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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versión On-line ISSN 1850-2563

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  no.32 Buenos Aires ene./jun. 2010

 

RESEÑAS

Osvaldo Graciano, Entre la torre de marfil y el compromiso político. Intelectuales de izquierda en la Argentina. 1918-1955, Bernal, Universidad Nacional de Quilmes Editorial, 2008, 382 páginas

Germán Soprano

CONICET-Universidad Nacional de Quilmes- Universidad Nacional de La Plata

Desde la apertura democrática del año 1983, los debates sociológicos e historiográficos de la Argentina han definido unos actores y temas de relevancia académica y política en torno del estudio de los intelectuales y sus relaciones con la política y el Estado nacional. Los clásicos trabajos de Silvia Sigal y Oscar Terán –Intelectuales y poder en la Argentina. La década del sesenta y Nuestros años sesenta. La formación de la nueva izquierda intelectual argentina, 1956-1966– desbrozaron el camino a otros investigadores y ensayistas que exploraron esta cuestión en ese mismo período o en otros, aportando orientaciones teóricas, metodológicas y conocimientos sustantivos para su análisis. En ese sentido, el libro de Osvaldo Graciano –una reescritura y ampliación de su tesis de doctorado en historia por la Universidad Nacional de La Plata– se posiciona en el sendero de esa fructífera producción en ciencias sociales. No obstante, su indagación reviste una originalidad adicional que merece ser destacada: no sólo se ocupa de las conflictivas relaciones de este grupo de intelectuales de izquierda con los gobiernos nacionales, sino que los comprende –ante todo– como profesionales, docentes, estudiantes, representantes y autoridades universitarias y como activos protagonistas del movimiento reformista, del Partido Socialista y el anarquismo entre 1918 y 1955.

Llegados aquí, el lector podrá decir que este último señalamiento no constituye novedad alguna, pues Juan Carlos Portantiero habría dado cuenta de esta cuestión en Estudiantes y política en América Latina (1918-1934). Y aunque Graciano abreva de esa inspiración, más bien orienta su interés analítico y sustantivo en otra dirección, procurando comprender la acción de estos intelectuales al menos en dos dimensiones. Por un lado, en sus trayectorias como profesores y estudiantes universitarios, ocupándose detalladamente de su acceso y participación en el gobierno universitario, en la creación y el desarrollo de instituciones en el ámbito de la universidad y el Estado, en las cátedras y/o laboratorios, en las tareas de extensión, en publicaciones y eventos académicos, profesionales o culturales. Y, por otro lado, mostrando que su proyección e intervención en la política nacional y partidaria resultó de su autodefinición, actividad y reconocimiento social recibido como universitarios, científicos y/o profesionales.

¿Quiénes eran estos intelectuales de izquierda? Sus principales referentes eran Alejandro Korn, Alfredo Palacios y Pedro Henríquez Ureña. Consagrados como "maestros de juventud" en la época, configuraron –sobre todo el primero– relaciones discipulares con los integrantes más jóvenes de este grupo. Además de aquellos referentes, Graciano sigue de cerca las trayectorias de otros veintidós hombres y dos mujeres, entre los que se cuentan socialistas o simpatizantes socialistas como Enrique Anderson Imbert, Luis Aznar, Juan José Arévalo, Tobías Bonesatti, Francisco De Santo, Julio V. González, Guillermo Korn, Enrique Mouchet, Arnaldo Orfila Reynal, Francisco Romero, José Luis Romero, Juan Sábato, Aníbal Sánchez Reulet, Carlos Sánchez Viamonte, Segundo Tri, Pedro Verde Tello, Juan Manuel Villarreal, Delia Etcheverry y Amelia Sánchez Garrido; y anarquistas como Carlos Bianchi, Aquiles Martínez Civelli, José María Lunazzi, Carlos S. Bianchi y Rafael Grinfeld.

¿Qué compartían esos intelectuales de izquierda para comprenderlos como un colectivo relativamente homogéneo? Graciano los define como integrantes de un espacio cultural común. Y aunque estaban divididos en diversos grupos de acción intelectual, se vinculaban en ámbitos sociales institucionales e informales que gravitaban fundamentalmente entre la ciudad de La Plata y la de Buenos Aires. La mayoría pertenecía a familias de clases medias de origen inmigrante (españolas, italianas, ruso-judías, alemanas, irlandesas), con aspiraciones de ascenso social intergeneracional, residentes en ciudades de la región pampeana (excepto Sánchez Viamonte y González, que provenían de familias patricias criollas del Interior del país, De Santo y Lunazzi que tenían orígenes proletarios, y extranjeros como el dominicano Henríquez Ureña y el guatemalteco Arévalo). Entre 1910 y 1930 realizaron estudios secundarios principalmente en el Colegio Nacional de La Plata y superiores en la Universidad Nacional de La Plata y –en menor medida– en la Universidad de Buenos Aires. Compartían actividades profesionales y académicas como abogados, médicos, ingenieros, profesores en humanidades. Muchos de ellos integraron la burocracia estatal nacional y de la Provincia de Buenos Aires. El empleo en la función pública estatal y la docencia les proveían ingresos y determinaron sus hábitos sociales. También promovieron la realización de eventos culturales, la creación de instituciones y publicaciones renovadas, dentro y fuera del ámbito universitario y como parte de sus actividades políticas y de extensión. Fueron publicistas claves en la difusión en la Argentina, América Latina y Europa del ideario de la Reforma Universitaria de 1918. Se solidarizaron con las ideas del arielismo, la causa de la Revolución Méxicana y la Revolución Soviética. La mayoría estuvo afiliada o simpatizó con el Partido Socialista; una minoría participó de grupos anarquistas. En todos los casos –y este es el punto más importante que resalta el autor– este grupo se distinguió por acreditar una trayectoria social que se desarrolló y consagró teniendo a la universidad como el eje en torno del cual se definían sus identidades y prácticas culturales y políticas.

Graciano señala que sus actividades universitarias y en el escenario de la política nacional estuvieron marcadas por permanentes conflictos con otros sujetos consagrados o dominantes en las universidades, academias científicas, asociaciones profesionales y agencias estatales, pero también –en algunos casos– con los dirigentes del Partido Socialista, quienes alternaban el apoyo público a sus iniciativas junto con un interés recurrente por domesticarlas en función de intereses políticos estratégicos o coyunturales. En este sentido, al documentar –por ejemplo– las oscilantes relaciones de Alejandro Korn o de Alfredo Palacios con los líderes socialistas, el autor nos advierte que las pretensiones de autonomía de estos intelectuales y sus posicionamientos políticos críticos en la esfera pública nacional, no siempre fueron solidarias con las expectativas depositadas en ellos por el Partido, que esperaba apropiarse mansamente de su legitimidad política y cultural. Así todo, la opción de estos intelectuales por proyectar desde el Partido y el Parlamento sus planes de reforma estatal, socioeconómica, cultural, política y universitaria, fueron incorporados entre 1932 y 1942 al programa del Partido Socialista. Asimismo, Graciano nos provee detallados conocimientos sobre la participación de Palacios, Mouchet, Sánchez Viamonte y González en el Congreso de la Nación.

Ahora bien, clasificar a estos intelectuales en dos grupos políticos taxativamente diferenciados –socialistas y anarquistas– es una primera estrategia expositiva a la que se recurre en esta reseña, pero que no tributa suficientemente bien la compleja trama de identidades y relaciones que expone la investigación de Graciano en torno a esta población. Pues las afinidades y diferencias entre unos y otros también fueron activamente producidas y actualizadas en la época –por ellos y por sus ocasionales interlocutores– recurriendo a otros términos y principios de clasificación social igualmente eficientes, esto es, definidos o rotulados a partir de sus formaciones académicas en la escuela media (por ejemplo, los ex alumnos del Colegio Nacional de La Plata) y en las universidades (los de Buenos Aires y los de La Plata), sus filiaciones profesionales (abogados, médicos, ingenieros, profesores), adscripciones filosóficas (positivistas como Palacios y Mouchet y neokantianos antipositivistas como Alejandro Korn y Héctor Ripa Alberdi), su participación como autoridades, docentes y estudiantes en una misma Facultad, en el movimiento de la Reforma Universitaria y sus proyecciones políticas en el nivel nacional e internacional entre 1918 y 1930, su actividad en la Federación Universitaria Argentina, la Unión Latinoamericana o en el Colegio Libre de Estudios Superiores, o bien por sus experiencias compartidas en revistas culturales y académicas, grupos de estudio, de teatro u otros.

Al adentrarnos en el contenido del libro descubrimos que la primera parte está centrada en un análisis del sistema universitario y de la vida cultural en la Argentina de las primeras décadas del siglo XX; esta sección se sirve principalmente del aporte sustantivo y la interlocución con las investigaciones de otros autores. Un rasgo original que Graciano indica en el estudio del movimiento de la Reforma en la ciudad de La Plata fue que, mientras que las protestas estudiantiles de Córdoba estuvieron marcadas por la impronta del anticlericalismo, en la capital provincial bonaerense el antipositivismo y la crítica al "cientificismo" fueron la tendencia dominante. Además, observa también que la universidad platense fue creada apelando a una concepción institucional moderna que promovía el desarrollo científico de sus egresados, pero a diferencia de la Universidad de Buenos Aires –que reformó sus estatutos en 1906 luego de un ciclo de huelgas estudiantiles– mantuvo una organización de gobierno meritocrática centrada unilateralmente en el cuerpo de profesores. De allí que el impacto que tuvieron las luchas del movimiento reformista en 1919 fue especialmente virulento en La Plata. Como consecuencia de este proceso se produjo en 1920 una importante renovación de los cuerpos directivos de sus Facultades, se incorporó la participación estudiantil y de los egresados en los consejos académicos, los concursos docentes, la docencia libre y la asistencia no obligatoria a los cursos, un recambio masivo de profesores, reformas en los planes de estudio que alentaron la formación humanística y la investigación científica, y el acceso a la cátedra de los dirigentes reformistas en los años subsiguientes. Esas transformaciones fueron formalmente consagradas mediante la reforma del estatuto de la universidad.

Una especial referencia merece en el libro los proyectos institucionales y las experiencias de gobierno reformista: en la Universidad Nacional de La Plata, el decanato de Enrique Mouchet en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (1923-1926) y el de Alfredo Palacios en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales (1922-1925); y en la Universidad de Buenos Aires el decanato de Alejandro Korn en la Facultad de Filosofía y Letras (1918-1921), el de Mario Sáenz en la de Derecho y Ciencias Sociales (1921-1923), así como el activismo en el consejo académico de Palacios como profesor, Julio V. González y Carlos Sánchez Viamonte como estudiantes, y los breves nombramientos como decanos de González y Palacios en 1930. En el recorrido por esas cuatro unidades académicas, Graciano reconoce los ámbitos de sociabilidad compartida en los cuales estos actores fueron elaborando e implementando sus proyectos de reforma universitaria, forjándose como intelectuales y cimentando sus relaciones e identidades colectivas. Un punto a destacar en relación con el enfoque metodológico y el recorte del objeto de estudio operado por el autor en su investigación, es que optó por seguir el itinerario de la población-objeto por diferentes instituciones, en vez de limitar su análisis a tal o cual unidad académica. Sin el recurso a esa estrategia (que indudablemente implicó un considerable esfuerzo de trabajo de archivo adicional) habría sido imposible dar cuenta en forma consistente del entramado de redes de relaciones sociales, la circulación de ideas y de personas que caracterizaron la emergencia y el desarrollo de las actividades de estos intelectuales de izquierda. Del mismo modo, el autor también había optado por indagar en el acervo documental del Congreso de la Nación y del Partido Socialista para registrar su participación fuera del ámbito universitario. Al respecto, vale la pena señalar que estos desvíos, lejos de constituir una inconsistente distracción para el lector, favorecen la adopción de una comprensión holística del tema, evitando ceñir el recorte del objeto a las necesidades de legitimación académica de analistas que –contrariamente a lo que efectúa Graciano– procurarían situarse cómodamente en las certezas de tal o cual campo de estudios con límites e interlocutores bien circunscriptos.

La segunda parte del libro se ocupa de los vínculos de estos intelectuales con el Partido Socialista, grupos anarquistas y su prolífico activismo como organizadores culturales en diversos ámbitos de la sociedad civil. En los capítulos anteriores Graciano había mostrado cómo desarrollaron diversas iniciativas políticas y culturales desde la universidad, tendientes a proyectar el ideario reformista desde los claustros hacia otros ámbitos e interlocutores de la sociedad argentina y del exterior, sirviéndose para ello de instrumentos como, por ejemplo, las revistas Valoraciones y la Compañía Teatral de Estudiantes Renovación (ambas iniciativas ligadas a la figura de Alejandro Korn). Sin embargo, las limitaciones que estos percibieron desde 1930 en torno de la aplicación de esas estrategias, ya sea por la influencia negativa que jugaron las políticas intervencionistas ejecutadas por los gobiernos conservadores sobre las universidades, o bien como consecuencia de la rutinización del impulso transformador que alentó al movimiento reformista en sus primeros años de existencia, llevó a muchos de ellos a involucrarse en forma orgánica y militante en el Partido Socialista. Desde esa nueva inserción y plataforma de acción procuraron nacionalizar y circular a nivel mundial sus propuestas de cambio socioeconómico, político y cultural, insistiendo en la necesidad de renovar las instituciones universitarias, científicas y estatales. Asimismo, la experiencia de la presidencia de Alfredo Palacios (con la vicepresidencia del radical Gabriel Del Mazo) en la Universidad Nacional de La Plata entre 1941 y 1943, muestra cómo el diseño de esos proyectos consiguió plasmarse –si bien por un período breve– en esa casa de estudios. La universidad fue concebida como una escuela de ciudadana democrática, se favoreció una formación humanística y en investigación, así como una visión latinoamericanista, antifascista y pro aliada del mundo. Graciano también enfoca en esta segunda parte otros espacios de sociabilidad ligados a las iniciativas universitarias de socialistas y anarquistas en la ciudad de La Plata, por un lado, en torno de la Federación Socialista Bonaerense, el Teatro del Pueblo del Puerto de La Plata y la Universidad Popular Alejandro Korn; y, por otro lado, en campañas de los anarquistas en favor de los republicanos durante la Guerra Civil Española, por la libertad de Sacco y Vanzetti, en la publicación del periódico Pampa Libre o en la revista Reconstruir, entre otras iniciativas libertarias.

La tercera parte se centra en los combates librados por estos intelectuales contra las políticas intervencionistas y restrictivas de la autonomía universitaria, desplegadas por el gobierno militar de la "Revolución de Junio" de 1943 y durante las dos presidencias de Perón. Su decidido activismo en el movimiento contra el fascismo y el nazismo que –seguidamente– derivó en la identificación del peronismo como una variante autóctona de esos autoritarismos europeos, selló sus destinos políticos y universitarios. Resulta notable constatar retrospectivamente cómo entre 1944 y 1945 se fraguó la génesis de una taxativa oposición entre el movimiento estudiantil, los universitarios y el peronismo que sólo comenzará a disolverse en las postrimerías de la década de 1960. En esos dos años, los universitarios reformistas adquirieron un protagonismo e influencia tal que terminaron erigiéndose en uno de los pilares de la oposición política al régimen militar, en defensa de las aspiraciones democráticas de las clases medias, y promoviendo diferentes iniciativas para derrocar al gobierno nacional de facto. Particular significado revisten los sucesos acaecidos en la ciudad de La Plata en el mes de octubre de 1945, cuando hallándose intervenida la universidad, los estudiantes tomaron los edificios y fueron desalojados violentamente por la policía. En ese conflictivo escenario local y nacional, el desplazamiento de Perón de sus cargos en el gobierno fue interpretado por los reformistas como una victoria contra el autoritarismo, con lo cual programaron la organización de marchas y actos en favor de la reapertura de la universidad previstos para el día 18 de octubre. Sin embargo, el paro general y la movilización que tuvo a los trabajadores y los sindicatos de la vecina localidad de Berisso como protagonistas principales, dio por tierra las optimistas pretensiones del reformismo y la oposición política. La conocida consigna "alpargatas sí, libros no" –un icono en la tradición política del primer peronismo– tuvo su bautismo de fuego en aquellos sucesos.

Finalmente, Graciano analiza cómo las políticas intervencionistas del período 1946 a 1955 obraron desarticulando las redes de sociabilidad de estos intelectuales de izquierda, excluyéndolos de las universidades y del Estado y alentando su marginación de la esfera pública. En consecuencia, al menos en sus experiencias, el derrocamiento de Perón por la autodenominada Revolución Libertadora fue una victoria pírrica, en la medida que su entidad como grupo académico y político estaba mellada. A partir de entonces en las universidades se consolidó una dirigencia que –si bien se reconocía heredera del reformismo de 1918– tuvo por protagonistas a otros actores. De allí que durante la llamada "normalización" y "modernización universitaria" abierta en septiembre de 1955, con la excepción de Francisco Romero y José Luis Romero, ya no será posible reconocer el protagonismo político e institucional de estos intelectuales de izquierda en las universidades argentinas.