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Synthesis (La Plata)

versión impresa ISSN 0328-1205

Synthesis (La Plata) v.9  La Plata ene./dic. 2002

 

Sabiduría y viajes

BURKERT , W. De Homero a los Magos : La tradición oriental en la cultura griega (trad. de X. RIU), Barcelona, El Acantilado, 2002, 172 pp.

En abril de 1996, Walter Burkert (posiblemente el mejor especialista vivo en la religión de los griegos) dictó una serie de conferencias en la Universi dad de Venecia; publicadas en 1999 en italiano, han sido ahora cuidadosa mente traducidas al español por X. Riu, y publicadas por la editorial barcelo nesa El Acantilado. La oportunidad del volumen resulta evidente: se trata de una presentación, y a la vez de una síntesis, pensada para el público culto en general (si es que esta entelequia todavía existe) de los muy numerosos, y a veces abstrusos, trabajos más especializados del autor, que alcanzaron una primera summa en The Orientalizing Revolution (original alemán, Heildelberg 1984; traducción al inglés, Harvard University Press 1992; reedición en paperback, 1995).
El primer capitulo (pp. 9-52) rastrea las influencias de la epopeya orien tal en los poemas homéricos y cíclicos, con un énfasis especial en la Dios apatê iliádica; el segundo (pp. 53-84), las semejanzas y diferencias entre las cosmogonías griegas y las orientales. Aquí merece destacarse, en par­ ticular, una brillante comparación entre la cosmogonía de unos sacerdotes-Magos de Assur (hacia 650 a.C.) y la teología de Ferécides de Siros (cf. pp. 78-9). En cuanto al tercer capitulo (pp. 85-122), sin perder su carácter divulgativo, traza con mano magistral una síntesis de las nuevas perspectivas acerca del orfismo suscitadas por algunos hallazgos arqueo lógicos bastante sensacionales: las laminillas áureas y el papiro de Derveni. Pienso que el lector corriente agradecerá de modo especial dicho capitu­lo, que explica con claridad, pero sin simplificaciones (dentro de lo que cabe, naturalmente), algo de una complejidad casi inextricable: las rela ciones entre las laminillas, otros hallazgos arqueológicos y ciertos textos literarios obscuros y alusivos, como determinados pasajes de Píndaro, Heródoto, Aristófanes y Platón.
El capítulo final (pp. 123-57), el de lectura sin duda más difícil, pero más enriquecedora, analiza con mucha sutileza las conexiones entre algunas tra diciones iránicas (no es nada seguro que sean de matriz zoroástrica, pero tam­ poco puede excluirse) y ciertas especulaciones presocráticas (de Anaxágoras y Demócrito sobre todo), para desembocar otra vez en el papiro de Derveni (muy en particular, en algunas columnas más recientemente conocidas), que es obra, sin duda, de un pensador que se movía en la esfera de Diógenes de Apolonia. Todo ello nos hace desear que la publicación de una colección de estudios acerca del famosísimo papiro y del orfismo en general, anunciada desde hace bastante tiempo por una editorial madrileña, no se demore demasiado.

GARCÍA VELÁZQUEZ, M.A. (ed.), Himnos homéricos. Batracomioma quia, Madrid, Akal, 2000, 272 pp.

En el contexto de la inflación actual de traducciones de los clásicos grecolatinos (que conviene desear, desde luego, que dure mucho tiempo toda vía), la colección Akal Clásica, dirigida por el profesor Manuel García Teijeiro, se caracteriza por cierta voluntad de llenar determinados huecos un poco singulares: las Constituciones griegas, los Comentarios platónicos de Proclo o los Textos de Maleficios, por poner ejemplos hasta cierto punto al azar, pueden valer como muestra de lo que quiero decir. No es éste, sin em bargo, el caso de los Himnos homéricos, de los que no carecemos, precisa mente, de traducciones en lengua española; las primeras que me vienen a la memoria son la clásica de L. Segalá y Estalella, reeditada tantas veces, y la de A. Bernabé Pajares en la BCG, mucho más reciente. La que aquí comenta mos no carece, en absoluto, de rasgos distintivos: una voluntad didáctica cla ra y un marcado interés por la religión y la mitología griegas. Diríase que frecuentemente lee los Himnos (de un modo perfectamente legítimo, ni qué decir tiene) en su función de manual mitológico. No sorprende, pues, que en sus introducciones y notas aparezcan frecuentemente - aparte de las refe rencias a Pausanias -los nombres de Rohde, Farnell, Duchemin y Detienne; también las reflexiones etimológicas y lingüísticas de Benveniste y del DELG de Chantraine. Tampoco sorprenderá a nadie que el Himno homérico a Démeter de pie a un excurso sobre los Misterios de Eleusis (cf. pp. 33-38) y los de Dioniso y Apolo a rápidos resúmenes acerca de las principales festivi dades en honor de ambos dioses (cf. p. 25-27 y 76-7).
A propósito del Himno homérico a Apolo, A. García anota (cf. p. 84) que «un escoliasta a Píndaro dice que Cineto, un rapsodo de Quios, había puesto por escrito el himno de Apolo, atribuido a Homero, y se había pre sentado como su autor [...] Esto significa que el himno era ya conocido en el mundo griego, antes de que Cineto intentara apropiárselo». Merece la pena recordar que este escolio es susceptible de interpretaciones bastante distintas, no todas ellas incompatibles con la autoría de Cineto (cf. A. Aloni, L'aedo e i tiranni. Ricerche sull'inno omerico a Apollo, Roma, Ateneo, 1989).
A mi, personalmente, me hubiera gustado una Introducción un poco más extensa, y que diese cabida - aparte de a las consideraciones habituales acerca de la dicción homérica - a algunas precisiones sobre la forma litúrgica y literaria del himno; y, puestos a pedir, que el volumen contuviese también los impropiamente denominados 'epigramas homéricos', como su­ cede, pongamos por caso, en el volumen paralelo de la Loeb Classical Library; pues no resulta nada fácil hallar de ellos una traducción al espa ñol. Tampoco hubiera estado de más incluir los breves fragmentos del Margites; pero esto resulta más opinable. Desde el punto de vista tipográfi co, el hecho de que las notas figuren después de cada himno, y no a pie de página, me parece una decisión acertada, porque permite superar las exce sivas limitaciones de espacio; sin embargo, habría convenido indicar por medio de cualquier recurso gráfico (un número, un asterisco) el pasaje exacto al que remite la nota. La bibliografía final, aunque demasiado breve, parece bien seleccionada (con una laguna clamorosa: la de J. Strauss Clay, The Politics of Olympus. Form and Meaning in the Major Homeric Hymns, Princeton University Press, 1989). Lástima que las erratas sean muy abun dantes (Karenyi en vez de Kerenyi, ex. gr., o Daraky por Daraki), y que, a pesar de que se haga constar la casa editorial, cosa muy de agradecer, fecha y lugar de edición sean regularmente omitidos.

SOLONE, Frammenti dell'opera poetica (a cura di M. NOUSSIA e M. FANTUZZI), Milán, BUR, 2001, 381 pp.
DOMINGUEZ MONEDERO, A.J. Solón de Atenas, Barcelona, Crítica, 2001, 301 pp.

Reúno en esta nota una edición, en principio popular, pero más rica que muchas otras con pretensiones académicas, de los fragmentos de Solón de Atenas, y una monografía sobre el gran legislador, obra de un profesor de Historia antigua de la Universidad Autónoma de Madrid.
Cuando llegó a mis manos la edición soloniana de M. N [oussia] y M. Fantuzzi en la Universale Rizzoli, lo primero que me sorprendió fue su volu men: ¿era posible consagrar casi cuatrocientas páginas (aunque sean de peque ño formato) a los modestos fragmentos poéticos del legislador ateniense por antonomasia? (Para poner un ejemplo, la bibliografía - muy útil - ocupa casi cuarenta páginas: pp. 59-95). Leyendo la advertencia de N, empero, nos enteramos (pp. 54-55) de que el núcleo del trabajo lo constituye su Tesis doctoral, elaborada en el Institute of Classical Studies londinense, bajo la dirección de Herwig Maehler (quien firma unas breves, aunque no protocolarias, páginas de presentación) y que se espera que Introducción, texto y comentario constituyan posteriormente el objeto de una publicación más completa en lengua inglesa; de modo que es una suerte disponer de esta versión italiana, a modo, digamos, de anticipo. Por otra parte, la poesía de Solón, tradicionalmente tan poco valo rada, ha sido objeto recientemente de algunas monografías reivindicativas, de las que puede constituir un ejemplo entre otros - y quizá mejor que otros - el de E. K. Anhalt, Solon the Singer. Politics and Poetics, Lanham, Rowman & Littlefield, 1993.
La Introducción de N (cf. pp. 13-52) se abre con una biografía sumaria; describe a continuación la posición de Solón entre los Siete Sabios; después, su rol como "hombre político y legislador" y, finalmente, como "poeta en su tiempo". Quiero destacar la discusión acerca del carácter simposíaco de la poesía solónica (predominante, pero no exclusivo: N no se integra en las filas del `pansimposialismo' militante) y acerca de las múltiples posibilidades de 'reutilización' que ofrecía, y que en el Corpus teognídeo hallan una ejemplificación excelente.
De todos modos, lo más valioso para nosotros en esta edición (dejando aparte, naturalmente, la traducción italiana de M. Fantuzzi) lo constituye el extenso comentario a los fragmentos (pp. 185-380). De acuerdo con el criterio mas lógico, se ha tornado como base la edición de Gentili & Prato; pero hay tabla de correspondencias con West', Diehl 3 y con la cuarta edición de Theodor Bergk. Aunque falte el aparato crítico (subsumido en el Comentario), la fuente (o fuentes) de cada fragmento se hacen constar - de acuerdo con una práctica que me parece encomiable - al pie de cada página. En doce pasajes se declaran dis crepancias con la edición de Gentili & Prato, en general de escasa relevancia. En algunos de estos casos, N acoge lecturas de West; pero también se recuperan ciertas propuestas de antiguos filólogos, como Dindorf. Personalmente, solo quiero llamar la atención sobre 15, 7, donde, frente al haimýlou de Plutarco, aceptado por Gentili & Prato, se prefiere (razonablemente, en mi opinión) el aiólon de otros testimonios; y la defensa (más discutible) de la corrección de West arkhés, en lugar del transmitido arkhé en 1, 14, a fin de eliminar un oxímoron quizá demasiado violento.
Respecto al comentario, no voy a adentrarme en él, por miedo a convertir estas notas en una interminable sucesión de pequeños debates; baste con decir que, siguiendo la pauta cada vez más común, dedica primero una breve síntesis al fragmento en conjunto y después se adentra en la discusión verso por verso, sin rehuir las dificultades textuales. La bibliografía, como se ha dicho antes, es riquísima, casi abrumadora.
La singularidad principal de la monografía de A.J. D[ominguez] M [onedero] la constituye su insólita disposición: primero, los hechos; después, las fuentes. El orden inverso parecería más razonable, desde luego, pero DM argumenta su opción de modo en teoría plausible (cf. p. 7): su proyecto consiste en "tratar antes los 'hechos' para fijar la posición sobre los mismos y, dando éstos por sabidos, poder profundizar más, cuando ello sea posible, en el estudio directo de las fuentes...". Personalmente, no estoy nada seguro de que esta disposición constituya un acierto. Respecto a la primera parte, empero, pienso que lo más razonable y objetivo consistirá en enumerar sus apartados mayores, que son los siguientes: Breves apuntes biográficos sobre Solón / Atenas a principios del siglo VI a.C. Aspectos sociales y políticos / La obra de Solón (incluyendo capítulos sobre la seisachtheia, las leyes solónicas y el rechazo a la tiranía) / Los viajes de Solón antes y después del arcontado. Su importancia en relación con la labor legislativa / Resultados de la labor de Solón.
En mi opinión, toda esta parte es demasiado extensa; no porque las cuestio nes suscitadas carezcan de interés (no es éste el caso, en absoluto), sino porque la inmensa mayoría de las veces hay que cerrarlas con un non liquet. Todavía estoy menos convencido de que resulte un acierto, en la parte acerca de las Fuentes, distinguir rígidamente los fragmentos solónicos (por cierto: ¿por qué mantener la vieja numeración de Diehl?), los textos que nos los transmiten (Aristóteles, Plutarco, Diógenes Laercio...) y las 'Leyes' ; porque, en realidad, los fragmentos están engarzados, 'empotrados' en estos textos, que los citan con intenciones a veces muy concretas y precisas (como indicó justamente, a propósito de los presocráticos, C. Osborne, Rethinking Early Greek Philosophy, Londres, Duckworth, 1987, oportunamente citado por el mismo DM), y resulta artificial intentar valorarlos al margen de este hecho.
La bibliografía en lengua española sobre Historia Antigua (no sobre Arqueología) me parece todavía demasiado incipiente como para no saludar la presente monografía como un hito muy significativo; de todos modos, no he querido disimular aquí los aspectos - empezando por el retrato del propio protagonista - en que los trazos aparecen, por decir así, como imprecisos, extrañamente desdibujados. Quizás ello se deba simplemente al hecho de que DM no siempre ha hecho caso de la sabia máxima que aconseja pasar en silen cio aquello acerca de lo que no se puede afirmar nada razonable o con sentido.

JEDRKIEWICZ; ST. Il convitato sullo sgabello. Plutarco, Esopo ed i Sette Savi, Pisa-Roma, IEPI, 1997, 171 pp.

A lo largo de su dilatadísima producción, el anciano de Queronea manifes tó siempre un vivo interés por la fábula esópica; no resulta nada sorprendente, pues, que, en un momento de su carrera no fácil de precisar, explorase las relaciones entre el fabulista y los Siete Sabios (Solón de modo muy particular): es éste uno de los temas mayores del Banquete de los Siete Sabios. Stefano J[edrkiewicz], autor de un libro importante y conocido acerca de Esopo, sus fábulas y su leyenda, que fue publicado en la misma colección "Filologia e Critica", dirigida por Bruno Gentili (Sapere e paradosso nell'Antichità: Esopo e la favola, Roma, Ateneo, 1989), ha consagrado un nuevo estudio a la posi­ ción del fabulista en el docto coloquio. El debate a propósito de la autenticidad plutarquea de esta obra, bastante encendido en tiempos, ha remitido casi com pletamente a raíz de los trabajos de Jean Defradas; J prácticamente ni se plan tea el tema más que de un modo indirecto. Dado que la -para bastantes comentaristas- ínfima calidad literaria del texto había sido utilizada -de modo absurdo, desde luego- como argumento en contra de la atribución a Plutarco, J se esfuerza en destruir este juicio negativo, que él atribuye a una valoración demasiado limitada de las habilidades del polígrafo: aparte de su nota, habitual y frecuente, de gravedad, Plutarco, ducho en sabiduría mundana, no carecía de talento para la ironía y el serio-cómico (el spoudaiogeloion): algo que encaja ba admirablemente con la figura de Esopo.
Mérito a mi entender indiscutible del trabajo de J es la claridad con la que en la Premessa de las pp. 7-8 muestra su juego: "... è possibile un sapere ludico? Può praticarsi un modo di raggiungere la conoscenza, processo 'serio' se mai ne esiste uno, negando la serietà degli oggetti ai quali ci si volge? Il Simposio sembra accennare di sì. Questo metodo singolare, che assume la facezia come presupposto della gravità, sembra rientrare fra gli strumenti della filosofia plutarchea". Resulta habitual (quizá demasiado) negar que las especulaciones de Plutarco carecen de cualquier originalidad, de profundidad o sistematismo; pero, en todo caso, son sinceras. La lectura del Simposio por parte de J preten­ de "appunto suggerire che l'autore sia stato capace di proporre una ricerca del sapere tutta particolare [...] Questo discorso non potrebbe svilupparsi senza di Esopo [...] ad interrogarsi sui limiti e le possibilità del Sapere, quello custodito e perseguito dagli intelettuali, alle soglie della nostra era; ed a chiedersi come potesse la sua gravità ammetere la controprova e verifica dell'ironia, dello scherzo, del comico".
J es para el sabio de Queronea, desde más de un punto de vista, un brillante abogado (más brillante que convincente, me atrevería a decir, en algunos casos): por ejemplo, cuando defiende entusiásticamente su 'sabiduría mundana'. A pesar de que la variedad y riqueza de recursos de Plutarco en el Simposio son obvios (gnômai, enigmas, fábulas, relatos paradójicos o en broma, la seriedad mezclada con la risa y la sonrisa), su maestría para combinarlo todo en un con- junto armonioso me parece bastante más discutible. De todos modos, lo que me ha interesado de veras en este libro discurre por otros caminos. Parece que lo fundamental en 'Esopo' -da igual, para el caso, que se le considere un personaje (casi-) histórico o una figura de repertorio, encarnación de un género lite­rario- radica en la incapacidad -o en las severas limitaciones- para el pen samiento conceptual, abstracto. Resulta bastante evidente que Plutarco se sin tió siempre muy interesado por esta limitación, que constituye, a la vez, la debilidad y la fuerza de la fábula esópica. Hace ya bastantes años que A. La Penna postuló, en algunos artículos importantes (y después, L. Canfora ha se­guido por esta vía) que 'Esopo' (refiriéndose en este caso más a sus Vitae que a sus mismas fábulas) encarna, de algún modo, la marginalidad y la oposición al sistema de valores de las distintas élites griegas. Aunque probablemente éste no constituya el objetivo prioritario de J , sus agudas reflexiones acerca de las múltiples reutilizaciones del personaje 'Esopo' (cf. pp. 130 ss.) contribuyen poderosamente a matizar -si no a impugnar del todo- esta perspectiva socio­lógica.

ARORA, U. P. Greeks on India I. Skylax to Aristoteles, Bareilly, Indian Society for Greek and Roman Studies, 1996, 226 pp.
LENS TUERO, & CAMPOS DAROCA, J. (eds.) Utopías del mundo anti­guo. Antología de textos, Madrid, Alianza, 2000, 313 pp.
GOMEZ ESPELOSIN, F. JAVIER El descubrimiento del mundo. Geografía y viajeros en la Antigua Grecia, Madrid, Akal, 2000, 327 pp.

Vuelvo a la palabra escrita con la actitud del Milo que lentamente viajaba
con un dedo por los mapas de los atlas, por el contorno de las imágenes,
que paladeaba el sabor embriagante de lo incomprensible, de las palabras
que eran ensalmos, ritmos y ritos de pasaje...
(Julio Cortázar)

Confieso que, antes de que llegara a mis manos (por puro azar) el libro del profesor Udai P. A [rora ] ignoraba por completo que hubiera una Sociedad india de estudios grecolatinos, aunque su existencia no tenga, bien mirado, nada de sorprendente, sobre todo en un país tan marcado por la tradición académica anglosajona. El libro de A quiere ser el primero de una serie de cuatro; se ocupa del período anterior a la expedición de Alejandro. En realidad, no es mucho más que un honesto manual introductorio, que depende en buena parte (como reconoce lealmente) del trabajo básico de K. Karttunen, India in Early Greek Literature, Helsinki 1989; pero está bien organizado y ofrece el interés añadido de presentar las cosas desde la otra parte.
Dejando de lado un breve Prefacio y una serie de apéndices, el volumen se dispone en dos partes fundamentales: la presentación del tema, en once capítulos no muy extensos (109 paginas en total) y una antología de textos en traducción inglesa. Los autores recogidos son Escílax de Carianda, Hecateo, Heródoto, Ctesias, Jenofonte, Esquilo, Sófocles, Hipócrates, Helánico, Éforo y Aristóteles. Los sucesivos capítulos -en un orden no impecablemente lógico, precisamente- son poco originales, pero lo bas tante informativos y de amena lectura: 1 Los autores. 2 Horizonte geográfi co. 3 Los animales. 4 Informaciones históricas. 5 Gentes y costumbres. 6 Economía. 7 Vida religiosa. 8 Poder estatal. 9 Ciencia médica. 10 Relatos fabulosos. 11 Conclusión. Tres apéndices se refieren, de modo más circuns tanciado, a los límites antiguos del Noroeste de la India, a la comparación entre indios, egipcios y etíopes (pp. 167-76) y a la idealización de la India por parte de los griegos (pp. 177-85). En todos estos pasajes está muy pre sente el Apolonio de Tiana 'narrado' por Filóstrato. En cambio, dado que los capítulos sobre Informaciones históricas, Vida religiosa y poder estatal resultan singularmente mediocres, al reseñador presente le han interesado, de modo particular, el quinto, "Gentes y costumbres" (pp. 43-54) y el déci­ mo, "Relatos fabulosos" (pp. 88-100), en el que Ctesias, como era de ima­ ginar, desempeña un rol protagonista.
El inglés en el que está escrito el libro resulta en ocasiones curioso, incluso para quien, como el presente reseñador, no se precia en absoluto de muy ducho en esta lengua; pero ello sólo obstaculiza seriamente la comprensión en contadas ocasiones. Mas singular me parece el exacerba do -pero bastante inocuo- nacionalismo aplicado a cuestiones históri cas de que A hace gala en diversos pasajes: quizás ello demuestra, con la sabiduría popular, que todo se contagia.
Cuando Jesús Lens murió, el libro sobre las Utopías se hallaba -según nos informa su coautor, J. Campos Daroca- en corrección de pruebas; de modo que no resulta arbitrario considerarlo, en cierto sentido, como un tes tamento intelectual. Así pues, me es grato dedicar estas breves líneas al recordado amigo. Después de una Introducción, instructiva y funcional (pp. 9-62), el esquema de cada uno de los veintiún capítulos -que abarcan desd e Homero y Hesíodo hasta Tácito y Luciano de Samósata- es idéntico: una presentación, una selección de textos en traducción, y las notas (al fi nal del volumen), de carácter marcadamente informativo. Séame permitido no referirme a los autores más conocidos (Aristófanes, Platón, Ovidio...) y dedicar en cambio algún breve comentario a ciertas cuestiones que, por una razón u otra, a veces de carácter subjetivo, han suscitado más vivamente mi interés.
Es importante destacar (como se hace en las pp. 30 ss.) que el ámbito de la utopía antigua no pertenece solamente a los filósofos y pensadores (con todo, el capitulo sobre "La filosofía helenística", pp. 168-183, es uno de los más ricos del libro), sino también, y desde bastante pronto, a quienes nosotros denomina­ ríamos historiadores y geógrafos: Éforo, Teopompo, Hecateo de Abdera, Diodoro Sículo, Pompeyo Trogo, entre los primeros; Megástenes, Agatárquides de Cnido, Estrabón, entre los segundos. (A Hecateo abderita le corresponde, por cierto, otro capítulo particularmente afortunado; también las páginas acer ca de Onesícrito, Megástenes y Yambulo se leen con especial interés). Por otra parte, quizás habría merecido la pena distinguir de modo más tajante entre mito (Homero, Hesíodo, Píndaro, Virgilio...) y utopía; no quiero insinuar con ello que semejante distinción sea obviada en el libro (en la Introducción está bien delineada, aunque con un lenguaje ciertamente abstruso; en los capítulos parti culares, un poco menos) sino que quizás habría convenido subrayarla todavía más. Es cierto que mito y utopía comparten muchas cosas: imágenes, motivos, etc.; pero responden a estadios sociales muy distintos y cumplen también funciones diferentes.
Resulta importante para mí enfatizar, de todos modos, que estas observa ciones no cuestionan el valor de un libro que pretende, sobre todo, presentarse como una introducción útil al ámbito, tan rico y fascinante, del pensamiento utópico antiguo.

*****

Los libros de F. Javier G [óinez] E [spelosín] -ya numerosos, pues se trata de un autor prolífico-- suelen versar sobre la joven disciplina que denominaríamos, con cierta imprecisión, 'geografía mítica e histórica'. Probablemente el más difundido entre ellos sea la traducción de los Relatos de viajes en la literatura griega antigua (en colaboración con Luis A. García Moreno; publi­ cado por Alianza Editorial, Madrid 1996), volumen que contiene traducciones (íntegras o parciales) de autores como Ctesias o Agatárquides de Cnido, periplos como el de Hanón o el del Ponto Euxino, y otros textos tan singulares como, en general, poco conocidos.
Bastantes trabajos de GE se caracterizan, por lo menos a mi entender, por una virtud y un defecto: por una parte, una gran masa de información; por la otra, una disposición un tanto caótica (cf. ex. gr. la reseña que dediqué a F..J.G. Espelosín, A. P. Largacha & M. Vallejo, Tierras fabulosas de la Antigüedad, Madrid 1994, en Anuari de Filologia XXI, pp. 165-8). El presente volumen, aunque mejor organizado, sólo constituye una excepción hasta cierto punto. Tras dos capítulos introductorios sobre "El arte de viajar" y "Los héroes via jeros" (donde se elencan los principales viajeros míticos: los Argonautas, Heracles, Perseo, Odiseo, los Nostoi...), el libro se articula en tres amplios apartados: "Relatos de viaje" (pp. 85-163), "El mundo como escenario" (pp. 164-275) y "Viajes literarios" (pp. 276-307). El primero de ellos empie za por analizar los periplos arcaicos: Escílax de Carianda (rastreado básica­ mente en Heródoto), Eutímenes de Marsella, un arquetipo bastante hipotéti co la Ora Maritima de Avieno, y el poema de Aristeas de Proconeso (que me parece fuera de lugar aquí, a pesar de su interés intrínseco). A lo largo de estas páginas, GE utiliza, no siempre de modo discreto, el viejo mecanismo de la Quellensforschung, de la búsqueda e identificación de fuentes. La se­ gunda parte del mismo capítulo (pp. 124-63) versa sobre una serie de relatos, reales o imaginarios: los periplos del Pseudo-Escílax (siglo IV a.C.), de Nearco -el almirante cretense de Alejandro Magno- Piteas de Marsella, Hanón de Cartago, el historiador Polibio, el Periplus Maris Erythraei y el del Mar Negro por Adriano de Nicomedia, el oficial amigo y colaborador de Adriano.
Las páginas siguientes presentan un salto atrás algo sorprendente, pues estudian de modo bastante pormenorizado los míseros restos de la Periégesis de Hecateo (p. 171 ss.), y la "Enciclopedia herodotea" (pp. 177-96); pero las que vienen a continuación, acerca de los obscuros contemporáneos y continuadores de Heródoto (pp. 196-214), resultan harto informativas, al nivel de un excelente manual de divulgación, aunque no contengan noticias sensacionales. A con tinuación, el libro deviene, por una parte, apasionante de veras, muy frustrante por otra: una auténtica pléyade de nombres se suceden casi en cascada, objeto a veces de un ágil escorzo, otras, de breves menciones, totalmente insuficientes para la curiosidad del lector. Buena parte de la culpa es, desde luego, de la parquedad de las informaciones -por no hablar de los fragmentos, míseros ­ que nos han pervenido; pero no puede desconocerse que GE da claras muestras de apresuramiento. Quizás hubiera resultado aconsejable consagrar todo el li bro a los capítulos IV y V, dejando para otra ocasión las generalidades sobre el arte de viajar y los viajeros míticos -interesantes, pero en otro contexto. Sea como sea, aquí me limitaré a elencar aquellos autores en cuyo tratamiento GE se demora un poco más.
Entre ellos habrá que enumerar, por lo menos, a Éforo de Cumas (pp. 205-8), Eudoxo de Cnido (pp. 209-10), Dicearco de Mesenia (pp. 213-4), Megástenes, el embajador seléucida en la corte de Chandragupta (pp. 220-1), Eratóstenes (pp. 224-8), Dionisio el Periegeta (pp. 234-6), Posidonio de Apamea (pp. 242-4: uno de los casos en que más echamos en falta un tratamiento pormenorizado), Estrabón (pp. 244-7), Ctesias una vez más (pp. 253-8: la debilidad que confieso sentir por el personaje me parece compartida, por lo menos en parte, por el propio GE) y, entre los tratadistas de Egipto, Hecateo de Abdera, tan explotado por Diodoro Sículo (p. 261), y Agatárquides de Cnido (pp. 261-3). Probablemente resulte también una lástima que el capítulo V, "Viajes literarios" (pp. 276-307) no sea más extenso, porque contiene algunos de los temas potencialmente más atrac tivos del volumen: los viajes fantásticos de Eufemio de Caria y Cleón de Magnesia, los monstruos de las Sirtes, utopías como la Atlántida platónica y la 'Meropia' de Teopompo de Quios, y otras muchas 'divagaciones oceánicas', como las de Evémero de Mesenia y Yambulo. Por desgracia, el capítulo concluye con una rapidísima enumeración que, aunque sea efi cazmente informativa, no hace justicia en modo alguno a los autores rese­ ñados: Hecateo de Abdera, Antonio Diógenes, Plutarco y las Argonáuticas órficas ("Tras los pasos de Piteas", pp. 289-95); Porfirio y Filóstrato ("Peregrinos del saber", pp. 295-300); Antífanes de Berge, Luciano, La ' novela' de Alejandro ("En los limites de la ficción", pp. 300-7).
Al final, se echan en falta los imprescindibles índices. La bibliografía que cierra el volumen (copiosísima) es, desde luego, de gran utilidad. En todo caso, he querido dar noticia, de un modo más extenso del habitual, de este libro de GE en una revista sudamericana, en recuerdo de unas bien conocidas frases de Alfonso Reyes -en "El cuento del marsellés" [= Piteas de Masalia]-, recogi das en Junta de Sombras:" ... la expresión 'última Tule' se ha usado [...] en forma coloquial, como ya la usaban los antiguos romanos, para significar 'últi mo refugio', 'última morada', con la intención de recordar que el Nuevo Mun do es el único escenario que ha quedado al drama humano para continuar sus experiencias hacia la felicidad y hacia la cultura [...] Pero antes de hacerse frase hecha, Tule fue para la geografía una determinada región, algo imprecisa y discutida..."

RODRÍGUEZ ALONSO, C. & GONZÁLEZ GONZÁLEZ, M. (eds.), Poemas de amor y muerte en la Antología Palatina. Libro V y selección del libro VII, Madrid, Akal, 1999, 198 pp.

Siempre se han hecho - y probablemente se seguirán haciendo - antolo­gí as de la Antología. Los casi cuatro mil epigramas de la Palatina constituyen un corpus tan monumental (y tan heterogéneo: desde los grandes poetas a los simples versificadores, pasando por muchísimas medianías) que las ediciones y/o traducciones integrales no suelen ser frecuentes. En el presente caso, dos profesores de la Universidad de Oviedo, Cristóbal Rodríguez y Marta González, nos ofrecen respectivamente la versión íntegra de los epigramas amorosos del Libro V y una selección no demasiado extensa de los funerarios del Libro VII (135 sobre 748, si no he perdido la cuenta).
De acuerdo con un criterio más bien discutible, el libro carece de Intro ducción general: hay una introducción para el Libro V y otra para el VII, a cargo de los respectivos traductores. Las dos se refieren, naturalmente, a cuestiones como los tópicos y motivos (amorosos y funerarios, respectivamente), imitación, variatio, originalidad, etc.; además, la primera (que es mucho más extensa: 33 páginas) traza una rápida historia del epigrama griego, caracteri za brevemente a los poetas del Libro V y ofrece una visión sumaria, franca mente útil para el common reader, de la historia del texto y de las ediciones principales; la del Libro VII (muy breve: solamente 8 páginas) especula someramente acerca de la autenticidad o convencionalismo de los sentimientos de luto de los epitafios -un argumento demasiado resbaladizo- y justi­ fica sus criterios de selección y ordenación. Las bibliografías respectivas pa recen perfectamente suficientes, y el elenco, al final de volumen, de todos los epigramatistas representados en él, con una ágil noticia de cada uno de ellos, una útil ayuda. Ambos traductores han perseguido (y, en general, han conse guido) "claridad, literalidad y eufonía", como dice M. González (p. 141); pero Cristóbal Rodríguez, ensaya además "una estrofa dística sui generis en la que procuramos mantener el ritmo acentual de los versos de arte mayor en nuestra lengua" (p. 42). El resultado no es siempre eficaz, a mi entender; pero constituye un experimento digno de tener en cuenta por cualquiera que se plantee el complejo problema de verter el dístico elegíaco a una lengua románica.
La clasificación de los epigramas funerarios en ocho grupos (poetas, filósofos -procedentes todos de Diógenes Laercio-, héroes, animales, "la guerra y el Estado", náufragos, epigramas gnómicos, Varia) no deja de re­ sultar bastante arbitraria; en algunos apartados -como el de los héroes o la mayoría de epigramas gnómicos- alcanza el efecto contraproducente de enfatizar sus aspectos más convencionales o reiterativos; pero también obtiene, a veces, ciertas aproximaciones sugestivas: la contigüidad de cuatro epitafios consagrados a cortesanas, por ejemplo (cf. pp. 180-1) potencia muchísimo la eficacia de cada uno. Y, sobre todo, los veintiocho epitafios de poetas (simplemente dispuestos en orden alfabético) podrían constituir una suerte de historia anecdótica y parcial -y en buena parte fantástica de la poesía griega.
Una alma observación, para concluir. La opciones editoriales son, ob viamente, libres; pero, a mi modesto entender, habría sido mejor consagrar todo el volumen al Libro V (cosa que habría permitido un enriquecimiento considerable del comentario) y un volumen distinto al VII, del que se habría podido ofrecer, entonces, una selección mucho más generosa. Sea como fuere, el volumen presente cumple ya de sobras, en su disposición actual, el objetivo de ofrecer al lector una degustación de la fascinación, penetrante y sutil, de la Antología griega.

JORDANES, Histoire des Goths. Introduction traduction & notes par O. DEVILLERS. Paris, Les Belles Lettres, col. La Roue à Livres, 1995, 229 pp.
JORDANES, Origen y gestas de los godos. Edición de J. M. SÁNCHEZ MARTÍN. Madrid, Cátedra, 2001, 262 pp.

Las solapas de los volúmenes de la colección 'La Roue à Livres' suelen presentar un texto programático, ejemplar en su claridad y coherencia: "... 'La Roue a Livres' c' est une collection qui veut amener sous le regard de l' honnête homme contemporain des traductions d'oeuvres injustement méconnues [...] parfois insolites, toujours captivantes [...] En traduisant ou retraduisant ces ouvrages depuis longtemps introuvables [...] nous voulons, par-delà les grands classiques toujours repris, faire entendre la voix des textes en attente de lecteurs -en somme, faire toumer la 'Roue à Livres'- pour faire redécouvrir ces pages qui fascinaient nos ancêtres...» No deja de ser bastante significativo (me pare ce) que los Getica de Jordanes, aquel monje (sobre su condición sacerdotal parece que apenas quedan dudas razonables) que conoció el Vivarium de Casiodoro, envejeció en la Constantinopla de Justiniano y relató en un rudo latín nada clásico las gestas de su raza, hayan aparecido con escasos años de diferencia en esta colección y en las 'Letras Universales' de Cátedra, probable­ mente con intenciones no muy desemejantes. Según aprendo en la excelente y muy informativa Introducción de J. M. Sánchez Martín, existían ya un par de traducciones españolas de esta obra, prácticamente inencontrables: una publi cada en 1925 por la vieja Editorial Hernando y otra en una Tesis microfichada de la Universidad de León. Ninguna de las dos había podido valerse, desde luego -como las de Sánchez Martín y 0. Devillers- de la edición que hace autoridad actualmente, la de Francesco Giunta y A. Grillone (Roma, 1991). Pienso, por lo tanto, que merece la pena comentar brevemente en esta revista las dos versiones de este texto, tan importante para el conocimiento de la Italia y la Constantinopla justinianeas.
Los primeros capítulos de los Getica pueden, y suelen, fascinar al helenista con una interpretación exterior, ' ajena' , de mitos que le eran familiares desde siempre: Zalmoxis y sus escitas, ya evocados por Heródoto, las combativas Amazonas (¡esposas de los godos!), el rey Télefo de Misia y su ambiguo papel en la guerra de Troya... La parte central del relato se ilustra con episodios históricos tan espectaculares como la batalla de los Campos Cataláunicos y el demoníaco fulgor de Atila. El final tiene lugar en Constantinopla: Justiniano casa a un primo suyo, el patricio Germano, con la última princesa ostrogoda, descendiente a la vez de la sangre de los Amalos -la familia de Teodorico y de los Anicios romanos -el linaje de Boecio y Casiodoro. En el producto de esta unión (quien, por cierto, murió de manera obscura, quizás a edad tempra­ na; pero esto, Jordanes todavía no podía saberlo) confluían las esperanzas de las tres estirpes.
La figura y la obra de Jordanes me han recordado irresistiblemente un persona je (casi) inventado por Jorge Luis Borges en la "Historia del guerrero y la cautiva", uno de los relatos más memorables de El Aleph: «... a través de una oscura geogra fía de selvas y de ciénagas, las guerras lo trajeron a Italia, desde las márgenes del Danubio y del Elba, y tal vez no sabía que iba al Sur y tal vez no sabía que guerreaba contra el nombre romano [...] Las guerras lo traen a Ravena y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud [...] Ve un conjunto que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abier tos [...] Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación, la Ciudad [...] fue un iluminado, un converso...» Algo así debió ser, si no el propio Jordanes, su padre, secretario escasamente alfabetizado de un príncipe ostrogodo.

Jaume Pórtulas

Universidad de Barcelona