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Temas medievales

versión impresa ISSN 0327-5094

Temas mediev. vol.18  Buenos Aires ene./dic. 2010

 

NOTAS CRÍTICAS

Morsel, Joseph, L'histoire (du Moyen Âge) est un sport de combat..., París, LAMOPParis I, 2007.

El presente libro de Joseph Morsel viene a retomar una tradición propia de la historiografía francesa, en cuanto se propone no sólo dar cuenta de algunos de los principales problemas que atraviesan la sociedad medieval sino también ofrecer una profunda reflexión historiográfica sobre los desafíos que se encuentran en la agenda del medievalismo actual. Así, su obra, dividida en dos partes, aborda unas problemáticas que, si a priori parecen distantes, al avanzar en la lectura se vuelven cada vez más complementarias. Al mismo tiempo, el tratarse de un libro publicado online y bajo la prohibición explícita de uso comercial otorga a la obra una particularidad en su género, que la sitúa bajo un gesto de combate historiográfico, presente en todos los capítulos que la componen.
Joseph Morsel es investigador del Laboratoire de Médiévistique Occidentale de Paris (LAMOP) y se desempeña como profesor en la Universidad Paris I Panthéon-Sorbonne. Sus temas principales de investigación giran en torno al estudio de la aristocracia medieval para el caso alemán y, actualmente, se encuentra abocado al examen de la formación de las comunidades de habitantes hacia los siglos XI y XII, temas sobre los cuales ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas. Todo esto hace de la presente obra una lectura de consulta ineludible para
quien se acerque al estudio de la Historia Medieval.
La primera parte de su libro está orientada por una pregunta disparadora que subyace en los tres capítulos que la componen: ¿por qué es necesario el estudio de la Historia Medieval en la actualidad? Tomando como eje conductor este interrogante, como bien lo señala el título de esta primera sección de capítulos -"L'Histoire du Moyen Âge c'est fondamental pour nous"- Morsel ofrece varias respuestas que vienen a sentar una posición frente al debate.
Ante todo, señala en el capítulo
1, la Historia Medieval debe ser estudiada porque renegar de su importancia sería abandonar la idea de que la Historia en su conjunto debe ser entendida como un bloque. En esta perspectiva, Morsel subraya que la Historia no debe ser pensada como una ciencia que se encarga de estudiar el pasado en sí mismo sino los cambios que experimentan las sociedades humanas. Siendo así, resulta indispensable que todos los períodos históricos sean objeto de estudio de la Historia puesto que, de otra forma, se estaría negando la propia unicidad de la disciplina. En otras palabras, dado unidad a la Historia como ciencia, ningún período histórico puede comprenderse si no es poniéndolo en relación con los otros. Así, para el caso de la sociedad contemporánea, pretender alcanzar una comprensión de sus especificidades sin interiorizarse en el mundo medieval sería hacer caso omiso de los elementos que ya aparecen establecidos en la Edad Media.
Por otra parte, el capítulo 2 es una muestra de cómo la tarea de ocupar el espacio público desde la disciplina histórica se vuelve impostergable para dar sentido a la labor académica. En efecto, Morsel nos señala los usos que se hace de la idea de "Edad Media" y "lo medieval" en las sociedades occidentales, observando que se ha ido construyendo una noción de extrañeza respecto a una sociedad que sería opuesta a la actual. No obstante, detrás de este procedimiento se encuentra la idea de pensar la sociedad medieval como un contra-modelo respecto a todo lo que el ideario de la modernidad encarna. De este modo, se produce una apropiación, por parte de los sectores más conservadores y xenófobos de la Europa actual, de la idea de una Edad Media cuyos supuestos ideales representarían una solución para los problemas que aquejan a la sociedad moderna. Frente a esto, nos propone el autor, es necesario reforzar la idea de que la sociedad medieval debe convertirse en un objeto científico, que sin dudas presenta sus propias particularidades pero que, al mismo tiempo, dio origen a algunos de los elementos que son fundamentales en nuestra propia sociedad.
Cerrando esta primera parte de la obra, Morsel propone un capítulo 3 en el que ofrece una reflexión acerca de la importancia que el uso de Internet ha ido cobrando para el trabajo del historiador en general. Respecto a este fenómeno, una de las tareas que el historiador francés asigna como central en la agenda historiográfica es la de poder ofrecer modos de sentar un orden dentro del amplio espectro de información que puede obtenerse online. Si en la actualidad la web se ha convertido en un espacio que funciona como cementerio de páginas abandonadas, la búsqueda de información útil en ese marco se torna particularmente difícil. Así, es tarea de los historiadores comenzar a debatir defendiendo los sitios de centros de investigación y universidades, sentando las bases para hacer de la red un ámbito que facilite cada vez más las necesidades de los propios historiadores a la hora de recurrir a la información allí disponible.
Si la primera mitad del libro está orientada por la importancia que la Edad Media tiene en la actualidad, Morsel propone una segunda parte que aborda los modos en que lo medieval ha sido determinante para el nacimiento de nuestra sociedad. Con un título que sigue el juego abierto en la parte precedente -"L'histoire du Moyen Âge, ça a été fondamental pour nous"-, el historiador francés desarrolla en cuatro capítulos un análisis detenido del proceso de desparentalización y espacialización de las relaciones sociales que se produjo en Europa hacia el año 1000.
En primer lugar, el capítulo 4 está destinado a dejar sentado un punto de partida para el análisis posterior. A modo de advertencia, si el propósito de Morsel es identificar aquellos elementos que aparecen en la sociedad medieval y condicionarían el desarrollo europeo, él mismo se encarga de poner en entredicho la idea de pensar en un camino especial -Sonderweg- que Occidente habría seguido como portador de alguna esencia que determinara su hegemonía a nivel mundial. Por el contrario, señala, lo característico de Occidente es el hecho mismo de su formación, es decir, el proceso de homogeneización por el cual comienza a conformarse una identidad occidental. Este mismo proceso, a su vez, estuvo condicionado por la expansión. Para el historiador francés, entonces, lo distintivo de Occidente es su formación como tal y no algún rasgo característico que lo vuelva diferente de otras sociedades.
Aclarado este punto, el capítulo 5 se encarga de poner en evidencia el proceso de desparentalización de lo social que vivió Occidente hacia el siglo XI. Según se encarga de puntualizar Morsel, este fenómeno estuvo dado por la desaparición de los vínculos de
parentesco como articuladores de la lógica social. No obstante, de ningún modo sostiene que éstos desaparecieran entonces sino que habían perdido su capacidad de determinar el conjunto social, comenzando a ser determinados en el seno de lo social. Así, junto a la simplificación en la terminología propia del campo del parentesco, se observa también el papel central que la Iglesia comenzaba a tener en este proceso, no sólo al presentarse como desparentalizada -como institución fundada en la marginación de las relaciones de parentesco carnal, sino también al imponer un control cada vez mayor sobre estas relaciones.
Ahora bien, si el capítulo 5 se concentra en la desparentalización de lo social, el capítulo 6 analiza el proceso complementario, el de la espacialización de las relaciones sociales. Según señala el autor, la referencia al espacio se vuelve un factor esencial de la descripción y de la identificación social, a más tardar hacia el año 1000. Se trata de un fenómeno que puede observarse, por caso, en la espacialización de los antroponímicos, como lo muestra el paso de la expresión "rey de los francos" a la de "rey de Francia". Pero, a su vez, los cambios producidos en torno al problema de la herencia son puestos de manifiesto por Morsel como otro de los casos en los que se observa cómo la organización parental se subordina a la transmisión del poder. A partir de entonces, comienza a haber herederos antes que sucesores, ya que lo que relaciona a quien deja la herencia y a quien hereda son los bienes en común. Como queda claro, la vinculación no es de parentesco sino espacial, en tanto ese espacio, esa tierra, significa poder. Al mismo tiempo, esto último se asocia, para Morsel, con un cambio en las formas de dominación, en la medida en que se produce una modificación entre el poder ejercido sobre los hombres a otro que se reproduce sobre hombres y tierras -noción que retoma los planteos de Alain Guerreau sobre la idea de dominium-. Finalmente, este proceso también se asocia a la formación de las comunidades de habitantes, en donde la relación con un espacio común actúa como criterio de definición de identidades. En ese sentido, el ser habitante de una comunidad, el habitar la tierra, se convierte en la relación social básica a la hora de definir vínculos grupales. Pero, al mismo tiempo, la formación de estas comunidades está estrechamente relacionada con los cambios que se producen en el espacio eclesial. La consolidación de las parroquias y los cementerios -como ámbitos que definen unos vínculos espirituales que unen a los cristianos- refuerza, a su vez, este mismo proceso de espacialización.
Finalmente, el capítulo 7 analiza algunos de los principales efectos que acarreó esta espacialización de lo social. Ante todo, señala el historiador francés, quedaron sentadas las bases para la formación de una fuerza de trabajo libre que pudiera entrar en una relación de trabajo asalariado. Esto estuvo garantizado, sostiene, por el debilitamiento que sufrieron por entonces los vínculos de parentesco, que impedían el surgimiento de una mano de obra con capacidad de disponer libremente de su fuerza de trabajo. A su vez, este mismo hecho le sirve para reforzar una idea hasta entonces dejada de lado: la espacialización no implica inmovilidad de los habitantes sino que los encuadra, los vuelve localizables. Por otra parte, Morsel retoma el problema de la Iglesia como institución desparentalizada, observando en ella la formación de un grupo de letrados que controlan y dominan el conocimiento. Se trata, como bien apunta el autor, de la aparición de los primeros indicios de una institución organizada en torno a una meritocracia. Como puede observarse, son éstos los elementos que dejan entrever unas relaciones específicas entre los cambios que se producen en la sociedad medieval hacia el año 1000 y nuestro tiempo.
Como vemos, se trata de un libro que, por la agudeza de sus análisis y por los combates que deja planteados, no puede ser eludido, ya no por los medievalistas sino por los historiadores en su conjunto. Sea con el afán de aceptar los desafíos sugeridos por Morsel o con el propósito de retomar algunos de sus planteos, la aparición de esta obra no debe pasar desapercibida por quienes piensan la Historia como un terreno de debate.

Pablo Pryluka