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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versión On-line ISSN 1850-2563

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  n.27 Buenos Aires ene./jun. 2005

 

Roberto Di Stefano, El púlpito y la plaza. Clero, sociedad y política de la monarquía católica a la república rosista. Buenos Aires, Siglo XXI, 2004, pp. 272.

En los últimos años, las investigaciones sobre el mundo eclesiástico han dejado de ser patrimonio casi exclusivo de la historiografía católica para constituirse en un campo de análisis renovado que despierta el interés de muchos historiadores. Roberto Di Stefano es, sin dudas, uno de los responsables de esta renovación y el libro aquí reseñado es una clara muestra de ello. Sus aportes historiográficos, la rigurosidad académica con que son tratados los temas, la novedosa información que proporciona –a partir de un amplísimo corpus documental– y las perspectivas metodológicas bajo las cuales aborda dicha información, hacen de El púlpito y la plaza... un texto de referencia obligada para toda la comunidad académica. Pero es preciso destacar también que se trata de un libro que no habilita solamente a los especialistas; por la forma que adopta el relato y por su estilo amable y directo invita a ser leído por un público mucho más amplio que el constituido por los colegas de la disciplina.

Uno de los grandes méritos del texto de Di Stefano es ocupar un vacío, que no debe pensarse en términos historiográficos –puesto que desde hace dos décadas, tal como señala el autor en su introducción, la historiografía argentina ha dado pasos importantes en la tarea de incorporar la dimensión religiosa a sus planteos y de abordar a ésta como objeto– sino desde una perspectiva diferente: la de proporcionar al lector una interpretación más abarcadora sobre la cuestión eclesiástica, tanto por las dimensiones que incluye como por la amplitud del período que aborda.

El objeto del libro es mostrar los cambios que se dieron en el catolicismo rioplatense entre 1767, con la expulsión de los jesuitas, y 1835, cuando Rosas asumió su segundo mandato con la suma del poder público. Que el recorte pase por observar los cambios en el "catolicismo rioplatense" y no en la "Iglesia rioplatense" no es un simple problema nominal, sino que se vincula a una de las hipótesis centrales del libro: tal es el hecho de que "la Iglesia" no fue dada a luz hasta después de la revolución y que el proceso de su constitución, entendida como la construcción de una esfera diferente de la sociedad, va a ocupar gran parte del siglo XIX. El punto de observación de todo este proceso constituye una de las tantas originalidades del libro puesto que se desplaza desde la perspectiva del centro (la Santa Sede) a la de la periferia, entendida ésta como la construcción de la Iglesia local. En tal sentido, tal como afirma el autor, el texto aborda los orígenes de la Iglesia Argentina.

Desde la definición misma del objeto, entonces, el autor está desplegando su hipótesis central a la vez que se posiciona historiográficamente. En primer lugar, para decir lo que no va a hacer: tratar a ese objeto como algo preconstituido y externo a las tramas sociales, políticas, económicas, ideológicas y culturales de su tiempo. En la medida en que el autor rechaza las visiones ahistóricas y concibe su problema de indagación en el seno de un entramado social y político complejo, el libro deja de ser un acotado relato de los cambios ocurridos en el catolicismo rioplatense para convertirse en una reflexión mucho más amplia que nos informa de las transformaciones producidas en todas las dimensiones de esa sociedad. El abordaje se realiza, entonces, desde todas esas dimensiones en simultáneo y a partir de una entrada específica: el clero y, dentro de él, el clero secular porteño. Esta "ventana", como la llama Di Stefano, le permite observar los entrecruzamientos entre la religión y las demás manifestaciones de la vida social.

El libro se divide en tres partes y la primera de ellas está destinada al clero colonial (1867-1810). Di Stefano trabaja allí la intrincada relación existente entre las familias, el clero y la Corona a partir de muy diversos ángulos que incluyen, entre otros temas, el sistema beneficial en la geografía de la diócesis de Buenos Aires, las estrategias familiares y la formación del clero. Temas todos que ponen de relieve el papel fundamental que tuvieron las familias de la elite en el control de los mecanismos del poder eclesiástico y la discusión en torno a los cambios producidos con las reformas borbónicas.

Di Stefano adhiere, en gran parte, a la posición que sostiene que los objetivos reformistas no se vieron finalmente plasmados cuando afirma que la nueva dinastía no logró sustituir con éxito el antiguo modelo de funcionamiento del clero. El intento por convertir a la religión en instrumento civilizador –en sintonía con la cultura ilustrada hispana de ese momento– y al sacerdote en una suerte de "párroco-funcionario" que debía ser, además de "hombre del altar", "hombre del púlpito" y difusor de los conocimientos útiles a la sociedad, modificaba sustancialmente las tradicionales formas de articulación de las familias de elite con la religión y sus instituciones. Habrían sido, entonces, estas tradicionales formas de articulación las que, en la perspectiva del autor, no desaparecerían con el impulso reformista. Interpretación que coincide con algunos de los posicionamientos historiográficos que, sin tener al clero como objeto de estudio, consideran que las reformas borbónicas, más que producir una "revolución en el gobierno", mantuvieron los equilibrios sociales preexistentes. El intento de crear una nueva noción de "funcionario", diferente del magistrado tradicional como asimismo separado de las intrincadas redes del poder colonial, es evaluado como un fracaso borbónico.

Para Di Stefano, sin embargo, la coincidencia inicial con estas posiciones no le impide ir más allá de lo observado en el corto período en el que tuvieron lugar las reformas. El autor vuelve sobre el impulso reformista de fines del XVIII para reconsiderarlo en otra clave: tal el hecho de mostrar cuánto de ese impulso dejó huellas profundas dentro del clero formado en esa experiencia y cómo fue capitalizado por el proceso revolucionario. Esta clave, que matiza en mucho las posiciones más duras respecto a la evaluación realizada sobre las reformas en el Río de la Plata, se hace visible en la medida que el autor recorta una periodización poco habitual hasta hace unos años. El hecho de tomar como unidad de análisis el período tardo colonial y las primeras décadas posrevolucionarias le permite ponderar algo imposible de ser ponderado cuando la periodización se detiene en la revolución o toma a ésta como punto de partida. Así, pues, los conceptos de reforma y revolución aparecen anudados en un continuum: si bien las reformas no produjeron la revolución, dejaron en disponibilidad un conjunto de nuevos lenguajes, y aun cuando la revolución irrumpió como algo totalmente nuevo capitalizó en gran parte el zócalo que dejaba por herencia la experiencia reformista.

Por esta razón, la segunda parte del libro, destinada a la década revolucionaria, no está planteada en términos bipolares de ruptura o continuidad. La estrategia que adopta el autor es observar los cambios ocurridos a partir de 1810 sin poner en juego ninguna grilla clasificatoria. El análisis es, sin duda, muy sutil en la medida en que aun reconociendo la profunda conmoción que la revolución produjo en toda la sociedad y en el clero en particular, gran parte de las estrategias adoptadas por parte de ese clero se inscribieron en las huellas dejadas por las reformas. Cabe subrayar, además, que el clero no es pensado aquí como un actor que apoyó o combatió la revolución (como si se tratara de algo externo a la sociedad), sino como un conjunto de hombres que vivieron las mismas alternativas y contradicciones que el resto de los mortales y que midieron de igual manera las alternativas que se les abrían o cerraban con ella.

Di Stefano analiza en la segunda parte del libro el papel jugado por el púlpito y el confesionario en el proceso abierto en 1810. Adhesión a la causa o conspiración contra ella fueron los móviles que llevaron a las nuevas autoridades a poner su mira en estos dos espacios religiosos. La interpretación se desliza en este punto hacia un aspecto crucial de la revolución: tal es la dimensión social de la política y el carácter simbólico de los lenguajes. El lenguaje del cristianismo – herramienta de transmisión, según el autor, de los nuevos valores revolucionarios hacia sectores sociales que sólo podían comprender éstos en aquella clave– es objeto de un refinado análisis por parte de Di Stefano.

El impacto revolucionario en el plano institucional es otro de los temas que aborda el autor inscribiendo su objeto en los aportes que, en los últimos años, se han realizado tanto en la historia política como en la historia económica y social. Sólo basta decir que en el plano de la dimensión política, el análisis se centra en los conflictos que generó la redefinición del sujeto de imputación soberana al poner en discusión el problema del patronato y al producirse un fuerte desajuste entre las viejas jurisdicciones eclesiásticas y las nuevas jurisdicciones políticas. En el plano económico, estudia la crisis de las rentas y las contradicciones que implicó para las imposiciones eclesiásticas una economía cada vez más volcada a las actividades pecuarias. Y en el plano social se detiene a estudiar las estrategias de elección profesional y, dentro de ellas, la crisis de reclutamiento del clero. Aunque el autor expone aquí varias explicaciones, vuelve a anudar el problema a la hipótesis central que recorre todo el libro: la crisis de reclutamiento del clero se inscribe en el cambio que comienza a esbozarse después de la revolución y que habría de consolidarse –y hacerse visible– bastante tiempo después. La tendencia a controlar la vida eclesiástica por parte de los poderes públicos privaba a las familias del control de antiguos mecanismos de poder. Según Di Stefano, esto hacía menos atractiva que en el pasado la carrera eclesiástica y no era más que un signo de las transformaciones que se estaban dando en los vínculos entre las instituciones eclesiásticas y la sociedad.

Transformaciones que el autor aborda en la tercera parte del libro, titulada "La invención de la iglesia" y centrada en el período que se abre con la caída del poder central en 1820 y que cierra en 1834. Aquí se encarga de delinear las posiciones que se plantearon en Buenos Aires en torno a la pregunta sobre la naturaleza y origen del poder religioso, poniendo en juego, cada una de ellas, una determinada forma de articulación entre el clero, las instituciones religiosas, el poder político, la Santa Sede y la sociedad rioplatense. El análisis de dichas posiciones es muy iluminador, puesto que el autor debe articular ideologías con posicionamientos políticos más coyunturales y tendencias locales con procesos ecuménicos. Las respuestas galicana, intransigente y liberal –tal como las denomina Di Stefano– son presentadas primero como estilizaciones más generales para ser encarnadas luego, especialmente las dos primeras, en los debates desplegados en Buenos Aires después de 1820. Y aquí, el recurso al género biográfico no podría ser más oportuno. La selección de algunos de los principales exponentes de estas posiciones para relatar sus itinerarios de vida permite observar las ambigüedades y contradicciones que ellas encerraban y condensar las disputas que se daban ya no sólo en el seno de la comunidad religiosa sino en el de la sociedad en su conjunto respecto al papel del poder eclesiástico.

En el detallado análisis que realiza el autor en torno a la reforma eclesiástica de 1822 se subraya la herencia borbónica en la medida en que aquélla concretaba la tendencia esbozada a fines del siglo XVIII. Tendencia orientada a construir un edificio estatal, separado de la sociedad misma, que no podía dejar en la órbita de las familias el poder religioso. Todas las dimensiones de la reforma son contempladas en el texto, incluido el alto costo que la elite tuvo que pagar por ella al quebrarse el consenso interno que la mantuvo relativamente unida después de la crisis de 1820. Pero será con el rosismo cuando la tendencia a separar la esfera eclesiástica de la sociedad se consolide, aunque bajo un signo completamente distinto. De la mano de la posición intransigente y con la balanza inclinada a favor de Roma, Rosas contribuyó a la conformación de la Iglesia como entidad desvinculada del poder social de las familias y del clero local.

Es, entonces, en el epílogo, donde esta última hipótesis se anuda al conjunto de problemas desarrollados a lo largo del libro. El autor retoma en el largo plazo las explicaciones parciales expuestas y plantea que de la misma manera que la revolución capitalizó los lineamientos que en materia religiosa tendieron los Borbones, Rosas supo capitalizar los lineamientos fundamentales de la reforma rivadaviana pero, en este caso, en alianza con la Santa Sede. Una alianza que le resultaba conveniente en esa coyuntura en la medida que le permitía desactivar el control corporativo del clero sobre el gobierno de la diócesis, en manos, por otro lado, del grupo identificado con el partido galicano con notorias simpatías unitarias. Sin dudas, Rosas no podía medir las consecuencias que en el largo plazo tendría la alternativa por él adoptada. Pero, de hecho, el golpe de timón que le dio a la cuestión eclesiástica con su acercamiento a Roma significó, más allá de su oportunismo político, la conformación de una institución eclesiástica como entidad separada de la sociedad.

El epílogo, además, deja en evidencia la gran capacidad que posee el autor para combinar elementos de muy diversa procedencia: ideas y lenguajes con cursos de acción; principios que guían estas acciones y motivaciones coyunturales y hasta oportunistas; contexto local con tendencias más universales... Di Stefano une allí los fragmentos de una trama sumamente compleja y va despejando posibles deslizamientos interpretativos. La política religiosa de Rivadavia emerge entonces como un fenómeno menos novedoso que la operación efectuada por el rosismo y la creación de una Iglesia más romana en la época de Rosas no significó una restauración del catolicismo colonial, sino todo lo contrario.

El púlpito y la plaza... resulta, pues, un libro muy compacto y agudo en sus interpretaciones. El autor no se deja tentar, en ningún momento, por exponer perspectivas lineales del proceso histórico en estudio ni por crear cadenas de equivalencias que simplificarían en extremo el análisis. Por el contrario, prefiere dejar abiertas ciertas preguntas y proporcionar un arco de alternativas que seguramente serán retomadas en futuras investigaciones. El libro de Di Stefano invita entonces a un recorrido por sus páginas en las que el lector descubrirá tanto o más de lo que su título evoca.

Marcela Ternavasio

UNR