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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

Print version ISSN 0524-9767

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  no.33 Buenos Aires Jan./Dec. 2011

 

ARTÍCULOS

Cambio económico y desigualdad. La revolución y las economías rioplatenses

 

Jorge Gelman

Instituto de Historia Argentina y Americana "Dr. Emilio Ravignani" - Universidad de Buenos Aires - CONICET

 

El año 2010 no permite hacer un balance muy optimista de la evolución económica argentina en el largo plazo, especialmente del último medio siglo. Se trata de un período caracterizado por etapas de estancamiento o agudas crisis, alternadas con procesos de crecimiento, que en suma no permitieron al país mantener el lugar que había logrado conquistar en los inicios del siglo XX, con la instalación de una pobreza que parece estructural y un aumento en los niveles de desigualdad, inéditos en la historia económica argentina.

La situación era bastante distinta hacia el primer centenario. Si bien fue un punto marginal de la economía del mundo durante la etapa colonial, cien años después de la Revolución de Mayo la Argentina podía enorgullecerse de estar entre los primeros países del mundo por su renta per cápita, y se destacaba en América Latina por reunir en las primeras décadas de ese siglo cerca del 13% de su población total, el 30% de su PBI, otro tanto de sus líneas férreas o más del 50% de su parque automotor. Casi todo incitaba entonces al optimismo, a la percepción de un destino de grandeza para el país y sus gentes, y esa misma visión impregnaba las indagaciones sobre su pasado.

Las primeras inquisiciones historiográficas sobre el desarrollo económico argentino de largo plazo se han caracterizado, en general, por cierto optimismo por su destino, así como por una visión de continuidad, según la cual el país estaba sentenciado al desarrollo agroexportador, que le auguraban un crecimiento ininterrumpido y un futuro de prosperidad. Y esto era así desde los tiempos coloniales, pese a las trabas que la dominación metropolitana imponía a las fuerzas de su naturaleza.

Como en muchos otros temas, quien seguramente más contribuyó a fundar esta imagen de destino manifiesto y continuidad ascendente fue Bartolomé Mitre. Frente a algunas opiniones críticas sobre el desarrollo económico argentino previo (como la de Sarmiento, para quien la inmensidad del espacio y la abundancia ganadera eran la cuna de casi todos los males del país: el atraso, la desigualdad, el despotismo), Mitre consideraba que estos factores habían sido su suerte, y que la ganadería extensiva era la forma racional de utilización de sus recursos. Esto le había permitido a Buenos Aires, como señaló en un conocido discurso en Chivilcoy en 1868, alcanzar con una población que era la cuarta parte de la de Chile una producción similar, y al país poblar los desiertos, vencer a los indígenas.1

En su Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina, Mitre encuentra durante el período colonial las raíces históricas no sólo de la Nación Argentina, sino también de su destino de progreso económico que constituye su parte inalienable. Sobre todo en el Litoral y en Buenos Aires, donde pese a la naturaleza atrasada y despótica de la dominación española se despliega una economía abierta y dinámica, una población poco atada a las trabas que le impone esa dominación, con espíritu mercantil, donde prevalecen los méritos del esfuerzo personal por encima de los privilegios estamentales, cierto igualitarismo, etc.

Esta visión de Mitre (antes no era unánime, ni quizá mayoritaria2) irá impregnando las visiones de la historiografía que le sucede de manera bastante consistente, hasta bien avanzado el siglo XX. Aunque es verdad también que la crisis del modelo agroexportador y del régimen liberal desde los años treinta va a promover búsquedas en el pasado de alternativas a la experiencia económica dominante durante el siglo XIX, experiencia que en algunas de estas nuevas visiones habría arruinado una opción de desarrollo económico más apoyada en las economías del Interior, en la "industria nacional", para algunos ya existente durante la colonia, etc.3

En cualquier caso, dos hitos importantes de la historiografía económica argentina del siglo XX (las Investigaciones acerca de la historia económica del Virreinato del Plata, de Ricardo Levene, publicadas por primera vez en 1927; y la Historia económica de la ganadería argentina, de Horacio Giberti, de 19544) comparten una visión que podríamos llamar "mitrista" del desarrollo económico argentino, al menos en el sentido de señalar una fuerte continuidad en la historia económica local desde tiempos coloniales que, pese a las trabas impuestas por la monarquía hispana, conseguía desarrollarse y marcar así con profundidad los rasgos típicos de la economía argentina desde los tiempos más remotos.5

Recién en los años sesenta aparecen algunas voces que irán señalando un cambio radical en esta interpretación del desarrollo económico argentino de largo plazo, aunque su impacto historiográfico se empezará a manifestar sobre todo desde los años setenta y ochenta.

Las dos más significativas, por lo acabado de las interpretaciones que proponen y por la influencia historiográfica posterior, me parece que son las de Carlos Sempat Assadourian y Tulio Halperin Donghi. El primero destacó la originalidad del sistema económico colonial —y su alteridad radical en relación con el agroexportador del siglo XIX—, quebrando la mirada de continuidad entre la colonia y la revolución. Su conocida interpretación, basada inicialmente en un estudio sobre la economía cordobesa de los siglos XVI y XVII, subrayaba el peso del mercado interno colonial, y dentro del mismo, de la minería andina como eje articulador y motor de las economías regionales en la primera etapa. Más adelante estudió la economía de Córdoba en la primera mitad del siglo XIX, encontrando la crisis de ese sistema y las consecuencias substanciales de ello en las estructuras sociales y en la dinámica económica de la provincia mediterránea.6

Al segundo autor debemos unas páginas centrales sobre la "expansión ganadera" de Buenos Aires en la primera mitad del siglo XIX, que en su interpretación implicaba un cambio fundamental en la economía y en el carácter de las elites porteñas en esa etapa, así como un análisis inteligente de las dificultades que debieron atravesar casi todas las economías del Interior, ante la fractura del espacio colonial, la crisis de la minería andina y los costos de las guerras.7

Estas obras han tenido gran trascendencia en la reinterpretación de la historia económica del período aquí tratado, y se podría decir que casi toda la historiografía que les sucedió partió de sus supuestos.

Especialmente fecundos han sido los estudios sobre el período colonial tardío, que en todos los casos —y aprovechando la cuantiosa documentación generada durante la administración borbónica— han mostrado sociedades agrarias y mercantiles dinámicas, compuestas por actores muy diversos y orientadas centralmente a producir un conjunto de bienes que se pudieran vender en los mercados andinos, aunque de un modo progresivo dichos mercados se fueron multiplicando. Sobre todo a medida que avanzaba el siglo XVIII, la ciudad de Buenos Aires se fue convirtiendo en una alternativa para muchas regiones rioplatenses que tenían dificultades crecientes para colocar sus excedentes agrarios en la región andina. Pero aun, las economías del Litoral y entre ellas la que rodeaba a su principal puerto —Buenos Aires— tenían como norte principal la producción de bienes agrarios y artesanales para abastecer a sus mercados locales y a otros del espacio interior. El sector agrario de Buenos Aires, hoy conocido en detalle, si bien no dejaba de aprovechar las posibilidades de exportar cueros y derivados pecuarios que le brindaba la llegada de numerosos buques mercantes que traían esclavos y mercancías europeas en busca de metales preciosos, tenía como objetivo central de sus actividades el abasto de carne, trigo y productos de huerta al propio mercado de la ciudad, así como el envío de mulas a los mercados andinos. Y de hecho, las elites de Buenos Aires se dedicaban poco a una u otra actividad rural, ya que su principal negocio residía en la articulación del enorme espacio virreinal para colocar las mercancías que entraban por el puerto (o que producían las más diversas regiones americanas) en sus distintos mercados, en busca del oro y la plata que alimentaban el 80% del comercio exterior de Buenos Aires, aun en las postrimerías de la dominación colonial.

Dentro de ese esquema, las únicas excepciones eran dos territorios colonizados muy tardíamente, Entre Ríos y la parte norte de la Banda Oriental del Uruguay, cuyas economías conocieron una suerte de expansión ganadera en la segunda mitad del siglo XVIII y dependían en alta medida de las exportaciones pecuarias por el Atlántico. Pero se trataba con claridad de dos excepciones (aunque importantes) en un cuadro en que aún Santa Fe o Buenos Aires, por no decir Corrientes, tenían a los mercados internos como eje.

La centralidad que la minería de plata y los mercados interiores tenían para casi todas las regiones rioplatenses provocaba un conjunto de consecuencias importantes. La que me interesa destacar aquí es que ello inducía movimientos más o menos homogéneos en esas distintas economías regionales. En la medida en que todas ellas destinaban buena parte de sus recursos a la producción de bienes que pudieran ser vendidos con provecho en los mercados andinos y/o en otros mercados interiores, la salud de dichos mercados imponía un ritmo más o menos igual para todas. El propio Assadourian ha escrito muchas páginas al respecto, explicando cómo la minería, siendo el "sector dominante" o el "polo de arrastre", determinaba en última instancia la salud económica de todas las regiones del espacio a ella vinculado. De esta manera, señaló una etapa de expansión agraria que parece haber caracterizado a casi todas las regiones del "espacio peruano" con la primera gran expansión minera de Potosí a finales del siglo XVI e inicios del XVII, así como una larga crisis subsecuente, la "crisis del XVII", cuando el centro minero empezó su ciclo de caída.

Este esquema es evidentemente falible y los estudios puntuales posteriores han mostrado numerosas excepciones que deben ser incorporadas al cuadro de conjunto, pero no han quitado fuerza explicativa a un modelo que permite comprender fenómenos que se pueden observar en casi todo el espacio colonial.

De la misma manera, se puede ver durante la segunda mitad del siglo XVIII un movimiento calificable como de crecimiento económico, que parece caracterizar a casi todo el nuevo Virreinato del Río de la Plata, como en general sucede en todo el mundo colonial hispánico. Una de las pocas formas de observar esta situación es a través de los diezmos agrarios que, aunque con problemas, permiten seguir de alguna manera la evolución del producto agrario.8

Según los datos que conocemos para el período borbónico, prácticamente todas las regiones de la futura Argentina aumentaron su producción agraria, en varios casos de manera significativa, a la par que aumentaban los intercambios comerciales interregionales y también las exportaciones por el Atlántico.9

En cualquier caso, vale la pena mencionar que dentro de este esquema había algunas regiones privilegiadas por una dotación de factores y una geografía que les permitían combinar la producción destinada a los grandes mercados interiores con la orientada a mercados externos, menos sujetos a los vaivenes —a veces brutales— de la producción de plata y de los precios en los mercados interiores. Se trata, principalmente, de las regiones del Litoral, que sumaban ambos tipos de mercados, y eso les podía permitir moderar los efectos más negativos de las crisis mineras y de los mercados interiores, y a la vez sumar el poder de estos últimos en sus etapas de auge con la fuerza más regular de los mercados externos.

De esta manera, Buenos Aires, Santa Fe y —en las últimas décadas del siglo XVIII— la Banda Oriental y Entre Ríos, conocen procesos de crecimiento que sin ser radicalmente distintos a los de las economías interiores, parecen tener mayor continuidad y ritmos más intensos.

Pero en suma, esta diferencia no parece haber producido en la segunda mitad del XVIII una divergencia importante, en el sentido del movimiento económico de las distintas regiones que poco después pasarían a integrar las Provincias Unidas del Río de la Plata. Esta historia cambiará, a veces de un modo radical, después de la revolución. Por desgracia, la calidad y cantidad de información que poseemos sobre este proceso para las primeras décadas que siguen a la caída del orden colonial es mucho menor que para la etapa previa. La debilidad de los estados poscoloniales, la intensidad de las guerras y el desorden y la discontinuidad administrativos hacen que carezcamos de información seriada y confiable para la mayoría de los fenómenos económicos hasta bien avanzado el siglo XIX.

De cualquier manera, disponemos de buenos estudios sobre el comercio exterior por Buenos Aires y en algunos casos del comercio interprovincial (que podemos considerar también exterior por la autonomía de los estados provinciales durante la mayor parte del la primera mitad del siglo XIX), una de las pocas actividades sobre las que los gobiernos intentaron ejercer un mayor control, dada la dependencia que tenían del comercio para asegurarse la mayoría de los ingresos fiscales. Igualmente, en algunos casos disponemos de buenas monografías provinciales o de menor escala espacial, que lograron medir otros fenómenos económicos, gracias a un uso intensivo de múltiples fuentes parciales, públicas y privadas, de manera de compensar por la vía del cruce documental la carencia de buenas fuentes oficiales. Esto es verdad sobre todo para el caso de la campaña de Buenos Aires, y en alguna medida, para las provincias de Córdoba, Entre Ríos, Corrientes, y poco más.10

En todo caso, si tomamos las cifras del comercio exterior por Buenos Aires, resulta evidente que presenciamos un importante crecimiento de las exportaciones pecuarias, consideradas aún en términos per cápita, que —aunque a saltos— tienen una tendencia firme y permiten compensar la caída de las exportaciones metálicas y asegurar crecientes importaciones. Esto resuelve, por otra parte, un problema central de los gobiernos de Buenos Aires, ya que les aseguran un flujo en aumento de ingresos fiscales, basados en los impuestos a las importaciones. Pero este crecimiento de las exportaciones pecuarias porteñas, ¿expresa un crecimiento de la economía del conjunto del territorio rioplatense?

Todo indica que no. Tenemos cifras detalladas sobre el origen de las exportaciones porteñas, y hasta mediados del siglo, ellas se originan al menos en un 70% en la campaña de Buenos Aires, siendo sólo el resto oriundo de otras provincias. Y si en los años treinta, una provincia central en el esquema económico virreinal como Córdoba lograba participar con porcentajes que llegaban a cerca del 7% del total exportado, junto a algunas del Litoral como Entre Ríos o en menor medida Corrientes, a medida que avanza el siglo, Córdoba va perdiendo su limitada participación y ese lugar es ocupado casi exclusivamente por las provincias del Litoral.11

Es decir que al menos en lo que este circuito económico expresa, se puede observar que durante este período, en primer lugar, en Buenos Aires y algo más tímida y tardíamente en el Litoral, se produce una expansión económica que está vinculada con la importancia creciente del mercado atlántico y la ubicación geográfica estratégica cerca de las vías navegables. Ello les permite emprender una expansión ganadera que aprovecha de manera bastante óptima la dotación de recursos disponible, especialmente la posibilidad de expansión fronteriza que les autoriza a desarrollar una producción extensiva en tierra barata, con escasa mano de obra y baja inversión de capitales.

La nueva división internacional del trabajo que está promoviendo la revolución industrial en el norte del Atlántico generó una mejora prolongada en los términos de intercambio para el Río de la Plata (como para otras zonas del mundo), que le aseguraba ingresos crecientes por la baja más que proporcional de los precios de los bienes manufacturados. En el mismo sentido actuaban la baja en los transportes marítimos y la libertad de comercio, que aseguraban a los productores y comerciantes locales un precio más alto para sus productos, cercano al de los principales mercados de destino.

Sin embargo, estos cambios no parecen haber actuado de manera favorable en la mayoría de las regiones interiores. Éstas no sólo no lograban insertarse con eficacia en los circuitos económicos internacionales del siglo XIX, sino que además habían perdido de manera drástica y por mucho tiempo los mercados interiores que permitían una salida a sus producciones.

En primer lugar, la minería altoperuana sufre una caída profunda de la cual no se recupera en toda la primera mitad del siglo. La producción de plata boliviana cae hasta la década de 1840 de forma ininterrumpida hasta un nivel del 34% del que estaba a inicios del siglo XIX y todavía está al 45% de ese nivel en los años cincuenta.12

Este debilitamiento de los mercados mineros andinos se ve agravado por la crisis del espacio político que produce la revolución y el desarrollo de largas guerras que dificultan enormemente las transacciones entre esos espacios.

De todos modos, como han demostrado numerosos trabajos, ni las guerras, ni la destrucción del espacio político hispánico impiden que cada una de las regiones intente —y logre en alguna medida— reconstruir esos u otros circuitos del comercio interior antes colonial y ahora entre espacios que constituyen estados provinciales autónomos o países independientes.

Sabemos bien que Salta o Jujuy siguen comercializando productos diversos en el Alto Perú devenido Bolivia, que sus comerciantes alcanzan los puertos del Pacífico en donde compran productos importados y colocan otros locales o que han conseguido en diversas regiones. Sabemos también que diversas provincias del frente andino logran eludir lo peor de la crisis de los mercados internos, insertándose en circuitos de comercio con y a través de Chile, región que también conoce un proceso de crecimiento económico importante desde los años veinte y treinta. Así, por ejemplo, Mendoza parece gozar de buena salud económica como principal intermediario de este circuito y reorientando su economía desde la vid hacia la alfalfa, o los Llanos riojanos aprovechan su capacidad de cría de ganado para sobreponerse a las viejas regiones más campesinas y orientadas a los mercados internos.

Sin embargo, en suma, es difícil suponer que la mayoría de las economías interiores lograra compensar la tremenda crisis de los mercados andinos por esta vía, y como vimos, tampoco pudo insertarse en el circuito atlántico, el único que en este contexto adquiere una dinámica exponencial. Además, muchas de estas regiones interiores estaban perdiendo de un modo progresivo la posibilidad de colocar parte de su producción en los mercados del litoral y especialmente de Buenos Aires, que a fines de la colonia se había convertido en un mercado importante para diversos sectores económicos regionales. Ese parece ser el caso de los caldos cuyanos, reemplazados de manera drástica por los que llegan de Europa, o el caso de los textiles primero de algodón, luego de lana, que llegan cada vez más a Buenos Aires desde las nuevas industrias del norte del Atlántico, y que ponen en jaque la producción artesanal de diversas provincias que encontraban en el puerto una salida para su producción.

Por supuesto, todo lo dicho requiere todavía de mucha investigación que trate de poner cifras certeras a estas afirmaciones, que parten de unos pocos estudios y de mucha especulación sobre fenómenos que parecen estar sucediendo. En todo caso, lo que conocemos hasta ahora permite afirmar de manera razonable que luego de la revolución el fenómeno más destacado de las economías del territorio argentino no es ni el crecimiento, ni la crisis, sino la divergencia. Es decir que lo característico, a diferencia del período colonial, es que a algunas regiones (notablemente a Buenos Aires y en segundo lugar al litoral) les va razonablemente o muy bien, mientras que a otras (la mayoría del Interior, aunque necesitamos con urgencia más monografías regionales) les va moderadamente o muy mal.

De esta manera, el signo de los tiempos es la divergencia regional y la generación de una Argentina macrocefálica, con un Buenos Aires que pasa con rapidez a concentrar lo principal de la riqueza del territorio y cada vez más de su población. Y si bien el desarrollo futuro corregirá parcialmente algunos de estos rasgos, se perfila aquí uno central que parece ya irreversible.

Cuadro 1
Participación de las regiones argentinas en el diezmo (1796-1800) y en la riqueza (1864)

Cuadro 2
Población, diezmo y riqueza de las regiones (1800-1864/1869)

Cuadro 3
Distancia entre Buenos Aires y el resto de las provincias. Producto total y per cápita

Notas

1 Discurso pronunciado el 25 de octubre de 1868, reproducido en Tulio Halperin Donghi, Proyecto y construcción de una nación (1846-1880), Ariel, Buenos Aires, 1995, pp. 568-580.         [ Links ]

2 Más bien hay toda una tradición que se remonta a los ilustrados tardo-coloniales, de crítica del desarrollo económico rioplatense y de promoción de la agricultura —en contraposición con la ganadería o la minería—, que en cierta medida retoma Sarmiento tardíamente. Es verdad que también algunas voces importantes explican la lógica del desarrollo ganadero, como Félix de Azara, o la defienden en nombre de los hacendados de inicios del XIX, como Mariano Moreno. Ver algunos ejemplos en José C. Chiaramonte, La Ilustración en el Río de la Plata. Cultura eclesiástica y cultura laica durante el Virreinato, Buenos Aires, Puntosur, 1989;         [ Links ] o en Ciudades, Provincias, Estados: orígenes de la Nación Argentina (1800- 1846), Ariel, Buenos Aires, 1997.         [ Links ] También en Halperin, op. cit.

3 Esto es particularmente cierto para el llamado revisionismo histórico, pero también impregna visiones históricas más profesionales, entre las cuales se cuentan las de algunos miembros destacados de la Academia Nacional de la Historia.

4 Revisada en 1961 y reeditada varias veces en los años 1960, 1970 y 1980, cuando continuaba siendo todavía el manual de referencia sobre el desarrollo agrario argentino.

5 Citemos algunos párrafos significativos de la obra de Ricardo Levene: "La riqueza del virreinato estaba fundada en la ganadería. Sin desconocer el valor adquirido por algunas industrias y la agricultura, acerca de cuyo tema se hablará más adelante, el desarrollo de la ganadería constituye la fuente de su bienestar y el hecho que destaca su significación." (p. 303). Esta impronta se sumaba a un uso bastante poco metódico de la reconstrucción cuantitativa de las variables económicas. Así, en la p. 309, señala: "Hasta la época en que dictaron los Reglamentos del comercio libre (1778), la exportación anual de cueros se calculó en ciento cincuenta mil, a partir de esa fecha subió rápidamente hasta ochocientos mil, y después de la paz de Versailles (1783), se exportaba anualmente un millón cuatrocientos mil cueros." La historia económica reciente ha logrado reconstruir los flujos comerciales del período y si bien es cierto que en algunos años sueltos se pudieron exportar cantidades cercanas a las aludidas por Levene, sabemos bien que fueron excepciones producidas por coyunturas de corte del tráfico que el año de reapertura del mismo permitía un nivel de exportación excepcional, y que al siguiente volvía a las más modestas que caracterizaron todo el período virreinal. Las citas son de Ricardo Levene, Investigaciones acerca de la historia económica del virreinato del Plata, publicado como T. II de Obras de Ricardo Levene, Buenos Aires, Academia Nacional de la Historia, 1962.         [ Links ] Horacio Giberti retoma en gran medida esta y otras obras del mismo tipo para reconstruir los principales rasgos del desarrollo agrícola y ganadero argentino durante el período colonial y la primera parte del siglo XIX. Así, señala que la política española de navíos de registro de mediados del siglo XVIII cambia la perspectiva de la economía porteña, la que desde allí "cesa de vivir a expensas del intercambio entre el Interior y Europa [...] El Interior principia entonces a vivir de las migajas del intercambio bonaerense." (pp. 40-41). En la p. 43 cita las cifras de exportación de cueros de Levene de fines de la colonia para justificar una imagen de temprano desarrollo ganadero. Obviamente este desarrollo se acompañaba en la visión del autor del de una clase social que llevaría adelante las banderas de la libertad de comercio y la revolución: "Los ganaderos no habrían de soportar impávidos que el vacilante poder de los monopolistas trabara sus ansias expansivas. Constituían los hacendados desde tiempo atrás una clase social con reconocido prestigio y fuerza, tenían ya bien ganados laureles como para participar más decisivamente en el gobierno virreinal". Y más adelante: "En mayo de 1810 estaba el Litoral en un punto culminante de la 'civilización del cuero' según denominara Sarmiento a la época en que ese producto daba casi todo lo necesario para la vida." (p. 73). Por supuesto, para Giberti la agricultura colonial casi no existía, y citando a Juan Agustín García explica: "La agricultura es oficio bajo. En la madre patria arar la tierra es tarea de villanos y de siervos; en América de tontos." (p. 65).

6 Carlos S. Assadourian, "El sector exportador de una economía regional del interior argentino. Córdoba, 1800-1860", en El sistema de la economía colonial, México, Nueva Imagen, 1983, pp. 307-367.         [ Links ] Y el resto de ese libro para el análisis sobre el período colonial, así como varios textos anteriores fundamentales, como "La producción de la mercancía dinero en la formación del mercado interno colonial. El caso del espacio peruano, siglo XVI", en Enrique Florescano (comp.), Ensayos sobre el desarrollo económico en México y América Latina (1500-1975), México, Fondo de Cultura Económica, 1979.         [ Links ] Sus primeras publicaciones sobre la economía de Córdoba son de los años 1960.

7 Lo primero en Tulio Halperin Donghi, "La expansión ganadera en la campaña bonaerense (1810-1852)", Desarrollo Económico, 3:1-2, 1963, pp. 57-110.         [ Links ] Lo segundo en su libro Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972.         [ Links ]

8 No podemos entrar aquí en el larguísimo e inconcluso debate sobre el valor de los datos decimales para conocer la producción agraria. Remitimos en todo caso a Samuel Amaral y José María Ghio, "Diezmos y producción agraria en Buenos Aires, 1750-1800", Cuadernos de Historia Regional, núm. 17-18, Luján, Universidad Nacional de Luján, 1995, pp. 49-86.         [ Links ] Juan Carlos Garavaglia, "Producción cerealera y producción ganadera en la campaña porteña: 1700-1820", en Santamaría, Daniel et al., Estructuras sociales y mentalidades en América Latina. Siglos XVII y XVIII, Buenos Aires, Fundación Simón Rodríguez-Biblos, 1990, pp. 207-240.         [ Links ] Últimamente, María Inés Moraes ha hecho una reevaluación general sobre la utilidad de los diezmos rioplatenses para medir la producción.

9 Hay una importante bibliografía que ha estudiado los diezmos de esta etapa para varias regiones que no podemos citar aquí. Por razones de espacio también omitimos los datos que hemos incluido en el trabajo citado en la nota siguiente.

10 Hemos desarrollado todo esto con mayor abundancia y con la información estadística disponible en el texto: "La gran divergencia. Las economías regionales en Argentina después de la Independencia", que publicará próximamente la Asociación Argentina de Historia Económica. Allí se encuentran también las numerosas referencias bibliográficas que aquí omitimos por un problema de espacio. También existen algunos estudios importantes para Santa Fe, Tucumán, Salta, Jujuy, Mendoza, etc., pero estamos muy lejos todavía de poder pintar un cuadro más o menos sistemático sobre las diversas economías regionales durante la primera mitad del XIX.

11 Miguel Rosal y Roberto Schmit, "Las exportaciones pecuarias bonaerenses y el espacio mercantil rioplatense (1768-1854)", en Raúl Fradkin y Juan C. Garavaglia (eds.), En busca de un tiempo perdido. La economía de Buenos Aires en el país de la abundancia, 1750-1865, Prometeo Libros, Buenos Aires, 2004.         [ Links ]

12 Lo mismo sucede con la minería peruana y la única excepción es la chilena, que de cualquier manera no alcanza a compensar la caída drástica de las otras dos. Ver Carlos Contreras, "La minería hispanoamericana después de la independencia. Estudio comparativo de Bolivia, Chile, México y Perú", en M. Menegus Borneman (comp.), Dos décadas de investigación en historia económica en América Latina. Homenaje a Carlos Sempat Assadourian, México, El Colegio de México / CIESAS / Instituto Mora / UNAM, 1999, pp. 255-283.         [ Links ]