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Synthesis (La Plata)

Print version ISSN 0328-1205

Synthesis (La Plata) vol.18  La Plata Jan./Dec. 2011

 

ARTÍCULOS

Los juegos funerales en honor de Patroclo (Ilíada, XXIII.257 ss.)1*

Carmen Victoria Verde Castro

Universidad Nacional de La Plata


Resumen
Los juegos funerales en honor de Patroclo presentan como componente estructural el catálogo de los contrincantes en tres versiones diferentes. El presente trabajo analiza el modo en que este componente estructural revela los aspectos accidentales o inexplicables de la existencia humana desde la perspectiva de la ética homérica.

Palabras clave: Juegos Funerales; Patroclo; Ilíada.

Abstract
The Funeral Games in honor of Patroclus shows the catalogue of contenders as a structural component in three different versions. The present work analyzes the way in which this structural component reveals accidentals or unexplainable aspects of human life from the point of view of Homeric Ethic.

Key-words: Funeral Games; Patroclus; The Iliad.


Los juegos funerales en honor de Patroclo comienzan, como se sabe, en la diéresis bucólica del verso 257 del Ψ, en el momento en que Aquiles los establece, exhibe los premios correspondientes, en razón de la superioridad indiscutida de sus caballos.
El trámite de esta segunda mitad del canto, mucho más extensa que la primera, se explaya en la narración de las ocho diferentes pruebas de destreza a que es sometida la ἀρετή de los competidores. Para nuestro propósito interesa particularmente la primera, es decir, la carrera de carros que es también la que ocupa en la serie el lugar preferencial, tanto en el orden expositivo cuanto en la prolongada atención que merece al poeta.
El relato sigue la natural secuencia cronológica que impone el argumento, desde la formalización de los ἆθλα hasta la distribución de recompensas. Dentro de esta disposición lógica y forzosa en un poema épico, se destaca un elemento estructural, en tres variantes, que vertebra la narración. Se trata del catálogo de los contrincantes,2 mencionado la primera vez en ocasión de la convocatoria del Pelida, vs. 288-351, y repetido otras dos con motivo del κλήρους βαλεῖσθαι del sorteo por el orden de partida, vs. 352-357, y del arribo a la meta, 499-533. Lo que va del v. 257, en que se inician los juegos, al v. 288, se emplea en los preliminares de organización mencionados. El espacio entre los catálogos segundo y tercero contiene la carrera en sí misma más el "excursus" entre Áyax Oileo e Idomeneo a propósito del vencedor.
Es innecesario señalar que los tres catálogos responden a la exigencia de puntualizar tres instancias importantes dentro del contexto narrativo: primero, mencionar a los competidores según el orden de su presentación espontánea a la competencia; segundo, enumerarlos de acuerdo con el sorteo, es decir, trastocando la primera nómina y reconociendo, de hecho, la intervención de un factor ajeno a la voluntad humana, sobre cuya libre decisión competitiva se había formulado la lista anterior, tercero, confeccionar un registro conforme al orden de llegada que permita asimismo la distribución de los premios y, con ello, cerrar el circuito narrativo.
Los tres catálogos se esquematizan así:

I. Eumelo
Diomedes
Menelao
Antíloco
Meríones

II. Antíloco
Eumelo
Menelao
Meríones
Diomedes

III. Diomedes
Antíloco
Menelao
Meríones
Eumelo

Resulta de la confrontación que el único que mantiene su lugar el tercero, en los tres casos, es Menelao y aun éste resigna frente a Antíloco el controvertible segundo puesto que le hubiera correspondido de no mediar la argucia desleal del hijo de Néstor. Le sigue con mínima alteración Meríones, del quinto puesto en el catálogo primero al cuarto en los otros dos. Los demás exhiben notables altibajos en el diagrama: Eumelo pasa del primer lugar al segundo y al quinto; Diomedes, del segundo al quinto y al primero; Antíloco, del cuarto al primero y al segundo.
Todo ello hace pensar, dentro de la parquedad de muchos procedimientos homéricos y sin descuidar inversiones de esta índole dadas ordinariamente en la común experiencia cotidiana, que el poeta está encubriendo en el perfil muy escueto del catálogo tradicional su intención de mostrar, sin aditamentos especulativos, la práctica -una más- del éxito y del fracaso humanos. Todo lo que aquí sucede se desenvuelve dentro de una parábola que parte del arbitrio personal de los competidores y llega a la consecución del triunfo para uno solo de ellos y a la derrota para todos los demás.
Para hacer inteligible este proceso, Homero se vale de sus expedientes habituales. Ante todo, el catálogo que, en su forma más elemental, se funda en el valor esencial y, por esto mismo, poético de una retahíla de nombres propios significativos y tolera, no obstante, la adición de epítetos y de otros sintagmas adjetivos, además de pequeñas genealogías, "racconti" que iluminan la sobriedad de los nombres que acompañan.
Se sabe que en la evaluación de estos conocidos recursos épicos debe procederse con la cautela de juicio pedida por su naturaleza y la función asignada por el poeta. No se puede desestimar lo convencional de los epítetos ni la superfluidad -al menos aparente- de incursiones retrospectivas más o menos conectadas con la ocasión que la motiva. Ello responde a la pretensión analítica de abrazar la totalidad, en función de un primitivo tema muy circunscripto. El resultado es el ensanche del horizonte narrativo más allá de lo lógicamente indispensable. De esto es buena muestra el primer catálogo, donde podrían justificarse de otra manera apéndices como el origen de los caballos troyanos de Diomedes arrebatados a Eneas y menos la salvación de éste por obra de Apolo. Así tampoco la más profusa historia de la yegua de Agamenón, si no se admite razonablemente su verdadera función, a saber, integrar una visión omnímoda de la realidad que acoja holgadamente toda digresión y al precio de desviar la atención del oyente, enriquezca su visión poética.
Sin embargo, el ὃς ἱπποσύνῃ ἐκέκαστο3 del verso 289, referido a Eumelo, resulta significativo si se considera su ventaja inicial sobre Diomedes y sus buenas probabilidades de éxito, de no mediar la intervención Apolo-Atenea. La observación sobre su pericia en la equitación lo resalta frente a los epítetos más corrientes y anodinos de Diomedes (κρατερός, v. 290), Menelao (διογενής, v. 294); Antíloco (ἀγλαός, v. 302) y al nombre sin añadiduras de Meríones (v. 351).4 La proposición de relativo justificará a distancia el deseo de Aquiles de honrar su ἀρετή, otorgándole el segundo premio.
Pero Eumelo no es el único contendiente cuya maestría en la conducción de caballos merece resaltarse. Antíloco recibe un mejor elogio que el simplemente genealógico de los vs. 302-3, de boca de su padre. El esquema del catálogo se amplía, después de la mención del cuarto competidor, precisamente Antíloco, para dar lugar a un "excursus", después del cual la nómina se cierra con el quinto participante, Meríones. Este "excursus" es llamativo no tanto porque signifique una quiebra dentro del "continuum" narrativo -ya hubo inmediatamente otra referida a la historia de los caballos de Agamenón en los vs. 295-300- cuanto porque se trata de una ῥῆσις parenética dirigida por Néstor a su hijo e inserta dentro de un catálogo.5
El discurso comienza con una aseveración que compensa el formulario y vacuo epíteto ἀγλαός que acompaña el nombre de Antíloco en el v. 302. Aquí Néstor recuerda que su hijo fue objeto de la preferencia divina de Zeus y Poseidón y, en consecuencia, instruído por ellos en los variados menesteres del arte de la conducción de caballos. Por eso el joven, pese a serlo, no necesita instrucción paterna, es decir humana, pues conoce a la perfección el modo de contornear la metas (vs. 306-9). El ὃς ἱπποσύνῃ ἐκέσατο del v. 289, sólo acentuaba la excelencia de Eumelo en la práctica ecuestre, sin denunciar el origen de su experiencia. En el caso de Antíloco, los dioses lo aleccionan, como Apolo o las Musas lo hacen con los poetas.6
Néstor quiere considerar con equidad las probabilidades de Antíloco. El ἀλλά del v. 309, que corrobora en su adversación la diéresis bucólica, señala la desventaja con que necesariamente debe contar el Nestórida: la poca agilidad de sus caballos y sus perniciosas consecuencias (λοίγια). A esto corresponde antitéticamente el mismo análisis referido a sus adversarios (vs. 311-2), que poseen mejores cabalgaduras, pero son incapaces de superar en sagacidad a Antíloco. Los veros 309-12 exponen, en su conjunto la superioridad e inferioridad alternativas de éste y sus rivales en forma quiasmática. En efecto, la apreciación sobre los caballos de uno y otros ocupa las dos instancias centrales y la valoración de la pericia de los conductores se ubica en los extremos del planteo.
A partir del v. 313 comienza la exposición verdaderamente parenética, muy destacada con ἀλλ᾽ ἄγε, en que Néstor explaya su teoría de la μῆτις como el más seguro instrumento de éxito para Antíloco. En poco versos encontramos μητίσασθαι (v. 312) y μήτι (315, 316 y 318), palabra este última anafóricamente repetida.7 El significado del vocablo puede precisarse con bastante exactitud dentro del pasaje. Se lo usa sistemáticamente en tres comparaciones contiguas, referido a actividades prácticas: la del leñador y el conductor de carros. En todas ellas la μῆτις se impone a la fuerza bruta (v. 315); en el segundo, puede enderezar la nave zarandeada por los vientos, es decir, prevalece sobre las fuerzas ciegas de la naturaleza (v. 317); en el tercero, permite a un conductor preponderar sobre otro similar, vencerlo con una perspicacia superior. El término se instala en el ámbito de la inteligencia práctica,8 aplicada a circunstancias concretas y se opone a factores irracionales (βίη, ἄνεμοι) o predomina sobre formas inferiores de inteligencia (v. 318). Las tres instancias de los vs. 316-8 culminan hábilmente con la referida al conductor de carros, es decir, el paradigma "ad hoc" sobre el que Néstor elabora la admonición a su hijo. Precisamente el ἀλλά del v. 319, con los dos generalizadores períodos relativos9 que le siguen cuidadosamente demarcados por μέν en el mismo verso y δέ en el 322, amplificaría en v. 318, donde μῆτις alcanza el clímax de significación buscado. Vs. 319-21 hablan del ἡνίοχος que confía incesantemente (πεποιθώς) en instrumentos irracionales o materiales (ἵπποισι καὶ ἅρμασιν) y, en consecuencia, da vueltas gratuitamente aquí y allá, mientras sus caballos deambulan sin rumbo fijo. Antitéticamente, en los vs. 322-5 se menciona al conductor ejemplar, al que conoce lo debido y sabe sacar las ventajas consiguientes (ὃς δέ κε κέρδεα εἰδῇ), por oposición a la conducción inconsulta (ἀφραδέως, v. 320); al que pese a conducir caballos inferiores (ἐλαύνων ἥσσονας ἵππους), siempre en vista de la meta describe curvas estrictas (ἀεὶ τέρμ᾽ ὁρόων στρέφειν ἐγγύθεν) frente a ἔνθα καὶ ἔνθα del v. 320. No se le escapa la manera de azuzar a los caballos (vs. 323-4), sino que los controla firmemente (ἀλλ᾽ ἔχει ἀσφαλέως) y observa al competidor delantero (καὶ τὸν προύχοντα δοκεύει), reverso del v. 321.
Néstor establece clara diferencia entre resortes emotivos exclusivos,10 por sí mismos incapaces de planificación y control, y el conocimiento del oficio consciente de la meta, que controla racionalmente a los entes privados de razón que dirige, cuanto a los seres racionales que con el participante rivalizan.
Para él, el éxito humano estriba en el dominio intelectual de la situación competitiva. Mientras el hombre no resigne una inteligente vigilancia sobre el orden de las cosas en que le toca actuar y, por ende, en tanto no pierda el imperio sobre ellas, inclusive en desventaja material (ἐλαύνων ἥσσονας ἵππους) pede asegurarse el triunfo.
De aquí que la palabra clave del texto sea μῆτις, una facultad de la que no puede prescindir ni siquiera aquél a quien los dioses se han dignado instruir personalmente (v. 307), como es el caso de Antíloco. No se trata del mero conocimiento de una actividad determinada, sino de una peculiar actitud espiritual que, fundada, sí, en lo cognoscitivo lo trasciende intuitivamente en una comprensión superior de la realidad encuadrada dentro de circunstancias concretas, y que se traduce en una conducta particularmente consciente de la táctica adecuada que se debe desplegar en cada caso.
Justamente, el resto del discurso de Néstor precisa el sentido de μῆτις, en el caso particular en que se encuentra Antíloco (δέ τοι ἐρέω, v. 326). Para obtener la victoria, el joven debe conocer la meta, concepto que tiene en esta oportunidad en un sentido muy literal (τέρματα, v. 333). Esto implica noticia (σῆμα, v. 326) sobre su situación y peculiaridades del terreno, por consiguiente, conocimiento de las dificultades inherentes a la empresa.
En el verso 334 comienza el adiestramiento de Antíloco, aquello que partiendo de una inteligente aprehensión del momento vívido (νόος, φρήν), encuentra su concreción en el aprendizaje de un procedimiento eficaz "ad hoc", de una τέχνη (μῆτις).11 Esta habilidad peculiar de saber conducirse en una situación comprometida como la que aquí se trata proviene tanto de una tradición inmemorial como de una experiencia personal. Ambas se dan sobradamente en el viejo Néstor. Lo que él enseña a su hijo es una destreza en la conducción que abarca desde la delimitación de la curva en torno de la meta, la propia postura en el pescante, hasta el diferente tratamiento que debe seguirse con los caballos, según su ubicación en el tronco. El éxito depende del perfecto perseguido (vs. 339-40) y los riesgos que se deben esquivar (340-3), tanto como los medios conducentes a ello. El verso 343, después de la cesura tritemímera, subraya que la actitud futura de Antíloco debe fundarse en la prudencia y en la vigilancia, es decir, en un dominio racional de las circunstancias.
Planteadas así las cosas, es lógico pensar que Néstor deba concluir su discurso "in crescendo", con un taxativo augurio de éxito para su hijo, si éste cumple sus prescripciones. Pero esta reafirmación exigida por la mecánica misma de su argumentación, adopta una forma singular: la de que Néstor no conciba (οὐκ ἔσθ᾽, ὃς, v. 345) a nadie capaz de aventajar a Antíloco ni de darle alcance, ni siquiera si conduce al divino Arión, el famoso caballo de Adrasto en la expedición de los Siete contra Tebas, o los de Laomedonte, es decir, los de su célebre abuelo Tros.
Dos interpretaciones son posibles. La más obvia es la literal. Según ella, Néstor llevado por el entusiasmo producido por su impecable disertación sobre el método más apto para ganar una carrera, cae en la falacia de creerlo infalible, lleva hasta las últimas consecuencias su confianza en el control humano de las cosas, sin detenerse ante la superioridad divina de las cabalgaduras de los teóricos competidores de su hijo. Si esta suposición fuese acertada, tal actitud de Néstor tendría, dentro de la ética griega, un solo nombre: ὕβρις. Dentro de este mismo orden de ideas, el resultado de la competición parecería mostrar una especie de moraleja al respecto: el destinatario de los consejos de Néstor, su hijo Antíloco, no consigue el primer premio, si bien hay opiniones concordes en el sentido de que la conducta deportiva exhibida por el joven no parece acusar el peso de los consejos paternos. Por otra parte, se verá en el análisis de la carrera que el factor decisivo de la victoria, la injerencia divina, no está en absoluto vinculado con el presunto desafuero de Néstor.
Además, una ὕβρις flagrante estaría en plena disonancia con el "ethos" de Néstor, tal como aparece en la Ilíada.12 Su estilo protréptico se ajusta a la más estricta σωφροσύνη, como resultado de una excepcionalmente larga experiencia de vida, que le ha enseñado a respetar ἔργῳ καί λόγῳ las fronteras entre condición humana y la divina.
En cambio, forma parte de su carácter como personaje que ha sobrevivido a tres generaciones humanas, una sistemática añoranza de épocas pasadas, magnificadas convenientemente por la lejanía en el tiempo y en el espacio. Hazañas propias y de coetáneos son narradas con la grandilocuencia de lo que son: mitos dentro del mito. Así el estilo de Néstor combina sensatos consejos y fantasiosas narraciones. Esta tendencia a la distorsión enfática, a la hipérbole, al parlamento solemne e impactante nos lleva a una segunda posible interpretación de 345-8.
Néstor ha interrumpido la monotonía del catálogo para transmitir a su hijo una técnica ecuestre ancestral, posiblemente vista y además practicada y perfeccionada por su propia ejecutoria. No una buena técnica cualquiera, sino la que aquél considera la mejor, la única. Su destinatario directo es Antíloco, pero esto es sólo un subterfugio. Lo son no sólo los competidores todos, sino los oyentes atentos, muy especialmente. Ahora todos saben -y sabemos- la precisión que exige la maniobra de contonear la meta, la importancia de la evaluación de los corceles, del conocimiento de la topografía del terreno y de la misma construcción de la νύσσα,13 la exactitud indispensable en la contención y distensión de las riendas por el inteligente juego de las manos conductoras, la significación decisiva de elementos aparentemente insignificantes como un buje de la rueda y su distancia respecto del ápice de la meta. En una palabra, la maestría con que debe ejecutarse hasta el mínimo detalle esta empresa ímproba. Todo esto podía haberlo advertido anodinamente Homero, pero prefirió la parenesis directa y autorizada por un rico tesoro de vivencias.
Néstor ha elucubrado una argumentación irreprochable, y al final, encuentra un "clímax" en la alusión a Arión y los caballos de Laomedón, El que siga su admonición -en este caso, Antíloco- será invencible, incluso frente a animales de estirpe divina. Esto provoca la estupefacción necesaria en el auditorio para que crea de buena fe en la inhabilidad de su receta. El recurso no puede interpretarse literalmente, sino como artilugio retórico, culminación brillante de una argumentación particularmente feliz dentro de todas las de Néstor.
El comentario del poeta a todo el discurso es considerarlo ἑκάστου πείρατα. Con esto Homero entiende que Néstor ha establecido "los lindes de cada cosa", las determinaciones exactas a que debe ajustarse el trámite de la carrera en cada una de sus etapas. Así lo ha creído el propio Néstor y de aquí su convicción de que la táctica aconsejada es la perfecta, la que -con exageración que no debe tomarse estrictamente en cuenta -podría oponerse con éxito frente a rivales con caballos de abolengo divino.
Una vez concluida la intervención de Néstor y rubricada con los versos transicionales 349-50, se reanuda el catálogo. Sólo un verso dedica el poeta a Meríones, el πέμπτος de la lista y su mención no excede el rutinario εὐτριχας ὠπλίσαθ᾽ ἵππους (v. 351). Este quinto participante, pese a sus destacadas apariciones en el poema,14 es aquí prácticamente insignificante y obtiene un modesto cuarto premio.
Contrasta la extensión concedida al discurso de Néstor, a expensas del nombre de su hijo, con la manera escueta de concluir el inventario de corredores. Esto demuestra que el muy primitivo género catálogo se ciñe originalmente a una enumeración muy sucinta de nombres propios15 con los indispensables epítetos. No obstante, si así lo desea el poeta, cada nombre invita a una posible digresión, a veces tan inopinada como la ῥῆσις de un personaje ajeno a la nómina en sí. Con estas y otras variantes queda asegurada la flexibilidad del género. Aquí la enumeración se cierra con la más sucinta alusión al último participante, después del locuaz parlamento de Néstor. Se recupera la parquedad característica de la nominación, la imperturbabilidad de su marcha, al usar los elementos mínimos que la distinguen. De tal modo la cita de Meríones actúa dentro del contexto como una forma de composición anular al recordar al oyente que se vuelve a la monótona enumeración de candidatos prolijamente señalados con adjetivos ordinales u otros términos expresivos de la secuencia en que los contrincantes se presentan ante la audiencia.16
Con el primer catálogo se conoce la lista de competidores y con esto se concita la normal expectativa de la largada. Un público griego, sin embargo, aguarda una etapa intermedia: el sorteo.17 Ejemplos de κλήρωσις son Η 171 y sigs. y Γ 316 y sigs. Allí la pormenorización es mayor que en Ψ. 352 ss., particularmente en el canto séptimo. Este tipo de proceso tiene instancias fijas, algunas infaltables como la acción de echar los κλῆροι dentro del casco, la agitación de los mismos y el salto de la tarja fuera de su recipiente que destina al elegido a acometer la empresa en cuestión.18 Es el esquema mínimo en que coinciden los pasajes correspondientes de los tres cantos cotejados.
Otros elementos son contingentes, o se dan por hechos. La plegaria a Zeus parece estar entre los primeros. La marcación de las tarjas, el reconocimiento de la que designa al escogido, y la acción de echarla al suelo por parte de éste constan en el detallado relato del Η, pero faltan en Γ y Ψ, donde evidentemente se presuponen.
En la narración de Ψ 352-7 es un factor relevante la celeridad de las acciones que se precipitan es seis versos: subida a los carros, echada de las suertes agitación de las mismas, salida de cada una en orden sucesivo. Precisamente la nómina completa de todos los sorteados diferencia este canto del Η y del Γ y justifica que el pasaje sea, en su brevedad, un pequeño catálogo19 de la regimentación en que a cada cual le toca ἐλαυνέμεν ἵππους.
Sobre la andadura rutinaria de la catalogación, toda la atención se concentra otra vez en los nombres o, mejor, en su ordenamiento. Esto es mucho más significativo para la carrera misma que la simple enumeración de la primera oportunidad. Ésta reflejaba sólo la mayor o menor rapidez del impulso competitivo.20 Ahora la sucesión de nombres tiene notoria importancia,21 ya que la proximidad respecto de la νύσσα acorta considerablemente la trayectoria del concursante, le ahorra esfuerzos y tiempo.
Casualmente el catálogo concluye con un contraste notable: Diomedes resulta el ὕστατος, el postrero en la lista, a pesar de que es el contendiente óptimo (ὄχ᾽ ἄριστος ἐών, 356-7).22 Es un buen ejemplo de cómo Homero balancea las perspectivas del Titida, asignándole probabilidades en pro y contra. Tales acotaciones cobrarán importancia en el transcurso de la carrera. Por el momento, el oyente es conciente de que, por una extraña e inexplicable coyuntura, al mejor participante le ha tocado el peor sitio de la largada. Es la primera observación de una serie de hechos contrastados que se desenvolverán después. Sucesos corrientes en la experiencia cotidiana, pero no por eso comprensibles para la inteligencia humana. Para Homero tiene el valor de los hechos dados, sobre los cuales no se puede especular porque su entraña permanece inexpugnable para la razón del hombre. Ya señalamos que el sorteo es una manera de consulta de la voluntad divina.23 Aunque la ritual plegaria a Zeus se omita aquí por la categoría de la ocasión, es evidente que la desventajosa ubicación del Titida responde al nivel de las decisiones sobrehumanas que el hombre pretende conocer por la κλήρωσις, y cuyo carácter de inapelables acepta sin discusión.
Con el señalamiento de los τέρματα por Aquiles y la asignación de σκοπός a Fénix se concluyen los preparativos y comienza la carrera propiamente dicha en el verso 362. Once versos de brillantez extraordinaria, en donde todos los competidores son descriptos simultáneamente.24 En efecto, es un cuadro de conjunto en que la totalidad es acuciada por idéntico estímulo, hace lo mismo, desde azuzar los caballos hasta sentir el corazón palpitante por la emoción y el esfuerzo. Paralelamente, las cabalgaduras realizan también actos sincrónicos: se ven envueltas en nubes de polvo con las crines al viento y vuelan por la llanura. De manera concomitante, los carros ya rozan el suelo, ya se alzan por los aires. La consideración alternada de hombres, caballos y carros se fusiona en una óptica total que los hace indiscernibles tras elementos descriptivos.
Convenía un cuadro así en que ningún participante se distinguiera momentáneamente del resto. Porque ahora Homero, exactamente en el verso 373, imprime un viraje decisivo a los acontecimientos. El medio formal de que se vale normalmente para introducir una quiebra en la narración es la conjunción adversativa ἀλλά, aquí precisada temporal y espacialmente con ὁτε y πύματονδρόμον, respectivamente.25 Se sobreentiende que los versos 362-72, con su pintura general de la carrera, se refieren a la primera mitad del circuito, a la πρῶτος δρόμος, porque la suerte de los corredores se diversifica sólo ahora, en la última parte del trayecto, el πύματος δρόμος, que lleva al punto de partida.26 Parece ser la etapa para el galope tendido (ἄφαρ δ᾽ ἵπποιδι πάθη δρόμος, v. 375). La observación resulta innecesaria ya que en 368-9 se había hablado de una velocidad extraordinaria. Una nota de Ameis al v. 373 aclara este punto, al señalar que en el contorneo de la meta se indicaba una locomoción más despaciosa y precavida, de manera que, al superar la νύσσα, los carros recuperan la marcha ya desplegada en la primera mitad de la pista. Este es el momento culminante,27 en que cada cual manifiesta su ἀρετή, es decir, exhibe la máxima tensión existencial en pos de un noble fin, que puede ser indistintamente la batalla heroica o el ἆθλον.28
Como es normal en una competencia de grupo, dos participantes atraen la atención al convertirse, sucesivamente, en punteros. Son Eumelo y Diomedes. Este resultado provisional -que después se transformará en definitivo- es bastante lógico. Según el primer catálogo, el Feretíada era ἱπποσύνῃ ἐκέκαστο y el Titida, además de κρατερός poseía los famosos caballos de Tros, escamoteados a Eneas. Con el mismo verbo ἐκφέρω Homero señala la ventaja del primero sobre el pelotón y la delantera que sobre Eumelo logra Diomedes. La persecución de éste es encarnizada. Se extrema la impresión visual de la cercanía trabajosamente conseguida por Diomedes sobre su contrincante para enfatizar la dura brega que esto le exige. Importa aquí el ahincado esfuerzo del hijo de Tideo -un buen ejemplo de la ἀρετή a que aludía el v. 374 -como contribución extrema de su capacidad personal para acceder al ἆθλον. En el orden puramente humano, que es del que se trata hasta aquí, sus posibilidades de triunfo están expuestas en los vs. 382-3, en la apódosis de un período potencial de pasado: "y habría podido pasar de largo o hacer dudosa la competencia", es decir que, en el peor de los casos, la victoria puede quedar indecisa, aunque Diomedes tiene serias perspectivas de vencer por su denodado comportamiento.
Pero en la prótasis del mismo período hipotético irrumpe un hecho inopinado en sí mismo, aunque nada extraño en la epopeya: "… si Febo Apolo no se hubiera airado contra el hijo de Tideo". El esquema de apódosis y prótasis, en este orden, en donde la proposición subordinada introduce la intervención divina que desbarata los propósitos humanos, factibles de realizarse en la oración principal, se da también en situaciones parecidas en P.70 y siguientes y Π.692 y siguientes.29 Apolo introduce dentro de la situación el factor imprevisible, el accidente que compromete, al menos por el momento, el curso de los acontecimientos. El dios representa la contingencia que está más allá y fuera de la pericia de Diomedes y de Eumelo.
A partir de este momento la acción se desenvuelve alternativamente en dos planos: a) El verso 382 expone la ya mencionada posibilidad de Diomedes (plano humano); b) 383-4: Apolo, enfurecido, le quita el látigo de la manos (plano divino); c) 385-7: resquemor de Diomedes que ve avanzar a las yeguas adversarias y flaquear a sus caballos por falta de aguijón (plano humano que refleja los efectos de la acción divina); d) 388-92: Atenea responde devolviendo el látigo a Diomedes e infundiendo vigor a sus caballos (plano divino); e) 392-9: consecuencias en Eumelo y Diomedes de la reacción de la diosa (plano humano); f) 399-400: corroboración de la autoría de Atenea en la victoria de Diomedes (plano divino).
En ambos niveles el proceso es continuo y coherente. En el ámbito divino, a la ira de Apolo contra el Tidida y su concreción, que de un golpe anula la ventaja conseguida por éste, sigue la respuesta de Atenea que neutraliza la acción del dios y perfecciona su obra rompiendo el timón del carro de Eumelo, con manifiesta hostilidad, por un lado, y, por otro, insuflando energía a las cabalgaduras de Diomedes y concediendo gloria al conductor.
Apolo y Atenea tienen una primera actitud idéntica: κοτέσσατο (383) y κοτέουσα (391), respectivamente;30 por cierto las víctimas son diferentes y esto permite establecer una clara antinomia en el planteo. Cada dios hostiga y favorece a contendientes distintos del perseguido y del protegido por el otro. Sin embargo, este equilibrio de fuerzas no es definitivo y debe ser resuelto por la acción prevalente de uno de los dioses. Ambos han coincidido en paralelas acciones negativas, producto del κότος que cada cual alimenta. Atenea ejercita también dos acciones positivas que señalan su predilección por Diomedes. Una de ellas simplemente restaura las cosas al estado anterior a la interferencia de Apolo, es decir, devuelve a Diomedes su látigo, restituye las cosas al punto en que las había colocado la pericia de éste y la calidad de sus caballos; la otra consiste en vigorizar a los animales y, en consecuencia, otorgarle el triunfo al amo.31 Así se establece el necesario desequilibrio en favor del afortunado vencedor. A Atenea no le basta poner a Diomedes en las condiciones en que estaba antes de la artimaña de Apolo; para decidir su victoria aparentemente debe, además, inutilizar el yugo del carro de Eumelo. Esto, más que demostrar que el κεν…ἢ ἀμφήριστον ἔθηκεν del v. 382 es más acertado que el καί νύ κεν ἢ παρέλασσ᾽[ε] del primer hemistiquio del mismo verso, sólo es un ejemplo más de los acostumbrados favoritismos que Atenea dispensa a sus protegidos. La superioridad de Diomedes ya se dio en 377-8.
En el medio humano, a la feliz posibilidad de Diomedes le sigue el pesar de éste por la momentánea desventaja de sus caballos y, súbitamente, la dispersión desordenada de las yeguas de Eumelo, la ruptura del timón, su caída del carro y contusiones; simultáneamente, la ventaja notoria del hijo de Tideo. Si del trámite del encuentro no existiera sino este contexto así esquematizado en el puro orden de los acontecimientos humanos, su curso sería claramente inteligible como resultado de un accidente tal como la inutilización del yugo, y un razonamiento más refinado podría explicar todavía el percance de Diomedes como la caída espontánea del látigo y su subsecuente recuperación.
Es normal, sin embargo, que Homero escinda la realidad en dos niveles de tan diferente entidad como el de los dioses y el de los hombres, en momentos de viraje decisivo de los acontecimientos. Lo que pudo ser contado como un mero incidente deportivo que justificara un triunfo y una derrota, se muestra, en cambio, con un reverso extrahumano entretejido con las acciones de la competencia. En este sentido los vs. 383-7 y 388-99 forman dos bloques en los cuales la actuación de los dioses repercute directa e inmediatamente en la existencia de los hombres y, además, encuadrando el conjunto, los vs. 399-400 dan la razón última de la buena suerte de Diomedes que encabeza el pasaje con el verso 382.
No vale la pena insistir sobre la peculiar óptica cosmovisiva que supone el "aparato de dioses" como refracción de la realidad y como medio poético apto para la intelección de ésta. Sobre esto ya se han dicho cosas definitivas.32
Pero son todavía oportunas algunas observaciones a propósito del pasaje que nos ocupa. Ante todo cabe preguntarse cómo se concatena la intervención divina con la disposición y preparativos que en el relato experimentan los hechos humanos, o sea, si éstos, librados a su propia moción hubieran podido llegar, "per se", al mismo desenlace. Es evidente que si el recurso del "Götterapparat" no es sino un procedimiento poético para captar en profundidad un hecho de la existencia humana, Homero debe ofrecer en éste indicios suficientemente explícitos como para que el resultado producido en ambos planos sea convergente. En efecto, esos indicios existen. Diomedes, además de poseer los caballos de Tros (v. 291) es ὄχ᾽ἄριστος ἐών (v. 357), ha conseguido ya previamente una ventaja decisiva sobre el rival (vs. 377-8). De ese modo el poeta logra la verosimilitud necesaria como para que el oyente acepte de buen grado que el Tidida pueda vencer después de superar un contratiempo riesgoso como la pérdida del látigo. Su triunfo es lógico de todas maneras, es lo único que se puede esperar tal como están planteadas las cosas. Lo que el juego de dioses manifiesta claramente es sólo lo inherente a las posibilidades estrictas de victoria y derrota de Diomedes y Eumelo respectivamente, no un cambio abrupto e irracional dentro del planteo establecido.33 Con todo, esta singular modalidad de ver lo que nosotros llamamos "accidente" como una brusca irrupción de la divinidad en el transcurso, hasta ese instante, normal de un acontecimiento, es particularmente efectivo para valorar lo que hay de sorpresivo, imponderable, indomeñable para la razón humana en nuestra vida. Por el procedimiento homérico, aunque sepamos que de alguna manera el látigo se cae espontáneamente de la mano de Diomedes, admitimos momentáneamente que le es arrebatado por intervención expresa de Apolo; lo mismo cabe decir especto de las maniobras de Atenea con Diomedes y Eumelo. La traducción de lo casual, contingente, accidental en fuerzas extra y sobrehumanas, en entes tan distintos de nuestra naturaleza, fortifica en el hombre la sensación y el convencimiento de que, en un momento cualquiera, puede y debe afrontar un percance tan incontrolable para él como lo pueden ser los mismos remotos dioses.
El pasaje así acentúa dos cosas aparentemente contradictorias. En verdad, sólo se trata de una curiosa polaridad indispensable para la penetración de un texto homérico semejante. Por un lado se arriba a un resultado estrictamente lógico, racional: Diomedes gana, a pesar de Apolo y gracias a Atenea, si se quiere ver así las cosas, o por propia superación de un serio accidente, porque es el mejor y tiene los mejores caballos. Por otro lado, y mediante la intervención de agentes tan ineluctables como los dioses, se subraya lo inexplicable que acecha a toda existencia humana. Que este factor finalmente prevalece en la mente del poeta, parecieran demostrarlo los vs. 399-400, con su reiteración del segundo hemistiquio del 390 y su rotunda afirmación de que la diosa "puso gloria sobre él", sin otra explicación. La última impresión que el oyente recibe es que no el ὄχ᾽ἄριστος ἐών, sino la gracia de Atenea, lo en última instancia fortuito, insondable, es lo que decide el triunfo de Diomedes. No obstante, el καὶ ἐπ᾽αὐτῷ κῦδος ἔθηκεν del 400 y del 406 no hacen sino despejar la incógnita de 382 que ya, de hecho, desechaba el fracaso de Diomedes por su sola ἀρετή. Versos 356-7 contraponían la excelencia del ὄχ᾽ἄριστος ἐών con el puesto de partida más desventajoso. Como lo explica la edición de Ameis, en su nota al v. 358, el participante situado en el ala izquierda tiene sobre el del ala derecha la ventaja de tener que describir una curva mucho más breve, ya que la meta debe ser contorneada hacia la izquierda. Pese a que el sorteo le ha sido adverso, Diomedes se empareja con el delantero Eumelo hasta el momento mismo en que Apolo lo hace víctima de su ira. Frente a este "accidente", Atenea no hace sino retrotraer las cosas al punto en que las hacía previsibles el v. 382.
Esta contemplación no comprometida de la normal oscilación pendular de los hechos de la existencia entre lo lógico previsible y lo irracional e insólito enriquece la óptica homérica más allá que cualquier especulación sobre ellos.
Ahora la atención del oyente se dirige a otros dos competidores, Menelao y Antíloco. Todo pasa como si la competencia agonal se estableciera de a dos, conforme al antitético espíritu griego que se complace en progresar por contraposiciones duales. Sin embargo, la transición formularia τῷ δ᾽ἄρ᾽ἐπ᾽[ι] de comienzos del v.401 establece la secuencia correspondiente dentro de la lid general. Antíloco se siente rezagado respecto de Menelao, pero esto se da como situación tácita, no como resultado de una puja encarnizada como la descripta a propósito de Eumelo y Diomedes. La desigualdad se hace sentir aquí mediante una ῥῆσις de Antíloco dirigida a sus caballos. Son catorce versos claramente divisibles en dos mitades señaladas por el γάρ del v. 410. Naturalmente está vertebrado por tres perentorias -y bastante simétricas- urgencias enderezadas a los animales para azuzarlos (vs. 403, 407 y 414). Abundan los verbos de movimiento, apremio y tracción. Los acicates que intentan promover la ἀρετή de los caballos son el desmedro que implicaría para ellos ser vencidos por Ate, una yegua, y la muerte que les esperaría a manos de Néstor, su amo, en ese caso dado.
Antíloco percibe que sus caballos no rinden lo debido; los exige reiteradamente pero tiene conciencia de que no pueden competir con los de Diomedes porque Atenea les ha otorgado rapidez y, a él mismo, gloria. Como es obvio, lo llamativo no reside en el apremio a las bestias, sino en la lucidez con que Antíloco aprecia su propia situación en el momento en que le toca actuar.
Por de pronto, el episodio previo vivido por Diomedes no le ha pasado inobservado, como lo demuestran el final del v. 405 y todo el 406 que, precisamente se hallan entre los decisivos μὲν…οὔ τι κελεύω del 404 y el δ᾽…κιχάνετε del 407. La primera alternativa se funda muy sensatamente en la evaluación de lo sucedido a Diomedes; la segunda, positiva, es más que su contraposición la actitud normal de adaptación a las circunstancias. Antíloco es consciente de que hay límites infranqueables para el hombre, aquí sustanciados en la intervención de Atenea y traducidos en un competidor intangible: Diomedes. En consecuencia se propone una meta menos ambiciosa que la original; ya no la victoria, sólo la disputa de un decoroso segundo lugar. Además, su perspicacia lo diversifica en dos aspectos esenciales de la conducción: el aguijoneo de los caballos que proporciona la estructura más saliente de la ῥῆσις y, lo que es más importante, su participación personal -ἐγὼν αὐτός- en la empresa, destacada en los dos versos finales (415-6). Los verbos son sintomáticos. Indican que es imposición de las circunstancias arbitrar recursos particularmente ingeniosos (τεχνήσομαι) y formularse una inteligente composición de lugar (νοήσω) a expensas de los datos conocidos. Uno de los predicados verbales alude a los expedientes de orden práctico, el otro a la intelección que los integra en el imprescindible dominio de la situación.
Los resultados de la sagacidad de Antíloco revelan la exactitud de su valoración: los caballos aceleran su marcha e, inmediatamente, él mismo descubre el atajo previsto para escurrirse furtivamente y encerrar al contrincante. La táctica consiste -como bien lo observa Leaf- en alcanzar a Menelao en el punto en que sólo hay lugar para un carro, y forzarlo a darle paso o exponerlo a un choque. El movimiento impreso a las cabalgaduras por Antíloco es el de un leve pero constante ladeo que esquiva la pista principal y permite adelantarse por la angostura de la zanja seca. Esto obliga a Menelao, por elemental sentido de prudencia y, quizás, por una innata pusilanimidad, a ceder terreno, ἠρώησαν ὀπίσσω, v. 433, μεθέηκεν ἐλαύνειν, 434, para evitar males mayores, no sin endilgar sendos discursos a Antíloco en son de desafío, y a sus corceles para animarlos. El recurso, paralelo al usado por Antíloco en 403 y siguientes, permite, pese a su brevedad, mejorar ligeramente la situación del Atrida (447), momento expresamente aprovechado por el poeta para la digresión Idomeneo-Áyax.
Este alto proporcionado intencionalmente por Homero permite recapacitar sobre el significado del encuentro Antíloco-Menelao. Ante todo, el episodio es decididamente distinto de la controversia Diomedes-Eumelo. Aunque ambos tienen un mismo punto de partida de competencia por un premio, y tendrán un término similar, en el primer caso se ha producido una particular interferencia de un accidente proyectado por Homero a un ámbito extrahumano. Este episodio sólo incide en el segundo de los casos como aceptación por parte de Antíloco y Menelao de un hecho dado e irreversible y, en consecuencia, como apetencia del segundo premio.34 35
Además, aquí, el elemento motriz no reside en un factor ajeno a los actores, como se daba en la primera pareja de corredores -no interesa si lo llamamos "Atenea" o "accidente"- sino que la victoria depende de la pura astucia humana de Antíloco, es decir, de aquella suprema perspicacia a que su progenitor había aludido insistentemente bajo el nombre de μῆτις. Si bien el viejo Néstor centra su técnica de conducción en torno del rodeo de la νύσσα, subraya expedientes de validez general: apreciar las coyunturas favorables, manejar firmemente los caballos y no perder de vista al delantero (vs. 322 y 325). Los κέρδεα de Néstor corresponden a los estratégicos verbos τεχνήοσμαι ἠδὲ νοήσω y, las maniobras hípicas, a aquellas otras formas verbales subsidiarias, como παραδύμεναι (416), παρατρέψας (423) y παρακλίνας (424). En ellas el preverbio da idea no sólo de un movimiento colateral de elusión de la ruta principal, sino, sobre todo, de una acción subrepticia cumplida al margen de las normas comúnmente aceptadas. Todo ello tiene aquí por objeto el aprovechamiento del στεῖνος ὁδοῦ κοίλης (419), como el discurso de Néstor giraba a propósito de la meta. Finalmente, toda la técnica de Antíloco está referenciada a Menelao, momentáneo delantero en 401. En el fondo, las dos situaciones -la planteada por Néstor y la sufrida por su hijo- son idénticas y responden a aquel perfecto e inteligente control de las cosas que prescribía el Nelida.
En suma, Antíloco ha interpretado verdaderamente la lección de su padre y la ha llevado a la práctica, no tanto en el ejemplo concreto que él había aducido, la superación de la νύσσα, cuanto en aquella inteligente flexibilidad de invención de recursos en cualquier circunstancia que la carrera le depare. Es más, la μῆτις que parece regir su acción lo ubica dentro de las justas coordenadas que le aseguran el éxito: limitación de pretensiones, penetración inteligente de la situación que lo escinde entre la artimaña del στεῖνος y la máxima exigencia a sus bestias, comprensión de la flaqueza del adversario. Es obvio que el triunfo obtenido por esta misma μῆτις no toma en consideración reparos éticos. Surgirán después, en el litigio entre ambos rivales. Lo que importa provisoriamente es cómo una situación comprometida ha sido resuelta y controlada por arbitrios exclusivamente humanos, tal como lo había previsto Néstor en su discurso.
En este aspecto es imposible adherirse a la opinión expresada por Ameis y Leaf sobre la falta de relación del consejo de Néstor con la narración posterior.36 Por el contrario, este episodio es su mejor ejemplificación, en una faz positiva, como el de Diomedes-Eumelo lo es también, pero en un sesgo negativo. En efecto, tan compenetrado está Antíloco de la importancia de usar de la μῆτις que, prudentemente, no toma en cuenta la exageración con que retóricamente concluye el discurso de Néstor, en el sentido de que quien observe sus indicaciones no será superado ni por el mismísimo conductor de Arión y de los caballos de Tros. Por el contrario, Antíloco sabe que Diomedes es el ganador indiscutido, por dignación de Atenea o, si se quiere, porque por motivos inasequibles a toda lógica humana y más allá de su reconocido mérito personal, ha resultado vencedor. Es extrañamente consciente de que hay topes infranqueables, signados de manera irrevocable. En el respeto de esos límites, que no es sino el mejor fruto de su μῆτις, está el secreto de su triunfo secundario, pero triunfo al fin.
Retrocedamos ahora al duelo Diomedes-Eumelo. El oyente que recuerda el discurso de Néstor, difícilmente podría esperar el trance decisivo de la carrera en su última parte, tal como en realidad sucede. El rey de Pilos alcanza el punto más exquisito de su instrucción cuando describe la pericia inobjetable con que se debe marginar la meta. Toda su argumentación teórica de la μῆτις, del control ingenioso e inteligente a la vez que debe ostentar el conductor afortunado, encuentra su aplicación práctica en sortear la curva de la νύσσα. De cómo superaron los corredores otros momentos álgidos, el poeta no dice nada. Es de suponer que el aleccionamiento del viejo guerrero ha sido aprovechado no sólo por Antíloco, sino también por sus rivales.
Pero hay en esto algo mucho más esencial. Y es que desde ahora se insinúa -tácitamente- que la magistral lección de Néstor no ha previsto todo, ni siquiera lo más importante. No ha avizorado la etapa verdaderamente decisiva; ha insistido demasiado en el momento que a su experto parecer -pero parecer humano a la postre- es el más arduo, y en su torno ha edificado una parenesis memorable. Se ha sentido satisfecho de su maestría, presumiblemente sobre todo al ver que los dóciles participantes aprovecharán ventajosamente su experiencia.37 Pero ésta no alcanza a sopesar los imponderables que han de decidir realmente la competencia. Esto, no por ignorancia técnica del certamen, sino por la radical insuficiencia humana para ubicarse plenamente dentro de la realidad en que vive el hombre inmerso y más todavía para prever contingencias tales como el percance que ha de ocurrir más tarde.
En este último e inquietante sentido es que el episodio de Diomedes y Eumelo son la prueba negativa del discurso de Néstor a que nos referíamos más arriba. Homero nos enfrenta con un par de hechos muy semejantes en sus comienzos y en sus finales, pero cuyas estructuras previsibles deparan desarrollos distintos. Un espectador desprejuiciado puede pronosticar el nombre del triunfador, sea por mérito (Diomedes), sea por astucia (Antíloco). Acertará en los dos casos, pero el trámite ha sido radicalmente distinto. En el primero, ninguna previsión humana -ni la del consumado consejero Néstor- puede saber dónde y cómo surgirá sorpresivamente un contratiempo que comprometerá pasajeramente el pronóstico, aunque no lo alterará al final. En este aspecto sí es cierto que el tan mentado discurso no tiene vinculación con la secuencia narrativa, pero ninguna parenesis humana podría tenerla aquí.
En el segundo de los casos, Néstor ha vislumbrado lo esencial, si se atiende a que la μῆτις es de por sí tan proteica como las circunstancias de la vida lo exigen en su multiplicidad. Si el hombre intuye y controla racionalmente sus posibilidades de triunfo, triunfa de hecho, sin más.
Sin embargo, los dos sucesos, paratácticos en la técnica narrativa, no se pueden aislar mutuamente. En rigor, integran armoniosamente una única realidad fáctica permanentemente válida en el pensamiento de Homero. Hay dos sesgos bien acusados: optimismo ingenuo, que programa y regula con bastantes probabilidades de éxito, tal como le sucede a Antíloco por aviso de Néstor, y la actitud alerta, propensa a todo hecho inopinado que acepta sosegadamente lo insólito sin pretender explicaciones racionales ni controles humanos. En qué medida se nos da lo uno y lo otro es tan insondable como lo expone -en su rudimentaria teodicea- el apólogo de Ω.527 y siguientes.
Repetidamente Homero decide hacer uso de la libertad que asiste a la épica para variar el punto de mira en el escenario narrativo.38 Aprovecha el momento culminante en que Menelao consigue, con las admoniciones a sus cabalgaduras, un aumento de velocidad y una mayor aproximación a su rival, (vs. 446-7).
Ya en los vs. 359-61 Aquiles había apostado un vigía para controlar la carrera. De él no se sabe más nada.39 Ahora, entre el público sobresale un espectador, Idomeneo, excepcionalmente bien situado (v. 451), que escucha al puntero, reconoce su voz (ἀκούσας ἔγνω, 452-3) y distingue el caballo delantero (φράσσατο, v. 453).
En consecuencia, el discurso que pronuncia a continuación (457 y sigs.) muestra la estupefacción de un espectador frente al sorpresivo hecho de que el aparente vencedor no es el que llevaba ventaja al comienzo. Sus puntos principales son los siguientes: a) Duda del propio testimonio de sus sentidos y apelación al de los demás. El verso 458 está enmarcado entre οἶος ἐχών y ἦε καὶ ὑμεῖς, con la añadidura de un interrogante que exige corroboración o rechazo, (v. 458). b) Prudencia en la constatación (μοι δοκέουσι ἰνδάλλεται), consecuencia del presupuesto a), (vs. 459-61). c) Certificación de la primitiva superioridad del ahora rezagado (αἱ κεῖσέ γε φέρτεραι ἦσαν, v. 461). Los controvertidos versos 462-4, de ser legítimos, contrastarían dos situaciones importantes dentro de la argumentación de Idomeneo: la de haber visto con certeza a las yeguas de Eumelo doblar la meta y la imposibilidad actual (νῦν, v. 463) de dominar visualmente el panorama con precisión que no deje lugar a vacilaciones.40 Esta confrontación es valiosa, pese a que los versos en cuestión reiteran, de otra manera, el final del 461. En cambio, esta nueva observación queda ahora avalada por la mirada atenta del informante y por el impedimento que, al presente, obstaculiza su primitiva aseveración. d) En la mitad exacta de su discurso -si se admiten los versos 462-4- Idomeneo se halla sumido en la perplejidad de un hecho para él inexplicable. Sigue entonces una serie de conjeturas, entroncadas con 460-1,41 tales como pérdida de las riendas, falta de dominio del tronco, mala suerte (ἐτύχησεν, 466) al doblar la meta.42 Inmediatamente, y bajo el influjo del muy subjetivo verbo οἴω de 467, la imaginación de Idomeneo configura una breve pero vívida descripción del presunto accidente. El oyente sabe que todo esto, pese a ser verosímil, no es exacto, que ha sucedido, sí, un "accidente", pero que no encaja en la tipología de Idomeneo. No lo previsible, sino lo justamente imprevisible ocurrió (vs. 465-8). e) en composición anular (458-69 y ss.) se cierra el circuito con una nueva duda sobre lo que Idomeneo ve con sus propios ojos, con un enérgico reclamo a los demás para que lo corroboren. Con timidez, concluye mencionando solemnemente a Diomedes, en un nuevo anillo con vs. 459-60.
En suma, el discurso de Idomeneo está llamativamente surcado por verbos de percepción visual, tal como quedó señalado en la nota 40. Lo caracteriza, en consecuencia, una intención informativa, basada en la doble y contradictoria experiencia visual. La primera parte irrefutable; la segunda, quizás por inesperada, es objeto de serias dubitaciones. Éstas se expresan no sólo con la interrogación inicial de 457-8 y en 469-70, sino que se acentúan con la simétrica ubicación del verbo δοκέω, a tres líneas del comienzo y a otras tres del final. Tiene, respectivamente, por sujetos a los ἵπποι de Diomedes, primero, y a él mismo, después. Por otra parte, aproximadamente en el centro, οἴω, v. 467, nuclea en torno de sí las conjeturas del observador sobre el curso de la carrera.
La ρῆσις está dirigida a los argivos en general, tal como lo expresa el encabezamiento respectivo. Pero como es normal en la epopeya, un discurso que encierra una pregunta se corresponde con otro, y la respuesta de Áyax Oileo adquiere ribetes polémicos. A diferencia del primer parlamento, sus afirmaciones son rotundas respecto de los animales vencedores (αἱ…ἵπποι, las yeguas de Eumelo) y, por ende, del vencedor mismo. A Áyax no le asalta ninguna duda respecto de lo que cree ver con sus propios ojos. Además aduce, en contra del testimonio de Idomeneo, deficiencias personales de éste como vejez y vista defectuosa (vs. 476-7), que parecerían certificar como mejor la experiencia del hijo de Oileo.
El pasaje concluye con la necesaria réplica de Idomeneo que trae la solución de recurrir a un árbitro imparcial como Agamenón y, de paso, exaspera las respectivas posiciones. Sin embargo, el asunto se dirime inopinadamente con la intervención de otro juez, Aquiles, que simplemente lo difiere hasta el momento en que el vencedor y sus seguidores sean claramente visibles para ambos querellantes y, también, para todos los espectadores. La llegada de los contendientes que se produce a partir del v. 499 en adelante y, especialmente, la del delantero Diomedes da la razón a Idomeneo.
La digresión que, desde un punto de vista meramente analítico, podría parecer inoficiosa suscita algunas curiosas observaciones, no obstante. Se trata de la confrontación de dos distintas informaciones de diferentes testigos, respecto del mismo espectáculo. La inseguridad del uno -que no excluye la afirmación más categórica implícita en 483-7- parece fundada en el menoscabo de su edad y de su vista; la formulación tajante de Áyax se supone apoyada en condiciones fisiológicas opuestas y excelentes. Esto induce a pensar que Áyax tiene razón en contra del viejo Idomeneo. Mientras tanto se desestima tácitamente al árbitro propuesto, Agamenón, y surge otro, Aquiles, que deriva el fallo a los hechos mismos. Es importante que el asunto se decida no por una tercera opinión, que puede ser acertada o no, sino por la prueba irrefutable del arribo del vencedor. Sucede lo imprevisible una vez más. Idomeneo es el acertado. Los hechos humanos son fenomenológicamente confusos, difícilmente discernibles en su complejidad. A veces la percepción exacta no corresponde al mejor dotado. Elementos imponderables entran en juego y precisan o deforman un testimonio. Aquí, en particular, no hay que desestimar del todo una posible intención contradictoria y polémica por parte de Áyax, en su altercado con Idomeneo. En todo caso, el pasaje muestra el tránsito de la multiplicidad de opiniones humanas -falaces o certeras- al lenguaje inapelable de lo concreto. Al eludir el juicio de Agamenón que alargaría el trámite con un tercer dictamen y preferir el medio expeditivo de Aquiles, Homero demuestra contundentemente que la realidad a veces no concuerda con los esquemas preferidos por la razón y la lógica humanas.
De 499 a 565 el testimonio del orden de arribo de los competidores, como justificación y evaluación de ese orden desde un punto de vista estrictamente humano, tal como lo podría hacer un crítico deportivo, toma naturalmente la forma de un nuevo catálogo que contrasta con los dos anteriores.
Hay competidores sobre los que recae mayor atención: Diomedes43 y su contrincante Eumelo, último en el "ranking". Ambos ocupan los extremos de la narración. Por otra parte, numerosos versos mediales se dedican a la contienda personal Antíloco-Menelao, pero, en cambio, muy reducidos a Meríones. Es evidente que el catálogo se articula por juego de oposiciones. Es el momento de una evaluación serena de los resultados. Urge, si no dar razón de las cosas, al menos aclarar de alguna manera el orden de llegada, victoria y derrotas. Aquí se impone una discriminación, tácita pero perfectamente inteligible para el oyente.
Respecto de la victoria de Diomedes toda explicación sobra o, mejor, sería redundante, dado el planteo que Homero hizo oportunamente de la cuestión. Sólo se añade la situación del extremo perdedor, Eumelo. Se ha exasperado la oposición de triunfo y fracaso hasta hacer de ellos verdaderas entidades polares: el triunfo absoluto y el fracaso absoluto, dispuestas ambas instancias al principio y fin del catálogo. Esto resulta significativo si se tiene en cuenta que Eumelo es, en el primer catálogo, ὅς ἱπποσύνῃ ἐκέκαστο, v. 289. Su reconocida pericia en la actividad ecuestre justifica el "excursus" de 534-65, en que Aquiles defiende, vanamente, para él el segundo premio. Esta actitud del Pelida es aparentemente insólita e injusta, por más rubricada que esté por los aqueos todos. Pero no es gratuita. Si bien revela una flagrante injusticia respecto del segundo en orden de llegada, Antíloco, hace ostensible el consenso público, la común opinión humana frente al discutido encuentro Diomedes-Eumelo. Actúa a modo de colofón que integra aquel episodio. Era inesquivable una valoración de Eumelo, la corroboración de su ἀρετή. Es sabido que ésta no es un valor intrínseco solamente, sino que se sustenta con la sanción del medio en que vive el héroe. Aquí el ἀνὴρ ὤριστος del v. 536 ha resultado el πανύστατος. Es una constatación irrecusable, pero también irreversible. Homero mostró en su oportunidad el revés de la trama de toda esta desconcertante situación con su teoría del "accidente". Ahora atestigua simplemente el resultado por boca de Aquiles, el mejor y más indiscutible aqueo. El Pelida, o digamos Homero, mejor, no especula sobre el hecho, no arguye, no discute, se atiene al sucedido escueto. Sobre éste ha flotado algo imponderable e inasible a la mentalidad humana, que puede ser pasible de cierta explicación, pero siempre precaria, parcial e insatisfactoria. Los sucesos más importantes de la existencia, y también algunos aparentemente triviales, son para siempre misteriosos y recónditos. Esto es así y Homero lo acepta tranquilamente. Pero, al mismo tiempo, los dos últimos versos de la breve ῥῆσις de tres que pronuncia Aquiles, 537-8, le sirven para resaltar una tendencia ínsita en la misma condición humana, la de intentar clarificar las cosas en la medida de sus posibilidades, inclusive esas misteriosas y recónditas, con los cartabones de sus propios esquemas mentales. Aquiles se cree obligado a reivindicar a Eumelo, más todavía, a indemnizarlo por su derrota. En sí misma - y sin que esto se diga por obvio- parece injusta a los ojos de todos. Aquiles ha entendido que el primer premio indiscutiblemente le pertenece a Diomedes, pero no el por qué del fracaso de Eumelo. Aunque parezca superfluo acotarlo, todo triunfo de alguien en la Ilíada es, simultánea y necesariamente, la derrota de otro. La estructura dual de los diagramas de combate así lo establece, tanto en las contiendas de rutina como en los grandes encuentros agonales del P y del X, por ejemplo. La actitud de Aquiles manifiesta incomprensión de la economía balaceada de victoria y derrota que rige la existencia y que es la medula del poema en su oscilación pendular de los destinos preponderantes de Patroclo, Héctor y el mismo Aquiles. El intento del hijo de Peleo es erróneo y así lo demuestra la situación que se provocaría al resarcir a Eumelo con el segundo premio.
El presunto damnificado, Antíloco, habla a partir del v. 543, con la pertinencia que le da la defensa de su δίκη.
Los doce versos del discurso se dividen casi exactamente con una simetría axial. Sus dos instancias abarcan complexivamente los dos aspectos de la cuestión: la improcedencia de la privación del segundo premio a Antíloco por parte de Aquiles, conjuntamente con los argumentos que fundamentan su decisión a favor de Eumelo. En segundo término, la legitimidad del reconocimiento de los méritos de éste, encubierta bajo la conmiseración y el gusto personal de Aquiles (v.548), que consienten incluso un μεῖζον ἄεθλον, v. 551, respecto del discutido en 544. Se da, por consiguiente, el δίκη ἠμείψατο del 542 como exacto discernimiento de la prerrogativa de Antíloco y de la participación de éste en el consenso aprobatorio de los aqueos respecto de Eumelo.
El planteo implica una aceptación de los hechos como algo irreversible, en este caso que el segundo premio pertenece indiscutiblemente a Antíloco. Pero, al mismo tiempo, se admite que ciertos resultados no concuerdan exactamente con los juicios y previsiones humanos. En este sentido es una buena recapitulación de lo acontecido los argumentos de Antíloco de los vs. 545-547, prolija y acertadamente analizados por la nota correspondiente de la edición de Ameis. El ἀλλά del v. 546 agudiza la contraposición entre la noticia escueta del "accidente" y la corroboración de la ἀρετή de Eumelo, por un lado, y la intervención divina veladamente aludida, por otro. O sea, que el consenso común se distingue claramente de la opinión personal de Antíloco. Ésta deja entrever claramente en su potencialidad de pasado - ὤφελεν… εὔχεσθαι y κ᾽οὐ …ἦλθε- que el auxilio divino pudo haber favorecido a Eumelo como, en la realidad, lo hizo con Diomedes. Yuxtapuestos los inmortales a los datos del "accidente" y de la ἀρετή de Eumelo y subrayados en su doble posibilidad de discernir el éxito a uno o a otro, se resumen perfectamente los elementos del suceso: daño de carros y caballos, ἀρετή de Eumelo y ayuda sobrenatural. Cada uno puede explicar el hecho por sí mismo. El deterioro de ἅρματα καὶ ταχέ· ἵππω en su realidad fáctica; el αὐτὸς τ᾽ ἐσθλὸς ἐών en el sentido de que el mérito personal del candidato permitía pensar en una mejor alternativa; la referencia a los dioses que explica lo sucedido y también, si se quiere, el hecho material inmediato que produjo la derrota de Eumelo.
Sigue el altercado Menelao-Antíloco (vs. 566-613), relacionado con el pasaje de vs.401-447. Dijimos en ocasión del comentario de este último que no se tomaron en consideración los reparos éticos del caso. Se difieren para vs. 566-613. Explicamos la función que en el primer contexto cumplía la añagaza de Antíloco como forma circunstancial de la μῆτις recomendada por Néstor y como demostración de pura sagacidad humana en un apremio. Pero era inevitable referirse al dolo que la maniobra implicaba (v.585).
Es de observar que vs. 566-613 no modifican el resultado de vs. 401-447, a saber, el segundo premio, fraudulentamente conseguido por Antíloco, quedará para él. ¿Simple entretenimiento retórico, donde el juramento pedido no se rinde, se reconoce la propia liviandad de los pocos años y se renuncia por ambas partes al premio para que, al final, éste se reserve a quien lo consiguiera astutamente? ¿Arrepentimiento juvenil y condescendencia de hombre maduro?
Aunque puede concederse alguna parte a este juego elegante y convencional de dirimir un derecho dejando simplemente las cosas como están, esto no se hace sino después de prolija discusión, es decir, de un intento de clarificar esas mismas cosas. Por otra parte, no hay que olvidar que el planteo se enlaza con el episodio anterior, en que el mismo Antíloco δίκῃ ἠμείψατ᾽ ἀναστάς frente a Aquiles que pretendía otorgar arbitrariamente el segundo galardón a Eumelo. De la reivindicación que de su δίκη hace Antíloco surge el enjuiciamiento de su criticable obtención, por boca de Menelao, en su discurso de vs. 570-585. Esta ῥῆσις consta de las siguientes partes: a) denuncia concreta del rey de Esparta (570-572); b) pedido de fallo a los jefes argivos (573-574); c) temor de presunciones erróneas por parte de la opinión pública, respecto de la propia actitud de Menelao (575-578); d) repentina asunción del Atrida del juzgamiento, avalado por la prueba del juramento. Precisamente los dos pasajes 566-613 y 401-447 están vinculados por este tema del ὅρκος: οὐδ᾽ ὧς ἄτερ ὅρκου del 441 y ὄμνυθι del 585. Así 566-613 queda no sólo preanunciado sino justificado con este motivo. Todo el discurso de Menelao tiende a enfatizar que su propio fallo, por estar fundado en el ὅρκος, solemne compromiso ante los dioses y el consenso de los aqueos, es mejor garantía de imparcialidad que el juicio público, solicitado en determinado momento (δικάσσατε v. 574).44 Con ello Homero se ahorra una larga digresión que hubiera demandado amplia exposición discursiva. Además, al derivar el fallo a la instancia divina, manifestada en el juramento exigido, obliga tácitamente a Antíloco a reconocer la ὑπερβασία cometida y a evitar una nueva y más grave si se hiciera incurso en perjurio. La flagrante ἀδικία de éste, tal como se describiera en 401-447, queda aquí solventada con el propio reconocimiento del culpable (590).
Justamente en este verso reaparece μῆτις, la palabra clave del comentado discurso de Néstor,45 en oposición a νόος. El sentido puede ser, refiriéndose a la condición juvenil frente a la senecta: "el pensamiento es más rápido, pero el criterio es veleidoso". Μῆτις es aquí la pauta del control y del equilibrio racionales, independiente de la agilidad del pensamiento. Alude al juicio, al seso, más que al simple hecho de pensar. El triunfo de Antíloco es el producto de una ponderación deficiente de la realidad en que le tocó actuar. Salvó en su provecho las dificultades prácticas, pero no respetó las reglas éticas del juego. Rehusar el juramento solicitado implica una confesión ostensible de culpabilidad. La consecuente devolución del premio mal habido es la reparación condigna de la δίκη cuando es vulnerada.
A partir de aquí, y concluido el caso en su aspecto jurídico, la secuencia es convencional. Menelao no se deja vencer en desprendimiento y el segundo premio queda en poder de Antíloco.46 Esto ocurre alegando como justificativo la alabanza de la familia Nestórida por su ejemplar comportamiento en la guerra de Troya. Complemento de este tema es la adjudicación del quinto premio a Néstor que motiva, por parte de éste, uno de sus típicos discursos de añoranza de su juventud heroica por contraposición con su presente senil.
El discurso de Néstor responde al acostumbrado patrón de las reminiscencias juveniles. Redunda también en una proyección amplificada de los juegos en honor de Patroclo lograda en una dimensión remota hasta el punto de llegar a inmemorial. Siempre los recuerdos de Néstor cumplen la función de una epopeya lo suficientemente colosal como para servir de paradigma inigualable a la situación actual. El contraste entre antiguos bríos concretados en lejanas hazañas y la imposibilidad manifiesta de acometerlas -que se da en Néstor y, por reflejo, en la estructura misma de los discursos de esta especie- se produce, en otro sentido, entre los juegos fúnebres de Patroclo del momento presente y los vividos otrora por Néstor en homenaje a Amarinces. Como siempre en Homero, las digresiones lentifican el proceso narrativo y lo agigantan por comparación. Proezas seriadas -tales como los juegos atléticos - acumulan viejos prestigios por su mérito intrínseco y por el importante hecho de ser narrados, es decir, de ser objeto de poesía.
El canto Ψ prosigue con otros ἆθλα pero nuestra atención se ha limitado al más importante de la carrera de carros. Un hecho deportivo puede ser especialmente significativo para dar una expresiva visión, una θεωρία de la existencia humana, tal como la contempla Homero. Es competitivo, o sea, plural en participantes y hechos, lo que permite abrazar diversidad de comportamientos y destinos. Es riesgoso, propenso al accidente, a lo incalculable para el raciocinio humano y abre paso a la multiplicidad de interpretaciones de las contingencias y de los resultados. Es un hecho ennoblecido por una señalada distensión de las posibilidades existenciales, y de aquí su capacidad de cotejo con lo más ejemplar de la vida heroica, la hazaña bélica. Por lo tanto, se compite por las δίκαι respectivas, es decir, por algo esencialmente inherente a la dignidad del ser humano. En suma, los juegos son una coyuntura especialmente apta para escudriñar la complejidad del tejido de la existencia a la manera homérica, esto es, mediante la presencia simple y desnuda de las cosas mismas.

Notas

1* El Centro de Estudios Helénicos agradece a la alumna Luz Mattioli la tarea de tipeado del presente artículo, sin cuya colaboración hubiese resultado imposible su publicación.

2 Sobre la significación del catálogo dentro de la antigua poesía, véase Bowra (1930:67-74).

3 Leaf (1960, Vol II. : 469) siguiendo a Erhardt, también hace hincapié en este encomio para justificar que, originariamente, le correspondió a Eumelo la victoria.

4 El catálogo del B ya conoce en vs. 763 y sigs. la superioridad de las yeguas de Eumelo entre todos los caballos que llevaron a Troya los aqueos. Parece acertada suposición de Leaf que la alusión a las sobresalientes cualidades de los corceles de Aquiles, contenidas en el verso 770, forma parte de una "awkward interpolation" que comienza en el v. 769 para armonizar el catálogo con versos como Ψ 276. Pero, inclusive en el caso de que 769-770 fueran legítimos, la respuesta a la pregunta de cuáles eran los mejores caballos aqueos, sería doble: las yeguas de Eumelo y los caballos de Aquiles. El pasaje aducido por el mismo Leaf de Eurípides, Ifigenia en Áulide, 206-226, sobre la competencia entre Aquiles y las bestias de Eumelo, parece corroborar su fama legendaria.

5 Este discurso constituye para Leaf "the most obvious" de las adiciones que cree descubrir en los juegos del ψ. Entre ellas se cuenta el pasaje Idomeneo-Áyax y la mención de Meríones, cuya eliminación lo obliga a atetizar no pocos versos. A ello se añade, por sugestión de Erhardt, la alteración del resultado de la carrera, que habría contado como primitivo vencedor a Eumelo, luego reemplazado por Diomedes, héroe predilecto de "one period of expansion", op. cit., págs. 468-469.
Ameis en nota a vs. 306-348 subraya la interrupción que las palabras de Néstor significan dentro de la lista de adversarios y la anticipación sobre los detalles de la meta a la que se aludirá sólo parcamente en 358. Además observa que el discurso de Néstor no tendrá ninguna eficacia en la narración posterior. La segunda objeción es solventada por Leaf suponiendo en Néstor una información privada sobre la carrera que Aquiles regimentará y un conocimiento especial del terreno en que ésta se desarrollará.
El curso del análisis intentará demostrar que estos pasajes poseen verdadera funcionalidad dentro del contexto, aparte de que su presencia se justifica por otras razones. No puede insistirse demasiado en "interrupciones" dentro de una narración homérica que, precisamente, cuenta con ellas para efectos muy decisivos dentro de la intención del poeta. No puede negarse a Meríones el derecho a integrar una lista, pese a que su participación en la carrera no será destacada ni objeto de atención especial. Las prolepsis narrativas gozan del peculiar valor estilístico de explayar noticias exigidas por la economía del poema en un momento determinado y de repercutir luego a distancia, donde se esperarían desde un punto de vista estrictamente lógico. Vs. 382-400 tienen importante sentido dentro del conjunto, como se verá después, y también es interesante que Eumelo sea vencido por Diomedes, lo es, y en alto grado, con Menelao.

6 Cfr. θ 481 y 488; Hesíodo, Teogonía 22. El verbo διδάσκω supone que alguien suficientemente informado participe e imparta a otro un conocimiento. Es factitivo e iterativo, como señala Chantraine (1968, tome I, Α-Δ) es decir, causa la acción en reiteradas instancias. Un verbo factitivo da idea no sólo del dinamismo implícito en la actitud del sujeto, sino también de la participación activa del que es objeto de la acción. El magisterio de los dioses no se ejerce aquí sin la colaboración diligente del discípulo. Este aspecto se correspondería con la participación infusa del conocimiento por parte del dios en el ser humano por él elegido. Casualmente el verbo διδάσκω tiene a los dioses o a las Musas por sujeto frecuentemente en Homero. La acción repetitiva hace pensar más bien en una ardua y prolongada tarea de aprendizaje, que aludiría a la faz técnica del oficio enseñado, impartido en sucesivas lecciones. Precisamente en los vs. 307 y 308 se dan, de manera contrapuesta, dos modalidades fundamentalmente distintas de adiestramiento, a expensas del verbo διδάσκω; se trata de un adoctrinamiento divino (307) que hace innecesario otro cualquiera de orden humano (308).

7 Obsérvese la situación destacada de ambos términos dentro del esquema métrico. Cfr. Diller (1962: 26-27).

8 Cfr. en el mismo sentido la nota al v. 887 en Hesiod, Theogony, edited with prolegomena and commentary by M.L. West, Clarendon Press, Oxford, 1966. También coincide Ameis-Hentze, nota a verso 313. Pasajes homéricos en que concurren μῆτις y νόος diferencian suficientemente las esferas significativas de uno y otro término. Νόος significa invariablemente pensamiento (Η 447, Κ 226), idea (Ο 509), inteligencia (τ 326); μῆτις se precisa como intención (Η 447), designio (Κ 226, Ο 509), sagacidad (τ 326). Νόος es el intelecto y su resultado concreto, el pensamiento; μῆτις es esa misma capacidad especulativa aplicada, enriquecida con dotes de percepción de la realidad concreta.

9 O bien ἄλλος (Leaf), en lugar de ἀλλ᾽ ὅς.

10 En v. 320 el adverbio ἀφραδέως está estratégicamente ubicado entre πεπονθώς y ἐλίσσεται. Aunque es ἀπὸ κοινοῦ, sin embargo su sentido afecta primordialmente al participio, al subrayar la escisión entre los ámbitos de la emotividad y de lo racional. Πεπονθώς habla de una vana confianza en elementos como caballos y carros que, si bien son coadyuvantes, necesitan integrarse dentro de un plan racional adecuado a las circunstancias, producto de la μῆτις personal del conductor.

11 Así interpreta μῆτις, como "sollertia", "ars", es decir, τέχνη el Thesaurus Linguae Graecae, (1954). Cfr. "ad locum".

12 Distintas facetas de la religiosidad de Néstor: reconocimiento del poder de Zeus, Θ 139-144; plegaria a Zeus para que no permita que los aqueos sean vencidos por los troyanos (Ο 372-376); sacrificios a los dioses (Λ 727-729; 736; 753; 758; 761); piedad (Κ 551).

13 esto se ha coadyuvado el zarandeado pasaje de 326-333.

14 Cfr. el artículo "Meríones" en Der Kleine Pauly, (1969).

15 Cfr. los numerosos catálogos bíblicos.

16 De los cinco, Eumelo, Antíloco y Meríones son llamados respectivamente πρῶτος, τέταρτος y πέμπτος. Diomedes y Menelao se señalan en su orden con términos subsecuentes, τῷ δ᾽ ἐπι y τῷ δ᾽ ἄρα.

17 El sorteo es una forma de consulta de la voluntad divina. Cfr. al respecto Rodríguez Adrados y Otros (1963: 486-487); Der Kleine Pauly, artículo "Losung"; nota de Ameis a Η 171, que lo entiende "como una especie de juicio de Dios".

18 Los verbos son, respectivamente, ἐμβάλλω, πάλλω, θρῴσκω u ὀρούω, resaltados aspectualmente, el segundo en imperfecto, el primero y tercero en aoristo, para señalar sobre las acciones confectivas de echar los κλῆροι y sacar la suerte, la infectiva de la agitación del casco.

19 En Η y Γ el sorteado es uno sólo, Áyax y Paris, respectivamente.

20 Podría pensarse que, en la intención del poeta y en la comprensión del oyente, la forzosa secuencia de la primera lista expresaría literariamente una real simultaneidad de los ímpetus respectivos, teniendo en cuenta la tendencia épica a contar como sucesivos hechos unísonos. Es preferible pensar, no obstante, que aquí se trata de un único movimiento ejecutado por varios actores que no exigen, de suyo, relaciones independientes, sino que puede hallar un vehículo expresivo tan sencillo como el usado por Homero en Η 161: οἱ δ᾽ ἐννέα πάντες ἀνέστησαν.

21 Véase la nota de la edición de Ameis a verso 358.

22 Es evidente el sentido concesivo del participio predicativo.

23 Cfr. Nota 16.

24 El adverbio inicial ἅμα, junto a πάντες del v. 362 da la tónica del todo, caracterizado por los verbos en plural que predican de los cinco atletas: ἄειραν, πέπληχον, ὁμόκλησαν, διέπρησσον, ἔστασαν; -πάτασσε, en singular, se refiere, sin embargo, a cada uno del grupo -; κέκλοντο. En 365-367 y 372 se hace referencia a las cabalgaduras, con alusiones comunes también.

25 El adverbio de afirmación δή está ubicado estratégicamente entre ὅτε y πύματον, como para reforzar ambas connotaciones.

26 Obsérvese el ἂψ ἐφ᾽ ἁλὸς πολιῆς del 374 en oposición al νόσφι νεῶν del 365.

27 Según el parlamento de Néstor, no es el πύματος δρόμος la sección del circuito en que el espectador puede aguardar una crisis, sino el instante en que se bordea la νύσσα. Sobre esto se volverá después, cuando se analice la función de ese discurso dentro del contexto.

28 Sobre esta equiparación nada escandalosa para un griego, son ejemplos señeros los epinicios de Píndaro y Baquílides, himnos para atletas que en el estadio alcanzaban la categoría heroica.

29 De estos casos y su constancia formal se ha ocupado oportunamente Kullmann (1956:44-45).

30 Rudimento de composición anular.

31 Se repite dos veces la misma expresión, con la necesaria variante métrica y la misma intención anular en 390 y 400.

32 Cfr. Nilsson (1955: 368-374); Schmid-Stählin (1959: 110-112); Kullmann (1956:46-48).

33 Cfr. Kullmann (1956: 107).

34 Véase Ameis-Heintze (1966) nota a v. 420.

35 Para Antíloco, cfr. 404-406; para Menelao, 441, donde Ameis interpreta a ἄεθλον como "den Zweiten".

36 Cfr. Ameis, nota a 306-348 y Leaf (1900, II: 468).

37 Heinze (1965: 161), aunque también la considera "wertlos" para la acción ulterior, señala que la carrera no se decide sólo por la advertencia de Néstor respecto de la curva. Con esto toma en cuenta los hechos inopinados que han de suceder a continuación.

38 Cfr. Heinze (1965: 161).

39 Cfr. Leaf y Ameis, "ad locum".

40 Nótese la diferencia entre ἦ τοι …ἴδον de 462 - el ἴδεσθε de 469 reclama la misma precisión visual a los demás espectadores- que revela indubitable certidumbre en el testimonio ocular y los verbos que determinan distintas modalidades de una visión imprecisa, equívoca, difusa, como δοκέουσι…ἔμμεναι del 459, ἰνδάλλεται de 460, δοκέει… ἔμμεναι de 470, un intento vano de escudriñar, como παπταίνετον de 464, una duda sobre si lo que Idomeneo ve es también compartido por los demás, αὐγάζομαι de 458, o la rotunda imposibilidad de distinguir los objetos atentamente escrutados como οὐ… δύναμαι ἰδέειν de 463 y οὐ… ἐγώ γε εὖ διαγιγνώσκω de 469-470. Sobre la riqueza del vocabulario homérico en lo que atañe a distintas facetas de la acción de ver, cfr. Snell (1955: 18-21).

41 Cfr. Ameis, nota a 465.

42 Evidente reflejo de las admoniciones de Néstor.

43 El "cliché" homérico de la llegada de un carro se redondea en torno del vencedor, pero, posiblemente, en la intención del poeta resulta igualmente válido para los sucesivos arribos de los otros competidores.

44 Acertadamente Leaf interpreta como "I myself will decide" en lugar de "I myself will plead my cause". De aquí el uso incisivo del mismo verbo en 574 y 579.

45 Véase el análisis correspondiente "ut supra".

46 Α Eumelo, verdadero destinatario de esta recompensa, se le concede otra fuera de concurso, un μεῖζον ἄεθλον (v.551), por insinuación de Antíloco a Aquiles.

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