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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versión On-line ISSN 1850-2563

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  n.29 Buenos Aires ene./jun. 2006

 

Marta Elena Casús Arzú y Teresa García Giráldez, Las redes intelectuales centroamericanas: un siglo de imaginarios nacionales (1820-1920). Guatemala, F & G editores, 2005, 325 páginas.

Las redes intelectuales centroamericanas de Marta Casaús y Teresa García es un recorrido por la historia del pensamiento centroamericano, en una larga curva temporal que se inicia tras la ruptura del vínculo colonial y culmina en torno a 1930. En dicha trayectoria las autoras habrán de destacar la importancia que tuvieron las primeras dos décadas del siglo XX, la cuales, según afirman, suelen ser poco frecuentadas o mal apreciadas por los historiadores. Y, sobre todo, la trascendencia del primer grupo de intelectuales reconocido como tal, la Generación del 20, cuya intervención política habrá de redefinir crucialmente los términos del debates político.

En efecto, según muestran las autoras, una serie de condiciones políticas e intelectuales particulares se conjugaron para hacer de este periodo algo sumamente fructífero, desde una perspectiva histórico-conceptual. En él, habrá de replantearse el concepto mismo de nación y reformularse en los marcos de un universo abigarrado de ideas nuevas, que incluyen a las tendencias vitalistas y teosóficas como uno de sus componentes decisivos. Si bien se trataba de un orden intelectual muy vagamente delimitado, que encubría, en realidad, tendencias y corrientes de pensamiento muy diversas, y también albergaba programas políticos contradictorios, abrirá las puertas a un replanteo de los modos de interrogarse acerca de la nacionalidad. Y aun cuando las respuestas halladas en esa interrogación no siempre serán consistentes, las mismas ofrecen el marco último para comprender los experimentos políticos surgidos en la década del 40 que, tras el fin de las dictaduras que ahogaron las propuestas regeneracionistas y unionistas, buscarán establecer sistemas institucionales más inclusivos.

El punto de mira fundamental a partir del cual este libro habrá de reconstruir la conformación de este universo nuevo de ideas y propuestas institucionales va a trascender, sin embargo, el plano estricto de la historia de ideas para comprender los mecanismos y ámbitos de sociabilidad en los cuales habrían de articularse redes de relaciones político-intelectuales en la región y cuyas proyecciones se extenderían por todo el continente (incluyendo figuras tan lejanas como José Ingenieros o Gabriela Mistral). Uno de los hallazgos del mismo es el papel crucial que cumplieron las sociedades teosóficas en la articulación de estas redes transnacionales. Y ello explicaría, a su vez, el impulso unionista que subyace al movimiento regeneracionista y que encuentra su mejor expresión en la Constitución de 1921, que servirá de base a la efímera Unión Centroamericana.

En su rastreo de los orígenes del pensamiento unionista, Teresa García se remonta a las primeras décadas independientes. Allí descubrirá en la figura de José Cecilio del Valle (1777-1834), una de las matrices originarias del proyecto unionista. Ideólogo de la "Patria Grande" centroamericana, Valle encarnará un proyecto de "nación cívica", fundado en un ideal social homogéneo y orientado a la fusión de sus diversos componentes sociales y étnicos. Frente a éste se levantará la perspectiva que se volverá dominante con la generación siguiente, ya impregnada del determinismo racial propio del positivismo, y según la cual el indígena, visto como carente de todo afán de progreso, resultaría, por lo tanto, inasimilable a la modernidad. La mejor expresión de este ideal de "nación civilizada" es el pensamiento de Antonio Batres Jáuregui (1847-1929), quien, siguiendo dichos postulados, sostendrá la necesidad de la uniformidad biológica de la nación (lo que suponía, en última instancia, el exterminio liso y llano de los indígenas).

La Generación del 10, señala Marta Casaús, inspirada en las ideas de Alberto Masferrer (1868-1932), y cuyos representantes más connotados serán Carlos Wyld Ospina (1891-1952), Salvador Mendieta (1879-1958), Fernando Juárez Muñoz (1878-1952), Joaquín García Monge (1881-1958), César Augusto Sandino (1895-1934) y Joaquín Rodas (1884-1965), se levantará contra este ideal de uniformidad biológica, pero se alejará, sin embargo, del proyecto de homogeneidad implícito en el concepto de nación cívica de Valle. La conciencia de la necesidad de incorporar al elemento indígena como un componente de la nacionalidad ya no se traducirá en la búsqueda de su asimilación a la cultural blanca (el viejo proyecto de una cultura mestiza), sino que se apoyará en el principio del respeto de las culturas tradicionales. La necesidad de construir un hombre nuevo, que es la piedra en la que se afirma el proyecto regeneracionista, y que se despliega en una serie de propuestas destinadas a garantizar ese mínimum vital que garantice el desarrollo y cultivo de las facultades superiores propias a nuestra condición humana, dentro de las cuales el acceso a la propiedad de la tierra y la educación aparecerían como las fundamentales, resultará, a la vez sensible a la persistencia de patrones sociales y cultural heredados, aunque no necesariamente consistente con ellos.

En última instancia, el esfuerzo sostenido por diseñar un modelo de nación alternativo que nos describen Teresa García y Marta Casaús es también la historia de un fracaso. Pero no será por ello menos significativo históricamente. Su misma emergencia permite explicar aspectos ignorados por los historiadores. Nos habla de una trama de relaciones que es necesario desentrañar, a fin de comprender el tipo de inflexión conceptual que habría entonces de producirse. Las redes que se forjaron en la lucha común contra las dictaduras e intervenciones externas hará desplegar un universo de pensamiento que no excluye el componente positivista y resabios de ideas racistas, pero los excede largamente. El hibridismo entre formaciones conceptuales será así la marca distintiva de este periodo en la historia político-conceptual. El sello político de la ampliación de este laxamente conformado horizonte de ideas, a partir del cual se tamizarán e incorporarán las corrientes espiritualistas que por entonces se difunden de la mano de figuras tan disímiles como Krishnamurti, Henry George, Tolstoi y Kropotkin, será la creación en 1919 del Partido Unionista. El mismo nos habla de un mundo que se vinculará críticamente con los núcleos de poder establecidos, y cuya génesis es preciso tratar de reconstruir para comprender la naturaleza de su proyecto político.

Lo cierto, de todos modos, es que tampoco este ideal unionista escapará a las encrucijadas a las que el pensamiento político del periodo se enfrentaba. Y es aquí que la referencia a Valle resulta significativa. En última instancia, la Generación del '20 tampoco logrará encontrar la ecuación que permita integrar regionalmente élites demasiado afirmadas a poderes locales cuyo control verían amenazado por su inscripción dentro de marcos institucionales más abarcativos. Por otro lado, la propia idea de una "Patria Grande" permanecerá ambigua, albergando conceptos opuestos entre sí, que oscilan entre el federalismo regional y el aliancismo continental. El fracaso del proyecto unionista, en fin, determinará una derrota tanto más ignominiosa desde el momento que también desdibujarán, en su transcurso, los matices progresistas que teñían originalmente su perfil ideológico. La curva que lleva de las tensiones que recorren el pensamiento de un Miguel Ángel Asturias (1899-1974) a las perspectiva ya definitivamente desprovista de tales matices y tensiones en Carlos Samayoa Chinchilla (1899-1978) es sintomática al respecto.

Aun así, permanece el hecho de que la introducción en la escena política de esta primera generación de intelectuales que definirán su rol como tal servirá efectivamente para alterar definitivamente las claves del debate político. El debilitamiento de los ideales liberales y positivistas hará que la cuestión nacional, ligada al fracaso en desarrollar naciones modernas, ya no se ligará exclusivamente a la cuestión de cómo integrar al indígena a la modernidad, sino que pasará a comprender pluralidad de dimensiones, dentro de las cuales el papel de las propias élites habrá de tornarse igualmente problemático.

Como vemos, el libro de Marta Casaús y Teresa García nos ofrece una serie de hilos a seguir para internarnos en un mundo muy poco conocido para los que no somos especialistas en el tema, pero, al mismo tiempo, muy significativo. Nos permite descubrir cómo las ideas espiritualistas fueron asimiladas en un medio muy peculiar, que no sólo dará origen al desarrollo de nuevos imaginarios nacionales, más atentos y sensibles a la diversidad cultural y étnica, y cómo la expansión de una red de relaciones y de ámbitos de sociabilidad articuladas al margen de los sistemas de poder local lograría romper los moldes conceptuales desplegados en el interior de los modos de dominación establecidos. Visto dicho trabajo desde una perspectiva más amplia, el mismo nos brinda, en fin, la oportunidad de aproximarnos a un caso, si bien no único, sí sumamente excepcional, de lo que podríamos llamar "irredentismo inverso". A diferencia de los casos de irredentismo clásico, mejor conocidos por los estudiosos de las naciones y los nacionalismos, no se trataría aquí de minorías nacionales que bregan por lograr un estado nacional propio, sino, por el contrario, de cinco estados nacionales ya largamente establecidos pero cuya entidad como tales, paradójicamente, permanecería todavía incierta incluso para sectores de las propias élites locales. En definitiva, Las redes intelectuales centroamericanas nos coloca frente a un fenómeno peculiar que no resulta fácilmente asimilable a los esquemas analíticos y modelos de nationstate building disponibles en la literatura especializada.

Elías Palti

UNQui/CONICET