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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versión impresa ISSN 0524-9767

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  no.33 Buenos Aires ene./dic. 2011

 

ARTÍCULOS

Ideas y costumbres

 

Carlos Altamirano

Universidad Nacional de Quilmes - CONICET

 

La exposición de Darío Roldán, nutrida de referencias intelectuales, hipótesis sobre nuestra historia política y juicios sobre la política argentina de estos días, resulta sugestiva, hace pensar. Las "dispersas reflexiones ciudadanas de un historiador", como llama el autor a su texto, invitan a la conversación intelectual, con la mezcla de asentimiento y réplica que es habitual, y ese carácter tiene el comentario que sigue, donde tocaré sólo algunos de los asuntos que traen sus reflexiones.

Los tres conceptos articuladores de su recorrido, que son los de esta mesa -nación, república y democracia-, constituyen temas centrales del lenguaje ideológico moderno y también del lenguaje de nuestras luchas cívicas, desde el siglo XIX hasta el presente. Podría decirse que están en la constelación originaria de lo que llegaría a ser la Argentina como unidad política independiente. Roldán nos recuerda que cada uno de ellos posee una genealogía en la historia intelectual de Occidente y que los tres son polisémicos. Asimismo, como afirma citando a Claude Nicolet, ellos son "mots voyageurs".

En efecto, nación, república y democracia son palabras / conceptos viajeros: han cruzado el océano y los continentes por medio de lo impreso -libros, folletos, revistas-, pero igualmente a través de la correspondencia y las conversaciones de quienes viajaban. El Río de la Plata fue uno de sus puertos. "¿Cómo se forman las ideas?", se preguntaba Sarmiento en Recuerdos de provincia para pasar a relatar cómo se formaron las suyas. Cuenta allí lo que significó para su educación el encuentro con la nutrida biblioteca de su amigo Manuel Quiroga Rosas, vuelto de Buenos Aires, donde había integrado el círculo del Salón Literario y la Joven Argentina, a San Juan, su ciudad natal. En esa biblioteca estaban los escritores que excitaban la vida intelectual francesa: "Villemain y Schlegel, en literatura; Jouffroi, Lerminier, Guizot, Cousin, en filosofía e historia; Tocqueville, Pedro Leroux, en democracia". Además, la Revista Enciclopédica, "como síntesis de todas las doctrinas". Después de asimilar durante dos años esta literatura de doctrina, Sarmiento se consideraba graduado en las ideas de su tiempo, maduro ya para la empresa de traducir "el espíritu europeo al espíritu americano, con los cambios que el diverso teatro requería".1 Alberdi, por su parte, al mencionar en su Autobiografía las "lecturas libres" que gravitaron en su formación, proporciona una lista más larga, pero que incluye a los antes citados y, por supuesto, la Revista Enciclopédica.

Aun sin proponérselo, Alberdi y Sarmiento nos dejan entrever una vida intelectual que no es la de quienes consideraban sus maestros de pensamiento. Sus catálogos de lecturas, con autores como Eugene Lerminier o Pierre Leroux, conocidos hoy sólo por los especialistas, nos recuerdan la observación de Pierre Rosanvallon: que la historia intelectual no es un diálogo en las cumbres, protagonizado por los grandes textos y los grandes nombres del canon confeccionado por la posteridad (Maquiavelo y Hobbes, Montesquieu y Rousseau, Tocqueville y Constant). Pero hay un hecho más importante para destacar: los términos del vocabulario político y social viajan, pero no viajan los contextos de ese vocabulario, como observaría Pierre Bourdieu.

Me parece que Roldán presta poca atención al contexto de recepción de las palabras viajeras. Por ejemplo, cuando se refiere a la generación de 1837 y al pensamiento de sus miembros es muy escueto respecto del medio rioplatense y la comunidad ideológica donde los términos nación, república y democracia serán retomados por quienes quieren pensar con arreglo a las ideas del siglo. ¿Cómo obraron ese medio histórico y sus clivajes en la interpretación y el uso que la elite letrada hizo del vocabulario y los tópicos de lo que se resumía con el nombre de "filosofía de Julio"? ¿En qué combates, retóricos y de los otros, se halló envuelto ese vocabulario extraído de las lecturas de autores admirados? Alberdi en 1847, al mirar atrás y evocar cómo había concebido en 1838 la alianza con Francia para hacer la revolución contra Rosas, representaba así la fractura: por un lado los jóvenes, que pensaban que no había otro medio que esa alianza para asegurar el predominio de las minorías ilustradas, la libertad política y la civilización; por otro lado el partido a someter, que era el partido de la multitud plebeya capitaneado por Rosas.2 La pregunta respecto del efecto de traducción del nuevo contexto no vale sólo para los años de juventud de aquella generación, sino también para más adelante, cuando sus miembros creen haber madurado la definición de los problemas (los "males") del suelo americano y las respuestas a esos problemas.

Por cierto, Roldán señala la situación en que se debatió la sociedad rioplatense tras la ruptura de la independencia -crisis de autoridad y de legitimidad-, situación de fondo sobre la cual se recortaría el pensamiento y la acción de quienes van a proyectar "una nación para el desierto argentino", según reza un título conocido de Tulio Halperin Donghi. Pero esa caracterización, aunque importante, me parece insuficiente si queremos comprender no sólo la circulación de las ideas, sino también qué significaron para actores que, como Alberdi o Sarmiento, articularon con ellas el sentido público de sus obras y de sus decisiones. Por otra parte, ¿basta eso para la comprensión de sus empresas, tal como las podemos analizar hoy, con las ventajas de conocer la historia que siguió? Creo que no, que tomar en serio el discurso de un actor histórico no obliga a tener por evidente el modo en que define los problemas de su tiempo, ni suspende la atención por aquello que tal definición ignora de la historia en que se halla implicada.

Como afirma Roldán, las Bases de Alberdi encierran la teoría de una transición: la transición que debía permitir que germinen en el pueblo las aptitudes (las "costumbres") para la vida republicana de las que carecía en el presente. La doble imposibilidad que atenazaba al país desde su independencia -practicar la república, porque el pueblo no era republicano; adoptar la monarquía, porque sería artificial después de la experiencia republicana- quedaría atrás, aunque no de golpe, por obra de esa transformación destinada a cambiar la "pasta" de la Argentina criolla. Los grandes agentes de esa mutación serían la inmigración europea, la libertad para los intercambios, los ferrocarriles, la industria, y su marco político-institucional, una república, pero no todavía una república plena, "verdadera", dadas las insuficiencias cívicas del pueblo. Cuando éste, como fruto del gran cambio, adquiriera los hábitos de laboriosidad, civilización, así como los propios de la forma republicana de gobierno, se tendrían las condiciones para el pasaje a la república verdadera. Era necesario proceder por etapas -la república conocía muchos grados- y Chile proporcionaba, en la América de la colonización española, una ilustración del ajuste a lo posible con su constitución monárquica en el fondo y republicana en la forma.

La coherencia entre los principios de gobierno y las prácticas de las costumbres, ¿no era acaso un postulado del saber romántico y protosociológico que había alimentado el pensamiento de Alberdi y de sus compañeros de generación? El autor de las Bases no creía renunciar a dicho postulado ni al organicismo que le era inherente al confiar que la coherencia se obtendría al final de la transición, tras los cambios impuestos desde arriba por obra de una minoría que contaba con el poder y los conocimientos para conducirlos. Si se observan los argumentos a los que echa mano, constructivismo y organicismo no constituían para Alberdi alternativas entre las que debía elegir.

Al razonar sobre el recorrido que han hecho los conceptos de nación, república y democracia en la experiencia argentina, Roldán transmite sus preocupaciones por la vida política del país. Como él mismo anuncia al comienzo de su texto, las convicciones del ciudadano se entretejen en sus reflexiones de historiador. La intención que lo anima no puede ser más legítima: ¿por qué un historiador refrenaría su ser cívico absteniéndose de emitir juicios sobre hechos y tendencias del presente? Ahora bien, la postura también encierra el desafío de mantener abierto el horizonte del historiador, que permite comparar lo más cercano con lo más lejano, percibir lo general en lo que parece particular o viceversa, así como otras conexiones e interdependencias, al apreciar el curso de la actualidad. Me parece que a veces Roldán renuncia a esa perspectiva. Por ejemplo, en el parágrafo III, dedicado a los avatares de la idea nacional. Primero distingue y contrapone allí la concepción de Sièyes, que propende al universalismo -la nación como expresión de una asociación voluntaria de habitantes abstractos, en congruencia con la declaración de los derechos del hombre-, a la romántica de Herder, centrada en la originalidad de cada cultura nacional, y a la Joseph de Maistre, uno de los doctrinarios del pensamiento contrarrevolucionario francés, para quien ese individuo general, abstracto, titular de los derechos del hombre, era sólo una ilusión de ideólogos, pues los hombres son indisociables del lazo nacional, de la lengua materna, de la cultura. La alusión a estas concepciones alternativas le sirve a Roldán para recordar la antinomia entre el universalismo y su contrario, el particularismo, que llevado al extremo "asocia formas políticas con formas sociales e inconmovibles tradiciones culturales". Después de indicar que le resultaría imposible hacer la relación de las concepciones de la nación que se forjaron en la Argentina, le consagra un breve comentario crítico a la concepción nacional-popular, con su esencialismo del pueblo y de la identidad, al que ve reemerger, aunque tímidamente todavía.

Lo que se puede cuestionar en el planteo de Roldán no es la crítica al relato nacional-popular y su esencialismo, sino que lo incomunique, por así decir, que lo recorte de toda relación con otros afanes institucionales e ideológicos por producir el homo nationalis, la argentinidad esencial. Comenzando por las narrativas y las representaciones de la identidad argentina, que a través de la escuela y otras agencias ha transmitido el Estado. Creo que resituado en ese espacio, que es variado y polémico, la crítica de la comunidad imaginaria del relato nacionalpopular y de las ficciones que lo nutren puede discernir mejor también las demandas, las quejas y los resentimientos de que ese discurso se hace vehículo.

El balance histórico de la democracia argentina no es algo de lo que podamos enorgullecernos. La primera prueba por reconciliar la república con la democracia, habilitada por la Ley Sáenz Peña, se frustró. Roldán atribuye ese naufragio cuyo remate fue el golpe de 1930 a que la tradición liberal era sólo moderadamente liberal, y a que la tradición democrática, que en otros países contrapesaba a aquella, fue entre nosotros indisociable de una fuerza impregnada por una "noción unanimista del sujeto soberano". El radicalismo yrigoyenista le confirió a la tradición democrática la identidad del pueblo-uno en busca de su reparación. La ausencia de interacción entre las dos tradiciones, tal como ellas cristalizaron en la experiencia nacional, no sólo entonces habría malogrado la democracia representativa: a juicio de Roldán, la historia argentina del siglo XX puede presentarse como la del fracaso en construir ese orden político. La persistencia del populismo lo lleva a preguntarse si la democracia representativa, que supone la síntesis de las dos tradiciones, no se halla fuera de nuestro alcance, si no hay que pensar en -o, para ajustarnos al tono de su inquietud, resignarse a- la posibilidad de que nos aguarde otra forma de democracia.

Creo que tiene razón al desprenderse de cualquier teleología para hacer conjeturas sobre el futuro. Ninguna necesidad histórica nos conduce a la democracia representativa. ¿Pero no es demasiado concluyente su diagnóstico de que ella ha naufragado? Tal vez sea necesario un examen más paciente, no más resignado ni conformista, de las ocasiones perdidas, pero también de lo que ha dejado como sedimento una marcha que fue incierta, tumultuosa y por momentos violenta. Nuestra cultura política está hecha de hibridaciones y no podría describirse de acuerdo con los valores y las prescripciones institucionales, pero tampoco sin referencia a las nociones de ese lenguaje instituido. Ya nadie piensa en suspender la democracia electoral mientras el pueblo se educa, todos los participantes del juego político reconocen una constitución de raíz liberal y después de 1983 ninguna fuerza puede contar con que representa la mayoría natural de la sociedad argentina. Tal vez no sea mucho, pero contemplado a la luz de lo que fue nuestro tormentoso siglo XX el recuento ofrece también motivos de donde aferrarse, motivos de esperanza.

Notas

1 Domingo Faustino Sarmiento, Recuerdos de provincia, Buenos Aires, Jackson, 1944, p. 258.         [ Links ]

2 Juan B. Alberdi, "La República Argentina treinta y siete años después de su Revolución de Mayo", en Juan B. Alberdi, Autobiografía, Buenos Aires, Ediciones Jackson, 1945.         [ Links ]