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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

Print version ISSN 0524-9767

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  no.33 Buenos Aires Jan./Dec. 2011

 

ARTÍCULOS

Comentarios al texto de Raúl Fradkin "Los actores de la revolución y el orden social"

 

Judith Farberman

Universidad Nacional de Quilmes - Universidad de Buenos Aires - CONICET

 

Como Raúl Fradkin sostiene en su texto, nos encontramos repreguntándonos una cuestión muy vieja, que ya la primera historiografía argentina se había planteado. ¿Quiénes hacen la revolución? ¿Quiénes son los actores principales y cuáles los secundarios? ¿Qué expectativas depositan en ella? Son preguntas que mantienen su vigencia, aunque hayan retrocedido las esperanzas o las sólidas convicciones que desde otros presentes las alentaron.

Son preguntas que ameritan respuestas múltiples. Entendida la revolución como un proceso y no como un acontecimiento, dichas respuestas tendrán que ajustarse a la periodización considerada. Si en los inicios, el sector más visible de una revolución que todavía no ha superado el marco porteño es una elite cultural con apoyo militar, en la medida en que la guerra acompañe el proceso y éste se extienda a otras porciones del territorio virreinal, la participación plebeya irá ganando nuevos espacios, impensables apenas unos pocos años antes. ¿Puede pensársela como una revolución plebeya? Quizá la caracterización sea excesiva, pero sin duda la politización acelerada de los sectores subalternos le confiere una impronta particular al proceso político abierto con la crisis de la legitimidad monárquica.

En segundo lugar, si algo emerge con claridad, es que no hay una sola revolución sino varias -aunque sólo conozcamos con cierto detalle los casos ya planteados por Halperin en Revolución y guerra y hoy mejor conocidos-, por lo cual la respuesta habrá de variar también de acuerdo con la diversidad de escenarios regionales, de las estructuras agrarias preexistentes, de las oportunidades -diferenciales- que se les abren a los sectores movilizados.

En el trabajo que discutimos, Raúl Fradkin defiende una perspectiva historiográfica que no suscitará mayores objeciones entre los participantes de esta mesa porque ellos mismos han escrito trabajos afines. Se promueve un enfoque "desde abajo" y, en buena medida, los raccontos historiográficos expuestos se organizan a partir del lugar protagónico o secundario que se les asignó a los sectores populares en el proceso revolucionario. El límite es que, admitiendo que hubo no una sola revolución sino varias, la caracterización de esos actores no siempre podrá ser precisa. En muchos casos, sencillamente, no sabemos quiénes son, o mejor, quiénes eran antes de que la gran caja de Pandora que para muchos fue la revolución se abriera. Ya que, en efecto, una de las consecuencias indudables e imprevistas de la revolución es que los sectores sociales subalternos empiezan a contar, aunque más no sea a través del número. Desde temprano son convocados para dirimir conflictos intraelite y para asegurar, mediante la ampliación de la representación política, la legitimidad de las nuevas instituciones que van surgiendo. Pero sobre todo, es el esfuerzo gigantesco de la guerra lo que los torna imprescindibles. La guerra crea necesidades que nunca pueden ser cubiertas, pero a la vez es una máquina de crear nuevos derechos, de forzar una imprevista democratización.

***

El texto de Raúl Fradkin es fundamentalmente un texto historiográfico, que construye las genealogías de las perspectivas hoy vigentes y las contextualiza en discusiones académicas de más amplia escala. A su juicio, sólo dos interpretaciones romperían con una tradición de antigua data centrada en los actores: la de Tulio Halperin Donghi y la de José Carlos Chiaramonte. Ambas posiciones parten de afirmar que la revolución comienza por causas exógenas y sus interpretaciones son estructurales, esto es, permiten pensar los procesos que se abren en el largo plazo, apuntando a las grandes inflexiones. Hay también desacuerdos y contrastes en estas posiciones: Halperin enfatiza el pasaje de una hegemonía mercantil a otra terrateniente, mientras que Chiaramonte insiste en la continuidad de la hegemonía mercantil, especialmente en el caso correntino por él profundizado.

Yo agregaría algo más: en Halperin hay una insistencia en remarcar la excepcionalidad del caso rioplatense en el cuadro de las independencias latinoamericanas. La militarización y los inicios de una "carrera de la revolución" a partir de 1806 y 1807, la experiencia temprana de milicias capaces de convertirse en actores políticos, la embriagadora sensación de hacer de un héroe popular de la reconquista el virrey del Río de la Plata, le habilitan a la revolución porteña posibilidades de perduración y un curso diferente de las otras revoluciones, a todas luces excepcional.

Fuera de estas dos interpretaciones, las únicas que, siguiendo a Raúl Fradkin, vincularían actores y orden social, la historiografía se habría centrado más en los actores y es en este punto donde nuestro expositor traza sus genealogías y organiza los aportes en dos grandes grupos. Habría que ver si quienes se han ocupado más directamente de la política y las instituciones se reconocen en las filiaciones propuestas por él: es un afán polémico del trabajo que la composición de esta mesa no permita quizá recoger.

La figura central de la historiografía americanista que propone la "otra perspectiva" (pensada desde la composición dominante de esta mesa) es la de François-Xavier Guerra. Como todos sabemos, en su obra se parte de la hipótesis de un proceso revolucionario único, por lo cual priman en el análisis las similitudes entre las sociedades y las revoluciones ibéricas y americanas, así como entre las mismas revoluciones americanas. Hay en Guerra una mirada alternativa a la de Halperin, la que primaba en mi época de estudiante, y que se manifiesta en por lo menos tres niveles que hacen: 1) a la naturaleza de la monarquía hispánica; 2) a la caracterización del vínculo colonial; y 3) a la evaluación de los alcances y de las implicancias de la ruptura revolucionaria.

Respecto de lo primero, Guerra está pensando en una monarquía plural, con una fuerte tradición pactista de la que América participa casi en pie de igualdad. Ni siquiera con los Borbones, siguiendo a Guerra, concluiría la monarquía compuesta. Como sostiene textualmente ese autor, "los reinos de Indias son el último y más fuerte baluarte del pactismo y de la antigua estructura plural de la Monarquía, hasta el punto de que la principal distinción entre las 'Españas' de finales del XVIII será la que separe la España peninsular de la España americana."

En un marco como el expuesto, es esperable una perspectiva minimizadora del vínculo colonial. La priorización de las relaciones políticas y del vocabulario jurídico deja de lado por completo el vínculo económico que supone el coloniaje. Las revoluciones, en consecuencia, no pueden leerse como procesos anticoloniales, y ése es el tercer nivel que anticipé. La retroversión de la soberanía (las juntas locales representan a "los pueblos") hecha en las colonias en nombre del rey preso, resulta de esta manera un fenómeno de delegación casi "natural". La verdadera ruptura llegará junto con la demanda de igualdad de representación, demanda, no obstante, inscripta en un imaginario tradicional que concebía "a la única nación española como compuesta por reinos con iguales derechos." Por lo tanto, llevando esta tesis al extremo y acercándonos a posturas contrafácticas, podría afirmarse que el surgimiento de las repúblicas independientes se debió en definitiva a un malentendido que lamentablemente no fue zanjado a tiempo.

El otro eje que aparece rescatado con más claridad en el trabajo de Raúl es el que opone elites culturales y sectores plebeyos, las primeras modernas y más cercanas a sus homónimas hispanas; los segundos tradicionales y heterogéneos. Esta complejidad social es, por otra parte, la que para Guerra produce la verdadera diferencia entre el mundo hispano y el colonial. La modernidad afecta, entonces, a las elites culturales y pasa por el surgimiento de nuevos espacios de sociabilidad, de un vocabulario político también nuevo o por la resignificación del lenguaje antiguo. En la medida en que los sectores plebeyos no entran en esos ámbitos ni escriben ellos mismos, quedan casi excluidos del análisis.

Al colocar a las revoluciones en el plano de las mutaciones culturales, Guerra termina aportando una lectura que privilegia las continuidades por encima de los cambios. Hay un priorizar elites de relativa homogeneidad por sobre sectores populares profundamente heterogéneos. Gracias a este tipo de recorte, es posible elaborar un modelo a escala continental (y en esto reside en buena medida su atractivo).

¿Hasta qué punto las perspectivas de la historia política en la historiografía argentina han sido influenciadas por las de Guerra o se reconocen filiadas en su producción? No estoy segura de que la impronta de esta perspectiva "desde arriba y desde el centro", como la llama Fradkin, haya sido tan influyente en nuestra historiografía, más allá de que se trate de un modelo eficaz y atractivo y de que la historia política haya, en efecto, desplazado de forma gradual a la historia social. En mi opinión, si el modelo de Guerra ha tenido menos impacto del que cabría esperar, es precisamente por el carácter excepcional de la revolución porteña que ya Halperin había destacado. Por cierto, la revolución porteña no era la única a considerar ni puede pensarse como modelo. Sin embargo, el marco de Guerra tampoco ha sido el elegido para estudiar las "otras" revoluciones del ex virreinato platense.

A la historia política e institucional "desde arriba", Raúl Fradkin le opone una alternativa, una historia popular o "desde abajo", vertiente que ha ido adquiriendo en los últimos años un notable vigor en la Argentina, en buena medida gracias a los trabajos de Fradkin mismo y de los historiadores convocados a esta mesa. Más allá de nuestro país, el enfoque de Van Young sería paradigmático de esta perspectiva "desde abajo y desde la periferia", que permitiría vislumbrar "otras revoluciones" paralelas a la "oficial", con sus propios objetivos y motivaciones.

La "resocialización de la historia política" a la que Fradkin aspira partiendo de nuevas bases -por un lado, las sentadas por los desarrollos historiográficos más recientes; por el otro, regresando a planteos más globales, como los de Halperin y Chiaramonte- implica defender la validez de la pregunta que recorría la historiografía de los años setenta: ¿en qué medida cambia el orden social con la revolución? O, ¿cuánto de revolucionario hubo en ella?

Quienes nos encontramos sentados a esta mesa, de una manera u otra, tenemos alguna afinidad con esta perspectiva, que es la que Fradkin considera más rica y apropiada en la medida en que, como él sugiere, permite también aproximarse a las revoluciones que no fueron, las que abortaron o no llegaron a cuajar. Quizá retomando a Van Young, pero incluso al mismo Guerra cuando apuntaba a las diferencias entre España y América, mirar desde abajo es sobre todo introducir una variabilidad mayor a diferentes niveles. Variabilidad que ya había planteado Halperin en el capítulo "El marco del proceso" de Revolución y guerra, y que se manifiesta en la diversidad de la composición social y étnica de los sectores plebeyos que habitaban las distintas regiones del virreinato y que, más y menos voluntariamente, se vieron involucrados en las guerras que siguieron y acompañaron el proceso revolucionario.

El obstáculo fundamental que se interpone para reconstruir esa historia es que los sectores subalternos nos resultan casi desconocidos para algunas regiones del Interior, incluso para el período colonial, que es el período de los "archivos ordenados".

Dos vías de ingreso a la cuestión se sugieren en el texto. Por un lado, la que habilita la historia agraria (más desarrollada en otro trabajo del autor) y que quizá fue el primer sendero que Raúl Fradkin (como también Sara Mata) transitaron. Leyendo este trabajo recordaba que hace varios años Carlos Mayo propuso un ejercicio que tenía mucho que ver con esto: analizar el devenir y la participación de la población rural en las revoluciones a un lado y al otro del Río de la Plata, apuntando a las estructuras agrarias tardo-coloniales para las dos regiones. ¿Por qué la campaña de Buenos Aires se mantuvo pasiva y la de la Banda Oriental acompañó a Artigas? Para Mayo, la "democracia agraria" de la campaña porteña y la polarización social de la uruguaya eran una variable explicativa relevante para entender actitudes tan opuestas. Pensando en estos términos, hoy es posible sostener con amplia evidencia la "imagen más pluralista de la sociedad rural" que Fradkin, basándose en un consistente desarrollo historiográfico, postula para Buenos Aires. Estos campesinos porteños parecen haber vivido en condiciones privilegiadas respecto de sus homónimos de ciertas zonas del Interior que, no por nada, venían migrando hacia el Litoral desde mucho antes que el proceso revolucionario se iniciase. Que había más razones y condiciones favorables para una insurgencia campesina en las zonas mediterráneas, de eso tenemos pocas dudas. Los bolsones de población oprimidos por la presión demográfica o la existencia de verdaderos conflictos entre población y recursos eran situaciones desconocidas en el Litoral y relativamente comunes en, por ejemplo, las regiones del Interior que mejor conozco: Santiago y Los Llanos riojanos. La guerra, sabemos, afecta al Interior de manera cruel, dura más, saquea sus recursos materiales y humanos. Incluso los derechos ganados a partir de la revolución y gracias a la guerra terminan, en buena medida, por perderse cuando se impone "el orden", en un contexto en que las brechas entre Interior y Litoral no hacen más que profundizarse. Sin embargo, hasta donde llegan mis conocimientos, sólo para parte de Salta y Jujuy las modalidades de esa insurgencia campesina son realmente conocidas.

La segunda vía es la del ejército y las milicias. Como es sabido, estos fueron ámbitos privilegiados de participación plebeya así como espacios de formación de identidades políticas y sociales. En un contexto en que las diferencias regionales se profundizaban, la movilidad geográfica de los ejércitos contribuyó a recrear nuevas identidades, cuyos contenidos aún desconocemos. Pero, dado que entre los participantes de esta mesa hay varios especialistas en la cuestión, prefiero dejarles la palabra.