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Synthesis (La Plata)

versión impresa ISSN 0328-1205

Synthesis (La Plata) v.12  La Plata ene./dic. 2005

 

ARTÍCULOS

Tradición Clásica en Iberoamérica*

Ana María González de Tobia

Universidad Nacional de La Plata

RESUMEN
La Tradición Clásica en Iberoamérica presenta la relación de los países sudamericanos con Europa occidental, desde el punto de vista de la vinculación estrictamente cultural. El estudio incluye dieciocho países de habla hispana, uno de habla portuguesa y, en cierto aspecto, Puerto Rico. Se señalan tres etapas culturales que presentan diferentes inidencias de la antigüedad clásica en Iberoamérica. Ellas son: 1. La Conquista, 2. La independenicia y 3. El siglo XX en adelante. Iberoamérica constituye el mito de la utopía descubierta por Europa y retiene en su esencia vital el sentimiento utópico por la búsqueda constante de la unidad en la pluralidad.

PALABRAS CLAVE: Tradición Clásica; Iberoamérica

ABSTRACT
The Classical Tradition in Ibero-America presents the connections betweenSouth American countries and Western Europe from a stricktly cultural association. The study includes eighteen Spanish-speaking countries, one Portuguese-speaking country and Puerto Rico. We pointed three cultural steps that present different incidences of Classicla Atiquity in Ibero-America. These spteps are: 1. Conquest, 2. Independence, 3. XX Century and beyond. Ibero-America becomes the myth of the discoveries by Europe utopia and she keeps in her vital essence the utopist feeling by the constant search of the unity in her own plurality.

KEY WORDS: Classical tradition; Iberoamerica.

Nacidos, todos nosotros, en Iberoamérica, con el febril deber de buscar una identidad, todos sabemos, pero nos negamos a reconocer que poseemos una identidad y la hemos encontrado porque la hemos buscado. Nuestra identidad es nuestra libertad; tenerla es buscarla; creer que la tenemos, es perderla. Continuemos, irónicamente, la búsqueda de nuestra identidad, pero celebremos la alteridad que verdaderamente llena y rellena los conductos de este mundo.
La Giganta, poderosa escultura de José Luis Cuevas, pertenece a la gran tradición del arte mestizo, indoeuropeo de México. Su serenidad es engañosa. Nos pide en silencio escuchar el gran grito del origen, cuando, en la cultura mediterránea pero también en la mesoamericana, la oscuridad es lo primero, y de la oscuridad y el Caos unidos carnalmente emergen el día y la noche y de la Oscuridad y la Luz emergen el crimen, la muerte, la castidad, el sueño, la alegría, la amistad, la piedad. Y la madre tierra es la hija, como lo es el mar, como lo es el firmamento, de la luz y del aire. Y de la unión de Tierra e Infierno, nació, por fin la Giganta.
El mito mediterráneo en poco se diferencia del mito mesoamericano. En el principio era la nada, dice el Popol Vuh. Entonces los dioses se reunieron y crearon la noche y el día, el mundo y cuanto hay en él. Pero la sabiduría humana siempre ha sabido distinguir el mundo (lo que se crea) de la tierra (lo que es). La giganta, es la unión serena, en apariencia, de Tierra y Mundo, en una figura colosal, fecunda, maternal; pero sólo en apariencia, porque hay un mundo escondido bajo la piel de metal y la mirada lejana de La giganta. Es el de las dos memorias. La giganta no acepta la consumación de la síntesis indomediterránea, la elabora y reelabora.
La giganta de Cuevas mira con dos ojos; con uno, sereno, se ve a sí misma emergiendo del Caos, pariendo a Urano. Con el ojo perverso ve un oscuro destino. Los primeros hijos humanos de la Tierra madre mediterránea son los Gigantes con cien manos cada uno, constructores de altísimas murallas y ardientes herrerías. Los gigantes intentan asaltar el cielo, adueñarse de la Creación que les dio vida. Zeus los condena, pero no los puede derrotar mientras no abandonen su suelo natal. El Gigante necesita la tierra de origen para renacer constantemente. Zeus convoca a Heracles, el único héroe capaz de atraer al Gigante fuera de su terreno y vencerlo. La Giganta de Cuevas reúne nuestras dos culturas.
La delimitación geográfica de la región que denominamos Iberoamérica parece segura: al Norte, el río Bravo o Grande, frontera entre los Estados Unidos y México; al Este, el Océano Atlántico; al Sur, el Cabo de Hornos y al Oeste, el Océano Pacífico.
El intento y la necesidad de definir el ámbito histórico propio de Iberoamérica va acompañado por la búsqueda de las denominaciones que mejor le corresponden a ese ámbito. En la segunda mitad del siglo XX, surgió y se difundió la denominación de "América Latina", que incluyó a las antiguas colonias españolas e integró a Brasil y Haití. También se la llama Hispanoamérica, en alusión a los países colonizados por España, y Sudamérica, por la ubicación geográfica.
Se acepta hoy que la denominación Latinoamérica es palabra traducida del inglés y también abreviatura de Amérique Latine, nombre que comenzaron a usar los ideólogos franceses cuando el Emperador Maximiliano vino a América. Evidentemente, el nombre oponía el mundo latino al anglosajón. Por otra parte, se utilizan los diferentes nombres de acuerdo con motivaciones históricas, sociológicas, culturales, lingüísticas.
En cuanto a la organización política, la región abarca veintisiete estados independientes, uno asociado a la comunidad estadounidense, once islas que forman parte del Commonwealth, dos departamentos franceses, colonias francesas y holandesas.
En la actualidad, se prefiere la denominación integral de "Latinoamérica y el Caribe", para incorporar territorios que están bajo influencia cultural de otros países europeos.
La denominación "Iberoamérica" señala la relación de los países sudamericanos con Europa occidental, ibéricos de ultramar y occidentales de ultramar; responde, precisamente, a razones estrictamente culturales y resuelve el problema de la unidad del objeto mismo de estudio. Comprende dieciocho países de habla hispana, uno de habla portuguesa y en cierto aspecto, Puerto Rico.
Los antiguos pueblos ibéricos sintieron una atracción profunda hacia su propio paisaje hereditario, y esta actitud se trasvasó a los pueblos iberoamericanos, donde el problema es la unidad, ya que el extremo abigarramiento de las realidades iberoamericanas suele ser lo primero que descubre un observador extraño. El plural parece imponerse, contra toda gramática, para reflejar los desconcertantes contrastes aun en países relativamente pequeños. La consideración histórica resulta también un problema, porque la historia se mueve acaso con mayor lentitud en Iberoamérica que en otras partes. De allí el avance de los exámenes ahistóricos de la realidad iberoamericana pasada o presente. Parece adecuado, sin embargo, establecer un criterio histórico para determinar la presencia de la antigüedad clásica en Iberoamérica.
Los lapsos responden, precisamente, a situaciones alternativas de vínculo y desvinculación de los territorios iberoamericanos respecto de sus orígenes ibéricos. Por lo tanto, la cronología, a menudo, se desdibuja frente a situaciones culturales más precisas.
Las etapas que presentan diferentes incidencias de la antigüedad clásica en Iberoamérica son: 1. Conquista, 2. Independencia y 3. Siglo XX en adelante.

1. Conquista.

Comprende la época que va desde el Descubrimiento hasta los finales del siglo XVIII, en los albores de las luchas por la Independencia.
Se caracteriza por un diseño geopolítico diferente del actual, que presenta una síntesis cultural inicial, marcada por epicentros hegemónicos.
La antigüedad clásica ejerce su influencia, esencialmente, a partir de la Iglesia y del Gobierno, íntimamente ligados para la tarea de impartir educación.
La expulsión de los jesuitas, alrededor de 1767, marca una quiebra cultural importante en esta etapa, en cuanto incide en la tarea educativa y, por lo tanto, en la difusión y asimilación de la cultura clásica antigua.
España y Portugal ingresaron a Iberoamérica bajo un auspicio clásico, ya que fue a través de los Pilares de Hércules, hoy Gibraltar, y del Mare Nostrum, bautizado por los romanos.
Pareciera que América no fue descubierta, sino inventada. Para la Europa renacentista fue una Edad de Oro restaurada y el mito utópico clásico inauguró la existencia de Iberoamérica.
La capital de la Isla Española se hizo acreedora, según la leyenda local, al título de "Atenas del Nuevo Mundo". El nombre se fundaba en la enseñanza universitaria, en el saber de los conventos, del palacio Arzobispal, de la Real Audiencia. Por lo tanto, Santo Domingo es el primer territorio de Iberoamérica en el cual se implantó la cultura europea; el primero al que se le concedió el derecho a erigir universidades. Desde muy temprano, se escribió allí tanto en latín como en español. No habían pasado cincuenta años desde el descubrimiento cuando los monjes dominicos obtuvieron del Papa Paulo III la Bula In apostolatus culmine, que elevaba al rango de universidad el estudio general que tenían en su convento, en 1538. Comenzaba así el trasplante del régimen universitario español al nuevo mundo: una casa de estudios superiores al estilo de la de Alcalá de Henares, con las facultades tradicionales: teología, derecho, medicina y artes.
México y Lima fueron los focos más sobresalientes de la cultura clásica, en los primeros siglos de la Conquista. En ambos centros, los españoles encontraron culturas indígenas que habían alcanzado un importante desarrollo.
La Iglesia católica funcionó como puente entre los dos mundos y cumplió un papel fundamental en la inserción de la cultura clásica grecorromana en Iberoamérica. Entre los que trabajaron con más empeño en la tarea de integrar a los indios al mundo civilizado, en México, se destaca el franciscano fray Juan de Zumárraga († 1548) a cuya gestión se debió la creación de la Universidad, en 1553, cuyo modelo fue la de Salamanca.
Los jesuitas desempeñaron un papel importantísimo en la historia de la cultura mexicana y se convirtieron en rectores de la educación colonial, basando su metodología en la imitación de los clásicos latinos, sobre todo Cicerón y Virgilio.
El siglo XVI está caracterizado, en México, por la acción que en cada uno de sus aspectos reflejó la tradición grecorromana. Esa tradición seguirá viva en el siglo XVII, con características diferentes, casi en abierta antítesis con el anterior: a la acción sucede el reposo, al interés espiritual de evangelizar a los indios, el de dominar en la sociedad criolla.
En latín están escritas buena parte de las obras de la erudición barroca: tratados de filosofía, de teología dogmática y moral, de derecho.
De la antigüedad clásica se prefiere, en ese momento de la cultura, ya no a Horacio y Virgilio, sino a Ovidio, ya que fue, a su manera, el más barroco de los poetas romanos, si se permite la acronología.
La prodigiosa inquietud por el saber que caracteriza al erudito Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700) y a Sor Juana Inés de la Cruz anuncia ya uno de los aspectos del siglo siguiente: el enciclopedismo. A la quietud y conservadorismo del siglo XVII, sucede una etapa de profunda transformación en México, eco de las inquietudes europeas (influencia del pensamiento inglés, francés y de la España de los Borbones). Pero el apogeo de la latinidad es, sin duda, la característica más singular de la época.
Los jesuitas, refugiados en Italia, escriben sobre diversos temas, cuyo elemento común es el interés por México. La obra más importante es la del jesuita guatemalteco Rafael Landívar (1731-1793): Rusticatio mexicana, publicada en Módena, en 1781 y, al año siguiente, en Bolonia, con el texto aumentado.
El virreinato español del Perú se asentó sobre el territorio del imperio de los incas, cuyos dominios abarcaban no sólo la actual República del Perú, sino también las de Ecuador, Bolivia y partes de Colombia, Argentina y Chile.
A mediados del siglo XVI, Perú presenta un caso singular: el de la fundación de una universidad que otorgaría grados profesionales, previa al funcionamiento de colegios preparatorios. La Universidad de Salamanca será modelo de la de Lima, inaugurada en 1553.
Los jesuitas llegaron a Lima en 1568 y empezaron a enseñar latín a los niños y también lenguas indígenas. Crearon Colegios en Lima, Cuzco, Trujillo y Arequipa.
Una vez convertida en capital del Virreinato, que había sido creado en 1543, Lima tendrá en el sur -como en el norte México- el monopolio de la riqueza material y cultural, de las que vendrán a nutrirse sus vecinos.
Las empresas guerreras de la época incitaron a la epopeya, en las que los poetas se dejarán llevar por reminiscencias clásicas. En 1596 se publicará en Lima la obra de un chileno, Pedro de Oña (1570-1643), cuyo Arauco Domado revela conocimiento de la épica clásica.
Pasado el primer momento dinámico de la conquista, decae el auténtico vuelo épico. Las transformaciones que se van produciendo en América no son ajenas a los sucesos que afectan a la península Ibérica, con el advenimiento de la dinastía borbónica.
Jesuitas, franciscanos y dominicos fundaron Colegios y Academias de enseñanza que se fueron transformando en Universidades a lo largo del territorio de Iberoamérica.
En algunos casos, como los actuales territorios de Bolivia, Guatemala, Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Colombia, Argentina, las Universidades surgieron en el Siglo XVII. En otras regiones, como Chile, Cuba y Panamá, recién se logra la educación superior universitaria en el siglo XVIII.
Los centros de influencia religiosa se fueron desplazando de norte a sur en el territorio: así llegaron al actual territorio de Argentina desde Potosí, en 1568. Luego, el epicentro de la provincia de Tucumán se desplaza y establece definitivamente en Córdoba, convirtiendo a esta ciudad en el centro cultural más importante del extremo sur, donde se erige la primera universidad argentina en el siglo XVII, tomando como modelo la de Charcas, inspirada, a su vez, en la de San Marcos de Lima.
En el orden político, se produce, en 1776, la creación del Virreinato del Río de La Plata, que comprende las provincias de Tucumán, Río de la Plata, Paraguay y Cuyo, como desprendimiento del Virreinato del Perú. Por lo tanto, se retrasa la aparición de instituciones universitarias en esta región.
Portugal no estableció universidades en Brasil, como España en sus colonias. La Compañía de Jesús enseñó humanidades, filosofía y teología, como en Portugal. La base estaba en la herencia escolástica y de la cultura clásica, con predominio absoluto del latín, la gramática y la retórica.
Las primeras manifestaciones literarias son crónicas de sucesos, descripciones de la naturaleza y de los habitantes que responden a las necesidades del momento. Un ejemplo de ello es la obra del padre José de Anchieta (1530-1597).
Durante la etapa de la Conquista, las disciplinas universitarias se fundaban en la teología, la gramática latina, la retórica. La filosofía tomó como modelos la Ética, la Metafísica y la Lógica de Aristóteles. La Física aristotélica se enseñaba en latín medieval.
La teología y el derecho fueron los cimientos clásicos de la Iglesia y del Estado, mediante la difusión del derecho romano y del derecho canónico, en latín.
Hasta los primeros años del siglo XIX, Virgilio reemplazó la falta de Homero; Marco Tulio a Demóstenes y Platón y no hubo sucedáneo de los trágicos griegos.
La arquitectura y el arte del período de la Conquista muestran una estrecha vinculación con la gestión educativa. La Iglesia y el Estado se confundían en el poder político y cultural y marcaron su impronta en los edificios, pinturas y esculturas de la época. Sin embargo, en lugares donde las culturas indígenas autóctonas estaban muy arraigadas y tenían un avanzado desarrollo, las expresiones artísticas surgieron como producto de estas culturas.
Una nota singular fue la visión del barroco americano, una visión giratoria de lo redondo, cabal, que nos demandan, por ejemplo, las estatuas de Aleijadinho en Ouro Preto. El barroco es la respuesta al horror vacui de mundos complementarios: el de la Europa de la Contrarreforma y el de la América de la Contraconquista, que requiere llenar los vacíos de la Utopía traicionada.

2. Independencia.

Hacia el siglo XIX, los movimientos de la independencia iberoamericana tomaron paradigmas heroicos de Plutarco, Cicerón y Tácito. La nomenclatura de las instituciones independientes, recién inauguradas, fue latina, así se llamaron los triunviratos, asambleas, cónsules.
Se incorporan a la plástica cívica iberoamericana los símbolos de libertad que Grecia y Roma le habían aportado a la Revolución Francesa: gorros de libertad, estatuas representativas, inundan Iberoamérica a modo de recreación del pensamiento clásico grecorromano.
En las letras, la influencia latina resultó fundamental para expresar la independencia de las naciones iberoamericanas.
Los elementos clásicos aportan una tradición jurídica que es una resurrección de concepciones políticas latinas.
En 1808 se forma la Arcadia de México; tal creación no es sino la consecuencia del mismo ambiente, y es curioso reparar que esto ocurre al mismo tiempo en otras ciudades de América.
Si durante el periodo colonial hubo unidad en cuanto a los objetivos de la enseñanza de la lengua latina, por el papel rector de la Iglesia en la educación, en esta etapa se enfrentarán, en Iberoamérica, dos filosofías educativas, dos tendencias políticas rivales. Esto provocará que, a mitad del siglo XIX, en las instituciones educativas religiosas se refuerce el estudio del latín y del griego para oponer a la literatura romántica, que consideraban perniciosa. Y años más tarde, un importante sector de la Iglesia considerará que los clásicos ya no eran el antídoto contra el romanticismo, sino que ellos mismos resultaban vehículo de las ideas de la revolución francesa y de la corrupción existente. La polémica se agudiza en pleno período de reorganización.
Sin embargo, el Iluminismo dio vida al escepticismo y la arrogancia. Las sorpresas de la ciencia experimental y las exigencias de la vida mecanizada fueron las causas de un brusco viraje hacia las llamadas ciencias prácticas. El estudio del latín se vuelve superfluo en las universidades más tradicionales, como la peruana.
Se destaca, en esta etapa, la labor de hombres que, más allá de los límites de sus países de pertenencia, resultaron transmisores itinerantes de la tradición clásica grecolatina, que adquirieron en Europa.
Una vez lograda la Independencia política, aumenta el número de colegios, en Chile, y comienzan a llegar viajeros ilustres. Entre todos, sobresale el venezolano Andrés Bello (1781-1865), que ocupa un lugar eminente en la historia de las letras y la cultura hispanoamericanas, por el estilo de su formación. Dos elementos predominantes en la estructura intelectual de Bello son, en filosofía, el humanismo enciclopedista de la ilustración, y el empirismo inglés; en estética, el clasicismo literario, con su base en el estudio del latín. Participante activo en el proceso de la Independencia y de la organización republicana, su longevidad le permitió llegar hasta el advenimiento de la generación romántica. Después de haber permanecido desterrado casi veinte años en Londres, llegó a Chile, convocado por el gobierno, en 1829. Además de su obra poética -de estilo clasicista y que incluye traducciones de poetas latinos-, Bello escribió libros con finalidad didáctica, destinados a servir como textos en colegios y universidades.
En Colombia, Rufino José Cuervo (1844-1911) fue un notable filólogo de formación clásica.
Miguel Antonio Caro (1843-1909) ejerce su influencia más profunda desde la cátedra, la prensa y la tribuna política. Pertenece a una familia de cultores de los clásicos: su padre es el poeta José Eusebio Caro; su abuelo materno el jurisconsulto Miguel Tovar, con quien aprende latín y a compenetrarse del espíritu de Roma; su preceptor inglés, Thomas Jones Stevens, conoce griego y latín. Caro publicó traducciones de Virgilio y Horacio; además, expresó sus ideas sobre el arte de traducir los clásicos.
José Martí (1853-1895) es la presencia más importante de este período y, desde Cuba, irradió su influencia a toda Iberoamérica. Estudió en Madrid y en Zaragoza. A su regreso de Europa, vivió en México, Guatemala, Cuba y New York. Dedicó su obra a un objetivo, que fue la liberación de Cuba. Su producción periodística logró un nivel artístico de excepción. Fue un orador deslumbrante, con un conocimiento profundo de los clásicos españoles y un manejo del idioma que logra la elaboración de un estilo particular, nuevo en Iberoamérica, en el que alternaba con sabiduría los latinismos con las palabras indígenas más rústicas.
Martí no tuvo intenciones de iniciar una revolución literaria, pero su Ismaelillo suele tomarse como punto de partida para el modernismo.
El modernismo literario tuvo en el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) el mayor exponente, e inauguró una revolución idiomática y poética que fue llevando, con su presencia, por toda Iberoamérica y a Europa. Darío creó composiciones que percibieron el prestigio de Grecia y de Roma.
Darío, junto a Martí, el cubano Julián del Casal (1863-1893), el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895) y el colombiano José Asunción Silva (1865-1916) constituyen los exponentes del modernismo al norte del ecuador. Darío participa también del segundo modernismo, cuando se unen a él, en la Argentina, donde fijó su residencia entre 1893 y 1898, Enrique Larreta (1875-1962) y Leopoldo Lugones (1874-1938); en el Uruguay, José Enrique Rodó (1871-1917) y Julio Herrera y Reissig (1875-1910); en Bolivia, Ricardo Jaimes Freyre (1868-1933); en Chile, Manuel Magallanes Moure (1878-1924) y Carlos Pezoa Velis (1879-1908); en el Perú, José Santos Chocano (1875-1934) y Guillermo Valencia (1873-1943); en Venezuela, Manuel Díaz Rodríguez (1868-1927), Rufino Blanco Fombona (1874-1944); en México, Luis Gonzaga Urbina (1868-1934), José Juan Tablada (1871-1945), Enrique González Martínez (1871-1952) y Amado Nervo (1870-1919).
Todos ellos incluyeron la presencia de los clásicos grecolatinos en sus obras y el nuevo movimiento alcanzó a todos los países, al norte y al sur del ecuador.
La literatura mantiene sus características neoclásicas, pero los temas son otros. Los poetas cantan acontecimientos del momento. El género fundamental es la lírica. Se nota en las producciones la influencia de los romanos Virgilio, Horacio y Ovidio.
A medida que avanza el siglo XIX, en Buenos Aires se suceden movimientos políticos y literarios que pasan por el romanticismo y el eclecticismo, hasta que la organización nacional requiere de bases sólidas, como el Código civil de Dalmacio Vélez Sársfield, promulgado en 1869, y considerado el más romanista de los códigos modernos. Luego llega el positivismo. De todas maneras, el intento de organización nacional imprime su sello a la presencia clásica.
Leopoldo Lugones trajo a la poesía de Iberoamérica aportes no menos valiosos que los de Darío y fue, como él, un extraordinario gimnasta verbal.
Con la revolución de 1811, Paraguay inicia la época de nación autónoma. Asunción tuvo estudios superiores no universitarios recién en 1889.
En Uruguay, Larrañaga inicia el proceso fundacional de la Universidad de Montevideo, que se concretará en 1849 y que propicia la enseñanza del latín. La Universidad Mayor de la República, inaugurada definitivamente en 1849, se inspiró en la universidad napoleónica, modelo de la de Buenos Aires.
La llegada de la familia real portuguesa a Brasil, en 1808, con motivo de la invasión napoleónica, inicia un período de grandes progresos. Desde fines del siglo XVIII, se proyectan en Brasil las ideas de la filosofía francesa de la época de la restauración.
Pedro II fue declarado mayor de edad e instalado en el trono de Brasil en 1840; protegió las letras, las ciencias y las artes. Entusiasta de Tucídides, se interesó por las obras históricas.
La arquitectura, durante el siglo XIX en Iberoamérica, estuvo al servicio de las realidades políticas. La Independencia, inspirada, esencialmente, en los modelos franceses, se manifestó en los edificios públicos que albergaron a las nuevas autoridades. La presencia grecolatina llegó a Iberoamérica a través del neoclacisismo francés, tanto en la arquitectura como en las estatuas alegóricas que adornaron sus ciudades. La escultura fue la expresión artística más difundida en este período, porque ofrecía la mejor posibilidad para representar el símbolo y la metáfora. La influencia plástica de la mitología grecorromana, de interpretación unívoca, estuvo al servicio de una estatuaria inaugural del sentimiento independiente iberoamericano y convivió, en algunos sitios, con la simbología autóctona.

3. Siglo XX en adelante.

La influencia de la antigüedad clásica en Iberoamérica, durante el siglo XX, presenta características diferentes a las notadas en los períodos anteriores.
Se trata de "un retorno a Grecia", prefigurado en el siglo XIX, que desplaza, hasta cierto punto, el predominio anterior de la latinidad.
Se destacan dos aspectos fundamentales de la presencia de lo clásico: en primer lugar, el vehículo cultural que significaron los exiliados españoles y los filológos germánicos, que llegaron a Iberoamérica, y cuya influencia se concentró, principalmente, en las Universidades. Otro aspecto destacable fue la influencia de grandes humanistas, que influyeron en la cultura Iberoamericana, desplazándose por diversos países y, en todos los casos, inauguraron la búsqueda de una noción de patria con identidad propia, a partir de modelos grecorromanos.
Fue muy importante el aporte humanístico de los republicanos españoles exiliados en México, en el siglo XX: Las figuras de A. Millares Carlo en Maracaibo, y de Ángel Rosenblat en Caracas, marcan una sólida formación clásica en Venezuela. Rodolfo Oroz, en Chile, es una prueba de que la llegada a ese país de los filológos alemanes Hansen y Lenz resultó destacable.
En la República Argentina, E. Schlesinger en las universidades de Tucumán, La Plata y Buenos Aires, y G. Thiele, en las del Sur, Rosario, Buenos Aires y La Plata. Entre los continuadores, Aída Barbagelata y Carlos Di Sandro, en latín, y Atilio Gamerro y Carmen Verde Castro, en griego, en la Universidad de La Plata. En Montevideo, creaba una escuela de latinistas Vicente Cicalese; en Brasil, Ernesto de Faria fue promotor y organizador de los estudios clásicos brasileños, bajo la influencia de Carcopino, Marouzeau, Perret, Piganiol y Durry.
En México, la generación llamada del "Ateneo de la Juventud o del Centenario", con Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña y José Vasconcelos, impulsó una vuelta a las Humanidades, sobre todo a Grecia, por influencia alemana. La cultura, para los jóvenes del Ateneo, se originaba y nutría en el estudio del mundo clásico de la antigüedad, principalmente griego, de su literatura y de su filosofía, modelo filosófico y artístico por excelencia. En cuanto al mundo romano, no tuvo para ellos particular atractivo, por el hecho de que se le reconocía, sobre todo, el genio jurídico y político, en un sentido antidemocrático, negativo respecto del ejercicio del poder.
José Vasconcelos (1881-1959), como titular de la Secretaría de Educación Pública, fue quien mayor influencia directa tuvo por su proyecto de política cultural. Con el propósito de difundir la cultura clásica junto a los rasgos fundamentales del pensamiento moderno, organizó una colección de grandes autores, que se distribuyeron gratuitamente por toda la República.
En 1931, se conmemora el segundo milenario del nacimiento de Virgilio, y Alfonso Reyes es quien encabeza el Homenaje con su famoso Discurso por Virgilio. La obra de Alfonso Reyes (1889-1959), rica en los temas de la cultura clásica, revela que su notable pasión por el saber no desatendió las cuestiones de fondo de su país ni de la cultura latinoamericana en general. Reyes fue crítico literario y poeta. Le atrajeron las tragedias griegas, influenciado, al comienzo, por las tesis de Nietzche y Gilbert Murray. Durante su estancia en España, adquiere el método de investigación filológica, junto a Menéndez Pidal, y se interesa por los últimos descubrimientos arqueológicos y por todas las expresiones culturales europeas que involucren un testimonio clásico. Durante su labor diplomática en Argentina y Brasil, cumple una función humanista integradora, al servicio del gobierno de México, que redunda en una difusión cabal del pensamiento clásico. De regreso a México, Reyes produce estudios dedicados a las humanidades clásicas. La Paideia de Werner Jaeger fue el sustento para Junta de Sombras, una historia del espíritu griego que, desde América, Reyes producía, contemporánea y con la misma influencia jaegeriana que Historia del Espíritu griego de Wilhelm Nestle.
Alfonso Reyes ocupa los últimos diez años de su vida en el estudio de la Grecia antigua.   La tarea de divulgación de la antigüedad que desarrolló Alfonso Reyes en Iberoamérica estuvo guiada, en todos sus aspectos, por su intento humanista de proporcionar a México una cultura propia, independiente y señera, a partir de los más firmes paradigmas de la antigüedad. Su realización superó ampliamente este objetivo primero, ya que toda Iberoamérica recibió su enseñanza y se alimentó de sus ideas.
Nacido en Santo Domingo, Pedro Henríquez Ureña (1884-1946) se constituyó en el constante par cultural de Alfonso Reyes, ya que ambas son las figuras descollantes de la primera mitad del siglo XX.
Henríquez Ureña era humanista en el sentido primigenio del vocablo, por su amor a las letras clásicas y su interés por el estudio científico de su lengua materna.
La obra de Henríquez Ureña es medulosa en la investigación filológica, en la historia literaria, en la disquisición y en la síntesis de cuestiones generales, en antologías y bibliografías. Su prosa es magistral en su economía, precisión y arquitectura. Se formó en todas las literaturas, en todas las filosofías y, en su curiosidad por lo humano, no descuidó ni siquiera las ciencias. Donde viviera, creó ambientes, familias intelectuales, discípulos. Tenía preferencias racionalistas, clásicas, al servicio de la formación de un pensamiento claro y constructivo.
En la segunda mitad del siglo XX, la literatura y la plástica toman a su cargo la presencia de lo clásico en Iberomaérica. Los autores más representativos del denominado "boom de la narrativa iberoamericana": Cortázar, Sábato, Fuentes, Vargas Llosa y García Márquez, así como Borges, Marechal, Lezama Lima y otros destacados latinomericanos, produjeron un "retorno a Grecia" en sus obras y, a partir del tratamiento literario a que sometieron los mitos clásicos, elaboraron una "nueva épica", que inscribe al hombre iberoamericano en una reflexión cultural original, con identidad propia, a partir de los modelos de la antigüedad clásica, tamizados, en algunos casos, por el cristianismo importado de Europa y complementado por las mitologías netamente americanas.
Una síntesis del tratamiento plástico de la tradición clásica es la obra del mejicano José Clemente Orozco. En el fresco, que se puede admirar en Pomona College, la figura de Prometeo simboliza la visión trágica de la humanidad, originada en la Antigüedad clásica. Desde otro gran mural de Orozco, que se encuentra en Darmouth College, el mito de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, complementa al mito mediterráneo de Prometeo. Pero en una tercera y no menos magnífica obra de arte, la cúpula del Hospicio Cabañas, en Guadalajara, México, Orozco resuelve ambas figuras, el héroe mediterráneo y el indoamericano, Prometeo y Quetzalcóaltl, en una sola imagen universal: el hombre, destinado para siempre a perecer en las llamas de su propia creación y a renacer de ella.
En Orozco, los dos mundos, el viejo y el nuevo, el europeo y el americano, se funden en el calor de la llama. En ese encuentro de nuestra "patria modesta" con la patria fugitiva de España, reconocemos el encuentro de las renovaciones americanas con las comunidades europeas. Es el instante autoral en el que los pueblos Latinoamericanos vertebraron por fin a su España inteligente, y dejaron de ser los bastardos de la España conquistadora. Ambos, europeos y americanos, nos impusimos una obligación común: ni unos ni otros éramos ya dueños, nosotros, de nuestra identidad utópica, los europeos, de su identidad civilizadora.
La historia de los pueblos Iberoamericanos procede por rupturas. Cada nuevo proyecto histórico no sólo reemplaza al anterior: lo aniquila, lo niega y así se obliga a partir, cada vez, desde cero. La Conquista pretendió negar totalmente el mundo indígena; la Independencia, al mundo colonial; la Revolución, al positivismo decimonónico. Proclamando su orfandad, cada proyecto histórico queda abierto, de buena o de mala gana, a la secreta contaminación de las tradiciones negadas.
Cuando el futuro es suprimido, el origen ocupa su lugar. El ser humano, instalado de nuevo en sus orígenes, invariablemente adquirirá una imaginación de realidades opuestas y alternativas que lo conducirán, a su vez, a una certeza clandestina, acaso revestida de mito, de que hubo una unidad original, es decir una historia anterior a la separación.
Desde entonces, la historia de Iberoamérica es una segunda búsqueda de la identidad, de la apariencia, una búsqueda: más que conceptos, signos vivos de un destino que, una vez, se resolvió en el encuentro de la pura fatalidad y el puro azar. Más trágica que Edipo, Iberoamérica no acaba de reconocerse en su máscara. A la fatalidad y el azar opone el albur: temible negación de los demás que nos conduce al suicidio de no poder reconocernos fuera de nosotros mismos. Y esta profunda inquietud acerca de la propia identidad es lo que hace de Iberoamérica un lugar apasionante. El Prometeo occidental se encuentra tan desorientado como las criaturas a las que en otro tiempo, más feliz, pretendió ofrecer el fuego divino. Prometeo ha esperado a Godot en vano.
No hay nueva creación sin tradición que la alimente, como no hay tradición viva sin nueva creación que la sostenga.
La presencia clásica grecolatina en la historia cultural de Iberoamérica resulta imprescindible para iniciar una segunda búsqueda de la identidad, una búsqueda nuevamente tendida entre la necesidad y la libertad.

NOTAS

* Este artículo, con modificaciones, fue presentado en el Congreso de la FIEC, realizado en Ouro Preto, en agosto de 2004 y su contenido pertenece a una investigación mayor que, en parte ha sido publicada en una versión en alemán, con traducción realizada por J. Büchner y B. Zimermann, en Der Neue Pauly. Enzyklopädie der Antike, Band 15/1 La-Ot, In Verbindung mit Hubert Cancik und Helmuth Schneider Herasugegeben von Manfred Landfester, pp. 20-47 (Stuttgart-Weimar, 2001), con el título Lateinamerika y en español, en el Boletín de la Academia Argentina de Letras, Tomo LXIX, pp. 87-124 (Buenos Aires, 2005) con el título Tradición clásica en Iberoamérica.

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(Dada la voluminosa bibliografía existente y consultada sobre el tema, se ofrece una breve selección de la misma)

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