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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versión On-line ISSN 1850-2563

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  n.25 Buenos Aires ene./jul. 2002

 

Nathan Wachtel, La foi du souvenir. Labyrinthes marranes, Seuil, Paris, 2001.

El tercer gran libro de Nathan Wachtel nos conduce por un itinerario novedoso, pero, como se verá, estrechamente ligado con el resto de su obra. Después de La visión de los vencidos, publicada en francés en 1971, y de El retorno de los antepasados, cuya edición original es de 1990, hay un delgado hilo conductor que atraviesa toda su obra: las relaciones entre la memoria y el olvido.

El libro, escrito con un estilo impecable y que, además, consigue colocar la distancia ideal entre unas fuentes terribles –los archivos de la Santa Inquisición– y el lector, permitiéndole captar todo el horror de muchas de las situaciones vividas por los protagonistas, sin caer en inútiles sobreactuaciones (las fuentes están allí y se puede decir, usando una metáfora, que "hablan por sí mismas"). De todos modos, algunos de los capítulos, por ejemplo los centrales, que nos relatan la historia trágica de la extensa red marrana que giraba alrededor de las figuras de Leonor Núñez y Francisco Botello (una misma familia que contaría con nueve miembros ajusticiados por la Inquisición), por momentos resultan difícilmente soportables. Para un lector acostumbrado a los relatos de los hechos vividos por los desaparecidos y torturados por las dictaduras del Cono Sur, las escenas evocadas por Wachtel tienen una resonancia especial. Inevitablemente vienen a nuestra memoria algunas de las páginas admirables de Recuerdos de la muerte, el libro de Miguel Bonasso. Cómo no pensar entonces en esos versos en lusocastellano cuyo eco, cantados por una voz infantil, llegara hasta la celda de uno de los prisioneros de la Inquisición:

"...tanta muller sin marido, tanto marido sin muller;
tantos niños sin pae, tantas niñas sin mae;
tantos huerfanos sin consuelo, tantos nidos sin paloma".

Sin embargo, ese mismo lector –si habiendo pasado por la experiencia de los años sesenta y setenta, no es especialista en el tema– quedará atónito ante ciertos aspectos del funcionamiento de la Inquisición: en ella, hasta la tortura misma estaba reglamentada y tenía sus etapas y sus límites. Decir que uno termina por "admirar" tan terrible institución sería un absurdo completo, pero no podemos evitar compararla con la bestialidad salvaje e inhumana de nuestras dictaduras. Jamás un inquisidor habría pronunciado aquellas palabras blasfemas de los torturadores "¡Yo aquí soy Dios!".

Pero el libro tiene, como dijimos, un hilo conductor muy claro: las relaciones entre la memoria y el olvido. Y es aquí donde nos encontramos con el resto de la obra del autor, en la cual ese tema ocupó siempre un lugar central. Mas, en el complejo intinerario de la cultura del marranismo, no sólo hay un problema de dificultosa recomposición de la memoria, también –y he aquí otro tema "americanista"– hallamos un tipo específico de mestizaje; en efecto, la condición marrana da lugar con cierta frecuencia a un mestizaje religioso con componentes católicos y judíos formando un peculiar bricolage, un entramado de creencias, en donde pueden aparecer "San Moisés" y San Antonio haciéndose mutua compañía en un panteón casero. Y también nos topamos (por cierto, sólo en determinados casos) con una forma de pensar las relaciones con el mundo religioso particularmente "moderna", en la cual determinados atisbos de libertad religiosa son claramente perceptibles. Por supuesto, las figuras más destacadas en este ámbito serán las de Baruch Spinoza –un judío sefardí– y Michel de Montaigne, un cristiano nuevo. Pero, sin llegar al grado de elaboración que podemos hallar en esos dos pensadores, algunos de los personajes que desfilan en el libro muestran una manera "relativista" de concebir el papel de la religión, que puede ser relacionada con una característica importante de la cultura de la modernidad occidental. Y existe otro aspecto que los hace particularmente modernos: estos hombres y mujeres formaban redes extensas que vinculaban lugares y lenguas muy diversas. En su mayoría, eran bi o trilingües, pues no habían perdido el ladino –y con frecuencia el portugués– aunque viviesen en Saint-Jean-de-Luz, Amsterdam, Salónica o Livorno. Los versos en lusocastellano que hemos citado son un buen ejemplo de esa peculiar lingua franca ibérica de la comunidad marrana. No nos sorprende entonces descubrir a Juan de León –con un reciente pasado livornés– y Francisco Botello hablándose en nahuatl en la secreta de la Inquisición mexicana. Esta capacidad de comunicación –convirtiendo la necesidad en una virtud– y esas redes extensas, les permitió justamente operar con eficaces agentes comerciales, tejiendo un entramado mercantil que se extendió por amplias regiones americanas, europeas y asiáticas. He aquí otro componente de la modernidad (la modernidad capitalista) en el que los marranos ocuparon un lugar relevante.

El libro de Wachtel da cuenta así de una parte sustancial de esa historia a través de los múltiples itinerarios tejidos por las vidas, casi siempre trágicas, de esos hombres y mujeres que compusieron esos "laberintos marranos". Se trata de un libro mayor y original en el contexto de la literatura histórica americanista.

Juan Carlos Garavaglia
École de Hautes Études, París