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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versão impressa ISSN 0524-9767

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  no.33 Buenos Aires ja./dez. 2011

 

ARTÍCULOS

Comentarios al texto de Raúl Fradkin "Los actores de la revolución y el orden social"

 

Gabriel Di Meglio

Universidad de Buenos Aires

 

El texto de Raúl Fradkin es atractivo, contundente, e invita a la reflexión en varias temáticas. Voy a hacer tres comentarios a partir de algunas de ellas, para debatir.

I

Primero, sobre la "desocialización del análisis de lo político". Es cierto que ese es uno de los rasgos de muchos estudios de historia política de las últimas dos décadas. Y no sólo de ella: en las investigaciones sobre historia cultural, historia intelectual e historia conceptual del período independentista no es infrecuente que falte una dimensión social, una mirada acerca de los creadores y consumidores de prácticas, ideas, conceptos, discursos. En los últimos tiempos se nota un nuevo interés por la historia social, que parece ser un fenómeno extendido en otras historiografías (en 2004, en su libro What is cultural history?, Peter Burke anunció una posible "venganza de la historia social"). Uno de los desafíos hacia adelante -porque el interés sobre el Bicentenario va a decaer pero vienen varios bicentenarios del período independentista latinoamericano que van a mantener ocupado al mundo académico durante un buen tiempo- es cómo integrar los destacados aportes que esos campos historiográficos han hecho al conocimiento del período con una mirada de lo social. En decir, más allá de las necesarias especificidades y "autonomías" de cada esfera, es deseable que no se pierda la pregunta clave por el quién, y a la vez que cualquier "retorno" a lo social empape esta mirada con las renovaciones llevada adelante en los otros campos historiográficos.

El camino que me parece conveniente articular es uno que evite pensar a actores políticos que se estudien "en el aire", sin un anclaje social, pero que también eluda el peligro de un regreso al reduccionismo que otrora proponía cierta historia social, aquella que consideraba a la política como el reflejo de intereses económicos y sociales, o por lo menos que éstos son siempre determinantes. Hoy sabemos que eso a veces es así y muchas otras no, y que en cada caso se necesita una investigación que lo explicite, pero que si se toma esa convicción como una verdad a priori, el abordaje tiene muchas posibilidades de extraviarse y de no entender lo que se está observando, cayendo en cambio en un forzamiento de la evidencia para que encaje en una apreciación modelística. Recuérdense los fracasos empíricos de distintos momentos historiográficos por probar una relación entre los intereses de los hacendados y las causas de la Revolución de Mayo, por acudir a un ejemplo conocido (arbitrariamente recuerdo otro aun más flagrante, la canónica vinculación del crecimiento de la Unión Cívica Radical a fines del siglo XIX con los supuestos intereses de una supuesta clase media que no había sido estudiada pero se tomaba como una realidad innegable). En algunas miradas, si se consigue establecer que a un determinado sector social le corresponde un determinado comportamiento político, una investigación puede parece más "verdadera" que otra, o más "explicativa". El tema es, insisto, que esa conexión a veces ocurre y otras no.

Pero, claro, si la correspondencia entre interés social y acción política es variable, eso no debe llevar a eliminarla de cuajo. Por caso, sigue siendo interesante como problema evaluar si las divisiones facciosas de las elites rioplatenses (y diría hispanoamericanas) desde 1808 y 1810 tienen algún tipo de relación con problemáticas sociales y económicas. En este sentido, es importante tener en cuenta que existe cierta tentación, diría que poco consciente, a que las acciones políticas de las elites puedan explicarse más fácilmente sin necesidad de recurrir a otras esferas, al tiempo que las intervenciones políticas populares siempre tienen que tener algún anclaje más social. Las clases populares se verían en su "máxima expresión" cuando reclaman por cuestiones sociales, los momentos apoteóticos para los historiadores de lo popular. Pero esa distinción clasista en el enfoque puede ser perniciosa y hacernos perder de vista cuestiones centrales.

Es fundamental a este respecto el punto que marca Fradkin: cómo atender a la relación entre luchas políticas y conflictos sociales. Observando la participación popular en el período que discutimos, se puede ver que en ciertos casos ese vínculo aparece como directo y claro: ahí están los reclamos por tierras y ganados de los "infelices" que adhirieron al artiguismo, o las disputas por el pago de arriendos y la apropiación de bienes de los que pelearon siguiendo a Güemes. Pero, ¿qué ocurre con la participación política en lugares donde las tensiones sociales no eran tan fuertes como en los espacios donde se dieron esos movimientos? ¿Eso elimina el conflicto social? Cuando Eric Van Young investigó las luchas campesinas en la independencia de Nueva España, consideró que las ciudades habían sido "islas en la tormenta" (en un texto de los años ochenta, incluido en 1992 en su libro La Crisis del orden colonial). Ahí, claro, no se articulaban acciones y reclamos con tanta claridad como en las comunidades rurales. Pero estudios posteriores muestran que sí hubo acción política popular en esas ciudades: las "tormentas" tomaron otra forma. En el caso que yo he investigado, la ciudad de Buenos Aires, hubo una participación política popular muy amplia sin reclamos sociales formulados con claridad. Pero eso no elimina que en esa participación política no haya habido tensiones sociales. En Buenos Aires, y con seguridad en otros lugares en la misma época, las omnipresentes luchas políticas subsumieron tensiones sociales y raciales. En la hostilidad antipeninsular de la plebe, se jugaban odios sociales, y en la construcción del apoyo popular al federalismo en los años siguientes, es evidente la importancia de una animadversión hacia la "aristocracia" unitaria. Por eso, las esferas política y social pueden no ser fáciles de escindir en un análisis, pero la no formulación de reivindicaciones sociales no quiere decir que éstas no existan. Suelen aparecer de otros modos.

Además, los fenómenos políticos "altos" deben ser pensados también desde lo popular. Por caso, ¿cuál fue el aporte de las clases populares en tanto actores de la revolución en el triunfo del republicanismo, del americanismo y del federalismo, todos fenómenos fundamentales en la construcción de Argentina? No podemos reducir a las clases populares a ser sólo actores sociales que pugnaban por tierras, salarios y soñaban con una sociedad más justa. Porque sus derrotas en esos ámbitos pueden sacarlos de la Historia; corremos el riesgo de dejarlos fuera de los procesos en que sí se impusieron. Y hoy es indudable que sus intervenciones incidieron en cuestiones más amplias.

Cualquier análisis actual de la acción popular en un lugar determinado en este período va a necesitar hoy de una mirada amplia: atender a América Latina para ver la gran cantidad de experiencias comunes que existen en ese ámbito, tener muy en cuenta a Estados Unidos, clave como referente republicano, americanista y federal, y no olvidarse de la hoy "perdida" Revolución Francesa, con su Terror y sus sans-culottes (un abastecedor de forraje de los suburbios porteños que en 1812 intentaba generar una agitación contra las autoridades argumentando en los barrios que había que "guillotinar a los malos paisanos" en un lugar donde nunca hubo guillotinas, nos sigue recordando el alcance de la impronta francesa). La "reespañolización" de las revoluciones americanas ha sido sin duda provechosa al permitir entender cómo se quebró un espacio común, pero hay un riesgo en exagerar el análisis endógeno: sin duda las revoluciones no se explican sólo dentro de la monarquía hispana.

II

Ante la propuesta de pensar o en diversas revoluciones que coinciden o en una revolución con varias facetas, me inclino por esta última. Aunque en distintos espacios y en distintos sectores sociales, la revolución se vivió y se interpretó de modo diferente, la remisión a La Revolución fue siempre a una, a la misma, que se convirtió en mito de origen casi inmediatamente después de producida.

Me parece importante el llamado a distinguir las "modalidad regionales" de esa Revolución y a evitar una "experiencia ejemplar" de referencia. Pero agregaría que también hay que cuidarse de no atomizar con la regionalización la dimensión de que es una única revolución. Por ejemplo, pueden estudiarse las dos orillas del Río de la Plata con muy poca conexión, pero sin duda atender a que las zonas de control artiguista estaban a sólo cincuenta kilómetros de la capital centralista tiene que contar para el estudio de cualquier cosa que pase en alguno de los dos lados, aunque solemos olvidarlo. Y el decisivo experimento militar que implicó la larga guerra de la independencia es difícil de pensar en clave regional: la composición de la oficialidad y de la tropa del Ejército Auxiliar del Perú y del Ejército de los Andes es tan variada en procedencia que eso solo constituye un hecho transformador. Es posible que esa experiencia común haya sido uno de los elementos fundamentales en la supervivencia de tendencias a la unión cuando se derrumbó el sistema revolucionario, como sugirió Tulio Halperin Donghi en Revolución y guerra.

III

Un detalle. Es interesante la distinción del "frente" y la "retaguardia" como factor explicativo. Sólo añadiría que si los grupos plebeyos de la retaguardia desafiaron menos el orden social que los del frente, lo cual en el caso rioplatense es indudable, pudieron tener otros efectos de peso. En el caso de la ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, la acción popular tenía consecuencias sobre territorios vastos: un gobierno que caía por una movilización incluía al resto de las provincias unidas. La dimensión de una capital debe también ser tenida en cuenta. A la vez, la inestabilidad política permanente, que la acción popular ayudaba a perpetuar, era también un desafío -indirecto pero desafío al fin- al orden social (por lo menos, en la perspectiva de las elites).