SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número33Las representaciones del pasado: historia y memoriaLa memoria, los historiadores y el pasado índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Articulo

Indicadores

  • No hay articulos citadosCitado por SciELO

Links relacionados

  • En proceso de indezaciónCitado por Google
  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO
  • En proceso de indezaciónSimilares en Google

Bookmark


Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versión impresa ISSN 0524-9767

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  no.33 Buenos Aires ene./dic. 2011

 

ARTÍCULOS

A propósito de las complejas relaciones entre Historia y memoria: el horizonte democrático y los requerimientos de una "nueva orquestación del tiempo"

 

Gerardo Caetano

Universidad de la República - CEFIR - FLACSO

 

1. Del "estallido de la temporalidad" a la articulación cambiante de los tiempos en Historia

En las sociedades contemporáneas de Occidente,1 los marcos generales que rodean este vínculo de los hombres con el tiempo se han vuelto aun más complejos. La actual "fascinación por el futuro" se tensiona con una suerte de "estallido de la temporalidad"2 en momentos en que comienza a emerger -no sin debates- lo que muchos autores como el historiador y ensayista inglés Michael Ignatieff han llamado la cultura de lo instantáneo.

En todos los medios de comunicación -señala sobre el particular este autor- hemos sustituido la narración por el agolpamiento, la coherencia por la incoherencia, la sucesión ordenada por la aleatoriedad y es nuestra memoria quien sufre las consecuencias. La narración es un instrumento nemotécnico: los relatos nos ayudan a recordar los significados a través del tiempo. Cuando desaparece la narración, comienza la amnesia.3

Esta cultura del zapping, que rompe los parámetros más tradicionales de la manera de concebir la dimensión individual y social de la temporalidad, se articula con nuevas pujas entre la Historia y la memoria (nada menos que el viejo e inacabable pleito entre Clío y Mnemosine), al tiempo que también se vincula con nuevos retos para pensar el futuro en el marco de una nueva -y a menudo incierta- orquestación de la temporalidad.

El pasado ya no es garantía del futuro -dice al respecto Olivier Mongin- [...] Esta distorsión de la temporalidad da lugar a una nueva orquestación de las tres instancias del tiempo (pasado, presente, futuro) que influye subterráneamente sobre nuestra actual inquietud: ¿cómo vivir el duelo de la representación histórica del tiempo...? ¿Qué sucede con nuestra "experiencia histórica" cuando el presente, el pasado y el futuro ya no mantienen esa relación sustancial que hasta ayer daba cuerpo a la historia? [Tendríamos que] comprender que nuestra relación "moderna" con el tiempo se ha transformado y que los lazos del pasado, del presente y del futuro ya no son los mismos.4

Como veremos, la reflexión reciente sobre las implicaciones en terrenos diversos de esta reconfiguración abierta de la temporalidad es muy abundante.5

En relación con la Historia, las transformaciones en la temporalidad y sus múltiples consecuencias han resultado sin duda una cuestión clásica en los debates de la disciplina, lo que provocó una gran multiplicidad de reflexiones y estudios por parte de muy renombrados historiadores. De allí que frente a la demanda de, al menos, una aproximación sumaria al punto, comenzar por los maestros no resulte casi nunca una mala ruta. Los "padres" de la llamada escuela francesa de los Annales, Marc Bloch y Lucien Febvre, focalizaron sus estudios en más de una ocasión sobre este tema, tanto en sus textos más teóricos como en sus investigaciones aplicadas. Desde su entrañable y emblemático libro póstumo (y lamentablemente inacabado), Introducción a la Historia,6 Bloch atendió en varios pasajes el tema. Por su parte, Lucien Febvre también transitó por el análisis del problema en cuestión. Detengámonos un instante en alguna de sus reflexiones. En su famosa compilación Combates por la Historia,7 en el "Manifiesto de los nuevos Annales" de 1946 titulado "De cara al viento", el gran compañero de Bloch exponía en tono militante varias convicciones al respecto:

Un hecho es cierto ya desde ahora: vivir, para nosotros y para nuestros hijos, será mañana, es hoy ya, adaptarse a un mundo perpetuamente resbaladizo [...] Sí. Vamos a estar muy amenazados [...] Es preciso acomodarse [...] Hacer balance cada día. Situarse en el tiempo y en el espacio [...] Hablo de la historia. De la historia que no liga a los hombres. De la historia que no obliga a nadie. Pero sin la cual no se hace nada sólido.8

Desde su pasión, Febvre no perdía de vista, sin embargo, la advertencia sobre los peligros del historicismo ("recuerdo de soluciones que fueron propias del pasado y que, en consecuencia, no podrán ser en ningún caso las del presente"), ante el cual reiteraba dos "antídotos" poderosos: 1) poner énfasis en la elaboración de teoría científica rigurosa;9 y 2) rechazar la vía del "olvido creador" nietzscheano pero "aligerar", desde la reflexión y de la investigación disciplinaria, las cargas del pasado. Sobre este último asunto, Febvre señaló:

Un instinto nos advierte que no nos dejemos hipnotizar, hechizar, absorber por (el) pasado [...] ¿Qué hacen [...] las sociedades humanas para detener este peligro? Unas, [...] las menos exigentes mentalmente, han dejado caer todo en la sima del olvido; dejémoslas con su miseria [...] La historia [...] es un medio de organizar el pasado para impedirle que pese demasiado sobre los hombros de los hombres [...] Es en función de la vida como la historia interroga a la muerte.10

Pero correspondió en verdad al historiador alemán Reinhart Koselleck el haber encarado en forma más directa y global el tópico de la relación en Occidente entre el pasado y el futuro. En particular, aunque no exclusivamente, fue en su célebre texto Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, en el que Koselleck abordó lo que él mismo denominaba el intercambio central entre "experiencia y expectativa". Dice el historiador alemán en algunos de los pasajes más significativos de su texto: "En cada momento presente las dimensiones temporales del pasado y del futuro se remiten las unas a las otras. La hipótesis es que en la determinación de la diferencia entre el pasado y el futuro [...] se puede concebir algo así como el 'tiempo histórico'".11 A partir de un estudio erudito de las nociones de futuro correspondientes a las generaciones pasadas europeas (lo que él llamaba precisamente el "futuro pasado") y con una especial consideración del proceso de "distanciamiento entre la conciencia política del tiempo del principio de la modernidad y la escatología cristiana" (que él ubicaba históricamente durante la Ilustración y, más precisamente, como consecuencia directa del impacto de la "Revolución Francesa"), Koselleck va revisando en forma pormenorizada a lo largo de su obra la modificación de las concepciones del vínculo entre pasado y futuro en Europa desde Lutero a Robespierre. En esa dirección, focaliza su atención en el pasaje, por cierto sin secuencias rígidas, entre la "profecía apocalíptica" de sesgo religioso y el "pronóstico" como cálculo y principio de construcción política.

Quien liberó -señala el historiador alemán- el comienzo de la modernidad de su propio pasado y también abrió con un nuevo futuro nuestra modernidad fue, sobre todo, la filosofía de la historia [...] El tiempo histórico no es el pasado, sino el futuro que hace diferente lo similar. De este modo, Reinhard reveló el carácter procesual de la historia moderna en la temporalidad que le es propia y cuyo final es imposible de prever [...] El ilustrado consecuente no toleraba ningún apoyo en el pasado. El objetivo que explicaba la Enciclopedia era acabar con el pasado tan rápidamente como fuera posible para que fuera puesto en libertad un nuevo futuro.12

Sin embargo, en su recorrida por la historia europea Koselleck registraba cómo en esa búsqueda imperiosa tras una "muerte" del pasado que "liberara" el futuro, aquellos hombres encontraron en cambio lo que calificó como la "futuridad del pasado" (la idea de que "el pronóstico implica un diagnóstico que introduce el pasado en el futuro"). Ello no se tradujo de su parte en una ratificación de la concepción ciceroniana de la Historia Magistra Vitae, sino antes bien lo hizo converger en el señalamiento sobre la gradual disolución de ese topos de la antigüedad helenística. Según Koselleck, fue desde los "criterios históricos del concepto moderno de revolución" que se llegó al reconocimiento de la auténtica "prognosis histórica".

La década de 1789 a 1799 fue experimentada por los que actuaron en ella como la irrupción de un futuro que nunca había existido antes [...] De hecho, la revolución libera un nuevo futuro, sea progresista o catastrófico, y del mismo modo un nuevo pasado que se condensó como objeto especial de la ciencia crítico-histórica al ir haciéndose extraño. Progreso e historismo, aparentemente contradictorios, nos ofrecen un rostro de Jano, el rostro del siglo XIX.13

El descubrimiento de que la Historia podía servir a los ejercicios de Prospectiva, la convicción de que hurgar de una manera especial sobre los procesos del pasado podía contribuir a la reflexión y aun a la construcción de escenarios-horizontes posibles de futuro ("futuribles", en la jerga de la Prospectiva contemporánea), de inmediato -como hemos anotado- recogió la réplica clásica acerca de los "peligros del historicismo". Éste, por otra parte, podía encontrar estímulos para "resucitar" por el impacto de algunas claves del contemporáneo "estallido de la temporalidad" de las últimas décadas o en ancas de la llamada "memorialización" de la filosofía "posmoderna".14

2. Los "usos públicos" de la temporalidad en la construcción de la política democrática

También desde el campo de la Filosofía Política y aun en el de la acción política práctica, el eje "pasado-futuro" ha configurado y configura un centro de análisis y de atención especial. Uno de los textos más fecundos de Hannah Arendt, como el titulado en su versión española Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política, se dedica precisamente a explorar varias aristas del tema.15 Resulta muy sintomático que Arendt comience el prefacio de su recopilación con un aforismo del poeta francés René Char: "Nuestra herencia no proviene de ningún testamento". Como veremos más adelante, de esa manera tan particular apuntaba a enfatizar un punto crucial de su pensamiento sobre la política y la construcción democrática: para enfrentar la tan mentada "tentación totalitaria" resultaba indispensable la construcción de un "testamento ciudadano", de un legado que comunicara el pasado con el futuro, la tradición con el porvenir.

El testamento -señalaba Arendt-, cuando dice al heredero lo que le pertenecerá por derecho, entrega las posesiones del pasado a un futuro. Sin testamento o, para sortear la metáfora, sin tradición -que selecciona y denomina, que transmite y preserva, que indica dónde están los tesoros y cuál es su valor-, parece que no existe una continuidad voluntaria en el tiempo y, por tanto, hablando en términos humanos, ni pasado ni futuro: sólo el cambio eterno del mundo y del ciclo biológico de las criaturas que en él viven.16

Es esa idea central sobre la necesidad de un testamento cívico como cimiento imprescindible de una política democrática, no totalitaria, la que lleva a Arendt a pasar revista de temas claves en torno a la relación pasado-futuro tales como: la presentación de la historia y de la política como "escenarios de un campo de combate sobre el que las fuerzas del pasado y del futuro chocan una contra otra"; la advertencia, como contrapartida y complemento de lo anterior, de que tanto el futuro como el pasado debían percibirse como fuerza y no como carga, "de cuyo peso muerto el ser humano puede, o incluso debe, liberarse en su marcha hacia el futuro"; la necesidad de aprender a comprender en tanto "mirar el mismo mundo desde la posición del otro, ver lo mismo bajo aspectos muy distintos y, a menudo, opuestos"; la centralidad de que los ciudadanos participaran de un espacio público compartido en tanto comunidad política, que combinara tradiciones y utopías en clave pluralista;17 la preocupación permanente -que aunque de modo muy diferente, ella veía tanto en Tocqueville como en Marx- porque la indagación sobre el pasado echara luz sobre el futuro; su convicción acerca de que "la política de la historia o, más bien, la conciencia política" derivaban en última instancia de la conciencia histórica.18

En ese marco, Hanna Arendt destacaba con mucho vigor la crucialidad de aprovechar lo que llamaba "momentos de verdad", coyunturas especialísimas en que la sabia resolución de las tensiones entre el pasado y el futuro podía aportar valores capitales para el futuro de una construcción política democrática.

Sería de cierta importancia advertir que la llamada al pensamiento surgió en ese extraño período intermedio que a veces se inserta en el curso histórico, cuando no sólo los últimos historiadores sino también los actores y testigos, las propias personas vivas, se dan cuenta de que hay en el tiempo un interregno enteramente determinado por cosas que ya no existen y por cosas que aún no existen. En la historia, esos interregnos han dejado ver más de una vez que pueden contener el momento de la verdad.19

Como bien ha señalado Nora Rabotnikof, en un valioso texto sobre "Memoria y política: compromiso ético y pluralismo de interpretaciones", la memoria de la República se distingue de la del Principado en que mientras ésta se nutre de la costumbre autoritaria, impuesta y reiterada, aquella sólo puede constituirse desde "un testamento que seleccione y nombre", desde un discurso que preserve la significación de los hechos y los someta a la revisión crítica como todo "objeto del lenguaje público". La exigencia de un "testamento ciudadano" emerge así como base de la "autoconciencia histórica" y soporte del pacto fundante de un orden democrático republicano, al tiempo que contribuye a reforzar el destaque acerca de la significación de los usos públicos del tiempo en toda ingeniería política.20

En estos tiempos de la llamada "cultura de lo instantáneo" es cuando más hay que recordar que la democracia y el republicanismo moral no son compatibles con una política meramente presentista y adaptativa, que renuncia al pasado y al futuro. Como vimos, las democracias se fundan en otra relación con la temporalidad, requieren la inscripción de las acciones cívicas entre tradiciones y utopías, necesitan por definición debatir sobre el pasado y sobre el futuro y no ser atrapadas por una suerte de "presente continuo". Como bien prueba Marc Finley en su clásico texto Uso y abuso de la Historia, la palabra "utopía" contiene una ambivalencia de origen: en términos estrictos significa "ningún sitio", pero -como él mismo señala- "ejercitando un poco la imaginación esa 'u' también puede corresponder al prefijo griego 'eu' (esto es, 'bueno', 'bien'), y en tal caso obtenemos la expresión 'lugar bueno', 'sitio ideal'".21 El señalamiento de esta distinción no resulta menor, pues con el tiempo ha generado dos conceptos disímiles acerca de la noción de utopía: uno identificaría efectivamente un "no lugar", un concepto límite ubicado fuera de la sociedad, cuya utilidad es la de promover y hasta exigir la acción humana en procura de un futuro mejor; la segunda concepción, en cambio, refiere un "sitio ideal", habilitando la posibilidad de su radicación histórica y política, con su consiguiente identificación con un régimen o un sistema social conceptuado como ideal y modélico.

3. Democracia y temporalidad en las anticipaciones de Norbert Lechner

En América Latina fue el siempre recordado Norbert Lechner quien se ocupó en forma más sistemática y profunda del tema. La cuestión de los cambios en nuestras visiones sobre la temporalidad y lo que él enunciaba como la "necesidad de hurgar por las callejuelas de la vida cotidiana", lo llevaron en especial en sus últimos años a producir y reflexionar con mucha originalidad sobre estas cuestiones, de lo que da prueba una buena parte de su producción más reciente.22 Fue en particular su vivencia comprometida con el proceso de transición en Chile y en toda América Latina, junto a su actualizada visión de mundo, lo que lo llevó a estas preocupaciones, como se puede registrar de un modo cabal en su ya clásico texto titulado Los patios interiores de la democracia, publicado por primera vez en 1985.23 Lo primero que Lechner advertía ya por entonces era que resultaba imperativo renovar nuestras formas de encarar las dimensiones del tiempo, en especial en relación con el futuro.

Vivimos en América Latina (y no sólo aquí) una crisis de proyecto. Ello puede conllevar una abdicación a nuestra responsabilidad por el futuro. Pero también puede expresar una nueva concepción del porvenir. Intuimos que el mañana son mil posibilidades no menos contradictorias que las opciones de hoy e irreductibles a un diseño coherente y armonioso. Intuimos que también los sueños son necesariamente inconclusos, siempre reformulados. En fin, vislumbramos un futuro abierto que resulta incompatible con la noción habitual de proyecto. Entonces, más que de proyecto alternativo, necesitamos una manera diferente de encarar el futuro.24

Desde una fuerte reivindicación de la política, lo que suponía entonces para Lechner una preocupación particular por la atención de los procedimientos e implicaba un quehacer entre cuyas metas primordiales estuviera la de "estructurar el tiempo" luego de su "estallido", el tópico de la "anticipación" centraba en particular su interés analítico. Se interrogaba:

¿Cómo sincronizar las diferentes temporalidades? La pregunta nos plantea un aspecto decisivo en la construcción de un orden social y, en particular, de un sistema político [...] El realismo es una cuestión de tiempo desde dos aspectos: 1) como conciencia histórica acerca de la efectividad del pasado en el presente, y 2) como elección para qué actuar en un futuro abierto. Ambos aspectos se vinculan: la anticipación del futuro suele recurrir al pasado. Generalmente nuestros proyectos a futuro (motivos "para qué") se apoyan en nuestras experiencias pasadas (razones "por qué"). El pasado nos ofrece una familiaridad que no requiere, en cada caso particular, la explicitación consciente del mundo y su razón de ser [...] La estructuración de las relaciones sociales ya no puede recurrir a la familiaridad del pasado como ámbito de lo normal y natural. La renovación política tiene que crearse su propio horizonte temporal [...] La construcción de un orden democrático exige la sincronización de las diferentes temporalidades [...] En lugar de esperar el futuro, dejándolo hacer presente, se busca adelantarse a él, creándolo como el resultado proyectado de las decisiones presentes. En otras palabras, se trata de asegurar la conexión entre el presente actual y el presente venidero planificando el futuro: el plan como previsión.25

El imperativo de la anticipación en momentos en que América Latina vivía el fin de las dictaduras de la seguridad nacional y del terrorismo de Estado, así como el trámite arduo y azaroso de las transiciones a la democracia, resultaba para Lechner el camino indispensable para estar a la altura de las circunstancias de aquella coyuntura histórica. Esta, por otra parte, podía ser interpretada sin rigideces como uno de esos "interregnos" decisivos, unos de "esos momentos de verdad" de los que había hablado Hanna Arendt, en los que se definían los rumbos centrales del futuro, en este caso del continente latinoamericano. Frente a los peligros reales de "un tiempo sin horizonte" (escondido tras el fervor entusiasta del fin de las dictaduras), de un "tiempo esquizoide", Lechner era plenamente consciente -como vimos- de la obsolescencia de la vieja idea de "proyecto nacional"; advertía que la democratización en tiempos de posmodernidad no podía aguardar "una homogeneidad cultural de las concepciones del tiempo"; registraba con sutileza que la desconfianza y el miedo emergentes en las nuevas sociedades tendían a "profecías autocumplidas". También prevenía frente a la transferencia restauradora del traslado de "esperanzas escatológicas" a la política:

La creencia en que podamos salvar nuestras almas por medio de la política es un sustituto al vacío religioso dejado por la secularización. [Pero] la revalorización de la política descansa sobre una premisa: una conciencia renovada de futuro. Sólo confiamos en la creatividad política en la medida en que tenemos una perspectiva de futuro. Visto así, el problema no es el futuro, sino la concepción que nos hacemos de él. El futuro mejor no está a la vuelta de la esquina, al alcance de la mano, de la fe o de la ciencia. Pero tampoco es una "uva verde" que conviene olvidar. Quizá, como dijera Rupert de Ventos, nos falta el valor para reconocer que las uvas están maduras y que están más allá de nuestro alcance; que son deseables e inalcanzables, que hay problemas que no podemos solucionar, pero que tampoco podemos dejarnos de plantear.26

Si las reflexiones y convicciones de Lechner resultaban tan concluyentes en aquella encrucijada de 1985, cuando se tramitaban con dificultad (muy particulares en el caso de su doliente y querido Chile) los procesos de transición a la democracia en casi todo el continente, veinte años después sus ideas y preocupaciones consolidarían su rumbo, de cara a las urgencias de otro contexto histórico pero con una vigencia y una oportunidad renovadas. En uno de sus últimos textos otoñales publicado en el año 2002, con el título de Las sombras del mañana. La dimensión subjetiva de la política, para Lechner el dilema crucial (no el único pero sí el más profundo en sus implicaciones) seguía siendo, en sus propios términos, "horizontes de futuro versus presente permanente":

Vivimos en el presente como tiempo único [...] Presionada a dar respuestas inmediatas, la política tiende a perder cualquier estrategia a mediano y largo plazo [...] Frente al tiempo del mercado -la contingencia-, el tiempo de la política sería el de la perspectiva. En realidad, la política democrática se juega en el manejo del tiempo [...] Sería tarea de la política contrarrestar la urgencia de la realidad inmediata mediante un tiempo histórico. La historicidad entrelaza discontinuidades y duración, las experiencias aprendidas con horizontes de futuro [...] Visto así, hacer política consiste en producir los horizontes de sentido que permitan poner las cosas en perspectiva [...] Crear una perspectiva es crear un relato que sitúa al presente en relación con el pasado y el futuro [...] Sería contar el cuento del Nosotros que queremos llegar a ser.27

Las reflexiones de Lechner proyectaban sobre el escenario latinoamericano contemporáneo un viejo asunto en el que, como vimos, convergían preocupaciones teóricas de distintas disciplinas del trabajo intelectual, así como también exigencias igualmente clásicas del quehacer político en la fragua cotidiana e inacabable de las democracias. Sorprende en verdad constatar la coherencia y, a la vez, la vigencia renovada de su pensamiento.

Notas

1 No se debe cometer el error lamentablemente frecuente de mundializar en forma acrítica los fenómenos que se observan y despliegan fundamentalmente en Occidente. Incluso respecto a las concepciones del tiempo, la pluralidad de visiones y experiencias radica también dentro de Occidente, e incluso dentro de América Latina. Entre otros autores, Paul Ricouer ha estudiado en profundidad este tema de la diversidad de concepciones de temporalidad en el mundo.

2 El concepto pertenece a Pierre Nora, en particular manejado en los últimos tomos de la colección emblemática titulada Les lieux de mémoire, que él dirigiera y que fuera publicada en varios volúmenes por la editorial francesa Gallimard.         [ Links ]

3 Ignatieff, Michael, "La cultura de lo instantáneo", en Letra, núm. 27, invierno de 1992, pp. 45 a 47.         [ Links ]

4 Cfr. Olivier Mongin, "¿Una memoria sin historia? Hacia una relación diferente con la historia", en Punto de Vista, núm. 49, agosto de 1994, pp. 24-29.         [ Links ]

5 El suscrito ha trabajado en varios textos en torno a esta temática. Cfr., por ejemplo, Gerardo Caetano, "Democracia y culturas. Reflexiones en torno a algunos desafíos contemporáneos", en Hugo Achurar y Sonia D'Alessandro (comps.), Global / local: democracia, memoria, identidades, Montevideo, Trilce, 2002, pp. 109-134.         [ Links ]

6 En su versión original de la primera edición francesa realizada en 1949 por la Libraire Armand Colin, el texto se hizo público bajo el título Apologie pour l'Histoire ou Métier d'historien. En sus múltiples traducciones al castellano, la primera de las cuales fue publicada -que sepamos- por Fondo de Cultura Económica en 1952, a pesar de que la mayoría de las ediciones ha preferido el primer título, existen las que han realizado la opción alternativa u otras. Cfr., por ejemplo, Marc Bloch, Introducción a la Historia, México, Fondo de Cultura Económica, 1952 (Breviarios núm. 64).         [ Links ] Cfr. también Marc Bloch, Apología para la Historia o el oficio de historiador. Edición crítica preparada por Étienne Bloch, México, Fondo de Cultura Económica, 1996.         [ Links ]

7 Lucien Febvre, Combates por la Historia, Barcelona, Ariel, 1982.         [ Links ] Esta reunión de discursos y textos de Febvre fue publicada por primera vez en francés en 1953 (también como en el caso del libro de Bloch por la Libraire Armand Colin). Por su parte, su primera traducción al castellano fue en 1970.

8 Ibídem, pp. 63, 69, 70 y 71.

9 Ibídem, pp. 89 y 90. Estas frases formaban parte de un texto titulado "Por una historia dirigida. Las investigaciones colectivas y el porvenir de la historia".

10 Ibídem, pp. 243, 244 y 245. Estas frases formaban parte de un texto que Febvre escribió en ocasión de la publicación del libro póstumo de Bloch anteriormente citado, al que consideró el "admirable testamento espiritual" de su amigo asesinado por los nazis.

11 Reinhart Koselleck, Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Barcelona, Paidós, 1993, p. 15. La primera edición de la obra en alemán data de 1979        [ Links ]

12 Ibídem, pp. 36 y 61. En particular, Diderot hacía especial hincapié en esta última idea.

13 Ibídem, pp. 87, 88 y 89. Sobre todo el apasionante y debatido tema de la "revolución" y su quiebre del tiempo, cfr. muy particularmente la obra de Michelle Vovelle, La mentalidad revolucionaria, Barcelona, Editorial Crítica, 1989. La primera edición en francés de este texto data de 1985.         [ Links ]

14 Cfr. Paolo Virno, El recuerdo del presente. Ensayo sobre el tiempo histórico, Buenos Aires, Paidós, 2003, pp. 16, 54, 55 y 61.         [ Links ]

15 Hannah Arendt, Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política, Barcelona, Península, 1996.         [ Links ] Se trata de una recopilación de textos revisados y ampliados que la autora publicó en varias revistas especializadas, como American Scholar, The Review of Politics, The New Yorker, entre otras. Fue publicada por primera vez en Estados Unidos en 1954, bajo el título Between Past and Future. La primera edición en castellano data de 1996.

16 Ibídem, p. 11.

17 Sobre este punto, cfr. Nora Rabotnikof, En busca de un lugar común. El espacio político en la teoría política contemporánea, México, UNAM - IIF, 2005.         [ Links ] Ver en especial el capítulo dedicado al pensamiento de Hanna Arendt, titulado "El espacio público como comunidad política: Hanna Arendt.", pp. 113 y ss.

18 Ibídem.

19 Ibídem, p. 15. En muchos otros textos de Hanna Arendt se trabaja sobre este punto. Cfr. por ejemplo Hanna Arendt, ¿Qué es la política? Buenos Aires, Paidós, 2005.         [ Links ] La primera edición en alemán de estos manuscritos que Arendt había elaborado para su proyecto de libro Introducción a la política data de 1997.

20 Nora Rabotnikof, "Memoria y política: compromiso ético y pluralismo de interpretaciones", en Revista Uruguaya de Ciencia Política, núm. 9, Montevideo, 1996, pp. 143 y ss.         [ Links ]

21 Cfr. M. I. Finley, Uso y abuso de la historia, Barcelona, Crítica, 1979,         [ Links ] en especial consultar su capítulo 11, titulado "Vieja y nueva utopía". También consultar M. I. Finley, El nacimiento de la política, Barcelona, Crítica, 1986.         [ Links ] Desde una perspectiva distinta, cfr. Jacques Attali, Historias del tiempo, México, Fondo de Cultura Económica, 1985.         [ Links ]

22 Para confirmar esto, cfr. Norbert Lechner, Obras escogidas, Ts. I y II. Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2006. (Colección pensadores latinoamericanos.         [ Links ])

23 Cfr. Norbert Lechner, Los patios interiores de la democracia, Primera Edición, Santiago de Chile, Fondo de Cultura Económica, 1985.         [ Links ] Existen muchos textos en los que por entonces Lechner pone de manifiesto su preocupación particular por estos temas. Puede consultarse por ejemplo su texto sobre "Reflexiones sobre estilos de desarrollo y visiones del pasado", recogido en la compilación de estudios coordinada por Enzo Faletto y Gonzalo Martner, bajo el título Repensar el futuro. Estilos de desarrollo, Caracas, Editorial Nueva Sociedad, UNITAR / PROFAL, 1986, pp. 25 y ss.         [ Links ]

24 Norbert Lechner, Obras Escogidas, op. cit., T. I, p. 345.

25 Ibídem, pp. 381 y ss.

26 Ibídem.

27 Norbert Lechner, Las sombras del mañana. La dimensión subjetiva de la política, Primera edición. Santiago de Chile, LOM ediciones, 2002, en Norbert Lechner, Obras escogidas, op. cit., T. I, pp. 580 y 581.         [ Links ]