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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versión On-line ISSN 1850-2563

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  no.31 Buenos Aires ene./dic. 2009

 

RESEÑAS

Raúl O. Fradkin, La historia de una montonera: bandolerismo y caudillismo en Buenos Aires, 1826, Buenos Aires, Siglo XXI, 2006, 220 pp.

Beatriz Bragoni

CONICET - Universidad Nacional de Cuyo

Caudillos y montoneras constituyen un tema recurrente de la literatura histórica argentina. Quien repare en las páginas de esta historia de la montonera de Cipriano Benítez se enfrentará al análisis contextualizado de una de las experiencias políticas más decisivas, aunque no por ello mejor conocidas, de la vida política de la provincia de Buenos Aires previa al recrudecimiento de la guerra entre unitarios y federales, y al ascenso político de Juan Manuel de Rosas. Si casi nadie podrá objetar el peso del caudillismo en la cultura política hispanoamericana, la novedad a las que nos enfrenta Raúl O. Fradkin reside en que lo ubica en coordenadas diferentes al conectarlo con el fenómeno del bandolerismo como accionar político y manifestación de rebeldía social y popular previa y simultánea a su emergencia. Será justamente en la intersección de ambos fenómenos donde el autor focaliza el análisis de la primera montonera que conmovió aquel escenario provinciano con el propósito de restituir las prácticas políticas de los sectores subalternos, y examinar paso a paso las formas, estímulos, configuraciones y contextos de la movilización y politización rural en vísperas a la consolidación del rosismo.

Esa estrategia analítica -que también es narrativa- si bien se enlaza con la tradición de estudios disponibles que desde temprano ocuparon un lugar central en la literatura argentina e hispanoamericana, se distancia de ella en más de un motivo: el caudillismo deja aquí de ser abordado como vertiente política que asegura y controla a los sectores populares sobre la base de dispositivos coactivos y/o clientelares, atribuyendo capacidad de negociación política de aquellos actores, para postular, a partir de ella, la posibilidad concreta de enhebrar programas de acción política autónoma por considerarlos sujetos capaces de condicionar su obediencia. Bien sabemos que el desafío al que se ha enfrentado no es menor en cuanto se trata de transitar un problema resbaladizo que consiste en comprender las complejas y parcamente documentadas identidad y cultura política plebeyas del temprano siglo XIX. El autor no sólo hace explícitas esas dificultades sino que las considera a la luz de una genealogía historiográfica euroatlántica lo suficientemente consensuada, que ha ofrecido muestras contundentes de cuánto se puede avanzar en la caracterización de los sectores subalternos en el siglo XIX. El libro expone esos itinerarios, y revela la manera en que se puede acceder a esos fragmentos del pasado a través de fuentes discontinuas y de las mediaciones implícitas de la documentación policial y criminal como principal vertiente de voces subalternas. Si su preocupación por capturar aquel momento político lo hizo bucear por casi todas las huellas disponibles -que reparan en expedientes judiciales, partes oficiales, la prensa gubernamental, federal y unitaria, y que alcanza incluso las formas poéticas- la certeza de que ése era el camino más seguro para "capturar su presa" -según la fecunda expresión de Marc Bloch- provenía de otras convicciones no menos importantes. Aquí, la literatura hispanoamericana dedicada a reparar las modalidades de acción política campesina -que sigue la ruta del México rural y alcanza al mundo andino tardocolonial e independiente, y que incluye, como no podía ser de otra forma, a la completa y antigua jurisdicción rioplatense- lo surtió de un magma de experiencias políticas significativas para interceptar el caso bonaerense, y a partir de allí develar y comprender la emergencia de la montonera que Cipriano dirigió en aquel diciembre caliente de 1826.

La historia de esa montonera, y de su fracaso, exhibe la manera en que un conglomerado de hombres movilizados por toda una madeja de tensiones acumuladas en la economía y la sociedad imaginaron y practicaron el poder y la política de manera autónoma con los recursos y concepciones políticas que tenían a su alcance. Un contexto dirimido por las fisuras en las condiciones materiales de vida hasta entonces vigentes, las inestabilidades generadas a partir de las alteraciones habidas en la frontera hispanocriolla, la leva forzosa y las opciones políticas federales, en el sentido que aquellos montoneras entendían el federalismo, se convierten en cantera fecunda para restituir, probar y argumentar las formas de organización y cultura política popular moldeada al calor de ejercicios duales entre resistencia y negociación.

La fertilidad de esa densidad analítica (que es desde luego también política) no es independiente de la trama argumentativa que Fradkin ha creado para enfrentarnos a aquella experiencia colectiva. La posibilidad de sumergirnos en aquellos tiempos modernos capaces de enhebrar prácticas consuetudinarias con las inauguradas por la revolución y la guerra resulta tributaria de una feliz estrategia narrativa derivada de los embates habidos en el campo historiográfico desde los setenta, de las discusiones en torno a los límites de los modelos macroexplicativos, y las opciones que nacieron a partir del reconfortante contacto de la historia con la antropología y de la reducción de escala como instrumento para penetrar en las condiciones y motivaciones de la acción social. Si este libro puede ser ubicado como un rico exponente de esos debates, no es allí donde parece abrevar su tradición: en esto como en otras cosas, parece que Fradkin consideró aquella advertencia leviniana sobre los riesgos del geertzismo donde invitaba a tomar recaudos sobre el relativismo cultural. En su caso, la montonera de Benítez opera y funciona eficazmente para mejorar la comprensión de la conflictividad social y política en la campaña bonaerense cruzada de igual modo por la cristalización de identidades federales populares y la movilización miliciana, dispuesta por el entonces presidente Bernardino Rivadavia, para dirigir la guerra contra el Brasil.

Es esa especificidad de la conflictividad porteña (aunque no sólo de ella) la que ocupa el primer lugar en el espléndido relato fradkiano, de la cual se obtiene una imagen densa a partir de aproximaciones sucesivas. Primero, restituye las voces del poder, es decir, reconstruye la percepción oficial del conflicto que dio por tierra con las aspiraciones de Cipriano y sus aliados. Luego, el relato cede su paso a las voces de los montoneros para ilustrar las motivaciones políticas que guiaron el asalto al pueblo de Navarro y el frustrado operativo contra Luján. Los interrogatorios a los que fueron sometidos los montoneros le permitieron no sólo identificar las razones que explicaban la destitución de las autoridades pueblerinas herederas del orden posrevolucionario, sino identificar las antinomias entre quienes se percibían como "hijos del país" y aquellos ubicados en la constelación enemiga: los insultos son aquí utilizados como indicio de identificación social y política; esos destellos del vocabulario político son los que permiten restituir el carácter antiextranjero y antieuropeo del movimiento. Por otra parte, si esas evidencias resultan eficaces para sostener la ausencia aun de identidades políticas cristalizadas, el asalto como forma de acción política pone en escena la manera en que esos grupos de hombres armados ejercieron una cuota de soberanía para deponer a las autoridades legales del pueblo visualizadas ya como agentes de una creciente coacción estatal que operaba sobre la población rural (hombres y familias) a través de la leva forzosa y el aumento de la presión fiscal sobre las tierras baldías o comunitarias. La forma o la "anatomía" de la montonera es abordada en el tercer capítulo del libro: bajo un título cargado de sintomatología guizburguiana, y convencido de enlazar la genealogía política pampeana con la desplegada en otras latitudes de la antigua jurisdicción virreinal y la que habría de integrar la geografía del nuevo país, Fradkin restituye su composición, las estrategias y expectativas de los reunidos alrededor del liderazgo de Benítez, en su mayoría simples paisanos, desertores y salteadores reunidos en torno a intermediaciones complejas y relaciones pactadas que incluían, como no podía ser de otra manera, lazos familiares y de vecindad. Se trata de un desplazamiento no menor en la caracterización de las montoneras entendidas generalmente como fuerzas irregulares sin conducción ni programa aparente. El reemplazo de ese registro va acompañado de otros no menos importantes: frente a las precarias condiciones para encarar la lucha política, "el asalto a los pueblos" irrumpe como forma de protesta y como medio de obtención de recursos frente a precarias o ausentes condiciones para generarlos.

El cuarto capítulo está dedicado al contexto. Aquí el lector se enfrentará no sólo con la estructuración del escenario social, económico y político que ayuda a explicar la emergencia y la acción política de Benítez, sino con los resultados de una suerte de programa historiográfico del que el autor formó parte y que estuvo dedicado a deconstruir no pocas convenciones sobre la sociedad y economía pampeanas en el tránsito entre el orden colonial y la Argentina republicana. Cipriano y sus aliados vienen a ser uno de aquellos pequeños productores rurales de la zona oeste incluidos en un mercado y en un orden social y político en construcción, plagado de nuevas inestabilidades a las ya introducidas por la guerra, y abierta ahora a la expansión de la frontera, al quiebre de la política de alianzas con parcialidades indias, a los flujos migratorios internos, la progresiva mercantilización de la tierra y el aumento de la criminalidad.

¿Pero cuál era el significado político de la montonera? Este interrogante estructura el último capítulo del libro, con lo cual el autor aborda el dilema de la identidad social y de la identidad política de Cipriano y sus aliados. Sobre la primera, traza una línea demarcatoria no demasiado consolidada entre los exceptuados, vecinos y hacendados principales, y los clasificadores de la leva, y aquellos conglomerados errantes de pobladores rurales susceptibles de integrar los contingentes sociales sujetos a obligaciones militares distintas a las que hasta el momento había regido el servicio miliciano. Distinguida esa frontera social, Fradkin detecta que los perfiles sociales que integraban la montonera de Benítez eran desertores o potenciales reclutas que imaginaban un lugar distinto en el nuevo orden social y político de la campaña. Para estos "hijos del pays" -la expresión con la que se identificaban- el espacio político imaginado era entendido como radicalmente opuesto al sostenido por los españoles, "gallegos" o "maturrangos" sobre quienes recaía una condena social, política y moral en virtud de que, a los ojos de los montoneros al estilo de Cipriano, la revolución no había hecho más que consolidar sus posiciones en el poder político y en la administración de la justicia rural de la provincia de Buenos Aires. Además, esa condena del "mal gobierno" -común a la cultura política de la plebe urbana porteña- no quedaba circunscripta de ningún modo a los límites pueblerinos. El discurso político antiespañol y porteñista de Cipriano se extendía incluso al propio gobierno nacional, con lo cual se pone de manifiesto au ras du sol el alcance de la politización y faccionalización en los pueblos de la campaña.

Por último, el libro de Fradkin plantea nuevos problemas en torno a la estructuración del poder en la campaña, en el cual el liderazgo de Rosas todavía no está consolidado. Por un lado, la complejidad de aquel mundo político pone en escena límites concretos al ideal unanimista que primaba en las concepciones políticas vigentes en los pueblos y ayuda a comprender, además, el comportamiento electoral de la población rural; por otra parte, esos acechos al poder local, entendidos en clave de asalto o rebelión, podían dar origen a diferentes formulaciones al interior del movimiento: el programa de Benítez, contrario a la "leva generalizada" y a favor de una "política pacífica" con las parcialidades indígenas, permite al autor identificar la razón de la posterior adhesión de los paisanos a Rosas y postular que Cipriano expresaba "un rosismo antes del rosismo".

Lo último, aunque no menos relevante: el impacto de la montonera de Benítez termina siendo abordado en la narrativa que despuntó de inmediato a su fracaso; allí se descubre el origen de la interpretación que el autor se propuso impugnar que no resultó ser otra que la versión construida por las elites y la prensa unitaria. Aunque ese hallazgo viene acompañado de un sugestivo análisis de la propaganda federal en plena confección del poder rosista, la cual no casualmente enfatiza la movilización de los gauchos y el papel de Rosas en la conducción de la extendida sublevación social vigente en la campaña como única salida para asentar el orden político y social posrevolucionario.