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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

Print version ISSN 0524-9767

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  no.33 Buenos Aires Jan./Dec. 2011

 

ARTÍCULOS

Tradiciones atlánticas, tradiciones hispánicas: en torno a "La dimensión atlántica e hispanoamericana de la Revolución de Mayo", de José Carlos Chiaramonte

 

Alfredo Ávila

Instituto de Investigaciones Históricas, Universidad Nacional Autónoma de México

 

En mayo de 2008, Roberto Breña llamaba la atención sobre el empleo de la perspectiva atlántica en el estudio de las revoluciones hispanoamericanas. Según su advertencia, todavía no se había avanzado bastante en el examen de los procesos de emancipación desde un análisis "hispánico" como para abandonarlo en pos de una mirada más amplia. Desde su opinión, una perspectiva atlántica nos haría perder de vista las peculiaridades del proceso revolucionario hispanoamericano, o en todo caso, ponderaría (de una manera "excesiva") los elementos discursivos sobre los acontecimientos que provocaron la caída de la monarquía española y el surgimiento posterior de Estados nacionales.1 El texto de José Carlos Chiaramonte vuelve sobre el tema de la inclusión de los procesos regionales de fractura de la monarquía española en otros más amplios, desde una perspectiva crítica. Se percata de que la historia atlántica y la hispanoamericana, más que designar espacios geográficos en los cuales evidentemente quedan incorporados los procesos regionales, son conceptos con fuertes implicaciones. Para empezar, la comparación de los procesos francés, británico y estadounidense con los iberoamericanos tiende a mostrar las características sui géneris de estos últimos frente a casos presuntamente modélicos. Por supuesto, lo anterior no es motivo para abandonar la perspectiva atlántica. Basta tener en cuenta que no se trata de comparar procesos sino de observar sus relaciones. Algo parecido puede decirse de la perspectiva hispanoamericana, que -como bien señala Chiaramonte- podría considerarse como parte de la atlántica, pero que en términos conceptuales es muy diferente.

Para el caso mexicano (y me parece que no sólo mexicano), durante largo tiempo la historiografía nacionalista aisló el surgimiento de la nación independiente de la historia española, en buena medida porque se creía que, en tanto que un proceso de descolonización, fue hecho en contra de una metrópoli que se suponía opresiva y despótica. Ya en 1953, Luis Villoro (autor de uno de los más influyentes estudios sobre la revolución de independencia) se percató de la impronta del constitucionalismo español en el mexicano,2 pero la tendencia historiográfica iba en sentido contrario. Para buena parte de los historiadores mexicanos de las décadas siguientes, la revolución de independencia era hija legítima del enciclopedismo, de la Revolución Francesa y del constitucionalismo francés.3 Para sostener estas hipótesis se operó con una curiosa maniobra historiográfica. Los defensores del gobierno virreinal descalificaron a los independentistas acusándolos de ser agentes napoleónicos, infectados por las ideas revolucionarias francesas. Pues bien, estas acusaciones se convirtieron en las mejores pruebas de que los revolucionarios novohispanos tenían un vínculo claro y directo con sus predecesores franceses. La influencia estadounidense era más fácil de "probar", pues se consideró que las instituciones federales adoptadas por la república no eran sino calco de las del país del Norte, versión que echaron a andar desde la primera mitad del siglo XIX los detractores del federalismo para combatirlo. La misma paradoja: lo que en su momento fue un argumento político para desprestigiar unas instituciones, se convirtió en muestra de la filiación revolucionaria y liberal (nada hispánica) del nacimiento del Estado mexicano.

Tal vez fue François-Xavier Guerra quien más contribuyó a cambiar esas interpretaciones, pero esto no debe hacernos perder de vista que desde décadas antes algunos historiadores valoraban las propias tradiciones hispánicas para explicar el proceso de independencia y surgimiento del Estado nacional mexicano. Historiadores como Silvio Zavala y Carlos Herrejón Peredo procuraron rescatar el pensamiento neoescolástico como una propuesta libertaria que, a la larga, sería manantial que nutriera a los próceres de la independencia.4 Más recientemente, otros autores han explicado el proceso emancipador atendiendo a sus orígenes "hispánicos", sin influjos anglosajones o franceses. Desde este punto de vista, la tradición política española proveía de los suficientes argumentos a los miembros de las elites hispanoamericanas de comienzos del siglo XIX para exigir igualdad frente a la península. Siguiendo los argumentos empleados en las discusiones políticas de promotores de la independencia como Servando Teresa de Mier, algunos autores han señalado que los dominios españoles en América nunca fueron colonias sino reinos federados, en igualdad de condiciones con los de la península, en los que los conflictos eran resueltos mediante el aparato institucional sin ocasionar descontento ni tensiones sociales. De tal manera, fue exclusivamente la desaparición de la cabeza de la monarquía la que causó que la "soberanía regresara al pueblo", argumento que desde esta perspectiva se encontraba ya en la tradición del pensamiento político hispánico desde el siglo XVI,5 con lo cual se quita toda originalidad al proceso revolucionario decimonónico.

Puede argüirse que esta historiografía es muestra de una reacción normal a otra que negaba lo español y buscaba filiaciones directas con las tradiciones francesa y estadounidense. No obstante, me parece que si la historiografía nacionalista pecaba de localismo al desvincularse del proceso revolucionario hispánico, sucede lo mismo con esta nueva (o no tan nueva) historiografía hispanista, que pretende desconocer todas las relaciones del proceso de fractura y revolución de las monarquías ibéricas con los procesos atlánticos. Esto se debe, en buena medida, a que -tal como hacían los historiadores nacionalistas- se trata de una historiografía en búsqueda de "influencias", de "orígenes" de la modernidad y que, por supuesto, consigue demostrar que el pensamiento español de los siglos XVI a XIX era más moderno que el de otras tradiciones políticas.6 Tal como Roger Chartier advirtió respecto a considerar que la Ilustración fue el origen de la Revolución Francesa, ni siquiera es probable que exista una "tradición intelectual hispánica", sino que es producto de una historiografía teleológica, en la que se recuperan sólo ciertos antecedentes y no otros, y a los que se dota de una unidad y coherencia que no tenían.7

Averiguar quién dijo primero que la soberanía de los monarcas estaba mediada por la voluntad de sus súbditos, o quién inventó aquello de que el individuo tiene derechos, no explica las características de la discusión política del período revolucionario. Como advirtió Marc Bloch, hay algo de ingenuidad en creer que "los orígenes explican" todo. Es más importante entender por qué y bajo cuáles condiciones las ideas fueron empleadas en las discusiones.8 Así, parece más importante estudiar los contextos en los que se elaboraron discursos (que recurrían a diversas tradiciones según la conveniencia del momento) sobre los cuales se configurarían las propuestas y proyectos políticos de los procesos emancipadores.9

Es desde este punto de vista (que es, según me parece, el que sostiene Breña) que la recuperación de la dimensión específicamente hispánica resulta importante, pero también desde el cual el estudio de la dimensión atlántica merece atención, como bien ha apuntado Chiaramonte. En particular porque si bien son los contextos los que permiten entender las respuestas que se dieron a diversos problemas del período revolucionario, los problemas fueron los mismos desde Estados Unidos hasta el Río de la Plata cuando desapareció un gobierno establecido sobre bases incuestionables y se inició el tortuoso proceso de sustituirlo por uno convencional: ¿cómo formar gobierno? ¿Cómo permitir -y qué tanto permitir- la participación política de sectores sociales marginados? ¿Cómo regular la competencia política? ¿Cómo conciliar las demandas de autogobierno de las comunidades, pueblos, villas y provincias con la construcción de Estados? Estas preguntas fueron compartidas por los angloamericanos y los iberoamericanos. Las respuestas fueron en algunos casos diferentes, debido a las condiciones sociales, económicas y culturales de cada región; pero en muchos otros fueron las mismas. Después de todo, se enfrentaban a una misma problemática.

Notas

1 Roberto Breña, "Ideas, acontecimientos y prácticas políticas en las revoluciones hispánicas", en A. Ávila y P. Pérez Herrero (comps.), Las experiencias de 1808 en Iberoamérica, México, Universidad de Alcalá / Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2008, pp. 135-145.         [ Links ]

2 Luis Villoro, La revolución de independencia, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1953, p. 99-107.         [ Links ]

3 A. Ávila, "De las independencias a la modernidad. Notas sobre un cambio historiográfico", en E. Pani y A. Salmerón, Conceptualizar lo que se ve. François-Xavier Guerra, historiador. Homenaje, México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2004, pp. 76-112.         [ Links ]

4 Silvio Zavala, Por la senda hispana de la libertad, Madrid, Mapfre, 1992;         [ Links ] Carlos Herrejón Peredo, Hidalgo antes del Grito de Dolores, Morelia, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 1992.         [ Links ] François-Xavier Guerra, Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, Madrid, Mapfre, 1992.         [ Links ]

5 Jaime E. Rodríguez O., The Independence of Spanish America, Cambridge, Cambridge University Press, 1998, pp. 46-49;         [ Links ] y M. Quijada, "From Spain to New Spain: Revisiting the Potestas Populi in Hispanic Political Thought", Mexican Studies, 24, 2, Oakland, summer 2008, pp. 185-219.         [ Links ]

6 Quijada, "Las 'dos tradiciones'. Soberanía popular e imaginarios compartidos en el mundo hispánico en la época de las grandes revoluciones atlánticas", en Jaime E. Rodríguez O. (ed.), Revolución, independencia y las nuevas naciones de América, Madrid, Mapfre, 2005, 61-86.         [ Links ]

7 Roger Chartier, Les origines culturells de la Révolution française, Paris, Editions du Seuil, 2000, pp. 15-19 ;         [ Links ] véase también el posfacio "L'événement et ses raisons", pp. 283-298.

8 Marc Bloch, The Historian's Craft, trad. de Peter Putnam, Manchester, Manchester University Press, 1976, pp. 30 y 34.         [ Links ]

9 Recupero la crítica de Michel Foucault a la búsqueda de orígenes, que desestima la originalidad de los procesos que se están estudiando al suponer que sus características existían antes de su propio advenimiento: Michel Foucault, "Nietszche, Genealogy, History", en Language, Counter-memory, Practice. Selected Essays and Interviews, Donald Bouchard (ed.), Ithaca, New York, Cornell University Press, 1980, pp. 152-154.         [ Links ]