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Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana Dr. Emilio Ravignani

Print version ISSN 0524-9767

Bol. Inst. Hist. Argent. Am. Dr. Emilio Ravignani  no.33 Buenos Aires Jan./Dec. 2011

 

ARTÍCULOS

Comentarios finales

 

Tulio Halperin Donghi

University of California, Berkeley

 

El programa de las Jornadas Bicentenario convocadas por el Instituto Ravignani en abril del pasado año presenta como eje temático de la primera de ellas a la Revolución de 1810 -cuyo segundo centenario ambas conmemoran-, mientras caracteriza a la segunda como dedicada a explorar algunos de los temas centrales en torno a los cuales se viene organizando la imagen retrospectiva que los historiadores de hoy están elaborando de las experiencias vividas en las tierras rioplatenses

en los dos siglos que nos separan del acontecimiento así conmemorado. Basta la más rápida ojeada a las ponencias aquí reunidas para advertir que no es ése exactamente el rasgo diferencial entre ambas jornadas; se diría, más bien, que lo que las distingue es que mientras la primera de ellas aborda el examen de la herencia que una etapa de cambios profundos y radicales -en la que el 25 de mayo de 1810 marcó el más decisivo pero no el único punto de inflexión- legó al Estado nación que sólo comenzaría a adquirir un perfil preciso al mediar el siglo XIX, la segunda está toda ella marcada por las perplejidades que el difícil momento que vive hoy la Argentina inspira a quienes reflexionen acerca de las perspectivas de futuro del país que acaba de conmemorar su segundo centenario.

Mientras en la primera de las jornadas, los participantes se esfuerzan ante todo por agregar precisión a la imagen de un proceso que si mantiene su relevancia para el presente lo hace a través del legado que de él iba a recibir el Estado nación que las elites políticas se esforzarían por organizar en las tierras rioplatenses, quienes se vuelven hacia el presente no se resignan a dar por cerrado bajo el signo del fracaso el ambicioso esfuerzo de construcción institucional y política, apoyado en un aun más desaforadamente ambicioso proyecto de ingeniería social, bajo cuyo signo la Argentina ingresó hace un siglo y medio en la era constitucional. Consecuencia de ello es que al indagar en un pasado que no lo es del todo, no renuncien a la esperanza de que lo que en él descubran les permita aportar sugestiones que contribuyan a desbrozar el camino hacia un futuro menos insatisfactorio que el sombrío presente.

Pero no debe deducirse de ello que el vínculo del historiador con el retazo de pasado sobre el cual vuelve la mirada sea menos intenso cuando la dirige hacia el más remoto. Hasta qué punto lo sigue siendo lo sugiere la primera de las ponencias aquí incluidas, en la que bajo el título de "La dimensión atlántica e hispanoamericana de la Revolución de Mayo", José Carlos Chiaramonte abre las Jornadas poniendo en el centro de su temática la discusión en curso en torno al marco conceptual más adecuado para entender lo que hace a la peculiaridad de nuestra revolución emancipadora. Se ofrecen como alternativas la noción de revolución atlántica y la de revolución hispanoamericana, y al concentrar su atención en la primera de ellas, Chiaramonte la centra en el vínculo entre la imagen que ésta propone de la pasada era de revoluciones y el específico presente desde el que la contemplaban los historiadores que la hicieron suya. Nos recuerda al respecto que el paradigma atlántico, propuesto por primera vez en una etapa demasiado efímera de la historia universal (abierta en 1917 por el derrumbe del imperio ruso y el ingreso de los Estados Unidos en la coalición que en la Primera Guerra Mundial se enfrentó con los imperios centrales, que trasformó el conflicto guerrero que había comenzado como un episodio más en la lucha multisecular por la hegemonía en el marco de la Europa romano-germánica en un combate a escala planetaria entre un frente atlántico ubicado en la vanguardia del avance de la civilización liberal y capitalista y monarquías sólo a medias trasformadas por ese vasto proceso), no iba a sobrevivir al rápido agostarse de la esperanza de que la victoria de aquel anunciara el nacimiento de un mundo nuevo; resurgió luego de un largo eclipse en el más duradero de la Guerra Fría, para sufrir todavía una radical resignificación cuando fue esa misma guerra resignificada como una pacífica competencia entre dos itinerarios alternativos en el camino hacia un pleno desarrollo económico.

Pero al llegar el paradigma atlántico a este último giro -nos recuerda también Chiaramonte-, los historiadores hispanoamericanos se descubrieron retomando una problemática planteada ya en el momento mismo en que la América española conquistó la independencia, varias décadas más tarde que la anglosajona. En efecto, más de un siglo después de que Bolívar hubiera buscado con angustia las razones del contraste entre la trayectoria triunfal de esa América anglosajona y una Hispanoamérica en la que intentar introducir un orden razonable era lo mismo que pretender "arar en el mar", les tocaba preguntarse a aquellos historiadores por qué, mientras en la carrera del desarrollo la América neoanglosajona era para su rival soviético un aborrecido modelo con el que intentaba mediante esfuerzos sobrehumanos igualarse avanzando por un camino distinto, la neohispana amenazaba verse de manera permanente marginada de ese proceso en que se jugaba el destino del planeta, y no estaban más cercanos que quienes se la habían ya venido planteando a lo largo de trece décadas de dar razón del contraste que había desvelado a ese padre fundador.

Tras comprobar que el debate -en el cual frente a los enigmas que plantean nuestras revoluciones de independencia se ofrecen como claves alternativas la atlántica y la hispánica- no hace sino replantear en términos sólo parcialmente renovados una pregunta que luego de más de un siglo sigue esperando en vano alcanzar respuesta, Chiaramonte no puede sino concluir que ese modo de abordar el tema no conduce a ninguna parte. En consecuencia, ve llegada la hora de "abandonar ese enfoque fundado en supuestas tipologías y buscar otra vía no tributaria de ellas para explorar mejor la particularidad de las revoluciones de independencia hispanoamericanas", tratándolas "como casos particulares de las tendencias revolucionarias que sacudieron a muchas regiones del mundo atlántico -geográficamente considerado- durante la segunda mitad del siglo XVIII y primera del XIX."

En la siguiente ponencia, "Política y cultura política ante la crisis del orden colonial", Marcela Ternavasio manifiesta su total acuerdo, ya que a su juicio, "en el fondo no habría demasiados problemas si no se intentara imponer una perspectiva sobre las otras". Pero lo que en la ponencia de Chiaramonte se ofrece como conclusión para su entero argumento, en la de Ternavasio se ha visto reducido a un algo malhumorado comentario al pasar. Y la razón es muy clara: mientras la mirada de Chiaramonte es la de quienes por razones cronológicas participamos en los momentos iniciales de un esfuerzo de renovación historiográfica que en la Argentina lleva ya décadas, y nos cuesta advertir que ese exaltante instante fundacional, en que pudimos creer que todo estaba por hacerse, ha quedado atrás hace ya bastante tiempo, Ternavasio tiene del todo clara la distancia que nos separa de él -ya que ella cubre con creces su entera carrera de estudiosa- y advierte con igual claridad hasta qué punto esa distancia ha trasformado la conclusión que cerraba las reflexiones de su maestro en implícito punto de partida para las que le suscita un campo historiográfico que desde ese momento inicial ha vivido una permanente y vertiginosa expansión, a lo largo de la cual ha venido madurando en él una "suerte de nuevo consenso historiográfico que, en el caso de aceptar que existe, presenta en su interior diferentes enfoques, matices interpretativos e incluso significativas divergencias."

Ese consenso es el de la extendida y compleja comunidad historiadora que en las décadas que nos separan de ese momento inicial ha madurado en la Argentina, cuyos integrantes, que han venido avanzando sobre muy variadas trayectorias guiadas por no menos variadas curiosidades, no tienen necesariamente en común mucho más que la conciencia de ser partícipes en una empresa que los compromete a todos por igual. Pero esa conciencia se revela suficiente para que la cohesión de la cofradía de la que se saben parte no se vea amenazada ni aun por la presencia en ella de divergencias suficientemente significativas para que -como reconoce de un modo implícito Ternavasio- la presencia de ese consenso no sea evidente para todos los que la observen desde afuera.

Hay muy buenos motivos para convenir en que es esa una imagen fidedigna del estado actual de nuestra historiografía, un estado demasiado satisfactorio para que quienes participan en sus avances se sientan urgidos por encarar de manera problemática los supuestos en que implícitamente se apoya un modo de hacer historia que viene permitiéndoles abrir con ritmo -a ratos vertiginoso- nuevas y promisorias perspectivas para su empresa de exploración del pasado, pese a que, como es sabido, esos supuestos son desde hace décadas objeto de vivos debates. En este punto, sin duda Ternavasio habla un poco por todos ellos cuando confiesa su impaciencia frente a discusiones que no siempre tienen mucho que ofrecer que sea de utilidad para orientar al historiador en sus tareas. Pero si lo hace de modo más explícito que sus colegas que seguidamente van a ocuparse de la incidencia de la revolución en el orden social y de las transformaciones en la economía de la comarca rioplatense en las que ella vino a incidir, es porque a diferencia de ellos, luego de diez años de avanzar en una reconstrucción histórica cada vez más precisa del concreto modo de funcionamiento de las instituciones introducidas en el Río de la Plata para llenar el vacío dejado por el derrumbe de la monarquía hispánica, a través de una serie de estudios que cuentan entre los jalones más importantes de nuestra historiografía reciente (La revolución del voto, 2002; Gobernar la Revolución, 1810-1816, 2007; Historia de la Argentina, 1806-1852, 2009), no puede evitar concluir que en el debate conceptual en torno al carácter del proceso desencadenado por ese derrumbe, que ya Chiaramonte proponía esquivar, ha encontrado muy poco que le fuese realmente útil en relación con su proyecto.

Más que seguir a Ternavasio en su muy agudo examen de las razones para que así haya ocurrido, que relaciona con la circunstancia de que en el mundo hispánico los debates trabados en torno a las nuevas temáticas de la historia política se refieren al momento mismo en que ese mundo se escinde en dos, y en consecuencia los historiadores que dos siglos más tarde participan en ellos desde las dos orillas desde entonces separadas no pueden evitar hablar idiomas diferentes, me interesa aquí examinar la conclusión, que adelanta con cautela en forma de pregunta: acaso -sugiere- "vale la pena preguntarse si la idea de revoluciones hispánicas puede ser particularmente fértil para estudiar la coyuntura de la crisis pero insuficiente para analizar el derrotero posterior."

Porque creo que ella dice algo importante sobre el modo de abordar la tarea del historiador que caracteriza a la historiografía argentina en esta etapa, la más fecunda desde que dejó atrás la de los padres fundadores. Si su enorme expansión cuantitativa es reflejo de un proceso de institucionalización y profesionalización que desde hace ya más de medio siglo ha logrado avanzar sin nunca detenerse del todo en medio de una sucesión de violentas tormentas políticas y sociales, el perfilamiento cada vez más preciso de un modo de abordaje que ha evitado que la rapidez misma de ese avance haya abierto camino al anquilosamiento precoz que suele afectar a las innovaciones con rapidez demasiado exitosas es con total decisión más tardío. Ese modo de abordaje es, en efecto, fruto de la variación del clima colectivo inspirado en los cataclismos históricos que acompañaron el cambio de milenio, comenzando por la implosión de los regímenes socialistas en la URSS y en las llamadas democracias populares de la Europa centro-oriental, que puso fin a la era de revoluciones abierta en Europa en la baja Edad Media, y siguiendo con la vertiginosa pérdida de centralidad del mundo del Atlántico Norte, cuyas consecuencias vemos hoy desplegarse ante nuestros ojos con mayor claridad cada día.

Ese aleccionador espectáculo ha socavado de un modo decidido la fe en los grands récits, ya proféticamente recusados por Lyotard en 1979. Pero en este punto conviene subrayar que ya antes de 1979, el tormentoso proceso político-social que se desplegaba en el rincón del mundo desde el cual esa promoción de historiadores argentinos vivió ese cambio de época había comenzado a revelarles que los grands récits que hasta entonces habían guiado sus pasos -tanto el revolucionario marxista como el centrado en la noción de desarrollo- comenzaban a ser desmentidos con creciente contundencia por lo que una expresión destinada a hacerse pronto muy socorrida designaría como "la vida misma". Emprendieron ya entonces un avance un poco a ciegas en un mundo del que sólo sabían que no era aquel cuyas claves más secretas hasta casi la víspera se habían creído capaces de descifrar, y aunque en su búsqueda de nuevas seguridades que reemplazaran a aquellas a las que se habían visto obligados a renunciar no cesaron desde entonces de ensanchar y enriquecer el territorio del historiador, con ello sólo lograron hacer aun más inasibles esas mismas claves.

En el campo marxista, que asignaba al frente historiográfico un papel importante en la suprema batalla por la supervivencia en que se descubría empeñado, esa etapa se reflejó de manera admirable en el espaldarazo otorgado por Louis Althusser al sesgo que Michel Foucault había impreso a sus sucesivos esfuerzos de exploración del pasado. Pero es sabido que en ninguno de ellos Foucault consiguió, como había esperado, definir un modo de abordaje capaz de alcanzar un conocimiento plenamente fidedigno acerca de ese pasado. Fuera de ese campo, la consecuencia fue la puesta en problema de la posibilidad misma de obtener lo que Foucault había buscado en vano; la imposibilidad de eliminar la multiplicidad de perspectivas de abordaje al objeto histórico comenzaba a parecer una consecuencia de la caótica complejidad de ese objeto mismo, reflejada en la coexistencia de versiones discordantes forjadas en las divergentes experiencias de los distintos actores colectivos que comparten la escena histórica. Y por un momento que todavía no se ha cerrado del todo, pareció que las disputas entre los historiadores identificados con las versiones entre sí incompatibles surgidas de esas intransferibles experiencias, que no dejaban espacio ni a la mediación ni al arbitraje, habían encerrado a la cofradía historiadora en una afortunadamente incruenta guerra civil permanente.

La militancia en esa guerra civil no iba a tentar a esa promoción de historiadores argentinos, que sin rechazar las contribuciones de quienes participaban en ellas se reservaban el derecho de tomarlas en cuenta sólo cuando resultaran pertinentes a su propio proyecto (es ejemplar en este punto el comentario de Ternavasio sobre el uso que puede darse a la noción de revoluciones hispánicas). Pero cabe aquí preguntarse sobre ese proyecto, y los criterios que les han permitido llevarlo adelante con un éxito del que son conscientes, temas éstos sobre los cuales habitualmente sólo ofrecen fugaces alusiones. Se ha señalado ya que es ésta una actitud comprensible con facilidad de parte de quienes están avanzando con demasiado éxito en sus exploraciones del pasado, para volverse de forma problemática sobre el modo de encarar el trabajo histórico que les permite alcanzar resultados tan satisfactorios. Hasta qué punto están decididos a no ceder a esa tentación se advierte cuando Ternavasio toma a su cargo analizar los debates en curso que hacen de él un problema en el campo de la historia política: tanto en su examen de los que oponen una historia hecha desde arriba y una practicada desde abajo, como en el del deslizamiento de la historia política hacia una "historia de la cultura política", ofrece análisis muy sagaces de unos debates que afectan del modo más directo los temas centrales de sus propios trabajos, frente a los cuales se ha reservado el papel de una admirablemente informada observadora externa, decidida con firmeza a no ser otra cosa que eso.

Puesto que en esos debates se refleja una variedad de enfoques inevitable, no sólo por la complejidad creciente que se descubre en el objeto de estudio a medida que se avanza en su exploración, sino también por la multiplicidad de inspiraciones teóricas que intentan llenar el vacío creado por la crisis de los paradigmas totalizadores, Ternavasio termina preguntándose si no sería preferible aceptar que los historiadores enfrentan una nueva "realidad en la que se supone que las nuevas perspectivas no demandan -como antaño- convertirse en paradigmas o modelos analíticos hegemónicos, sino en un punto de vista más entre otros". Esta sugerencia, que no podría ser más razonable, de modo muy comprensible no se acompaña de una elucidación de la perspectiva que ella misma ha hecho suya, que arriesgaría ser vista como el primer paso hacia una nueva tentativa de "imponer una perspectiva sobre las otras". Pero pese a su silencio, en este punto su actitud frente a las contribuciones surgidas de unos debates en que prefiere no enzarzarse sugiere bastante acerca de esa perspectiva que permanece en la penumbra, y que por cierto no es sólo la suya. Mientras nos alerta sobre el peligro de regresar a "la búsqueda de una suerte de síntesis o convergencia de estos diferentes niveles de análisis", no se prohíbe usar sus aportes para construir narrativas en que los integra sin esfuerzo, y si puede hacerlo es porque esas narrativas se ubican en un "nivel de análisis" en que éstos parecen integrarse de manera espontánea. No entraba tampoco en su propósito caracterizar ese nivel, y en este punto me permitiré recurrir a Hilda Sabato, cuando en la presentación de su reciente estudio sobre la revolución porteña de 1880 declara que le interesó "como acontecimiento singular, en el que se cruzaron y encadenaron de manera única condicionamientos estructurales y contingencias coyunturales, movimientos colectivos y acciones individuales, tradiciones e innovaciones políticas, para dar lugar a un desenlace que no estaba inscripto en el origen, sino que se fue generando en el tiempo, producto de las acciones humanas."1

Porque Sabato viene a explicitar la modalidad de la práctica histórica que hace posible a esta promoción de estudiosos mantener un sólido consenso pese a que en ella conviven "diferentes enfoques, matices interpretativos e incluso significativas diferencias". Ese consenso al que la cofradía historiadora debe su cohesión refleja la coincidencia en torno a un modo de abordaje que parte de una situación histórica que el historiador aspira a reconstruir en toda su complejidad, tomando desde luego en cuenta que en ella se entrelazan procesos que avanzan en distintos campos de la actividad humana, pero también que éstos no son factores o causas externos a la situación que se trata de comprender y hacer comprender, sino elementos que en esa situación histórica se hacen presentes entrelazados de "manera única", contribuyendo con su presencia a definir el específico perfil del objeto histórico del que el historiador busca dar razón.

Esa manera de encarar el trabajo histórico, común a quienes no han necesariamente renunciado a mantener su adhesión a principios teóricos que exigirían encararlo de modo distinto, se continúa en una práctica de control recíproco de los resultados de esas exploraciones. Aunque no sea ese su propósito, impulsa el constante enriquecimiento del paisaje histórico que ha venido esbozando esta promoción de historiadores: en esa práctica, el control corre a cargo de cada uno de los lectores, apenas buscan darse una idea que haga sentido; por ejemplo, acerca del conflicto de 1880 estudiado por Sabato, integrando su reconstrucción del proceso porteño que desembocó en esa brevísima guerra civil con la del proceso paralelo que creó en el Interior a un contrincante capaz de infligir a Buenos Aires una irreversible derrota. Sobre esto mucho nos han venido enseñando en esta etapa de vertiginoso avance historiográfico los estudiosos activos en los centros universitarios de las provincias entonces vencedoras.

Es ésta una manera más productiva de manejar el disenso que la que se apoya en visiones mutualmente excluyentes del devenir histórico, y se despliega en confrontaciones que crean la ilusión del movimiento proponiendo nuevas dicotomías o, de manera más modesta, inventando términos nuevos para designar a los que ya se oponían en las viejas. Como nota muy justamente Ternavasio, es frecuente que se encuentre en los resultados de este fecundo modus operandi algo de incompleto, que incite "a la búsqueda de una suerte de síntesis o convergencia de estos diferentes niveles de análisis", cuya consecuencia sería el retorno a las luchas probadamente estériles entre paradigmas animados de encontradas ambiciones hegemónicas que hasta anteayer dividieron a la cofradía historiadora. Lo que hace con todo imposible ese retorno es la pérdida de fe en los grands récits, como claves universales del entero proceso histórico, que los trasforma -como se dijo del marxista en su final agonía- en "cajas de herramientas" de las que el historiador extrae en cada caso la que cree útil para darse razón del proceso que tiene en estudio. Con lo cual, como nota también Ternavasio, aun los que fueron paradigmas de ambición excluyente pueden sobrevivir como "un punto de vista entre otros".

Haber advertido de manera instintiva que así estaban las cosas, y que es éste el único modo posible de hacer historia en momentos como el que el mundo vive en el presente, me parece que es uno de los secretos de la sostenida pujanza de la historiografía argentina en las últimas décadas. Considerado desde este punto de vista, el contexto en que hoy avanza la labor historiográfica en la Argentina es comparable en más de un punto al vigente en la Europa del siglo XIX, en que se forjó el que por más de un siglo iba a ser reconocido como el método histórico por antonomasia, que iba a ser canonizado a fines de 1800 por Bernheim en Alemania y Langlois-Seignobos en Francia.

En sus orígenes alemanes, el contexto en que ese método iba a forjarse estaba dominado, por una parte, por el vacío dejado por la abolición del marco imperial que había encuadrado por mil años la historia de las tierras alemanas (y no sólo de ellas), dejando abiertas varias alternativas de futuro, todas ellas aún imprecisas. Por otro lado, estaba sometido por las perspectivas no menos enigmáticas que se planteaban para Europa y el mundo, una vez cerrado el ciclo de revoluciones desencadenado en 1789. En cuanto a lo primero, todo parecía preparar para los países alemanes un futuro de conflictos de desenlace imprevisible, una vez que el orden laboriosamente restaurado en el congreso de Viena comenzara a perder su rigidez originaria. Y en cuanto a lo segundo, la visión de la etapa revolucionaria dejada atrás enfocaba de un modo prioritario tanto la etapa inicial, en que una promisoria tentativa de renovación de la monarquía francesa se metamorfoseó con rapidez en una empresa de conquista llevada adelante en nombre de los principios revolucionarios, que estuvo muy cerca de alcanzar el desaforado objetivo de someter a la entera Europa a un despotismo de nuevo tipo, cuanto un episodio que en los países alemanes no parecía menor; a saber, el "despertar nacional" que en 1813 los llevó a retomar el combate contra la Francia imperial en nombre de un ideario que agregaba el principio de nacionalidad a aquellos que acusaban al invasor de haber traicionado, y que por su parte no recusaban, cuyo destino iba a ser verse totalmente ignorado y silenciado por las restauradas monarquías a cuya victoria sobre el heredero de la Revolución habían contribuido con su sacrificio. Ni una imagen del pasado centrada en dos decepciones, ni una del presente que ni aun quienes se identificaban de manera sincera con el orden vigente podían encontrar del todo satisfactoria, ni una del futuro que aunque imprecisa era vagamente amenazante, incitaban a quienes decidieron encarar sobre bases nuevas el estudio de la historia moderna a apoyarse para ello en ningún grand récit entre los que tenían a su disposición. Por todos ellos hablaba Ranke cuando proclamó que la tarea del historiador era narrar cómo propiamente habían ocurrido las cosas y que ello suponía considerar a cada época en sí misma, "como ante Dios".

Lo que Ranke anunciaba en términos sabiamente escogidos para no alarmar a los bienpensantes era una ruptura total tanto con la visión -tan antigua como el cristianismo- que organiza la entera historia del hombre sobre la tierra en un grand récit de caída y redención que tuvo su punto de partida en el jardín del edén y su punto culminante en el Gólgota, para cerrarse en un futuro desenlace que tendrá por teatro el valle de Josafat, cuanto con esos rivales grands récits que a partir del tardío 1700 avanzaron con audacia creciente en la secularización de la problemática que a comienzos de esa centuria Leibniz había intentado aun encuadrar en una nueva disciplina teológica, que no otra cosa era la teodicea, y que cuando Ranke puso las bases de la historiografía moderna era en cambio explorada por una multiplicidad de filosofías de la historia.

Al dejar de lado esa problemática, Ranke renunciaba a definir a la historia a partir de un específico contenido doctrinario, para hacerlo a partir de un modo determinado de abordar la exploración de los hechos de los hombres, por hipótesis capaz de validar los resultados de esas exploraciones aun para quienes en otros aspectos llevaban a ellas supuestos incompatibles. En una época en que las nuevas ciencias humanas aspiraban a ser también ciencias de leyes, esa modestia de aspiraciones podía parecer escandalosa, y el escándalo se agravaba cuando se descubría que las descripciones de ese específico modus operandi del historiador estaban más cercanas a las instrucciones que pueden esperarse de un maestro artesano que a las que en otras disciplinas de más reciente invención dan lugar a intrincados debates epistemológicos. Pero el hecho es que con esos instrumentos y esos criterios en la segunda mitad del siglo, ese modo de hacer historia surgido primero en Alemania se trasformó en norma en la entera Europa, y la expansión que conoció a partir de entonces hizo que al cerrarse esa centuria el siglo XIX fuese reconocido por antonomasia como el de la historia. De este modo, en un escenario harto más amplio que nuestro casero rincón rioplatense, ese algo pedestre consenso metodológico se reveló suficiente para asegurar la coherencia de una cada vez más poblada cofradía que presentaba también "en su interior diferentes enfoques, matices interpretativos e incluso significativas divergencias."

Entre estas últimas, y ciñéndose al campo de la historia política, Ternavasio ve en la que opone una historia política hecha desde arriba a otra hecha desde abajo la que de forma más directa amenaza con abrir paso a un retorno a esa búsqueda de "una síntesis o convergencia" de los distintos niveles de análisis, y con ello a las estériles disputas entre paradigmas que habían dominado la etapa anterior. Es esa oposición, articulada en términos levemente distintos (historia política e historia popular) la que Raúl Fradkin explora en su ponencia "Los actores de la revolución y el orden social", llena, como podía esperarse, de observaciones inteligentes en extremo sobre los distintos modos en que esa oposición ha venido desplegándose en la historiografía de una Hispanoamérica en revolución, desde la Nueva España y el macizo andino hasta nuestro Río de la Plata, en la que hace plena justicia a la riqueza y variedad de la más reciente producción historiográfica en esa área temática. Pero debo confesar que encontré algo de paradójico en el tono algo desolado con que Fradkin presenta un panorama que parece ofrecer amplios motivos para la celebración; lo que lo inspira es la constatación de que lo mucho que hemos aprendido en estas décadas no nos ha acercado -sino más bien alejado- a alcanzar un consenso en torno a una imagen coherente de la articulación de lo político y lo social en la etapa revolucionaria válida para el entero subcontinente, y si no llega a sugerir la búsqueda de una convergencia entre ambas perspectivas sí sugiere entablar "un diálogo abierto entre ambas".

Al llegar aquí, me viene a la mente una observación de Paul Veyne en su elogio de Foucault, en la que señalaba que cuando los historiadores se ponen a describir su oficio, es habitual que no se refieran al modo en que efectivamente lo practican, sino al que creen que es su deber practicar, para por fin confesarse incapaces de hacerlo. Porque mientras que para poner en duda la posibilidad de que un diálogo como el aquí propuesto pueda llevar a un consenso válido para el entero contexto hispanoamericano es suficiente recordar las observaciones del mismo Fradkin sobre los peligros de extrapolar las conclusiones alcanzadas al examinar el modo de articulación vigente en Buenos Aires al resto de las provincias argentinas, para poner en duda que ese diálogo sea en verdad necesario creo tener un argumento mejor: se llama "La historia de una montonera",2 una historia por la cual, como es sabido, todos estamos en deuda con Raúl Fradkin. En esa admirable monografía sobre el asalto al pueblo de Navarro en 1826, el historiador entabla su diálogo con una enmarañada madeja de testimonios insanablemente contradictorios, frente a los cuales está dispuesto a invertir todo el tiempo y la paciencia necesarios para armar un relato coherente a la vez que capaz de hacer justicia a la contradictoria complejidad de la breve tormenta social que se desencadenó sobre ese poblado de la vieja frontera porteña. Para entablar ese diálogo, se apoya desde luego en su dominio del "estado de la cuestión" -o más bien, de las múltiples cuestiones- que plantea ese episodio. Me parece revelador que la presencia de muy variadas perspectivas en las exploraciones que descubrió relevantes para su tema no lo incite a entablar ese otro diálogo esclarecedor que quisiera ver reanudarse con éstas. Por el contrario, avanza entre la maraña de puntos de vista discordantes que le ofrecen sus colegas, marcando concisamente acuerdos y diferencias con el mismo paso seguro con que afronta esa otra maraña escondida en el puñado de documentos con los que ha sabido hilar un muy persuasivo relato de un episodio, en que por primera vez vemos desplegarse en los hechos la hasta entonces sólo postulada metamorfosis de los hiatos abiertos en la sociedad de la campaña porteña por la guerra revolucionaria en los que marcarán a la etapa rosista.

Si he subrayado este punto, quizá más de lo necesario, es por la alarma que también a mí me provoca la posibilidad de un retorno a los infructuosos diálogos de sordos del pasado reciente. Pero sería más esclarecedor preguntarse por qué la nostalgia por ellos, totalmente ausente en los textos de Ternavasio y Gelman, se insinúa en cambio en el de Fradkin. Y me parece que aquí influye la experiencia acumulada en la Argentina desde que en 1983 volvimos a vivir en democracia, que reveló la presencia en el modo argentino de hacer política de rasgos que han impedido hasta ahora lograr con los recursos institucionales del restaurado régimen democrático que la sociedad argentina viva por más de una década en razonable paz consigo misma. Puesto que los fracasos en ese sentido se han sucedido con deplorable regularidad en contextos socioeconómicos cambiantes y bajo gobiernos de inspiraciones ideológicas tan diversas como los objetivos que se proponían alcanzar, es difícil no concluir que, a más de los problemas muy serios que le plantea un mundo en vertiginosa transición, la Argentina tiene un específico problema de gobernanza, lo que hace comprensible que la exploración de sus raíces se presente al historiador como una tentación difícil de resistir.

Bajo el acicate de ese alarmante descubrimiento, era sólo esperable que los historiadores llevaran sus exploraciones hacia un pasado cada vez más remoto, en busca de la clave para ese específico problema argentino, en una decisión que aparece menos problemática luego de que la ruina de los grands récits ha borrado las discontinuidades que éstos habían introducido en su curso temporal. Así, Ternavasio podía terminar su ponencia señalando la necesidad "de superar [...] la cesura entre la primera y la segunda mitad del siglo", e invitar a quienes participan en la renovación de los estudios sobre la dimensión política de crisis de la monarquía hispánica a no descuidar "el diálogo con los cultivadores de la segunda mitad" de esa centuria. Pero aun en ausencia de un diálogo explícito, en lo que toca a la problemática de la gobernanza cualquier lector descubre una suerte de eco recíproco entre los trabajos referidos al presente y los que exploran la primera mitad del siglo XIX, y en ninguno con más fuerza que en los de Ternavasio. Una consecuencia de ello es que, en ese tema, la relación entre el presente y esa etapa -en alguna medida- remota aparece menos mediada, y las conclusiones derivadas de su exploración son más inmediatamente relevantes a los dilemas que se plantean en ese presente, que cuando se indagan otras dimensiones de su historia socioeconómica. Se entiende, entonces, que frente a ese tema pueda parecer más adecuada una actitud comparable a la dominante en la segunda jornada, en que los participantes, al explorar un pasado que no lo es del todo, lo examinan a la luz de los dilemas del presente, frente a los cuales mantienen posiciones muy firmes y precisas, que en alguno de ellos alcanza explícitos corolarios prescriptivos. Pero -como se ha visto- esa nostalgia de un modo distinto de aproximarse al pasado no va a impedir a Fradkin llegar a conclusiones muy cercanas a las de quienes no la comparten; no creo que sea traicionar su modo efectivo de hacer historia concluir que también él, tal como quería Ranke, busca ante todo reconstruirla wie es eigentlich gewesen ist.

Es quizá la índole misma del modo de trabajo propio de la historia económica lo que favorece en ella ese modo de abordaje, que es el seguido también en la ponencia de Jorge Gelman, "Cambio económico y desigualdad. La revolución y las economías rioplatenses", pese a que en ella la referencia al presente es subrayada con vigor desde las primeras líneas, en que Gelman contrapone lo logrado en ese campo por la Argentina en la primera centuria a partir de su revolución de 1810, y el desempeño cada vez más decepcionante que iba a caracterizar a su economía en la siguiente. Su aporte ofrece una apretada síntesis de los resultados de la investigación más reciente (a la que él mismo ha aportado contribuciones decisivas) acerca de la primera mitad de esa primera centuria, que -confirmando intuiciones anteriores- han probado más allá de toda duda que es preciso ubicar en ella el momento en que la economía de las tierras rioplatenses entró de modo irreversible en el rumbo que tras asegurarles esos éxitos les preparó los desengaños de tiempos más cercanos. La desigualdad mencionada en el título es la que la aceleración del proceso de cambio económico introducida por la liberalización del comercio extranjero en 1809 no cesó desde esa fecha de acentuarse entre la comarca porteña y el resto de las que iban a quedar comprendidas en el territorio argentino.

Como subraya Gelman, la creciente diferenciación en el ritmo de crecimiento de ambas secciones de la futura nación es consecuencia del reemplazo de un orden mercantil que tenía al "mercado interno colonial, y dentro del mismo a la minería andina como eje articulador y motor de las economías regionales", reconstruido por C. S. Assadourian en sus estudios pioneros sobre el tema, por uno en que ese papel pasaba a ser desempeñado por las economías de la Europa atlántica, primera entre ellas la británica. Aunque los primeros efectos se hicieron sentir ya en la segunda mitad del 1700, ellos no bastaron "para introducir una divergencia importante en el sentido del movimiento económico de las distintas regiones" que iban a integrar en el futuro las Provincias Unidas del Río de la Plata. Lo lograrían, en cambio, los impactos sumados de la liberalización comercial y de la pérdida por parte de las autoridades que la revolución había instalado en el poder en Buenos Aires del control sobre el altiplano minero, que las forzó a remover todo obstáculo a una vertiginosa transición que hizo de la Aduana de la ciudad la única fuente alternativa de recursos fiscales capaz de atenuar el golpe que había significado aquella pérdida. Y un cuadro comparativo entre los datos básicos de las economía regionales en 1796-1800 y en 1864 refleja las consecuencias de esa creciente divergencia en el ritmo del cambio económico entre la comarca porteña y las restantes de la Argentina; la parte de Buenos Aires en el producto del país en su conjunto pasa en esos dos tercios de siglo del 32 al 62%, y esa distancia no cesará de gravitar muy pesadamente desde entonces en la vida nacional.

En la segunda jornada -se ha señalado ya-, la atención de los ponentes se reorienta del momento inicial de esta trayectoria de dos siglos a su provisional punto de llegada, lo que no puede sino invitar a trazar un balance de lo logrado. Como era esperable, para esa apreciación retrospectiva ocupan el primer plano los legados de las etapas más recientes, abiertas en 1976 con la instauración de la dictadura militar que buscó en vano cerrar la de la creciente y finalmente incontrolable discordia abierta en 1912 por la implementación en los hechos del sufragio universal teóricamente vigente desde el ingreso de la Argentina en la era constitucional, y no encontró para ello mejor recurso que desencadenar sobre sus gobernados un igualmente incontrolable reino del terror. Alejandro Cataruzza y Mirta Lobato encaran las dos innovaciones que más que ningunas otras justifican la muy compartida intuición de que desde 1976 la experiencia histórica argentina vive las consecuencias de un funesto cambio de rumbo que no es seguro que no termine por revelarse irreversible. Como señala Cataruzza, en "Las representaciones del pasado: historia y memoria", hay razones más que locales para que la articulación de historia y memoria plantee problemas que no se hicieron sentir del mismo modo en el pasado, todos ellos vinculados directa o indirectamente con la renuncia a la no siempre explícita proyección hacia el futuro que hasta anteayer caracterizaba a la imagen del proceso histórico en que se apoyaban los historiadores. Pero esos problemas adquieren una dimensión y una intensidad distinta cuando la memoria que se trata de volcar en el molde de una reconstrucción histórica evoca hechos demasiado horrendos para que no parezca a muchos que ese molde no es el más adecuado para encararlos. Así ocurre, desde luego, con la del Holocausto, y ocurre también en la Argentina con la de las siniestras hazañas del que se llamó a sí mismo Proceso de Reorganización Nacional. Hace ya más de un cuarto de siglo que esa etapa fue relegada al pasado, y todavía sigue siendo éste un pasado no dominado; y no porque no exista un amplio consenso negativo en torno a él, sino porque, en la medida en que fue en esa etapa cuando se consolidaron otras innovaciones que siguen gravitando duramente sobre el presente, el lugar que el recuerdo de esos horrores ocupa en los disensos en torno a alternativas que no podrían ser más actuales les asegura una suerte de actualidad intemporal. Es comprensible que, después de haber presentado de modo ejemplar la problemática general del tema, Cataruzza haya preferido orillar esa dimensión que el debate en torno a éste ha adquirido en la Argentina, y haya preferido en cambio concluir invocando la autoridad de Primo Levi para subrayar una vez más que el papel de la memoria sólo puede ser el de aportar materiales que el historiador someterá al mismo examen crítico que a los demás que utiliza para sus reconstrucciones del pasado.

Tal como nos recuerda Mirta Lobato en "Igualdades, desigualdades y derechos", la tarea de explorar en el marco de una conmemoración del Bicentenario la creciente polarización de una sociedad en que una parte cada vez mayor de los ingresos se concentra en una cada vez más diminuta elite económica, que es la otra innovación mayor introducida por el giro de 1976, y que a diferencia de la anterior continúa plenamente vigente hasta hoy, "coloca a los historiadores (nos coloca) frente a un tópico complejo, con aristas muchas veces contradictorias". Ello es así porque, así sea por razones distintas, este tema es también demasiado doloroso para que no resulte difícil alcanzar frente al mismo la necesaria distancia crítica, cuando quienes aspiran a alcanzarla han descubierto que no pueden ya volver la mirada al pasado a la que los invita la ocasión del Bicentenario, apoyándose en "una memoria feliz [...] que pondera la trayectoria exitosa de un país abierto al ascenso social (posible o real) para toda la población", y lo han descubierto del modo más duro, "cuando la imagen de una sociedad empobrecida nos colocó a muchos, aquí otra vez imaginaria y realmente, al descubierto y a la intemperie". Eso no impide a Lobato cumplir con su deber de historiadora, restringiendo su presentación de las múltiples y ramificadas consecuencias del avance de la desigualdad en la sociedad argentina a las que afectan al mundo del trabajo, un tema todavía vastísimo pero sin duda más manejable, acerca del cual ofrece un rico panorama de las distintas facetas con que éste se presenta hoy en la Argentina. Pero la honda melancolía de la que está transido su texto no deja duda acerca de lo que ese panorama que traza con pulso seguro invita a concluir en cuanto a la distancia entre la Argentina de hoy y la que hasta casi ayer los argentinos no habían renunciado a vislumbrar en su futuro.

Decidida a no ceder a la tentación de la nostalgia, Lobato no extiende su mirada retrospectiva más allá del giro de 1976, y puede no hacerlo porque en su presentación necesariamente sintética de un tema tan complejo como el del impacto de las vertiginosas trasformaciones en curso en la economía global sobre los trabajadores argentinos no pueden sino predominar los rasgos que la experiencia vivida por éstos comparte con la de los del resto del planeta sobre los que le son peculiares, y que requerirían explorar sus raíces en una previa y también peculiar experiencia histórica. Son precisamente estos últimos rasgos los que concentran la atención tanto de Eduardo Míguez en "Las crisis argentinas en perspectiva histórica" como de Darío Roldán en "Nación, república, democracia". Míguez entra de lleno en su tema recordándonos que "si las tendencias más amplias definen ciertas coyunturas, los rasgos estructurales le dan la especificidad al fenómeno en un contexto concreto", y comienza la exploración de esos rasgos por los que se reflejan en el sistema político, desde que el demasiado fácil derrumbe del orden monárquico en 1808-1810 reveló "las débiles bases en que estaba asentado". El balance no podría ser más sombrío: "Nada estable [...] ha podido reemplazarlo desde entonces". Luego de que una larga etapa en que "la confrontación entre factores de la elite sólo pudo resolverse mediante la guerra" fue seguida por la estabilización de un marco institucional que restringió la participación popular, la reforma de 1912, que por fin encaró de frente el problema, no logró evitar "la tendencia a una excesiva concentración del poder", que provocó a su vez una reacción contra ella, inspiradora del golpe de 1930, que al crear a su vez "un régimen de legitimidad endeble abrió la puerta para la construcción de un proyecto político de bases sociales amplias pero escasamente preocupado por el equilibrio institucional". Esa brevísima recorrida por más de un siglo de historia nos lleva al umbral de los tiempos presentes, ya que "el sistema político que desde allí [sc. la eclosión de la revolución peronista] emergió ha perdurado con variantes hasta nuestros días", arrastrando desde entonces un problema hasta ahora insoluble, nacido de que el peronismo, que "ha sabido construir apoyo popular mayoritario [...] se ha mostrado incapaz de respetar los límites institucionales del poder [...] trasgrediendo los equilibrios y contrapesos republicanos."

La historia que así evoca Míguez es la de un país que desde hace cerca de un siglo enfrenta un dilema que sigue siendo tan incapaz de superar como cuando por primera vez vino a tropezar con él, a la que la restauración del régimen representativo sólo ha venido a modificar en la medida en que ha reemplazado las vacaciones de la legalidad que en el pasado marcaban la transición entre un término y otro de ese dilema por veredictos electorales acatados por aquellos a quienes desplazan del poder. Eso no impidió que todos los que intentaron gobernar a ese desdichado país descubrieran que les era imposible "mantener la gobernabilidad sin una concentración del poder que desafiase los límites institucionales", pero también que si en efecto intentaban introducirla terminaban por generar "una reacción contraria [...] erosionando ese mismo poder", ahora reflejada en su derrota electoral.

Aun más grave es que ese país condenado a repetir una y otra vez su avance por esa ruta circular esté también condenado a atender sólo a los siempre urgentes problemas del corto plazo, descuidando los que cada ciclo hereda del anterior, y trasfiere agravados al siguiente. Así en cuanto al del federalismo, con su trasfondo de desequilibrio primero entre Buenos Aires y luego entre la entera región pampeana y Litoral y el resto de la nación, que lleva a Míguez a aventurar una hipótesis contrafactual, conjeturando que "si Buenos Aires tras Pavón hubiera roto los acuerdos de San José de Flores para optar por la independencia", aunque la Argentina no hubiera podido evitar sufrir el impacto negativo de los procesos globales que la afectaron en el último siglo, "sus efectos hubieran sido menos dramáticos en una economía más sólida", o en cuanto el que plantea la economía, que hoy, como a lo largo de su entera historia, "sigue presa de la inestabilidad institucional", hasta tal punto que en el momento en que Míguez escribe su ponencia, "la ausencia de cualquier consenso sobre la orientación futura de la economía, en un contexto de pérdida de la mayoría electoral y en el Congreso por parte del oficialismo, pone más incertidumbre en la economía local que la que proviene del inestable contexto externo."

Todo ello le hace difícilmente "evitable pensar que hay algo en la ideología, en la sociabilidad, en la cultura política de la Argentina, que ha entorpecido la posibilidad de encontrar una solución política y económica exitosa". Pero Míguez quiere abrir un mínimo resquicio a la esperanza señalando que aunque es difícil dudar de que en la Argentina "ciertos rasgos culturales hayan jugado un papel en mantener un equilibrio poco favorable a la estabilidad y al crecimiento regular", esos rasgos "no son parte de la naturaleza de la sociedad", y por lo tanto, pueden cambiar. Y aun cuando ello no ocurra no puede descartarse que "los mismos que en determinado momento pueden pesar en contra de la estabilidad y el crecimiento, en otro contexto puedan tener efectos muy diferentes."

Mientras la atención de Míguez está totalmente absorbida por lo que la experiencia argentina tiene de más peculiar, y hace que los reveses originados en los altibajos de la coyuntura global tengan en su economía y por lo tanto en su sociedad consecuencia más graves que en cualquier otra, Roldán proyecta el drama argentino sobre el trasfondo de una historia más vasta, abierta en el siglo XVI, cuando "el particularismo de las pequeñas repúblicas y el universalismo del Imperio resultaron impotentes para encauzar la voluntad de autonomía del cuerpo político tanto frente a Dios como a la naturaleza. La necesidad de crear un instrumento para expresarla -la soberanía- desató esa historia". Producto de ella fue "la nación moderna [que] emergió recién en el siglo XIX, cuando la tensión entre el poder soberano y la Iglesia se resolvió en la laicidad del Estado". Pero el marco institucional de la república presidencialista adoptado por la que emergió en la Argentina dejaba aún en pie una dificultad, debida a la ausencia en esa república de "un poder exterior / trascendente a ella apto para resolver la eventualidad del conflicto político". "La República presidencialista necesita resolver el problema de alguna manera" y -concluye aquí Roldán su vertiginosa evocación de cinco siglos de historia- es probable que en la Argentina del Bicentenario "nos encontremos frente a una experiencia de esa naturaleza".

No son esos los únicos nudos en esa historia que vemos avanzar sobre una ruta todo menos rectilínea, a cuya ambigua complejidad Roldán ha decidido hacer plena justicia en un apretado puñado de páginas en que reconstruye con trazos seguros los rasgos de un constantemente cambiante paisaje de ideas proyectado sobre el aun más cambiante contexto de una sociedad en incesante trasformación. Me pregunto si con ese relato que concede en una síntesis tan apretada un lugar tan considerable a los titubeos, las vacilaciones que acompañan y ritman ese avance, Roldán no se ha propuesto, entre otras cosas, inculcar con firmeza en la conciencia de sus lectores el papel que lo contingente desempeñó una y otra vez en él, tal como lo sugiere que por dos veces haga explícita esa moraleja, primero cuando niega que la historia del último siglo sea "la del irrefrenable pero aún pendiente camino hacia la consolidación de la democracia representativa puesto que [...] la idea de que ella es inevitable no sólo es antihistórica sino, muy probablemente, falsa", y luego cuando -unas líneas después de haberse preguntado "si la democracia representativa está inevitablemente en el horizonte político de todas las sociedades"- viene a responder señalando que en lo que toca a su propio país, "es imprescindible no olvidar que, aunque haya mucho de deseable, no hay nada de necesario en la instauración de la democracia representativa en la Argentina". No hay duda, en todo caso, de que Roldán lo tiene constantemente presente, y la conciencia de que esa instauración a la que aspira como ciudadano no tiene nada de necesario colorea el temple de ánimo con que se aproxima al tema que le ha tocado encarar. Eso no le impide examinarlo con los instrumentos propios del historiador, individualizando con admirable precisión las razones que le hacen anticipar con más angustia que esperanza un conflicto cuyo desenlace puede quizá decidir de una vez por todas si la Argentina será alguna vez capaz de alcanzar el objetivo que él mismo encuentra tan deseable. Una de esas razones es que la democracia representativa está inocultablemente pasando por un mal momento aun en los países en que está con más solidez consolidada que en la Argentina, y ello por motivos que también inciden sobre su situación en nuestro país, y que tienen que ver tanto con las hiperbólicas expectativas de futuro abiertas durante la etapa de inaudita prosperidad clausurada hacia 1975 cuanto con los desengaños que trajo consigo la abierta en torno a ese año. Pero -arguye Roldán- hay también razones específicas a la Argentina que hacen aquí aun más difícil al régimen de democracia representativa superar con éxito esa prueba. Si en todas partes la herencia de los trente glorieuses que duró la expansión de la segunda posguerra exasperó la contradicción que arrastraba desde su origen un régimen que había prometido satisfacer a la vez las exigencias difícilmente compatibles de igualdad y de libertad, porque la vastedad de los recursos que esa prosperidad ponía a su alcance parecía estar haciendo posible lo imposible, cuando esa prosperidad se había ya disipado, la victoria que un mundo capitalista en que aún no se había desvanecido la prosperidad allí conquistada bajo el signo del Estado de bienestar alcanzó sobre su rival leninista, que hizo desaparecer "la ilusión de la superación socialista", sólo consiguió hacer aun más necesario para el régimen de democracia representativa satisfacer esas contradictorias demandas precisamente cuando había perdido toda posibilidad de lograrlo. A esas dificultades que en todas partes afronta ese régimen, se agregan en la Argentina las derivadas del predicamento que aquí ha adquirido "la concepción populista de la democracia" propuesta por Ernesto Laclau, que como es sabido, ha encontrado amplio eco en nuestros círculos gobernantes, acaso porque vino a revalidar la interpretación de la democracia hecha suya por el movimiento peronista desde sus orígenes, que apoyándose "en la noción de pueblo-esencia [...] exalta la unidad del pueblo y la nación y se forja en la exacerbación de las diferencias con lo externo, nombrado como elites corruptas, etc.", una interpretación que sigue encontrando vivas resistencias de parte de quienes la juzgan "insatisfactoria para nombrar la representación democrática e ineficaz para estructurar el debate público". Y éste es el punto en que Roldán decide cerrar sus "dispersas reflexiones" de historiador para dejar hablar al ciudadano: "Los debates aquí aludidos no han concluido y no concluirán. [...] No obstante, estimo, la síntesis de la tradición liberal y la democrática es el núcleo sólido sobre el que reposa la reencontrada democracia. No es un punto de llegada, ni un conjunto normativo, ni un horizonte deseable. Es un tesoro que debemos conservar."

No sé si Roldán advierte hasta qué punto, cuando corta un debate como tal interminable invocando un imperativo de la razón práctica, su gesto lo ubica en la huella de esos idéologues a quienes consagró estudios iluminados por la inteligencia y el afecto, y que como él vivieron en tiempos de resaca revolucionaria en que cada día aportaba nuevas razones de desconcierto y cada año nuevas desilusiones, y encontraron modo de seguir adelante aferrándose a imperativos como el suyo con la obstinada tenacidad que tanto irritaba a Napoleón. Pero estoy seguro de que quienes por su parte se niegan a dar ese paso no advierten hasta qué punto, con esa negativa, dan también ellos respuesta al desafío planteado por los tiempos que vivimos, y al responder a él de ese modo han hecho suya la moraleja propuesta por Voltaire para su fábula de Candide. Como es sabido, las calamidades que en ella derramó sobre el protagonista y su séquito buscan ofrecer una suerte de demostración por el absurdo de la insostenibilidad de las doctrinas sobre las que Leibniz erigió su teodicea. En la narrativa de Voltaire, tras sufrir infinitas calamidades, Cándido, junto con su tutor Pangloss, y otros que lo han acompañado en sus peregrinaciones por el viejo y el nuevo mundo, ha encontrado amable refugio en una finca rústica de las afueras de Constantinopla, en la que se reabre una vez más el debate sobre el modo de justificar la indesarraigable presencia del mal en un mundo regido por una divinidad a la vez todopoderosa e infinitamente buena; sin embargo, ahora Cándido se niega a intervenir en él, porque en esas peregrinaciones ha aprendido, así sea a altísimo costo, que el problema es insoluble pero también que es posible vivir sin resolverlo, y por lo tanto, prefiere dedicarse a cultivar su jardín. Y algo muy semejante parecen haber concluido quienes prefieren hoy concentrarse en hacer en la mejor manera de la que son capaces lo que está todavía al alcance de su mano.

Notas

1 Hilda Sabato, Buenos Aires en armas. La revolución de 1880, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008, p. 15.         [ Links ]

2 Raúl Fradkin, La historia de una montonera. Bandolerismo y caudillismo en Buenos Aires, 1826, Buenos Aires, Siglo XXI, 2006.         [ Links ]