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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versión On-line ISSN 1850-2563

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  no.31 Buenos Aires ene./dic. 2009

 

NOTAS Y DEBATES

Debate en torno al libro de Julio Djenderedjian
La agricultura pampeana en la primera mitad del siglo XIX
, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008.

Eduardo Míguez1 - Jorge Gelman2 - Julio Djenderedjia3

1Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires
2UBA - CONICET
3UBA - CONICET

Deméter en tiempos de Pan

Si fuera necesario justificar la importancia de un texto de síntesis en la actividad histórica, no sólo para la difusión del conocimiento, sino para la propia producción de otros nuevos, el presente tomo podría ser tomado como un ejemplo paradigmático. Mostrando un muy vasto conocimiento de la creciente producción historiográfica sobre el tema, así como de la más rara bibliografía antigua, y las memorias, relatos de viajeros, y otros textos contemporáneos que a él se refieren, Djenderedjian nos ofrece un amplio panorama de la agricultura entre el Virreinato y el momento previo a la gran expansión de la segunda mitad del XIX, incluyendo un atisbo de sus prolegómenos. No es, sin embargo, sólo una síntesis de conocimientos frecuentados por los especialistas. En parte, porque como suele ocurrir en estos casos (cuando son de tan buena factura como el actual), el autor agrega no pocos resultados novedosos de sus propias pesquisas en fuentes primarias, incluso en fondos documentales; pero -y lo que es a mi juicio aun más importante- porque al reunir en un argumento los resultados de variadas investigaciones individuales, ofrece un panorama mucho más consistente del tema del que emerge de los conocimientos fragmentados en numerosos artículos y capítulos aislados. Se obliga así Djenderedjian a ser mucho más sistemático y abarcativo en la formulación de sus preguntas y problemas, dejando en evidencia el panorama de nuestros conocimientos, nuestras ignorancias y nuestras perplejidades en el área. En muchos casos, avanza en la formulación de respuestas en base a lo que hasta aquí sabemos, y a una rigurosa formulación de hipótesis en general muy razonables que agregan a los conocimientos existentes un sobrio uso de la teoría económica y social, y un fino sentido común. Quizás pueda objetarse que no siempre destaca con suficiente énfasis cuando las afirmaciones emergen de inferencias, diferenciándolas de cuando se fundamentan en evidencias más o menos confiables. Pero, en cualquier caso, los argumentos siempre aportan una imagen razonables de los problemas que abordan, proponiendo al lector una interpretación del tema. Creo enfáticamente que esto es de suma utilidad, ya que hace que la obra sea mucho más que un estado de la cuestión con algunos agregados. La transforman en una auténtica historia, en el mejor sentido de la palabra. Vale decir, en un relato interpretativo del desarrollo agrícola en la región pampeana en el período abordado.

Me he extendido en este análisis de la metodología analítica de la obra, no sólo porque es un justo elogio a los logros del autor, y porque puede servir al lector de estas líneas que no conozca la obra para tener una idea más cabal de qué esperar de ella, sino porque creo que es necesaria como introducción a los comentarios que siguen. En ellos, no me detendré a discutir aspectos específicos de los contenidos. Más bien, me propongo establecer un diálogo precisamente en el plano más amplio; en las interpretaciones más generales. Los aspectos más concretos que tomaré, entonces, se seleccionaron no por ser los más sólidos o los más discutibles, como suele hacerse en una reseña, sino porque son los que contribuyen a plantear las discusiones nodales que a mi juicio emergen de ella. Queda dicho desde ya, entonces, que hay mucho más riqueza en el trabajo comentado de lo que aquí abordaré. Mis comentarios se centran en la agricultura y el mercado del trigo, y en especial en la provincia de Buenos Aires -pese a todo, la más agrícola del la región pampeana hasta la década de 1850-. Si bien éste es el eje del libro, también trata otros productos y otras regiones, brindando un panorama bastante amplio de su tema.

Reducida a sus acordes mínimos, la composición de Djenderedjian nos ofrece el panorama siguiente: Durante la colonia una agricultura rudimentaria pero consistente abastecía un consumo de harinas importante en la escala de los mercados locales, con una mínima exportación, seguramente mayormente para el reabastecimiento de los navíos que recalaban en el puerto. Los costos de transporte y la limitación en la oferta de trabajo restringían la producción a mercados circundantes. Pero el alto peso relativo de la población urbana, en especial en Buenos Aires, da cuenta de una producción nada desdeñable en su escala.

El crecimiento de la ganadería litoral después de la revolución alteraría esta situación. Una inserción crecientemente favorable de ésta en el mercado internacional valorizaría la tierra y el trabajo de tal forma que la agricultura fuese perdiendo espacio entre las actividades productivas de la región pampeana. Aunque en términos absolutos la producción se incrementó moderadamente, en relación a la población fue cayendo de manera significativa. Los intentos colonizadores de los años 1820 fracasan en este contexto. Su mano de obra inmigrante adquiere mayor productividad en otras actividades. La continuidad del consumo se sostiene en una creciente importación de harinas de Chile y Estados Unidos. En ocasiones, con precios favorables, llegan también trigos del interior, en especial de Mendoza y Córdoba, pese a los altos costos de transporte. A su vez, el corrimiento de la frontera genera nuevas áreas de producción en condiciones ecológicas diferentes. Orientadas principalmente a los mercados locales, también éstas pueden volcar parte de sus excedentes al abasto urbano. El desarrollo lanar agudiza la situación, aunque para la década de 1840 comienzan a verse cambios tecnológicos -en especial, la introducción del trigo Barletta, una variedad bien adaptada a la región- que al incrementar la productividad, generan mejores condiciones. Aun así, con un fuerte crecimiento de la población, al menos en Buenos Aires, la producción per cápita sigue en su vertiginosa caída, restañada ahora por una creciente producción de las nuevas colonias agrícolas santafecinas.

Un relato plausible que, sin embargo, provoca no pocas preguntas. Una de ellas tiene que ver con la competencia entre el reino de Deméter (Ceres), diosa agrícola, y el de Pan, dios pastor. La argumentación de que la valorización de la tierra limita la actividad agrícola (pp. 134-135; p. 178, por ejemplo) -de menor rentabilidad- plantea problemas en los números. Si una hectárea producía unas 5 fanegas, y éstas rondaban los cinco pesos,9 la hectárea triguera podría producir en tiempos normales en el orden de 25 pesos fuertes en trigo. Aun al muy alto valor de 10 pesos la hectárea, y con una alta tasa de interés del 10%, el arriendo de una hectárea no excedería el peso. Aunque los precios a "boca de tranquera" (sería difícil encontrar una por entonces) fueran mucho menores, el costo de la tierra seguiría siendo bajo en relación a ellos. En tanto, estimando una carga ganadera muy alta para la época, de un animal por hectárea, ésta produciría un novillo cada tres años; aunque el novillo valiese el muy elevado precio de 10 pesos fuertes, la productividad ganadera por hectárea sería el 10% de la agrícola. Estos números son muy fantasiosos y, desde luego, Djenderedjian podría hacerlos mucho más precisos. Pero he buscado exagerarlos en contra de mi argumento sólo para establecer un orden de magnitud. Y aunque las circunstancias cambian un poco con la cría lanar, no deben haber alterado demasiado el cuadro general. Desde luego, los resultados no deben llamar la atención. Como factor abundante, la tierra no determinaba la selección de actividad. Si hiciéramos cálculos similares para la mano de obra, tendríamos un panorama exactamente inverso. La productividad del trabajo era muy superior en la ganadería.10 Como la escasez de trabajo determinaba la selección productiva, es de esperar que el precio de la tierra fuera establecido sobre la productividad ganadera -el costo por hectárea difícilmente fuera un límite a la producción agrícola-. Más bien, el costo de la tierra solo sería relevante en zonas de especialización agrícola, donde el precio de la tierra fuera determinado por esa misma actividad, y no en las áreas de competencia entre ambas.

En ellas, hay una cuestión aparentemente trivial, pero sin duda de gran peso, que la obra considera pero no explica en profundidad. En un mundo sin alambradas, en el que la contención del ganado era más que difícil, el costo en mano de obra de apartar a éste de los cultivos sería exponencial. Sabemos que el ganado invadía con frecuencia los cultivos y que existieron disposiciones para que sus propietarios indemnizaran a los agricultores por los daños a los afectados.11 Aun así, es difícil imaginar cómo era posible la coexistencia de ambas actividades, que sin embargo, sin duda, ocurrió. En todo caso, seguramente fue un factor adicional en el incremento del costo laboral.

En coincidencia con ello, y aunque Djenderedjian menciona la valorización de la tierra como un factor limitante de la agricultura -lo que por lo dicho, no creo que sea relevante- él también coincide en que el costo de la mano de obra es el factor decisivo. Lo que en cambio no se explica es el desplazamiento de la agricultura hacia zonas más alejadas de Buenos Aires. En estas condiciones, es muy difícil que el menor valor de la tierra compensara el aumento de costos de transporte. Si aun en las proximidades de Buenos Aires la agricultura perdía rentabilidad por los costos laborales -incrementados, nos explica el autor, por la retracción de la esclavitud y la demanda de mano de obra ganadera-12 más aun debía perderla en las zonas afectadas por los altos costos de transporte. La explicación creo que puede estar en otro lado, quizás insinuado, pero insuficientemente remarcado por el autor. Si aceptamos que en promedio predominaba una racionalidad en la asignación de factores, debería suponerse que el grueso del trabajo se valorizaría en la ganadería. Pero podía haber motivos para que una parte no desdeñable fuera a la agricultura. Por ejemplo, períodos ociosos en la ganadería, mano de obra familiar que no se valorizaba en el mercado, reaseguros de producción autónoma para quienes carecían de capital ganadero. Esta producción estaría asociada a unidades campesinas, probablemente migrantes del interior, que buscaban tierras donde las hubiera a menor costo o incluso sin él; vale decir, la frontera.

Lo que nos lleva a una observación no central, pero relevante en este tema. El autor suena un poco escéptico al referirse al término "campesinos", utilizado por Gelman, Garavaglia y otros (por ejemplo, p. 135). Sin duda, los niveles de participación en el mercado y la capacidad de acumulación de algunos de estos pequeños productores difieren del uso más corriente del término. Pero más allá de una cuestión meramente semántica -y personalmente creo que la restricción conceptual aporta poco al conocimiento social- creo que estas unidades familiares muchas veces subcapitalizadas (en relación a su propio medio, claro está) tienen ciertos rasgos que se comprenden mejor en referencia al mundo campesino. En definitiva, profundizando un argumento que Gelman ya había señalado para la campaña oriental rural en la etapa colonial, es probable que una parte sustantiva de la agricultura se refugiara en la producción de modestos campesinos, muchas veces en la frontera, que complementaban con esta producción mercantil otro variado conjunto de actividades de subsistencia y para el mercado, como suelen hacer los campesinos. Junto a ellos, sin embargo, tanto en Buenos Aires como en el Este entrerriano, subsistían algunos grandes productores, aprovechando seguramente rentas locacionales y oligopólicas.

Seguramente, la expansión lanar y el cambio político de 1852 jugaron un papel importante en el cambio de estas condiciones, y quizás expliquen la profundización de la caída agrícola en esta etapa. En tanto que se relegaba la importancia de los sectores populares rurales como base política -en realidad, ya desde el otoño rosista- lo que facilitaría la regulación más estricta del acceso a la tierra, la consolidación del lanar valorizaba la mano de obra -incluso la familiar- en una actividad más productiva. Las condiciones económicas y políticas seguramente limitaron más estrechamente las posibilidades del campesinado, incluso en la frontera. Subsiste, incluso prospera, una agricultura ejidal, destinada a abastecer mercados segmentados por los costos de transporte antes del ferrocarril (y es muy posible que la mayor parte de esta producción eludiera las estadísticas, con lo que la producción per cápita puede haber caído menos dramáticamente de lo que los datos disponibles muestran, como señala el autor).13 Pero aunque subsisten escalas muy variadas de producción -el censo de 1869 así lo sugiere- es posible que aquello que más se asemejaba al mundo campesino estuviera cayendo en la marginalidad. A su vez, sin embargo, algunos de estos campesinos deben haber progresado hacia chacareros capitalistas más consolidados, como los famosos colonos de Chivilicoy, o el exitoso inmigrante Juan Fugl (nota 3) en la frontera de Tandil.

Esto nos lleva a la cuestión de las continuidades y cambios a ambos lados de la divisoria de aguas de 1852. Por razones comprensibles, Djenderedjian ha buscado enfatizar un enfoque que muestre cierta continuidad entre la primera y la segunda mitad del siglo XIX. Por demasiado tiempo nuestra historiografía más seria ha actuado como si se tratara de mundos diferentes, a tal punto que apenas si valía la pena mirar lo que ocurría del otro lado. Afortunadamente, la presencia de Julio en el vasto proyecto dirigido por Osvaldo Barsky ha asegurado una mirada más comprehensiva. Pero no detenerse en el cambio de pendiente no quiere decir que las rupturas no existan. Esto recuerda a algunos de los argumentos de Rondo Cameron en contra de la expresión "revolución industrial". Sin duda, normalmente existen continuidades entre diferentes etapas históricas. Lo que no quita que haya momentos en que los cambios se aceleran y las pendientes en las curvas de los gráficos se hacen más dramáticas. En buena parte del mundo, los cambios de esta naturaleza tuvieron lugar hacia mediados el siglo XIX, y el ferrocarril jugó un importante papel en muchos de ellos. Y el Río de la Plata, en mi opinión, pertenece a este grupo. En este sentido, el énfasis del autor en los cambios y progresos tecnológicos de la primera mitad del siglo no justifica desconocer que la agricultura de la segunda mitad del XIX -ya fuere en las colonias agrícolas ahora sí exitosas o, más tarde, en el complejo entramado contractual de la agricultura pampeana- fue una auténtica Revolución en las Pampas, incluso mucho más rica en matices de lo que el propio James Scobie percibiera. Djenderedjian no desconoce esto, pero por momentos parece subestimarlo (por ejemplo, en las pp. 23-24). Por mi parte, creo que reconocer que hubo un paulatino progreso productivo entre la colonia y mediados de siglo no debe llevarnos a desconocer que, en efecto, la solución de continuidad es más que sólo aparente.

En este punto, es natural remontarnos a los trabajos de Emilio Sereni y Nicolás Sánchez de Albornoz sobre los mercados de granos en Italia y España. Aquellos clásicos estudios utilizaban la integración del sistema de precios de los granos como un indicador de la conformación de un mercado nacional. Djenderedjian, naturalmente, parte del hecho de que en el período que estudia en general, se trata de mercados segmentados por los costos de transporte (una útil referencia en p. 165). Así, el límite natural del desarrollo de la agricultura es su capacidad de acceder a mercados cercanos, o al transporte náutico, de menor costo. Lo que explica que las harinas importadas encuentren su camino no sólo a Buenos Aires, sino a otros puertos del litoral, e incluso a algunas localidades del interior de la provincia porteña. Sin embargo, hay evidencias de una mayor circulación del producto -en especial la harina, que por su valor agregado absorbe mejor los costos de trasporte- que se haría creciente con un aumento de precios en la década de 1840. Con ello, cree avizorar una temprana etapa de integración del mercado, fomentada por los altos precios. Parte de esta idea surge de los datos de Silvia Romano sobre la salida de harinas desde Córdoba a Buenos Aires, y otros sobre la importación desde Mendoza.

La llegada de harinas cordobesas es sin duda sorprendente. No tanto porque el costo de transporte encarecía el producto,14 sino porque la disponibilidad de harinas en Córdoba debía ser muy limitada. El autor observa que, según los datos de Silvia Romano, la disponibilidad per cápita en la propia provincia mediterránea era restringida. La misma observación hice en mi reciente Historia Económica de la Argentina.15 Desde luego, como aquella provincia tiene un porcentaje mayor de población rural, si los datos decimales no incluyen la producción doméstica, allí podría estar parte de la explicación. Por otro lado, sabemos que los precios del ganado eran mucho mayores en Córdoba que en Buenos Aires, seguramente un índice de la menor disponibilidad de tierra. Sería esperable entonces que una diferente relación tierra/trabajo creara mejores condiciones agrícolas, y menores precios de los cereales. Lamentablemente, no contamos con series comparativas de precios cerealeros, como las utilizadas en los trabajos citados de Sereni y Sánchez Albornoz, para analizar la vinculación entre los mercados.

A su vez, los datos del comercio de importación de harinas que nos provee Djenderedjian son un poco desconcertantes. En primer lugar,el precio de la harina importada es enormemente mayor que el de su equivalente en trigo local. No sabemos el costo de la molienda, pero la relación parece sugerir que también éstos son mercados segmentados. Un rápido cálculo de la relación entre precios de trigo local y harina importada hecho en base a los datos que provee el autor en su cuadro en el apéndice I, p. 379, da un coeficiente de correlación de 0,754, que, aunque alto, revelaría que menos de un 60% del precio de la harina importada se explica por el valor del trigo local (el coeficiente de determinación es de 0,568). Esto sugiere que si bien son mercados relacionados, no se trata totalmente de bienes sustitutos. En el mismo sentido apunta el autor, al señalar que la harina atendía un mercado más exigente (p. 161).

Todo esto nos plantea un conjunto importante de preguntas en torno al mercado de trigo y cereales. ¿Cómo se vincula la importación de harinas con la producción local? Una interesante línea de exploración aparece en las pp. 173 a 175, referenciando los precios locales con las fluctuaciones internacionales; pero habría mucho más que hacer en esta línea. En todo caso, el crecimiento de la economía rioplatense en la década de 1840, la inmigración temprana, etc., sugieren que la demanda de harina y trigo sería sostenida en la época. Los datos sobre producción per cápita en Buenos Aires, sin embargo, sugieren una creciente especialización en los rubros más rentables, con una conducta propia de seguidores de Adam Smith. Seguramente, si fuera posible reconstruir series más completas de ingresos de harinas y de precios de cereales y harina, tanto en Buenos Aires como en el interior -vale decir, un buen estudio del mercado triguero rioplatense- podríamos comprender mejor la lógica de esta agricultura, cuya subsistencia es seguramente más sorprendente que su debilidad.

Desde ya, sería injusto reclamar a una obra de la naturaleza de la aquí tratada este tipo de aporte. Más bien, como señalábamos al comienzo, lo que ésta deja en claro, al dibujar el panorama más completo que nuestro actual conocimiento nos permite, es un interesante conjunto de posibles líneas de avance futuro. Si a ello sumamos el hecho de que se trata de un libro bien escrito, bien estructurado, y repleto de información, es evidente que sus logros son por cierto significativos.

Jorge Gelman

UBA - CONICET

¿Una agricultura en crisis?

El libro de Julio Djenderedjian que comentamos constituye el volumen IV de la Colección "Historia del Capitalismo Agrario Pampeano", dirigida por Osvaldo Barsky, que se ha convertido ya en un referente importante en los estudios históricos del agro de esta región.

Esta colección se ha propuesto presentar síntesis actualizadas y complejas sobre estos procesos, pero también ha publicado tomos que significan en sí mismos avances temáticos novedosos.

Esta colección se ha propuesto presentar síntesis actualizadas y complejas sobre estos procesos, pero también ha publicado tomos que significan en sí mismos avances temáticos novedosos.

El libro aquí reseñado se encuentra a caballo de estos dos objetivos: por un lado, presenta una síntesis exhaustiva de todo lo que se avanzó últimamente sobre un tema, la agricultura pampeana entre fines de la colonia y la primera mitad del XIX, pero es bastante más que eso: aporta también mucha evidencia nueva sobre algunos procesos o temas y, a la vez, el hecho de presentar un panorama global y comparativo de todas las regiones pampeanas colonizadas por el criollo en esta etapa (con referencias también a algunas extrapampeanas como la Córdoba serrana o Mendoza) le permite al autor avanzar en algunos análisis que sólo se podían abordar a partir de esta visión más alejada del caso.

Entonces el libro no es sólo una síntesis (aunque también lo es y seguramente la mejor hasta el momento), sino, además, una nueva investigación que arroja luz sobre cuestiones hasta ahora no tratadas o mal resueltas.

Lo primero que se puede decir sobre el libro es que tiene las marcas que distinguen a su autor como historiador: en primer lugar, el trabajo exhaustivo, sistemático. Djenderedjian ha leído todo lo que se ha escrito sobre el tema que investiga, ha rastreado y encontrado hasta el último libro actual o de inicios del siglo XIX que pueda aportar algún dato sobre la agricultura pampeana. Y aun tratándose de un libro de síntesis, ha tratado de llenar los baches que la historiografía ha dejado con un amplio trabajo de archivo y bibliográfico (para dar un ejemplo, el aparato erudito enumerado al final del libro incluye documentación de 8 archivos nacionales y extranjeros y un listado de títulos de libros escritos por cronistas de época que abarca 25 páginas).

En segundo lugar se destaca el fino análisis que realiza, que se apoya, por un lado, en la perspectiva comparativa de la que es un cultor ya probado y, por otro, en un marco teórico sobre la economía agraria bastante coherente. Aunque aquí quizás introduciría una pequeña nota crítica. Este marco teórico es quizás algo rígido. Pero también es verdad que, como buen historiador, Djenderedjian es sensible a que ninguna realidad histórica encaja perfectamente en un marco teórico.

Tercera marca de autor, la escritura: Djenderedjian escribe muy bien y es capaz de convertir en textos de fácil y agradable lectura los temas más áridos, como lo vuelve a demostrar aquí.

En cuanto a los contenidos del libro, lo primero a destacar es el tema. Diría que tuvo la valentía de abordar un tema que según sostenía toda la bibliografía es una especie de NO tema, porque el centro del desarrollo económico de esta etapa es justamente "la expansión ganadera", y por lo tanto la crisis o estancamiento de la "agricultura" pampeana. Y el autor no difiere mayormente con esta interpretación. Aunque agrega algunos matices importantes.

Según nos muestra, la agricultura en la primera mitad del XIX en realidad no está estancada completamente, crece, pero es verdad que bastante más lentamente que la ganadería, incluso más lentamente que la población y la demanda de bienes agrícolas. Pero este modesto crecimiento de la agricultura no se da sólo por el agregado de nuevos factores de producción que reproducen el modelo existente, sino que conoce algunas innovaciones que, nos explica el autor, preparan de alguna manera la expansión de la segunda mitad del XIX: así, por ejemplo, el desarrollo de una agricultura distinta a la típica colonial, realizada mayormente a la vera de los ríos o pegada al mercado consumidor de Buenos Aires y su traslado a zonas más alejadas que obligan a replantear en muchos aspectos la organización productiva y promueven también algunos cambios tecnológicos. Entre ellos la introducción y difusión del trigo barletta, que parece haber sido en pequeña escala una especie de soja de la época (al permitir utilizar terrenos antes vedados a la agricultura de trigo), mejoras en los arados para poder aprovechar la menor humedad de esas tierras nuevas y también algunas innovaciones destinadas a reducir costos, en especial "el" gran costo de la época, la mano de obra.

Lo otro que destaca el libro, y me parece significativo como estímulo a abrir nuevos horizontes de investigación, es la importancia de la década del 40. Si los estudios sobre la primera mitad del XIX han avanzado considerablemente en los últimos tiempos, la década del 40 es una especie de paria, de zona oscura, en la que se supone que no pasa nada nuevo (y no sólo en el agro).

Hay que decir que esta percepción historiográfica es ayudada, al menos en el caso de Buenos Aires, por una escasa producción de información escrita que quedara en los archivos de estos años. Pero 181 también es influida por la idea de que se trata de una década en la que simplemente se mantienen procesos establecidos antes.16 Lo que el autor muestra, al menos en la agricultura, es que hay en estos momentos fenómenos silenciosos que empiezan a cambiar significativamente algunas cosas. Es allí cuando se nota la expansión del barletta, se producen algunos cambios organizativos en ciertas chacras, se ensayan algunas innovaciones, etc. Quizás todo ello sea justamente el resultado de la relativa paz que sucede al triunfo brutal del rosismo en Buenos Aires y en el resto del territorio rioplatense.

Me parece que hay aquí un ejemplo interesante para pensar la relación entre instituciones y crecimiento económico: desde Douglas North y la "Nueva Economía Institucional" se ha insistido en el peso de las instituciones (de ciertas instituciones) para el crecimiento económico moderno, en los beneficios de la instauración de derechos de propiedad absolutos y universales, reglas transparentes e igualitarias de acceso a los mercados, sujetas a ley, etc.

En el ejemplo aquí tratado parece haber poco de todo esto, pero en cambio sí parece haber estabilidad en las normas, aunque éstas no sean igualitarias, aunque no signifiquen derechos de propiedad liberal, sujetas a ley positiva, etc. En este sentido creo ver algunas semejanzas con lo planteado en un libro reciente sobre el crecimiento económico mexicano durante el porfiriato.17

De todos modos, estas cuestiones no obstan a que la conclusión general del libro sea que la agricultura no creció lo suficiente y quedó a la zaga de los sectores que fueron los más dinámicos de la época. Primero la ganadería vacuna, luego la ovina.

Entonces una buena parte del libro está destinado a explicar justamente este fracaso o este destino divergente.

No puedo resumir aquí los contenidos complejos y matizados de este libro.

Sólo quiero ahora abordar someramente algunas de sus principales conclusiones y dejar planteadas algunas posibles discusiones.

El autor plantea que la agricultura18 se ve afectada por problemas institucionales, en el sentido sobre todo de la inestabilidad y de una serie de cuestiones que llevan a una situación inflacionaria intermitente, pero muy aguda en la primera mitad del siglo.

Y que esto afecta más a la agricultura que a la ganadería porque la primera requiere más capitales y es menos previsible en sus resultados. A la vez requiere más cantidad de trabajo y aquí hay un cuello de botella fundamental en toda una etapa en donde el factor trabajo es el más caro.

Aunque comparto la mayor parte de estos y otros argumentos que el autor desarrolla, me parece necesario hacer algunas aclaraciones y tratar de establecer un orden de los factores que aparecen trabando el desarrollo de la agricultura en esta etapa.

En primer lugar, no me parece demostrado que la agricultura requiera en esta etapa mayor inversión que la ganadería: sí por unidad de superficie (es obvio), pero no quizás por unidad de producto-valor. Es decir que si el norte del inversor-productor era la obtención de un determinado producto con su inversión, no me parece demostrado que fuera potencialmente menor en la agricultura.

Tampoco creo demostrado que requiera mayor cantidad de trabajo por producto, aunque aquí me parece que hay una reflexión a realizar sobre cuándo y dónde la agricultura de trigo requiere aplicar más trabajo.

El trigo tiene un momento corto de altísima demanda de trabajo, ineludible, en el tiempo de la cosecha. Pero tiene otro momento, menos intensivo pero más prolongado, si quiere mejorar la tierra, con buenos arados, y protegiendo la siembra tierna de las malezas, etc.

En esto último me parece que el problema central, más que el costo del trabajo, es el riesgo de la aplicación del mismo.

El de la cosecha no tiene este problema, porque se trata de una etapa en la que el riesgo está casi eliminado porque ya se sabe cuánta será la cosecha y a qué precio se podrá vender. Así, tenemos ejemplos históricos de productores que deciden dejar de cosechar, al menos una parte de su producto, ante caídas brutales en los precios del trigo.

En cambio no pasa lo mismo con el trabajo aplicado durante el arado, siembra y cuidado de la chacra en el período anterior. Esto agrega un factor de incertidumbre, de riesgo, muy grande en la agricultura en esta etapa. Y por lo tanto estimula una agricultura cuyos costos centrales se agolpen en la etapa final, y mucho menos en la anterior, porque así reduce esta incertidumbre.

Es evidente que este tipo de agricultura disminuye los estímulos a introducir mejoras o a cierta innovación técnica o tecnológica, que no se pueden aplicar a la siembra y el laboreo durante el año, porque significaría aumentar notablemente los riesgos de la inversión.

Por ello algunos ejemplos históricos de grandes chacras que buscaban mejorar sus rendimientos con buenos laboreos de la tierra, etc., terminaron con grandes frustraciones,19 mientras que parecen haber funcionado mejor las pequeñas explotaciones familiares que casi no araban la tierra y la cargaban con un poco más de semilla para compensar (lo que de paso limitaba el desarrollo de malezas como nos explica Djenderedjian), que no cuidaban intensamente la chacra, o la dejaban al cuidado de los miembros de sus familias, cuyo trabajo no tenía costo de oportunidad. Sólo parecía poder escapar un poco a esta lógica, a fines de la colonia, la gran chacra cercana a Buenos Aires que tenía costos más bajos por cercanía al mercado y mano de obra esclava, pero también una producción diversificada hortícola, etc., que le permitía reducir esos riesgos. Como explica el autor, la crisis de la esclavitud y el desplazamiento del trigo a tierras más alejadas ponen en cuestión este tipo de explotación desde la segunda o tercera década del siglo XIX.

Las formas de salir de este círculo vicioso podrían ser reducir la incertidumbre de los niveles de cosecha (algo muy difícil, aún hoy), reducir radicalmente los costos del trabajo (al menos en términos comparativos al factor tierra, de manera que su aplicación a la agricultura fuera más razonable en detrimento de una ganadería que requería más tierra por unidad de producto. También introduciendo maquinaria ahorradora de trabajo, etc.), o asegurarse, si no se lograba bajar los costos de producción, una mejor rentabilidad por un aumento sostenido y regular de los precios. Esto último requería la constitución de un mercado mucho más amplio de demanda de trigo y a la vez que éste permitiera sostener los altos costos del transporte terrestre, por lo menos hasta que el ferrocarril los lograra bajar drásticamente para mucha regiones.

Afrontar los riesgos de expandir la agricultura, cuyos resultados son inciertos por clima, plagas, etc., requiere controlar los costos y que al menos se tenga una cierta certeza sobre los precios y por ende sobre la rentabilidad. Y como muestra el autor, esto último parece ser uno de los factores claves del crecimiento algo más fuerte de la década del 40: precios más estables en un nivel alto y a la vez, creo, reglas del juego, buenas o malas, pero más estables.

El otro tema que me parece central para estudiar la evolución comparativa de ganadería y agricultura es el de los costos del transporte, que apenas mencioné.

La agricultura sale siempre perdedora en esta comparación, porque el trigo o el maíz hay que transportarlo, mientras que el ganado se puede transportar casi solo, camina.

En cierto sentido, la agricultura colonial, que por esta misma razón estaba concentrada en las cercanías del gran mercado consumidor y a la vera de los ríos, puede competir inicialmente con la ganadería que debe ubicarse en zonas más alejadas.

Pero en la primera mitad del XIX, si bien la ganadería vacuna se aleja del puerto hacia la frontera, no se ve muy afectada por mayores costos del transporte, y porque los precios de ese ganado crecen al aprovecharse el animal integralmente y tener una demanda atlántica ampliada.

Pero, como muestra el autor, el trigo también se tiene que alejar de la ciudad: mientras sus precios no suben en el mediano plazo, los precios de la tierra de cercanías suben desproporcionadamente por el crecimiento de la urbe y la necesaria intensificación (así las huertas, la producción de leche, ladrillos, saladeros, la urbanización, etc. expulsan de esas tierras a la cría, pero también a la agricultura de trigo).

Entonces hay agricultura de trigo, pero en nuevas tierras más baratas y en algunos casos de frontera y deben afrontar muchos desafíos: adaptación a esas tierras más secas (entonces el arado más profundo por ejemplo), mayores costos del transporte y, por ende, las opciones, si no suben los precios, son bajar los costos. Ya sea de producción (que en este caso es ahorrar sobre todo trabajo) o de transporte (y acá no habrá mucho más que esperar a los ferrocarriles).

Todo esto en pequeñas proporciones se va intentando, pero es muy difícil.

Por eso la agricultura crece poco. Sobre todo habiendo otras alternativas de inversión más seguras, como lo son las que se aplican a la ganadería.

En este sentido me parece un buen ejemplo el análisis del autor sobre las experiencias de colonización agrícola hechas durante esta etapa.

Como se muestra hubo varios intentos, pero todos terminaron desvirtuados o fracasaron.

Las razones que señala son varias, todas muy razonables: inestabilidad política y económica, falta de capitales, ideología antiextranjera- unitaria, etc. Estos proyectos impulsaban una producción más intensiva realizada por una comunidad de inmigrantes que trataba de reproducir el modelo de procedencia en muchos aspectos. Esto tenía potenciales beneficios en incrementar la productividad del trabajo por unidad de superficie, pero no necesariamente por unidad de trabajo.

Esta gente, cuya instalación por otra parte tenía costos altos que alguien tenía que pagar, se afanaba trabajando para producir en un terreno acotado ganado, cereales, productos de huerta, gallinas, queso, manteca, etc. Esto, obviamente, a la hora de contar la cantidad de producto en relación a la superficie era mucho mayor.

Pero a la hora de contar la productividad del trabajo, las cuentas seguramente no cerraban. El criollo, que trabajaba a caballo, cuidando vacas en un terreno más grande, terminaba obteniendo un producto por unidad de superficie más bajo, pero por unidad de trabajo más alto, seguramente bastante más alto.

Entonces las colonias en esta etapa fracasaron por muchas razones: ideología federal antiextranjera, falta de capitales, inestabilidad política e institucional, etc.

Pero sobre todo porque los mismos inmigrantes terminaban dándose cuenta de que podían aplicar mejor su trabajo en actividades que rindieran más, porque la tierra aquí no era la limitación, sino sobre todo el capital y el trabajo.

Estos y varios otros temas se despliegan en el libro de Djenderedjian y además de proveernos de una síntesis completa y compleja del desarrollo y las limitaciones de la agricultura pampeana durante la etapa previa a la "gran expansión", aporta nueva información sobre algunos temas clave, presenta explicaciones originales y coherentes sobre diversos fenómenos y, lo que es más importante, abre nuevos interrogantes y propone nuevos debates para tratar de reflexionar sobre el desarrollo del agro pampeano y argentino. Todo esto permite afirmar que cualquier nuevo trabajo que se quiera emprender sobre la agricultura y el agro pampeano del siglo XIX tendrá que partir necesariamente de aquí.

Julio Djenderedjian

UBA - CONICET

Un largo camino a recorrer.

Respuesta a los comentarios de Jorge Gelman y Eduardo Míguez

El examen del fruto de nuestro esfuerzo por parte de colegas más experimentados constituye uno de los momentos más útiles del trabajo de historiador; el balance final podrá o no incluir concordancias, pero sin dudas la opinión de quienes han reflexionado largamente sobre similares problemas habrá enriquecido con amplitud nuestro trabajo, ayudando a la vez a corregirlo. Dichoso beneficiario de una de esas circunstancias, no puedo menos que agradecer efusivamente la atención y detalle con que Jorge Gelman y Eduardo Míguez han acometido el análisis de un libro que es complejo porque incurre en un tema del que todavía sabemos bastante poco, y en el que, por tanto, sólo la reflexión compartida puede abrir caminos lo suficientemente anchos como para iluminar aspectos que las falencias de la investigación empírica no han logrado todavía resolver.

En ese sentido, celebro que las concordancias sean mucho más sólidas que las diferencias. Una de ellas, señalada sobre todo por Gelman, está en el papel de las instituciones y las reglas como factores de impacto relevante en el crecimiento o retraso de actividades necesitadas de planificar a mediano o largo plazo. Sin duda que las leyes, las normas y las instituciones vigentes hacia el final del rosismo no podían ser las más adecuadas para provocar una pujante expansión agrícola; pero al menos esa vigencia había decantado algunos años, lo que debió proveer a los actores del tiempo suficiente como para desarrollar las estrategias necesarias a fin de construir sus negocios aun a pesar de ellas. Ese otoño de la dictadura, apacible sobre todo por el contraste que suponía con el turbulento período previo, pudo sostener así inversiones de mayor envergadura en la producción agrícola, especialmente interesantes en los segmentos de mayor riesgo.

De todos modos, ese momento coincidió también con un ciclo de buenos precios, en que el impacto de circunstancias externas y locales pareció abrir un nuevo horizonte para la actividad. El papel de la demanda adquiere así una dimensión consistente como apoyo al cambio de circunstancias: no se trata sólo de que es distinto el clima mismo de los negocios, sino de que éstos pueden ofrecer también buenas ganancias y riesgos menores. Es en este punto donde las preguntas acerca de los actores involucrados en la producción se vuelven más acuciantes: ¿implicó ese cambio de perspectivas la puesta en evidencia de otros nuevos, distintos de quienes habían sostenido la sólida agricultura colonial, y cuyo surgimiento, quizá, se había ido de todos modos preparando a lo largo del resto de la primera mitad del siglo XIX? Esta pregunta, que me hice desde el comienzo, no he logrado aún responderla por completo: y debo aquí confesar no sólo mis falencias sino también mis dudas. Quizá la más persistente de ellas se refiere al empleo o no de un mot juste para caracterizar a los productores familiares rioplatenses ligados a la actividad agrícola. Los ya clásicos trabajos de Garavaglia y Gelman sobre la agricultura tardocolonial han puesto en evidencia toda la complejidad de sus formas de organizar la producción y sus lazos con los mercados, brindándonos una imagen bien distinta de cualquier estereotipo. Si para referirme a esos actores no utilizo, como lo hacen ambos, el término "campesino", se debe sobre todo al seguramente injustificado recelo de que éste no resulte, al menos para el común de los lectores, lo suficientemente claro de los cambios que su perfil fue sufriendo a lo largo del tiempo, y no sólo de la ya aceptada complejidad de sus rasgos en el punto de inicio. Sospecho, y creo que con algún fundamento, que por lo menos en parte de la actual provincia de Buenos Aires y Entre Ríos, a lo largo de la primera mitad del siglo XIX la presión de la demanda tuvo un creciente papel en la orientación productiva de las explotaciones, incluso las de dimensión familiar; y que la respuesta de éstas a esos estímulos del mercado, más concretos en la medida en que se ampliaba la apertura comercial al exterior y las posibilidades de realización de bienes ganaderos, fue entre otras cosas esmerilando con rapidez su viejo perfil colonial, ya de por sí fuertemente afectado por aquélla. Se fue así forjando una estratificación más compleja y múltiple, enmarañada todavía más por los efectos del proceso de avance sobre las fronteras, y cuyo retrato más o menos fiel aún estamos extremadamente lejos de poseer. Sin perjuicio de reconocer que las definiciones rígidas sólo tienen valor entre quienes poco han captado de la complejidad de los procesos históricos, preferí dejar de lado un término que puede de ese modo fácilmente prestarse a confusión.

Más aun: tratando a duras penas con el espacio demasiado heterogéneo que va más allá de Buenos Aires, las diferencias saltaban a la vista todavía con mayor plenitud. Un reciente (e inestimable) estudio sobre la campaña de Córdoba no duda en ningún momento en caracterizar como campesinos a sus productores agrarios de tipo familiar aun hasta mediados del siglo XIX.20 Según la descripción que se nos ofrece, buena parte de esos productores dedicaban la mayor proporción de sus estrechas parcelas a cultivos de subsistencia, o menos ligados al mercado que el trigo; ¿y hubiera podido referirme con el mismo término a productores entrerrianos o bonaerenses que, por el contrario, prestaron mucha mayor atención (y espacio, trabajo y capital) a una ganadería de realización atlántica, que acompañaba sin duda limitadas incursiones agrícolas con las que se cubrían los tiempos muertos que dejaba aquélla?

Pero aun cuando una fuerza de trabajo familiar de bajo costo de oportunidad hubiera de proveer un inestimable recurso competitivo en ciertos rubros, ¿hasta qué punto la misma dio cuenta del producto agrícola ofrecido en el mercado? Sin dudas que el peso de esa agricultura familiar sería decisivo en muchos puntos de la campaña, entre ellos probablemente la tradicional área triguera del norte bonaerense; pero si bien en las fronteras la familia podía conformar el núcleo de la fuerza de trabajo, la oscilación estacional en la contratación formal o informal de mano de obra parece haber sido muy grande.21 No se trata de disminuir el papel de la fuerza de trabajo familiar, sino de considerar las diferencias entre una agricultura largamente asentada en las áreas de vieja colonización, y la que iba surgiendo en las tierras nuevas; en todo caso, pienso que también aquí procesos como la apertura atlántica y los avances sobre la frontera modelaron distintas respuestas, y consiguientes cambios en el perfil de los actores. Las nuevas tierras posibilitaron tanto la conformación de unidades productivas más grandes que en las zonas de vieja ocupación, como el surgimiento de nuevos centros de consumo, los cuales adquirieron bien pronto dimensión relevante; la inexistencia de un largo proceso previo de fragmentación de la tierra implicó que cerca de ellos quedaran codo a codo explotaciones grandes y pequeñas, situación convenientemente reflejada en los pleitos en torno a la tierra. Esa situación hace difícil evaluar el papel de unas y otras en la oferta agrícola local, tanto más en lo que respecta a la que llegaba a los centros principales de consumo.

Es en todo caso ese impulso el que creo que fundamentalmente llevó al avance del trigo sobre las tierras nuevas, en un mundo en el que no hubiera podido competir con la mucho más rentable ganadería vacuna. En tanto cada uno de los pueblos que iban surgiendo necesitaba crear también sus abastos, se hizo necesario ir experimentando con nuevos condicionantes ambientales al cultivo, y por tanto formando empíricamente nuevas técnicas para hacerles frente. Pero ello no explica ni las dificultades del cereal en algunas de las zonas más valorizadas cercanas a la ciudad de Buenos Aires, ni la aparición en ésta de trigos provenientes de las zonas de frontera. Para lo primero, me resulta muy útil la pertinente observación de Míguez en torno a los problemas para proteger del ganado a los cultivos en un espacio rural aun sin alambrados. Entre otras actividades que surgen en las cercanías de las ciudades (y en especial de Buenos Aires) en las primeras décadas del siglo XIX, los saladeros trajeron aparejada la necesidad de contar con áreas de pastoreo para los animales hasta su sacrificio. Debió de haber sido difícil para los propietarios de chacras cercanas defender sus cultivos de los mismos, como lo expresaron algunos testigos de la época al quejarse de la indefensión en que los dejaba la caída virtual de la antigua acción del Cabildo para preservar las tierras de pan llevar.22 Obviamente esa sola circunstancia no podría constituir una explicación general; existían muchas otras actividades que podían competir eficazmente con el cereal en las áreas periurbanas. Pero como ejemplo puede resultar útil para comprender hasta qué punto el surgimiento de nuevas oportunidades comerciales merced tanto a la apertura del tráfico ultramarino como al propio crecimiento urbano, eran capaces de crear condiciones operativas cada vez más difíciles para el cultivo triguero en áreas de antigua ocupación, que se sumaban a las propias de la época, y que no fueron menores (inflación, ocaso de la esclavitud, carestía del crédito). Por lo demás, cabe recordar que parte del tradicional "cinturón" triguero porteño (separado del mercado urbano por las áreas hortícolas y lecheras), comenzó a reconvertirse al lanar al menos en las unidades de cierta dimensión, en la medida en que aumentaban las complicaciones de la agricultura y los incentivos para el desplazamiento hacia el ovino.

Para lo segundo, es decir, la aparición de trigos de las fronteras en el selectivo mercado porteño, creo poder atreverme a aventurar otras hipótesis más allá del peso de factores como la oferta familiar de trabajo o el aprovechamiento de períodos de labor ociosos en la ganadería. Mencionaría por ejemplo la mayor productividad relativa de las tierras nuevas, aunque sólo estudios de rendimientos concretos podrían permitirnos avanzar más en este aspecto.23 Otro hecho, sin embargo, me parece que podría haber justificado incursiones más sólidas de las grandes unidades en la oferta triguera urbana. Es singular que aparezcan medios de producción agrícola más avanzados en algunas estancias, algo en apariencia poco racional dada la predominante orientación ganadera de las mismas. Pero quizá no sea casualidad que parte consistente de los ejemplos relevados al respecto se halle en zonas alejadas del mercado consumidor, pero en las cercanías de cursos de agua que pudieron servir para mitigar el peso de los gastos de transporte. Algo así hubo de haber sucedido en la estancia de Magdalena donde Garavaglia encontró un arado pesado, con ruedas y tracción equina, en fecha tan temprana como 1822.24 Acaso pueda decirse cosa parecida de la chacra Independencia, a la vera misma del Salado, en la estancia de Rosas de San Miguel del Monte, y de ciertos productores del núcleo triguero situado en torno a Lobos.25 Las coyunturas de altos precios del trigo en el mercado porteño, potenciadas en buena parte por razones políticas, pudieron también constituirse en momentos adecuados para el ingreso en el negocio de productores de frontera, superando la traba de los gastos del transporte, y aun de considerables costos operativos por la necesidad de contratar mano de obra, y siempre y cuando aceptaran la dosis de riesgo consiguiente a las fuertes fluctuaciones del momento. En todo caso, sería de desear que logremos imágenes más precisas de todos esos fenómenos para poder evaluar mejor su impacto en la oferta, además de profundizar en el estudio de las diferencias entre el espectro de proveedores a ese gran mercado triguero tradicional que era la ciudad porteña, y el que comenzaba a surgir en los nuevos pueblos de su campaña.

Otros problemas presenta el estudio de la oferta triguera de las provincias del interior en Buenos Aires. La agricultura irrigada mendocina podía ofrecer rendimientos mucho más altos que los bonaerenses; pero ¿qué es lo que explica la presencia cordobesa, cuando probablemente allí las condiciones del cultivo debieron ser menos favorables? Al respecto únicamente podría llamar la atención en torno al hecho de que sólo con el inicio del ciclo de precios altos en Buenos Aires de la década de 1840 los trigos cordobeses pudieron realizarse allí sin riesgo de grandes pérdidas. Las anteriores incursiones habían respondido sin duda a coyunturas puntuales de altos precios seguidas poco después por derrumbes; en esas condiciones, se trataba de un negocio de muy altos riesgos, y por tanto lejos de constituir base para un flujo considerable. En todo caso, y más allá del papel puntual de esa demanda, cuán lejos se estaba sin embargo todavía de la convergencia propia de mercados integrados basta para indicarlo el hecho de que debió aún esperarse un par de décadas para que los trigos y harinas del interior pudieran desalojar de Buenos Aires a sus sucedáneos importados.

En este aspecto, no puedo menos que admitir que la segunda mitad del siglo XIX generará procesos radicalmente diferentes a los de la primera, constituyendo sin dudas una ruptura cualitativa de importancia fundamental en el proceso. Lo que quisiera destacar es la posibilidad de pensar en un rango de tiempo más amplio que lo usualmente admitido para la gestación de los elementos de ese cambio. Entre la introducción del Barletta en 1844 y la irrupción de las exportaciones de grano en la década de 1870 media el surgimiento de multitud de procesos no presentes en el punto de inicio, y que afectaron en forma muy disímil un espacio muy amplio y muy diverso; pero sin embargo sigue presente el hecho de que ambos fenómenos guardan lazos de parentesco, cuya presencia de algún modo es menester explicar. Creo que uno de los más valiosos resultados de la historiografía reciente sobre la primera mitad del siglo XIX ha sido la puesta en evidencia del temprano funcionamiento de procesos que se suponían únicamente anclados en la segunda mitad de esa centuria: el impacto de la demanda mundial de ciertos bienes, el rápido crecimiento de la llegada de inmigrantes.26 El Plata de la década de 1850 había recorrido un largo camino desde el final de la era colonial; es ese camino el que creo que merece más espacio que el que hasta ahora ha tenido, y un enfoque que matice la impresión de un surgimiento ex nihilo de la etapa de rápido desarrollo agrario que hubo de suceder al corte en la mitad del siglo. Nadie pretendería negar por ello el peso de la revolución traída por la expansión agrícola de la segunda mitad del XIX; pero la imagen de una larga espera sólo matizada por recurrentes choques bélicos no se ajusta a lo que vamos sabiendo de la economía agraria rioplatense durante la primera.

Debo finalmente efectuar una aclaración, pidiendo a la vez disculpas: por error involuntario, los precios de la harina que figuran en página 379 están en pesos corrientes, no en pesos fuertes. Se matizan así las diferencias con el trigo, y por tanto la segmentación aparente del mercado, la cual sin embargo sigo pensando que existió. No me fue posible ofrecer en este libro series completas comparadas de precios de ambos productos para el largo plazo, lo cual contribuiría a resolver el problema; espero quizá poder hacerlo más adelante, dado que el tema aún me preocupa.

Me he extendido demasiado, pero difícilmente hubiera podido corresponder en menos espacio a las agudas lecturas que he merecido, y que, como no podía ser de otro modo, han generado una serie de interrogantes valiosísimos, que espero sean retomados y respondidos por investigaciones futuras. Vaya a ambos comentaristas mi más sincero y profundo agradecimiento.

Notas

9 Los precios varían grandemente, pero, por ejemplo, en la ley de aduanas de 1835, la importación se iniciaba a partir de los siete pesos ($50 papel).

10 En la p. 56 se citan estimaciones de Azara para el período colonial que darían 3,5 veces más rentabilidad para la ganadería.

11 Un interesante relato sobre la experiencia agrícola en la frontera en este y otros aspectos, a mediados de siglo, en Juan Fugl, Memorias, traducido y editado por Alicia Larsen de Rabal, s/f.

12 Conviene enfatizar la segunda, ya que de haber subsistido la esclavitud, su precio se hubiera ajustado por la actividad de mayor productividad.

13 En provincias como Córdoba o Entre Ríos, los datos de producción emergen, aun en la etapa independiente, de las contribuciones de diezmos, que en Buenos Aires fueron abolidas con las llamadas reformas rivadavianas. Teóricamente, toda producción, incluso la de autoconsumo, estaba sujeta al diezmo. Pero varios autores parecen suponer -y coincido en ello- que seguramente la pequeña producción doméstica evadía el tributo.

14 Estimando en base a los datos citados de p. 165, el trigo hubiera llegado a Buenos Aires más de un 50% más caro, con un trayecto de casi setenta leguas terrestres a Santa Fe, y transporte fluvial desde allí. La incidencia sobre las harinas sería sin embargo muchísimo menor.

15 Advierto ahora que ésta puede contener un error, ya que la fanega cordobesa, según el cuadro incluido en la p. 388 de la obra analizada, es 1,6 veces la porteña. Lo interesante es que aún teniendo esto en cuenta, la disponibilidad de trigo per cápita en Córdoba sería menor a la de Buenos Aires.

16 Creo que en Santa Fe y Ente Ríos es distinto. En la primera, en los 40 empieza a hacerse evidente el desarrollo de algunos fenómenos económicos nuevos que tendrán como protagonista a la región cercana a Rosario, mientras que Entre Ríos conoce en esta etapa un proceso de crecimiento económico destacado, que la llevarán también a disputar el control del comercio exterior por parte de Buenos Aires. Véase sobre el primer caso, Carina Frid, "Preludio a la pampa gringa. Expansión ganadera y crecimiento económico en la provincia de Santa Fe (1840-1870)", ponencia presentada en la RER, Instituto Ravignani, Buenos Aires, 2007; y sobre el segundo, el libro de Roberto Schmit, Ruina y Resurrección en tiempos de guerra, Buenos Aires, Prometeo Editor, 2004.        [ Links ]         [ Links ]

17 S. Haber, A. Razo y N. Maurer, The politics of Property Rights: political instability, credible commitments and economic growth in Mexico, 1876-1929, Cambridge, Cambridge University Press, 2003.        [ Links ]

18 Por razones de comodidad argumentativa, pero sobre todo por la importancia que tenía en la agricultura de la región en esta época, mis razonamientos se referirán casi exclusivamente a la agricultura del trigo.

19 Me tocó estudiar un caso así en la gran chacra de la estancia"de las Vacas" a finales de la colonia.

20 Véase Sonia Tell, Córdoba rural. Una sociedad campesina (1750-1850), Buenos Aires, Prometeo, 2008.        [ Links ]

21 Útiles referencias al respecto en los estudios de Banzato y Mascioli sobre Chascomús, Monte, Ranchos y Dolores. Guillermo Banzato, La expansión de la frontera bonaerense. Posesión y propiedad de la tierra en Chascomús, Ranchos y Monte, 1780-1880, Bernal, Editorial Universidad Nacional de Quilmes, 2005, p. 99; Alejandra Mascioli, "Población y mano de obra al sur del Salado. Dolores en la primera mitad del siglo XIX", en Raúl Fradkin, Mariana Canedo y José Mateo (comps.), Tierra, población y relaciones sociales en la campaña bonaerense (siglos XVIII y XIX), Mar del Plata, UNMdP/GIHRR, 1999, pp. 196 y ss..        [ Links ]         [ Links ]

22 Al respecto resulta elocuente el testimonio de José Manuel Pérez Castellano, Observaciones sobre agricultura, Montevideo, A. Barreiro y Ramos, 1914, p. 495.        [ Links ]

23 De todos modos, es probable que esos altos rendimientos relativos expliquen el rápido desarrollo de ciertos núcleos trigueros, como Chivilcoy, aun antes de la llegada de medios de transporte modernos. Este interesantísimo lugar de ensayos agrícolas exhibe aquí y allá productores de avanzada, que trabajaban con implementos más modernos y contratación de mano de obra, cuyos altos costos probablemente sólo pudieran ser amortizados con la obtención de un mayor output por unidad sembrada. El 7 de septiembre de 1855, una carta publicada en El Nacional indicaba que existían allí "en todas direcciones por más de cinco leguas establecimientos de labranza con muchas peonadas"; para esos años, el rendimiento del trigo duplicaba cómodamente el usual en otros puntos del área rioplatense. Victor Martin de Moussy, Description Géographique et Statistique de la Confédération Argentine, tomo I, París, Firmin Didot, 1860-1864, pp. 474-475.        [ Links ]

24 Juan Carlos Garavaglia, Pastores y labradores de Buenos Aires. Una historia agraria de la campaña bonaerense, 1700-1830, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1999, p. 186.        [ Links ]

25 Véase el mapa inserto en José Eizykovicz, "Introducción", en Juan Manuel de Rosas, Instrucciones para los encargados de las chacras, Buenos Aires, Ediciones La Era, 2002. Rosas no era el único cultivador de importancia en la zona; en 1820 Jacinto Arauz, labrador de Lobos, efectuaba roturaciones "con peones" en la otra banda del Salado, habiendo cosechado allí el año anterior 1.110 fanegas de trigo. Expte. "Noriega Andres cn. Jacinto Arauz… sobre tierras en el partido de los Lobos", en Archivo General de la Nación, Buenos Aires, Tribunal Civil, letra N, 2, 1815-1821, fs. 1 y 3 r. De hecho, durante la guerra del Brasil se permitió la descarga de buques en los puertos del Salado y Tuyú, medida que se revocó en octubre de 1828. Véase Pedro de Angelis (comp.), Recopilación de las leyes y decretos promulgados en Buenos Aires, desde el 25 de mayo de 1810, hasta fin de diciembre de 1835, Buenos Aires, Imprenta del Estado, 1836, p. 954. El puerto de Tuyú continuaba activo en 1881, y así figura en el censo provincial levantado por entonces. El ferrocarril había conectado ya en 1865 las zonas trigueras del Salado con el mercado de Buenos Aires; pero a éste llegaban en ese año trigos de Patagones, por medio del comercio de cabotaje. Véase Anales de la Sociedad Rural Argentina, tomo I, pp. 95 y ss.; 129 y ss.; 164 y ss.        [ Links ]         [ Links ]         [ Links ]

26 Sin ir más lejos, puede servir de ejemplo la obra de Fernando Devoto, Historia de la inmigración en la Argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 2003. Y faltaría un estudio sobre el desarrollo del lanar antes de 1850, campo que en mi opinión puede todavía deparar aportes de gran interés.        [ Links ]