SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número28Osvaldo Barsky y Julio Djenderedjian: Historia del capitalismo agrario pampeano. La expansión ganadera hasta 1895, Tomo I, Buenos Aires, Ed. Universidad de Belgrano y Siglo XXI, Buenos Aires, 2003, 535 pp.Luciano de Privitellio, Vecinos y ciudadanos. Política y sociedad en la Buenos Aires de entreguerras, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, 246 pp. índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Articulo

Indicadores

  • No hay articulos citadosCitado por SciELO

Links relacionados

  • En proceso de indezaciónCitado por Google
  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO
  • En proceso de indezaciónSimilares en Google

Bookmark


Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versión On-line ISSN 1850-2563

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  n.28 Buenos Aires jul./dic. 2005

 

Elías Palti, La nación como problema. Los historiadores y la "cuestión nacional", Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2002, 157 pp.

Como es sabido, y a contrapelo de las visiones tradicionales que consideraban las naciones como entidades cuyos orígenes se perdían en el fondo de los tiempos, en los últimos años se impuso un nuevo punto de vista según el cual éstas serían construcciones de los siglos XIX y XX. Este enfoque renovador suele presentarse como el resultado de un avance cuyos logros parecerían eximirlo de interrogarse por sus motivaciones y condiciones de posibilidad. A lo sumo se señala la necesidad de superar las mitologías nacionales que obstaculizan el desarrollo del conocimiento y se hacen referencias vagas al multiculturalismo, la globalización, los particularismos étnicos o la crisis de los Estados nacionales.

Teniendo en cuenta este estado de cosas, lo primero que debe destacarse de La nación como problema es la decisión de Elías Palti de convertir esta corriente en objeto de indagación crítica llamando la atención sobre sus aportes, pero también sobre sus debilidades y contradicciones. Para ello propone un exhaustivo examen de las condiciones conceptuales que permitieron su surgimiento e imposición, a la vez que destaca algo que no siempre es explicitado: la motivación política que anima a sus protagonistas, quienes procuran combatir los nacionalismos mostrando la inconsistencia de su discurso. El autor, que parece compartir este propósito, sostiene que los cultores de esta crítica equivocan el blanco de sus ataques, pues no advierten que éste sólo resulta eficaz para demoler las doctrinas nacionalistas del siglo XIX pero es incapaz de afectar las surgidas en el siglo XX. Esta incapacidad estaría dada por el hecho de que el nuevo enfoque crítico comparte con los nacionalismos actuales muchos de sus presupuestos.

Para Palti, este diagnóstico legitima la necesidad de recurrir a la historia intelectual, pues esta disciplina permite ir más allá de la superficie que constituyen los textos e ideas, al reconstruir los dispositivos argumentativos, las categorías y los presupuestos que los informan y dotan de sentido. Ahora bien, el interés del libro no radica sólo en su afán polémico ni en su particular enfoque del problema, sino también en el examen que realiza de las diversas concepciones sobre la nación elaboradas desde mediados del siglo XVIII y en sus vinculaciones con los desarrollos conceptuales que informaron disciplinas como la historia natural, la biología, la física, la lingüística, la filosofía o la teoría social y política. Esto sólo permite dar una idea de la complejidad que presenta la obra para ser resumida en pocas líneas, sobre todo si se considera que la misma reposa en argumentos y razonamientos articulados entre sí cuyo recorte mutilaría su sentido. Por ese motivo, la presente reseña, que es también una invitación a la lectura de un trabajo que tiene la doble virtud de transmitir conocimientos y de incitar al debate, sólo se propone destacar algunos de sus contenidos y plantear algunas puntualizaciones críticas.

El primer capítulo examina el marco en el que surgió lo que Palti denomina concepto genealógico de la nación, entendiendo como tal a aquel que informa los relatos que procuran dar cuenta de sus rasgos idiosincrásicos y de los principios que orientarían su evolución desde sus orígenes hacia su destino. El segundo se detiene en la erosión que sufrió el concepto hacia fines del siglo XIX. El tercero examina el surgimiento del marco conceptual actualmente hegemónico en el campo académico, al que denomina antigenealógico, así como también explora sus puntos de inconsistencia que, según advierte, hacen evidente su carga política e ideológica a la vez que anuncian su crisis. El libro cierra con un apéndice referido a los relatos motivados por el proceso de construcción de las naciones en Latinoamérica durante el siglo XIX, el cual es merecedor de un análisis en sí mismo que aquí no se hará por razones de espacio.

Para entender el movimiento del texto así como sus argumentos, resulta útil comenzar por un planteo que se hace en la introducción en relación con estudios que alegan el carácter moderno de la idea de nación. Como es notorio, este punto de vista llevó a desestimar el examen de lo que podrían considerarse sus fundamentos objetivos para concentrarse en el proceso de construcción de imaginarios e identidades por obra de los nacionalismos a lo largo de los últimos dos siglos. En el texto se muestra cómo esta interpretación fue cobrando forma hasta lograr imponerse en los últimos años, a la vez que se señalan algunas de sus inconsistencias. Así, entre otros problemas, se advierte sobre las dificultades que existen para poder distinguir esa conciencia o imaginario nacional moderno de otras formas identidad comunitarias previas también basadas en lazos horizontales, algunas de las cuales fueron consideradas además como naciones. Para Palti, es evidente que la concepción nacionalista de la nación no tiene más de dos siglos de antigüedad, pero entiende que el único modo de esclarecer su singularidad es reconstruyendo el marco conceptual genealógico en que ésta se formuló.

Esta argumentación, aunque impecable, pasa por alto un hecho decisivo para comprender la especificidad del concepto de nación elaborado en el siglo XIX. Cabe entonces retomar su señalamiento, según el cual existieron otras ideas previas de nación, y precisar ahora que ésta tuvo dos sentidos. El primero, que ya se registra en la Edad Media, aludía al hecho de compartir ciertos rasgos en común o el lugar de nacimiento. El segundo, surgido en el siglo XVIII, hacía referencia a entidades que compartían un mismo gobierno o unas mismas leyes. Pues bien, lo propio del concepto de nación decimonónico, aquello que permite distinguirlo radicalmente de los anteriores, es la superposición de esas dos nociones en la idea de nación soberana. Vale decir, lo que se conocería como el principio de las nacionalidades, sostenido de ahí en más por todos los nacionalismos y según el cual una nación se caracteriza por una serie de rasgos idiosincrásicos desarrollados a lo largo de su historia cuya existencia legitima la constitución de un Estado nacional soberano. De ese modo, el horizonte al cual tiende el discurso de los nacionalismos no es la nación, como alega Palti, sino la nación soberana encarnada en el Estado nacional. Pretensión que, para retomar su argumentación, requiere articular otras formas de conciencia, identidad o imaginarios que los hasta entonces existentes. Se trata, en suma, de una omisión significativa que, por ejemplo, afecta la lectura que hace de la obra de Benedict Anderson, pues pasa por alto que su definición de comunidad imaginada incluye la calidad de soberana.

Ahora bien, debe advertirse que esta precisión, aunque importante, no afecta el núcleo argumental del trabajo, pues éste, recordemos, apunta a reconstruir la matriz en la cual cobró forma el concepto genealógico de nación. Para ello plantea como punto de partida la necesidad de criticar el lugar común según el cual habría una doble vertiente de la idea moderna de nación: la ilustrada, basada en lazos contractuales, y la romántica, que alude a una entidad orgánica existente más allá de la voluntad de sus miembros. Como bien advierte Palti, no se trata de un par analítico neutro utilizado para definir o describir fenómenos, sino que también importa una valoración de los mismos: a la primera se le atribuye un carácter democrático y cosmopolita, mientras que la otra sería portadora de ideas autoritarias, exclusivistas y reaccionarias. El autor sostiene que se trata de una distinción simplista ya que no existen relaciones necesarias entre matrices conceptuales e implicancias ideológicas -lo cual, si bien es cierto, no debería hacer perder de vista que sí puede haber relaciones de mayor o menor afinidad entre unas y otras-. Pero sobre todo, porque no hay una sola concepción sobre qué es un organismo, observación que da pie a un análisis de las diversas concepciones de organismo elaboradas por la historia natural y la biología en los siglos XVIII y XIX.

Este examen muestra que el pensamiento ilustrado hizo suya una concepción preformista del organismo según la cual los seres tendrían caracteres prefijados en cuya evolución quedaría excluida la posibilidad de que se produjeran mutaciones radicales. Este marco conceptual, también presente en las teorías sociales del siglo XVIII, habría entrado en crisis por razones tan diversas como el deterioro acelerado del Antiguo Régimen y la aparición de restos de especies extintas que llevó a postular la existencia de eras geológicas. De ese modo, se hizo necesario elaborar una matriz capaz de admitir la diversidad de formas de vida y la producción de cambios cualitativos sin suponer que el mundo es un caos y, claro está, sin apelar a una constante intervención divina. El desarrollo de las teorías biológicas habría permitido el surgimiento de ese nuevo marco conceptual en el que se habría articulado el concepto genealógico de nación. Éste estaría caracterizado por un enfoque vitalista que suponía también un preformismo, pero ya no referido a los rasgos de los fenómenos sino a los principios que los conforman.

Lo expresado en las líneas anteriores es tan sólo una muestra de un extenso análisis cuya conclusión es que las diferencias conceptuales entre el romanticismo y la ilustración tienen que ver con el modo de pensar las relaciones entre lo particular y lo universal y entre la permanencia y el cambio. Es por eso que, contra lo que suele creerse, el romanticismo también admitía lo universal. Claro que ya no radicaría en el plano de los fenómenos observables sino en su proceso genético, en el principio de su formación o en la fuerza que anima su evolución. Esto permitía asimilar la existencia de cambios cualitativos, pero éstos debían ser consecuencia del desarrollo de fenómenos que tuvieran existencia previa. Se postulaba, entonces, que el mundo tenía un orden, aunque éste no se habría conformado de una vez y para siempre, sino que debía darse en su propio devenir. Esta concepción estaba informada por una idea inmanentista de la temporalidad según la cual las tendencias evolutivas son inherentes al ser, razón por la cual no podía concebirse historia alguna fuera de las naciones o de alguna otra forma de agrupamiento humano. Se trataba, en suma, de una concepción determinista que también admitía la reorientación del proceso histórico en tanto y en cuanto fuera consecuencia del desarrollo de alguna posibilidad previa. De ese modo, no se desdeñaba la libertad de los sujetos sino que se la concebía condicionada. El marco conceptual genealógico remitía en suma al problema de las condiciones de posibilidad de la voluntad subjetiva, cuestión impensable desde una matriz como la preformista ilustrada.

Como podrá apreciarse, Palti estructura un recorrido sugerente y persuasivo por la historia natural y la biología. El problema es que no se precisa con claridad cuáles son las razones de su necesidad. En efecto, se extraña la ausencia de algún argumento que permita entender la relación precisa entre esas disciplinas y las concepciones genealógicas de la nación. Como se trata de una premisa implícita, es el lector quien debe decidir si esas ciencias eran el fundamento conceptual de las teorías sociales, si compartían una misma matriz, si eran su condición de posibilidad o si sólo se trata de una analogía. Además, y cualquiera sea el caso, también le queda al lector determinar por qué se daba esa vinculación y si ésta era necesaria o contingente. Cabe notar que se trata de una carencia que afecta a todo el libro, particularmente al tercer capítulo, donde se explica el surgimiento de la matriz en la que cobraría forma la perspectiva antigenealógica apelando a las ciencias físicas y naturales y a la filosofía de Bergson.

El segundo capítulo propone un cambio de registro, pues pasa a un primer plano el examen de textos políticos. Cabe conjeturar que esto obedece a la hipótesis de Palti según la cual la base conceptual de la idea genealógica de nación comienza a erosionarse por los cambios sociales y políticos producidos en la segunda mitad del siglo XIX, particularmente los conflictos en Europa y el imperialismo. El examen de este proceso tiene como base dos textos que se transformarían posteriormente en clásicos: Nacionalidad (1862) de Lord Acton y Qué es una nación (1882) de Ernest Renán. En relación con el primero muestra cómo puso en cuestión lo que hasta entonces aparecía como un hecho indiscutible: la vinculación entre nación, pueblo y Estado. Sin embargo, no pudo superar la idea según la cual las nacionalidades tienen una existencia objetiva que les permite ser reconocidas como tales. Esto último sería rebatido por Renán, quien así daría un paso decisivo en el proceso de erosión del concepto genealógico, tal como se muestra en el que constituye uno de los puntos más altos del libro. En efecto, en esta parte se realiza un agudo análisis de algunas expresiones famosas de Renán, como su planteo según el cual los franceses debían haber olvidado hechos luctuosos del pasado para poder desarrollar una conciencia nacional, y pone así sobre el tapete las complejas relaciones entre memoria y olvido que hoy resultan motivo de arduos debates. Para Palti, tanto ésta como otras ideas resultan imposibles de esclarecer en el nivel de los enunciados, en virtud de lo cual recurre a otras obras del mismo autor para reconstruir los supuestos que las tornan inteligibles. Este análisis le permite, por ejemplo, desarrollar un muy interesante examen del supuesto voluntarismo de Renán, proveniente de su afirmación según la cual la nación es un plebiscito diario. Palti concluye que esta expresión de una voluntad subjetiva sólo hace manifiesto un hecho preexistente pero que carecía de otros signos exteriores capaces de hacerlo evidente. De ese modo, y para recuperar el tema que había motivado su intervención, entendía que los habitantes de Alsacia y Lorena podían declararse franceses aunque hablaran alemán, pero esa aparente decisión sólo era el señalamiento de un hecho que estaba más allá de su voluntad. Con lo cual si bien se admite la existencia de un acto subjetivo radical, éste queda recluido al momento del origen. Esto le permite concluir a Palti que Renán lleva a un límite el marco genealógico pero sin lograr romper con él.

El tercer capítulo comienza mostrando cómo la brecha abierta por Lord Acton y Renán provocaría poco tiempo después el estallido del marco genealógico con la intervención del marxista austríaco Otto Bauer. Esto sería consecuencia de su planteo según el cual no habría forma de saber cuándo un grupo constituía o no una nacionalidad. La nación ya no podía seguir considerándose como sujeto de la historia que porta su sentido y la explica, sino que ella misma debía ser explicada. Esta reflexión surge en el seno de una nueva matriz conceptual que Palti explica recurriendo a las innovaciones producidas por la biología, pero también por las ciencias físico-químicas como la termodinámica y la electrodinámica. Esta mutación, decisiva en el pensamiento occidental, puede resumirse en el hecho de que dejó de suponerse que el universo tiene un orden tras su apariencia caótica, para aseverar que el orden es lo aparente y el caos lo subyacente. Entre otras consecuencias, esto habría permitido postular tanto el carácter contingente de los sujetos y las identidades como una nueva noción de temporalidad desarrollada por Henri Bergson, para quien el tiempo introduce cambios cualitativos, por lo que deja de considerarse un mero despliegue de lo ya existente.

Este nuevo marco conceptual es una condición de la perspectiva antigenealógica que dejó a un lado la presunción sobre la existencia de fundamentos objetivos de las naciones para pasar a tratarlas como mitos, ficciones o construcciones discursivas. Pero también, según señala Palti, es una concepción que articuló las nuevas formas de nacionalismo que abandonaron sus fundamentos genealógicos, razón por la cual no pueden ser afectados por las críticas antigenealógicas. Como podrá apreciarse, aquí radica una de las hipótesis más fuertes -y más discutibles- del texto. Su demostración se basa en algunas citas de líderes nazis y fascistas, para quienes la historia de la nación pasaba a un decidido segundo plano frente a la imagen que se pretendía construir de ella. Se asumiría entonces explícitamente que la nación era un mito cuyas condiciones objetivas e incluso sus contenidos carecían de toda importancia frente al hecho mítico en sí. Aunque sugestiva, esta interpretación resulta algo forzada, pues da por supuesto que los nacionalismos del siglo XX abandonaron definitivamente la idea genealógica de la nación, hecho que no es para nada evidente. En todo caso podría plantearse a modo de hipótesis que la postulación del mito se superpuso a la idea que le atribuía fundamentos objetivos a la nación.

Llegado a este punto, el libro examina las intervenciones antigenealógicas más recientes agrupándolas en dos bloques. El primero está integrado por la obra de aquellos autores que, ante el resurgimiento de los nacionalismos y los separatismos, proponen la existencia de identidades colectivas sustantivas capaces de oponerse a aquellas que consideran falsas o, más claramente, que no son de su agrado. El segundo abarca la obra de autores que, dando un paso más, proponen hacerse cargo del carácter inventado, imaginado o ficticio de toda identidad, en tanto éstas operarían como una sutura en la brecha abierta por la inconsistencia del orden social.

El examen de los primeros resulta de gran interés, pues no sólo recompone con maestría sus argumentos, sino que también evidencia sus aporías y puntos ciegos. Así, muestra cómo Eric Hobsbawm termina negando el principio de libre elección al suponer que hay naciones cuya existencia es racional y otras que serían irracionales. Claro que para determinar esa cualidad resulta necesario recurrir a caracterizaciones políticas e ideológicas dejando a un lado toda pretensión científica o disciplinar neutra. Del mismo modo, Jürgen Habermas, afectado por la crisis de los Balcanes, concluye postulando la existencia de un orden internacional constituido por Estados nacionales legítimos que tienen una validez objetiva más allá de la voluntad de sus miembros.

En el examen de los autores del segundo bloque se destaca la obra de Homi Bhabha, quien de algún modo puede considerarse emblema de la corriente deconstruccionista. Palti destaca que uno de sus principales aportes, que lo aleja, por ejemplo, de autores como B. Anderson, radica en su reconocimiento de la dimensión performativa que tiene el discurso nacionalista, ya que éste no busca un fundamento sólo en el origen sino que debe ser actualizado en forma permanente. Esto revelaría la inconsistencia de los sujetos al mostrar la imposibilidad de constituirse plenamente como tales. Para Bhabha serían las minorías y los sectores marginales aquellos capaces de revelar la inconsistencia al dar lugar a la elaboración de contra narrativas. Según Palti, para ser eficaces, estas intervenciones deberían poder detectar un punto de fisura real en el discurso nacionalista, remitiendo así a lo que el filósofo Alain Badiou considera como un "sitio de acontecimiento".

Esta última parte, quizás la más oscura y difícil de seguir por ofrecer en apretada síntesis obras complejas, es la que permite entender el sentido del trabajo aquí reseñado. En efecto, Palti concluye que la intervención del multiculturalismo deconstruccionista evidencia el carácter contingente del impulso antigenealógico pues, a diferencia de Habermas y Hobsbawm, abandona toda pretensión de oponer una identidad sustancial a la identidad nacional. De ese modo, el enfoque antigenealógico habría llegado a sus últimas consecuencias al revelar aquello que debía permanecer oculto para que pudiera articularse plenamente bajo una fachada científica o neutra: su carga política e ideológica.

Como se habrá podido apreciar, estamos ante un libro incitante no sólo por el examen que propone o por su exhaustivo manejo bibliográfico, sino también por los interrogantes y reflexiones que invitan constantemente a la polémica. En ese sentido quisiera concluir recuperando su reflexión, según la cual el agotamiento del consenso antigenealógico nos enfrenta ante un indecidible que es lo propio de la política. Para ello recurre a un interrogante de Julia Kristeva que abre el libro a modo de epígrafe: "¿Cómo puede uno evitar hundirse en la ciénaga del sentido común si no es convirtiéndose en extranjero de su propio país, lengua, sexo e identidad?". Por mi parte, plantearía una inquietud exactamente contraria: ¿cómo puede uno evitar hundirse en la ciénaga del sentido común sin dejar de aceptar su propio país, lengua, sexo e identidad?

Fabio Wasserman
UBA