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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versión On-line ISSN 1850-2563

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  n.30 Buenos Aires ene./dic. 2007

 

Ana Teruel, Misiones, economía y sociedad. La frontera chaqueña del noroeste argentino en el siglo XIX. Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 2005, 150 pp.

En Misiones, economía y sociedad, Ana Teruel pone en contacto al lector con la frontera chaqueña del noroeste argentino durante el siglo XIX, invitando a un recorrido por la historia de una región cuyo estudio es todavía incipiente.

El interés de la autora por la zona tiene como punto de partida la importante presencia de braceros indígenas provenientes del Chaco en la constitución misma de los ingenios azucareros de Jujuy en el siglo XIX, y la escasez de trabajos que diesen cuenta del modo en que se había producido su expulsión desde la frontera más cercana –el este de aquella provincia y Salta–. Su propósito es, entonces, contribuir al conocimiento del proceso de colonización de la frontera noroccidental del Chaco, abordando los intentos de asimilación y disciplinamiento de la población indígena a través de las misiones religiosas. Así, Teruel emprende el estudio del modo en que se produce la ocupación, reparto y privatización de la tierra; de las formas en que se organiza y lleva a cabo la producción de la zona; las relaciones interétnicas; y las características y funcionamiento de las misiones religiosas. En una extensa introducción, dichas cuestiones se insertan en un contexto temporal y un marco conceptual específicos.

Las fuentes que se tomarán en cuenta para el caso jujeño, serán expedientes de actuación de médicos de pobreza, libros de colecturía de cofradías, libros del hospital y las "declaraciones de pobreza". Es este un conjunto heterogéneo de documentos que, junto a expedientes judiciales criminales y civiles, permite identificar a los pobres, definir la relación social, y examinar cómo el Estado y los propios pobres viven la pobreza a fines del período colonial.

El peso de este último está puesto en los términos frontera y región. El espacio de estudio aparece definido como una región no circunscripta por límites naturales o políticos, sino pensada en términos históricos. Se trata de un ambiente heterogéneo –que comprende la yunga o selva tucumano-oranense, parte de la llanura chaqueña y el espacio de transición denominado “umbral al chaco”–, cuya unidad está dada por los procesos humanos. A su vez, la peculiaridad de la zona es la de ser frontera; vale decir, un espacio de contacto entre dos sociedades distintas –la indígena y la criolla–, cuyas singularidades deben ser estudiadas, al igual que las relaciones que como parte establece con un todo. Es la frontera de la intendencia de Salta del Tucumán con el Chaco, cuyo eje de dominación fue articulado a través del sistema de fuertes, haciendas-estancias y misiones religiosas, con una especialización productiva tempranamente orientada a la ganadería y la producción azucarera, sostenida en el trabajo indígena.

La conformación del Estado argentino, la inserción de la zona en la economía regional y nacional, y el sistema de dominación que articuló a las elites provinciales con el primero constituyen el encuadre histórico del proceso a estudiar. El período observado finaliza a comienzos del siglo XX, debido a la confluencia de factores que producen cambios significativos en la región: la instalación del ingenio San Martín del Tabacal –en Orán–, con importantes consecuencias en la tenencia de la tierra y el subsiguiente desplazamiento de la mano de obra; el trazado del ferrocarril a Embarcación en 1908; el comienzo de la explotación petrolera; y la instalación de misiones anglicanas.

Quizás la ventaja más importante del enfoque elegido como instrumento analítico, explicita la autora, es la de permitir atender a procesos que la historia nacional ha soslayado. En sus propias palabras, hace posible "contribuir al conocimiento de la historia argentina desde un ángulo que no es el pampeano, pero tampoco el noroeste estrictamente andino", sino el espacio que lo vincula con el Chaco. Desde fines del siglo XVIII, aquel desarrolló una relación estrecha y simbiótica con el último, que permite entender la forma en que la región se incorporó al Estado-nación una centuria después. Y es de advertirse que el modo de abordaje de Teruel no impide, merced a una cuidada confección argumentativa, reconstruir articuladamente la totalidad del proceso al concluir la lectura del libro.

La obra toma, entonces, dos senderos que organizan el análisis y la exposición, y que se corresponden con los capítulos en que se divide: los hombres y las tierras de frontera, y las misiones religiosas -a riesgo quizás de circunscribir las relaciones entre los primeros y las últimas a la disputa por la propiedad del suelo y la mano de obra nativa.

En el primer tramo de Misiones, economía y sociedad, Teruel realiza un análisis comparativo entre distintas zonas que componen una misma región a fin de mostrar cómo, y pese a la existencia de indudables similitudes, también primaron rasgos y circunstancias particulares, aun en un espacio reducido. La antigüedad en el proceso de colonización y las características productivas son las razones que permiten explicar tales singularidades. Río Negro, Río del Valle -Anta- y Zenta -donde se destaca San Ramón de la Nueva Orán, primera ciudad de esta zona, años después cabecera del partido-, son los lugares elegidos por Teruel, y cuya evolución dará cuenta del modo y la acelerada velocidad con que Salta y Jujuy se derramaron sobre sus flancos orientales -sobre todo a fines de la centuria-. Entretanto, la reconstrucción histórica privilegia cortes temporales que señalan transformaciones, colocando la lente sobre tiempos tardocoloniales, la mitad del siglo XIX y su último cuarto.

Zonas de avanzada de fuertes y misiones a fines del siglo XVIII, la figura de la "merced" -en el caso de Orán, la entrega gratuita de solares, chacras y estancias- prevaleció como forma de acceso a la tierra que, durante esta época y en el siglo siguiente, fue utilizada por el Estado para incentivar el poblamiento, como premio a prestaciones por servicios de armas y como bien con que retribuir contribuciones a favor del crecimiento de la región. En todos los casos, eran unas pocas familias notorias quienes contaban con las mejores porciones del suelo, aunque la frontera representó también una forma de ascenso social para quienes ofrecieron auxilio militar durante las guerras que surcaron el siglo XIX, y aprovecharon las posibilidades abiertas al ejercicio de funciones de esta clase y administrativas.

Aunque con una destacada tendencia a la concentración hacia fines del siglo XIX -más marcada en Río Negro-, las grandes extensiones coexistían con una enorme cantidad de propiedades de menor tamaño. Pero mientras que en Río Negro y Orán -fronteras jujeña y salteña, respectivamente- las condiciones naturales permitieron combinar el cultivo de la caña de azúcar y la producción de sus derivados con la actividad ganadera; en Anta, con tierras más pobres en el umbral al Chaco, la ganadería constituyó la única actividad redituable. Por su parte, en Orán la entrega de estancias, chacras y solares produjo una estructura particular de la propiedad. Su característica fue el predominio de los pequeños fundos dedicados a actividades de subsistencia, y de las extensiones medianas que producían algún excedente para el mercado. En la zona comenzó a desarrollarse una tendencia a la concentración hacia el siglo XX, que llegaría a su apogeo en 1916 con la instalación del ingenio San Martín del Tabacal.

A mediados del siglo XIX tuvieron lugar varios intentos de fundación de colonias en las zonas más avanzadas. Pero la única experiencia exitosa, señala Teruel, fue Colonia Rivadavia, fundada en 1862 en pleno Chaco, a orillas del río Bermejo. Se trató de un caso distinto a los anteriores, porque se situó en territorio cercano a los aborígenes con quienes aún se estaba en guerra, y sus condiciones climáticas favorecieron la ganadería extensiva por sobre otro tipo de actividades. La autora subraya que se pobló en la medida en que las políticas estatales contribuyeron a ello. La sociedad que nació allí tuvo, también, rasgos distintivos: se constituyó una colonia de inmigrantes predominantemente masculinos, pequeños y medianos criadores y comerciantes de ganado, "sacadores" y contratistas de mano de obra indígena para las haciendas azucareras vecinas. Los wichís mantuvieron con los pobladores de Rivadavia relaciones que oscilaron entre el enfrentamiento, el intercambio comercial y el trabajo temporario.

Según la autora, Rivadavia experimentó algunas transformaciones a corto plazo. Numerosos esfuerzos para hacer posible la navegación del Bermejo -a fin de comunicar la zona con el litoral atlántico- se revelaron inútiles; el río se alejó de la población por un desvío de su cauce y el aislamiento se convirtió en una realidad insoslayable. La colonia se estancó, y sólo los montes que alimentaban ganado criollo, así como la mano de obra nativa conducida a las estancias vecinas, constituyeron la riqueza del poblado.

En Río Negro y Anta, entretanto, un importante número de aborígenes se incorporó como fuerza de trabajo en una sociedad heterogénea y mestizada de propietarios "decentes". Pero mientras que en el último de estos puntos las castas pudieron tener acceso a la tierra, en el primero su situación de dependientes de las haciendas fue mucho más clara. Ello fue así porque dichos establecimientos productivos, a la vez que atrajeron población migrante, requirieron permanentemente la incorporación de mano de obra indígena para la zafra, que se buscaba cada vez más al interior del Chaco a medida que progresaba la empresa de conquista.

Hacia 1870, ya Orán, Anta y Rivadavia se habían convertido en departamentos. Salta y Jujuy se vieron, entonces, involucradas en un doble proceso que, al tiempo que incrementaba la tendencia a la integración al mercado nacional, reactivó los circuitos de comercio tradicionales con los países limítrofes. El trazado del ferrocarril hasta Córdoba y su arribo a Tucumán incentivaron, según Teruel, la modernización de la producción azucarera, mientras que la ganadera fue reactivada por los contactos con Bolivia y Chile. En tal contexto comenzaron las campañas militares de ocupación sobre el Chaco occidental, que favorecieron con mano de obra aborigen y tierras a los productores agrícolas y ganaderos, respectivamente. Así, la frontera se incorporó al Estado nacional montándose en una dinámica económica doble de orientación al mercado interno y revitalización de los contactos con circuitos tradicionales.

El último golpe al dominio indígena coincide, y no casualmente -dice Teruel-, con la conformación del Estado nacional. Del mismo modo en que se hizo necesario incorporar dichos espacios al mercado, también fue preciso homogeneizar para crear una nación, borrar al otro cultural "por asimilación o por exterminio". La autora sitúa aquí a las misiones franciscanas en un papel protagónico y subraya que las reducciones fueron una constante en el proceso colonizador del Chaco, aunque poco después señale que han sido los establecimientos productivos los que mejor cubrieron tales expectativas.

Las reducciones franciscanas preocupaban por igual a religiosos y gobernantes, porque su rol trascendía la mera empresa evangelizadora. Dos estuvieron a cargo del sector oriental del Chaco, mientras que un grupo dependiente del Colegio de San Diego en Salta se ocupó de la parte occidental de aquel. Su programa de acción -al que Teruel desagrega y analiza en acápites específicos- las convertía en agentes de civilización: reunir a los indígenas en un pueblo, hacerlos hombres; acostumbrarlos a la agricultura y al trabajo; cultivar después su espíritu y su corazón, y volverlos verdaderamente cristianos. Pero los indios no se prestaron fácilmente a la conversión, ni cedieron rápidamente en sus prácticas culturales; la soledad, la frustración y el aislamiento, entretanto, hicieron presa de los padres. La pregunta acerca de la función a desempeñar por las misiones, que hizo posible su existencia por algunos años, reorienta, entonces, los argumentos de Teruel. ¿Eran establecimientos productivos o concentradores de mano de obra indígena? Y la respuesta hallada inclina el fiel de la balanza en el segundo sentido. Luego de analizar los libros de cuentas de la misión de la Purísima Concepción del Bermejo (entre 1861 y 1867) y registros contables de San Antonio, concluye que la producción de las reducciones se orientaba fundamentalmente a la satisfacción de las necesidades de consumo de los frailes y que, restando los ingresos por las donaciones recibidas, parecen haber sido establecimientos deficitarios o con un reducidísimo superávit.

Pero el dato tal vez más importante se encuentra en el contexto histórico en que se sitúa el trabajo. La presencia de las reducciones franciscanas en el Chaco fue contemporánea a la modernización de dos haciendas azucareras de Jujuy (San Pedro y Ledesma) y una en Salta (Campo Santo), en las que se instalaron tres ingenios a partir de 1876. El aumento en la demanda de mano de obra indígena fue el corolario esperable, a lo que se agregaba la disposición aborigen a trabajar en ellas porque, de ese modo, podían obtenerse armas, caballos, telas, alcohol y comida, en una época en la que en el Chaco era difícil procurar la subsistencia. La autora destaca que fue entonces cuando comenzaron las tensiones entre los religiosos y aquellos gobernantes que en algún momento habían manifestado buena disposición, acaso interés, a la instalación de las misiones. En poco tiempo, los frailes se encontraron abocados al disciplinamiento de una mano de obra rápidamente absorbida por las haciendas y estancias vecinas, y convertidos en un actor de frontera que disputaba tierras y fuerza de trabajo a los colonos y autoridades locales.

A la consolidación del Estado y la necesidad de gestar una identidad nacional que acabase con los particularismos, Teruel superpone el cuadro económico para dar cuenta del porqué y del fin de los emprendimientos religiosos en la zona. La demanda del mercado nacional sobre la producción agrícola y pecuaria, acompañada de mejoras en infraestructura y transportes, incentivó la producción local, presionando sobre quienes podían ser depositarios de mano de obra o "sacadores" y contratistas de indios. Pero además, quienes concurrían a las haciendas parecían, según la autora, acostumbrarse más fácilmente a los hábitos criollos y al manejo del dinero. Quedaba claro, entonces, que la integración de los indios al trabajo y la economía monetaria podía lograrse. Estaba en discusión, en todo caso, quién sería el agente encargado de conseguirlo. Y los establecimientos productivos se mostraban más efectivos al respecto.

La mayor riqueza del libro de Teruel es, sin duda, haber abierto una agenda de cuestiones que demandan ser investigadas, porque ingresa en un territorio casi inexplorado, al que va desbrozando a partir de una prolífica investigación que se nutre de meticulosas reconstrucciones de datos hallados en variadísimos repositorios documentales. A su vez, arroja un exitoso balance a la hora de abrir el juego a pensar la historia nacional a partir de los hechos acaecidos en función de la incorporación de los espacios fronterizos, o situados más allá de ellos.

La autora da lugar a una obra que ubica la construcción histórica de una región en la intersección de cuatro aristas claves para un momento capital del pasado argentino -la consolidación del Estado, la conformación de un mercado y una identidad argentinos, y la configuración de alianzas estratégicas entre los sectores dominantes provinciales y nacionales-. Así, desde la frontera chaqueña se definen actores que fueron parte de la activa de cada una de estas líneas y cuya importancia en el libro, si bien es destacada en función de la gravitación que alcanzaron para la historia del país, no opaca una multitud de actores anónimos -soldados, colonos, arrendatarios, campesinos, misioneros, indígenas- que protagonizaron junto a ellos la definición de un espacio singular, a al vez que de las particularidades que los convirtieron en una zona heterogénea no sólo climática o geográficamente. Aquí el objeto del trabajo se ha logrado.

Pero cierto desequilibrio es sin embargo , notorio. Si el libro promete abordar los intentos de disciplinamiento de la mano de obra indígena a través de las misiones religiosas, el lector no encuentra sobre ello mucho mas que sobre las cuestiones que parecía imprescindible explicar primero. La ocupación, el reparto y la privatización de la tierra , así como los modos de organización de la producción, tienen tanto peso cuantitativo ay cualitativo como la segunda parte de la obra.

Por otro lado, en una frontera con predominio numérico de la población aborigen sobre la criolla -en palabras de la autora. la construcción misma y singular de la región es proyecto y obra de los sectores dominantes de esta sociedad. Y aunque esto sea una constante indiscutible de la historia argentina, los actores cuantitativamente más importantes de la zona son aquí agentes receptores de procesos y políticas que los impactan. Parecen resistir y adaptase. En otras palabras la construcción argumentativa de Misiones, economía y sociedad soslaya, por momentos, que las misiones, la configuración económica, las modalidades de inserción del espacio analizado en el estado nacional y las formas escogidas de construcción identitaria, respondieron a la existencia de un Otro cuya a presencia condicionó los mecanismos, las campañas militares y los resultados. La originalidad de la región en estudio es producto de la presencia de ese Otro al que se acomodaron, en definitiva, los blancos. Es así que aunque el libro ofrece la posibilidad de invertir la lectura de la historia argentina cabe, entonces, preguntarse sobre una lectura alternativa de la historia regional. Clara está, sin embargo, que sólo la apertura de un programa inaugural de trabajo posibilita transitar nuevos caminos.

María Laura Cutrera

(Inst. Ravignani (UBA) - UdeSA-CONICET