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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

versión impresa ISSN 0524-9767

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  no.33 Buenos Aires ene./dic. 2011

 

ARTÍCULOS

Comentario a Eduardo Míguez

 

Pablo Gerchunoff

Universidad Torcuato di Tella

 

Agradezco al Instituto Ravignani la invitación a participar en estas Jornadas. Y agradezco también que me hayan permitido comentar el excelente trabajo de Eduardo Míguez. De los temas cruciales que trata me voy a concentrar en uno de ellos, que es a la vez un favorito del propio Míguez. Me refiero a la cuestión de la supuesta decadencia económica argentina a partir de alguna fecha siempre discutible y a veces caprichosa: ¿1914? ¿1930? ¿1945? He escrito más de una vez sobre el tema y esta oportunidad me sirve para repasar, corregir y hasta contradecir mis propios argumentos. Algo, sin embargo, va a quedar en pie: sigo creyendo que buena parte de las dificultades argentinas en materia económica -ciertamente no todas- se vincula con su carácter de productor de alimentos de clima templado, su nacimiento, su auge, su declinación.

Quiero partir de la propia noción de decadencia con el objetivo primordial de cuestionarla: no somos lo que alguna vez soñamos ser -o creímos ser- porque aquello que alguna vez soñamos ser -o creímos ser- era un error de apreciación o un sueño irrealizable. Permítanme sugerirles que el primer sueño nació con la independencia y no se conecta con la cuestión de los alimentos. Para ponerlo de manera simple, las fronteras no estaban definidas y era aún posible que la rica minería del Alto Perú formara parte de lo que más tarde sería la Argentina. Con las derrotas militares, el Alto Perú quedó del lado equivocado y la geografía económica del país terminó siendo algo mezquina, notablemente desigual y, sobre todo, fuente de una perplejidad: allí donde vivía la mayor parte de la población, en las provincias del Norte y del Noroeste que habían comerciado de un modo activo con el Potosí y habían sido parte de su ruta al puerto, reinaba la pobreza y el atraso, apenas matizado por la presencia de una rudimentaria industria artesanal; en el Litoral, todavía un desierto demográfico, florecía la ganadería que abría las compuertas para la dinámica exportación de cuero, tasajo, sebo y más tarde lana. Cuando en 1860 la Provincia de Buenos Aires, liderada por Mitre y relativamente enriquecida, firmó con retoques la Constitución que el resto de las provincias había acordado en 1853, nacía la república federal unificada, pero nacía con ese sello de heterogeneidad económica territorial que la acompañaría por el resto de los tiempos. El sueño minero, exacerbado por los descubrimientos de mediados del siglo XIX en Estados Unidos y en Australia, y que de haberse realizado hubiese sido la salvación de muchas provincias y hubiese corregido al menos en parte las desigualdades regionales, tuvo una terca persistencia. De él participaron al menos Rivadavia, Sarmiento, Alberdi, el propio Mitre, Roca, Yrigoyen, Alvear, Justo, Perón, Frondizi y Menem. Sin embargo, a pesar de algunos tímidos hallazgos, nunca fue la Argentina un país minero y quizá nunca debió llamarse Argentina. Eso limitó su abundancia de recursos naturales. En un estudio reciente, François Bourguignon ha mostrado que la riqueza natural por persona es en la Argentina mucho menor que en Nueva Zelanda, Australia y Canadá, y menor aun que en Estados Unidos, Chile y varios países petroleros.

A diferencia del primero, el segundo sueño se materializó, pero duró algo menos de medio siglo. Cuando a partir de 1870 los ferrocarriles se extendieron por el territorio y redujeron de manera dramática los costos de transporte interno, se expandieron los frutos de la tierra de bajo valor específico, la agricultura del trigo, del maíz y del lino, hasta entonces confinada a las colonias santafesinas y entrerrianas vecinas a los ríos; y cuando el buque frigorífico arribó por primera vez al puerto de Buenos Aires en 1877 pudo exportarse carne congelada para alimento de las clases trabajadoras de Gran Bretaña y Europa Continental en lugar de tasajo para los esclavos de Brasil y Cuba. Así fue que la Argentina se convirtió, gracias a innovaciones tecnológicas ajenas, en una potencia alimentaria y, entre 1880 y 1914, en la nación de más alto crecimiento del mundo después de Canadá. Por lo demás, lo que no pudo la frustrada minería lo pudo el sector agropecuario competitivo: la reasignación de la multiplicada renta de la tierra fue la palanca que sirvió para moderar las desigualdades regionales y cimentar una siempre tensa coalición de provincias ricas y provincias pobres, inimaginable pocos años antes. El Estado nacional, convertido al proteccionismo desde la Ley de Aduanas de 1876 y más nítidamente desde tiempos de Roca, cobraba los crecientes derechos de importación -y a veces de exportación-, colocaba deuda que la nueva promesa productiva parecía permitir, y gastaba los fondos así obtenidos no sólo en obras para el núcleo productivo pampeano sino también en otras que beneficiaban a las provincias postergadas: el tendido ferroviario fue más allá de la pampa fértil y llegó a la frontera con Chile y a la frontera con Bolivia; la educación primaria y los colegios nacionales se difundieron por el territorio y lo mismo ocurrió con el correo y los telégrafos. Pero para que todo ello no tuviera un efecto contraproducente, esto es, para que no se convirtiera en el catalizador de emigraciones masivas al Litoral, hacía falta cerrar el círculo estimulando producciones locales que retuvieran población en el Interior. Eso ocurrió con el vino de Mendoza, con el azúcar tucumano, con el quebracho santiagueño. La contrapartida de ese esfuerzo retentivo fue la inmensa migración ultramarina que se requirió para satisfacer la demanda de trabajo del litoral agrario y de la gran ciudad de los servicios. A diferencia de Australia, la Argentina necesitaba -aunque sus dirigentes políticos y sus intelectuales no siempre deseaban- ser una Torre de Babel.

¿Por qué ese mecanismo de relojería económico y político se agotó? Las potencias alimentarias tienen su talón de Aquiles: como lo formuló antes de que finalizara el siglo XIX el estadístico alemán Ernst Engel, la demanda de alimentos se desacelera cuando los compradores se vuelven prósperos y gastan sus ingresos incrementados en nuevos productos. Eso ocurrió -en un proceso difícil de fechar- tanto en las Islas Británicas como en Europa Continental: satisfechas de papa, carne, pan, leche y panceta, las sociedades industriales soñaban ya con bienes de consumo durables, en particular con los automóviles, y en ese sueño le ponían un límite al sueño agrario argentino como fuente de crecimiento ilimitado. Durante los años veinte se tornó visible que el poder de compra de las exportaciones -el volumen de las exportaciones multiplicado por los términos del intercambio- perdía su dinámica de antaño, pero hizo falta un acontecimiento tan dramático como la crisis de 1930 para que también se tornara visible que ya no había vuelta atrás y que el patrón productivo inevitablemente tenía que cambiar. Podemos adjudicar la conciencia de ese cambio a la mirada de águila de Raúl Prebisch y Federico Pinedo, pero creo que fue más bien una identidad contable: si el poder de compra de las exportaciones se estancaba, las importaciones por definición se frenaban; para evitar una violenta contracción económica, había que producir en el marco interno lo que antes se importaba. De ese modo cobró impulso y se diversificó la hasta entonces modesta industria argentina.

¿Acaso con el paso del tiempo dejó atrás esa modestia? Si la Argentina había sido por medio siglo una potencia alimentaria, estuvo lejos de convertirse durante el siguiente medio siglo en un país industrial robusto. Hubo razones. A diferencia de Brasil, el país carecía de escala, y obligado por la anemia exportadora se diversificó en exceso como para tener una industria completamente volcada al mercado interno y a la vez eficiente; ya sabemos que en las entrañas de la tierra no había minerales preciosos en abundancia, pero tampoco hierro y carbón, los insumos críticos de la Revolución Industrial; por lo demás, las fechas no fueron afortunadas: demasiado tarde para competir con Estados Unidos, Inglaterra o Alemania y demasiado temprano para hacer el aprendizaje -como lo hicieron Japón o Corea- al calor de un comercio mundial pujante. Conviene, sin embargo, evitar el desdén e indagar de forma breve en los matices de la historia. Entre 1930 y 1945, la industria argentina dio empleo a los hijos de los chacareros empobrecidos del Litoral en los nuevos talleres metalúrgicos y en las manufacturas trabajo-intensivas que transformaban los cultivos industriales del Norte y el Oeste, ya no sólo el vino y el azúcar sino también el algodón, la yerba mate, el tabaco, el té y la madera; entre 1945 y fines de la década de 1950 no creció tanto el empleo pero sí los salarios, de modo que por imperio de una sorpresiva Ley de Engel interna florecieron además las fábricas de cocinas, heladeras y muebles. Tanto en épocas de la Concordancia como en épocas de Perón se preservó mediante subsidios a las producciones provinciales aquella vieja coalición regional nacida durante el último cuarto del siglo XIX, pero en épocas de Perón se consolidó una nueva coalición, esta vez una coalición de clase entre el empresariado nacional urbano mercado-internista y las clases populares urbanas.

Ambas coaliciones, la regional y la de clase, perdurarían poco tiempo más y quizá valga la pena detenerse en el nudo crítico que las desarticuló. Las clases medias fortalecidas y ampliadas durante el gobierno de Perón ya demandaban de forma masiva bienes de consumo durables que, con las exportaciones creciendo lentamente, no podían abastecerse mediante importaciones sino mediante producción doméstica. Con la Ley de Engel interna operando, esos bienes y sus insumos -el emblema era el automóvil, el hierro y el plástico que se necesitaban para fabricarlo y los combustibles para echarlo a andar- se convertirían por un tiempo en lo más dinámico de la economía argentina. Había, sin embargo, dos problemas eslabonados. El primero era que el empresariado nacional, atrasado en términos tecnológicos y sin respaldo financiero, no podía hacer las inversiones, de modo que Frondizi convocó a firmas extranjeras para llevarlas a cabo. Para garantizarse los bienes de capital y los bienes intermedios importados que requería el proceso productivo, y para garantizarse asimismo la remisión de utilidades y dividendos a futuro, esas firmas pidieron -y obtuvieron- la liberación del mercado cambiario y un ajuste del tipo de cambio real que equilibrara la balanza de divisas. Los salarios cayeron y la coalición urbana-popular sufrió su primer y duro golpe. La esperable resistencia de los trabajadores inauguró una larga carrera entre tipo de cambio y salarios, y consecuentemente la emergencia de la alta inflación. Si había un proyecto modernizador en los albores de los años sesenta, tuvo allí su costo. El segundo problema combinaba la cuestión externa y la cuestión fiscal. Los nuevos sectores dinámicos, a diferencia de lo que había ocurrido durante los años treinta a sesenta, tenían un sesgo capital-intensivo y recibían subsidios a la inversión. Con el tiempo, recibieron también subsidios a las exportaciones, porque a pesar de que el agro se estaba reanimando con timidez de la mano de la revolución verde, la restricción externa seguía siendo severa y los gobiernos de la era desarrollista depositaron sus esperanzas en la autogeneración de divisas por parte de la nueva industria. ¿Quién financiaría las erogaciones? En buena medida los cultivos industriales, sobre todo el azúcar y el algodón, que ya aportaban poco al crecimiento económico y perdieron sus subsidios. El impacto demográfico fue letal. Tucumán y Chaco perdieron población entre 1960 y 1970, y el aluvión que cayó sobre las periferias urbanas de Buenos Aires, Rosario y Córdoba fue la semilla de los campamentos de refugiados sociales de principios del siglo XXI. Si había un proyecto modernizador en la segunda mitad de los años sesenta, tuvo allí su costo.

Durante los años setenta y hasta principios de los años noventa, con la quiebra de las coaliciones, se perdió la hoja de ruta. Es imposible narrar la historia de esos años en la parsimoniosa clave de la evolución de patrones productivos, como lo hemos hecho hasta ahora. Los temas de la época, en dictadura pero por desgracia también en democracia, fueron inflación, deuda, dinámica macroeconómica caótica, caída del ingreso nacional, aumento de la pobreza. Pero desde 1990, aun atravesando la crisis más importante de la historia económica argentina, pareció que un rumbo se reencontraba. La aparición de países pobres que despegaban en términos industriales y demandaban alimentos le puso un paréntesis a la Ley de Engel y facilitó la reapertura comercial argentina, por unos años con un sesgo inédito al libre comercio (Menem), luego con un sesgo más proteccionista (Kirchner). No obstante, el segundo centenario es sólo en apariencia un regreso al pasado. Los despojos sociales de la Argentina mercado-internista hacen oír su sorda voz de reclamo; al mismo tiempo, un interrogante nos devuelve a aquella inquietud que a comienzos del siglo XX no supimos resolver: ¿qué producirá el país en forma competitiva cuando se enfrente a un nuevo e inevitable crepúsculo de la demanda de alimentos?