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Temas medievales

versión On-line ISSN 1850-2628

Temas mediev. v.17  Buenos Aires ene./dic. 2009

 

NOTAS CRÍTICAS

Pastoreau, Michel, El oso. Historia de un rey destronado, Barcelona, Paidós, 2008, 385 pp.

Michel Pastoreau es conocido por sus estudios en historia simbólica medieval. En esta oportunidad vuelve a interesarse por el animal en tanto símbolo movilizador de hechos culturales, que aquí se constituye en objeto central de su estudio. Editado en español por Paidós a principios de 2008 (la edición francesa original es un año anterior), El oso. Historia de un rey destronado está organizado en tres partes en torno al desarrollo cronológico de la temática; copiosamente anotado, cuenta con apartados que citan los documentos escritos e iconográficos utilizados y con un índice analítico.
La introducción presenta el tópico y lo contextualiza en la Europa medieval germana, escandinava y eslava, donde la Iglesia se enfrentó al rey de los animales y logró destronarlo luego de un largo proceso a favor de un animal exótico o, mejor dicho, no autóctono: el león. La aclaración es válida, puesto que Pastoreau sostiene que la categoría de "exótico" no es adecuada aquí, dada la familiaridad del hombre medieval con su imagen. Luego recorre las preocupaciones de los investigadores por el mundo animal, que juzga casi inexistentes en el ámbito de la historia. Propone hacer un estudio diacrónico que sea a la vez transdocumental y transdisciplinario, a partir del cual desarrollará las cuestiones planteadas en la introducción.
"El oso venerado. Del Paleolítico a la época feudal" es el título de la primera parte, que consta de tres capítulos. El primero -llamado "¿El primer Dios?"- rastrea la polémica sobre la existencia de un culto prehistórico del oso. Comienza estableciendo diferencias entre el oso de las cavernas y el oso pardo -su objeto de estudio- y describe su presencia en el arte y el mobiliario encontrados en las cuevas. Frente a las teorías que intentan interpretar el significado del arte rupestre (la teoría del placer estético, la que lo liga a los rituales de caza, las teorías "estructuralistas" y la que lo relaciona con rituales chamánicos), el autor descarta una interpretación global y unívoca, al menos para la época paleolítica. Con respecto a los cráneos y osamentas, plantea los problemas de datación, emplazamiento y disposición. Llega a la conclusión de que el oso era visto como un ser aparte, un ser intermedio entre los animales y los dioses, si bien estima abusivo sostener la existencia de intenciones mágicas o religiosas.
En la Antigüedad el oso se presenta muchas veces como atributo de algunas divinidades (por ejemplo Artemisa, quien lleva en su nombre la raíz indoeuropea art-, que designa a este animal). Esto ocurre especialmente cuando las cavernas tienen un papel importante en los mitos. Son tres los temas mitológicos principales en que el oso se ve asociado al ser humano: la metamorfosis, la osa maternal que protege a una cría humana y el amor entre una mujer y un oso macho. A ellos dedicará la atención en las siguientes páginas.
"El rey de los animales" explica cómo la bestia en cuestión es elegida para ocupar el trono en el reino animal en casi todas las culturas de acuerdo con el criterio de invencibilidad. Solamente cuatro animales tienen este honor en todo el mundo, a saber, el león, el águila, el elefante y el oso. El último fue destronado por el primero en tiempos medievales, demostrándose que "… la historia cultural acaba siempre por imponerse a la historia natural" (p. 54). A este asunto regresa Pastoreau más adelante, debido a que primeramente debe poner en claro el papel del oso en la cultura europea antes de aquella imposición de un animal no autóctono. Entre las características físicas que lo convirtieron en una fiera inquietante destaca el hecho de ser zurdo -signo leído como maligno- y su pelaje.
Si bien para griegos y romanos el trono estaba ocupado por el león o el elefante, para los germanos el oso encarnaba el animal totémico por excelencia y vencerlo en una lucha constituía para los guerreros un ritual iniciático, así como también buscaban éstos impregnarse de su fuerza bebiendo su sangre o bañándose en ella, comiendo su carne y hasta disfrazándose con su piel -todas acciones prohibidas por la Iglesia cristiana-. Existen otras prácticas que unían al guerrero con el oso, como llevar armas, armaduras o enseñas con su imagen, así como portar colmillos o garras de oso a modo de talismán. Igualmente la antroponimia manifiesta esa ósmosis. Aquí Pastoreau transita diversas relaciones para el vocablo "oso" en las lenguas germánicas, que implicarían la fuerza y la violencia de su nombre, el lazo con el jabalí -otro animal detestado por el clero cristiano- y con las palabras que designan al señor o guerrero y el color pardo. Resulta relevante el análisis del autor acerca del nombre del animal en correspondencia con su preeminencia entre los pueblos cazadores del norte de Europa y los tabúes que se desprenden de este hecho: en las lenguas germánicas se lo designa por su pelaje, en las lenguas eslavas y bálticas por su apego a la miel, entre los lapones por términos o frases que se refieren a los antepasados, al bosque, al invierno, mientras que en Siberia y América también se suman a estos últimos los que implican una conexión con la miel y con sus miembros inferiores. Los celtas, por su parte, se referían a su virilidad y benevolencia, quizás porque para esa cultura el oso no es tanto un guerrero como un señor o rey, lo que queda de manifiesto en la leyenda del rey Arturo, cuya muerte se produce durante la primera mitad de noviembre coincidiendo con las fiestas en honor de la pronta hibernación; de hecho, en las narraciones literarias su muerte se transforma en un período de "hibernación" y curación. El oso, de todas maneras, fue un atributo de todos los reyes, fue la presa por excelencia de la caza hasta los siglos XII y XIII, cuando la campaña de desprestigio que sufrió por parte de la Iglesia hizo que la caza noble se dirigiera al ciervo. A la vez, el poder real o principesco fue exhibido hasta entonces en casas de fieras que contenían, entre sus ejemplares, un oso -regalo habitual entre reyes-.
El capítulo "El pariente del hombre" discurre sobre el oso en tanto fue uno de los tres animales (junto con el cerdo y el mono) que los europeos consideraron como ligados al hombre por semejanza -dado su aspecto antropomorfo y su comportamiento físico-, proximidad o parentesco. Así, los bestiarios medievales afirmaban que los osos copulaban como los humanos; la lujuria del macho lo convertía en aficionado a las mujeres jóvenes, a quienes raptaba y de cuya unión nacían seres medio hombres y medio osos, a pesar de que se consideraba el apareamiento entre un hombre y un animal generalmente como infértil. No obstante, los osos como antepasados de familias reales o prestigiosas no sólo fueron usuales en Dinamarca sino que también estuvieron presentes en Suecia, Noruega y hasta en Italia. Según el autor, esto fue posible -pese a la condena eclesiástica de todo aquello que confundiera al hombre con el animal- porque existía una corriente aristotélica de comunidad de los seres vivos y también una cierta tradición cristiana paulina en el mismo sentido.
La segunda parte se denomina "La guerra contra el oso. De Carlomagno a San Luis". La temática gira en torno al temor de la Iglesia hacia el oso y la campaña que impulsó para desentronarlo a favor del león, demonizándolo y ridiculizándolo. El temor que redundó en este proceso se debía no sólo al peligro físico real que el oso representaba sino también a su parecido con el hombre y a su papel central en las costumbres y supersticiones que la Iglesia intentó erradicar durante siglos. Los medios para llevarlo a cabo fueron varios, desde la eliminación física hasta la demonización, pasando por la domesticación y la humillación. La hagiografía hizo lo suyo al relatar historias en las que esta criatura era vencida, humillada o domada por un santo -tal el caso de san Columbano que, en la alta Edad Media, se convirtió en el topos del monje que doma a un oso y logra hacerlo su compañero-. De tal modo, la hagiografía y la iconografía con sus santos milagrosos domesticaron el oso, forzado a trabajar, a llevar equipajes, a tirar del arado, a ser pastor o a contribuir en la fundación de una iglesia o monasterio. En definitiva, su debilitamiento se debió al poder de los santos pero también contribuyó la cristianización del calendario, puesto que la Iglesia supo colocar o crear fiestas de santos ursinos (santos con sus atributos o santos que los domaron) en fechas en que se desarrollaban rituales vinculados con el oso y la llegada del invierno. Éstos eran más cuantiosos en los momentos cercanos a su hibernación (septiembre, mediados de noviembre) o cuando despertaba y retornaba la luz (finales de enero y principios de febrero); se destacan el día de san Martín (once de noviembre) y la Candelaria (dos de febrero).
Otra de las facetas de esta lucha es la ya mencionada demonización, estudiada en "El oso y el Diablo", que transita por los documentos y pensadores que hicieron del oso una encarnación de los vicios y del Mal: sobresalen Plinio el Viejo -por forjar su simbolismo negativo- y san Agustín -que atacó tanto al oso como al león-. El Padre de la Iglesia formuló una frase que se repetiría constantemente en época carolingia: ursus est diabolus. Se creía que, en muchas oportunidades, el Diablo adoptaba esa forma para engañar a los hombres y mujeres o para atormentar a los monjes en sus sueños. Los atributos físicos compartidos entre ambos facilitarían la metamorfosis. El autor se detiene particularmente en el color pardo (mezcla de negro y rojo, que une los aspectos negativos de ambos, tales como pecado, oscuridad, muerte, cólera, violencia, lujuria) y en la piel velluda (signo de temperamento grosero, impuro, bestial), elementos que juegan a favor de la condena del ursum facere o "hacer el oso", es decir, disfrazarse como aquél.
En "La entronización del león" el foco pasa a este animal, considerado como más controlable por su pertenencia a la tradición escrita y por su ausencia de los bosques europeos aunque depositario de un significado ambivalente. Sus aspectos negativos se relacionan con su violencia y ferocidad, mientras que los positivos (la justicia y la generosidad) lo convierten en una figura cristológica. Esta ambivalencia fue saldada a principios del siglo XII con la separación establecida entre el león y el leopardo (hijo de la leona y el pardus), que se manifestó inclusive en los escudos de armas en la segunda mitad del siglo XII (más tardíamente en las zonas germánicas donde el oso y el jabalí permanecieron unos decenios más): el león, estereotipo del caballero cristiano, se opone al dragón o leopardo del pagano. El oso en la heráldica generalmente designa tan sólo el nombre del propietario del blasón, es "parlante"; nació tardíamente como para que su peso fuera más relevante. La devaluación del oso en el siglo XII frente al león puede observarse también en las representaciones del arca de Noé, en las casas de fieras (allí pasó a ser una banalidad, mientras que su competidor fue la nueva estrella) y en la narrativa, que desde entonces relató los enfrentamientos de los jóvenes guerreros con leones o dragones. Pastoreau subraya que la teología cristiana enfrentó de este modo a dos animales que, por su distribución geográfica e imaginaria, no se habían encontrado hasta entonces.
La última parte lleva el título de "El oso destronado. Del final de la Edad Media a la época contemporánea", conformada por cuatro capítulos. El primero, "Un animal humillado" se centra en las diversas formas en que esa humillación se manifestó alentando el desprestigio del oso, que hacia principios del siglo XIII ya no es el rey de los animales sino uno más, domesticado, bobo, inofensivo y grosero. Algunos apartados están dedicados al Roman de Renart, un texto culto que reúne un bestiario de animales domésticos, salvajes, autóctonos y exóticos -categorías que no coinciden exactamente con las actuales-, que constituyen arquetipos sociales, alegóricos y morales o incluso hombres disfrazados. En el Roman el león es el rey (además de ser una de las pocas criaturas no locales), mientras que el oso es una "acumulación de vicios y defectos": es glotón, ingenuo, miedoso, tonto, rencoroso, ridículo. Su humillación incluye en la primera rama del Roman su desollamiento y ,en la novena, su degollamiento. Fuera de los textos, la degradación fue sufrida en manos de los exhibidores de osos que acompañaban a juglares y titiriteros en los espectáculos itinerantes; en la escultura del siglo XII, el oso es un animal de circo. Por otro lado, Pastoreau comenta que el desprestigio del oso por su peso y corpulencia (características que lo hacen torpe y tonto) se vio acentuado por los nuevos valores acerca de la obesidad a fines del siglo XII y principios del XIII, que la consideraban un pecado.
A continuación, una serie de apartados analizan el tópico de los vicios y pecados asociados al oso. Se parte de establecer la diferencia entre ambos conceptos (el vicio entendido como una falta que tiene su origen en la naturaleza del individuo y el pecado como resultado de un movimiento libre y voluntario contra Dios) para estudiar luego el desarrollo de los procesos contra los animales a partir del siglo XIII, que fueron una consecuencia del cambio en la mirada hacia ellos: desde entonces fueron seres morales, perfectibles y capaces de comprender la diferencia entre el Bien y el Mal. Por eso, el oso pasó de estar dotado de todos los vicios físicos que habilitaban a destronarlo de su podio en la cultura pagana germánica, celta, eslava y escandinava a ser relacionado, hacia el año 1000, con el Diablo. Así, se le sumaron los vicios morales y, una vez establecida la lista de pecados capitales, se lo vinculó a cinco: la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza. Junto con el cerdo se volvió el animal más despreciado -hecho atribuido por el autor a su proximidad (insoportable para la Iglesia) con el hombre-.
"Fantasías de príncipes y fantasmas de damas" abarca cuestiones heterogéneas: el sueño ursino de un noble bastardo, Juan de Berry, en que el oso es una "resonancia" de la bestia medieval que encarnaba al Diablo para atormentar; el ascenso del ciervo y su caracterización como un ser de luz en detrimento del oso y del jabalí como objeto de una caza más "civilizada"; la nueva emblemática con el uso de divisas en las que el oso debe su presencia a un juego de palabras con el nombre del propietario o el de su tierra; la fascinación de las damas por la pilosidad, que aviva sus deseos sexuales. El resto del capítulo discurre sobre las maneras diversas en que cobró forma la fascinación de Juan de Berry por el oso, en una época en la que constituía una excepción.
"De la montaña al museo" muestra cómo el oso ya no fue la estrella del bestiario moderno, ni siquiera del demoníaco. En el aquelarre tampoco solía estar presente: los hechiceros parecían preferir animales nocturnos, negros o híbridos. Por otra parte, continuó siendo atrayente para las damas y, en algunos relatos, se tornó un enamorado que cuidaba de su amante. Pero su imagen de torpe y tonto ya no se modificó en las fábulas de La Fontaine y, de hecho, el animal es protagonista de innumerables proverbios, frases y expresiones que perduran hasta hoy en las que generalmente es descalificado o sirve como descalificativo -tal como refleja el proverbio "lanzar la piedra del oso", documentado desde el siglo XV-. Con todo, esto no impide la presencia de su imagen en los escudos de tres ciudades europeas importantes, Berna, Berlín y Madrid.
Los progresos en la imprenta y en la historia natural no parecieron haber beneficiado al oso pardo, aunque sí permitieron conocer mejor al oso blanco. El pardo fue descuidado, ignorado durante los debates del siglo XIX sobre la evolución de las especies, cuando el papel destacado lo tuvo el mono. Solamente recuperó el interés una vez ya incluido en la lista de animales en peligro de extinción. Como excepción, se oponen a esta falta de interés las indagaciones de los etnólogos, preocupados por su papel en las creencias y rituales de las culturas que estudiaban.
"La revancha del oso", último capítulo del libro, lleva un título sugestivo. Luego de ser convertido en objeto de entretenimiento en las casas de fieras y zoológicos, el oso logró recuperar su lugar al lado del hombre como muñeco en el siglo XX -si bien por un tiempo, dada la extrema competencia de otros juguetes- encarnado en el Teddy Bear de Morris Michtom o en su contemporáneo alemán de Margarete Steiff. De acuerdo con Pastoreau, esto no es más que una señal de esa unión inseparable entre el hombre y el oso, cuyas vicisitudes en el campo cultural y simbólico supo explorar a lo largo de su obra. Ésta, muy bien documentada e ilustrada, cargada de numerosos ejemplos, a veces un tanto dispersa por la abundancia y heterogeneidad de fuentes y relatos en los que se detiene, muestra la vigencia de una idea que el autor formula al comienzo y que, probablemente, constituye su mayor aporte: que la historia cultural frecuentemente se impone a la historia natural y que, en ese proceso, la tradición cristiana ha representado un papel preponderante, que hasta hoy deja sus huellas en nuestras concepciones, en nuestra manera de ver el mundo y de relacionarnos con nuestro ambiente.

Andrea Vanina Neyra