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Temas medievales

versión On-line ISSN 1850-2628

Temas mediev. v.17  Buenos Aires ene./dic. 2009

 

NOTAS CRÍTICAS

González Jiménez, Manuel y Molina Molina, Ángel Luis, Los milagros romanzados de Santo Domingo de Silos de Pero Marín Murcia, Real Academia Alfonso X el Sabio, 2008, 203 pp.

Los estudios sobre frontera convocan gran número de congresos, jornadas y encuentros que dan cuenta de la variedad de temas y de enfoques propuestos, a la vez que señalan rumbos, descubren documentos o bien ponen en valor fuentes conocidas pero poco abordadas, como es el caso de los milagros de santo Domingo, transmitidos por Pero Marín.
Si bien el original del texto silense se ha perdido, se conservan tres versiones de él, una de las cuales, el manuscrito 5 de la Real Academia de la Historia, se reproduce en esta oportunidad.
Estos relatos dan menudos detalles de la vida en cautiverio pero, a pesar de ello, los historiadores han recurrido muy poco a esta fuente (J. Cossío, J. Torres Fontes, M. González Jiménez, A. García de la Borbolla, C. Argente del Castillo, Á. Molina Molina). "Los milagros de Pero Marín son, en la mayoría de los casos, relatos de frontera, ya que el cautiverio fue [...] una consecuencia del hecho fronterizo" (p. 17) y constituyen casi la única fuente que permite una aproximación cualitativa al fenómeno de la cautividad cristiana en tierra de moros. La serie de 90 milagros se inicia en 1275, coincidiendo con el fin de la paz entre Castilla y Granada y la posterior invasión benimerín y se extienden hasta 1287.
Pero Marín recopiló determinados milagros anteriores a su tiempo, tomados sin duda de alguna colección latina o recogidos oralmente de la propia tradición monástica. Los milagros constituyen, según J. Díez de Revenga Torres, un ejemplo de arte narrativo, un relato impregnado de la emoción y sobrecogimiento del personaje que había experimentado la presencia benéfica del santo castellano.
La edición que reseño es el resultado de la labor conjunta de dos reconocidos medievalistas españoles, Manuel González Jiménez, historiador erudito y exhaustivo, estudioso del siglo XIII sevillano, especialista en Alfonso X y de Ángel Luis Molina Molina, investigador de la historia social y económica de la baja Edad Media del reino de Murcia.
La sapiencia de ambos maestros se refleja en la síntesis interpretativa que proponen, a manera de estudio introductorio a los textos de los milagros, en la que dan cuenta tanto de la importancia de la última frontera entre la España cristiana y al-Andalus como del valor de la fuente para reconstruir la vida cotidiana en estos territorios. Situados "en tierras de nadie" entre ambas religiones, estos ámbitos generaron un tipo humano en particular, el hombre fronterizo, que hizo de la violencia su medio de vida; una ámbito erizado de fortalezas y castillos y un tipo determinado de organización social, basada en un derecho propio.
Entre Castilla y Granada hubo largos períodos de paz, resguardados por treguas concretas. Durante estos períodos, la frontera adoptaba un aspecto de normalidad, dado que comerciantes, viajeros y rescatadores de cautivos transitaban de un lado al otro de la misma. Pero, a pesar de estas relaciones pacíficas, la frontera soportó una violencia endémica, que afectó la vida y los comportamientos de las poblaciones asentadas en sus proximidades; la violencia menuda fue generando odios y resentimientos, difíciles de controlar.
Esta consideración sobre la ubicuidad y frecuencia de la violencia (subrayada por J. Carriazo, M. González Jiménez, M. García Fernández o M. Rojas Gabriel) contrasta con la opinión de otros investigadores que han preferido destacar las relaciones pacíficas y de buena vecindad (que han tomado como modelo las situaciones fronterizas en Estados Unidos de América y Canadá). Uno de los principales resultados de esta violencia fue el fenómeno de la esclavitud y del cautiverio, que llegó a convertirse en Andalucía y Murcia en un verdadero problema social.
La caída en cautiverio se produce por diversas razones, que van desde la guerra abierta a los peligros de la vida cotidiana en la frontera. Los milagros permiten precisar los lugares de origen de los cautivos cristianos, cuya mayor parte provenía de Andalucía y el lugar donde transcurrió la vida de los cautivos, dado que la mayoría residió en ciudades de al-Andalus y pocos de ellos pasaron al norte de África. Por los relatos de ex–cautivos sabemos quiénes fueron sus captores aunque estos datos deberían ser contrastados con las fuentes granadinas. El destino final de esos cautivos era su venta, aunque en ocasiones quedaron en poder del moro que los apresó. El precio de los cautivos oscilaba entre dos doblas y media y diecinueve. Las jóvenes eran las más valoradas, dado que se integraban como concubinas al harén del comprador. También se registran casos de cautivos comprados por varios moros asociados.
El pago de rescate suponía, muchas veces, el fin del cautiverio. Tormentos y padecimientos eran los mecanismos utilizados para lograr este pago. Se aceptaban pagos diferidos, objetos y, en todas las ocasiones, intervenían como mediadores los alfaqueques.
La vida de los cautivos era de una dureza enorme pues, además de la pérdida de libertad y de verse apartados de su entorno social, eran llevados como mercancías a tierra extrañas, donde todo les era adverso.
El 45% de las capturas eran consecuencia de acciones armadas de diversa índole, el 65% restante son testimonios de cristianos que cayeron en cautividad cuando efectuaban tareas agrícolas, cuidaban ganado, iban al molino, transportaban trigo; en algunas casos se trata de mercaderes, mensajeros o, como ocurre en el milagro 61, en el que se menciona a Domingo Bono, capturado cuando iba a Peñaflor a cobrar una deuda.
La venta de estos cautivos se daba en pública almoneda en Granada, Ronda, Guadix, Vera, Málaga y Almería principalmente. La mayor parte de los cautivos que llegan al monasterio de Silos en acción de gracias fueron empleados en labores tales como labrar, cavar, arar, guardar bestias, moler manualmente trigo, panizo, mijo, tapiar, hacer yeso, picar y labrar piedra, hacer terrazos, serrar madera, trabajar en la herrería, ir al molino, sacar agua de una noria para los baños, servicios domésticos cotidianos. Por lo general, trabajaban para sus dueños y no recibían ningún jornal aunque hay cuatro casos de propiedad compartida, otros tres muestran a cautivos trabajando para otras personas, por lo que recibían una paga que era entregada casi en su totalidad a sus dueños.
El esfuerzo era mucho, los malos tratos abundantes, la comida escasa y la vestimenta se reducía a simples harapos y deshechos. Esos malos tratos y los tormentos eran cotidianos y servían tanto para impedir como para castigar una evasión. Los cautivos recibían azotes, eran crucificados. También tales tormentos obedecían al deseo de los amos de forzar a apostatar de la fe cristiana, transformándolos en elches para sobrevivir. Hacinados en cárceles o mazmorras, también en aljibes abandonados o profundas prisiones, la vida en cautiverio era rigurosamente vigilada y las medidas de seguridad -que iban de guardas y perros a grilletes y ataduras- extremas. El tiempo del cautiverio era muy variable.
Por tratarse de liberaciones sobrenaturales, los milagros romanzados poco nos dicen del rescate aunque se hace referencia a él en los relatos (precios, acuerdos, personas intervinientes). En cuanto a la intervención milagrosa, se describe casi siempre de la misma manera: aparición en la cárcel de una claridad que acompañará a los cristianos hasta estar fuera de peligro; la voz del santo que llama por su nombre al cautivo que será liberado y la sospecha de éste; generalmente, en el mismo acto son también liberados los compañeros del que narra el milagro.
La edición de González Jiménez y Molina Molina incluye 109 notas aclaratorias (de términos, lugares, erratas, personajes, bibliografía complementaria), dos índices (de topónimos y onomástico) y un mapa de lugares citados en el texto, elaborado por Jorge Alejandro Eiroa Rodríguez.
Los miracula testimonian las vivencias de la religiosidad a la vez que transmiten, por medio de imágenes y discursos, representaciones y contenidos propios de la institución eclesiástica. En estas realidades fronterizas, mentalidades colectivas y ortodoxia cristiana constituyen un todo elaborado con una intencionalidad manifiesta: expresar y plasmar una "visión del mundo" o "clima de época", que subraya los valores y actitudes de una comunidad profundamente religiosa y de un hombre esencialmente cristiano.
Esta construcción del "nosotros-cristianos" se realiza por medio de la construcción de un "otros-musulmanes" que representa los temores e inseguridades de la sociedad peninsular, que muestra –como señalara R. Barkaï–, al "enemigo en el espejo", espejo que refleja a la vez que deforma la realidad. Para verse, pues, es necesario pasar por otra experiencia, apreciarnos reflejados en un objeto-sujeto, dado que no podemos vernos a nosotros sin, al mismo tiempo, percibir la distancia y la alteridad.
Identidad y alteridad se construyen dialécticamente, en este caso en un ámbito fronterizo, peligroso, cambiante y promisorio a la vez, en el cual los cautivos conforman el grupo humano que da encarnadura al conflicto, dado que permiten observar tanto los grandes momentos de la reconquista como la pequeña y menuda historia de la vida cotidiana.

Gerardo Rodríguez