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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versión On-line ISSN 1850-2563

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  no.32 Buenos Aires ene./jun. 2010

 

RESEÑAS

María Elena Barral, De sotanas por la Pampa. Religión y sociedad en el Buenos Aires rural tardocolonial, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2007, 230 páginas

María Celia Bravo

Universidad Nacional de Tucumán-CONICET

El libro de María Elena Barral tiene la impronta de la fascinación del archivo a la manera de Arlette Farge. Se trata de un texto que exhuma fuentes dispersas provenientes de distintos archivos argentinos y del Archivo de Indias de Sevilla. Con ellas elabora un relato vibrante que rescata la voz de los actores: de curas y de vecinos de pueblos de la Pampa bonaerense, de gente común cuyo itinerario adquiere movimiento y vivacidad, en el marco de un estudio centrado en la religiosidad tardo-colonial.

Aunque se trata de una tesis de doctorado presentada en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, poco queda en el libro de los cánones formales de las presentaciones académicas. María Elena Barral ha elaborado un libro cuyo objetivo principal es explicar los canales por los que transitaba la religiosidad de los pobladores bonaerenses. Para ello analiza el papel desempeñado por los párrocos, esos agentes de la Iglesia encargados de administrar el culto, de garantizar la custodia de las buenas costumbres; en suma, de vigilar el cuidado de las almas. Este rol les confería también funciones judiciales y educativas, atributos que ilustran el papel relevante que ocuparon los curas en la sociedad y la administración colonial, donde la cristianización, como lo señala Barral, era una suerte de rasgo de pertenencia y pasaporte de inclusión en una sociedad donde lo religioso impregnaba los comportamientos cotidianos.

A medida que se avanza en las páginas el lector adquiere una visión más nítida de la rudimentaria organización estatal y eclesiástica, advierte el gradual crecimiento de la red de parroquias. Este ritmo de expansión parroquial que antecede en varias áreas a los alcaldes de hermandad que se multiplican en el último tercio del siglo XVIII nos permite advertir el lugar prominente de los párrocos en el poder local. A su vez, desarrolla un relato que propone pensar a la administración colonial y a la eclesiástica como entidades en formación, donde los curas operaban también como agentes del poder colonial en la campaña bonaerense.

La dimensión judicial de los párrocos, atributo que fue recortado a medida que avanzaba el siglo XVIII, expresaba el imperativo del control social pero también las instancias de negociación de una sociedad que se confesionalizaba gradualmente. La administración del derecho de asilo, la concesión de licencias para trabajar en días prohibidos, la autorización para pedir limosnas, las certificaciones de informes para la celebración de matrimonio requerían de la intervención de los clérigos. A través del análisis de estos atributos emerge una imagen matizada que da cuenta de una variedad de inflexiones: los párrocos como líderes comunitarios, los párrocos en tensión con las autoridades locales, las disputas eclesiásticas sostenidas por los curas por los distintos criterios adoptados en el tratamiento que debía observarse en el asilo en los lugares sagrados.

Otra función no menos relevante era la educativa. María Elena Barral nos advierte que se trataba de una enseñanza cristianizada que era entendida como sinónimo de civilización. No menos importante era la obligación del recuento de almas, destinada a certificar el cumplimiento con los preceptos religiosos. Tal fiscalización podía suscitar conflictos, que reflejan, como señala la autora, la presencia de una sociedad pueblerina asentada según patrones familiares y comunitarios.

Un tópico importante del libro es el análisis de los feligreses y sus prácticas religiosas. La comunidad campesina tenía una importancia vital porque de ella dependía el sostén de los párrocos y sus parroquias. En este capítulo emergen la sensibilidad religiosa de los pobladores, enmarcados o no en cofradías y lazos de compadrazgo, atados a un profuso calendario religioso que incorporaba las festividades católicas del calendario romano y aquellas surgidas de la dinámica local. Las prácticas, como señala Barral, eran variadas, la mayoría itinerantes, algunas gestionadas por los párrocos y otras por los propios feligreses. Estas últimas nos revelan un costado no siempre conocido. De su estudio emerge, como señala la autora, una religiosidad rioplatense no siempre tan clericalizada y sumamente itinerante.

En ese sentido, otro de los méritos del libro es el tratamiento de la limosna gestionada sobre todo por laicos, tanto hombres como mujeres. A través del análisis de esta institución, cuyo radio de acción era extenso, puesto que abarcaba distintas regiones del virreinato, se expandían los distintos cultos, especialmente los marianos. Los fines eran diversos: recolección para la Tierra Santa de Jerusalén, para los hospitales betlemitas, para la Virgen de Luján, para la dote de las monjas, etc. De la variedad de motivos que originaban esta práctica la autora concluye que la limosna colonial no reflejaba necesariamente un acto de caridad, sino una relación de intercambio de gracia con la divinidad. Además esta institución gestaba un entramado social y económico de envergadura al trasladar personas, frutos de la cosecha y ganado que exigía la articulación de distintas instituciones eclesiásticas, los cuestores o encargados de la recaudación, los feligreses y el trabajo rural.

De la lectura del libro adquiere forma y consistencia la religiosidad local enfocada desde la perspectiva "de abajo", que explora la diversidad de comportamientos de los distintos actores de las comunidades aldeanas bonaerenses. En ese marco, se hace presente una religiosidad plena de festividades y celebraciones, cuyas formas no siempre tenían correspondencia con las prácticas prescriptas por la Iglesia. La autora examina los significados múltiples de las ceremonias y los rituales, a la vez que analiza la teatralidad de los ritos en las fiestas patronales, en las procesiones, en los funerales y los bautismos. De la reconstrucción de estas prácticas, ejercitadas a veces sin la mediación eclesiástica, surgen formas específicas que los clérigos toleraron, deploraron o procuraron adaptar. Del estudio de estas formas de expresión de la religiosidad surge una animada historia local y la construcción de identidades también locales. En este punto, aparece claramente esbozado el rol de la comunidad rural. De la minuciosidad del relato en el tratamiento de las celebraciones aflora un universo pueblerino que el lector puede apreciar en detalle. Se trata de una comunidad jerarquizada, que no podría visibilizarse si no fuera por el tratamiento y el análisis del tipo de fuentes que la autora utiliza.

A su vez, María Elena Barral analiza las variadas redes de relaciones sociales que unían a los párrocos y a los feligreses. Desde este punto de vista, la buena gestión espiritual de los curas dependía de los lazos con la sociedad en la cual se insertaban. A su vez, la comunidad de vecinos podía demandar a sus clérigos moderación en sus exigencias y reclamarles sensatez y humanidad en el cuidado del orden moral que, en la etapa colonial y en gran parte del período independiente, se confundía con el orden público. De la reconstrucción de ese campo de fuerza del que clérigos y laicos eran parte, toma forma y dinamismo la sociedad aldeana bonaerense, capaz de implementar un cauce particular a la administración del culto y de configurar un ejercicio específico de la religiosidad local.

En síntesis, este libro reconstruye las creencias religiosas y las prácticas a través de la mediación de los agentes eclesiásticos y de la gestión directa de los feligreses. En mi opinión, su principal mérito es la reconstrucción de las relaciones sociales en el espacio rural bonaerense, a través de la valoración de fuentes hasta ahora poco trabajadas o desconocidas. Es también un excelente ejemplo de historia social que incorpora tópicos de la historia cultural y de las mentalidades para construir con detalle la historia de las comunidades aldeanas representativas de la campaña bonaerense. De su lectura emerge una sociedad rural en estrecha relación y diálogo con el mundo urbano, con una dosis de densidad y complejidad que permite a los lectores comprender y dotar de sentido a la sociedad y cultura católica tardo-colonial.