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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versión On-line ISSN 1850-2563

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  no.32 Buenos Aires ene./jun. 2010

 

RESEÑAS

Mario Sznajder y Luis Roniger, The Politics of Exile in Latin America, Cambridge, Cambridge University Press, 2009, 384 páginas

Raanan Rein

Universidad de Tel Aviv

El fenómeno de los exiliados políticos acompañó a América Latina a lo largo de toda su historia independiente poscolonial (a partir del segundo cuarto del siglo XIX), por lo que sorprende que hasta ahora no se haya publicado un trabajo exhaustivo sobre este fenómeno. Ya desde este punto de vista, el libro de Mario Sznajder y Luis Roniger constituye un hecho innovador.

Su investigación examina un período muy largo, desde los días de la colonia y las prácticas de ostracismo, alejamiento y exilio de las potencias ibéricas, hasta la Venezuela contemporánea de Hugo Chávez. No se trata de un estudio cronológico o descriptivo, sino del análisis de diversas cuestiones vinculadas al exilio (forzado o voluntario), a la forma en que exiliados llevan a cabo sus luchas políticas, a sus aportes a la formación de identidades colectivas (en los países de origen y en el país anfitrión) y sus influencias en procesos políticos. Aun cuando algunos de los exiliados fueron privados de sus ciudadanías, siguieron sintiéndose parte de las comunidades nacionales que debieron abandonar, para lo cual tuvieron que recrear o inventar sus identidades individuales, así como las colectivas, compartidas con las de los demás exiliados y/o de sus hermanos en sus patrias.

El exilio se convirtió en una herramienta para reordenar los sistemas políticos en América Latina, que no se caracterizaron durante la mayor parte de su historia como sociedades pluralistas ni como modelos de participación de amplios círculos en los procesos políticos. Con frecuencia se trataba de sistemas políticos identificados como "el vencedor lo lleva todo" o "juego de suma cero".

A lo largo del siglo XIX, como señalan los autores, los sistemas políticos en América Latina eran elitistas, con un círculo reducido de participación. De manera concordante, también los exiliados solían ser parte de esas elites y eran pocos en lo cuantitativo. Además, la selección de destinos era limitaba a unos cuantos, entre los que París representaba una meca para los exiliados latinoamericanos. Esto se explica por la orientación cultural de esas elites, que por un lado renegaban de las culturas indígenas del continente y por el otro bebían con devoción lo que provenía de los centros de la civilización europea.

En cambio, en la segunda mitad del siglo XX, con el transfondo de procesos de radicalización social y democratización política, pueden verse amplias olas de exiliados políticos que huían de regímenes revolucionarios (como por ejemplo Cuba, después de 1959) o de gobiernos militares autoritarios (primero Brasil y luego Chile, Uruguay y Argentina en los años 1970). Muchas veces, el vínculo de estos exiliados con la actividad política había sido lábil, si es que lo había, pero los vuelcos en las dirigencias, la violencia y las guerras civiles los empujaron más allá de las fronteras de sus países de origen. En tales circunstancias también variaban los destinos del exilio y México se convirtió en uno de los favoritos. Sznajder y Roniger analizan los significados que conllevaba cada elección, entre otros aspectos en cuanto a la dinámica que se creó en las diversas comunidades de exiliados y las identidades híbridas que desarrollaron. Los autores señalan procesos de cooperación y de identificación entre comunidades de exiliados de diversas procedencias que residían en un mismo país. Así comenzaron a entretejerse diversas redes sociales y políticas y una identidad panamericana. En cambio se dedica poca atención en el libro al contexto político local y a veces parece que los exiliados viven y actúan dentro de una burbuja.

Otra cuestión fascinante se refiere al regreso del exilio y a la forma en que los exiliados influyen en el sistema político, en la cultura política y en los patrones de la actividad en sus viejos-nuevos países, tema que los autores insinúan que justifica investigaciones adicionales.

Sznajder y Roniger proponen una relación triangular, en cuyo marco hay diversos lazos entre el país que expulsa, los exiliados y los países que los acogen. No obstante, en el curso del siglo XX se sumó un cuarto elemento a este modelo: el espacio público internacional, en el que se manifiesta la preocupación por el derecho internacional, los asuntos humanitarios y los derechos humanos. Dicho espacio permite a los exiliados expresar sus argumentos y denunciar sus protestas sin las limitaciones de la censura que impera en sus patrias y sin que la distancia geográfica reduzca su capacidad para presentar sus posturas. En este espacio actúan organizaciones internacionales y ONG, se crean redes de solidaridad y los medios de comunicación del mundo tienen un papel primordial.

En lo que respecta a la salida de presidentes o gobernantes al exilio finalizado su mandato (mediante elecciones o mediante revueltas), Simón Bolívar y José de San Martín, héroes de la independencia política de América del Sur, son los ejemplos tempranos, mientras que en los últimos tiempos los más destacados han sido Alberto Fujimori y Alejandro Toledo en Perú, Salinas de Gortari en México, y Jamil Mahuad en Ecuador. Sznajder y Roniger crearon la base de datos más exhaustiva en este tema para todo el continente en los siglos XIX y XX, con no menos de 1.500 mandatos presidenciales incluidos.

Un ejemplo claro del tipo de política de exilio que analizan los autores se puede encontrar en el caso del presidente argentino Juan Perón. Derrocado por las fuerzas armadas de su país en septiembre de 1955, se vio forzado a un prolongado exilio que duró nada menos que dieciocho años, hasta que pudo regresar a su país y ser reelegido por tercera vez como jefe de Estado, con una mayoría que superó incluso la del pasado. En su periplo, Perón pasó del vecino Paraguay, donde el general Alfredo Stroessner le brindó un refugio primario, a Panamá, donde encontró a quien se convertiría en su tercera esposa, conocida como Isabelita, para seguir a la Venezuela de Pérez Jiménez, a la República Dominicana de Rafael Trujillo y por último, desde comienzos de 1960, en la España del generalísimo Francisco Franco.

A lo largo de todo dicho período, los sucesivos gobiernos argentinos ejercieron presiones a los países que albergaban a Perón para que lo extraditaran o al menos para que limitaran su actividad política. Como fuera, los esfuerzos hechos por los nuevos ocupantes de la Casa Rosada en Buenos Aires para desperonizar a la sociedad argentina sólo contribuyeron a reperonizarla. De tal modo, aun a miles de kilómetros de su patria y con su partido proscripto, Perón seguía siendo el político argentino más importante y el árbitro final a la hora de designar presidentes –como fue el caso de Arturo Frondizi en 1958– o de desestabilizar sus administraciones. Un año antes, cuando se celebraron elecciones para la asamblea constituyente, Perón ordenó desde su exilio el voto en blanco, y así votó aproximadamente un cuarto del padrón electoral. El resultado fue que hubo más votos en blanco que para cualquiera de los demás partidos (cabe recordar que el Partido Radical se encontraba escindido en dos). En determinadas circunstancias, el exilio se convierte en bien político en manos de un líder que se presenta como quien está dispuesto a hacer un sacrificio supremo (abandonando su patria) por un objetivo excelso, como lo es el interés de su pueblo y su nación.

Durante su exilio en el suburbio madrileño de Puerta de Hierro, la casa en que vivía Perón, "17 de octubre", fue centro de peregrinaje de militantes, sindicalistas y periodistas. Perón transmitía a través de ellos mensajes tanto a sus seguidores como a sus detractores, fortaleciendo o debilitando a tal o cual corriente en el heterogéneo movimiento que lideraba. Resulta imposible describir el sistema político argentino de la década de 1960 y comienzos de los años 1970 sin ampliar su marco geográfico para incluir también a Madrid, sede del exilio del general Perón.

Sznajder y Roniger basan su investigación en una gran variedad de fuentes y la bibliografía más actualizada: desde libros de historia, pasando por obras literarias y testimonios orales y autobiografías publicadas, hasta investigaciones de psicólogos sociales y psiquiatras sobre las dificultades en la adaptación y el precio psicológico mental que requiere de los exiliados en sus nuevos lugares.

Los autores dedican amplio espacio a los exiliados argentinos de la década de 1970, aquellos miles que debieron dejar su país por las acciones terroristas de la organización conocida como Triple A, seguidas por el terrorismo de Estado de la brutal dictadura que asumió el poder en marzo de 1976. Como señalan Sznajder y Roniger, no es poco lo que se ha escrito sobre las comunidades de exiliados argentinos en América Latina (particularmente en México) y en Europa (sobre todo en Francia), sus vínculos con organizaciones de derechos humanos y los esfuerzos de los representantes de la junta gobernante para neutralizar la actividad política de las comunidades de exiliados. Este libro aporta, entre otros, también el conocimiento de la comunidad de exiliados argentinos en Israel.

Estos exiliados, en su inmensa mayoría de origen judío, no llegaron a Israel como refugiados o recibiendo asilo político, sino en virtud de la Ley del Retorno. Es difícil establecer su número, ya que no se los puede separar del conjunto de inmigrantes que llegaron en los mismos años desde el mismo país a Israel. Se estima que entre finales de 1975 (o sea antes de que se produzca el golpe de Estado, pero cuando ya operaban escuadrones de la muerte con el apoyo del gobierno) hasta mediados de 1978 llegaron a Israel varios centenares de exiliados (aparentemente no más de 400) que escapaban de los horrores de la persecución del régimen militar. Muchos de ellos estaban alejados de marcos judíos y no tenían vinculación alguna con el sionismo antes de su huida, por lo que hacia fines de la década de 1970 la mayoría ya había abandonado Israel (generalmente para trasladarse a países de Europa Occidental, primordialmente España y Francia). Otros regresaron a la Argentina con la restauración de la democracia en 1983. Para muchos de ellos, con posturas radicales de izquierda, Israel no era más que una estación de paso y criticaron duramente la política israelí en los territorios ocupados y posteriormente la invasión israelí al Líbano en el verano de 1982.

Estos exiliados, a los que se sumaron jóvenes inmigrados que militaron en movimientos juveniles sionistas a comienzos de los años 1970 y un número limitado de israelíes de izquierdas, intentaron explicar al público israelí lo que ocurría en la Argentina, y fueron los principales artífices de la protesta contra el régimen dictatorial, por ejemplo antes y durante el mundial de fútbol disputado en 1978.

En resumen, la investigación de Sznajder y Roniger es multidisciplinaria y multidimensional, y seguramente llena por lo menos una parte del vacío existente en la historiografía del subcontinente latinoamericano en lo que se refiere al exilio político y sus significados a lo largo de los siglos XIX y XX. Se trata de una investigación fascinante y novedosa, que abre caminos y despertará gran interés tanto entre historiadores de América Latina como entre politólogos cuya ocupación no se limita a una región geográfica determinada, tratando más bien cuestiones teóricas y conceptuales, así como los investigadores de diásporas y procesos regionales y transnacionales.