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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versión On-line ISSN 1850-2563

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  no.32 Buenos Aires ene./jun. 2010

 

RESEÑAS

Eduardo Míguez, Historia Económica de la Argentina. De la conquista a la crisis de 1930, Buenos Aires, Sudamericana, 2008, 376 páginas

Daniel Santilli

Universidad de Buenos Aires-Instituto Ravignani

El presente es un nuevo volumen de la colección Historia Argentina que publica Editorial Sudamericana bajo la dirección de José Carlos Chiaramonte, cuya característica es la de presentar un tema abordado a fondo por historiadores especializados, pero bajo un formato que apela a un público mayor que el acostumbrado académico. Es por ello que no se encontrarán en estos textos citas bibliográficas al pie que distraen al lector común. Sí cuenta cada volumen con un detallado ensayo bibliográfico al final del mismo, donde el autor da cuenta del material que ha utilizado para el texto. También ello indica acerca de la formación, intereses y preferencias del autor.

En ese sentido, Eduardo Míguez puede hacer gala de una profunda especialización en la historia económica, recorriendo prácticamente el completo arco de los aportes que a la comprensión del devenir argentino se han efectuado desde los más diversos ángulos y desde los más diversos momentos del análisis.

Esta exploración de la historia económica argentina concluye precisamente cuando el notorio empuje que, por lo menos en el crecimiento económico, caracteriza al siglo XIX, se detiene. Pero dado que realmente el autor y nosotros conocemos cómo continúa la historia, todo el texto está teñido con la actualidad; continuamente se encuentra un paralelo, aunque no siempre en forma explícita, con lo sucedido con posterioridad. Es que Eduardo Míguez es un cabal historiador y como tal su historia se encuadra en aquello que decía Marc Bloch: el historiador no hace historia sino presente, no hay historia sino presente. Es por ello que es imposible no leer este libro sin tender un puente con lo cotidiano, con la actualidad económica de nuestro país. Y ello tiñe de pasión su lectura, a pesar de que justamente Míguez, con inteligencia y un sentido de la profesión muy acendrado, trata todo el tiempo de no dejarse llevar por la pasión. Por supuesto lo logra; pero no el lector, y ese es precisamente un mérito del libro: consigue apasionar, es imposible no leerlo sin entusiasmarse, a pesar de la aridez que puede conllevar la historia económica.

El libro se compone de una pequeña introducción, cuatro capítulos cronológicos y un epílogo, donde el autor se explaya más allá de su período y nos trae expresamente a la actualidad. Los capítulos contienen al final de cada uno de ellos un abalance que hace referencia a la estación del año que simboliza el momento; de tal modo la etapa colonial sería el invierno, la primera mitad del siglo XIX se simboliza con la primavera, el verano es el momento de mayor esplendor del desempeño económico, el lapso que media entre 1860 y 1910, y la madurez hasta 1930 es el otoño, el prolegómeno de un nuevo invierno para la economía en su conjunto. Esta es una obvia alusión a un texto muy conocido de Tulio Halperin Donghi, Canción de otoño en primavera: previsiones sobre la crisis de la agricultura cerealera argentina (1894-1930),1 en el que el anciano historiador parangona el devenir económico con las estaciones. Este pasaje por el índice ya está mostrando una característica del texto; la asunción del período conocido como el apogeo del modelo agroexportador como el momento de mayor desarrollo de las potencialidades de la economía argentina. Y ello es claro en la extensión de los capítulos; mientras el tercero tiene 115 páginas, los otros tienen algo más de la mitad cada uno.

En la introducción precisa el autor su pertenencia al común de los historiadores, por lo tanto su historia económica priorizará dicha visión. En ese sentido, más que "poner a prueba modelos", pretende explicar lo que pasó despegándose de las preconcepciones. Es decir, los modelos son la construcción de los estudiosos a partir de una determinada realidad, no son los actores los que ponen en juego deliberadamente las características que luego se ven como "el modelo". En definitiva, no es la aplicación sino el resultado lo que analiza el historiador. El compromiso, tal como lo ve Míguez y una buena parte de los historiadores, es con la profesión y no con la justificación de teorías o hipótesis previas; todo ello como un acto de honestidad intelectual más que una declamación de objetividad.

El Capítulo 1, "El sistema económico colonial", arranca desde la etapa precolombina, tratando de ceñirse al territorio que mucho más adelante será la Argentina, pero considerando que muchas de las cuestiones de la etapa serían incomprensibles si no se tiene en cuenta un espacio mayor. Caracteriza la invasión española no como resultado de la presión demográfica en la Península sino como la búsqueda de riqueza, diferencia que, aunque obvia, no ha sido muy puesta de relieve por la historiografía. También polemiza sobre el sentido del término excedente aplicado al trabajo que supera la satisfacción de necesidades, ya que estas son "infinitas e indeterminadas", además de social e históricamente determinadas. La teoría a esta altura ya clásica del desarrollo de un mercado interno colonial con centro en Potosí está fundamentada en que los bienes que se producían en el territorio eran valorados en la medida en que podían circular; no eran el objeto de la acumulación, como la yerba mate, las mulas, los tejidos, etc. Si para las haciendas el objetivo era la satisfacción de dicho mercado, hay que destacar que las comunidades indígenas y más adelante los campesinos ex indios también concurrían al mercado, el cual en definitiva era un espacio de convivencia y donde se plasmaba un grado de complementación entre ellos. En definitiva, el Balance de Invierno con que cierra el capítulo muestra una economía en la que conviven un sector exportador y uno de semisubsistencia –que en parte lo subvenciona– y en el fondo se complementan. Y esto surge como resultado, más que de decisiones explícitas, del curso de los acontecimientos y de las acciones espontáneas de los actores, razonamiento que vamos a encontrar reiteradamente en cada capítulo.

El Capítulo 2, "1810-1860", es interpretado como el prolegómeno de la fiesta estival que se producirá en la segunda mitad del largo siglo XIX. Como consecuencia de las reformas borbónicas y de la revolución de independencia se produce el despegue de la región porteña en detrimento del viejo Interior, cuya producción no se adecua tan bien como la del litoral al nuevo comercio atlántico. Justamente el empuje bonaerense se basó en la expansión de la frontera, generando una abundancia de tierras que multiplicaba un problema preexistente: la escasez de mano de obra. Ello genera una cierta posibilidad de movilidad vertical para los que se animaban a migrar hacia esta zona, apoyada en la vigencia de derechos sobre la tierra todavía difusos, y a pesar del inconmensurable aumento de las grandes propiedades. La incorporación al mercado atlántico de los cueros rioplatenses es vista por el autor de modo novedoso: como el aprovechamiento de un costo de oportunidad para los barcos que regresaban al viejo continente después de descargar las mercancías que la economía europea allegaba al Río de la Plata una vez iniciado el libre comercio. Es decir, si durante la colonia el principal objetivo del intercambio era llevarse la plata potosina, en esta etapa la relación se invirtió pasando a primer plano la remisión a estas costas de los productos de la revolución industrial. También la liberación de trabas al comercio acercó los precios internos a los internacionales, lo que significó una mejora para los consumidores, pero también para los productores, a pesar de la caída internacional de los precios ganaderos.

El Capítulo 3, "1860-1910", es el central del libro y el que marca el apogeo de la economía argentina, apoyado en la consolidación del Estado nacional y en la conformación de un mercado interno unificado. Una de las razones de tal crecimiento, si no la clave para entender el proceso, está en la ventaja comparativa que le proporcionó la dotación de factores, no sólo naturales, sino también sociales y políticos. En realidad el proceso en la campaña de Buenos Aires, punta de la avanzada productiva, sigue apoyándose en algunas de las premisas de la primera mitad del siglo; expansión productiva basada en el avance de la frontera, ahora con importantes incorporaciones tecnológicas, en la escasez de mano de obra que generaba oportunidades y en el aprovechamiento de la nueva fortaleza del Estado, haciendo uso de las rentas de Aduana originadas en las importaciones. Se sucedieron los desarrollos productivos del lanar, la agricultura y las carnes enfriadas en el período, ello acompañado con una clara acción estatal destinada a mejorar la infraestructura para que ese desarrollo no se detuviera, sobre todo en los transportes, utilizando sus propias rentas primero y el aporte de capitales extranjeros luego. La escasez de trabajadores y un apoyo decidido desde el Estado suscitó el impulso a la migración externa, también sustentado en las ventajas salariales y en las oportunidades que ofrecía el relativamente fácil acceso a la tierra.

Estas mejoras se vieron reflejadas en un real incremento de los ingresos del conjunto de la población, en diferentes medidas, lo que motivó una ampliación del mercado interno, que aprovechaba los mismos bienes que se exportaban, retroalimentando a su vez la expansión. Es decir que a pesar de la portentosa acumulación de recursos en manos del sector que luego será considerado la oligarquía, el bienestar era aprovechado aunque sea en ínfima proporción por el conjunto de la sociedad, hasta por los que el autor denomina "viejos criollos pobres", que quedaron últimos en el reparto, pero que sin embargo habían mejorado su posición. Un tímido desarrollo industrial asomaba a pesar de que la bonanza agroexportadora no fomentaba su desarrollo. Más que preguntarse por qué no hubo desarrollo industrial, como buena parte de la historiografía hace, Míguez se pregunta lo contrario, cómo es que lo hubo con tan pocos estímulos. Nuevamente la respuesta está en la acción del Estado –aunque ahora no tan explícita–, que al procurarse ingresos aduaneros, aumentaba los gravámenes a la importación protegiendo así tácitamente alguna producción local. De tal modo, se puede ver la historia argentina como la historia del Estado argentino, de su omnipresencia en el desarrollo económico, social y político. Por acción o por omisión, la presencia del Estado fue fundamental, y lo sigue siendo; uno de los tantos contactos con la actualidad que el autor nos propone continuamente.

De tal modo, el balance de verano con que finaliza el capítulo nos muestra una economía que ha sabido aprovechar una dotación de factores apropiada para una coyuntura determinada. Combinación que no se volverá a dar en la historia de este rincón del planeta. La ya reiterada comparación con economías similares y contemporáneas, como Australia, demuestran que Argentina no le iba a la zaga. Tal vez Australia, según la visión de otro estudioso, tuvo una segunda oportunidad si es que en la combinación de esos factores se encuentra la llave de las explicaciones.2 En definitiva, logra este balance exculpar a la etapa y a sus conductores de algunos de los reproches que ciertas historiografías, por derecha y por izquierda, le achacan, como la indolencia e inmediatez de su clase dominante o el mantenimiento de diferencias regionales profundas, que hubieran sido mayores de no ser por la acción del Estado.

El último capítulo, "1910-1929", muestra la madurez de la economía agroexportadora, pero también es el otoño que preanuncia la llegada del nuevo invierno. El dramatismo de esta frase expresa claramente lo que el autor nos quiere transmitir, la desazón por el fracaso. Al margen de las crisis de esta etapa, tanto del comercio a nivel mundial como de la producción local, el agotamiento del modelo es visible. Se ha llegado al límite de las tierras disponibles dentro de esa estructura y se han apropiado y puesto en práctica todas las novedades tecnológicas disponibles, lo que ha llevado a complejizar la economía a un nivel corriente para la época. Todo a través de un acelerado proceso de crecimiento y comenzando desde muy abajo. Pero el aprovechamiento de esa confluencia de que hablábamos generó una economía harto dependiente de su sector externo: una crisis en el mismo podía ser letal. Y fue precisamente lo que sucedió, frenando al sector hasta ahora más pujante y que generaba el empuje al resto de la economía. La gallina de los huevos de oro dejó de serlo y todos comenzaron una lucha distributiva que reclamaba precisamente al Estado un tajada mayor de lo producido.

El epílogo es una mirada de largo plazo sobre la economía argentina, ejercicio que Míguez ya ha hecho en otra publicación3 y que muestra su agudeza y solidez explicativa. En ese sentido, despegándose de interpretaciones maniqueas, le interesa más la pregunta "¿qué nos pasó?" que la que otras historiografías proponen: "¿qué nos hicieron?" Para ello discute con algunas de las teorías que explican el crecimiento económico. Una de ellas es la tan en boga postura institucionalista, demostrando que en el caso argentino el crecimiento no es consecuencia directa de la instauración de derechos claros y precisos, que en todo caso son procesos que se retroalimentan. Y si las instituciones no estaban del todo asentadas para el fin de nuestro período –una reflexión frecuente–, entonces el crecimiento se ha dado en contradicción con la teoría, es decir, más allá de la garantía institucional. Otra teoría, la de la convergencia, es desmentida por el caso argentino, ya que si hasta 1930 se podía vislumbrar su cumplimiento, es a partir de esa fecha, o más precisamente en la segunda mitad, donde se constata divergencia con aquellos países que podíamos compararnos con anterioridad. La razón de tal divergencia la señala Míguez en el camino seguido luego de la Gran Depresión, es decir, el apoyo en la satisfacción del mercado interno, que no era tan grande ni tan potente como se podía desear. El autor no se detiene en la consideración de que en algunos momentos esa opción por el mercado interno significó mejorar el ingreso de los consumidores para tener una mejor posición en el mismo; el enfoque de Míguez es global en ese sentido. Su reflexión final nos lleva a pensar el futuro como un acertijo, un tiempo cargado de incertidumbres.

Más allá de los méritos y los elogios ya proferidos, el texto es un buen ejemplo del tipo de historia económica que se practica hoy en la Argentina. El propósito continuo, deliberado y proclamado, es el de despegarse de los preconceptos, apelando siempre a la honestidad del profesional en la aplicación de las técnicas propias del quehacer.

Notas

1 Publicado en El espejo de la Historia. Problemas argentinos y perspectivas latinoamericanas, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1987, pp. 253-276.         [ Links ]

2 Pablo Gerchunoff y Pablo Fajgelbaum, ¿Por qué Argentina no fue Australia?, Buenos Aires, Siglo XXI, 2006.         [ Links ]

3 Eduardo Míguez, "El 'fracaso argentino'. Interpretando la evolución económica en el 'corto siglo XX'", en Desarrollo económico, nº 176, Buenos Aires, IDES, 2005.         [ Links ]