido de [entre los miembros de] la casa de tus padres y no solamente a tí sino también a un cofrade tuyo". Y nombró a cierto hombre quien, luego de su conversión, se convirtió en el monje más observante de nuestro monasterio. No revelaré aquí su nombre porque así me fue ordenado.
27. Como la pertinacia de los hombres ya mencionados no podía ser remediada, Sueno rogó a Cristo, día y noche, para que liberara a la afligida doncella. Y al fin, sus plegarias y lágrimas fueron escuchadas [Salmos, 6, 9]. Pues un día, mientras él estaba en el altar celebrando misa, oyó una voz que decía: "No temas, Sueno, yo liberaré a la mujer por quien tú oras. Y con tus propios ojos tú la verás y con tus labios hablarás con ella cuando esté libre y tu corazón se regocijará". Luego la voz calló. Entretanto, sin embargo, a la doncella no se le había escatimado ningún sufrimiento sino cada día se daban nuevos pasos para impedir su libertad. Pero no estaba lejano el día en que la divina promesa se cumpliría y en el cual se podría ver cuánta era la prudencia y la fortaleza de la virgen.
28. En la región vivía un hombre llamado Eadwin1 quien observaba vida religiosa en soledad. Cristina deseó conversar con él para recibir su consejo. Como el único camino para lograr esto era dando dádivas a los custodios, ella les dio dinero y habiendo recibido el permiso, envió un mensaje al hombre, con alguna aprehensión. Este llegó hasta ella furtivamente. Y, aprovechando la oportunidad, ambos hablaron brevemente en el tiempo y en el lugar permitidos. Ella le pidió consejo sobre su fuga. Luego de esta conversación, él partió y el asunto se disimuló. Entonces él pensó en varios lugares convenientes; sus pensamientos siempre volvían a un pariente suyo llamado Roger. Este Roger era, en ese momento, un hombre viejo, maduro en sabiduría, diácono en las órdenes sagradas, monje por profesión y –por la virtud de su sagrada vida– considerado como igual a los antiguos Padres. Era un monje de los nuestros pero vivía en un eremitorio aunque mantenía la obediencia a su abad. La posición del eremitorio donde residía estaba a mano derecha, cerca del camino que va de nuestro monasterio hacia Dunstable2. La divina generosidad había entregado este lugar a Roger; él había sido guiado [hasta allí] por intermedio de
ángeles. Pues cuando él retornó de Jerusalén encontró en Windsor a tres ángeles vestidos con blancas vestiduras y estolas; cada uno de ellos llevaba en la mano una cruz sobre la cual había velas encendidas. Desde allí lo acompañaron como entes visibles y lo llevaron al lugar del mencionado eremitorio, donde lo instalaron. Aquí él, a posteriori, soportó muchos sufrimientos pero, por otra parte, fue sostenido por el consuelo divino que le decía que no habría de temer los sufrimientos ya que vivía fielmente según los mandamientos del Señor. ¿Quien sufrió más violentas tentaciones del demonio o se le tendieron más trampas que a él? Pero armado con el poder de la cruz de Cristo, superó las primeras y escapó de las segundas. ¿Quién podría haber sido más cruel con su propia carne? Él no se concedió ningún placer3 y ponía toda su voluntad en progresar más y más en agradar a Dios. Su compasión respecto de los afligidos y sus miserias era tal que él no las hubiera soportado tan valientemente si él mismo se las hubiera infligido.
Hemos escrito estas pocas palabras sobre el anciano a manera de prefacio porque pensamos que son pertinentes a nuestra historia. El resto lo pasamos en silencio, tanto porque es difícil describirlo como porque no es necesario decirlo aquí. Hablaré de su espíritu de profecía y de su espíritu contemplativo en los cuales sobresalía.
29. Este anciano fue visitado sin vacilar por su primo Eadwin a quien hemos mencionado anteriormente. Este le pidió que tomara bajo su cuidado a la doncella de Cristo, porque él no se atrevía en razón de sus padres [de Cristina]. Además, ella provenía de una familia de antiguos e influyentes nobles ingleses y sus numerosos parientes se encontraban en todo el distrito de Huntingdon en varias millas a la redonda. Cuando el hombre de Dios supo que ella era de Huntingdon, interrogó con cuidado a su respecto pues deseaba saber acerca de su carácter y modo de vida. Por mucho tiempo él había esperado alguna noticia que llegara desde Huntingdon. En verdad, no sabía qué podía ser. Eadwin le contó toda la historia; el anciano lo escuchó atentamente. Pero cuando él le dijo que había estado casada, Roger, mirándolo con ojos torvos, preguntó airadamente: "¿Has venido aquí para enseñarme cómo disolver matrimonios? Vete rápidamente y considérate feliz si te vas sano y salvo, mereces una azotaina". Y lo echó fuera de la celda. Eadwin no sabiendo qué hacer al ver que a un hombre tal le horrorizaba la separación de los esposos, comenzó a desesperar y, tal vez, a arrepentirse de haber tomado a su cargo esta comisión. Y se habría vuelto de donde venía sin concluir el asunto si no hubiera
pensado en consultar al arzobispo de Canterbury para que diera su opinión en esta dificultad. En ese tiempo, el arzobispo4 era Ralph, un hombre profundamente versado tanto en derecho canónico como civil –como correspondía a un hombre de su posición– y grato a todos por su piedad.
30. Así Eadwin se dirigió a Canterbury para ver lo que el venerable padre decidía y de qué manera ejecutar [su consejo] para [beneficio] de todos. Llegó, pidió una entrevista con el arzobispo y fue introducido ante él. Cuando los demás que se encontraban allí se retiraron, el ermitaño quedó solo con el arzobispo y le contó paso a paso la vida de Cristina, cómo ella había hecho voto de su virginidad a Cristo en su infancia y cómo sus padres habían actuado a este respecto. No pasó en silencio su matrimonio pero explicó con qué engaño había sido llevada a esto, con qué compulsión. Al fin, él reveló la intención [de la joven] de tratar de escapar y pidió consejo sobre si era permitido o no. El obispo le preguntó sobre la inocencia de la doncella; el ermitaño replicó que ella estaba inviolada tanto en alma como en cuerpo. Entonces, como un verdadero servidor de Dios, [el arzobispo] se dolió por las angustias que afligían a la doncella pero, dando gracias a Dios por su perseverancia como un fortísimo soldado de Cristo, dijo a Eadwin: "Créeme, hermano, si esta maldita mujer por cuyas artimañas la doncella –de la cual estamos hablando– fue seducida para que contrajera matrimonio viniera a mí en confesión yo le impondría una penitencia tal como si ella hubiera cometido homicidio. La bendita virgen así desposada puede ser absuelta sin escrúpulo. Por lo tanto, yo la absuelvo ahora y como vicario de Cristo –el gran sacerdote, quien me ha dado el poder– la bendigo. Por consiguiente, la exhorto a perseverar en su voto de virginidad y ruego a Dios para que alcance completa resolución el angélico deseo que El mismo inspiró en ella. Pero tú, mi hijo Eadwin, no te detengas aquí sino apresúrate y socorre a la preciosa paloma de Dios en todo lo que pudieres tanto en obra como en consejo. Y el Señor sea con ambos".
31. Así, él partió alegremente y habiendo hablado con ermitaños en varios lugares en su viaje de regreso, se encaminó a Huntingdon. Cuando llegó encontró a Autti y a su esposa e hijos en el monasterio de Nuestra santa Madre de Dios. Cristina también estaba con ellos, custodiada por los ojos de todos. Así sucedió que, aunque ella veía a su salvador, no podía hablarle. Por lo tanto, no osó insinuar nada aunque ella estaba deseosa de conocer qué había sido decidido en su favor en este viaje –según se me refirió a mí a posteriori–, si ella tendría ocasión de hablar con el ermitaño. Si hubiera tenido una pieza de oro tan grande como el monasterio, ella
daría el dinero sin hesitación con tal de hablar con él en este momento. Volvió triste a su casa, con sus padres, y acudió a su hermana Matilde para que, al día siguiente, fuera a buscar a Eadwin a fin de que viniera pero Matilde la rechazó de manera concluyente. Sin embargo, luego de haber ofrecido un presente, logró permiso de hablar algunas palabras con el servidor del hombre. Este servidor había acompañado a Eadwin en el viaje y conocía todo lo que su señor había hecho. La doncella –al saber que había varios lugares posibles para ella como refugios y lugares ocultos– eligió Flamstead5 porque estaba cerca [de la ermita de] Roger, cuyos servidores, a menudo, visitaban a una reclusa que allí residía llamada Alfwen, una mujer muy amada por Roger a causa de su santidad. Y mientras hablaba con ella, el servidor dijo: "Deseo que vengas conmigo fuera de la ciudad". Ante estas palabras, Cristina enrojeció y se confundió, no sólo porque consideraba indigno –como hija de Autti– encontrarse en el campo con un joven semejante sino también porque sería muy difícil burlar la vigilancia de sus custodios. Pero aceptó su evidente buena voluntad hacia ella y le ordenó: "Ve y di a tu señor que preparen los caballos, uno para mí y otro para ti, en un momento preciso". Y fijó el día de la semana. "Cuando amanezca, espera por mí en aquel prado que está más allá". Y señaló un punto con el dedo. "Yo iré a tu encuentro. No te confundas y tomes a otra persona por mí. Y cuando el caballo esté preparado, por esta señal me reconocerás. Yo colocaré mi mano derecha en mi frente con el índice levantado. Cuando tú veas esto, pon el freno a los caballos inmediatamente. Y si yo retardase debes entender que estoy esperando el momento oportuno. Pues ese día mi padre y mi madre irán –como de costumbre– a hablar con Guido. Este Guido habitaba en soledad a unas seis millas de la ciudad. Guardando todas estas cosas en su corazón, el servidor volvió y refirió todo esto a su señor. Él se sintió complacido, preparó los caballos y todo lo necesario.
32. Llegó el día esperado. Luego que sus padres se fueron al campo, Cristina salió hacia el río, observando la pradera para ver si veía a su cómplice. Cómo no lo vio, ella lo atribuyó a su pereza y se dirigió a la iglesia de Santa María Virgen para recibir el permiso de Sueno de partir. Al no encontrarlo, cumplió con todas las demás cosas por las que había ido, esto es, oró a Dios para que su compañero viniera pronto y para que el viaje en que se embarcaría tuviera éxito. Luego, se dirigió a la casa de su tía cuyo afecto ella había ganado por medio de presentes no sólo para que no la
traicionara sino para que la ayudara a escapar. Y así sucedió que bajo sus ojos [de ellos]; por así decir, ella ambulaba libre de vigilancia. Cuando se dolió por la tardanza de su compañero, recibió consuelo de su tía. Y con sus ojos fijos todo el tiempo en el prado de más allá del río –temiendo el regreso de sus padres a cada minuto– volvió nuevamente a la iglesia de la beatísima María. En su camino, encontró al alcalde de la ciudad acompañado de algunos ciudadanos. El la tomó por el manto y le preguntó si se proponía escapar. Ella sonrió y dijo: "Sí". "¿Cuándo?" dijo él. "Hoy", replicó ella. Y cuando él la dejó, entró en la iglesia. Y cayendo sobre su rostro, oró con gran contrición en su corazón: "¡Oh!, Señor mi Dios, mi única esperanza, quien escruta los corazones y las entrañas [Cfr. Apoc. 2.23], el único a quien deseo agradar ¿te place a Tí que yo me vea privada de mi deseo?" [Cfr. Salmos 77.30]. Si hoy no me liberas me sentiré abandonada en el mundo, preocupada por las cosas mundanas y sobre cómo complacer a mi marido [1 Cor. 7.34]. Mi único deseo, según Tú conoces, es agradarte a Tí únicamente y estar unida a Tí por toda la eternidad. Pero si ésta es tu decisión se verá claramente si hoy Tú me conduces fuera de la casa de mis padres y de mis parientes [Gén. 24.40], para no volver nunca. Porque es mejor para mí no abandonar esto que volver como un perro a su vómito [Prov. 26.11]. Pero tú verás lo que es más provechoso para mí, yo deseo [realizar] no mi voluntad sino la tuya para siempre. Sea bendito tu nombre por los siglos de los siglos [Salmos, 71,17]. Cuando ella hubo dicho esto, se levantó y abandonó la iglesia.
33. Y escudriñando el prado de más allá del río una vez más y no viendo al hombre que esperaba, ella dirigió sus pasos a su casa y se sentó entre las servidoras de su madre, triste en su corazón y agotada por el desaliento. Comenzaba a perder la esperanza cuando, de improviso, [sintió] algo dentro de sí parecido a un pequeño pájaro lleno de vida y alegría, la conmovió con su revoloteo y lo sintió volar hasta su garganta al tiempo que decía estas palabras: "Teodora, levántate. ¿Por qué tardas? He aquí Loricus" (éste era el nombre del muchacho). Asombrada ante esta voz inusual, ella tembló y miró a su alrededor para ver si alguien sentado junto a ella había oído esto. Y cuando vio que todos estaban ocupados en sus obligaciones, se levantó en seguida confiando en el Señor. Inmediatamente –tomando una vestimenta masculina para disfrazarse de hombre– salió fuera con una capa talar que le llegaba a los talones. Pero cuando su hermana Matilde vio que salía –pues la reconoció por sus vestimentas– la siguió. Cristina, advirtiendo esto, se dirigió a la iglesia de nuestra bendita María, siempre virgen. Pero, cuando se marchó, una de las mangas de fustán de la vestimenta masculina, que estaba oculta bajo la capa, cayó al suelo no sé si por descuido o a propósito, no lo sé. Y cuando Matilde vio esto, dijo: "¿Qué es esto, Teodora, que tú estás arrastrando por el suelo?" Pero ella replicó con aire inocente: "Querida hermana, toma esto contigo cuando vuelvas a la casa porque me estorba". Y así ella entregó un velo y las llaves del padre, agregando: "Y éstas también, dulce alma mía, de manera que si nuestro padre vuelve entretanto y desea tomar algo del arca, no se enoje porque se hayan perdido las llaves". De esta manera, poco a poco, apaciguó la sospecha de Matilde y salió como si fuera hacia el monasterio y luego volvió sus pasos hacia el prado.
34. Y haciéndose conocer al levantar el dedo hacia la frente, ella se dirigió hacia su compañero y los caballos preparados. Y asiendo uno de ellos se detuvo, muy avergonzada. ¿Por qué dilatar esto, ¡oh! fugitiva? ¿Por qué respetar tu sexo femenino? Con ánimo viril montó el caballo como un hombre. Así, dejando de lado la pusilanimidad, montó el caballo como si fuera un joven y, espoleando los flancos, dijo al servidor: "Sígueme a distancia porque temo que si tú cabalgas conmigo y somos aprehendidos quieran matarte". [Al partir] era casi la hora tercia6 y cerca de las tres de la tarde llegaron a Flamstead, habiendo recorrido 30 millas en ese tiempo. En ese lugar7 fue muy bien recibida, con alegría, por Alfwen, la venerable reclusa y, en el mismo día, vistió el hábito religioso. Y ella, que estaba acostumbrada a llevar vestidos de seda y lujosas pieles en casa de su padre, ahora se cubrió con una ruda vestimenta. Oculta, fuera de la vista, en una cámara muy oscura, apenas suficientemente grande para alojarla, permaneció escondida por mucho tiempo, alegrándose en Cristo. Y en ese día, tomó como lectura cinco versículos del salmo 37, el primero de los cuales dice: "Señor, ante Tí está todo mi deseo". Un pasaje verdaderamente oportuno ya que describe el estado de ánimo del lector. Repitió a menudo [este texto], lamentando a cada momento su propia debilidad y ceguera y también la violencia y los engaños de sus padres, amigos y parientes, quienes trataban de aprehender su alma [Salmos 37, 10]. Pero antes que nada ella oró para que el Señor la liberara de todos ellos. Para que, sin miedo, pudiera servirlo en santidad y justicia todos los días de su vida [Lucas, 1,75]. Entretanto, sus padres habían vuelto del eremitorio y, al no encontrar a su hija ni en la casa ni entre las reclusas de Huntingdon ni en el monasterio de Nuestra Señora, llegaron a la conclusión de que había huido. Pero adónde, lo ignoraban. De tal manera, rápidamente despacharon a gentes por todos los caminos que llevaban a Huntingdon con órdenes de perseguirla, apresarla y traerla a su casa con deshonra y matar a quien estuviere en su compañía. Desenfrenadamente –algunos [de los enviados]– se dirigieron en una dirección y otros en otras. Mientras, su esposo Burthred, sospechando que ella se había refugiado junto a Roger, el ermitaño, fue hacia allí y preguntó con insistencia a uno de los discípulos [de Roger] si conocía a alguna mujer que estuviera allí, ofreciéndole dos sueldos si le indicaba dónde estaba. Con indignación el hombre replicó: "¿Quién crees que eres tú, esperando encontrar aquí a una mujer a esta hora? Difícilmente se puede hallar una aquí en pleno día y acompañada. ¿Y tú buscas una muchacha antes de romper el día?" Al oír esto, él se apresuró a ir a Flamstead para hablar con la venerable Alfwen y recibió esta respuesta: "Deja, hijo mío, deja de imaginar que está aquí con nosotros. No es nuestra costumbre dar refugio a esposas que huyen de sus maridos". El hombre, desilusionado por esto, partió y resolvió no emprender nunca más una misión semejante.
35. Ese mismo día, mientras Roger estaba sentado a la mesa para tomar su alimento, cerca de las tres de la tarde, su servidor le dijo: "No te conocía bien aquél que –antes del día– esperaba encontrar aquí a una doncella". "¿Quién era?" preguntó. "No lo sé", replicó el sirviente "pero venía de Huntingdon y estaba buscando a una doncella de noble familia quien, según me dijo, había huido de su padre y de su marido". Entonces Roger suspiró y ordenó que la mesa fuera quitada y, en ayunas, se dirigió rápidamente a su oratorio, donde noche y día, exhalando gemidos y con llantos ya no comió ni bebió hasta que –agotado por la tristeza– cayó sobre su jergón: "Sé, Señor omnipotente y juez muy riguroso que Tú demandarás su alma de mis manos [Cfr. Ge. 9,5.]. Yo sabía que ella tenía buena voluntad pero era incapaz de darle mi ayuda cuando me la pidió. Y ahora alguien, instigado por el diablo, habiendo astutamente ganado su confianza, la raptó y la perdió a ella, incauta". Y él no encontró descanso mientras ignoró lo que le había ocurrido a Cristina, oró sin cesar al Señor para que le enviara una señal sobre esto.
36. Luego de algunos días, uno de los sirvientes de la casa, llamado Ulfwino, partió –como era su costumbre– para hablar con la venerable Alfwen. Al escuchar lo que le dijo de la llegada y del ocultamiento de Cristina volvió y narró toda la historia a su señor Roger. Cuando Roger escuchó esto, exultante, dio gracias a Dios y dijo a Ulfwino: "Hoy me has sacado del infierno. Bendigamos al Señor de Sión que hizo el cielo y la tierra" [Salmos, 133,3]. Luego, cuando Sueno, el canónigo, conoció lo relativo a la partida de Cristina increpó a la madre de la doncella por haber hecho que ésta huyera, por quien el Señor Dios había bendecido su casa. "Debes saber –dijo– que tu casa sufrirá muchas adversidades en el futuro, especialmente por un terrible fuego". Muchas cosas se cumplieron de acuerdo a las palabras del hombre de Dios. Mientras todo esto ocurría, fue dicho a Alfwen –y por su intermedio a Cristina– que el joven hombre que la había ayudado a escapar estaba siendo buscado por sus parientes para castigarlo o, inclusive, matarlo. Todos sus amigos se entristecieron y comenzaron a orar al Señor por la salvación del joven. Y he aquí que una noche, mientras Cristina estaba apenas despierta, él apareció de pie a su lado con aspecto resplandeciente y le reprochó por los inútiles miedos en relación con quienes la buscaban y la exhortó a poner su confianza en el Señor, Su protector. A la mañana siguiente, cuando ella contó la visión a Alfwen, quien la ocultaba y predijo que estaría a salvo, llegó un joven diciendo que [el servidor de Eadwin] se había desligado del vínculo carnal por medio de una feliz muerte. Supieron ellos entonces que quien había aparecido tan bello y que había aconsejado confiar en Dios y no tener miedo de los hombres estaba ahora compartiendo la compañía de los elegidos.
37. A despecho de esto, ella tuvo otra visión que la confortó. Se vio a sí misma de pie en tierra firme ante un amplio y pantanoso prado lleno de toros con cuernos y caras amenazantes. Y al tiempo que trataban de pisar con sus pezuñas el pantanoso suelo para atacarla y destrozarla, sus patas se hundían más y más en el suelo de manera que no se podían mover. Mientras ella veía esto, asombrada y estupefacta, oyó una voz que dijo: "Si tú permaneces firme en el lugar en que estás no tendrás motivo para temer la ferocidad de estas bestias. Pero si retrocedes un paso, en el mismo momento caerás en su poder". Ella despertó e interpretó que el lugar aludía a su resolución de permanecer virgen: los toros eran demonios y hombres impíos. Concibió una gran confianza, se sintió invadida por un gran deseo de santidad y dejó de lado el miedo a las amenazas de sus perseguidores. Entretanto, su existencia escondida y pacífica irritó al demonio: ella leía y cantaba los salmos día y noche y esto era un tormento para él. Porque aunque en su escondite ella se encontraba oculta a los hombres, nunca pudo escapar de los demonios. Y así aterrorizaban a la reverenda servidora de Cristo, sapos irrumpían en la cárcel con toda clase de deformidades para distraer su atención. Aparecían súbitamente, con sus grandes y terribles ojos, se sentaban aquí y allá, insolentes, en medio del salterio que quedaba abierto en el regazo de la esposa de Cristo para ser usado permanentemente. Cuando ella no se movía ni dejaba de salmodiar se iban; es de creer que eran demonios, especialmente porque aparecían de manera inesperada. Y como la celda estaba cerrada con llave no era posible ver de dónde venían o cómo entraban y salían.
38. Luego que Cristina pasara dos años en Flamstead se hizo necesario que se fuera a otro lado. Y mientras su partida estaba siendo preparada, una melodía de vírgenes que cantaban laudes al Señor fue escuchada por los compañeros de Roger, Leofricus y Acio, su amigo. Se admiraron de esto y [se sintieron] encantados por la melodía, [las voces] no cantaban alternativamente como era costumbre sino cantaban el mismo verso al unísono. Al final del verso hacían silencio y oían que el verso siguiente era entonado con una dulce melodía por otro coro. A menudo, un salmo completo podía ser cantado, de esta manera, por los hombres y las doncellas. Ellos pasaron mucho tiempo tratando de entender su significación que, al fin, fue revelada a Roger, parcialmente, en la plegaria. De inmediato llamó ante sí a Acio y Leofricus y les dijo: "Preparaos y aseguraos diligentemente para que la visita de Dios os encuentre dignos. Porque yo estoy seguro que Dios pronto visitará este lugar ya que hacia aquí se está dirigiendo alguien que El ama mucho. No sé qué es. Todo lo que sé es que es mucho más querido para Dios que nosotros pecadores". Unos días después, mientras Roger estaba recordando la incomodidad que Cristina había sufrido en Flamstead no sólo con paciencia sino con alegría y juzgando por estas y sus otras virtudes que ella estaba muy enraizada y firme en el amor de Dios [Efesios, 3,17] decidió que ya no podía negarle su asistencia. Y así él la hizo venir a una celda cerca de la suya a despecho de la oposición de Alfwen. Sin embargo, él no se permitió verla o hablar con ella sino indirectamente a través de Acio, para no ser acusado por Alfwen ante el obispo como causa de una disensión. Sin embargo se vieron ese mismo día y esto ocurrió de esta manera. La virgen de Dios yacía postrada en la capilla del anciano con su rostro vuelto hacia el suelo. El hombre de Dios pasó sobre ella porque, con su rostro vuelto, no se la veía. Pero así como pasó miró hacia atrás, consideró cuán modestamente la doncella de Cristo se había preparado para orar, como él pensaba que debían hacerlo quienes rezaban. Empero ella, en el mismo instante, miró hacia arriba para observar el rostro y aspecto del anciano porque consideraba que en ellos aparecían rasgos de su gran santidad. Y así ellos se vieron uno al otro pero no a propósito ni tampoco por casualidad sino, como luego apareció claro, por voluntad divina. Pues si ellos mutuamente no se hubieran visto no hubieran pensado vivir uno con el otro en el confinado espacio de esta celda, ellos no habrían vivido juntos, no hubieran estado estimulados por análogo deseo, ni hubieran logrado tanta excelsitud en los cielos.
Sin embargo, el fuego que había sido encendido por el espíritu de Dios y que ardía en ambos, lanzó sus chispas en ambos corazones merced a la mirada mutua. Por ello, formando un solo corazón y una sola alma [Hechos, 4. 32], en castidad y caridad en Cristo, ellos no temieron vivir juntos bajo el mismo techo.
39. Además, su afecto –al vivir juntos e incitarse uno al otro a luchar por [alcanzar] cosas más altas– crecía día a día como una gran llama originada a partir de dos ramas unidas. Así, cuanto más fervientemente anhelaban contemplar la belleza del Creador más felices reinaban con El en la gloria suprema. Y así, sus grandes progresos los indujeron a vivir juntos. Pero ellos actuaron cautamente para que no fuera conocido, por temor al escándalo de los inferiores y el odio de quienes perseguían a la doncella de Cristo. Cerca de la capilla del anciano y junto a su celda había un cuarto unido a ella en ángulo. Añadió una tabla de madera colocada adelante, tan disimulada que nadie que mirara desde afuera podía ver si alguien estaba adentro, puesto que el espacio no era mayor de un palmo y medio. En esta prisión, Roger albergó a su gozosa compañera. Frente a la entrada colocó, como puerta, un leño tan pesado que la reclusa no lo hubiera podido mover ni retirar. Y así, confinada de esta manera, la doncella de Cristo estuvo sentada en una dura piedra –oculta inclusive para aquéllos que habitaban con Roger– hasta la muerte de éste que se produjo más de cuatro años después. ¡Oh! ¡Cuantas incomodidades tuvo ella que soportar, de frío y calor, de hambre y sed, ayunos cotidianos! Lo angosto del lugar no permitía el necesario abrigo cuando ella tenía frío. La pequeña abertura no permitía el refrigerio cuando hacía calor. Debido al largo ayuno, sus intestinos se contrajeron y sangraban. A veces, estas cosas eran intolerables puesto que no podía salir afuera a la noche para otras cosas necesarias impuestas por la Naturaleza. Inclusive cuando ella lo necesitaba, no podía abrir la puerta por sí misma y Roger, de ordinario, tardaba. Así le era necesario estar sentada, sufrir tormentos y quedarse quieta8 porque si ella deseaba que Roger acudiera tenía que llamarlo o golpear. Pero ¿qué podía ella hacer desde su lugar oculto cuando apenas podía respirar? Temía que alguno –a excepción de Roger– pudiera estar cerca y –escuchando su respiración– descubriera su lugar secreto. Y ella hubiera antes muerto en la celda que hacer conocer su presencia en este momento.
40. Sufrió estas y otras muchas incomodidades por un largo tiempo, [debido a eso] ella se vio afectada por muchas enfermedades que se hacían más severas día a día al punto que llegaron a ser incurables. Aun cuando ninguna medicina humana podía llevarle alivio –como nosotros vimos muchos años después– sanó por una inaudita gracia de Dios. Ella soportó todas estas ansiedades e incomodidades cotidianas con la dulce calma del celestial amor; oró mucho en los momentos de la noche cuando estaba libre para dedicarse a la oración y a la meditación contemplativa, como el amigo de Dios, Roger, le había enseñado tanto con la palabra como con el ejemplo. Además, él la adoctrinó sobre secretos celestiales apenas creíbles. El se mostraba como si sólo su cuerpo estuviera en la tierra mientras toda su mente se replegase en el cielo9. Tal vez alguien crea que esto es falso si no añado una prueba que confirme lo que digo. Aquella de quien estamos escribiendo y que era la compañera del anciano me contó que, a veces – cuando él estaba arrebatado en la plegaria– su concentración era tan intensa que el demonio, invisiblemente, encendía un fuego visible a la casulla que pendía de su dorso cuando él oraba y que incluso eso no lo distraía. ¿Piensas tú que éste podría haber sido el fuego que ardía en el interior de su espíritu al punto de hacer insensible su cuerpo al fuego material que ardía afuera? Debe creerse que Cristina no estaba menos encendida cuando ella se encontraba al lado del hombre en plegaria. No pasaba día sin que él la condujera a su capilla para orar. ¡Oh! ¡Cuantas lágrimas se derramaban allí de celeste deseo, con qué raras delicias de interna alegría ellos se regocijaban!
41. Al principio, ellos temían y, a menudo, esto perturbaba su alegría. [Temían] que Cristina, por casualidad, fuera descubierta en su compañía y pudiera ser arrebatada por orden del obispo y puesta en manos de su esposo para que actuara como quisiera. Porque el viejo enemigo no descansaba de importunar a ambos [obispo y esposo] y a otros que estaban asociados con ellos, a quienes siempre agitaba la vehemente pasión de la indagación. Por ello, [la joven] invocaba con insistencia la misericordia de Dios sobre este asunto. Y no sin efecto. Porque en el día de la Anunciación de Nuestro Señor, mientras que Cristina estaba sentada en una piedra, reflexionando acerca de la insania de sus perseguidores [Salmos, 44.3] entró bajo una bellísima forma el Hijo del Hombre a través de la puerta cerrada, llevando en su mano derecha una cruz de oro. Ante esta aparición, la doncella se aterrorizó. Pero él disipó su miedo con estas reconfortantes palabras: "No temas". Y dijo: "Porque yo he venido no para acrecentar tus miedos sino para darte confianza. Toma pues esta cruz y tenla firme, no la inclines ni a derecha ni a izquierda. Tenla siempre derecha mirando hacia arriba y recuerda que yo fui el primero en cargar la misma cruz. Todos aquellos que quieran viajar a Jerusalén deben cargar esta cruz". Luego de decir esto, le entregó la cruz prometiendo que, luego de un corto tiempo, volvería para retomarla. Y luego El se desvaneció. Cuando Cristina contó su experiencia a Roger, el hombre de Dios, entendió su significación y comenzó a llorar de alegría diciendo: "Bendito sea Dios que siempre ayuda a los humildes en todo momento". Y dijo a la doncella en inglés: "Regocíjate conmigo, mi sunnendaege, dohter" que en latín sería "mi hija del domingo" porque así como el domingo es más excelente que otros días de la semana en dignidad, así él amaba a Cristina más que a todas las otras que Cristo generara y nutriera. "Regocíjate conmigo –dijo él– ya que por la gracia de Dios tus tribulaciones pronto terminarán. Y ésta es la interpretación: la cruz que tú has recibido como una señal te será quitada muy pronto". Y esto ocurrió como el hombre de Dios lo había anunciado.
42. Dos días después –esto es, el 27 de marzo– el día en el cual el Redentor del mundo resucitó de entre los muertos10, Burthred llegó a la celda de Roger con sus dos hermanos, uno canónigo, el otro laico, pidiendo humildemente ser perdonados. Reconoció y confesó que había pecado gravemente contra él y en particular contra la doncella Teodora. Y ahora él venía –dijo– a absolverla de los votos matrimoniales y a someterse él mismo a la guía del anciano. El declaró que había sido amonestado por la reina del mundo, María, madre de Dios quien, dos noches antes, se le había aparecido en una visión terrorífica, reprochándole duramente la innecesaria persecución de la sagrada doncella. Roger –considerando que las dos personas que lo acompañaban no eran de alta posición– prudentemente ofreció y obtuvo un plazo de pocos días mientras él mismo pensaba sobre el tema y mientras Burthred encontraba otros testigos. Al final del plazo, Burthred retornó y –de acuerdo al precepto que había recibido– liberó a su mujer, colocando su mano derecha en la mano derecha de Roger y prometiendo y confirmando la absolución [de Cristina] frente a estos sacerdotes: el llamado Burthred, quien los había casado, Roberto, deán de Huntingdon11 y Ralph de Flamstead [Salmos 54, 23] y ante cinco eremitas que habían vivido con Roger. Ante esto, el hombre de Dios se sintió más seguro y tomó fuerzas de las innumerables virtudes que él había probado que Cristina poseía y concibió la idea de dejarla como sucesora de su eremitorio. Por lo que él habló varias veces con ella sobre este punto. Y aunque ella temía que esto estuviera por sobre sus capacidades, no rehusó pero tampoco dio su consentimiento. Ella actuó de la manera usual y colocó tanto esto como su propio cuidado en manos del Señor [Salmos 54, 23] y de la Virgen María. Entretanto, sucedió algo más maravilloso que cualquier milagro. Porque en una ocasión en que ella estaba orando y vertiendo lágrimas por su deseo celeste fue imprevistamente raptada a los cielos más allá de las nubes, donde ella vio a la Reina de los cielos en un trono y ángeles gloriosos a su alrededor. Su esplendor superaba al del sol como en mucho el brillo del sol excede al de las estrellas. Y tampoco la luz de los ángeles podía compararse con la luz que rodeaba a la que había engendrado al Altísimo. ¡Cuán grande sería el brillo de su cara para que superase el de todos los demás! Ella [Cristina] miró primero a los ángeles y luego a la Señora de los ángeles y, por algún maravilloso medio, pudo ver a través del esplendor que acompañaba a la Señora mejor que a través del brillo que rodeaba a los ángeles, cuando [,en general,] debido a su debilidad, la mirada humana ve los objetos más brillantes con mayor dificultad que las cosas más claras. Y así ella contempló Su rostro más claramente que el de los ángeles. Y como contemplara su belleza muy fijamente y la mirara con deleite, la Reina se volvió a uno de los ángeles que allí estaban y dijo: "Pregunta a Cristina qué quiere pues le concederé lo que pida".
43. Por fin, Cristina estuvo ante la Reina y claramente oyó lo que Ella hablaba con el ángel. Y cayendo en tierra supina abarcó, de una sola mirada, todo el mundo. Y ante ella –cuando volvió sus ojos hacia Roger– la celda y el oratorio de éste brillaban y dijo: "Deseo que se me otorgue este lugar para habitarlo". "Lo tendrás ciertamente –replicó la Emperatriz– y aun más si quieres". A partir de esto, ella entendió que podría suceder a Roger como ocupante de ese lugar. Consecuentemente, Roger se mostró ansioso tanto ante Dios como ante los hombres para proveer de un patrono que acudiese a las necesidades de la vida de su sucesor. Al final, él recordó al obispo Thurstan de York12 porque favorecía las sagradas vocaciones. Entonces envió a preguntarle qué pensaba hacer acerca de Cristina. Thurstan solicitó mantener una entrevista privada con la doncella. Entonces, el anciano envió a Godescaldo de Caddington13 y a su mujer –gentes muy cercanas a su corazón y de buena familia– que vivían en feliz matrimonio bajo la dirección de Roger.
Él les explicó por qué camino y por qué razón él deseaba que condujeran a Cristina a Redbourn14. Cuando ellos aceptaron el encargo y recibieron permiso para partir, el hombre de Dios les dijo: "Id seguros puesto que yo oraré por vosotros y para que no tengáis contratiempos puesto que os tomáis trabajo por Dios y su doncella". Ellos partieron pues, montados en un solo caballo. Y ocurrió que, cuando estaban ascendiendo por un camino del bosque, la cincha se soltó y los cabalgantes cayeron. ¿Qué debían hacer? La noche había caído, el caballo había huido, ellos estaban abrumados por la edad y completamente solos; inclusive si hubiera sido de día ellos no lo hubieran podido apresar. Al fin, dejaron la silla donde estaba puesto que no la podían trasladar y comenzaron a caminar como pudieron. Pero, cuando se sintieron cansados, se contristaron diciendo: "¿Dónde está la promesa de Dios?" Antes de terminar la frase he aquí un caballo con freno y silla parado ante ellos, quieto como un cordero, cerca de un tronco caído que parecía puesto a propósito para ayudar a los servidores de Dios a montar. Cuando ellos vieron esto, dieron gracias a Dios y a su servidor Roger y montando, se dirigieron hacia su casa. A la mañana siguiente, Godescaldo fue a lo de Roger, tomó a Cristina con él y la llevó secretamente ante el obispo en Redbourn. Él habló privadamente con ella por largo tiempo y al conocer lo que era necesario, la tuvo durante un tiempo bajo su custodia [Juan 19.27] le hizo una promesa que luego cumplió, a saber, la anulación de su matrimonio, la confirmación de su voto y el permiso para su marido de casarse con otra mujer, merced a la licencia apostólica. Después la despidió. Cristina permaneció luego con Roger hasta la muerte de éste en su eremitorio. Pero cuando él se fue a los cielos donde quedó en paz luego de muchas tribulaciones, fue imperativo que Cristina partiera para evitar la furia del obispo de Lincoln. Así huyendo, primero ella se escondió en varios lugares secretos, [luego] el arzobispo la encomendó a un cierto clérigo, muy amigo de él, cuyo nombre es necesario que calle. El era a la vez un religioso y un hombre poderoso en el mundo. Confiando en este doble status, Cristina habitaba con él. Y ciertamente, al comienzo, ellos no pensaron en nada [malo] uno del otro, sólo experimentaban un casto y espiritual amor. Pero el demonio, el enemigo de la castidad, no sufrió esto por mucho tiempo, encontró oportunidad en su prieta compañía y en el sentimiento de seguridad para insinuarse primero furtivamente y luego con engaño, ¡ay! asaltándolos más abiertamente. Y lanzando sus dardos encendidos, llevó a cabo sus ataques tan vigorosamente que superó por completo la resistencia del hombre. Pero no pudo pervertir a la doncella aunque asaltó su carne con incitaciones al placer y su mente con impuros pensamientos. Él utilizó a la persona que la estaba alojando para ejercer pésimas artes e insidias contra ella. A veces, el mísero hombre –exaltados sus sentidos por la pasión– aparecía desnudo ante la joven y actuaba de manera tan escandalosa que no puedo darlo a conocer porque ensuciaría la cera al escribirlo y el aire al decirlo. A veces, él la adoraba inclinándose hasta la tierra para que lo viera y tuviera compasión de su miseria. Pero ella lo censuraba por mostrar tan poco respeto por su vocación y con duros reproches silenciaba sus súplicas. Y aunque ella misma estaba luchando con esta mísera pasión, prudentemente pretendía que no estaba perturbada por ello. Por lo que él, a veces, decía que la joven se asemejaba más a un hombre que a una mujer aunque ella –por sus cualidades de virago– podía, más justificadamente, tildarlo a él de mujer.
44. ¿Quisieras tú conocer cuán virilmente se comportó ella en tan inminente peligro? Violentamente resistió los deseos de su carne. Y no los exhibió ni mostró sus propios miembros que hubieran podido convertirse en armas de iniquidad contra ella [Rom 6.13]. Largos ayunos, alimento modesto y sólo de hierbas crudas, una medida de agua como bebida, noches insomnes, severos azotes. Y lo que era más eficaz de todo eso... pruebas que desgarraban y domeñaban su lascivo cuerpo. Invocaba a Dios sin cesar para que no le permitiese a ella –que había hecho voto de virginidad y había rehusado el lecho matrimonial– perecer por siempre. Sólo una cosa le traía alivio, la presencia de su protector porque entonces su pasión disminuía ya que, en su ausencia, ella solía estar tan internamente inflamada [al punto de pensar] que las vestimentas que cubrían su cuerpo podían incendiarse. Si eso, por azar, hubiera ocurrido en su presencia, la doncella tal vez hubiese sido incapaz de contenerse. Un día, cuando ella se dirigía al monasterio, el clérigo, su espíritu maligno, se le apareció bajo la forma de un enorme, salvaje, repugnante, peludo oso, tratando de impedir que ella entrara en el monasterio pues nada repelía sus ataques tan efectivamente como las plegarias y las lágrimas de la humilde y ascética doncella. Pero como ella siguiera su camino, en la tierra se abrió un hoyo en que – desesperado– desapareció su enemigo... Resultado de esto fue que ella estuvo enferma por más de dos semanas.
45. Ni aun entonces el impúdico clérigo cesó de importunar a la enferma doncella con tanta intensidad como cuando ella se encontraba bien. Al fin, una noche, mientras dormía, se le aparecieron –terribles– tres santos: Juan, el evangelista, Benito, fundador del monacato y María Magdalena. De estos, María –por la cual el presbítero tenía particular veneración– lo miró con duros ojos increpándolo por la impía persecución [que realizaba respecto] de la esposa elegida por el altísimo rey. Y, al mismo tiempo, lo conminaba que no la molestara más puesto que, en caso contrario, no podría escapar de la ira del Omnipotente y de la condena eterna. Aterrorizado por la visión y despertando del sueño, se dirigió a la doncella con una actitud diversa, revelando lo que había visto y oído, pidiendo y obteniendo su perdón; luego cambió su modo de vida. Sin embargo ni esto ni ninguna otra cosa fue suficiente para enfriar la pasión de la virgen. Y así, luego que ella hubo pasado mucho tiempo en constante lucha contra su infatigable enemigo, disgustada de este funesto alojamiento, retornó a la agradable celda que le diera la Reina de los cielos en un lugar solitario donde pasaba día y noche en oración, llorando, gimiendo y pidiendo ser liberada de tentación. Inclusive en la soledad ella sintió sus estímulos. Entonces, el hijo de la Virgen consideró la humildad de su servidora [Lucas, 1.48] y le llevó consuelo por medio de una gracia inaudita. Porque bajo la forma de un pequeño niño Él llegó a los brazos de su probada esposa y permaneció allí durante todo un día, no sólo sensible sino también visible. Así, la doncella lo tocó con sus manos y, dando gracias, lo apretó contra su pecho. Con inconmensurable delicia ella lo mantuvo contra su pecho virginal y él entró dentro de ella a través de la barrera de la carne. ¿Quién podría describir la enorme suavidad [Salmos, 144.7] que la servidora experimentó por la condescendencia del Creador? Desde ese momento el fuego de la lujuria se extinguió completamente y nunca más volvió a revivir. Al mismo tiempo, el obispo de Lincoln15 –el más persistente perseguidor de Cristina– murió luego de haber sufrido un largo castigo, su vida fue segada por una muerte súbita y por este ejemplo muchos otros desistieron de perseguir a las vírgenes de Cristo.
46. Luego, la doncella permaneció en su soledad libre de cuidados, sacó ventaja de la paz que había deseado tan largamente para meditar sobre la misericordia con que Cristo la había librado de tantos peligros. Y asombrada por la magnitud de la gracia, ella, cotidianamente, ofreció un sacrificio de alabanza a Su liberador [Salmos 115.17]. Desde entonces su única alegría, su único propósito fue pasar su tiempo alabando a Dios y dando gracias. Entretanto, el Señor decidió hacer conocer cuánto mérito tenía ella ante Sus ojos. En Canterbury vivía una mujer de buen linaje. Era muy querida por sus padres pero luego [la consideraron] vil y abyecta debido a una enfermedad llamada gota que había contraído por una imprudente falta cuando era ya adulta; se convirtió en molestia para ellos y la habían expulsado. Ella sufrió con horror esta enfermedad durante dos años cada martes a las nueve. En el tercer año de su miseria llegó a ella, enviada por Dios, la santa y virgen Margarita quien, en una visión, la incitó a que se dirigiera adonde estaba la amiga de Dios, Cristina, quien vivía no lejos del monasterio de San Albano y que bebiera el agua que ella había bendecido con sus manos en nombre de la Sagrada Trinidad. [Así] recuperaría su prístina salud.
47. Sin dilación, la mujer –asistida por la esperanza– llegó rápidamente ante Cristina. Primero confesó su falta, luego su enfermedad, en tercer lugar la revelación y, finalmente, solicitó alivio. Cristina, sin embargo, rehusó y dijo que no era asunto suyo, que no había sido enviada ante ella sino que tal vez había sido objeto de una ilusión a través de un sueño. La porfiada mujer persistió en sus ruegos agregando a los suyos los del presbítero Alfwyn y de algunos otros que estaban presentes. Aunque éstos rogaron a Cristina durante mucho tiempo que no fuera obstinada y no rehusara la gracia que Dios había puesto en sus manos para ayudar, no quiso aceptar hasta que ellos hubieron prometido que el sacerdote celebraría misa mientras los otros se unieran a ella rogando por la misericordia de Dios sobre esto. Ella lo hizo para estar segura de que la gracia de la recuperación se atribuyera a sus méritos [de ellos] y no a los suyos [de ella]. En la mañana del martes todos ellos se reunieron en la capilla invocando a Dios, Cristina bendijo el agua y se la dio a la mujer para que la bebiera. Y durante el canon de la misa, una bella figura de venerable semblante, llevando un libro en las manos, se dirigió hacia la mujer, se detuvo ante ella y abrió el libro. Y Cristina –quien era la única de los presentes que veía esto– entendió que Cristo, había enviado a Su apóstol16 que curó a la mujer. [Cristina] manifestó esto concluida la misa. Dispuesta a creer pero llena de dudas, la mujer permaneció en la capilla, temblando, hasta la hora de tercia. Inclusive permaneció allí hasta mediodía. Y luego, viendo que su hora había pasado [sin una recaída], ella conoció que, ciertamente, estaba curada. Y llorando copiosamente por la alegría rogó a todos que dieran gracias al Redentor. Y luego de haber prometido que durante la vida de Cristina no diría cómo había sido curada, la despidieron.
48. Pero Cristina, quien había obtenido del cielo curación para otros, sufrió graves enfermedades que había contraído debido a diversos infortunios que hubo de soportar. Y en algún momento se agregaron, a las antiguas, algunas nuevas. Y como todas ellas eran incurables (pues la ciencia humana las había tratado en vano) fue curada al fin, contra toda esperanza, por el divino poder. Pero primero, escuchad con cuánto favor Cristo la curó de una sola pero molestísima enfermedad, a través de Su Madre y luego, con cuánta grandeza la curó completamente de todo el resto. Y envió una corona desde el cielo para significar su virginal integridad. La enfermedad llamada parálisis, que tomó una mitad de su cuerpo, se extendió desde los miembros inferiores hasta la parte superior de la cabeza. Como resultado de una reciente enfermedad las mejillas de la paciente estaban hinchadas e inflamadas, los párpados contraídos, sus ojos sanguinolentos y, debajo del ojo, podías ver la piel moverse sin cesar como si, aleteando, hubiera dentro un pequeño pájaro. Por esta razón, experimentados médicos fueron enviados a verla y emplearon lo mejor de su saber, practicaron con medicinas, sangrías y otros tipos de tratamientos. Pero lo que ellos pensaban que podría traer alivio tuvo un efecto contrario, la enfermedad que ellos pensaban haber curado, por lo contrario, empeoró [produciendo] una gran irritación e inflamación. Ella sufrió esto durante cinco días sin cesar. Así como su salud había sido en comparación con la enfermedad antes del tratamiento ahora su enfermedad se expresó en comparación con las enfermedades que siguieron. Y para que nada pudiera faltar ni en tiempo para su perfección o como dolor para su sufrimiento, un anciano le dio un electuario que disolvió en vino y que ella bebió. Esto podría –decía él– erradicar y expulsar la enfermedad. Pero para que la esposa de Dios pudiera poner su esperanza sólo en la ayuda divina, su sufrimiento final fue mucho mayor que todo el resto, como el segundo fue mayor que el primero. Tan violento fue que en el sexto día, a cada momento, ella esperaba exhalar su espíritu. Pero a la noche siguiente, por voluntad de Dios (que reposó el séptimo día) [Gén. 2.2.], cuando ella despertó se encontró restablecida y dio gracias a Dios y a nosotros. Porque sin importar a qué hora ella sería liberada de las angustias de su carne ¿quién podía dudar que Su esposo vendría y la llevaría con él a las nupcias? Ella sintiendo el movimiento de sus párpados, mirando con su ojo que había estado ciego, sintió la tumefacción de sus mejillas y el alivio de los demás miembros de su cuerpo –y difícilmente creyendo esto– con sorpresa llamó a sus doncellas y comprobó esto a la luz de una vela. Al día siguiente, cuando éstas llegaron, comenzaron a hablar acerca de la súbita curación de su señora.
49. Entonces una de ellas dijo que, en la primera vigilia de la noche, había visto en sueños a una mujer de gran autoridad, con un espléndido rostro, velada su cabeza con un níveo velo, adornado a lo ancho con un bordado de oro y fimbrias áureas que caían a ambos lados de la cabeza. Y cuando se detuvo ante el lecho de la paciente tomó una cajita en la cual llevaba un electuario de inusual fragancia. Mientras ella delicadamente se preparaba para dárselo [a la enferma], todos con lágrimas en los ojos le advertían diciendo: "No desperdicies tu electuario y tu trabajo, señora, porque nosotros hemos visto a la mujer que tú estás tratando de curar que, trabajosamente, escapó de la muerte luego de haber tomado ayer un electuario similar". Pero ella no prestó atención a lo que estaban diciendo y llevando a cabo la misión para la cual había venido, dio el electuario a la enferma y la curó. La paciente curada y la doncella que había visto el sueño ambas discutieron acerca de la curación y la visión con gran alegría porque antes de su conversación una no había comprendido la visión y la otra, el restablecimiento de su salud. Tú ves cuán fácilmente y cuán apropiadamente Dios curó a Su virgen con un medicamento celeste a través de Su madre virginal pues consideraba indigno de Su esposa todo lo empleado por un hombre mortal.
50. Ahora nos queda por revelar cómo ella se liberó de otras enfermedades, que eran muchas. Cada una de ellas peor que la parálisis. Las enfermedades podían segar su vida en cualquier momento pero ella no deseaba morir hasta no haber profesado. Además, recibió frecuentes visitas de grandes padres de nobles monasterios tanto de los más remotos lugares de Inglaterra como de más allá de los mares. Ellos querían llevarla consigo, porque su presencia agregaba importancia y prestigio a sus lugares. Sobre todo el arzobispo de York insistió en honrarla y hacerla superiora de las vírgenes que él había reunido bajo su nombre en York17. Pero ella prefirió nuestro monasterio, tanto a causa del cuerpo del egregio atleta de Cristo, Albano que descansaba en él, amado por ella más que otros mártires que ella reverenciaba porque Roger, el ermitaño, había sido monje en el mismo y estaba enterrado en él. También porque como tú sabes por experiencia, debido a que ella reverenciaba a ti más que a todos los pastores sometidos a Cristo y porque en nuestra comunidad había ciertas almas que ella prefería a las de otras de otros monasterios; algunas de las cuales le debían su vocación monástica. Y hay que recordar que ella había sido elegida por el Señor como cooperadora de san Albano para construir y asistir a su comunidad en la Tierra; y luego, en el cielo, él la tendría como compañera en la eterna felicidad.
51. Por estas razones, ella decidió que haría su profesión [de fe] en este monasterio y recibiría su consagración del obispo. Pero interiormente ella estaba muy perturbada no sabiendo qué hacer, no sabiendo qué decir cuando el obispo inquirió –durante la ceremonia de consagración– acerca de su virginidad. Porque ella recordaba los pensamientos y los estímulos de la carne que la habían perturbado y –aunque tenía conciencia de no haber caído ni en acto ni en deseo alguno– fue cautelosa al asegurar que ella había escapado ilesa. Al final, se volvió, con todo su corazón, hacia la castísima Madre de Dios, rogándole y pidiéndole que intercediera para que la liberara de la incertidumbre. Mientras estaba ocupada en esto, comenzó a sentirse más confiada de lograr licencia con respecto [a estas dudas] y supuso que se produciría cerca de la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios. Por esta razón, no tuvo paz en su ánimo hasta que llegó el día de la fiesta mencionada. Y a medida que se aproximaba, más ansiosamente se mostraba Cristina por la dilación. Al final, llegó pero sus esperanzas no se realizaron de inmediato. El primer día pasó, lo mismo el segundo, de la misma manera transcurrieron seis días luego de la fiesta. Ella se mostró infatigable en sus súplicas; además, su devoción y esperanza aumentaron a medida que pasaban los días.
52. En el séptimo día, esto es las 12ª calendas de septiembre18, cerca del canto del gallo y antes del amanecer, se levantó y permaneció junto a su lecho. Había pasado la hora en que era usual cantar las nocturnas. Pensó que esto era debido a la pereza de las muchachas, se dio cuenta que en contra de lo acostumbrado, todas ellas estaban profundamente dormidas y todo, a su alrededor había caído en un profundo silencio. Mientras la virgen estaba de pie y asombrada (¡oh inefable bondad de la divina condescendencia!) he aquí que se encontró rodeada por jóvenes de extrema belleza. Eran muchos pero ella sólo pudo ver a tres. Y dirigiéndose a ella dijeron: "¡Salud, virgen de Cristo! ¡El Señor de todo, el mismo Jesucristo manda que te saludemos!". Y luego de decir esto, se aproximaron más y, colocándose a su alrededor, le pusieron en su cabeza una corona que habían traído consigo, agregando: "Esto te es enviado por el Hijo del Altísimo Rey. Y debes saber que tú eres una de los suyos. Admiras el objeto y su factura pero no te maravillarías si conocieras el arte del artesano". Esta [corona] era, como ella afirmó, más blanca que la nieve y más brillante que el sol, de una belleza que no podría ser descripta y de un material que no se conocía. De atrás –y cayendo y llegando hasta abajo– pendían dos cintas blancas como las de la mitra de un obispo. Así coronada, Cristina permaneció en medio de los ángeles que estuvieron con ella desde el canto del gallo hasta después de la salida del sol. Luego los ángeles volvieron al cielo, ella permaneció sola, conociendo indubitablemente por la celestial corona, que Cristo la había preservado casta en mente y cuerpo. Además, ella se sintió tan fuerte en su salud que nunca a posteriori sintió el más mínimo dolor proveniente de las enfermedades que la habían afligido anteriormente.
53. Perturbado por estos acontecimientos, el demonio se lanzó a una nueva guerra, aterrorizando a la amiga de Cristo con horribles apariciones e inmundos tormentos al punto que, aun muchos años después, cuando ella reposaba sus fatigados miembros, no podía darse vuelta sobre su costado ni mirar a su alrededor. Se veía a sí misma como sofocada o que por medio de las artes demoníacas podría ser arrastrada a obscenidades o a convertirse en objeto de ludibrio. Pues cuando la venenosa serpiente se vio derrotada en su infatigable intento de perturbar su mente, urdió un plan para crear falsos rumores y expandir una inaudita e increíble calumnia a través de las crueles lenguas de sus agentes. Todo aquel que tenía una mente perversa, pronta a la malicia –aguijoneado por él, siempre mentiroso– se alegró en diseminar acerca de ella todo el mal posible, pensando que sería el más admirado, el más ingenioso al fabricar consejas mentirosas sobre Cristina. La doncella de Cristo –sostenida en medio de todo esto por su buena conciencia [Cfr. Rom. 2.15]– se encomendó al amoroso cuidado de Su Redentor y sometió su causa al juicio de Dios. Y para no transgredir el precepto del Señor, oró por quienes la calumniaban [Cfr. Lucas 6.28]. El demonio, viendo que sus planes eran anulados por la fe de Cristina [Cfr. Efesios 6. 16] y que una persona poseída, como lo era ella, por el amor de Dios no podía ser modificada por el amor de este mundo, él, luchador audaz e impudente para no dejar nada sin intentar, no temió atacar a la virgen con el espíritu de la blasfemia. Él confiaba en que ganaría la batalla si podía empañar y manchar su fe. Se acercó con malicia y puso malos pensamientos en su ánimo. Sugirió horribles ideas sobre Cristo, lo mismo que detestables [pensamientos] sobre Su Madre. Pero ella no escuchó. El la atacó pero tuvo que huir. El insistió con sus asaltos pero fue derrotado. Inclusive así, él no [pudo ser] silenciado, a pesar de huir no desapareció, a pesar de ser derrotado no se retiró. Tomó nuevas y más elaboradas armas de tentación [y con ellas] asaltó a la virgen más intensamente, al mismo tiempo, su resentimiento creció al encontrar un igual en una tierna virgen. Cuando ella estaba completamente sola en el oratorio él la molestaba con sórdidas apariciones, la aterrorizaba con informes monstruos y duras amenazas; otra persona podría haber enloquecido.

(continuará)

Notas

1 Probablemente, Eadwin de Ramsey.

2 Dunstable se encuentra a 13 millas al norte de San Albano y Markyate, el lugar del eremitorio de Roger estaba casi a mitad de camino.

3 SAN GREGORIO, Diálogos, II, prol. –P.L. 6.126–.         [ Links ]

4 Ralph d'Escures, arzobispo de Canterbury, 17 de mayo de 1114 a 20 de octubre de 1122.

5 Flamstead es un villorrio en Hertfordshire a dos millas de Markyate del lado de San Albano, donde se encontraba el eremitorio de Roger.

6 En la mañana.

7 El eremitorio de Alfwen no estaría unido con el priorato de monjas "San Giles of the Wood", fundado en tiempos del rey Esteban por Roger de Toney.

8 Cfr. Verba Seniorum, i.190 –P.L.73.801 "Tu sede, tu tace, tu sustine"–.

9 Cfr. Fil., 3.20.

10 El 27 de marzo, la fecha usualmente asignada en los calendarios medievales para la fiesta de resurrección. 11 Vide ut supra.

12 Thurstan, arzobispo de York, elegido en 1114, consagrado el 21 de octubre de 1119, fallecido el 6 de febrero de 1140.

13 Caddington queda a dos millas al N. de Markyate.

14 Redbourn se halla a unas cuatro millas de Markyate a lo largo de la vía romana en dirección de San Albano y Londres. A este sitio del convento de San Albano perteneció la única copia que ha sobrevivido de la vida de Cristina. Este pasaje han sido tomado de las Gesta Abbatum, i. 100 donde aparece el correspondiente pasaje de la Vita.

15 Murió mientras cabalgaba con el rey en su redil de venados en Woodstock y fue sepultado ante el altar de Santa María en la catedral de Lincoln.

16 El apóstol mencionado es, probablemente, san Juan Evangelista quien era invocado en casos de epilepsia aunque san Juan Bautista era el santo más comúnmente asociado con esto, de allí el nombre de mal de san Juan.

17 Marcigny-le Nonnais, fundado en 1080 por Hugo de Cluny. Allí vivían dos tipos de monjas, las que vivían en comunidad y las que vivían como reclusas en celdas separadas, ver Vida de san Hugo de Gilo.

18 21 de agosto.